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Mi Secreto, Tu Desprecio, Nuestro Fin

Mi Secreto, Tu Desprecio, Nuestro Fin

Autor: : Gavin
Género: Urban romance
Mi esposa, Sofía del Valle, era mi universo. Por ella, siendo un empresario exitoso, me convertí en un "coder" común, viviendo una vida modesta, ocultando mi imperio, TecnoFuturo S.A. de C.V., para que me amara por quien era, no por mi fortuna. Pero últimamente, Sofía estaba distante, susurraba al teléfono, mencionando a Ricardo, un tipo superficial que siempre me despreció. Me llegó un mensaje del Sr. Montemayor, él, sin saberlo, me había "arreglado" una compañía especial para la noche, una de esas "bellezas" que supuestamente eran de mi "agrado". Fui al club "El Firmamento", un santuario del lujo, donde el destino me tenía preparada la escena más dolorosa: Sofía, mi Sofía, riendo con Ricardo Guzmán, él con un brazo posesivo sobre ella. "Ay, Sofía, neta que no sé qué le ves a ese godínez tuyo", dijo una de sus amigas. "Tú mereces a alguien como Ricardito, un hombre de mundo". Ricardo, con una sonrisa de tiburón, besó su mano, proclamando: "Pronto, Sofi, pronto todo esto será solo un mal recuerdo. Yo me haré cargo de ti. Ese programador de quinta no sabe cómo tratar a una reina como tú". La humillación me quemó. Nuestros ojos se encontraron; su pánico se transformó en desafío. "¿Armando? ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Acaso me estás siguiendo?", me espetó como un témpano de hielo. "¿Espiarte? Por favor, Sofía. No te creas tan importante. Tengo asuntos mucho más serios que seguirte por clubes nocturnos", respondí, mientras Ricardo me interrogaba, burlándose de mi supuesta profesión. Una idea monstruosa cruzó mi mente: ¿Sería Sofía, mi esposa, la "compañía" que Montemayor había arreglado? "Se acabó, Sofía. Mañana a primera hora, mi abogado te contactará. Quiero el divorcio", declaré con una voz muerta. Ella me detuvo, sus ojos llenos de lágrimas. "¿Qué es todo esto? No tienes derecho a espiarme". Le dije que tenía una reunión con el señor Montemayor. La risa de Ricardo y sus amigos inundó el lugar. "Montemayor? ¿Tú? Ni en tus sueños más locos. El señor Montemayor no se reúne con... gente como tú". Sofía bajó la mirada, creyéndoles. "Así que eso es lo que piensas de mí. ¿Un mentiroso?", le dije, rogándole una última oportunidad para que confiara. Ella negó. "No puedo, Armando. Te encuentro aquí, con Ricardo... ¡y tú me acusas a mí! Y luego inventas esta historia increíble sobre el señor Montemayor..." "¡No es una historia! ¡Es la maldita verdad!", grité, mientras Ricardo me empujaba. "No, Armando, no te vayas... no así", suplicó ella, con su voz rota, intentando aferrarse a mí. "Ya lo vi todo. Vi cómo te dejabas manosear por este payaso. Vi cómo te reías mientras sus amigos me llamaban 'godínez'. ¡Y lo peor de todo, vi en tus ojos que estabas de acuerdo con ellos! No hay nada más que hablar. Mañana recibirás los papeles del divorcio. Es definitivo". Me solté de su agarre, y un tipo gordo se interpuso, insultándome. El puño gordo vino hacia mí. Lo esquivé, le torcí la muñeca, y su cara se estrelló contra la barra. "¡CRAC!" Se desplomó, inconsciente. "¡Armando! ¿Qué hiciste? ¡Detente!", gritó Sofía horrorizada. Ricardo, pálido, chilló: "¡Seguridad! ¡Agarren a este animal! ¡Mi tío te va a destruir!" Noqueé a los guardias. "Tú", le dije a Ricardo. "Tú eres el siguiente". Sofía se interpuso. "¡Basta, Armando, por favor, basta! ¡Lo vas a matar! Discúlpate, pídele perdón... ¡Van a llamar a la policía!". La aparté. "¿Pedirle perdón a él? ¿Después de todo lo que ha dicho de mí? ¿Después de cómo te ha tocado? Te daré una última oportunidad, Sofía. Elige. O te quedas con este payaso y su mundo de apariencias, o vienes conmigo y descubres la verdad. Pero si eliges quedarte... juro por Dios que nunca más volverás a verme".

