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Mi Sexy Profesor

Mi Sexy Profesor

Autor: : Librosromanticos
Género: Romance
Mabel Romanov ansiaba superarse académicamente en su último año en la Preparatoria "Bradford". Sin embargo, la renuncia del profesor Raymond y la llegada del atractivo y desafiante profesor de física, el señor Burhan, trastocaron por completo su visión del año escolar. El encuentro con el enigmático profesor marcó el comienzo de una trama inesperada. Lo que comenzó como una atracción inevitable se convirtió en la perdición tanto de Mabel como del profesor Burhan Al-Mansour.

Capítulo 1 No.1

Mabel se levantó como cualquier día, pero la cotidianidad de su vida consistía en el mal hábito de despertarse tarde en la mañana, en consecuencia, siempre se ganaba el regaño de algún profesor.

El motivo de quedarse dormida más de lo debido era por estar despierta hasta tarde mientras repasaba algunos temas conflictivos de la física, antes ocurría lo mismo, solo que la razón de mantenerse en vilo era masoquismo suyo, puesto que se le iba el tiempo en tonterías.

Lo malo es que haciendo lo correcto o no, no le atinaba a abrir los ojos cuando su alarma sonaba, el gran problema es que sí sonó, pero le dio igual.

-¡¿Qué?! -exclamó estremecida por la hora que su reloj de mesa marcaba.

Era súper tardísimo, sabía que no era su día, ya tenía el presentimiento de que sería el peor de todos. Encima la primera clase era con el nuevo profesor. ¡Madre mía! Con suerte llegaría a mitad de la primera clase, y con un poco más de suerte este le permitiría entrar. Le pidió al cielo que el nuevo viejo no fuera tan hostil y estricto como Price.

Se dio una ducha con premura exigente, jabón por aquí, jabón por allá, dejó que la cascada de agua se lo llevara y salió tomando su albornoz blanco. Próxima parada: cepillarse los dientes y aprovechar de peinarse frente al espejo que acompañaba su lavabo.

-Parezco un zombie-musitó inflando las mejillas y dejando salir luego el aire en un resoplido.

Mabel se apresuró a tomar el uniforme de su armario, sí, la ropa que su madre se encargaba de mandar a confeccionar con una amiga de la familia, porque ella ni siquiera hacía el amago de tomar una aguja, su única especialidad era malgastar la fortuna de su marido. El pobre Nolan estaba tan cegado que ni reparaba cuando Giselle despilfarraba algunos miles en famosas y conocidas boutiques de la ciudad; no importa si esto le parecía a simple vista a su bolsillo una insignificante suma de dinero.

La joven consideraba esto una inversión absurda, porque en un par de días las compras eran olvidadas por una Giselle que adquiría cosas sin parar y ya luego ni volteaba a mirarlas. Era una compradora compulsiva, más allá de su adicción a lo superficial; no se daba cuenta de ello.

Estaría bien que una niña de los años veinte usara algo como eso, pero en pleno siglo veintiuno debía de ser un chiste. De hecho la convertía en el hazme reír de muchos, o esa "rarita" como le decían algunos compañeros en Bradford. Y aunque fingía no importarle, dentro de sí ese tipo de palabras le inyectaba una nueva dosis de inseguridad.

Una vez dentro de la ridícula falda y con la camisa horrible, todo le sentaba fatal, la tela gris de la falda y la camisa blanca era demasiada seriedad, se estudió. Verse en el espejo, aún sabiendo que iba contra el reloj, la puso furiosa. No ayudaba tener una tez tan pálida, la salpicadura de pecas sobre sus mejillas y ojos enormes de un ámbar extraño... Ni hablar de su liso cabello negro corto sobre los hombros, daba la impresión de haber salido de una película de terror.

De verdad que era odiada por su madre, esta tenía toda la culpa de su aspecto sombrío y patético. ¿Alguna razón? La joven sabía que el motivo por el que su progenitora le impusiera lo que debía usar era una forma de apagarla. Podía darse cuenta, cuando la miraba directo a sus ojos, cada vez que Giselle ponía sus orbes oscuros en ella, era posible dilucidar el venenoso brillo de la envidia; en la cabeza de Mabel, la mujer se convertía en la mala de Blanca Nieves, incluso se asemejaba a la madrastra de Cenicienta.

Ponía en duda la existencia de cariño en su alma, hasta se atrevía a decir que su madre no la quería ni un poco. Su trato, su manera de verla, de darle órdenes o dictar tontas y exageradas normas, todo ello le confirmaba una falta importante de ternura.

