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Mi Talento Robado

Mi Talento Robado

Autor: : Xiaohongmao Mengmei
Género: Moderno
El sudor me corría por la frente, mezclándose con la pintura barata de calavera. Mis dedos, adoloridos, apenas sentían las cuerdas de la guitarra, mientras el traje de charro se sentía como una armadura sofocante. Por una noche entera de cantar, apenas ganaba para la renta y la comida, trabajando siete días a la semana, mientras mi primo Alejandro se compraba un coche deportivo nuevo cada seis meses. Él vivía una vida de lujos inexplicable, todo gracias a su "amuleto de la suerte", un viejo collar de obsidiana, mientras yo contaba monedas. Al volver a casa, Sofía, mi prometida, me esperaba con desprecio. "Ricardo, ¿te das cuenta? Alejandro acaba de comprar un penthouse en Polanco, ¡un penthouse! Y tú sigues cantándole a borrachos por migajas, eres una vergüenza". Sus palabras eran puñaladas, y un nudo se formó en mi estómago. "Alejandro tiene suerte, Sofía, ya lo sabes", le dije. "No es suerte, Ricardo, es ambición. Mírate, hueles a alcohol y a fracaso". Me sentía vacío, completamente solo. La conduje sin rumbo, las luces de la ciudad borrosas por mis lágrimas. En un parpadeo, todo cambió: luces cegadoras, el sonido ensordecedor de un claxon, y luego, un impacto brutal que me lanzó contra el volante. Lo último que sentí fue dolor, y luego, oscuridad. Morí. Pero mi conciencia no se desvaneció, flotando en la nada. Entonces los vi: Alejandro y Sofía, de pie junto a los restos de mi coche. "¿Funcionó?", preguntó Sofía, con excitación. Alejandro sonrió, su collar de obsidiana brillando. "Por supuesto que funcionó, mi amor. Cada gramo de su desgracia, cada gota de su esfuerzo, ahora es mío. Su vida de miseria alimentó mi fortuna, y su muerte... su muerte es el pago final". Sofía lo besó con una pasión que nunca me había mostrado a mí. "Entonces, ¿ahora todo es nuestro?". "Todo", confirmó Alejandro. "Su sacrificio nos ha hecho ricos, Ricardo no era más que una batería, una fuente de energía para mi éxito, y ahora, la batería está agotada". La traición me quemó más que cualquier herida física. Mi vida, mi esfuerzo, mi dolor, mi muerte... todo había sido combustible para el hombre que llamaba primo y la mujer que juraba amarme. La rabia me consumió, sacudiendo la nada. De repente, todo fue luz. Abrí los ojos de golpe. Estaba en mi coche, el motor todavía en marcha, la canción barata de la radio sonando. ¡No estaba muerto! Había vuelto, y esta vez, las cosas serían diferentes. Esta vez, "El Magnate" iba a caer.

Introducción

El sudor me corría por la frente, mezclándose con la pintura barata de calavera.

Mis dedos, adoloridos, apenas sentían las cuerdas de la guitarra, mientras el traje de charro se sentía como una armadura sofocante.

Por una noche entera de cantar, apenas ganaba para la renta y la comida, trabajando siete días a la semana, mientras mi primo Alejandro se compraba un coche deportivo nuevo cada seis meses.

Él vivía una vida de lujos inexplicable, todo gracias a su "amuleto de la suerte", un viejo collar de obsidiana, mientras yo contaba monedas.

Al volver a casa, Sofía, mi prometida, me esperaba con desprecio.

"Ricardo, ¿te das cuenta? Alejandro acaba de comprar un penthouse en Polanco, ¡un penthouse! Y tú sigues cantándole a borrachos por migajas, eres una vergüenza".

Sus palabras eran puñaladas, y un nudo se formó en mi estómago.

"Alejandro tiene suerte, Sofía, ya lo sabes", le dije.

"No es suerte, Ricardo, es ambición. Mírate, hueles a alcohol y a fracaso".

Me sentía vacío, completamente solo.

La conduje sin rumbo, las luces de la ciudad borrosas por mis lágrimas.

