En ese instante, Valerie Reese se despertó con el ceño fruncido. Gimiendo incómodamente, se dio vuelta y su mano encontró algo cálido. Solo entonces se dio cuenta de que un hombre estaba durmiendo a su lado.
Con la mandíbula apretada, la mujer se sentó y encendió la luz de la mesita de noche. Junto a ella, el hombre suspiró profundamente, frustrado.
La tenue luz de la lámpara iluminaba su espalda desnuda y parte de su rostro.
Entonces, Valerie se acercó sigilosamente al ropero, se cambió y regresó al borde de la cama, donde extendió la mano para tocar la espalda del hombre con suavidad.
"Señor Layfield, ya son las seis de la mañana. Tienes una reunión a las siete y media".
De inmediato, el hombre apartó su mano de un manotazo y gruñó roncamente:
"¡Largo!".
Valerie, quien desde hacía mucho tiempo se había acostumbrado a su temperamento, se levantó con aire de despreocupación.
En silencio, la joven bajó las escaleras hacia la cocina para preparar el desayuno. Sin despertarlo, terminó de comer y salió de la casa. Tras ello, tomó un taxi hacia la empresa.
Durante el día, la mujer trabajaba como secretaria principal de Edwin Layfield, CEO del Grupo Layfield. Sin embargo, por la noche, era su compañera en la cama.
Valerie llegó a la compañía y preparó todo de inmediato. Su mirada permanecía indiferente mientras esperaba a Edwin fuera de la sala de conferencias. De hecho, todos los que pasaban por su lado se dirigían a ella en un tono respetuoso y adulador.
Dos minutos antes de que empezara la reunión, el ascensor exclusivo del CEO sonó.
En ese instante, Valerie suspiró aliviada pero se mantuvo en su lugar.
La imponente estatura de Edwin, de un metro noventa aproximadamente, contribuía a su autoridad. Además, siempre tenía una expresión fría que lo hacía parecer inalcanzable.
En comparación con él, la altura de Valerie, de un metro sesenta y cinco aproximadamente, parecía algo diminuta.
Al llegar, el empresario la ignoró por completo, como si el hombre con quien ella había tenido relaciones sexuales la noche anterior fuera alguien completamente diferente.
La reunión duró bastante tiempo. La chica tuvo que salir a la mitad para ir a la oficina de la secretaría y pedir el desayuno para Edwin.
Ella estaba revisando el menú cuando su compañera secretaria, Marisa Kendall, se acercó a ella y preguntó:
"Valerie, ¿has revisado el horario de la tarde del señor Layfield?".
Al escucharla, la mujer la miró con ceño fruncido. "¿Hay algo mal con el horario?".
Marisa hizo un ruido con la lengua y murmuró suavemente:
"Más tarde, el señor Layfield tiene programada una cena con Brent, el presidente de SHINE Corporation".
Le llevó un tiempo a Valerie recordar quién era ese hombre.
Brent Clark era conocido por su tendencia a acosar sexualmente a las empleadas. Incluso hubo una vez en la que drogó a una secretaria de otra empresa y la obligó a acostarse con él. Aparte de eso, se rumoreaba que él también intentó acosar a la tía del CEO, Ivanna Layfield, en el pasado.
Como Edwin siempre llevaba una de sus secretarias a las cenas de negocios y las demás no querían acompañarlo, Marisa se acercó a Valerie para preguntarle al respecto.
"No te preocupes. No creo que el señor Layfield nos lleve a ninguna de nosotras", respondió Valerie con despreocupación.
No obstante, tan pronto como terminó de hablar, alguien abrió la puerta de la oficina. Una colega asomó la cabeza y buscó con la mirada hasta que sus ojos se posaron en Valerie.
"Valerie, el señor Layfield quiere verte".
La joven rápidamente completó su pedido y salió de la oficina de la secretaria sin cambiar su expresión.
Ella había sido la secretaria de Edwin durante cinco años. Poco después de unirse a la compañía, tuvieron relaciones sexuales en el salón, marcando el inicio de su extraño acuerdo. Ella había lidiado con varios clientes difíciles en los últimos años, pero él nunca le había pedido que se involucrara en actividades turbias.