Tomó la mochila, ¿qué más daba? Su día a día era la misma mierda y tristemente se había acostumbrado a ello. Disparada dejó la habitación logrando bajar las escaleras con una rapidez increíble, antes habría caído rodando sobre los peldaños, ya era una veterana en andar a la velocidad de la luz. Por mucho que avanzara llena de prisa, nada impediría la riña del lunes, primer día de clases luego de un verano exhausto.

Gruñó.

Aunque su padrastro tuviera todos los millones del mundo, no se había preocupado en ponerle un chófer, mucho menos un auto le había dado. En el fondo sabía que su madre tenía la culpa. Sabría Dios cuántas falacias le habría dicho sobre ella al ruso. Aún así, Nolan no era ese malvado padrastro, en comparación con su madre con la que hasta compartía la misma sangre, él era un poquito más permisivo y comprensivo. Lamentablemente el europeo también era una marioneta y le permitía a su esposa tirar de todas sus cuerdas, enredándose en las garras de la manipulación.

Fuera de la propiedad corrió lo que sus piernas le permitieron, destacable que nada aún estaba en su estómago, pero pudo alcanzar el bus que pasaba, subió y de inmediato tuvo todas las miradas clavándose como filosas cuchillas en ella. La excesiva atención estaba ligada a su espantoso uniforme, ya se lo temía. Ignorando al montón de desconocidos sacó el iPad y se puso los audífonos. Todavía faltaba un poco para llegar a su destino.

Al avistar la imponente fachada de la secundaria Bradford sintió como los nervios la apresaban. El nudo en el estómago nunca fue así de gigantesco, tampoco la ansiedad que cada segundo rozaba los límites.

-¡Me quedo aquí! -exclamó al conductor.

Lejos de las miradas que la señalaban sin decir una palabra como un "bicho raro", y es que nunca se había considerado bonita, se encaminó hacia su salón de clases. En el fondo la tentación por saltarse esa clase se hizo fuerte, pero... ¿valía la pena ganarse una inasistencia? Suficiente con la tardanza.

Guardó el iPad y continuó con dirección al salón de clases.

Urgida caminó a través del largo pasillo, la extensión que solía estar inundada por estudiantes en pleno parloteo, se visualizaba exenta de chicos, en otra circunstancia cuando llegaba en pleno revuelo, se le hacía difícil conseguir meterse entre la multitud y evitar los codazos o golpes. Respiró al llegar. Tocó dos veces, desde allí, sin atreverse a asomar la cabeza por el espacio de la puerta que se consideraba una pequeña ventana, escuchó esa profunda voz varonil que le erizó la piel, aumentó el nerviosismo y le dio terror. Impaciente, porque ya había tocado como hace un minuto sin recibir respuesta, entonces empujó la puerta del salón de clase, pero frenó en seco. Sus compañeros no estaban solos, como ya sabía, delante de ellos un fornido y alto hombre dirigía la clase parado cerca de la pizarra.

Capítulo 2 No.2

En el momento en que sus ojos se encontraron con los suyos, algo extraño entró en su torrente sanguíneo bombarding más sangre de lo habitual, tenía el corazón a mil por hora y el molesto temblor en sus piernas.

Estupefacción e incredulidad la abordaron de inmediato, Mabel se habría imaginado a un viejo con calvicie, o algún escuálido como Raymond, todo menos un espécimen de hombre sacado de Hollywood o de una famosa pasarela de moda.

Tragó duro.

Ya no sabía qué era peor, tener a alguien tan apuesto al frente o a un gruñón profesor.

-Señorita Mabel, ¿podría justificar su retraso? -cuestionó educado, sin embargo la pregunta también envolvía cierta molestia, no dejaba de atravesarla con su fija mirada, era tan obvio el enfado porque ella había interrumpido con su explicación.

Mabel no supo qué decir de inmediato. Ni siquiera notaba que estaba quedando como tonta ante sus compañeros. Su cabeza estaba volando, además de que seguía repitiendo la forma en que pronunció su nombre, tan sensual, o definitivamente estaba loca.

Batió la cabeza.

-¿Piensa quedarse el resto de la clase ahí? -otra vez inquiría ese hombre, claramente impaciente.

-Buenos días, siento llegar tarde -emitió al reaccionar, dándose de bruces con la mala mirada de la insoportable de Palacios y sus aliadas, la risa mal disimulada de los burlones y la lástima de los cerebritos.