En un parpadeo, todo cambió: luces cegadoras, el sonido ensordecedor de un claxon, y luego, un impacto brutal que me lanzó contra el volante.

Lo último que sentí fue dolor, y luego, oscuridad.

Morí.

Pero mi conciencia no se desvaneció, flotando en la nada.

Entonces los vi: Alejandro y Sofía, de pie junto a los restos de mi coche.

"¿Funcionó?", preguntó Sofía, con excitación.

Alejandro sonrió, su collar de obsidiana brillando.

"Por supuesto que funcionó, mi amor. Cada gramo de su desgracia, cada gota de su esfuerzo, ahora es mío. Su vida de miseria alimentó mi fortuna, y su muerte... su muerte es el pago final".

Sofía lo besó con una pasión que nunca me había mostrado a mí.

"Entonces, ¿ahora todo es nuestro?".

"Todo", confirmó Alejandro. "Su sacrificio nos ha hecho ricos, Ricardo no era más que una batería, una fuente de energía para mi éxito, y ahora, la batería está agotada".

La traición me quemó más que cualquier herida física.

Mi vida, mi esfuerzo, mi dolor, mi muerte... todo había sido combustible para el hombre que llamaba primo y la mujer que juraba amarme.

La rabia me consumió, sacudiendo la nada.

De repente, todo fue luz.

Abrí los ojos de golpe.

Estaba en mi coche, el motor todavía en marcha, la canción barata de la radio sonando.

¡No estaba muerto! Había vuelto, y esta vez, las cosas serían diferentes.

Esta vez, "El Magnate" iba a caer.

Capítulo 1

El sudor me corría por la frente y se mezclaba con la pintura barata de calavera que llevaba en la cara, era la tercera serenata de la noche y mis dedos ya no sentían las cuerdas de la guitarra, el traje de charro, que alguna vez fue mi orgullo, ahora se sentía como una armadura pesada y sofocante, cada nota que tocaba era un esfuerzo, un recordatorio de que mi sueño de ser un gran mariachi se estaba ahogando en noches de trabajo sin fin por unos cuantos pesos.

Por una noche entera, de cantar hasta que la garganta me ardiera, me llevaba a casa apenas lo suficiente para pagar la renta y la comida, trabajaba siete días a la semana, a veces durmiendo apenas cuatro horas, mientras mi primo, Alejandro, se compraba un coche deportivo nuevo cada seis meses.

Alejandro "El Magnate" Gómez, mi primo, vivía en otro universo, no trabajaba, o al menos, nadie lo había visto nunca trabajar de verdad, pero su cuenta bancaria se inflaba como por arte de magia, decía que todo era gracias a su "amuleto de la suerte", un viejo collar de obsidiana que nunca se quitaba, mientras yo contaba monedas, él contaba fajos de billetes, ganaba diez veces más que yo, quizás cien veces más, y se aseguraba de que yo lo supiera.

Llegué a mi pequeño departamento arrastrando los pies, el cuerpo me dolía, lo único que quería era derrumbarme en la cama y dormir, pero sabía que eso no iba a pasar, Sofía, mi prometida, me esperaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados y una expresión de profundo desprecio en su rostro.

"¿Eso es todo lo que trajiste?" preguntó, señalando con la barbilla los pocos billetes arrugados que dejé sobre la mesa.

"Fue una noche lenta, mi amor", le dije, la voz ronca por el cansancio.

"Una noche lenta", repitió ella con sarcasmo. "Ricardo, ¿te das cuenta? Alejandro acaba de comprar un penthouse en Polanco, ¡un penthouse! Y tú sigues cantándole a borrachos por migajas, eres una vergüenza".

Cada palabra suya era un golpe, sentía un nudo en el estómago, una mezcla de rabia y agotamiento.

"Alejandro tiene suerte, Sofía, ya lo sabes", intenté defenderme.

"No es suerte, Ricardo, es ambición, es saber lo que uno quiere y tomarlo, algo que tú nunca entenderás", se levantó y se acercó a mí, su hermosa cara torcida en una mueca de asco. "Mírate, hueles a alcohol y a fracaso".

