Morí de un infarto a los ochenta años, pero la verdadera causa fue la revelación de mi esposa: el hijo que crié no era mío, y mi tumba, el lugar del viñedo que construí con mi sangre, sería para su amor de la infancia.
Esa traición fue la estocada final.
Justo antes de exhalar mi último aliento, con la imagen de mi esposa, Catalina, sonriendo con desprecio ante mi agonía, sentí un dolor tan profundo que deseé no haberla conocido nunca.
No podía entender por qué ella me odiaba tanto, por qué su resentimiento perduró durante cincuenta años de un matrimonio sin amor, hasta el punto de desear mi destrucción incluso después de muerto.
Pero entonces, abrí los ojos. Tenía veinticinco años de nuevo. Hoy era el día de mi petición de mano a Catalina. Y al ver el mismo odio en sus ojos que había atormentado mi vida anterior, lo entendí: ella también había renacido. Pero esta vez, la partida la iniciaría yo.
En mi vida pasada, morí en el lecho de mi matrimonio. Un infarto. Tenía ochenta años, y mi esposa, Catalina, acababa de revelarme que el hijo que crié como mío, el heredero de la fortuna vinícola que yo construí para su familia, era en realidad de otro hombre.
De Mateo, su amor de la infancia. El hombre que murió en un accidente de coche el día que ella debía elegir entre nosotros.
«Voy a exhumar los restos de Mateo», me dijo con una frialdad que helaba los huesos, «para enterrarlos en la cripta familiar. En tu lugar».
Esa traición fue la última estocada.
Ahora, abro los ojos. No estoy en una cama de hospital, sino en mi antigua habitación en la finca de los Rojas, en La Rioja. El sol de la mañana entra por la ventana, el aire huele a viñedos y a tierra húmeda.
Hoy es el día. El día de la petición de mano. El día en que Catalina, frente a toda su familia, debe elegir a su futuro esposo.
Me miro en el espejo. Soy joven de nuevo. Vuelvo a tener veinticinco años, la misma edad que el día fatídico.
Me visto con el traje caro que el Señor Rojas me compró para la ocasión. Bajo al gran salón. La familia está reunida. El Señor Rojas, el patriarca, me sonríe con aprobación. Él sabe que mi talento con las vides es el futuro de la bodega. La Señora Rojas me asiente con calidez, siempre ha valorado mi lealtad.
Y entonces la veo.
Catalina.
Está de pie junto a la chimenea, hermosa y radiante. Nuestros ojos se encuentran. Y en los suyos no veo duda, ni afecto. Veo un odio profundo, un resentimiento que conozco demasiado bien. El mismo que vi en sus ojos durante cincuenta años de un matrimonio sin amor.
Lo entiendo en ese instante. Ella también ha renacido.
El Señor Rojas carraspea, listo para iniciar la ceremonia.
«Catalina, hija mía, ha llegado el momento».
Todos me miran, esperando que ella pronuncie mi nombre. Pero yo sé lo que va a pasar. Me va a humillar públicamente, va a elegir a Mateo y me culpará de la tragedia que está por venir.
No le daré esa satisfacción.
Antes de que nadie pueda hablar, doy un paso al frente.
«Señor Rojas, Señora Rojas», mi voz es firme, calmada. «Les agradezco todo lo que han hecho por mí».
Hago una pausa. Todas las miradas están fijas en mí.
«Pero no soy digno de Catalina, ni del legado de las Bodegas Rojas. Retiro mi candidatura».
El silencio en el salón es absoluto. El Señor Rojas me mira, atónito. La Señora Rojas se lleva una mano a la boca.
Catalina me observa con una mezcla de shock y confusión. Su plan se ha desmoronado.
Pero su reacción inmediata confirma mis sospechas. Sin decir una palabra, se gira y sale corriendo del salón. Coge las llaves de un coche del cuenco de la entrada y desaparece por la puerta.
Va a salvar a Mateo. Va a evitar el accidente.
Una sonrisa amarga se dibuja en mi rostro. La nueva partida ha comenzado, y esta vez, yo he movido la primera ficha.
Al día siguiente, la noticia del compromiso de Catalina y Mateo se extendió por toda La Rioja. Lo vi en el periódico local mientras desayunaba solo en la cocina de servicio. Una foto de ellos dos, sonriendo, felices. Una felicidad que en mi vida anterior se construyó sobre mi desgracia.
No sentí nada. Solo un vacío helado.
La puerta de la cocina se abrió de golpe. Era Catalina.
«Mi padre quiere verte en su despacho. Ahora».
Su voz era cortante. Ya no había rastro de la confusión de ayer, solo una fría determinación.
El despacho del Señor Rojas olía a cuero viejo y a vino caro. Él estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba, con el rostro sombrío.
«Javier», comenzó, sin mirarme a los ojos. «Catalina me ha pedido... exige... que le entregues el control del Viñedo Centenario».
Mi corazón, que creía muerto, dio un vuelco doloroso. El Viñedo Centenario. Cepas de más de cien años que yo mismo había recuperado de la enfermedad. La fuente del "Reserva de la Familia", el vino más prestigioso y rentable de la bodega. Mi obra maestra.
«Es una locura», dijo el Señor Rojas, más para sí mismo que para mí. «Mateo no sabe distinguir una tempranillo de una garnacha. Esto arruinará la cosecha».
«Pero es mi hija», suspiró, finalmente levantando la vista. Sus ojos reflejaban una mezcla de impotencia y decepción. «Y es lo que ha elegido».
No dije nada. Simplemente me acerqué al escritorio. Saqué del bolsillo interior de mi chaqueta un juego de llaves de hierro forjado. Las llaves de la bodega, del laboratorio, de la cava privada donde envejecía el Reserva. Las puse sobre la madera pulida.
Luego, saqué un cuaderno de cuero gastado. El "Libro de Campo". En sus páginas estaba todo: mis anotaciones sobre el terruño, los ciclos lunares para la poda, las levaduras autóctonas que había aislado, los secretos de una década de trabajo incansable. Mi legado.
Lo coloqué junto a las llaves.
«Aquí tiene todo», dije con voz neutra.
El Señor Rojas cerró los ojos, como si no pudiera soportar la visión de esa rendición.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Entraron Catalina y Mateo, cogidos de la mano. Mateo sonreía, una sonrisa de triunfo arrogante.
«Vaya, vaya», dijo Mateo, mirando los objetos sobre el escritorio. «Así que por fin entiendes cuál es tu lugar».
Se acercó y cogió las llaves, haciéndolas tintinear en su mano como un trofeo.
Catalina no me miraba. Mantenía la vista fija en un punto de la pared, como si mi presencia le resultara insoportable.
«Padre», dijo ella, con una voz cargada de un resentimiento que yo conocía de otra vida. «Javier ya no es necesario aquí. Es hora de que se vaya».
El Señor Rojas parecía a punto de protestar, pero una mirada de su hija lo silenció.
Mateo se rió.
«Por supuesto que se va. Y se irá tal como llegó. Sin nada».