Se sentó en su antiguo pupitre, a sus costados los nerds, detrás de la silenciosa Hope y delante de Rick el Don Juan de la clase, por ende un completo imbécil. Empezaba a sacar su libreta cuando sintió la sombra que se le cernía y elevó la cabeza captando el rostro de aquel sujeto, ojos verdes, nariz aguileña y una barba incipiente que quiso rozar con sus dedos, ¿en serio era su profesor? Mirándolo bien, un ser así de perfecto debía ser pecado. Tenía un abundante cabello oscuro como el ébano que llevaba en corte "Comb Over". Y como si fuera poco en tan solo segundos de su cercanía abrumadora adivinó y respiró el delicioso perfume que emanaba: bergamota, notas verdes, había cedro y ámbar de fondo...

-Quiero que se quede una vez termine la clase... -demandó al tiempo que hacía una pausa y miraba su costoso reloj en su brazo izquierdo -. En quince minutos, ¿de acuerdo?

Tratando de no verse impactada por la belleza de aquel hombre, asintió de manera seria, nublada por dentro en realidad. Al-Mansour volvió a erguirse y regresar a su lugar en un caminar tan exquisito que Mabel aprovechó de mirar su retaguardia, vaya que tenía un trasero...

-¿De nuevo se te han quedado pegada las sábanas? -le habló a su espalda, sin voltearse a mirar puso los ojos en blanco. Además de patán, Rick era un idiota -. Vaya manera de empezar, y ya te has ganado una reprimenda.

Ni siquiera Price la había castigado por llegar tarde, lo cual ocurrió más de una vez, no lo haría un profesor con cara y cuerpo de modelo recién llegado.

-Cállate -gruñó entre dientes.

-Señorita Romanov, seguimos en clase, guarde silencio.

No podía creerlo, un llamado de atención por culpa de Warmann, le daban ganas de matarlo. En vez de eso tomó una bocanada de aire y tuvo la decencia de asumir la culpa y empezar a tomar notas lo que quedó de la clase. Al acabar, tal como se lo había pedido, no se molestó en darse prisa por salir e ir a la cafetería. Moría de hambre, pero tendría que quedarse a escuchar al señor... ni siquiera sabía su nombre. Y debía saberlo, porque siempre notifican, esta vez no le prestó atención a la información que se pasaba por el grupo de WhatsApp de la secundaria.

Una vez estuvo vacía el aula, quedaron ellos dos. Por la cabeza de Mabel pasó la chistosa idea de que la regañaría por usar algo de tan mal gusto como esa ropa anticuada y aburrida. Aterrizó de nuevo al verse interceptada con el tono de su voz. La autoridad envolvía esa gravedad masculina.

Se sintió empujada a decir las primeras palabras.

-Lo siento, no hay una excusa para justificar mi llegada tarde -susurró con la cabeza gacha.

-Mabel, mírame cuando digas algo, más aún si quieres que tome tus palabras como una disculpa -le expresó, Burhan la estudiaba, mirándola bien ese simple gesto cabizbajo era muestra de debilidad.

Burhan tuvo la sensación de que la muchacha le traería problemas, y más allá de embrollos una admisión que habitaría en el silencio, encapsulado. Cuando Romanov elevó la mirada, esos grandes ojos le llenaron la visión de un aturdimiento complicado, la mirada sostenía largas pestañas con un rizo natural. El toque sobre sus mejillas hacía contraste con su piel tan blanca como un panorama invernal.

De por sí su aspecto era distinto, la ropa que tenía de inmediato se ganó su desaprobación, pero no era su asunto.

-Sí, lo siento, profe...

- Al-Mansour, Burhan Al-Mansour -se presentó y para su sorpresa le tendió la mano a la espera de una correspondencia de su parte.

Mabel dio un parpadeo rápido. Su nombre era sin dudas árabe, al saberlo así ya entendía esos cincelados rasgos. Pero eso no hacía menos la atracción a primera vista que despertaba Burhan, aceleró el deseo y volvió a provocarle una oleada de calor, que si fuera un cubo de hielo ya hubiera dejado la solidificación para volverse a un estado líquido.

-Un placer, profesor Burhan -había dicho recibiendo una ligera sacudida de manos que ocurrió con una descarga eléctrica. Al retirar los dedos seguía sintiendo el hormigueo desde el pulgar hasta el meñique, y ese chispeo se desplazó a través de su dorsal en una carrera fugaz pero lo suficiente para dejarla con un incendio forestal dentro de sí. La señorita Romanov supo desde ese momento que su último año se volvería un reto -. Supongo que me va a regañar por lo de hace rato, ¿no es así?