Segundos más tarde, cuando Valerie entró a la oficina de Edwin, este ni siquiera la miró. El empresario siguió firmando documentos mientras le ordenaba:
"Prepárate. Me acompañarás a cenar esta noche".
Al escuchar esas palabras, Valerie se quedó inmóvil.
Y como no respondía, Edwin finalmente levantó la cabeza y la miró frunciendo el ceño.
"¿Valerie?".
La joven salió de su ensimismamiento y finalmente respondió:
"Sí, señor".
En seguida, el hombre le lanzó una carpeta y exigió:
"¿Cuánto tiempo llevas trabajando para mí?".
En realidad, ella no sabía por qué le preguntaba eso, pero de todos modos respondió:
"Cinco años".
"Llevas mucho tiempo trabajando, así que deberías saber cuál es tu lugar a estas alturas. Haz bien tu trabajo, ¿entendido?".
"Por supuesto, señor".
Luego, Valerie salió de la oficina con el rostro serio, con sus manos frías y temblorosas.
Parecía que Edwin se había cansado de ella y estaba buscando una excusa para entregarla a otro hombre.
Con eso en mente, la chica regresó a su oficina, donde estuvo comiendo uvas toda la tarde. Antes de que llegara la hora de salir, la mujer metió un puñal en su bolso, pensando en que si Brent la drogaba, ella se apuñalaría para despertar.
Afuera el cielo ya se había oscurecido. Valerie se levantó en el instante que vio a Edwin saliendo de su oficina; los otros empleados le dirigieron miradas solidarias.
Una vez que se halló en el interior de su auto, Edwin cerró los ojos para descansar. Luego, él dijo:
"El Departamento de Recursos Humanos me informó que revisaste el contrato de trabajo hace dos días".
El corazón de Valerie se aceleró, pero logró mantener la compostura.
"No recuerdo exactamente en qué fecha comencé a trabajar aquí, así que lo necesitaba para actualizar el estado de residencia".
Edwin abrió los ojos, y cuando miró el perfil de la mujer, esbozó una leve sonrisa.
"Pensé que ya no te agradaba trabajar para mí y planeabas renunciar".
"No. Ha sido un honor ser tu secretaria".
Valerie luchó por mantener la calma, pero sus pensamientos estaban hechos un desastre.
Edwin no dijo nada más, pero su corazón seguía acelerado.
Para ser honesta, ella sí estaba planeando renunciar y marcharse; últimamente, trabajar para Edwin se había convertido en algo demasiado desafiante, por lo que llegó a la conclusión de que lo mejor sería renunciar lo antes posible.
Cinco años atrás, Valeria había soñado con convertirse en su esposa, pero ahora sabía que eso jamás sucedería.
"Ya llegamos, señor Layfield", Valerie salió de sus pensamientos cuando el auto se detuvo frente al Hotel Grandness.
El gerente del hotel hizo que algunos empleados esperaran fuera del establecimiento para que recibieran a la pareja en cuanto llegaran.
Después de volver en sí, Valerie acompañó a Edwin al ascensor; ella pulsó el botón del último piso, desde donde podían ver el paisaje nocturno a través de los enormes ventanales.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Valerie fue recibida de inmediato por el pungente aroma del perfume de alguien.
Brent tenía cabello castaño claro y ojos verdes, y en ese momento el cuello de su camisa estaba desabrochado. El hombre se acercó con la intención de abrazar a Edwin, pero este último se hizo a un lado para evitarlo.
Entonces, la atención de Brent se centró en Valerie; un simple vistazo fue suficiente para que sus ojos se iluminaran al instante. Él tomó su mano y comentó:
"Edwin, pero qué hermosa dama has traído contigo".
Luego, la mano de Brent se deslizó hasta el brazo de Valerie.
La mujer resistió el impulso de huir al apretar los dientes mientras soportaba la repugnante experiencia.
La única reacción de Edwin fue un pequeño ceño fruncido antes de entrar, como si no hubiera notado lo que Brent estaba haciendo.
