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Mi Venganza:No Más Ingenua

Mi Venganza:No Más Ingenua

Autor: : Li Xiamu
Género: Romance
Siempre creí que mi vida con Ricardo De la Vega era un idilio. Él, mi tutor tras la muerte de mis padres, era mi protector, mi confidente, mi primer y secreto amor. Yo, una muchacha ingenua, estaba ciega de agradecimiento y devoción hacia el hombre que me había acogido en su hacienda tequilera en Jalisco. Esa dulzura se convirtió en veneno el día que me pidió lo impensable: donar un riñón para Isabela Montenegro, el amor de su vida que reaparecía en nuestras vidas gravemente enferma. Mi negativa, impulsada por el miedo y la traición ante su frialdad hacia mí, desató mi propio infierno: él me culpó de la muerte de Isabela, filtró mis diarios y cartas íntimas a la prensa, convirtiéndome en el hazmerreír de la alta sociedad. Luego, me despojó de mi herencia, me acusó falsamente de robo. Pero lo peor fue el día de mi cumpleaños, cuando me drogó, permitió que unos matones me golpearan brutalmente y abusaran de mí ante sus propios ojos, antes de herirme gravemente con un machete. "Esto es por Isabela", susurró, mientras me dejaba morir. El dolor físico no era nada comparado con la humillación y el horror de su indiferencia. ¿Cómo pudo un hombre al que amé tanto, que juró cuidarme, convertirme en su monstruo particular, en la víctima de su más cruel venganza? La pregunta me quemaba el alma. Pero el destino me dio una segunda oportunidad. Desperté, confundida, de nuevo en el hospital. ¡Había regresado! Estaba en el día exacto en que Ricardo me suplicó el riñón. Ya no era la ingenua Sofía; el trauma vivido había forjado en mí una frialdad calculada. "Acepto", le dije, mi voz inquebrantable, mientras planeaba mi escape y mi nueva vida lejos de ese infierno.

Introducción

Siempre creí que mi vida con Ricardo De la Vega era un idilio. Él, mi tutor tras la muerte de mis padres, era mi protector, mi confidente, mi primer y secreto amor. Yo, una muchacha ingenua, estaba ciega de agradecimiento y devoción hacia el hombre que me había acogido en su hacienda tequilera en Jalisco.

Esa dulzura se convirtió en veneno el día que me pidió lo impensable: donar un riñón para Isabela Montenegro, el amor de su vida que reaparecía en nuestras vidas gravemente enferma.

Mi negativa, impulsada por el miedo y la traición ante su frialdad hacia mí, desató mi propio infierno: él me culpó de la muerte de Isabela, filtró mis diarios y cartas íntimas a la prensa, convirtiéndome en el hazmerreír de la alta sociedad. Luego, me despojó de mi herencia, me acusó falsamente de robo. Pero lo peor fue el día de mi cumpleaños, cuando me drogó, permitió que unos matones me golpearan brutalmente y abusaran de mí ante sus propios ojos, antes de herirme gravemente con un machete. "Esto es por Isabela", susurró, mientras me dejaba morir.

El dolor físico no era nada comparado con la humillación y el horror de su indiferencia. ¿Cómo pudo un hombre al que amé tanto, que juró cuidarme, convertirme en su monstruo particular, en la víctima de su más cruel venganza? La pregunta me quemaba el alma.

Pero el destino me dio una segunda oportunidad. Desperté, confundida, de nuevo en el hospital. ¡Había regresado! Estaba en el día exacto en que Ricardo me suplicó el riñón. Ya no era la ingenua Sofía; el trauma vivido había forjado en mí una frialdad calculada. "Acepto", le dije, mi voz inquebrantable, mientras planeaba mi escape y mi nueva vida lejos de ese infierno.

Capítulo 1

Si pudiera borrar un solo momento de mi vida, sería el día en que le confesé a Ricardo De la Vega que lo amaba.

Ese día marcó el comienzo de mi infierno.

