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Mi Muerte Falsa

Mi Muerte Falsa

Autor: : Qiang Wei Wei
Género: Romance
Mi esposa me dijo: "Si pudiera volver atrás... lo esperaría a él." Esas palabras me las susurró la Isabella del futuro, mientras yo agonizaba y ella me creía moribundo, justo después de descubrir que mi mujer, supuestamente fallecida en un accidente aéreo, estaba viva y en brazos de otro hombre. Desperté en el primer año de nuestro matrimonio, veinte años más joven, con esa premonición cruel grabada en mi alma. La amada Isabella de mi presente, con su sonrisa perfecta, comenzó a tejer una red de mentiras. La seguí a escondidas y la vi con Ricardo, el músico, confirmando mi peor pesadilla. Luego vinieron las grabaciones de sus gemidos, las burlas de él, y la verdad: ella planeaba su propia "muerte" para huir conmigo. Me humilló públicamente, me culpó de sus problemas y, cuando me negué a ceder a sus manipulaciones, me difamó sin piedad. El dolor era insoportable, una traición que me desgarraba el alma. ¿Cómo la mujer que juró amarme incondicionalmente podía ser tan calculadora y cruel? Consumido por la farsa, decidí que no podía seguir así. Si ella tramó una falsa muerte para escapar, yo haría lo mismo. Orquesté mi propia desaparición en la Patagonia, un plan limpio y definitivo. Con la ayuda incondicional de mi madre y el apoyo inesperado de Sofía, una mujer noble y sincera, forjé un nuevo destino. Juntos, no solo reconstruiré mi vida, sino que desmantelaré el imperio de corrupción de su familia, mientras Isabella aprende el verdadero significado de la pérdida.

Introducción

Mi esposa me dijo: "Si pudiera volver atrás... lo esperaría a él."

Esas palabras me las susurró la Isabella del futuro, mientras yo agonizaba y ella me creía moribundo, justo después de descubrir que mi mujer, supuestamente fallecida en un accidente aéreo, estaba viva y en brazos de otro hombre.

Desperté en el primer año de nuestro matrimonio, veinte años más joven, con esa premonición cruel grabada en mi alma.

La amada Isabella de mi presente, con su sonrisa perfecta, comenzó a tejer una red de mentiras.

La seguí a escondidas y la vi con Ricardo, el músico, confirmando mi peor pesadilla.

Luego vinieron las grabaciones de sus gemidos, las burlas de él, y la verdad: ella planeaba su propia "muerte" para huir conmigo.

Me humilló públicamente, me culpó de sus problemas y, cuando me negué a ceder a sus manipulaciones, me difamó sin piedad.

El dolor era insoportable, una traición que me desgarraba el alma.

¿Cómo la mujer que juró amarme incondicionalmente podía ser tan calculadora y cruel?

Consumido por la farsa, decidí que no podía seguir así.

Si ella tramó una falsa muerte para escapar, yo haría lo mismo.

Orquesté mi propia desaparición en la Patagonia, un plan limpio y definitivo.

Con la ayuda incondicional de mi madre y el apoyo inesperado de Sofía, una mujer noble y sincera, forjé un nuevo destino.

Juntos, no solo reconstruiré mi vida, sino que desmantelaré el imperio de corrupción de su familia, mientras Isabella aprende el verdadero significado de la pérdida.

Capítulo 1

Mateo Valdivia era arquitecto, un hombre de treinta y tres años.

Creía que su esposa, Isabella Montoya, también de treinta y tres, había muerto.

Un accidente aéreo, decían.

Ella iba a Calama, un viaje de negocios al Desierto de Atacama.

Eso fue dos años después de casarse.

Se conocieron cuando él tenía veintitrés.

Un amor que parecía eterno.

Una vida truncada. O eso pensaba él.

Veinte años después, Mateo tenía cincuenta y tres.

Estaba enfermo, terminal.

Viajó al Desierto de Atacama.

Quería ver un florecimiento raro, un último espectáculo de la naturaleza.

En un oasis remoto, entre carpas de un festival de música electrónica, escuchó risas.

Gemidos.

Una carpa se derrumbó.

Dentro, Isabella.

Radiante, viva.

En brazos de un hombre más joven, Ricardo Solís.

Mateo no pudo reaccionar.

Una tormenta de arena los envolvió de repente.

Isabella, instintivamente, lo protegió.

Antes de perder el conocimiento, creyendo que ambos morían, le susurró:

"Te pagué mi deuda con mi vida... Si pudiera volver atrás, no me casaría contigo tan pronto... esperaría por él..."

Mateo despertó sobresaltado.

Estaba en su casa en Santiago.

Veinte años más joven.

