Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Xuanhuan > Mi Suegra: El Veneno en Casa
Mi Suegra: El Veneno en Casa

Mi Suegra: El Veneno en Casa

Autor: : Dong Shengxue
Género: Xuanhuan
El olor a cera quemada y el llanto débil de mi hijo Leo me arrancaron de una pesadilla: mi suegra Soledad, con una veladora encendida, intentaba "curar" la ictericia de mi bebé peligrosamente cerca de su rostro. En mi vida pasada, esta misma superstición había asfixiado a Leo. Esta vez, no lo permitiría. Apagué la vela, el ardor en mi mano era nada comparado con el horror de ver morir a mi hijo de nuevo. Mi grito de "¡Vas a matar a mi hijo!" fue respondido con insultos y la llegada de mi esposo Máximo, quien, ciego de obediencia, me acusó de irrespetuosa. Ellos creyeron que, siendo huérfana, me sometería a sus locuras, y que mi dolor por la quemadura me haría ceder. Pero lo que no sabían es que no soy la Luciana sumisa de antes. Esta es mi segunda oportunidad, y esta vez, mi bebé y yo sobreviviríamos a su ignorancia a cualquier costo. Mi venganza estaba a punto de comenzar.

Introducción

El olor a cera quemada y el llanto débil de mi hijo Leo me arrancaron de una pesadilla: mi suegra Soledad, con una veladora encendida, intentaba "curar" la ictericia de mi bebé peligrosamente cerca de su rostro.

En mi vida pasada, esta misma superstición había asfixiado a Leo.

Esta vez, no lo permitiría.

Apagué la vela, el ardor en mi mano era nada comparado con el horror de ver morir a mi hijo de nuevo.

Mi grito de "¡Vas a matar a mi hijo!" fue respondido con insultos y la llegada de mi esposo Máximo, quien, ciego de obediencia, me acusó de irrespetuosa.

Ellos creyeron que, siendo huérfana, me sometería a sus locuras, y que mi dolor por la quemadura me haría ceder.

Pero lo que no sabían es que no soy la Luciana sumisa de antes.

Esta es mi segunda oportunidad, y esta vez, mi bebé y yo sobreviviríamos a su ignorancia a cualquier costo.

Mi venganza estaba a punto de comenzar.

Capítulo 1

El olor a cera quemada y el llanto débil de mi hijo Leo me sacaron de una pesadilla que se sentía demasiado real.

Abrí los ojos y el pánico me inundó.

Soledad, mi suegra, estaba de pie junto a la cuna de Leo, sosteniendo una veladora encendida peligrosamente cerca de su carita.

"La luz sagrada es como la luz del sol, Luciana, es la luz de Dios. Sanará la ictericia de mi nieto."

Su voz era un susurro santurrón, el mismo que había escuchado en mi vida pasada justo antes de que todo se convirtiera en cenizas.

No, esto no era una pesadilla. Era mi segunda oportunidad.

"¡Quítate de ahí!"

Mi grito fue ronco, lleno de un odio que no sabía que podía sentir. Me levanté de la cama, ignorando el dolor de mi cuerpo recién parido, y corrí hacia ellos.

Apagué la vela con la mano, sin importarme el dolor de la quemadura. Lo único que importaba era el rostro asustado de Leo, sus pequeños pulmones luchando por aire en la habitación llena de humo.

"¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vas a matar a mi hijo!"

Soledad me miró con los ojos muy abiertos, ofendida. "¡Insolente! ¡Estoy tratando de ayudar! ¡Este niño está enfermo por tu culpa, por tu sangre débil de huérfana!"

En ese momento, mi esposo, Máximo, entró en la habitación. Vio la escena, la vela apagada, a su madre con cara de víctima y a mí temblando de rabia.

"Luciana, ¿qué pasa? ¿Por qué le gritas a mi mamá? Ella solo quiere lo mejor para el bebé."

La estupidez en su voz, la misma obediencia ciega que nos había matado a todos, encendió la última chispa de la vieja Luciana.

"¿Lo mejor para él? ¡Casi lo asfixia!"

Máximo se interpuso entre nosotras, protegiendo a su madre. "No exageres. Es solo una vela. Deberías mostrar un poco de respeto."

Esa fue la gota que colmó el vaso.

"Respeta esto."

Lo empujé con toda la fuerza que pude reunir. Él, sorprendido, tropezó hacia atrás.

Luego me giré hacia Soledad.

"Nunca más te acerques a mi hijo."

En el forcejeo, la empujé. No con la intención de hacerle daño, sino de alejarla de mi bebé. Pero ella tropezó y se golpeó la frente contra el marco de la puerta.

Un pequeño corte apareció en su piel, y la sangre comenzó a brotar.

Mi suegro entró corriendo, atraído por el ruido. "¿Qué está pasando aquí? ¡Luciana, le has pegado a tu madre!"

Soledad comenzó a llorar a gritos, un teatro que conocía muy bien. "¡Me atacó! ¡Esta mujer está loca! ¡Solo quería bendecir a mi nieto y ella me atacó!"

Máximo corrió a ayudar a su madre, mirándome con puro odio. "¡Estás loca, Luciana! ¡Vamos a llevar a mamá al hospital!"

Pero Soledad negó con la cabeza, sus sollozos se calmaron un poco mientras su mentalidad tacaña se apoderaba de ella.

"No, no, un hospital es demasiado caro. Tengo un ungüento de hierbas que me dio la curandera. Es mejor que cualquier cosa de esos doctores."

