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Mi Imperio, Mi Revancha: De la Nada al Todo

Mi Imperio, Mi Revancha: De la Nada al Todo

Autor: : Idaline Miele
Género: Fantasía
A mis sesenta años, exhalé mi último aliento, rodeado de mi amada "familia", convencido de que había vivido una vida plena y exitosa como un magnate del café, un esposo incondicional y un padre ejemplar. Mi esposa, Isabella, sostenía mi mano, sus lágrimas parecían sinceras. Mi hijo, Javier, me miraba con una expresión de dolor. Cerré los ojos, satisfecho. Pero mi alma no partió, se quedó flotando, invisible en la habitación. Fue entonces cuando escuché las palabras de mi "hijo": "Finalmente se murió el viejo estúpido". Isabella soltó mi mano como si quemara. "¿Su fortuna? Es nuestra fortuna", replicó Javier. "Cuarenta años fingiendo ser su hijo, cuarenta años llamándolo 'papá' . Me da asco". Mi mundo se hizo añicos al escuchar a Javier llamar a su "verdadero padre" y celebrar mi muerte con Isabella. Planearon usar mi dinero para mantener a ese cobarde vecino, Mateo. Me vi arrojado, como basura, a un almacén. El dolor era insoportable, la rabia me desgarraba. Quería gritar, destrozarlos, pero era un espectador impotente. En ese torbellino de odio y desesperación, una fuerza me arrastró hacia atrás. Abrí los ojos. Tenía dieciocho años de nuevo, en la hacienda de los Isabella. Ella caía al río. Esta vez, no me moví. En esta vida, mi destino ahora me pertenecía.

Introducción

A mis sesenta años, exhalé mi último aliento, rodeado de mi amada "familia", convencido de que había vivido una vida plena y exitosa como un magnate del café, un esposo incondicional y un padre ejemplar.

Mi esposa, Isabella, sostenía mi mano, sus lágrimas parecían sinceras.

Mi hijo, Javier, me miraba con una expresión de dolor.

Cerré los ojos, satisfecho.

Pero mi alma no partió, se quedó flotando, invisible en la habitación.

Fue entonces cuando escuché las palabras de mi "hijo": "Finalmente se murió el viejo estúpido".

Isabella soltó mi mano como si quemara.

"¿Su fortuna? Es nuestra fortuna", replicó Javier.

"Cuarenta años fingiendo ser su hijo, cuarenta años llamándolo 'papá' . Me da asco".

Mi mundo se hizo añicos al escuchar a Javier llamar a su "verdadero padre" y celebrar mi muerte con Isabella.

Planearon usar mi dinero para mantener a ese cobarde vecino, Mateo.

Me vi arrojado, como basura, a un almacén.

El dolor era insoportable, la rabia me desgarraba.

Quería gritar, destrozarlos, pero era un espectador impotente.

En ese torbellino de odio y desesperación, una fuerza me arrastró hacia atrás.

Abrí los ojos.

Tenía dieciocho años de nuevo, en la hacienda de los Isabella.

Ella caía al río.

Esta vez, no me moví.

En esta vida, mi destino ahora me pertenecía.

Capítulo 1

Morí a los sesenta años.

En mi lecho de muerte, rodeado por mi "familia", me sentía en paz, creyendo haber vivido una vida plena como un exitoso productor de café, un esposo devoto y un padre orgulloso.

Mi esposa, Isabella, sostenía mi mano, sus lágrimas parecían sinceras.

Mi hijo, Javier, el mejor catador de café del mundo gracias a mi tutela, me miraba con una expresión de dolor.

Cerré los ojos, satisfecho.

Pero mi alma no se fue, se quedó flotando en la habitación, observando.

Entonces vi la verdad.

"Finalmente se murió el viejo estúpido", dijo Javier, su rostro transformado por el desprecio.

Isabella soltó mi mano como si quemara. "No hables así de tu... de él. Nos dejó toda su fortuna".

"¿Su fortuna? Es nuestra fortuna", replicó Javier. "Cuarenta años fingiendo ser su hijo, cuarenta años llamándolo 'papá'. Me da asco. Voy a llamar a mi verdadero padre".

Sacó su teléfono y marcó. "Papá, el viejo Santiago por fin murió. Ya eres libre, mamá y yo te cuidaremos".

Mi mundo, o lo que quedaba de él, se hizo añicos.

Vi cómo Isabella y Javier celebraban, cómo planeaban usar mi dinero para mantener a Mateo, el vecino cobarde que siempre supe que la rondaba.

Vi cómo mi "hijo" se burlaba de mis logros, llamándome un tonto con suerte.

La humillación final llegó cuando Isabella tomó mi urna.

"¿Qué hacemos con esto?", preguntó Javier.

"Tírala en el viejo almacén. Que se mezcle con el polvo, como siempre debió ser", respondió ella con frialdad.

