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Mi Hermana, Mi Venganza, Mi Destino

Mi Hermana, Mi Venganza, Mi Destino

Autor: : Winded
Género: Mafia
Mi nombre es Elena, una mariachi humilde. Mi vida dio un giro de 180 grados cuando mi hermana mayor, Sofía, la más dulce y sencilla de nosotras, se convirtió en la octava prometida del primogénito de la poderosa familia Mendoza, y desapareció para siempre. La prensa, comprada por el dinero de los Mendoza, declaró su muerte como "suicidio por estrés", un destino que también les tocó a las siete prometidas anteriores. Los Mendoza, intocables, se salieron con la suya y mi propio padre, un humilde panadero, fue amenazado y silenciado, negándose a vengar el honor de mi Sofía. En ese momento, yo era una inocente estudiante de música, pero el asesinato de mi hermana despertó en mí una sed de venganza incontrolable. Abandoné mis sueños de música, me matriculé en criminología forense y, durante ocho largos años, me preparé meticulosamente para convertirme en la novena prometida de los Mendoza. Ahora, disfrazada de mariachi, he regresado, dispuesta a desenmascarar a esta familia y cobrar la deuda de sangre de Sofía.

Introducción

Mi nombre es Elena, una mariachi humilde.

Mi vida dio un giro de 180 grados cuando mi hermana mayor, Sofía, la más dulce y sencilla de nosotras, se convirtió en la octava prometida del primogénito de la poderosa familia Mendoza, y desapareció para siempre.

La prensa, comprada por el dinero de los Mendoza, declaró su muerte como "suicidio por estrés", un destino que también les tocó a las siete prometidas anteriores.

Los Mendoza, intocables, se salieron con la suya y mi propio padre, un humilde panadero, fue amenazado y silenciado, negándose a vengar el honor de mi Sofía.

En ese momento, yo era una inocente estudiante de música, pero el asesinato de mi hermana despertó en mí una sed de venganza incontrolable.

Abandoné mis sueños de música, me matriculé en criminología forense y, durante ocho largos años, me preparé meticulosamente para convertirme en la novena prometida de los Mendoza.

Ahora, disfrazada de mariachi, he regresado, dispuesta a desenmascarar a esta familia y cobrar la deuda de sangre de Sofía.

Capítulo 1

La familia Mendoza era famosa en toda la Ciudad de México, su nombre era sinónimo de éxito y lujo, gracias a su cadena de restaurantes de alta cocina que transformaban la comida tradicional mexicana en arte. Pero detrás de la fachada de opulencia, los Mendoza guardaban una tradición extraña y macabra. Cada mujer que se comprometía con el primogénito de la familia debía pasar una noche a solas en la antigua hacienda familiar, una construcción colonial que se caía a pedazos en las afueras de la ciudad. La tarea era simple: recitar oraciones a los ancestros de los Mendoza hasta el amanecer.

Si la prometida sobrevivía la noche ilesa, era aceptada en la familia. El problema era que ninguna lo lograba.

Ocho prometidas habían entrado a esa hacienda, y ocho habían salido en bolsas para cadáveres. El patrón era siempre el mismo, una muerte inexplicable durante la noche, sin testigos, sin señales de lucha. La policía, influenciada por el poder y el dinero de los Mendoza, siempre cerraba el caso con la misma conclusión: suicidio. La sociedad murmuraba, la prensa especulaba, pero nadie se atrevía a desafiar a la familia más poderosa de la ciudad. Las muertes se convirtieron en una leyenda urbana, un cuento de terror susurrado en las cenas de la alta sociedad.

Entonces aparecí yo, Elena. Me presenté en la mansión de los Mendoza vestida con mi traje de mariachi, el guitarrón colgado a mi espalda. No tenía la ropa de diseñador ni las joyas de las mujeres que solían frecuentar esa casa. Me paré frente a la matriarca, Doña Isabella Mendoza, una mujer de mirada fría y postura rígida, y declaré mi amor por su hijo, el apuesto y arrogante heredero, Ricardo Mendoza. Dije que estaba dispuesta a enfrentar la tradición, a pasar la noche en la hacienda para demostrar que era digna de él.

Doña Isabella me miró con desdén, pero había un brillo de curiosidad en sus ojos. Una mariachi. Era algo nuevo, algo exótico para su colección de futuras nueras fallidas.

Pero mi nombre no era solo Elena, la mariachi de voz angelical. Mi verdadero yo era Elena, la hermana menor de Sofía.

Sofía fue la primera prometida. La número uno. Hace ocho años, ella entró a esa hacienda y nunca salió. Era una panadera, una mujer sencilla y dulce cuyo único pecado fue enamorarse del hombre equivocado. La encontraron muerta, pero su muerte no fue un suicidio. El informe forense que logré obtener de manera ilegal contaba una historia diferente, una historia de brutalidad y tortura. Tenía las uñas rotas, como si hubiera arañado las paredes tratando de escapar. Su cuerpo estaba cubierto de moretones y quemaduras. La habían matado lentamente, con una crueldad inimaginable.

