"Mi Historia Atada A Un Sueño"
Introducción.
Esta que les voy a contar es la historia de mi vida. Mi nombre es Natasha Howard, nací en una de las ciudades menos conocidas pero más grandes de Toronto, Canadá(East Cork), es el área metropolitana más extensa de Canadá.
Desde pequeña siempre he sido talentosa y un poco creída, he de admitirlo, actualmente tengo 19 años, mi padre es George, y está casado con mi madre, Leah, también convivo con el fenómeno de mi hermano pequeño, Mark, el cual tiene 10 años, es bastante insoportable por lo que muchas veces intento pasar por alto su irritante presencia, puede que suene cruel, pero aún así lo amo.
Soy algo presumida y egocéntrica, aunque me considero una chica inteligente, solidaria, sociable, alegre y muy alocada, aunque en mi defensa debo decir que este simpático rasgo es por causa del par de amigas que tengo, pero bueno, a pesar de defectos y virtudes soy buena persona, ya saben, tengo mis buenas y malas, como todo el mundo, soy única, pero no perfecta.
Cuando tenía trece años solía adorar el mundo artístico y famoso, todo porque desde que tengo uso de razón he sentido gran pasión por el arte de la interpretación, de toda una vida mi sueño ha sido ser actriz y modelo.
Hubo algo que me cambió la vida cuando tenía trece años, y eso fue la primera vez que vi en televisión al famoso actor, modelo y productor, Joseph Harper, toda una celebridad en el mundo del entretenimento. Desde que lo vi me volví completamente loca por él, entonces, a pesar de que no lo conocía, comencé a afirmar con total seguridad que estaba enamorada de él. Cosas de chiquillas, ilusiones adolescentes que no rebasarían el límite de un amor platónico; o al menos eso decían. Así que les pido; no piensen que para mí fue una tarea fácil, pues durante dos años las burlas sobre mis absurdas aspiraciones fueron tan hirientes como para renunciar.
Actualmente vivo en Estados Unidos (Washington), me mudé aquí hace un año, y desde entonces no he hecho otra cosa más que intentar contactar con el hombre de mis sueños, Joseph Harper.
Vivo en una casa digamos que grande y bien acomodada con mi tía, la cual por así decirlo no ha corrido con mucha suerte en el amor, pues no tiene marido, ni hijos, es la hermana de mi papá.
Aquí he conocido a muchos amigos, y dos en especial, Paula Tyler y Raquel Manson, mis dos mejores amigas, las que mencioné anteriormente, Paula es la típica loca a la que adoras por su forma de ser, y Raquel, es un poco más seria, por así decirlo y mi fiel y sabia consejera. Y sinceramente me pregunto qué haría sin ellas, que han sido el único apoyo que he tenido en los últimos años, sí, ellas que pese a saber que no soy más que una desquiciada llena de sueños permanecen a mi lado, impulsándome a la cima cual raíces.
Dentro de una semana termino la universidad, por lo que las tres vamos rumbo a Nueva York para cumplir mi sueño; conocer a ese desconsiderado tipo de ojos azules que durante los últimos seis años me ha robado el sueño, mi querido Joseph.
En fin. ¿Qué más podría decir? En mi vida no existe nada que no sea una locura, y como ven, soy única, o al menos a mí me gusta creerlo así. Muy bien ahora que conocen mi vida les voy a contar mi historia...
Lunes 06:00 a.m.
Estoy profundamente dormida en mi habitación cuando mi tía Dyanah me levanta para comenzar mi última semana como universitaria, me arreglé, y subí en mi "Mercedes", el cual compré gracias a la manutención a distancia de mi padre.
Quizás les cause curiosidad como terminé mi etapa estudiantil, pero me salté esta parte, pues estoy muy anciosa por contarles la parte en la que Joseph Harper entra a mi vida.
Cinco días después.
