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Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención

Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención

Autor: : Li Zi Hai Shi Xing
Género: Romance
Hoy era nuestro aniversario de boda. Cuatro años de un "matrimonio" que yo, Luciana Salazar, siempre consideré una transacción, un mero contrato. León Castillo, mi "marido", había preparado una cena especial y abrió un vino único, cosechado con sus propias manos, solo para mí. Pero yo llegué a medianoche, acompañada de Kieran Hewitt, el hermano de mi difunto prometido y mi "verdadero amor". Lo interrumpí con desdén: "Preferiría beber veneno que tu vino". Mis palabras se clavaron en él, cada una más fría que la anterior. Le recordé que solo me había casado con él para salvar a Kieran, porque León era el único donante compatible para el trasplante de médula ósea. Él era el precio que tuve que pagar. Suplicó, me dijo que me amaba, intentó abrazarme. Lo empujé, sintiendo asco, y le solté la verdad más cruel: "Nunca serás mi marido. La única vez que podría sentir algo por ti sería el día de tu muerte". Horas después, firmé los papeles del divorcio que él ya había entregado, sintiendo un inmenso alivio. Pero entonces, su mejor amiga, Sylvia, apareció en el restaurante donde celebraba con Kieran, y sus palabras me helaron la sangre: "¡León está muerto! ¡Se suicidó! Saltó del Puente de Piedra anoche". No podía ser verdad. Él no haría eso. Pero al verlo en la morgue, tan pálido y frío, la realidad me golpeó. Sin una lágrima, con una eficiencia glacial, firmé los papeles para cremarlo. Cuando me entregaron la urna de olivo con sus cenizas, pesaba más de lo que jamás imaginé. Y no se la entregaría a nadie. "Legalmente, sigo siendo su viuda", declaré, aferrándome a lo único que quedaba de él. Lo llevé a nuestra bodega, a su lado de la cama, y allí me quedé, deseando que el pesado silencio se rompiera con su incesante parloteo. ¿Por qué en la quietud me parecía oír su risa burlona? "¿Estás feliz ahora, León?", susurré. "Me hiciste sufrir cuatro años. Ahora es mi turno. Te mantendré atado a mí. Sin entierro. Sin descanso. Para siempre". ¿Por qué hacía esto? ¿Por qué la rabia y el vacío eran tan abrumadores cuando él ya no estaba? ¿Qué era este dolor que me consumía? ¿Y por qué el alma me gritaba que la verdad de su muerte era más retorcida de lo que imaginaba?

Introducción

Hoy era nuestro aniversario de boda. Cuatro años de un "matrimonio" que yo, Luciana Salazar, siempre consideré una transacción, un mero contrato.

León Castillo, mi "marido", había preparado una cena especial y abrió un vino único, cosechado con sus propias manos, solo para mí. Pero yo llegué a medianoche, acompañada de Kieran Hewitt, el hermano de mi difunto prometido y mi "verdadero amor".

Lo interrumpí con desdén: "Preferiría beber veneno que tu vino". Mis palabras se clavaron en él, cada una más fría que la anterior.

Le recordé que solo me había casado con él para salvar a Kieran, porque León era el único donante compatible para el trasplante de médula ósea. Él era el precio que tuve que pagar.

Suplicó, me dijo que me amaba, intentó abrazarme. Lo empujé, sintiendo asco, y le solté la verdad más cruel: "Nunca serás mi marido. La única vez que podría sentir algo por ti sería el día de tu muerte".

Horas después, firmé los papeles del divorcio que él ya había entregado, sintiendo un inmenso alivio. Pero entonces, su mejor amiga, Sylvia, apareció en el restaurante donde celebraba con Kieran, y sus palabras me helaron la sangre: "¡León está muerto! ¡Se suicidó! Saltó del Puente de Piedra anoche".

No podía ser verdad. Él no haría eso. Pero al verlo en la morgue, tan pálido y frío, la realidad me golpeó. Sin una lágrima, con una eficiencia glacial, firmé los papeles para cremarlo.

Cuando me entregaron la urna de olivo con sus cenizas, pesaba más de lo que jamás imaginé. Y no se la entregaría a nadie. "Legalmente, sigo siendo su viuda", declaré, aferrándome a lo único que quedaba de él.

Lo llevé a nuestra bodega, a su lado de la cama, y allí me quedé, deseando que el pesado silencio se rompiera con su incesante parloteo. ¿Por qué en la quietud me parecía oír su risa burlona? "¿Estás feliz ahora, León?", susurré. "Me hiciste sufrir cuatro años. Ahora es mi turno. Te mantendré atado a mí. Sin entierro. Sin descanso. Para siempre".

¿Por qué hacía esto? ¿Por qué la rabia y el vacío eran tan abrumadores cuando él ya no estaba? ¿Qué era este dolor que me consumía? ¿Y por qué el alma me gritaba que la verdad de su muerte era más retorcida de lo que imaginaba?