-No, solo quiero aconsejarle que se esfuerce por ser puntual. No habrá un castigo de mi parte, pero no dudaré en hacerlo si sucede otra vez, así que tómelo como una advertencia, Mabel.

-De acuerdo, profesor Al-Mansour. ¿Ya puedo retirarme? -quiso saber, deseaba salir con prisa de ahí, lejos de esa forma profunda y potente en como sus ojos verdes miraban.

-No.

Abrió los ojos de par en par, ¿por qué no podía irse?

-¿Por qué? -se quejó, aunque no quiso sonar así, para evitar otro disgusto.

-Por supuesto que puede irse, señorita Romanov -aclaró deslizando una sonrisa encantadora y digna de un comercial de televisión, ese ser quería provocarle un infarto, tal vez exageraba, pero el ardor en su rostro no era un invento, el calor se había acumulado en sus mejillas. Lo poco que duró su sonrisa bastó para dejarle una dinamita adentro.

Lo más pronto salió de su vista, ya quedaba menos de diez minutos antes de entrar a la siguiente clase. ¡Qué mañana de locos! Sin duda, los minutos más largos de su vida en la clase de física.

Andaba normal hasta que un cuerpo chocó con ella, el contenido en el vaso que llevaba el otro se volcó en este. La cara de pocos amigos de su compañero apareció en su campo de visión, reflejando ira. Pero eso le pasaba por andar en otro planeta.

-Mira por dónde andas, rarita -escupió enfadado Sevil.

-¿Qué? -lo miró molesta -. Tú eres el distraído, Boseman, no es mi problema que tengas el sentido de la vista atrofiado.

-¡Agh! Vete a la mierda, Romanov -rugió con su habitual contesta grosera, antes de irse mirando su camisa llena de jugo.

-¿Esa es la manera de hablarle a una dama? -cuestionó alguien saliendo del salón.

Mabel se volteó y captó a su nuevo profesor, estaba regañando a Sevil. Sintió que al fin se hacía justicia, porque nunca un docente la había salvado de algún compañero. Se aguantó las ganas de reír, Boseman no se atrevía a ver a Al-Mansour a los ojos.

-No he dicho nada -lo escuchó decir, haciéndose el inocente.

-Lo tendré vigilado, no voy a tolerar esta falta de respeto sea en mi clase o no, ¿de acuerdo? -expresó mirando a la joven que mantenía la distancia, pero al tanto de todo.

-Como usted diga -bufó el otro y se marchó.

Tal vez Mabel debió acercarse y agradecerle por aquel acto, sin embargo, ya no tenía mucho tiempo, todavía no comía y se dio la media vuelta avanzando de volada con dirección a la cafetería. Se sintió en una huida, la verdad es que si actuó como una fugitiva de aquel hombre. Comió en una mesa libre, apartada del resto. Todo el tiempo que tenía en Bradford, no se interesó en socializar, tampoco nadie tomó la iniciativa de hacerlo primero. De modo que se acostumbró a la soledad, a ser ignorada en una sociedad en la que se arraigaba el paradigma de la división, los inteligentes por allá, los populares en otro lado, hasta llegar a los que preferían andar solos. Y aunque ella nunca eligió estar así, no sabía cómo cambiarlo, pero no se esforzaba en hacerlo.

-¿Siempre la ha tratado de esa manera?

Casi se atraganta con la comida, y de pronto Al-Mansour estaba junto a ella en la mesa.

Capítulo 3 No.3

La joven se mantuvo en el silencio. No le hacía bien la cercanía de aquel sujeto, él era una antítesis, un ser tan perfecto que causaba aturdimiento, no estaba exenta de caer en el efecto del sexy profesor.

-Él siempre es así de molesto, gracias por lo que has hecho.

-Descuida, ya no te quito más tiempo, come tranquila -añadió y finalmente la dejó sola.

La verdad es que se le había cerrado el apetito, a esas alturas ya no tenía hambre y decidió tirar el resto. A continuación, tomó sus cosas y se marchó a la siguiente clase: Literatura.

Fue una de la primeras en entrar. Sé esforzó en tomar notas y prestar atención a todo lo que la señorita Lauren decía, pero su cabeza seguía en la vagancia extrema de pensar en Al-Mansour. ¿Qué rayos le ocurría a ella?