Salimos Paula, Raquel y yo de aquel comemorativo acto en el que mi vida de universitaria culmina, y comienzo a adentrarme en mi carrera, por cierto, el hecho de que quiera ser actriz no significa que me haya especializado en esto, para nada, me especialicé en literatura y lenguas, pero directamente como especialidad se podría decir que soy periodista, aunque no me voy a desarrollar en esa profesión.
Raquel y Paula llevaban sus maletas y los voletos de avión, dormirían en mi casa, ya que mañana saldríamos rumbo al aeropuerto...
Iríamos a Nueva York a una casa donde mi familia y yo solíamos visitar en las vacaciones, sólo que esta estará vacía, se encuentra en un medio arbolado, cerca de un lago donde me gusta ir a tomar sol para darle un tono más bronceado a mi piel morena.
En cuanto llegamos a la habitación recogí mi equipaje, tres inmensas maletas, nos acostamos a dormir esperando las 09:00 a.m. del día siguiente.
Al amanecer mis amigas y yo nos quedamos profundamente dormidas, y sólo faltaban diez minutos para las nueve, me quería morir cuando sentí a mi tía despertarme a gritos diciendo que eran las nueve, levanté a Paula y a Raquel por los pelos, y entré al baño y salí en un abrir y cerrar de ojos. Me vestí, y a diferencia de otras circunstancias, no me maquille y dejé mi cabello sin peinar, aunque para ser sincera esto no era novedad. Mientras mi espejo se burlaba de mi vergonzoso aspecto en mi propia cara.
Mi tía tuvo que decirme mil veces que estaba estupenda, aunque era inútil.
Treinta minutos más tarde llegamos al aeropuerto, ya el avión se había ido, es curioso, nunca tienden a ser tan puntuales los vuelos , pero claro, quien quería viajar era yo, así que era necesario complicarme la vida.
Yo desesperada sin saber qué hacer comencé a llorar desesperanzada, Raquel se acercó a mí.
- No te preocupes, todo va a estar bien - me dijo con voz alentadora.
- No, nada va a estar bien, el avión se acaba de ir delante de nuestras narices, ¿ahora qué hacemos? - me llevo las manos a la cabeza agachando la misma.
- ¡Ya lo sé! - exclama Paula.- Vamos a conducir hasta Nueva York en tu coche - propone.
- ¡Ay no!, por Dios, será un viaje muy exhaustivo. Son cuatro horas - digo pesimista.
- ¡Uy, que viaje tan largo! - expresa Raquel sarcásticamente.- Natasha, tiene razón, es la única forma, claro, también puedes esperar una semana más para hacer el vuelo - me dice.
- Eso ni muerta - respondí haciendo caso a ambas.
Subimos al coche y bajamos en la primera gasolinera que encontramos, allí llenamos el depósito de gasolina del coche para cerciorarnos de que no nos quedaríamos tiradas. Así que listas para la aventura, salimos camino a Nueva York, yo estaba de los nervios cada parte de mi cuerpo temblaba, tan sólo con pensar que por fin iba a hacer realidad mis sueños, era una sensación tan loca, que no me podía creer que me estuviera pasando a mí.
De pronto el coche se desvió de la carretera, después del sonido ruidoso de un neumático poncharse, fuimos a parar en medio de un campo solitario, donde parecía no haber un alma ni una miserable gota de cobertura, ¿y ahora qué, qué haríamos en esta situación? No había nadie cerca a quien pedirle ayuda, y para poder seguir tendríamos que cambiar el neumático por el de repuesto, cosa que ni mis amigas ni yo sabíamos hacer. En ese momento estaba nerviosa y desesperada, como si me faltara el aire, no podía entender porqué me sentía así. Era horrible la sensación de frustración, y es que no era de vida o muerte como para estar tan fuera de control como yo lo estaba.
- No te preocupes, vamos a salir de esta - me dice Paula con voz alentadora al ver mi estado de ansiedad.- A ver trae el gato Raquel, ya verás cómo vamos a solucionar esto - incluye Paula.
Para mí estaba hablando en un lenguaje totalmente desconocido.
- ¿Qué es el gato? ¿De qué hablas? - le pregunté desconcertada.
