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Mi Vida Perfecta Destrozada

Mi Vida Perfecta Destrozada

Autor: : Beckett Roan
Género: Fantasía
Era el chef Miguel Ángel, con un restaurante exitoso en el corazón de la Ciudad de México y lo que creía era una vida perfecta junto a la mujer de mis sueños. Pero, el día de nuestro aniversario, mi mundo se hizo pedazos cuando descubrí a mi esposa Sofía en la cama con mi asistente, Diego, en un hotel de Cancún que yo mismo había reservado. Escuché sus risas y susurros, sus planes para usarme, sus burlas sobre mi ingenuidad, mientras me paralizaba en el umbral, sintiendo cómo el frío congelaba mi alma. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo ella, la mujer que juró amarme, pudo ser tan cruel y calculadora? ¿Y él, mi asistente de confianza, tan traicionero? Fue entonces cuando el Sistema, una presencia que había ignorado por años, me ofreció un "Nuevo Comienzo", una salida radical de esta pesadilla, y no dudé en aceptar. Ahora, con 24 horas para desvanecerme, debo enfrentar a Sofía una última vez, y estoy dispuesto a ver arder todo para salir de aquí.

Introducción

Era el chef Miguel Ángel, con un restaurante exitoso en el corazón de la Ciudad de México y lo que creía era una vida perfecta junto a la mujer de mis sueños.

Pero, el día de nuestro aniversario, mi mundo se hizo pedazos cuando descubrí a mi esposa Sofía en la cama con mi asistente, Diego, en un hotel de Cancún que yo mismo había reservado.

Escuché sus risas y susurros, sus planes para usarme, sus burlas sobre mi ingenuidad, mientras me paralizaba en el umbral, sintiendo cómo el frío congelaba mi alma.

¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo ella, la mujer que juró amarme, pudo ser tan cruel y calculadora? ¿Y él, mi asistente de confianza, tan traicionero?

Fue entonces cuando el Sistema, una presencia que había ignorado por años, me ofreció un "Nuevo Comienzo", una salida radical de esta pesadilla, y no dudé en aceptar.

Ahora, con 24 horas para desvanecerme, debo enfrentar a Sofía una última vez, y estoy dispuesto a ver arder todo para salir de aquí.

Capítulo 1

"Sistema, ¿estás seguro de que esta es la única forma?"

Mi voz era un susurro ronco, perdido en el silencio de mi estudio.

[Sistema: Es la forma más eficiente y definitiva de abandonar su realidad actual, anfitrión Miguel Ángel. Una vez activado, no hay vuelta atrás. ¿Confirma su decisión?]

Cerré los ojos, pero la imagen que quería borrar seguía ahí, grabada a fuego en mi mente.

El olor del perfume caro de Sofía, mezclado con el sudor de otro hombre. El sonido de sus risas ahogadas, resonando en la suite del hotel que yo mismo había reservado para su supuesto "viaje de negocios".

Hace apenas unas horas, yo era Miguel Ángel, el chef de renombre, el hombre que lo tenía todo. Un restaurante exitoso en el corazón de la Ciudad de México, el respeto de la crítica y el amor de una mujer hermosa.

Todo era una mentira.

Había decidido sorprenderla, volar a Cancún sin avisar para celebrar nuestro aniversario. La sorpresa me la llevé yo.

Cuando abrí la puerta de la suite con mi propia llave, el mundo se detuvo.

Sofía, mi esposa, estaba en la cama con Diego, mi asistente personal.

No me vieron al principio. Estaban demasiado ocupados el uno con el otro, sus cuerpos entrelazados, susurrándose cosas al oído.

Me quedé paralizado en el umbral, incapaz de moverme, incapaz de respirar. El corazón me latía con una fuerza brutal, como si quisiera salirse de mi pecho. Sentía un frío helado recorrer mi cuerpo, a pesar del calor húmedo de Cancún.

Entonces escuché sus voces con una claridad dolorosa.

"¿Crees que sospeche algo?", preguntó Diego, su voz llena de una arrogancia que nunca le había notado.

"Imposible", respondió Sofía, y su risa fue como un veneno que se extendió por mis venas. "Miguel es tan predecible, tan ingenuo. Cree todo lo que le digo. Piensa que estoy aquí cerrando un trato para su estúpido restaurante".

"Me encanta cuando hablas de él así", dijo Diego. "Como si fuera un perro faldero".