Brent tomó esto como un permiso para continuar, así que colocó un brazo sobre el hombro de Valerie.
Sin borrar la sonrisa de su rostro, la mujer intentó alejarse, pero falló; varias veces buscó encontrarse con la mirada de Edwin, pero este último siguió ignorándola y se limitó a responder de vez en cuando los elogios de los ejecutivos que acompañaban a Brent.
Todos se sentaron y Brent se acomodó frente a Edwin, con un brazo todavía sobre Valerie.
"Edwin, quiero a tu secretaria. ¿Cuánto debo ofrecer para robártela?".
El ambiente se tornó un poco incómodo; los ejecutivos de la mesa estudiaron el rostro de Edwin, temerosos de que esa propuesta lo ofendiera.
Valerie comenzó a apretar sus manos de forma inconsciente.
"¿Quieres quedarte con ella?", Edwin arqueó una ceja mientras miraba a Valerie: "Bueno, ha estado trabajando para mí durante cinco años, así que no creo que se conforme con una pequeña cantidad de dinero".
Los rostros de todos los presentes reflejaban que comprendían lo que estaba pasando; todo apuntaba a que Edwin estaba harto de su secretaria y no le importaba lo que sucediera con ella.
De repente, todos comenzaron a mostrar sonrisas lascivas.
Valerie inhaló profundamente antes de encontrarse con la mirada fría de Edwin.
Brent se inclinó para besarla, pero la mujer giró la cabeza hacia un lado.
Las cejas de Edwin se arquearon cuando presenció esto.
"Primero bebamos, señor Clark", forzando una sonrisa, Valerie sirvió vino en una copa y se la entregó a Brent.
Todos estaban muy intrigados y solo los miraban en silencio.
Complacido, Brent se echó a reír, y tras tomar la copa de vino, pronunció con un tono seductor:
"Eres realmente encantadora, ¿lo sabías?".
La sonrisa de Valerie se amplió bajo la intensa mirada de Edwin. Cuando Brent terminó con el contenido de su copa, ella la volvió a llenar:
"Por favor, siga bebiendo".
Los hombres a su alrededor vitorearon cuando vieron a Brent ingiriendo el licor sin siquiera dudarlo.
Actuando de forma deliberada, Valerie decidió derramar vino sobre la ropa del hombre.
"¡Oh! ¡Lo lamento! ¡Lo siento mucho!", Valerie siguió disculpándose, con el rostro sonrojado por la vergüenza.
En lugar de enojarse, Brent la agarró de la muñeca y dijo:
"Está bien, cariño, es solo una camisa. Iré a cambiarme al salón. ¿Por qué no vienes conmigo?".
La intención de la mujer era distraerlo, pero no tenía idea de que el bastardo le pediría que lo acompañara al salón.
Al quedarse sin escapatoria, se volvió hacia Edwin, presa del pánico.
"Oh, ¿primero necesitas que tu jefe te dé permiso?", Brent tomó la barbilla de Valerie antes de volverse hacia Edwin y mirarlo con unos ojos que albergaban un brillo juguetón.
Sin inmutarse, Edwin se recostó en el respaldo de su asiento y tomó un sorbo de su copa de vino.
"Bueno, eres la culpable de que la camisa de Brent haya quedado arruinada, así que tienes que ir a ayudarlo", declaró el hombre sin dudarlo.
Valerie apretó la mandíbula con fuerza, y antes de que pudiera asimilar por completo la respuesta de Edwin, Brent le pasó un brazo por la cintura y la levantó de su asiento.
Ella se encontraba rodeada de puros hombres, los cuales la miraban con absoluto desprecio; ninguno de ellos mostró la más mínima intención de ayudarla.
Una inmensa sensación de náuseas se apoderó de Valerie antes de que la sacara el hombre de la habitación.
"Cariño, ven conmigo. Deberías relajarte. Jamás lastimaría a una belleza como tú", con una mano alrededor de la cintura de Valerie, Brent la llevó al salón privado.
El camarero que estaba allí dentro se marchó rápidamente.
Brent llevó a la mujer a la parte más profunda del salón mientras la inspeccionaba con unos ojos llenos de lujuria.