- Creo que es con lo que se cambia la rueda - responde Raquel.
- Ok. ¿Y ustedes saben hacerlo? - vuelvo a preguntar.
- Bueno, mi padre tiene un taller de mecánica, alguna noción debo tener - comenta Raquel.- ¡Así que vamos! Manos a la obra - nos incitó mientras se recogía el pelo en un moño en lo alto de la cabeza.
Intentamos de todas las maneras. Es cierto que no estábamos muy diestras en el asunto, pero a pesar de tanto esfuerzo no había forma de colocar el neumático. Cansadas, sudadas, llenas de aceite de coche y vencidas por una maldita rueda nos sentamos en la carretera suspirando exhaustas y frustradas.
Por suerte yo no me di por vencida, sabía que si quería conseguir lo que tanto me proponía, debía esforzarme aún más y así fue.
Después de casi una hora intentándolo nuevamente, logramos poner el neumático de repuesto en su sitio. Fue tanta la alegría que sentimos al terminar, que casi no nos importaba estar bañadas en sudor y oler a camionero. En fin, este fue el peor día de mi vida, y cuidado con pensar que exagero, esta terrible faena no fue todo, ya verán porqué.
Cuando sólo estábamos a una hora de Nueva York, paramos en un motel de carretera para reponer fuerzas, me daba mucha vergüenza ver como todos nos miraban, y como los hombres babeaban pensando Dios sabe qué cosas al vernos sudorosas con las camisetas ceñidas. Realmente me parece una imagen muy poco excitante pero en fin.
En la comida se nos fue casi todo el dinero, pero eso no era lo peor, sino que dimos con la sorpresa de que al parecer un grupo de delincuentes que vivían por la zona nos habían robado el coche.
Sí, yo también pensé "malditos pueblerinos desconsiderados". La suerte es que las maletas estaban con nosotras, ya que las tuvimos que sacar para poder cambiar la ropa asquerosa que tiramos a la basura. Si les soy sincera estaba harta, a punto de mandar al diablo el viaje, al malito Joseph Harper y todo, pero si hay algo por lo que me caracterizo, eso es la perseverancia así que eso no me iba a parar, a pesar de que Paula y Raquel querían arrancarme la cabeza cuando les dije que siguiéramos a pie, logré persuadirlas y me salí con la mía. Así que seguimos a pie hasta Nueva York.
Luego de tres largas y eternas horas caminando, llegamos, por fin alcanzábamos ver la maravillosa Estatua de la Libertad, nunca antes había estado en la ciudad, siempre que venía en las vacaciones, todo lo que hacía era quedarme en casa, en la zona arbolada, donde la naturaleza me reconfortaba. Así que al ver esta ciudad tan inmensa, con aquellas impactantes luces que adornaban la noche y unas playas encantadoras me quedé maravillada, no paraba de sonreír.
Raquel y Paula me abrazaron.
- ¡Bienvenida a tu sueño! - me dijeron con una gran sonrisa.
Las tres caminábamos abrazadas rumbo a la casa.
Al llegar tuvimos un gran trabajo, limpiamos hasta el último rincón, la organizamos y pusimos nuestra ropa en los armarios. Después de esto caímos en la cama destrozadas.
Nos levantamos a las doce, después de un largo sueño, y una vez lista comenzamos a localizar a Joseph, después de dos horas buscando en las páginas más actuales, por todas las redes sociales, por fin dimos con su dirección actual, así que íbamos para allá. Este iba a ser el mejor de mi vida, tenía que serlo.
Me di una ducha, me maquillé y me puse un vestido a medio muslo, color blanco, el que acompañaba con mi cazadora negra de cuero favorita, botines negros al tobillo, con cremalleras en los costados y por fin, estaba lista, brillante y pulida como un diamante.
Una vez preparada, Paula me tomó del brazo. - Ya es hora - me anunció.
