En mi decimoctavo cumpleaños, y el décimo aniversario de la muerte de mi padre, mi madre me maldijo al teléfono.
Solo quería gritarle que estaba en peligro, pero mi voz ya no existía.
Después, mi espíritu, ligero y frío, flotó mientras mi cuerpo inerte yacía en el suelo de cemento.
Me convertí en un fantasma, una observadora silenciosa de mi propia tragedia.
Así presencié lo impensable: mi madre, Annabel, la respetada criminalista, diseccionando mis restos desmembrados "caso 217" en la morgue, sin una pizca de reconocimiento.
Ella, quien me negó alimento y amor por diez años, analizaba las heridas que su negligencia causó.
¿Cómo podía una madre no reconocer a la hija que cargó en su vientre?
¿Cómo pudo su ceguera ser tan absoluta, su corazón tan duro?
El veneno que me arrojó, el odio que me profesó, la había consumido, impidiéndole ver la verdad... hasta que fue demasiado tarde.
Mi mano izquierda, con el collar de mi padre, se convirtió en la prueba de un crimen que abarca una década de mentiras.
Y desde este limbo, ahora soy la testigo principal de una verdad que destrozará a todos los involucrados.
Mi espíritu, ligero y frío, flota en la esquina polvorienta de la habitación. Abajo, en el suelo de cemento, yace lo que queda de mí.
Hoy es mi cumpleaños número dieciocho.
También es el décimo aniversario de la muerte de mi padre.
El teléfono, tirado a unos centímetros de mi mano inmóvil, suena sin parar. Es la llamada que los hombres que me trajeron aquí me obligaron a hacer.
La voz de mi madre, Annabel Hewitt, resuena desde el altavoz, nítida y cortante como un cristal roto.
"¿Qué quieres, Luciana? ¿No te das cuenta de la fecha que es hoy? ¿No podías elegir otro día para tus dramas?"
Intento gritar, decirle que estoy en peligro, que por favor me ayude. Pero mi voz ya no existe. Solo soy una observadora silenciosa.
Uno de los hombres, impaciente, patea el teléfono más cerca de mi cara.
"¡Mamá...!", un gemido ahogado sale de mi boca rota.
"¡Cállate!", grita ella al otro lado de la línea. "Estoy en medio de algo importante. La fiesta de Scarlett. ¿Lo recuerdas? Tu hermana. La hija que sí me importa".
"Estoy harta de ti, Luciana. Harta de que arruines este día cada año. Harta de tener que ver tu cara, que me recuerda a él, a la desgracia que trajiste a esta familia".
Sus palabras son veneno puro.
"Ojalá nunca hubieras nacido. Ojalá te murieras de una vez".
La llamada se corta.
El silencio que sigue es más pesado que cualquier grito.
Veo cómo los hombres se miran, uno de ellos incluso se encoge de hombros. Ni siquiera ellos esperaban tanta crueldad.
Luego, el dolor vuelve. Un dolor sordo y final. Cierro los ojos, o lo que queda de ellos, y la oscuridad me envuelve por completo.
Cuando mi conciencia regresa, ya no siento dolor. Floto. Soy un fantasma en mi propia escena del crimen.
Y desde aquí, desde este limbo silencioso, lo veo todo.
Mi madre, Annabel, está en una fiesta.
La música es ruidosa, las luces de colores parpadean y la gente ríe. Es la Quinceañera tardía de Scarlett, mi hermanastra. Annabel le arregla un mechón de cabello a Scarlett con una ternura que nunca me dedicó a mí.
"Te ves preciosa, mi vida", le dice, y su voz, la misma que me maldijo hace apenas unas horas, ahora es suave como la miel.
Scarlett sonríe, una sonrisa perfecta y ensayada. "Gracias, mamá. Significa mucho para mí que estés aquí".
"Nunca me perdería esto por nada del mundo", responde Annabel, abrazándola.
Mi espíritu se retuerce. La fiesta se celebra en la fecha de la muerte de mi padre, una fecha que para mí siempre fue de luto y silencio. Para Annabel, parece que el luto solo existía cuando le convenía.
El teléfono de Annabel suena. Es su jefe.
Su expresión cambia al instante, la madre cariñosa desaparece y emerge la profesional fría, la mejor Criminalista de la Ciudad de México.
"¿Qué pasa?", pregunta con voz seca. "Estoy en un evento familiar".
Escucho fragmentos de la conversación. "Taxi abandonado... estacionamiento de la comisaría... cuerpo desmembrado... necesito a la mejor".
Annabel suspira, molesta por la interrupción. Le da un beso en la frente a Scarlett.
"Tengo que irme, cariño. El deber llama. Pero te lo compensaré, te lo prometo".
"No te preocupes, mamá", dice Scarlett con dulzura. "Ve. Yo estaré bien".
Observo a Scarlett mientras Annabel se aleja. La sonrisa dulce se desvanece de su rostro tan pronto como mi madre le da la espalda. En su lugar, aparece una mirada de puro odio y triunfo.
Ella me mira, o más bien, mira hacia la esquina vacía donde floto, como si supiera que estoy aquí.
Y sonríe de verdad.