En nuestro octavo aniversario, creí que mi vida con Mateo había vuelto a la normalidad después de sus cinco años de inexplicable ausencia.
Pero la noche de nuestra celebración, un video anónimo en mi teléfono rompió toda mi realidad: Mateo, el amor de mi vida, besaba apasionadamente a Lucía, la florista que lo encontró con amnesia, en el día de SU BODA, ¡rogándole que no se casara porque "las amaba a las dos"!
Mi corazón se hizo pedazos mientras observaba su manipulación para retenerla, mi cena de aniversario se enfrió y el vino en mi copa parecía sangre.
Al día siguiente, mientras empacaba para irme a París, descubrí mensajes en su teléfono que confirmaban mi peor pesadilla: Lucía, su supuesta víctima, era su cómplice y ¡sería su "asistente personal" para estar siempre a su lado!
No era suficiente con robarme a mi hombre, ella quería mi vida.
La verdad era tan dolorosa y descarada que, por primera vez, fui yo quien lo dejó con sus mentiras expuestas, decidida a empezar de cero, aunque eso significara dejar atrás el amor que creí que era.
El aniversario de ocho años de Sofía y Mateo se celebraba en el departamento que compartían, un lugar que ella había llenado de luz y color con su propio arte. Las paredes estaban adornadas con sus bocetos de moda, y el aire olía a la cena que había preparado con esmero. Mateo, su novio desde la infancia, el amor de su vida, estaba sentado frente a ella, sonriendo. Parecía que todo había vuelto a la normalidad después de cinco años de ausencia, cinco años en los que él había desaparecido sin dejar rastro, dejándola en un abismo de incertidumbre.
Cuando lo encontró, o más bien, cuando él reapareció, no recordaba nada. Amnesia. Una palabra fría y clínica que no podía describir el vacío en sus ojos. Una vendedora de flores llamada Lucía lo había encontrado, lo había cuidado y le había mentido, diciéndole que eran pareja. Lo llevó a su casa, construyendo una vida falsa sobre los escombros de la memoria de Mateo.
Pero hace tres meses, la memoria de Mateo regresó. Recordó a Sofía, sus ocho años juntos, el amor que era su ancla. Desechó a Lucía con un fajo de billetes, un gesto que él consideraba generoso y final. Cada vez que hablaba de ella, su voz se llenaba de un desprecio palpable.
"Es una mujer egoísta y oportunista", le decía a Sofía, "se aprovechó de mi amnesia, me da asco recordarla".
Sofía le creyó, quería creerle. Quería que su vida volviera a ser la que era antes, con Mateo a su lado, su risa llenando los espacios silenciosos.
Esa noche, mientras levantaban sus copas para brindar, el teléfono de Sofía vibró sobre la mesa. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrió con curiosidad, y la pantalla se iluminó con un video de diez minutos.
La imagen era caótica, movida, grabada en medio de una multitud. Lucía, vestida con un deslumbrante vestido de novia blanco, estaba de espaldas, tratando de subir a un auto. De repente, Mateo apareció en el cuadro. Se movió con una desesperación que Sofía nunca había visto, la agarró del brazo y la giró bruscamente, acorralándola contra la puerta del auto.
El audio era claro. Se oía la música de una boda, las voces confundidas de los invitados. Mateo no dijo nada, simplemente la besó. No fue un beso tierno, fue un beso apasionado, violento, casi desesperado. Lucía luchó por un momento, pero luego sus manos se aferraron a la camisa de Mateo. Él la besó hasta que ella se quedó sin aliento, hasta que sus labios estaban rojos e hinchados.
"No te cases", le rogó él en un susurro ronco, su frente pegada a la de ella.
Los amigos de Mateo se acercaron, tratando de separarlos.
"Mateo, ¿qué diablos estás haciendo?", gritó uno de ellos, su voz llena de confusión. "¿Por qué estás arruinando tu aniversario con Sofía? Íbamos a celebrar con ustedes esta noche".
Mateo no soltó a Lucía. Con una mano todavía aferrada a su cintura, sacó un cigarrillo con la otra y lo encendió, su mano temblaba ligeramente. Inhaló profundamente, el humo envolviendo sus rostros.
"No sé", confesó, su voz era una mezcla de frustración y agotamiento. "No puedo vivir sin Sofía, pero la idea de que esta mujer se case me vuelve loco de celos. Si tengo que dar una razón, es que amo a las dos. ¿Están satisfechos?".
Intentó llevarse a Lucía, arrastrarla lejos de la boda, lejos de su futuro esposo.
"¡Estás loco!", le gritaron sus amigos, deteniéndolo.
"Necesito tiempo para decidir", insistió Mateo, su voz casi un grito. "Y ella", dijo, señalando a Lucía con la barbilla, "debe quedarse a mi lado hasta que lo haga".
El video terminó.
Sofía dejó caer el teléfono sobre la mesa. El sonido del plástico contra la madera fue el único ruido en el silencio repentino. El rostro sonriente de Mateo, el que estaba sentado frente a ella, se desvaneció. En su lugar, vio al hombre del video: un extraño desesperado y cruel. El corazón se le hizo pedazos.
La cena se enfrió. El vino en su copa parecía sangre. La vida que creía haber recuperado era solo otra mentira, más elaborada y mucho más dolorosa que la de Lucía. A pesar de la manipulación de la vendedora de flores, a pesar del engaño, Sofía entendió una cosa con una claridad aterradora: el Mateo que amaba ya no existía.