Raquel no venía con nosotras porque estaba cansada, eso nos dijo. Me resultó bastante desagradable, pues quería que ambas estuvieran conmigo en ese momento, pero por más que insistí se me hizo imposible. Por lo que Paula y yo salimos después de llamar a un taxi que nos recogió en diez minutos y veinte después, ya estábamos justo delante de la hermosa mansión del mismísimo Joseph Harper.
Casi no podía mantenerme en pie de lo nerviosa que estaba.
Respiré hondo.
- Sí se puede - me dije a mí misma.
Caminé hacia la puerta y toqué el timbre, esta era una enorme puerta de cristal de cerradura digitalizada y se podía ver hacia dentro, vi como una chica con uniforme, al parecer de servidumbre se dirigía hacia la entrada para abrir, cada que estaba más cerca el cosquilleo sobre mi espina dorsal aumentaba. La empleada presionó el pomo hacia adentro, dio un giro de muñeca y abrió.
- ¿Si? ¿Qué desea? - me preguntó muy amable.
- Deseo ver Joseph Harper. ¿Se encuentra? - le pregunté en temblores.
- Sí, enseguida le aviso.
La chica se retiró, y yo no me lo podía creer, subió las escaleras y desapareció a través de un corredor.
Yo me encontraba fuera con Paula. La verdad era todo un palacio, o por lo menos para lo que yo estaba acostumbrada a ver.
La entrada estaba rodeada por muros no muy altos, perfectamente confeccionados, y con un diseño bastante peculiar, cerrando la entrada había una verja de gran tamaño, con moldaduras bastante llamativas y diseño con aspecto muy elegante, que como cerradura sólo tenía un picaporte, próxima a esta habían unos escalones bastante amplios de mármol, que una vez rebasados abrían paso a la puerta.
Era una casa muy amplia, las puertas y ventanas eran de vidrio color ámbar y pulidamente inmaculados, por excepción de unas ventanas en el piso de arriba, que estaba justo encima de la sala de estar, éste daba salida a un balcón de tamaño mediano, las ventanas eran de vidrio blanco, no transparente como las demás, esta, supuse que era la habitación de Ian, ya que a simple vista parecía ser la más lujosa.
A los costados de la puerta y frente a las ventanas habían pequeñas porciones de tierra adornados por siembras con plantas diversas y sofisticadas de gran elegancia, pequeños arbustos moldeados a gusto propio que a simple vista parecían tener un cuidado exquisito, entre este par de pequeños jardines estaba situada la puerta principal antes mencionada, que daba vista a una gran escalinata, la cual conducía al piso de arriba, ubicada en el lado derecho de lo que al parecer era la sala de estar, otra que no se quedaba atrás en cuanto a modernidad y elegancia, con sofás de piel y terciopelo muy grandes y sofisticados, que al frente tenían una enorme televisión de plasma en la pared, y si no me equivoco encima de uno de los sofás había un gato. Que tierno, siempre me han gustado mucho los animales, pero prefiero los perros.
Logré ver como una empleada lo agarró con dulzura y se lo llevó.
Mientras, yo me quedaba deslumbrada con semejante mansión.
De repente sentí como si mi corazón dejara de latir, mi piel se puso de gallina, me quedé en estado de shock, sentí como si mi vida estuviera pasando en cámara lenta.
De las escaleras bajaba una figura masculina, con gran apariencia varonil, era un hombre alto de pelo negro y lacio, blanco, casi pálido, de cara muy apuesta y ojos profundamente azules, en los que me perdí.
Sus labios parecían tan suaves y deliciosos como para enternecerse solo mirándolos, brazos musculosos, el pecho que se podía apreciar a simple vista, fuerte y robusto, llevaba puesta una camisa negra de cuello, remangada hasta los codos, y los dos primeros botones de arriba desabrochados. Unos jeans de mezclilla ceñidos al cuerpo, y unos zapatos italianos perefectamente limpios, sólo mirándolo podría pasarme meses.
Repentinamente sentí alguien llamándome, pero no por mi nombre, escuchaba una voz dulce y masculina.