Capítulo 1

El viento del Ebro era frío, incluso en primavera.

León Castillo se apoyó en la barandilla de piedra del Puente de Piedra. El metal frío se sentía extraño contra sus manos. Miró hacia abajo, al agua oscura que se movía lentamente.

Su ropa ondeaba con el viento.

Una sonrisa amarga apareció en su rostro. Hoy era el cumpleaños de Luciana. Y el cuarto aniversario de su matrimonio. Un día que debería haber sido feliz.

Pero la felicidad nunca había sido para él.

Recordó el día en que se casaron. Él, lleno de esperanza, creyendo que cuatro años de devoción podrían derretir el corazón de ella. Qué tonto había sido.

Cada día de esos cuatro años había sido un recordatorio de que él no era suficiente. Su amor era una carga para ella, no un regalo.

La humillación de esa noche todavía le quemaba en el pecho. Las palabras de ella, frías y cortantes.

Ahora todo había terminado.

Sacó una carta arrugada del bolsillo. La leyó por última vez, aunque ya se sabía las palabras de memoria. La verdad era más cruel que cualquier desprecio.

León cerró los ojos, respiró hondo el aire frío de Logroño y se soltó.

Su cuerpo cayó.

Por un instante, sintió que volaba. Luego, el impacto brutal contra el agua.

El río se tiñó de rojo, una mancha oscura que se extendía lentamente. Era la nota final de un amor que nunca tuvo oportunidad.

Doce horas antes.

La bodega de los Castillo estaba en silencio, excepto por el suave sonido de León trabajando. El aire olía a tierra húmeda y a vino viejo. Era su santuario.

Hoy era el cuarto aniversario de su boda con Luciana Salazar, y también el cumpleaños de ella.

Había pasado semanas preparando una cena especial. Había cocinado sus platos favoritos y había abierto una botella de un vino único, una cosecha que había cultivado él mismo en un pequeño viñedo, solo para ella.

Esperó. Las horas pasaron.

La puerta principal se abrió de golpe a medianoche.

Luciana entró, su rostro impecable y frío como siempre. No venía sola. A su lado estaba Kieran Hewitt, el hermano menor de su difunto prometido, Máximo.

El corazón de León se hundió.

"Llegas tarde", dijo él, intentando que su voz sonara normal.

Luciana ni siquiera lo miró. Dejó su bolso sobre una silla con un gesto de indiferencia.

"Tenía cosas que hacer", respondió ella, con la voz desprovista de emoción.

León apretó los puños a sus costados. Señaló la mesa. "He preparado la cena. Y un vino especial..."

"No tengo hambre", lo interrumpió ella. Su mirada pasó por encima de la mesa puesta con desdén. "Y preferiría beber veneno que tu vino".

Cada palabra era un golpe.

"Luciana", suplicó él, con la voz rota. "¿No puedes... no puedes al menos fingir por un día? Hoy es nuestro aniversario".

Ella finalmente lo miró, y sus ojos estaban llenos de un profundo desprecio.

"¿Aniversario? ¿De qué? ¿De este contrato asqueroso? No te equivoques, León. Esto nunca fue un matrimonio. Fue una transacción. Te casaste conmigo por el estatus y el dinero de mi familia. Yo me casé contigo para salvar a una persona importante para mí".

"¿Nunca te has preguntado por qué una Salazar se casaría con un enólogo de una bodega en quiebra? Fue por un trasplante de médula ósea. Tú eras el único donante compatible. Esa es la única razón por la que estás aquí. Eres el precio que tuve que pagar".

La verdad, o al menos la versión que ella creía, salió de sus labios con una crueldad calculada. Él sabía del contrato, por supuesto. Él mismo lo había propuesto, en un acto desesperado de amor. Pero escucharlo de ella, de esa manera... lo destruyó.

"Pero yo te amo", susurró él, con la mano en el pecho, como si pudiera contener el dolor.

Luciana soltó una risa corta y sin alegría.

"¿Amor? No me hagas reír. No sabes lo que es el amor".

Él intentó acercarse, un último intento desesperado por un poco de calor, por un poco de humanidad. Intentó abrazarla.

Ella lo empujó con fuerza.

"No me toques", siseó. "Me das asco".

Él la miró, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar. "Soy tu marido".

"Nunca", dijo ella, con una finalidad que le heló la sangre. "Nunca serás mi marido. Ni en esta vida, ni en la próxima. La única vez que podría sentir algo por ti sería el día de tu muerte".

La mano de León, que todavía estaba extendida hacia ella, cayó sin fuerza a su costado.

Se dio cuenta en ese momento. Su amor no era solo no correspondido; era odiado. Su devoción no generaba cariño, sino aversión. Había vivido en un sueño autoengañado durante cuatro años.

Mientras Luciana y Kieran subían las escaleras, ignorándolo por completo, León vio una carta sobre la mesa de la entrada. Una carta anónima que había llegado esa tarde.

