Siempre soñé con proponerle matrimonio a Mateo, el hombre con quien había compartido diez años de mi vida.
Pero esa noche, un correo del hospital con un diagnóstico de cáncer terminal y el descubrimiento de un acta de matrimonio oculta en su estudio, destrozaron mi mundo.
Mateo estaba casado con Sofía, una mujer idéntica a mí, y yo solo era "vientre de alquiler", una "huérfana ingenua" a la que usarían y desecharían.
El amor de mi vida era un monstruo que me había manipulado desde la universidad, pagando a otros para intimidarme y aparecer como mi salvador.
Ahora, con un falso embarazo y un plan de criogenización en marcha, me preparo para desaparecer, dejando atrás el caos y la traición, para que finalmente, yo, Ximena, pueda vivir.
El olor a arcilla húmeda llenaba el pequeño estudio de Ximena, un aroma que siempre la había calmado, que olía a hogar. Llevaba diez años con Mateo, desde la universidad, y cada día se sentía más segura de que él era el hombre de su vida. Por fin, después de tanto tiempo, se sentía lista para dar el siguiente paso. Sobre el torno de alfarero, una taza a medio hacer esperaba sus manos, pero su mente estaba en otra parte. Estaba planeando proponerle matrimonio a Mateo esa misma noche.
Había comprado un anillo, no uno caro, pero sí uno que sabía que le gustaría, de diseño simple y masculino. Lo había escondido en la caja de herramientas de él, el último lugar donde lo buscaría. Prepararía su platillo favorito, lomo de cerdo en salsa de ciruela, y abriría esa botella de vino que guardaban para una ocasión especial. Hoy era la ocasión.
Un zumbido de su teléfono la sacó de sus pensamientos. Era un correo del hospital. Lo abrió sin pensar, esperando que fueran los resultados de unos análisis de rutina que se había hecho por un dolor de estómago persistente. El asunto del correo decía: "Resultados Urgentes" .
Sintió un frío recorrerle la espalda. Abrió el archivo adjunto y sus ojos recorrieron las palabras técnicas que no entendía del todo, hasta que encontró la conclusión: "Adenocarcinoma gástrico en etapa avanzada. Pronóstico terminal" .
El teléfono se le resbaló de las manos y cayó al suelo de cemento, la pantalla se hizo añicos. Cáncer. Terminal. Las palabras resonaban en su cabeza, vacías, sin sentido. ¿Cómo era posible? Tenía 28 años. Toda una vida por delante. Una vida con Mateo.
De repente, la idea de la cena, del anillo, de la propuesta, se sintió ridícula, una broma cruel. Se sentó en el suelo, rodeada de sus creaciones de cerámica, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente sola. Era huérfana, sus padres habían muerto en un accidente cuando era una niña. Mateo y su promesa de una familia eran todo lo que tenía, el ancla que la mantenía a flote. Ahora, esa ancla se había soltado y se hundía en un mar oscuro y helado.
Lloró en silencio, con el cuerpo sacudido por sollozos que no hacían ruido. Después de un rato, se levantó. Necesitaba algo. Un papel. Quizás el pasaporte de Mateo para planear un último viaje, una locura antes de que todo terminara. Subió a su departamento, al pequeño estudio que él usaba para trabajar.
Rebuscó en el cajón de su escritorio, entre facturas y contratos. No encontró el pasaporte, pero sus dedos tocaron un sobre grueso de papel manila. La curiosidad, o quizás un instinto oscuro, la hizo abrirlo. Dentro, había un documento oficial. Un acta de matrimonio.
El corazón se le detuvo. Leyó los nombres una y otra vez, esperando que sus ojos la engañaran. "Mateo García y Sofía Reyes" . La fecha del documento era de hacía tres años. Tres años. Llevaban diez años juntos. Durante los últimos tres, él había sido el esposo de otra mujer.
El aire se le escapó de los pulmones. Sintió el mismo dolor agudo en el estómago, pero esta vez no era el cáncer. Era algo peor. Una traición que le partía el alma. Al fondo del sobre, había una foto. Mateo sonreía a la cámara, abrazando a una mujer. A su esposa.