- ¡Eh! ¿Te encuentras bien? - agita una mano delante de mi cara y me saca de mi ilusa película romántica.
Salí de mi pequeño lapsus, y me di cuenta de que él me estaba hablando. A mí, por más increíble que me pareciera, pero sí, me estaba hablando a mí.
Las ganas de abrazarle y besarle eran tan fuertes, que tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos para contenerme, pero aún así no podía abrir ni siquiera la boca para decir hola.
- Hola, soy Paula Tyler, perdona el estado de idiotez de mi amiga, es una persona muy normal, esto nunca antes le había pasado - intervino Paula como grito de ayuda.
- Bueno, a mí no me molesta, pero, ¿tardará mucho en hablar? Es que hace rato me pregunto quienes son - repone él.
De pronto volví a la realidad.
- Disculpa, eh... eh... soy Natasha Howard - le dije.
- Menos mal que has reaccionado, estaba por llamar a urgencias... pero, ¿quién es Natasha Howard? - dijo. Supongo que bromeando y con curiosidad por saber quién era la loca que tenía delante.
Me reí atacada de nervios.
- Digamos que es una historia larga, pero para resumir te diré que soy la persona que más te idolatra en este mundo - le contesté no sé con qué valor.
- Ajá - contesta cortante.
Y no sé por qué creo que a punto de tomar el teléfono para llamar a la policía, pues su expresión me dio a entender que le parecía una loca a la que estaba a punto de echar a la calle, además de sus guardias de seguridad por haber dejado entrar a una maníaca a su casa, pero sorprendentemente no lo hizo, o no hasta el momento.
- En cuanto me digas lo que necesitas veo como puedo ayudarte - me dijo.- ¡Oh, por Dios! Ni siquiera me he dado cuenta; pasen y siéntense - nos invita señalando hacia el salón.
Paula y yo pasamos, ella tomó asiento, yo me quedé deslumbrada mirando su inmensa y lujosa mansión.
Estaba tan distraída que a la hora de sentarme, lo hice encima de él. Juro que fue por error.
- ¡Ups! Perdona, discúlpame. De verdad, lo siento mucho - me disculpo una y otra vez, sin cansancio, y siento que me van a explotar las mejillas de la vergüenza.
- No, tranquila, no pasa nada - dijo sin darle importancia.
- Oh, Dios mío, lo estoy arruinando todo - musité.
De pronto la emoción y el latido desenfrenado de mi corazón hicieron que las lágrimas inundaran mis ojos, inevitablemente todas las sensaciones acumuladas estallaron. Se apoderó de mí la situación y el millón de sentimientos encontrados, por lo que no pude controlarme y comencé a llorar.
- ¿Estás llorando? - me preguntó.
No se lo podía creer, y la verdad es que yo tampoco.
- Lo siento, es que no lo puedo evitar. No me puedo creer que esto me esté pasando, es que yo... yo.... simplemente no lo puedo evitar, perdóname. Lo he arruinado. Es que me lo imaginaba totalmente distinto - me llevo las manos a la cara y estrujo mis ojos para secar las lágrimas.
- Bueno, tranquila. No pasa nada. ¿Crees que un abrazo te tranquilice? Pues puedo regalarte uno - apenas termina la frase y aparece nuevamente ese vuelco al corazón que me había dejado sin habla.
- No... bueno, si quieres... no lo sé - y vuelven los balbuceos que me hacen parecer tonta.
- Me voy a tomar esos balbuceos como un sí - se aproxima a mí y se dispara mi corazón detrás de mi pecho.
Me acogió entre sus brazos calentitos y fuertes, era la mejor sensación del mundo, sentir su pecho contra el mío, y sus brazos envolviéndome mientras su respiración se ponía en contacto con mi cuello, en ese momento quería gritar, correr, saltar, en fin, expulsar esa adrenalina tan fuerte que se metía en mi cuerpo al estar tan cerca de él.
Luego de seis años esperando por el increíblemente maravilloso momento, y que minutos después de conocerme lo primero que haga sea abrazarme, es lo mejor que me puede haber pasado en la vida.