Introducción

Mi esposa, Sofía del Valle, era mi universo.

Por ella, siendo un empresario exitoso, me convertí en un "coder" común, viviendo una vida modesta, ocultando mi imperio, TecnoFuturo S.A. de C.V., para que me amara por quien era, no por mi fortuna.

Pero últimamente, Sofía estaba distante, susurraba al teléfono, mencionando a Ricardo, un tipo superficial que siempre me despreció.

Me llegó un mensaje del Sr. Montemayor, él, sin saberlo, me había "arreglado" una compañía especial para la noche, una de esas "bellezas" que supuestamente eran de mi "agrado".

Fui al club "El Firmamento", un santuario del lujo, donde el destino me tenía preparada la escena más dolorosa: Sofía, mi Sofía, riendo con Ricardo Guzmán, él con un brazo posesivo sobre ella.

"Ay, Sofía, neta que no sé qué le ves a ese godínez tuyo", dijo una de sus amigas. "Tú mereces a alguien como Ricardito, un hombre de mundo".

Ricardo, con una sonrisa de tiburón, besó su mano, proclamando: "Pronto, Sofi, pronto todo esto será solo un mal recuerdo. Yo me haré cargo de ti. Ese programador de quinta no sabe cómo tratar a una reina como tú".

La humillación me quemó. Nuestros ojos se encontraron; su pánico se transformó en desafío.

"¿Armando? ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Acaso me estás siguiendo?", me espetó como un témpano de hielo.

"¿Espiarte? Por favor, Sofía. No te creas tan importante. Tengo asuntos mucho más serios que seguirte por clubes nocturnos", respondí, mientras Ricardo me interrogaba, burlándose de mi supuesta profesión.

Una idea monstruosa cruzó mi mente: ¿Sería Sofía, mi esposa, la "compañía" que Montemayor había arreglado?

"Se acabó, Sofía. Mañana a primera hora, mi abogado te contactará. Quiero el divorcio", declaré con una voz muerta.

Ella me detuvo, sus ojos llenos de lágrimas. "¿Qué es todo esto? No tienes derecho a espiarme".

Le dije que tenía una reunión con el señor Montemayor.

La risa de Ricardo y sus amigos inundó el lugar.

"Montemayor? ¿Tú? Ni en tus sueños más locos. El señor Montemayor no se reúne con... gente como tú".

Sofía bajó la mirada, creyéndoles.

"Así que eso es lo que piensas de mí. ¿Un mentiroso?", le dije, rogándole una última oportunidad para que confiara.

Ella negó.

"No puedo, Armando. Te encuentro aquí, con Ricardo... ¡y tú me acusas a mí! Y luego inventas esta historia increíble sobre el señor Montemayor..."

"¡No es una historia! ¡Es la maldita verdad!", grité, mientras Ricardo me empujaba.

"No, Armando, no te vayas... no así", suplicó ella, con su voz rota, intentando aferrarse a mí.

"Ya lo vi todo. Vi cómo te dejabas manosear por este payaso. Vi cómo te reías mientras sus amigos me llamaban 'godínez'. ¡Y lo peor de todo, vi en tus ojos que estabas de acuerdo con ellos! No hay nada más que hablar. Mañana recibirás los papeles del divorcio. Es definitivo".

Me solté de su agarre, y un tipo gordo se interpuso, insultándome.

El puño gordo vino hacia mí.

Lo esquivé, le torcí la muñeca, y su cara se estrelló contra la barra.

"¡CRAC!"

Se desplomó, inconsciente.

"¡Armando! ¿Qué hiciste? ¡Detente!", gritó Sofía horrorizada.

Ricardo, pálido, chilló: "¡Seguridad! ¡Agarren a este animal! ¡Mi tío te va a destruir!"

Noqueé a los guardias.

"Tú", le dije a Ricardo. "Tú eres el siguiente".

Sofía se interpuso.

"¡Basta, Armando, por favor, basta! ¡Lo vas a matar! Discúlpate, pídele perdón... ¡Van a llamar a la policía!".

La aparté.

"¿Pedirle perdón a él? ¿Después de todo lo que ha dicho de mí? ¿Después de cómo te ha tocado? Te daré una última oportunidad, Sofía. Elige. O te quedas con este payaso y su mundo de apariencias, o vienes conmigo y descubres la verdad. Pero si eliges quedarte... juro por Dios que nunca más volverás a verme".