Ximena miró el rostro de la mujer y sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. La mujer era idéntica a ella. El mismo cabello, los mismos ojos, la misma sonrisa. Y allí, justo debajo de su ojo izquierdo, el mismo lunar que ella tenía. Eran como dos gotas de agua. Sofía. Su esposa secreta. Su gemela desconocida.
Ximena salió del estudio con el acta de matrimonio en la mano, un pedazo de papel que pesaba como una lápida. Su mente era un torbellino de confusión y dolor. Necesitaba una explicación. Necesitaba que Mateo la mirara a los ojos y le dijera que todo era un error, una pesadilla.
Lo llamó a su celular. Una, dos, tres veces. No contestó. Le mandó un mensaje.
"¿Dónde estás? Necesito hablar contigo. Es urgente."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"En una junta, mi amor. Salgo tarde. ¿Todo bien?"
Mentía. Ximena lo sabía. Podía sentir la mentira en la forma en que las letras aparecían en la pantalla. Recordó el bar al que Mateo iba a veces con su mejor amigo, Daniel, para "cerrar negocios" . Estaba a unas pocas cuadras. Sin pensarlo dos veces, agarró las llaves del coche y salió.
El bar estaba lleno de gente, el ruido de las conversaciones y la música era abrumador. Lo vio en una mesa al fondo, riendo a carcajadas con Daniel. No había ninguna junta. Solo ellos dos, bebiendo cerveza. Se escondió detrás de una columna, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. No quería que la viera. Todavía no. Solo necesitaba escuchar.
"Entonces, ¿la huérfana ya se tragó el cuento?" , preguntó Daniel, con una sonrisa burlona.
Mateo tomó un trago largo de su cerveza y asintió.
"Completamente. Es tan ingenua. Cree que soy su salvador, su todo. No tiene a nadie más, así que se aferra a mí como si fuera un salvavidas. Es perfecto."
Ximena se tapó la boca para ahogar un grito. ¿Huérfana? Así se refería a ella.
"¿Y Sofía no se pone celosa? Digo, llevas diez años con la otra" , continuó Daniel.
"Sofía sabe cuál es el plan. Ximena es solo un vientre de alquiler. Un cuerpo sano para darnos el hijo que Sofía no puede tener. Cuando quede embarazada y nazca el bebé, la desapareceré de nuestras vidas. Le diré que el bebé murió. Ella se derrumbará, y yo estaré allí para 'consolarla' , hasta que me aburra y la deje. ¿Quién va a querer a una huérfana rota y deprimida? Nadie. Estará sola para siempre."
Cada palabra era un golpe directo al corazón de Ximena. Vientre de alquiler. Un cuerpo. Un objeto que se usa y se desecha. Las lágrimas corrían por sus mejillas, calientes y amargas. El amor de su vida, el hombre por el que habría dado todo, la consideraba una herramienta, un peón en su juego enfermo.
El dolor en su estómago se intensificó, una quemazón que le subía por la garganta. Sintió una oleada de náuseas y corrió hacia la salida, empujando a la gente sin ver. Llegó justo a tiempo a un callejón oscuro y vomitó con violencia. El ácido le quemaba la garganta, pero no era nada comparado con el veneno que las palabras de Mateo habían inyectado en su alma.
Se quedó allí, temblando, apoyada contra la pared de ladrillos fríos. Cuando las fuerzas le volvieron, caminó de regreso al departamento. Cada paso era una tortura. Abrió la puerta y la visión de su hogar la golpeó con la fuerza de un huracán. Las fotos de ellos dos en la pared, sonriendo en vacaciones, en fiestas, en momentos que ella creía reales. Los jarrones que ella había hecho con sus propias manos, llenos de las flores que él le regalaba. Todo era una farsa. Una decoración macabra en el escenario de su humillación. Se sentó en el sofá, en la oscuridad, y esperó. Esperó al monstruo que se hacía llamar su novio.