"Lo es", afirmó ella sin dudar. "Un perro faldero talentoso que me da todo lo que quiero. Pero es tan aburrido, Diego. Tú, en cambio... tú eres divertido".

Cada palabra era un golpe. No sentía tristeza, sentía una rabia sorda y un asco profundo. El amor que había sentido por ella se convirtió en cenizas en un instante.

Di un paso atrás, sin hacer ruido, y cerré la puerta con un cuidado infinito. Salí del hotel como un autómata, compré el primer vuelo de regreso a la Ciudad de México y me encerré en mi estudio.

Fue entonces cuando el Sistema, una presencia que había ignorado desde la muerte de mi madre, habló en mi mente por primera vez en años.

[Sistema: Se ha detectado una fluctuación emocional extrema en el anfitrión. Nivel de traición: 9.8/10. Nivel de desesperación: 9.5/10. ¿Desea activar el protocolo de "Nuevo Comienzo"?]

Y ahora, aquí estaba.

[Sistema: El Sistema ha confirmado que el 98% de las palabras de Sofía son falsas. Su lealtad es una construcción para obtener beneficios materiales y estatus social. ¿El anfitrión insiste en abandonar esta realidad?]

"Sí", dije en voz alta, mi voz temblando ligeramente. "Sí, insisto".

Recordé de golpe otra de sus mentiras, una que ahora cobraba un sentido macabro. Hace un año, cuando mi restaurante obtuvo su primera estrella Michelin, yo quería cerrar el lugar y celebrarlo solo con ella. Una cena íntima, solo los dos.

Sofía insistió en hacer una gran fiesta.

"Mi amor, es tu momento", me dijo, con sus ojos brillando de una emoción que yo creí que era orgullo. "Tenemos que compartirlo con todos. Con la prensa, con nuestros amigos. ¡Con Diego, que ha trabajado tanto para ti!".

Ahora entendía. La fiesta no era para mí, era para ella. Era su oportunidad de brillar, de ser la esposa del chef del momento. Y Diego... Diego ya estaba en el cuadro.

Recordé la primera vez que Diego vino a una entrevista. Era joven, ambicioso, con una sonrisa fácil y una mirada astuta. Sofía estaba presente y me animó a contratarlo.

"Tiene potencial, Miguel. Y es guapo, le dará buena imagen al restaurante".

Incluso recuerdo haberle dicho a Sofía, medio en broma, medio en serio, que no me gustaba la forma en que Diego la miraba.

"No seas tonto, mi amor", se rió ella, dándome un beso. "Es solo un niño. Además, solo tengo ojos para ti".

Otra mentira. Todas eran mentiras.

El teléfono vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí.

Era una foto. Una selfie de Diego, sonriendo con suficiencia, con el cabecero de la cama del hotel de Cancún de fondo. Debajo, un texto:

"Gracias por las vacaciones, jefe. Tu esposa manda saludos".

Sentí una náusea violenta. Borré el mensaje y apagué el teléfono.

"Sistema", dije con una frialdad que me sorprendió a mí mismo. "Inicia el proceso".

[Sistema: Protocolo de "Nuevo Comienzo" iniciado. Tiempo estimado para la extracción: 24 horas. Por favor, resuelva cualquier asunto pendiente, anfitrión.]

Asentí en la oscuridad. Tenía 24 horas para desaparecer para siempre.

Capítulo 2

Llegué a nuestro departamento sintiéndome como un fantasma. Cada objeto, cada rincón, estaba impregnado de recuerdos que ahora se sentían sucios, contaminados. Me moví por el espacio con un cuidado mecánico, tratando de no hacer ruido, tratando de no sentir nada.

Mi objetivo era simple: actuar con normalidad. No podía darle ninguna pista de que lo sabía todo. Necesitaba que se fuera a su supuesto "viaje de negocios" a Monterrey que tenía planeado para el día siguiente. Esa sería mi oportunidad para desaparecer sin dejar rastro.

Escuché la llave en la cerradura y me preparé. Mi corazón empezó a latir con fuerza, un tambor de guerra en el silencio de mi pecho.

Sofía entró, radiante y sonriente, arrastrando su maleta de diseñador. Dejó caer sus cosas en la entrada y corrió a abrazarme.

"¡Mi amor! ¡Llegaste!".

Su cuerpo se apretó contra el mío y tuve que reprimir el impulso de apartarla. El olor de su perfume, el mismo que se había mezclado con el de Diego, me revolvió el estómago.