Capítulo 1

El teléfono sonó, rompiendo el silencio de la oficina. Era el Sr. Montemayor, mi socio principal, un hombre cuyo nombre pesaba como oro en el mundo de los negocios inmobiliarios.

"Armando, mi amigo, ¿listo para esta noche? El club 'El Firmamento' nos espera. Todo está arreglado para cerrar el trato".

Su voz era grave y segura, la de un hombre acostumbrado a mover millones con una sola llamada.

"Claro, señor Montemayor, estaré allí".

Hubo una pausa, y luego añadió con un tono cómplice, casi pícaro.

"Y no te preocupes por venir solo. Me tomé la libertad de arreglarte una compañía especial, de primera clase. Una de esas bellezas que te gustaban antes, ¿recuerdas? Para que la noche sea más... amena".

Colgué el teléfono y una sensación extraña me recorrió el cuerpo. Sonreí con amargura. Sí, lo recordaba. Recordaba al Armando de hace años, el que buscaba la validación en fiestas ruidosas y en la compañía de mujeres hermosas pero vacías. Ese Armando murió el día que conocí a Sofía.

Mi esposa. Sofía del Valle.

Por ella, me convertí en un simple "coder", un programador con un sueldo decente que vivía en un departamento modesto. Oculté mi imperio, TecnoFuturo S.A. de C.V., la empresa de tecnología que estaba cambiando la faz del país. Lo hice porque quería que me amara por ser Armando, no por los ceros en mi cuenta bancaria. Y lo hizo. O eso creía yo.

Pero últimamente, las cosas se habían vuelto extrañas. Sofía estaba distante, siempre con el teléfono, hablando en susurros. Mencionaba a menudo a Ricardo, su amigo de la infancia, un tipo engreído y superficial que nunca me había tragado. "Es por mi negocio", decía ella. Su taller de diseño de modas no iba bien, y yo, en mi papel de esposo de clase media, solo podía ofrecerle palabras de aliento, no los millones que realmente necesitaba.

Rechacé la "compañía" de Montemayor con un mensaje de texto educado. "Agradezco el gesto, pero soy un hombre casado". La lealtad era mi principio.

Me puse una chaqueta sencilla y conduje mi auto normal, no uno de los de lujo que acumulaban polvo en mi garaje secreto, hacia "El Firmamento". El lugar era un monumento al exceso, un santuario para los ricos y poderosos de México. Las luces de neón bañaban la entrada, y el sonido de la música electrónica se filtraba hasta la calle. Entregué mis llaves al valet y entré.

El interior era un torbellino de lujo. Candelabros de cristal, alfombras persas y gente vestida con más dinero del que yo aparentaba ganar en un año. Busqué con la mirada al Sr. Montemayor, pero mis ojos se detuvieron en una escena que me heló la sangre.

Allí estaba ella. Sofía. Mi Sofía.

Estaba sentada en un reservado VIP, rodeada de sus amigos de la alta sociedad. Llevaba un vestido rojo que se ceñía a su cuerpo, un vestido que yo no le había visto nunca. Reía, pero su risa sonaba forzada. Y a su lado, con un brazo posesivo sobre sus hombros, estaba Ricardo Guzmán.

Me quedé paralizado, oculto entre la multitud. Mi corazón empezó a latir con una fuerza dolorosa.

"Ay, Sofía, neta que no sé qué le ves a ese godínez tuyo", dijo una de sus amigas, con una voz chillona y cargada de desdén. "Tú mereces a alguien como Ricardito, un hombre de mundo, influyente".

Ricardo sonrió, una sonrisa de tiburón. Acercó su boca al oído de Sofía y le susurró algo. Ella no se apartó. Solo cerró los ojos por un instante. Luego, Ricardo tomó su mano y depositó un beso en el dorso.

"Pronto, Sofi, pronto todo esto será solo un mal recuerdo", dijo Ricardo en voz alta, para que todos lo oyeran. "Yo me haré cargo de ti. Ese programador de quinta no sabe cómo tratar a una reina como tú".

La humillación me quemó por dentro. La ira me cegó. No era el insulto a mi falsa identidad lo que dolía, era la traición en los ojos de mi esposa. Era verla allí, permitiendo que ese imbécil la manoseara y me denigrara.

En ese momento, nuestros ojos se encontraron a través de la sala abarrotada.