La policía y la familia Mendoza enterraron la verdad. Dijeron que Sofía se había quitado la vida, que estaba loca, que no pudo soportar la presión de unirse a una familia tan importante. Destruyeron su reputación para proteger la suya. Y mi familia, mi propio padre, lo permitió. Los Mendoza lo amenazaron, y él, un humilde panadero, cedió. Se quedó callado mientras difamaban el nombre de su hija muerta.

Yo era solo una estudiante de música en ese entonces, brillante y con un futuro prometedor. Pero el día que vi el cuerpo de mi hermana, la música murió dentro de mí. En su lugar, nació una sed de venganza fría y calculadora. Abandoné mi beca en el conservatorio y, en secreto, me inscribí en la facultad de criminología forense. Durante ocho años, me dediqué a estudiar, a prepararme, a analizar cada detalle de la muerte de mi hermana y de las siete que le siguieron. Me convertí en una experta en venenos, en psicología criminal, en manipulación.

Ahora, después de años de preparación, había regresado a la Ciudad de México. Me había transformado en Elena, la mariachi, una fachada perfecta para acercarme a ellos. Me ofrecí como la novena prometida de Ricardo, decidida a entrar en esa hacienda y desenterrar la verdad, sin importar el costo. Iba a vengar a Sofía, y la familia Mendoza pagaría por lo que le hizo.

Capítulo 2

Mi padre se opuso a mi plan con una furia desesperada. Cuando le conté lo que pretendía hacer, su rostro, ya marcado por años de dolor silencioso, se contrajo en una máscara de pánico.

"¡Estás loca, Elena! ¡Te van a matar igual que a Sofía!"

Su voz era un susurro ronco, cargado de miedo. Estábamos en la panadería familiar, el mismo lugar donde Sofía había aprendido a hacer el pan que tanto amaba. El olor a levadura y azúcar, que antes era reconfortante, ahora se sentía sofocante.

"Ellos no la mataron" , dijo él, repitiendo la mentira que se había obligado a creer durante ocho años. "Ella... ella no pudo soportarlo."

Lo miré fijamente, mis ojos secos de tanto llorar en secreto.

"Tú sabes que eso no es verdad, papá. Tú viste el informe. Tú sabes lo que le hicieron."

Él desvió la mirada, incapaz de sostenerme el contacto. Su cobardía era una barrera entre nosotros, más gruesa que cualquier pared.

La policía nunca investigó de verdad. El informe oficial era una broma, una colección de suposiciones y conclusiones apresuradas diseñadas para cerrar el caso lo más rápido posible. "Suicidio por estrés" , decía. Culparon a Sofía, a su origen humilde, a su supuesta inestabilidad emocional. La convirtieron en la villana de su propia muerte.

Yo nunca acepté esa versión. Desde el primer momento, supe que era una mentira. Sofía amaba la vida. Amaba el olor del pan recién horneado, amaba las mañanas soleadas, me amaba a mí y a nuestros padres. Ella nunca se habría quitado la vida. Alguien se la arrebató.

Así que me dediqué a mi venganza. Cada día, durante ocho largos años, mi objetivo fue uno solo: destruir a los Mendoza. Estudié criminología con una obsesión febril. Leí cada libro, analicé cada caso famoso. Aprendí sobre venenos que no dejan rastro, sobre drogas que inducen a la locura, sobre cómo manipular la mente humana. Mi vida se convirtió en un plan meticuloso, una estrategia de guerra contra una familia que se creía intocable.

Mientras yo me preparaba, la lista de prometidas muertas en la hacienda de los Mendoza seguía creciendo. Cada año o dos, una nueva tragedia ocupaba los titulares por un par de días antes de desvanecerse. Una abogada, una artista, una empresaria. Mujeres de diferentes orígenes, todas con el mismo destino. La policía siempre llegaba a la misma conclusión: suicidio. La tradición de los Mendoza se volvió aún más infame, una especie de ruleta rusa para mujeres ambiciosas o desesperadas.

El caso de la octava prometida fue particularmente extraño. Era una atleta olímpica, una mujer conocida por su fortaleza mental y física. La idea de que se hubiera suicidado era aún más ridícula que en los casos anteriores. Para mí, fue la señal definitiva. Era mi momento de actuar. La sociedad estaba más escéptica que nunca, y los Mendoza, aunque poderosos, empezaban a sentir la presión de la opinión pública.

Así que me puse mi traje de mariachi, afiné mi guitarrón y fui a presentarme ante ellos. Me paré en su lujosa sala, un lobo con piel de oveja, y les canté una canción de amor. Les ofrecí mi vida en bandeja de plata, sabiendo que la aceptarían, ansiosos por añadir un trofeo más a su colección.

"Soy Elena" , les dije con una sonrisa ensayada. "Y seré la novena prometida."

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