Un dolor tan profundo, una ira tan intensa me consumió que sentí que mi alma se desgarraba. Quería gritar, quería destrozarlos, pero no era más que un espectador impotente.

En ese torbellino de odio y desesperación, una fuerza me arrastró hacia atrás, a través del tiempo.

Abrí los ojos.

Era joven de nuevo, tenía dieciocho años. El sol de la tarde calentaba mi piel, el olor a café y flores llenaba el aire. Estaba en una fiesta en la hacienda de la familia de Isabella.

A lo lejos, escuché una discusión. Eran Isabella y un joven Mateo.

Y entonces, un grito.

Isabella había caído al río caudaloso que bordeaba la propiedad.

La historia se repetía. En mi vida anterior, yo, el simple hijo del ama de llaves, me lancé sin pensar. Una rama oculta me destrozó la pierna, dejándome una cojera de por vida. Isabella, por "gratitud", se casó conmigo. Ese fue el comienzo de mis cuarenta años de engaño.

"¡Ayuda! ¡Que alguien la salve!", gritaban todos.

Vi a Mateo, paralizado por el miedo, aunque yo sabía que era un excelente nadador.

Esta vez, no me moví.

Cuando los gritos se hicieron más desesperados, caminé calmadamente hacia Mateo.

Lo miré a los ojos, con todo el hielo de mi alma renacida.

Y con un empujón firme, lo lancé hacia el frente, cerca del borde del río.

"Ve a salvarla, héroe", dije con una voz que no reconocí como mía.

Luego, me di la vuelta y me alejé, dejando atrás el caos y el destino que me había encadenado.

Esta vida sería mía.

Capítulo 2

El pánico se apoderó de la fiesta. La gente gritaba el nombre de Isabella, pero nadie se atrevía a saltar a la corriente furiosa.

Mateo, empapado por mi empujón y la cercanía al agua, me miró con una mezcla de shock y furia.

"¡Santiago! ¿Qué haces? ¡Sálvala! ¡Tú la amas!", gritó, intentando usar las mismas armas emocionales de siempre.

Isabella, luchando en el agua, también me vio. Su rostro, pálido por el miedo, mostró un destello de esperanza. "¡Santiago, por favor!".

Parecía que ellos también recordaban. Interesante.

Me detuve y los miré con una sonrisa fría.

"¿Yo? Soy solo el hijo del ama de llaves", dije en voz alta, para que todos escucharan. "Pero tú, Mateo, eres famoso en toda la región por ser el campeón de natación del club. ¿O es que tu valentía solo aparece cuando no hay peligro?".

El rostro de Mateo se puso rojo de vergüenza y rabia. Los murmullos comenzaron a extenderse entre los invitados.

Con la presión de todas las miradas sobre él, no tuvo más remedio. Maldiciendo por lo bajo, se lanzó al río.

Observé desde la distancia cómo luchaba contra la corriente. Logró alcanzar a Isabella y la arrastró hacia la orilla. Justo cuando llegaban, una rama afilada, la misma que me había lisiado a mí, le rasgó profundamente la pierna.

Un grito de dolor, esta vez de Mateo. El "héroe" había pagado el precio.

Me encogí de hombros y volví a la pequeña casa que compartía con mi madre en los terrenos de la hacienda.

Horas después, la puerta se abrió de golpe.

Era Isabella. Su cabello todavía estaba húmedo, su vestido de fiesta arruinado, pero sus ojos ardían con una furia que nunca le había visto en mi vida anterior.

"¿Cómo te atreviste?", siseó, acercándose a mí. "¿Por tu culpa, Mateo está herido! ¡Su pierna podría quedar dañada para siempre!".

"Ese fue el precio por salvar a la mujer que ama. Un precio que yo ya no estaba dispuesto a pagar", respondí con calma, sin levantarme de la silla.

"¡Tú eras mi plan B! ¡Mi red de seguridad!", gritó, perdiendo toda la compostura. "¡Siempre fuiste el tonto útil que me sacaría de cualquier apuro!".

"Las cosas han cambiado, Isabella".

Anuncié mi intención. "Mi madre y yo nos vamos de la hacienda. Mañana mismo".

La desesperación cruzó su rostro. No podía perderme, no todavía. Su plan dependía de tenerme cerca, de controlarme.

"¡No irás a ninguna parte!", me amenazó. Vio el viejo escapulario de plata que colgaba de mi cuello, un regalo de mi padre antes de morir. Con un movimiento rápido, me lo arrancó. El metal frío arañó mi piel.

"Esto me lo quedo yo", dijo, apretándolo en su puño. "Lo usaré para rezar por la recuperación de Mateo. Y tú te quedarás aquí, bajo mi control".

La miré, no con el dolor de la pérdida, sino con una fría determinación. Había cruzado una línea.

"Quédatelo", dije. "Rézale a todos los santos que conozcas. Los vas a necesitar".

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