Mis padres murieron en un accidente de coche cuando yo tenía diez años.

Eran filántropos muy conocidos en Guadalajara.

Ricardo, el socio más cercano y mejor amigo de mi padre, se convirtió en mi tutor.

Me acogió en su hacienda tequilera en Jalisco.

Me prometió que siempre me cuidaría.

Yo era dulce e inocente.

Estaba profundamente agradecida y enamorada en secreto de Ricardo.

Para mí, él era mi salvador, mi familia.

A los quince años, sufrí acoso en mi prestigioso colegio.

Ricardo intervino.

Humilló a los acosadores.

Su imagen de protector se consolidó en mi mente.

Lo admiraba aún más.

A los dieciocho, Ricardo tuvo un accidente grave en una charreada.

Necesitaba una transfusión de sangre muy específica.

También múltiples cirugías.

Yo era compatible.

Doné sangre repetidamente.

Le salvé la vida.

Un día, creyendo que dormía, lo besé.

Ricardo despertó.

Me vio.

Desde entonces, me trató con frialdad, con horror en sus ojos.

Mantuvo la distancia.

El verdadero desencadenante de mi tragedia fue Isabela Montenegro.

El antiguo amor de Ricardo.

Reapareció gravemente enferma.

Necesitaba un trasplante de riñón urgentemente.

Yo era la única compatible.

Ricardo me lo pidió.

"Sofía, por favor, salva a Isabela. Te daré lo que quieras."

Su voz era suplicante, pero sus ojos estaban fijos en un punto lejano, donde seguramente estaba Isabela.

Me negué.

Me sentía traicionada por su frialdad.

Tenía miedo por mi propia salud.

Isabela murió.

Ricardo, consumido por el dolor y el odio, me culpó.

"Tú la mataste", me gritó, su rostro descompuesto por la rabia.

Entonces comenzó mi calvario.

Filtró mis cartas íntimas y diarios a la prensa amarillista.

En ellos expresaba mi amor adolescente por él.

Me convirtieron en el hazmerreír de la alta sociedad tapatía.

"La sobrina incestuosa y obsesiva", me llamaban.

Me despojó de mi herencia, la que mis padres me dejaron y él administraba.

Me acusó falsamente de robo en su empresa.

El día de mi cumpleaños, el peor día de mi vida anterior, Ricardo me drogó.

Permitió que unos matones contratados me golpearan brutalmente.

Abusaron de mí en una bodega abandonada de la hacienda.

Él observaba, impasible.

"Nunca te me acerques. Me das asco", me dijo, su voz gélida.

Finalmente, con un machete ceremonial de la familia, me hirió gravemente.

"Esto es por Isabela", susurró.

Creí morir.

Desperté, confundida.

Estaba de nuevo en el hospital.

Escuché la voz de Ricardo, angustiada, pero esta vez sonaba diferente, casi... fingida.

"Sofía, por favor, dona el riñón para Isabela. Es mi único amor, no puedo perderla."

Me di cuenta.

Había regresado.

Estaba en el día en que me pidió el riñón, antes de mi negativa, antes del infierno.

Ricardo repitió su súplica.

"Sofía, sé que es mucho pedir. Pero si lo haces, te prometo que cumpliré cualquier deseo que tengas. Lo que sea."

Sus ojos mostraban una desesperación que, ahora sabía, era solo por Isabela.

Esta vez, una frialdad calculadora, nacida del trauma vivido, me invadió.

Ya no era la niña inocente.

"Acepto", dije, mi voz firme, sin rastro de la emoción que él esperaba.

"Donaré el riñón."

Mi única motivación ahora era la supervivencia, la libertad.

El médico, un hombre mayor de semblante serio, intervino.

"Señorita Herrera, usted ya donó sangre en múltiples ocasiones para el señor De la Vega. Una donación de órgano mayor como un riñón conlleva riesgos significativos para usted, especialmente con su historial. ¿Está segura?"