Entonces el momento de gloria acabó, sus brazos me soltaron, y poco a poco se fue alejando de mí.
- ¿Ya estás mejor? - me pregunta con una sonrisa.
- No sabes cuánto - le respondí aliviada, pero con ganas de que ese abrazo nunca hubiese terminado
- Okey. Espero por ti - dice y me quedo despistada.
- ¿Por mí? - pregunté dubitativa y nerviosa.
- Sí, por ti - respondió.
- Ah, claro, eh... como ya te dije me llamo Howard Natasha; perdón, perdón... al revés, o sea, Natasha Howard quise decir.
- ¡Eres muy graciosa! - esboza una preciosa sonrisa.
- Perdona que te corrija, pero sustituiría lo de graciosa por ridícula - le rectifico auto atacándome.
- Sinceramente no imagino una persona ridícula con semejante estilo y belleza - replicó y me reí con timidez.
- Gracias - me mordí el labio y escondí detrás de mi oreja un travieso mechón de pelo que estaba cubriendo mis ojos.
Por unos segundos se me quedó mirando enternecido, con una mirada curiosa, seguramente preguntándose, ¿pero y esta loca de dónde ha salido?
- Bueno, en realidad tú no tienes idea de quién soy, pero yo sí - comienzo a explicarle.- Hace seis años sé de tu existencia, fue en TV. Anunciabas tu nueva película, y te juro, desde el primer momento que te vi me quedé completamente loca contigo - intento remodelar mi comentario de inmediato y mostrar una imagen de mí menos acosadora.- A ver, eso no significa que esté enamorada de ti... eh... para nada <
Sí, tenía los nervios de punta. Ya habían pasado veinte minutos desde que lo conocí, y aún no me lo podía creer, luego de seis años imaginándome el momento, y por fin se está haciendo realidad.
- Ok, entiendo. Entonces me dices que hace seis años esperas por mí - se cerciora.
- Algo así, bueno, no exactamente esperé por ti, sino por la vida, esperé el momento, aunque la verdad mis planes no eran estos, pero no me pude aguantar más tiempo sin conocerte - le corregí.
- Me alegra significar tanto para alguien - me respondió con una sonrisa.
- Pues sí, y créeme, no tienes ni idea de lo que significas para mí - repongo ruborizada. - Pues me gustaría tener una idea más clara - me dice y abro los ojos como platos.
¿Qué se supone que significa eso? Me removió los sentidos aquello y resonaba en mi cabeza sin parar.
Vuelvo a situarme en la conversación e intento olvidar aquellas palabras.
- Oye, espero que no te parezca un atrevimiento, pero, ¿qué te parece si intercambiamos teléfonos?, y no sé... quizás un día que no estés muy ocupado podríamos vernos... claro, sí quieres - una vez sale por mi boca me arrepiento de haber dejado salir semejante elocuencia.
- Sí, por supuesto. Me parece una muy buena idea - acepta.
Y lo más increíble de todo es que lo hizo con una sonrisa, la misma que no había desaparecido de su rostro desde que cruzamos palabra. Y sinceramente no entiendo porqué.
Sacó su móvil del bolsillo de sus jeans, un móvil muy moderno y sofisticado, o sea totalmente de acuerdo con su dueño. Saqué mi teléfono de mi bolso de mano, y se cayó al suelo. Nada raro, pues durante el último tiempo no había dejado de estropearlo todo debido a mi torpeza, la cual ha sido provocada por los nervios.
Lo recogí y me fijé en un peculiar detalle, Paula puso los ojos en blanco producto a mi ilimitable nerviosismo, que para ella comenzaba a ser irritante.
Intercambiamos números de teléfono, e-mail, Whatsapp, en fin, ya estábamos en línea.
- Bueno, y ¿desde cuándo estás en Nueva York? - preguntó él cambiando de tema.
- Desde ayer, es que este viaje sólo era para conocerte - respondo colocándolo aún más en mi altar de gloria.