En el primer año de su matrimonio con Isabella.

El trauma era real, palpable en su pecho.

Las palabras de Isabella resonaban en su mente, una y otra vez.

"Esperaría por él..."

¿Por quién? ¿Por ese joven del desierto?

Isabella entró en la habitación, sonriente, cariñosa.

"Mi amor, ¿tuviste una pesadilla?"

Intentó abrazarlo.

Mateo se apartó sutilmente.

El recuerdo del futuro era una herida abierta.

Ella notó su extrañeza.

"¿Qué pasa, Mateo?"

"Nada, solo... un mal sueño."

Mintió. Por primera vez, sintió una distancia.

Ella lo miró, preocupada.

"Hoy tenía un compromiso importante, ¿recuerdas? Con los inversionistas."

Mateo asintió, aunque no recordaba nada de eso en su "primera vida".

Más tarde, Isabella lo llamó.

"Cariño, surgió algo. Una amiga necesita ayuda urgente en Valparaíso. Tengo que ir."

"¿Qué amiga?" preguntó Mateo, la voz neutra.

"Camila. Ya sabes cómo es."

Mateo recordó a Camila Vargas, la amiga íntima de Isabella.

Sintió una punzada de sospecha.

Valparaíso. El músico. Ricardo Solís.

"Claro, ve," dijo, su voz demasiado calmada.

Colgó.

Decidió seguirla.

Condujo hasta Valparaíso, manteniendo una distancia prudente.

La vio entrar a un bar bohemio, de esos con música en vivo y ambiente porteño.

Esperó.

Unos minutos después, la vio en una mesa.

No estaba con Camila.

Estaba con un joven de pelo largo, guitarra en mano.

Ricardo Solís.

Reían, se tocaban las manos.

Demasiado íntimos.

Mateo sintió un frío recorrerle la espalda.

El futuro, el pasado, todo se mezclaba en una dolorosa confirmación.

El desierto no había sido un sueño.

Capítulo 2

Mateo regresó a Santiago solo, el corazón hecho pedazos.

Isabella llegó tarde esa noche.

"Camila estaba destrozada, tuve que quedarme," dijo, sin mirarlo a los ojos.

Una mentira.

Mateo no dijo nada. La observó, buscando alguna señal, algún remordimiento.

No encontró nada más que una actuación convincente.

Días después, Isabella anunció:

"Mi amor, pasaré la noche en casa de Camila. Tenemos un proyecto urgente que terminar."

Otra vez Camila. Otra vez una excusa.

Mateo asintió, la procesión iba por dentro.

Esa noche, mientras intentaba trabajar en unos planos, sonó su teléfono.

Número desconocido.

Contestó.

Silencio al principio, luego ruidos.

Gemidos. La voz de Isabella.

"Soy solo tuya, mi amor... él no sospecha nada."

Y la risa de un hombre. Ricardo.

La llamada se cortó.

Mateo dejó caer el teléfono.

La confirmación era brutal, directa.

Ricardo lo había orquestado, no cabía duda. Quería que él supiera. Quería destruirlo.

Recordó.

Recordó cómo la defendió de la familia de su padrastro, los Montoya.

Don Alejandro Montoya, un magnate frío, la había adoptado, pero siempre la trató como una pieza más en su tablero.

Los parientes, como Javier Montoya, la menospreciaban. "Solo la hijastra," decían.

Mateo había sido su escudo, su apoyo.

Isabella le había jurado entre lágrimas, aferrada a él:

"Jamás te engañaré, Mateo. Eres mi refugio, mi todo."

Promesas rotas. Palabras vacías.

El dolor era tan intenso que casi no podía respirar.

Se levantó, caminó por el estudio.

No podía seguir así. No podía vivir esta farsa sabiendo lo que sabía.

La Isabella del futuro, la que lo protegió en la tormenta, había susurrado una confesión.

La Isabella del presente lo estaba destruyendo con cada mentira.

Tomó una decisión.

Si ella había planeado una "muerte" para estar con su amante, él también podía desaparecer.

Un accidente. Limpio. Definitivo.

Contactó a su madre, Elena Valdivia.

Ella vivía parte del año en España, una mujer fuerte, su ancla.

Le contó todo. La traición, el plan.

Elena lo escuchó en silencio, su voz firme al otro lado de la línea.

"Hijo, si eso es lo que necesitas para salvarte, te ayudaré."

Comenzaron a planear.

Un accidente fatal de montañismo en la Patagonia.

Irónico. Ella "murió" en el desierto del norte, él "moriría" en los hielos del sur.

Una venganza silenciosa. Un nuevo comienzo.

El desierto florecería al revés. Para él.

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