Se levantó de la mesa, sus movimientos rígidos, mecánicos.
"Me voy a París", dijo, su voz vacía de toda emoción. "Me voy con mis padres".
Recordó una promesa que se habían hecho hace años, en la playa, bajo un cielo estrellado. Si alguna vez uno de los dos traicionaba al otro de una manera imperdonable, el otro se iría. Sin segundas oportunidades, sin explicaciones. Solo un final limpio. Era una promesa de adolescentes, dramática y absoluta, pero en ese momento, se sintió como la única verdad que le quedaba.
Por la mañana, la luz del sol se filtraba por las persianas, dibujando rayas en el suelo del dormitorio. Sofía no había dormido. Pasó la noche sentada en el borde de la cama, mirando la maleta abierta a sus pies. Cada prenda que doblaba y guardaba se sentía como un ritual, un paso más para cortar los lazos que la unían a esa vida. Su mente repetía el video una y otra vez, las palabras de Mateo resonando en sus oídos: "Amo a las dos". La frase era un veneno que se extendía lentamente por sus venas, paralizando cualquier sentimiento que no fuera dolor y una fría determinación.
No lloraba. Las lágrimas se habían secado la noche anterior, dejando solo un vacío ardiente en su pecho. Ahora solo había una claridad helada. Tenía que irse. No por orgullo, no por ira, sino por supervivencia. Quedarse sería permitir que ese veneno la consumiera por completo. Recordó la promesa en la playa, la seriedad en los ojos jóvenes de Mateo cuando la hicieron. Era una promesa que ahora tenía que cumplir por los dos.
Mateo entró en la habitación, recién salido de la ducha, con una toalla alrededor de la cintura. Anoche, después de que ella anunciara su partida, él había intentado minimizarlo todo, diciendo que estaba exagerando, que el video no significaba nada, que solo estaba confundido. Le rogó que se quedara, que hablaran, pero sus palabras sonaban huecas, ensayadas.
"Buenos días, mi amor", dijo él, acercándose para besarla.
Sofía giró la cabeza, y sus labios encontraron su mejilla. El contacto la hizo estremecerse. Su piel, que antes era su refugio, ahora se sentía extraña, contaminante.
"¿Todavía sigues con eso?", preguntó él, su tono una mezcla de fastidio y falsa paciencia. "Sofía, ya te lo dije, fue un error. Estaba borracho, confundido. Lucía no significa nada para mí".
Ella no respondió. Siguió doblando una blusa con una precisión metódica.
"Voy a darme un baño rápido y luego podemos hablar de esto como adultos", dijo él, desapareciendo en el baño.
El momento en que la puerta del baño se cerró, el teléfono de Mateo, que había dejado en la mesita de noche, vibró. La pantalla se encendió. Era un mensaje de Lucía. Sofía no quería mirar, pero una fuerza más allá de su control la obligó a tomar el teléfono. No necesitaba la contraseña; la huella de Mateo todavía estaba registrada en su propio teléfono, un vestigio de su confianza pasada.
Los mensajes eran un torrente de intimidad y planes.
"Bebé, ¿pudiste hablar con ella? ¿Entendió que tiene que irse?".
"No te preocupes por la boda, mi amor. Sabía que vendrías por mí. Siempre lo supe".
"Anoche fue increíble. No puedo esperar a que estemos juntos de verdad, sin tener que escondernos. ¿Cuándo la vas a dejar?".
Y el último, el que le robó el aire de los pulmones:
"Ya le dije a mi mamá que nos mudaremos juntos la próxima semana. Ella está muy feliz. Me preguntó qué puesto me darás en tu empresa. Le dije que seré tu asistente personal, para estar siempre cerca de ti. ¿Te gusta la idea, mi vida?".
La palabra "asistente" la golpeó con la fuerza de una bofetada. Así que esa era la farsa, el plan. Mantener a Sofía como la novia oficial, la cara pública, mientras Lucía se convertía en su sombra, su amante, su "asistente". Un arreglo conveniente para un hombre que quería tenerlo todo.
Mateo salió del baño, secándose el pelo con una toalla. Vio a Sofía con su teléfono en la mano, la pantalla todavía encendida. Su rostro palideció.
"Sofía, yo... puedo explicarlo", tartamudeó.
Ella no dijo nada. Simplemente dejó el teléfono en la cama y se levantó.
"Tengo un vuelo que tomar", dijo con una calma que lo asustó.
"No, espera, por favor", suplicó él, tratando de agarrarla del brazo. "No es lo que parece. Ella es la que me presiona, yo solo le sigo la corriente para que no haga un escándalo".
Ella se apartó de su toque. "No me toques".
Salió de la habitación, dejándolo solo con sus mentiras expuestas. Pasó el resto de la mañana en silencio, moviéndose por el apartamento como un fantasma. Terminó de empacar, llamó a un taxi. Mateo la seguía, hablando sin parar, una letanía de excusas y promesas vacías. Ella no lo escuchaba. Su mente estaba fija en el reloj de la pared. A las doce en punto, el taxi llegaría. A las doce en punto, esta vida terminaría. Era su propio Día de Muertos, un adiós a un amor que ya estaba muerto y enterrado, aunque su fantasma todavía caminara por la casa. El taxi llegó puntual. Sofía tomó su maleta y caminó hacia la puerta sin mirar atrás.