- Bien y, ¿qué te parece si me das tu dirección y mañana paso a recogerte para dar una vuelta por la ciudad? Digo mañana porque si llegaste ayer supongo que debes estar muy cansada, los viajes en avión son muy exhaustivos - me sugirió con una sonrisa.
Si, como no, en avión, más me hubiese gustado.
- ¡¿En serio?! ¿Me vas a recoger? - pregunté emocionada y extrañada.
- Sí. ¿Por qué no?
- ¡Wow! ¿De verdad quedaremos mañana? - le pregunté de nuevo como si tuviera alguna dificultad auditiva.
Necesitaba cerciorarme de lo que había dicho, pues aún así me lo repitiera cien veces más no podría creérmelo.
- Ya te he dicho que sí, a las 10:00 a. m. - me respondió.
- Perfecto, increíble. Eh, nos vemos - me despido.
Pero si soy sincera, deseaba quedarme todo el día embobada mirándole.
Me dio dos besos y nos fuimos a casa. Después de haber caminado unos cuantos metros lejos de su casa, era tan fuerte la emoción, que Paula y yo comenzamos a dar saltos y a gritar alegres mientras escandalizábamos las calles.
- Quién me iba a decir a mí que el gran Joseph Harper me iba a halagar tanto y me pediría una cita. Es de locos - dije abriendo una conversación después de un rato caminando sin ánimo de tomar un taxi.
- Pues ya ves, así es la vida de loca, pero en verdad Natasha, no sabes cuánto me alegro por ti - me dijo Paula rodeándome con el brazo.
Nuevamente el asombro apoderó de mí y la algarabía se escapaba a través del destello de mis ojos. La mezcla de emociones era una montaña rusa deslizándose mediante mi cuerpecito tembloroso.
- No lo puedo creer... lo hice, no es posible, ¡lo hice, lo hice! ¡Lo he logrado! - gritaba como loca en medio de la ciudad.
Dejé escapar un chillido de alegría.
- Conocí a Joseph Harper. ¡Lo conseguí! - volví a gritar meneando la cabeza de un lado a otro cual niña pequeña entrando a un parque de atracciones.
Llegamos a casa y abracé a Raquel, ya ella se imaginaba lo que había sucedido, pero yo quería darme el gustazo de contárselo.
- ¡Adivina qué! Mañana me pasa a recoger para salir - le dije a Raquel.
Ella tan emocionada como yo comenzó a reírse emocionada y entre las tres chillábamos sin intención de parar.
- Natasha, yo creo que se ha enamorado de ti - comentó Paula.- Raquel, si ves como la miraba, y la cortejaba, te quedarías tan loca como yo - continuó diciéndole.
- Seguro Natasha, cualquiera se enamoraría de ti - dijo Raquel apoyando a Paula.
- Sí, ya lo has dicho Raquel, cualquiera, por desgracia para mí él no es cualquiera - asumo una actitud pesimista.- Y es que no quiero que me digan estas cosas, no quiero crearme ilusiones para luego decepcionarme. Para mí conocerlo supone todo un logro, es suficiente. No puedo montarme toda una película romántica en la cabeza y luego llevarme la peor decepción de mi vida. Ahora bien, no lo vuelvan a decir ¿De acuerdo? - las señalaba a ambas con el dedo índice como actitud amenazante esperando un sí.
- De acuerdo - contestaron las dos a coro.
Ya eran las nueve y treinta de la mañana, yo estaba nerviosa esperando a Joseph.
Inesperadamente sentí un estrepitoso sonido en el techo, salí al porche para ver que pasaba, aunque era obvio, había comenzado a llover, una lluvia insoportablemente fuerte que me aseguraba que Joseph no iba a venir.
Me había vuelto un mar de delirios respecto a mi anhelado señor Harper, y precisamente por esto detestaba que Paula y Raquel me metieran ideas absurdas y ñoñas en la cabeza; es tarea del destino decidir si la meta llegaría a su límite al conocerlo y por lo visto ya me lo había dejado claro.