Asentí. "Estoy segura, doctor."

Mi libertad valía cualquier riesgo.

Ricardo pareció aliviado, una sonrisa tensa se dibujó en su rostro.

"Gracias, Sofía. Sabía que entenderías. Entonces, ¿cuál es tu deseo? Pide lo que quieras."

Esperaba que pidiera su amor, su atención, algo que lo vinculara a mí.

Lo miré directamente a los ojos.

"Quiero la totalidad de la herencia de mis padres, la que tú administras. Quiero que firmes todos los documentos legales necesarios para desvincularme por completo de la familia De la Vega y de ti. Y quiero que nunca más volvamos a tener contacto. Esa es mi única condición."

Ricardo me miró, sorprendido por mi frialdad.

Una mueca se formó en sus labios.

"¿Eso es todo? ¿Dinero y libertad? Pensé que... bueno, no importa."

Seguramente asumió que era una treta para manipularlo, para hacerlo sentir culpable.

"Está bien, Sofía. Pero debes saber que mi corazón siempre será de Isabela. Lo que siento por ella es amor verdadero."

Como si necesitara recordármelo. Como si sus acciones pasadas no lo hubieran dejado dolorosamente claro.

"Lo sé, Ricardo," respondí, mi voz neutra. "Por eso quiero irme. Lejos de ti, lejos de ella, lejos de todo esto."

Él me miró fijamente, una extraña expresión en su rostro.

Como si viera a una extraña, no a la Sofía que había criado.

Y era verdad. Ya no era la misma.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Isabela Montenegro entró, pálida pero con una chispa de furia en sus ojos delicados.

"¿Así que esta es la condición? ¿Aprovecharte de la situación para 'amarrar' a Ricardo con dinero y obligaciones?"

Se acercó y, sin previo aviso, me abofeteó.

La mejilla me ardió.

Ricardo corrió hacia Isabela, tomándola suavemente por los hombros.

"Isabela, mi amor, cálmate. No es bueno para tu salud."

La abrazó, consolándola, ignorando completamente la agresión que yo acababa de sufrir.

Mi corazón, que pensé ya no podía romperse más, sintió una nueva punzada de dolor y resignación.

Me levanté lentamente de la cama, dándoles la espalda.

Mientras caminaba hacia la puerta, escuché a Ricardo decirle a Isabela en voz baja, pero lo suficientemente alta para que yo oyera:

"No me importa lo que le pase a ella, mi amor. Solo quiero que tú estés bien."

Cerré los ojos un instante.

Esa frase era la confirmación final.

Salí de la habitación.

En el pasillo, saqué mi teléfono y marqué un número que recordaba de mi vida anterior.

Mi antiguo profesor de la universidad.

"Profesor, soy Sofía Herrera. ¿Sigue en pie ese programa de voluntariado para enseñar en Oaxaca?"

Confirmé mi participación. Me iría inmediatamente después de la cirugía.

Esta vez, mi futuro sería diferente.

Capítulo 2

"Sí, Sofía, el programa sigue en pie", confirmó el profesor Ramírez al otro lado de la línea.

Su voz era cálida, como siempre.

"Pero es en una comunidad rural muy aislada en la Sierra. Las condiciones son básicas. ¿Estás segura? Además, ¿qué dirá Ricardo? Siempre ha sido tan... protector contigo."

Una risa amarga casi se me escapa. Protector.

"Estoy segura, profesor. Y mis decisiones son mías. Ricardo no tiene nada que decir al respecto."

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Colgué y respiré hondo. Un paso más hacia mi libertad.

Estaba a punto de salir del hospital cuando Ricardo apareció en el pasillo.

"¿A dónde vas, Sofía?" preguntó, su ceño ligeramente fruncido.

"A tomar un poco de aire," mentí. "Necesito pensar."

Él asintió, pareciendo satisfecho con la respuesta.