No dije nada más, no tenía la fuerza para discutir, me di la vuelta y me dirigí al baño, necesitaba una ducha, necesitaba lavar el cansancio y la humillación, pero antes de que pudiera cerrar la puerta, escuché su voz, más fría que nunca.

"Esta noche Alejandro me invitó a cenar, me llevó a un lugar donde la cuenta costó más de lo que tú ganas en un mes, me trató como una reina, no como la prometida de un mariachi fracasado".

Cerré los ojos, el dolor era agudo, me sentía vacío, completamente solo, me metí en mi viejo coche, un trasto que apenas funcionaba, y conduje sin rumbo, las luces de la ciudad se veían borrosas a través de mis lágrimas, la voz de Sofía resonaba en mi cabeza, comparándome, humillándome, la imagen de Alejandro sonriendo, con su vida de lujos, me torturaba.

Estaba tan cansado, tan increíblemente cansado, los párpados me pesaban una tonelada, en un parpadeo, todo cambió, unas luces cegadoras llenaron mi visión, el sonido ensordecedor de un claxon, y luego, un impacto brutal que me lanzó contra el volante, el mundo se rompió en pedazos de metal y vidrio.

Lo último que sentí fue un dolor agudo en el pecho, y luego, oscuridad, silencio.

Morí.

Pero mi conciencia no se desvaneció, flotaba en la nada, una espectadora silenciosa, y entonces los vi, Alejandro y Sofía, estaban de pie junto a los restos de mi coche, no había dolor en sus caras, no había sorpresa.

"¿Funcionó?", preguntó Sofía, la voz temblorosa pero no por el miedo, sino por la excitación.

Alejandro sonrió, una sonrisa torcida y malvada, se tocó el collar de obsidiana en su cuello. "Por supuesto que funcionó, mi amor, el amuleto nunca falla, cada gramo de su desgracia, cada gota de su esfuerzo, ahora es mío, su vida de miseria alimentó mi fortuna, y su muerte... su muerte es el pago final, la consolidación de mi poder".

Sofía se lanzó a sus brazos, besándolo con una pasión que nunca me había mostrado a mí. "Entonces, ¿ahora todo es nuestro?", susurró contra sus labios.

"Todo", confirmó Alejandro. "Su sacrificio nos ha hecho ricos, Ricardo no era más que una batería, una fuente de energía para mi éxito, y ahora, la batería está agotada".

La traición me quemó más que cualquier herida física, mi vida entera, mi esfuerzo, mi dolor, mi muerte... todo había sido un combustible para el hombre que llamaba primo y la mujer que juraba amarme, la rabia me consumió, una furia tan intensa que sacudió la nada en la que me encontraba.

Y de repente, todo fue luz.

Abrí los ojos de golpe.

Estaba en mi coche, el motor todavía en marcha, la canción barata de la radio sonando, el olor a gasolina y a ambientador de pino, mis manos temblaban sobre el volante, pero estaban intactas, mi pecho no dolía, no había vidrios rotos, no había sangre.

Miré el reloj del tablero, eran las 2:37 AM, el momento exacto, segundos antes del accidente, un sudor frío me recorrió la espalda, no estaba muerto, había vuelto.

Había vuelto, y esta vez, las cosas serían diferentes.

Esta vez, El Magnate iba a caer.

Capítulo 2

Mi teléfono empezó a vibrar en el asiento del copiloto, en la pantalla brillaba el nombre "Sofía", la misma llamada, el mismo momento, pero el hombre que iba a contestar ya no era el mismo.

Deslicé el dedo para aceptar la llamada y puse el altavoz, la voz de Sofía, chillona y exigente, llenó el pequeño espacio del coche.

"¿Ricardo? ¿Dónde demonios estás? ¡Te he estado esperando por horas! ¿Ya vienes para acá o qué?"

Antes, mi respuesta habría sido una disculpa sumisa, "Ya voy, mi amor, tuve mucho trabajo", pero el Ricardo sumiso y trabajador estaba muerto en una carretera en otra línea de tiempo.

"No", dije, mi voz sonaba extrañamente calmada, fría.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. "¿Qué?"