Con manos temblorosas, la abrió.

La letra era pulcra y cruel. La carta revelaba la verdad que Luciana había omitido. La persona a la que había salvado con su médula ósea no era un familiar de ella. Era Kieran Hewitt. El hermano de Máximo, el "verdadero amor" de Luciana, el hombre al que ella nunca había olvidado.

León sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

No solo era un sustituto. Había sido el peón involuntario en una tragedia que no era la suya. Su sacrificio, su matrimonio, su amor... todo era una farsa grotesca. Había salvado al hermano de su rival.

Ya no había nada por lo que luchar.

Se dio la vuelta y salió de la casa, dejando atrás el vino, la cena y los restos de su corazón roto.

Decidió que Luciana tendría su deseo.

Capítulo 2

A la mañana siguiente, un sobre llegó a la oficina de Luciana Salazar.

Era de León.

Ella frunció el ceño. ¿Qué podría querer él?

Dentro encontró unos papeles. Papeles de divorcio. Ya firmados por él. En la sección de reparto de bienes, él había renunciado a todo. Solo pedía quedarse con la vieja bodega de su familia.

Una sonrisa burlona se dibujó en los labios de Luciana.

"Finalmente te rindes", murmuró para sí misma.

Sintió un inmenso alivio. Un peso que no sabía que llevaba se levantó de sus hombros. Cogió su pluma y firmó los papeles con un trazo rápido y decidido.

Libre. Por fin era libre.

Mientras tanto, en el aeropuerto de Madrid-Barajas, Kieran Hewitt bajaba de un avión procedente de Londres. Tenía una sonrisa radiante en el rostro.

Había funcionado. Su plan había funcionado.

La carta anónima había sido la jugada maestra. Sabía que revelarle a León la verdadera identidad del receptor de la médula lo destrozaría. Y un hombre destrozado se marcharía.

Ahora el camino estaba libre. Luciana sería suya.

Sacó su teléfono y la llamó.

"Luciana, he vuelto", dijo con una voz llena de alegría.

"¿Kieran? ¿Dónde estás?", la voz de ella sonaba preocupada. "¿Estás bien?".

"Estoy perfectamente. Quería darte una sorpresa. ¿Nos vemos para comer?".

Se encontraron en un restaurante de lujo. Luciana parecía más relajada de lo que Kieran la había visto en años.

"Parece que mi carta tuvo el efecto deseado", dijo él, con una sonrisa cómplice.

Luciana levantó una ceja.

"¿Tu carta?".

"La que le envié a León", admitió él sin reparos. "Alguien tenía que decirle la verdad".

Luciana sonrió, una sonrisa genuina y feliz. "Pues gracias. Me ha pedido el divorcio. He firmado los papeles esta mañana".

Kieran sintió una oleada de triunfo.

Justo en ese momento, una voz furiosa los interrumpió.

"¡Así que era verdad!".

Sylvia Trebor, la mejor amiga de León, estaba de pie junto a su mesa, con los ojos encendidos de ira.

"¡Estás celebrando tu divorcio con este tipo mientras León está desaparecido! ¡Qué descaro!".

Luciana la miró con frialdad. "No es asunto tuyo".

Kieran intervino, fingiendo inocencia. "¿De qué estás hablando? Luciana y yo solo somos amigos. Además, ya están divorciados. ¿Qué tiene de malo que comamos juntos?".

La mandíbula de Sylvia cayó. "¿Divorciados? ¿Cuándo?".

"Esta mañana", dijo Luciana con aire de suficiencia.

Sylvia sacó su teléfono, con el pánico reflejado en su rostro. "Tengo que llamar a León".

Marcó su número. Una y otra vez. Solo saltaba el contestador.

"No contesta...", murmuró, con el corazón apretado por un mal presentimiento. Se volvió hacia Luciana. "Tú eres la última persona que lo vio. ¿Adónde fue?".

Las palabras de Sylvia parecieron romper el hechizo de alegría de Luciana. Su sonrisa se desvaneció y una sombra cruzó su rostro.

Kieran, notando su cambio de humor, le puso una mano en el brazo. "No le hagas caso, Luciana. Es solo una amiga celosa".

Instintivamente, Luciana se apartó de su contacto.

Sintió una extraña repulsión. Kieran se parecía mucho a su hermano Máximo, pero había algo en él que la incomodaba, algo que su subconsciente rechazaba.

Se levantó abruptamente.

"Tengo que irme", dijo, sin dar más explicaciones.

Salió del restaurante, dejando a un Kieran herido y confundido.

Mientras caminaba por la calle, una idea extraña y perturbadora cruzó su mente. En los últimos cuatro años, se había acostumbrado a rechazar a todos los hombres. A todos, excepto a uno.

A León.

El único hombre al que había permitido acercarse, aunque solo fuera para despreciarlo.

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