El pánico se apoderó de su rostro por una fracción de segundo. Pura, inconfundible sorpresa. Pero luego, su expresión cambió. El pánico se transformó en una máscara de frialdad y desafío. Se levantó, apartando bruscamente la mano de Ricardo, y caminó hacia mí con pasos decididos.

"¿Armando?"

Su voz era un témpano de hielo.

"¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Acaso me estás siguiendo?".

Capítulo 2

Sus palabras me golpearon como una bofetada. El grupo de amigos de Sofía y Ricardo se giró para mirarme, sus rostros llenos de una curiosidad burlona. Era como si un animal de zoológico se hubiera escapado de su jaula.

"¿Este es tu maridito, Sofi?", preguntó la misma amiga chillona, mirándome de arriba abajo con desprecio. "Vaya, se ve... normalito".

"Déjalo, Cynthia", intervino Ricardo, acercándose a nosotros. Puso una mano protectora en el hombro de Sofía, un gesto que me hizo apretar los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Me miró con una sonrisa condescendiente.

"Armando, ¿verdad? Un placer. Soy Ricardo Guzmán. Creo que no nos han presentado formalmente, aunque he oído mucho de ti". Su tono insinuaba que todo lo que había oído era malo. "No sabía que lugares como este estuvieran en tu... presupuesto".

"No estoy aquí por placer", respondí, mi voz sonaba más áspera de lo que pretendía. Mi mirada estaba fija en Sofía. Quería una explicación. Necesitaba una.

Ella desvió la vista, incapaz de sostenerme la mirada.

"Ricardo, por favor...", susurró ella.

"Tranquila, mi amor", dijo él, ignorándola. "Solo estoy conociendo al hombre de la casa. Dime, Armando, ¿a qué te dedicas exactamente? Sofía dice que eres 'coder'. ¿Eso es como arreglar computadoras o algo así?".

La risa del grupo fue como sal en la herida.

Mi mente era un caos. La llamada de Montemayor... su oferta de "compañía especial"... ¿Podría ser? ¿Podría ser que Sofía, mi esposa, fuera la "compañía" que Montemayor había arreglado, sin saber que era para su propio marido? ¿Había venido aquí a venderse, a humillarse por un trato, por dinero? La idea era tan monstruosa, tan dolorosa, que me robó el aliento.

Miré a Sofía, buscando una negación en sus ojos, una señal de que todo era un terrible malentendido. Pero solo encontré una mezcla de pánico y culpa.

Ya no podía más. El dolor era demasiado grande. La humillación, insoportable.

"Se acabó, Sofía", dije, con una voz que no reconocí como la mía. Sonaba muerta, vacía. "Mañana a primera hora, mi abogado te contactará. Quiero el divorcio".

Di media vuelta para irme. No podía pasar un segundo más en ese lugar. Cada respiro era veneno.

"¡Espera!".

Sofía me agarró del brazo, su agarre sorprendentemente fuerte. Sus ojos, ahora sí, estaban llenos de lágrimas.

"No te puedes ir así. ¿Qué es todo esto? ¿Por qué me seguiste? ¡No tienes derecho a espiarme!".

Su acusación me dejó atónito. ¿Ella me acusaba a mí?

"¿Espiarte?", repliqué, riendo sin humor. "Por favor, Sofía. No te creas tan importante. Tengo asuntos mucho más serios que seguirte por clubes nocturnos".

"¿Ah, sí? ¿Qué asuntos? ¿Qué asunto tan importante podría tener un simple programador en el club más exclusivo de la ciudad?", se burló Ricardo, interponiéndose entre nosotros.

"Tengo una reunión", dije entre dientes, tratando de controlar la rabia que amenazaba con desbordarse. "Con el señor Montemayor".

El nombre flotó en el aire por un segundo, y luego, estallaron en carcajadas. Una risa cruel, unánime, que resonó en todo el reservado.

"¿Montemayor?", repitió Ricardo, secándose una lágrima falsa. "¡Ay, por Dios! ¿Tú? ¿Reunirte con el gran Montemayor? Amigo, ni en tus sueños más locos. El señor Montemayor no se reúne con... gente como tú".

Miré a Sofía. Su rostro era un poema de decepción. La última chispa de esperanza que tenía se extinguió. Ella también creía que yo era un mentiroso. Un pobre diablo que inventaba historias para justificar su presencia en un lugar al que no pertenecía.

"Armando...", susurró, y su voz se quebró. "No hagas esto. No mientas así. Solo... vete a casa, por favor".

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