La vi entrar en la cocina y regresar con una pasta verdosa y maloliente, mezclada con lo que parecía ser ceniza y tierra. Se la aplicó en la herida abierta.

Yo no dije nada.

Simplemente observé.

Sabía que esa herida se infectaría. Sabía que el verdadero infierno para ellos apenas estaba comenzando.

Tomé a Leo en mis brazos, lo abracé con fuerza y salí de la habitación.

"Voy a llevar a mi hijo a un hospital de verdad."

Nadie intentó detenerme. La visión de la sangre y mi fría determinación los había dejado paralizados.

Esta vez, las cosas serían diferentes.

Capítulo 2

En el hospital, el médico confirmó mis temores. La exposición al humo de la vela había irritado los pulmones de Leo. Afortunadamente, lo había sacado a tiempo.

"Tiene un caso leve de ictericia neonatal, como le dije," explicó el doctor con paciencia. "Un poco de fototerapia aquí y algo de sol en casa será suficiente. Y por favor, continúe con los probióticos que le receté. Nada más."

Asentí, aferrándome a cada palabra. Ciencia. Lógica. No supersticiones mortales.

Cuando regresé a casa, el ambiente era glacial. Mi suegro estaba sentado en el sofá con los brazos cruzados, mirándome como si yo fuera una criminal. Máximo estaba al lado de su madre, cuya frente ahora estaba cubierta con un trapo sucio sobre el ungüento de hierbas. La piel a su alrededor ya se veía roja e inflamada.

Nadie preguntó por Leo.

Esa noche, durante la cena, la trampa se cerró a mi alrededor.

"Luciana," comenzó mi suegro con una voz grave. "Has deshonrado a esta familia. Le levantaste la mano a tu madre. Tienes que arrodillarte y pedirle perdón."

Máximo asintió con fervor. "Papá tiene razón. Mamá solo intentaba ayudar. Te estás comportando como una salvaje."

Soledad sollozó suavemente. "Solo quiero que mi nieto esté sano. No entiendo por qué me odias tanto."

Miré sus caras, una por una. El patriarca autoritario, el hijo cobarde y la matriarca manipuladora. Un trío perfecto de ignorancia y malicia.

En mi vida pasada, habría llorado. Habría suplicado. Habría intentado razonar con ellos.

Pero ya no.

Dejé los cubiertos a un lado y me levanté lentamente.

"Tienes razón," dije con una calma que los sorprendió. "Fui irrespetuosa. Voy a limpiar los platos como disculpa."

Sus expresiones cambiaron de la ira a la satisfacción. Creyeron que habían ganado.

Entré en la cocina, con el corazón latiendo con fuerza. Mis ojos escanearon la encimera. Y allí estaba.

Escondida detrás de las botellas de aceite y vinagre, había una pequeña botella de vidrio sin etiqueta, llena de un líquido claro. El agua bendita de la chamana. El veneno que había matado a mi hijo.

Mis manos temblaban, pero no de miedo. De furia.

Agarré la botella. En lugar de tirarla, la llevé al fregadero. Cogí un plato sucio y vertí generosamente el líquido sobre él, como si fuera jabón para platos.

"Luciana, ¿qué estás haciendo?"

La voz de Máximo sonó desde la puerta de la cocina. Me observaba con confusión.

"Limpiando," respondí sin mirarlo. "Como pediste."

"¿Con qué estás limpiando?" Se acercó y vio la botella vacía. "¿Qué es eso?"

"No lo sé," dije inocentemente. "Estaba aquí, con las cosas de limpieza. Huele un poco raro."

Soledad entró en la cocina, atraída por nuestras voces. Vio la botella y su cara se puso pálida como un fantasma.

"¡No! ¡Esa es... esa es agua bendita para bendecir la casa!" gritó, arrebatándome la botella de las manos.

"¿Agua bendita?" pregunté, frunciendo el ceño. "Parecía agua sucia. La usé para lavar todos los platos."

El pánico se apoderó de sus rostros.

"¿Qué?" gritó mi suegro desde el comedor.

En medio del caos, me volví hacia Máximo. Mis dedos todavía estaban húmedos por el "agua bendita".

"Ups, creo que tengo algo en la cara," dije, y antes de que pudiera reaccionar, le pasé los dedos por los labios.

"¿Qué haces?" gritó, retrocediendo y limpiándose la boca frenéticamente.

"¡Lo has envenenado!" chilló Soledad, mirándome con puro terror.

"¿Envenenado? Pero si tú dijiste que era agua bendita," respondí, mi voz llena de falsa confusión. "El agua bendita no puede hacer daño, ¿verdad? A menos que... no fuera agua bendita."

La acusación quedó suspendida en el aire. Soledad tartamudeó, incapaz de formar una frase coherente. Sabía que había sido descubierta, pero admitirlo sería confesar que había traído veneno a su propia casa.

"¡Yo... yo no sabía! ¡La chamana me dijo que era para la buena suerte!"

Nadie le creyó. El miedo en los ojos de Máximo y de mi suegro era palpable. Corrieron al baño para lavarse la boca y las manos, dejando a Soledad sola conmigo en la cocina.

La miré a los ojos.

"Deberías tener más cuidado con lo que dejas por ahí," le dije en voz baja. "Alguien podría salir herido."

Su rostro se contrajo en una máscara de odio. Sabía que yo sabía.

Y yo sabía que ella nunca se detendría.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022