"Isabela se mudará a la hacienda para su recuperación pre-trasplante. Estará más cómoda allí. Y Sofía," añadió, su tono volviéndose un poco más duro, "espero que esas cartas y poemas que solías escribir... espero que los hayas destruido. No quiero que Isabela se encuentre con nada desagradable."

La humillación de nuevo.

Asentí sin decir nada.

¿Qué más podía hacer?

Recordé las horas que pasé escribiendo esos versos, vaciando mi corazón adolescente en el papel.

Todo para él. Todo en vano.

"Bien," dijo él, y se dio la vuelta para reunirse con Isabela, que lo esperaba apoyada en el marco de una puerta cercana, con una sonrisa triunfante.

Los vi alejarse juntos, Ricardo sosteniendo a Isabela con delicadeza.

Una vez más, yo era la sombra ignorada.

Me quedé sola en el pasillo.

Esperaba que Ricardo me llevara de vuelta a la hacienda.

Pero mi teléfono vibró. Un mensaje.

De Ricardo.

"Lo siento, Sofía. Isabela no se siente bien. Tuve que llevarla directamente a la hacienda. Toma un taxi."

Ni siquiera una pregunta sobre cómo me sentía yo, la futura donante de riñón.

La ironía. Un extraño, el taxista, probablemente me mostraría más consideración que el hombre que se suponía era mi familia.

Sacudí la cabeza y salí a la calle a buscar un taxi.

Cuando llegué a la hacienda, el sol de la tarde bañaba los campos de agave en una luz dorada.

Alguna vez amé este lugar. Ahora solo sentía una opresión en el pecho.

Entré en la casa. El silencio era pesado.

Escuché un pequeño ruido proveniente de mi habitación.

Me acerqué con cautela.

La puerta estaba entreabierta.

Isabela estaba dentro.

Estaba de espaldas a mí, hurgando en mi joyero.

En sus manos sostenía el relicario de plata con filigrana oaxaqueña.

Era la única herencia de mi madre.

Dentro había miniaturas de mis padres. Mi tesoro más preciado.

"¿Qué estás haciendo?" pregunté, mi voz más aguda de lo que pretendía.

Isabela se sobresaltó y se giró, el relicario aún en su mano.

Una sonrisa maliciosa curvó sus labios.

"Solo admiraba tus... baratijas, querida. Esta es bastante bonita, aunque un poco anticuada."

"Devuélvemelo," exigí, extendiendo la mano. "No tienes derecho a tocar mis cosas."

Ricardo entró en la habitación en ese momento.

"¿Qué pasa aquí?" preguntó, mirando de Isabela a mí.

"Nada, mi amor," dijo Isabela, su voz volviéndose melosa. "Solo le decía a Sofía que, como futura señora de la casa, debo familiarizarme con todo."

Se encogió de hombros con fingida inocencia.

Y entonces, "accidentalmente", el relicario se deslizó de sus dedos.

Cayó al suelo de baldosas con un ruido seco y metálico.

Se abrió. Las pequeñas miniaturas de mis padres saltaron.

Una de las delicadas bisagras de filigrana se partió.

Me lancé al suelo, recogiendo los pedazos con manos temblorosas.

"¡No! ¡Mamá, papá!" susurré, sintiendo cómo las lágrimas nublaban mi vista.

Era lo único que me quedaba de ellos.

"Oh, qué torpe soy," dijo Isabela, sin una pizca de arrepentimiento en su voz.

Ricardo se acercó y puso una mano en el hombro de Isabela.

"No es para tanto, Sofía," dijo él, su tono minimizando mi dolor. "Te compraré otro mejor. Uno más moderno, más valioso."

¿Otro mejor? ¿Más valioso?

No entendía nada.

Este relicario era irremplazable.

Era mi conexión con ellos, con el amor que me dieron.

Miré a Ricardo, luego a Isabela.

Vi la crueldad en sus ojos, el desprecio.

Para ellos, mis sentimientos no valían nada. Mis recuerdos no valían nada.

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