"Te extrañé tanto", susurró en mi cuello, su voz melosa y practicada.

La aparté suavemente, forzando una sonrisa.

"Yo también te extrañé, Sofía".

"¿Qué pasa? ¿Estás bien?", preguntó, frunciendo el ceño con una preocupación perfectamente actuada. "¿Te ves pálido? ¿Mucho trabajo?".

"Sí, solo... un día largo en el restaurante", mentí. "El nuevo menú me está matando".

Ella pareció aceptar la excusa. Me tomó de la mano y me llevó hacia el sofá.

"Pobre de mi chef estrella. Siéntate, descansa. Te traje algo".

Abrió su bolso y sacó una caja de terciopelo azul. Me la entregó con una sonrisa triunfante.

"Feliz aniversario adelantado, mi vida".

La abrí. Dentro había un reloj de una marca suiza carísima, uno que habíamos visto en una revista hacía meses y del que yo había dicho que era absurdamente ostentoso.

"Sofía, esto es... demasiado", dije, mi voz sonando hueca en mis propios oídos.

"Nada es demasiado para el mejor chef de México", dijo ella, tomándolo y abrochándolo en mi muñeca. "Te lo mereces todo".

La ironía era tan espesa que casi podía saborearla. Ella me compraba un reloj con mi propio dinero mientras se revolcaba con mi asistente.

En ese momento, sonó el timbre. Era un mensajero. Traía un paquete para mí. Lo firmé y lo abrí frente a ella.

Dentro había un collar de diamantes y zafiros, diseñado a medida. Las piedras formaban una constelación única, la que vimos juntos en nuestro primer viaje a Oaxaca. Era mi regalo de aniversario para ella.

El mensajero, un joven nervioso, habló antes de que yo pudiera decir nada.

"Señor Ángel, disculpe la molestia. Intentamos entregar esto en el evento de la revista 'Caras' para la señora Sofía, como nos indicaron, pero nos dijeron que ella ya se había ido con el joven Diego".

El silencio que siguió fue denso y pesado.

Vi cómo el color desaparecía del rostro de Sofía por una fracción de segundo, antes de que su máscara de actriz volviera a su lugar.

"¡Qué incompetentes!", exclamó con una risa forzada. "Les dije claramente que me lo enviaran aquí. Gracias, Miguel, es hermoso".

Pero el daño estaba hecho. La mención del nombre de Diego flotaba en el aire entre nosotros.

Más tarde, mientras ella se desvestía en la habitación, noté algo en el suelo, cerca de su lado de la cama. Un arete de hombre, pequeño y de plata. No era mío. Sabía perfectamente a quién pertenecía.

Me agaché para recogerlo justo cuando ella salía del vestidor.

"¿Qué es eso?", preguntó.

"Un arete", dije, mostrándoselo.

"Ah, debe ser de mi hermano. Estuvo aquí la semana pasada, ya sabes cómo es de descuidado", mintió sin siquiera parpadear.

Su hermano vivía en Guadalajara y no había venido a la ciudad en más de un año.

Sentí una oleada de náuseas de nuevo, esta vez más fuerte. Corrí al baño y vomité en el inodoro. Todo el amor, toda la confianza, saliendo de mi cuerpo en espasmos violentos.

Sofía apareció en la puerta, con su rostro lleno de falsa preocupación.

"Miguel, ¿qué tienes? De verdad te ves muy mal. ¿Comiste algo en mal estado?".

Puso su mano en mi frente y su contacto me quemó la piel.

"Estoy bien", logré decir, limpiándome la boca. "Solo necesito descansar".

Me ayudó a llegar a la cama, me arropó como si fuera un niño enfermo.

"Mañana tengo que irme a Monterrey muy temprano, ¿lo recuerdas?", dijo, acariciándome el pelo. "Espero que te sientas mejor. Si no, cancelo el viaje".

"No, no. Ve", le dije, cerrando los ojos. "Es importante para el restaurante. Estaré bien".

"Está bien, mi amor", susurró. "Descansa".

Se acostó a mi lado, y pronto su respiración se volvió profunda y regular. Se durmió rápidamente, sin ninguna culpa, sin ninguna preocupación.

Yo, en cambio, me quedé despierto, mirando el techo en la oscuridad, con el reloj caro pesando en mi muñeca como un grillete.

Mañana. Mañana todo terminaría.

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