Mi vida era una farsa dedicada a Isabela, mi "esposa" supuestamente amnésica, por quien abandoné mi sueño de arquitecto y me hice repartidor de Glovo para financiar sus tratamientos.
Justo cuando su adinerada familia la recuperó, ella me miró con seis años de desprecio congelado, y su madre, sin emoción, me ofreció un millón de euros para que desapareciera y olvidara a nuestro "hijo", Leo.
Fui tratado como un paria, humillado por Ricardo, su nuevo amor, quien me golpeó y me llamó "sudaca", mientras mi propio hijo me escupía y pisoteaba mis sueños, representados en mis bocetos de arquitectura universitaria.
Reviví el horror de mi vida pasada: un manicomio, tortura, y la muerte a manos de mi "hijo", comprendiendo la profundidad de su manipulación y el vacío de mi existencia, un dolor que transcendía lo físico.
Pero esta vez, en lugar de la ira, elegí una calma helada: tomé el cheque, exigí estudiar arquitectura en Suiza, y con ese acto, sellé mi renacimiento, transformando el desprecio en la semilla de mi fría y calculada venganza.
Renací en el momento exacto en que la poderosa familia de Isabela la encontró, justo en la puerta de nuestro pequeño piso en Lavapiés.
Su madre, una mujer vestida con ropa cara que olía a dinero y desprecio, me miró de arriba abajo. Su mirada se detuvo en mi uniforme de Glovo, arrugado sobre una silla.
"Así que tú eres Mateo", dijo, su voz sin ninguna emoción.
Isabela se escondió detrás de ella, fingiendo no conocerme. La misma mirada vacía que usó durante seis años. La amnesia. Una mentira que me creí una vez.
No esta vez.
"Isabela ha recuperado la memoria", continuó la madre. "Volverá a casa, donde pertenece. Esto fue... un error lamentable".
Me ofreció un cheque.
"Un millón de euros", dijo fríamente. "Para que desaparezcas. Olvida que la conociste. Olvida a Leo".
En mi vida pasada, rechacé el dinero. Luché. Grité. Terminé en un manicomio, torturado por su nuevo marido, Ricardo, y asesinado por mi propio hijo, Leo.
Esta vez, tomé el cheque.
"Acepto", dije, mi voz tranquila. "Pero tengo una condición".
La mujer arqueó una ceja, sorprendida por mi calma.
"Quiero que me faciliten los medios para terminar mis estudios. En el extranjero. En una buena universidad en Suiza".
Ella sonrió, una sonrisa delgada y cruel. "Un boliviano ambicioso. Bien. Hecho".
Me dio el cheque y una tarjeta con un número. "Llama a este hombre. Se encargará de todo. Tienes tres días para irte".
Asentí.
En mi cabeza, no era ambición. Era el precio de seis años de mi vida. Seis años en los que abandoné la Universidad Politécnica, mis sueños de ser arquitecto, para cuidarla. Seis años de entregar comida bajo la lluvia y el sol para pagar sus tratamientos falsos.
No era ambición. Era una compensación.
La madre de Isabela me juzgó mal, pensó que era solo codicia.
"Veo que el dinero puede comprar cualquier cosa", dijo con desdén. "Incluso el amor de un pobre diablo".
No respondí. Dejé que pensara lo que quisiera.
En mi mente, recordé sus verdaderas palabras de mi vida pasada, las que le dijo a Ricardo mientras yo estaba atado en el sanatorio: "Ese inmigrante nunca fue más que un peón. Sirvió para su propósito. Ahora es basura que hay que sacar".
Acepté sus términos porque sabía que era la única salida.
Recordé cada noche que pasé estudiando sus radiografías, cada euro que ahorré para sus médicos, cada vez que le leí para que "recordara". Todo por una mujer que me despreciaba.
Nunca más.
Mi vida ya no les pertenecía.
Isabela volvió a nuestro piso esa misma noche, pero no estaba sola.
Ricardo Vargas, su amor de la infancia y mi torturador en la vida pasada, venía con ella. Y de su mano, mi hijo, Leo.
"Mamá dice que te vas", dijo Leo, con sus seis años y una mirada fría que no le correspondía.
"Sí", respondí.
Isabela ni me miró. Empezó a señalar mis pocas pertenencias. "Tira todo esto. No quiero nada que huela a pobreza en mi nueva casa".
Ricardo se rió. "¿Qué vas a tirar? ¿Un par de camisetas viejas y tu mochila de Glovo?".
Se acercó a mí, su cara a centímetros de la mía. Olía a colonia cara y a crueldad.
"Isabela me ha pedido que le prepare un baño", dijo. "Y tú, sudaca, vas a limpiar mis zapatos. Están sucios de pisar la mierda de tu barrio".
En mi vida pasada, habría apretado los puños. Habría discutido.
Esta vez, lo miré a los ojos, sin expresión.
"No", dije simplemente.
La bofetada de Ricardo fue rápida y dura. Mi cabeza se giró por el impacto. El sabor a sangre llenó mi boca.
"¿Qué has dicho, insecto?", siseó. "Has vivido de nuestro dinero durante seis años. Ahora pagas".
Isabela observaba desde el sofá, limándose las uñas, aburrida.
Entonces, Leo se acercó. Llevaba en la mano mi viejo cuaderno de bocetos de la universidad, el único tesoro que conservaba.
"Papá, hueles mal", dijo, arrugando la nariz. "Hueles a sudor y a calle. Como los mendigos".
Luego, con una crueldad deliberada, abrió el cuaderno y escupió en la página donde estaba el diseño de un puente que había ganado un premio universitario.
"Ricardo dice que eres un fracasado. Y que mi verdadero papá va a ser él".
Me quedé inmóvil. El dolor físico de la bofetada no era nada comparado con esto. Era el final. El último lazo emocional que podía sentir por ellos se cortó en ese instante.
Me sentí completamente solo. Vacío.
Más tarde, en el baño, me limpié la sangre del labio. La cara en el espejo era la de un extraño. Un hombre derrotado. Pero por dentro, una llama fría empezaba a arder.
Empecé a empacar. No me llevó mucho tiempo. Toda mi vida cabía en una pequeña maleta de mano. Un par de cambios de ropa, mis documentos, el cuaderno de bocetos manchado.
Era patético. Seis años de mi vida y no tenía nada que mostrar.