-Romanov, ¿podría explicarle a la clase lo último que he dicho? -le cuestionó la profesora, esa mirada de Silverstein direccionada a ella venía con amenaza. Se removió incómoda en el asiento.

No era mentira que se había ausentado durante parte de la clase, ¿ahora que iba a hacer? Ella estaba esperando que se pusiera en pie, que se acercara y expusiera una breve explicación, y la verdad no tenía idea de que decir.

-Lo siento, señorita Lauren, no lo sé.

-Porque ha estado distraída, necesito que este aquí y no en otro mundo, Mabel.

-De acuerdo, prestaré atención, lo siento mucho...

-Eso espero, si es que desea mejorar el promedio -le dijo volviendo a retomar la clase.

En su asiento, Mabel tomó aire y bufó.

...

Al final del día, pudo salir y mentalmente repetir los pendientes que debía hacer. Tendría otra tarde en su habitación, ponerse al día y adelantar algo, sabía que el martes volvería a cargarse de tareas. En el exterior, estaba Georgia con su nuevo novio dándose un beso tan salvaje, que se avergonzó por ella y evitó seguir mirando aquella escena tan bochornosa.

Pasó de largo de aquel par de desvergonzados. ¿Cómo podían montar esas escenas en público? Después de todo, no debería de causarle sorpresa, la zorra de Georgia no tenía remedio, mucho menos su parejita.

-Oh, miren, es una pena para la moda, ¿por qué usa eso?

-¿Hablas de la rarita? Así le dicen... -murmuró la otra chica a poca distancia, respiró repetidas veces sin caer en una disputa, no terminaría de arruinar el día, suficiente con los regaños que recibió.

Si caía en la provocación de esas dos, lo más probable es que acabara en retención. Giró los ojos y avanzó rápidamente encontrando la salida de la molesta secundaria. Afuera, muchos estudiantes ya subían a sus propios autos, otros abordando el coche de su tutor o padre. Ella ni uno ni lo otro, le tocaba tomar el bus como cualquier persona no adinerada, pero irónicamente no era pobre.

Se cansó de esperar en una parada, solitaria, aburrida en la espera se puso a escuchar unas cuantas canciones de su iPad. A poco de que sonara la tercera canción, un claxon la detuvo. Se puso en pie y clavó los ojos en el deportivo blanco. Arrugó el ceño, no daría un solo paso hasta saber quién estaba al volante, por eso decidió aguardar; ya sabía del montón de locos o sicópatas sueltos que siempre se llevaban a jovencitas. Sin embargo, no se creyó lo suficiente para ser el blanco de algún lunático, por lo que su temor le pareció descabellado y quiso soltar una risotada.

Se aguantó de hacerlo, en cuanto la ventanilla del auto descendió y miró al dueño de aquel flamante deportivo, no pudo creerlo. ¿ Al-Mansour? ¿Por qué se detendría? No pasaba por su cabeza que el árabe le quisiera dar un aventón, esa idea era aún más impensable que un rapto. Por otro lado, le pareció extraño que un profesor tuviera un auto tan costoso. ¿Es que aparte de impartir clases era algún mafioso? Al menos que hubiera ahorrado para tener uno así de lujoso.

-Ven, sube, te llevo a casa -apremió él haciendo una ademán con la mano.

El recelo habitó en una pequeña parte de sí, no lo conocía del todo, ni tenía el poder de adivinar sus intenciones, pero al final se confió en su corazón que acabó de desvanecer la falta de confianza. De modo que empezó a avanzar hasta el auto y lo rodeó hasta abrir la portezuela de copiloto. Nerviosa, no podía dejar el temblor a un lado, se deslizó sobre el asiento de cuero negro y dejó su pequeña mochila sobre sus piernas.

Desde la tapicería, el tablero, cada parte olía a ese desquiciante perfume, demasiado bien que se sintió nublada. Era como una droga invadiendo su sistema y casi sin darse cuenta la volvía una adicta sin esperanza a la rehabilitación. Se calmó, o eso intentó, controlarse no era algo que estuviera en sus manos cuando el mundo nunca lo sintió así en el absoluto bamboleo. Alas en el estómago, corazón con una arritmia casi enfermiza, palmas sudorosas y una agitación descomunal al acecho por devorarla.

¿Qué demonios le ocurría? Nunca experimentó algo igual, y eso desconocido, tan ajeno a lo que estaba acostumbrada desafió su cordura, la retó, lo peor es que tuvo miedo de ceder. ¡Dios! ¿Cuándo alguien tuvo tanto poder en ella?

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