"Que no voy a ir", repetí, articulando cada palabra con claridad. "Estoy cansado, me voy a mi casa a dormir".

"¡¿Qué te pasa, idiota?!", gritó ella, la sorpresa en su voz rápidamente reemplazada por la furia. "¿Te atreves a hablarme así? ¡Más te vale que muevas tu trasero y vengas ahora mismo! ¡Alejandro nos está esperando en el club!"

"Dile a Alejandro que se divierta", dije, y sentí una punzada de placer sádico al decir su nombre. "Yo no soy su payaso".

"¡Eres un inútil! ¡Un mariachi de quinta! ¡Siempre serás un fracasado! ¡Si no estás aquí en veinte minutos, olvídate de que tienes prometida!"

Me reí, una risa seca y sin alegría. "Tómalo como un hecho, Sofía", y antes de que pudiera gritar otra sarta de insultos, colgué.

Arrojé el teléfono al asiento y sentí una oleada de poder, era la primera vez en años que le decía que no, la primera vez que no cedía a su chantaje emocional, conduje directamente a mi departamento, ignorando el desvío que solía tomar para ir a verla.

Cuando llegué, ella ya estaba allí, esperándome fuera de la puerta como una furia, su coche de lujo, un regalo de Alejandro, por supuesto, estaba mal estacionado, ocupando dos lugares.

"¡Ricardo Mendoza!", gritó en cuanto me vio bajar del coche. "¡¿Quién te crees que eres para colgarme el teléfono?!"

Caminó hacia mí a grandes zancadas, su cara roja de ira, levantó la mano para abofetearme, un gesto que ya me era familiar, pero esta vez, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, le detuve la muñeca en el aire, mi agarre era firme, inquebrantable.

Ella me miró, boquiabierta, nunca antes me había defendido, nunca la había tocado con nada que no fuera gentileza.

"No vuelvas a intentar ponerme una mano encima, Sofía", le advertí, mi voz era un susurro peligroso. La solté con un empujón suave, como si estuviera apartando algo sucio.

Ella se tambaleó hacia atrás, frotándose la muñeca, su ira se transformó en una confusión temerosa, me miraba como si fuera un extraño.

"¿Qué te pasa?", balbuceó. "Tú no eres así".

"La gente cambia", respondí, caminando hacia la puerta de mi departamento.

De repente, su actitud cambió por completo, la furia desapareció y fue reemplazada por una dulzura falsa y empalagosa, corrió hacia mí y me abrazó por la espalda, presionando su cuerpo contra el mío.

"Ay, mi amor, perdóname", ronroneó, su voz ahora era un susurro seductor. "Es que me preocupo por ti, por nuestro futuro, sé que estás cansado, pero Alejandro tenía una oportunidad de negocio para ti, por eso quería que fueras".

Mentiras, todo eran mentiras, sentí náuseas al sentir sus manos recorriendo mi pecho, la misma piel que en unas horas estaría celebrando mi muerte, me quité sus brazos de encima con firmeza.

"No me interesa", dije, abriendo la puerta. "Lo único que me interesa ahora es dormir".

Entré y traté de cerrar la puerta, pero ella puso el pie para impedirlo.

"¡No puedes hacerme esto, Ricardo!", su voz volvió a ser aguda y desesperada. "¡Prometiste que irías! ¡Le prometí a Alejandro que te convencería! ¡No me hagas quedar mal!"

Ahí estaba, la verdad, no le preocupaba yo, le preocupaba su imagen frente a su verdadero amo, Alejandro.

"Ese es tu problema, no el mío", dije, y empujé la puerta con más fuerza, obligándola a quitar el pie, cerré la puerta en su cara y eché el cerrojo.

Escuché sus gritos y golpes en la puerta durante unos minutos, llamándome de todo, desde "inútil" hasta "egoísta", pero yo ya no la escuchaba, el ruido era solo un eco lejano de una vida que ya no me pertenecía.

Me quité el traje de charro y lo tiré al suelo, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevara el cansancio y la suciedad de la noche, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía como una víctima.

Me sentía como un fénix, renacido de las cenizas de una traición.

Y estaba listo para quemarlo todo.

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