Él acercó su rostro, apuntando directo a los labios de Valerie, pero esta última se apartó hábilmente.
Después de besarle la mejilla torpemente, Brent gruñó con impaciencia y la tomó de las manos. Mirándola directamente, el hombre bajó los labios para besarla en el pecho sin antes pronunciar con voz ronca:
"Finalmente voy a tenerte".
Valerie forcejó para alejarlo, pero él poseía mucha más fuerza.
"¡Deténgase...! Estamos... Estamos en un salón...".
"Eso no representa ningún problema. Nadie se atreverá a molestarnos, así que puedes estar tranquila", Brent le dedicó una sonrisa tranquilizadora, como si ese fuera el único problema. De forma astuta, él volvió a abalanzarse sobre la mujer, sacando su larga y húmeda lengua para deslizarla sobre su cuello.
Valerie gimió y se inclinó hacia atrás para evitarlo.
¿Cómo pudo Edwin permitir que pasara esto? Entregarla a un hombre desagradable como si fuera un objeto.
Todo el cuerpo de Valerie se paralizó, y sus mente se quedó en blanco cuando sintió una mano fría en...
¡Su sostén! ¡Oh, no! Este sujeto le acababa de desabrochar el sostén sin que ella se diera cuenta.
"Seré gentil, ¿te parece bien? Te aseguro que lo disfrutarás".
'¡No! ¡No permitiré que eso suceda!', Valerie gritó en su mente e inmediatamente clavó sus dientes en el hombro del hombre.
Brent jadeó a causa de la conmoción y el dolor. Retrocediendo por acto reflejo, él procedió a maldecir:
"¡Eres una perra! ¡¿Cómo te atreves?!".
Con una mano sobre su hombro dolorido, Brent le lanzó una patada a Valerie, pero esta última ni siquiera se molestó en esquivarla. Derribada sobre el suelo, ella murmuró un solo nombre:
"Ivanna".
El hombre se detuvo en seco; luego, se puso de cuclillas, a la misma altura que Valerie, y la sujetó del cuello con fuerza para acercar su rostro al suyo.
"¿Qué dijiste?", le espetó él en la cara.
"Le gusta mucho Ivanna Layfield, ¿verdad?".
Valerie tuvo que sobrepasar su propio miedo y trató de actuar con audacia; ella enderezó los hombros y le sonrió al hombre que le provocó escalofríos desde el momento en que lo conoció.
Brent la miró fijamente por unos segundos, y luego, de repente, se echó a reír.
"¿Y eso qué tiene que ver con lo que estamos haciendo?", el hombre se cubrió por un repentino semblante frío, como si estuviera hecho de piedra. "Esa mujer comportaba igual que tú. Ya sabes, con lo de intentar resistirse y todo eso, pero ustedes solo necesitan de alguien que las domestique".
Valerie sonrió con ironía y miró directo a los ojos de Brent sin mostrar ni un solo indicio de miedo.
"Pero lo único que usted quiere es tener sexo con ella, ¿verdad? No quiere involucrar sentimientos ni nada que tenga que ver con el amor, ¿verdad?".
Brent asintió ligeramente la cabeza, comenzando a sentir más interés en lo que Valeria tenía por decir.
"¿Qué insinúas? ¿Puedes conseguirla para mí?".
La mujer seguía muy asustada, pero empujó esas ideas a la parte más profunda de su mente y dijo con valentía:
"Pronto regresará a Roseiron, y estoy cien por ciento segura de que pasará por el Grupo Layfield. Cuando lo haga, seré yo quien la reciba...".
"¿Y se supone que debo confiar en ti?", Brent arqueó una ceja cuando ella terminó con su explicación.
"Ella es la tía de mi jefe, una mujer apreciada por todos los miembros de la familia Layfield". Valerie se encogió de hombros y dijo inocentemente: "¿No cree que vale la pena correr el riesgo y confiar en mí?".
"Estoy confundido. ¿No tienes miedo de lo que Edwin sea capaz de hacerte si se entera de esto?", Brent la miró atentamente, en espera de captar cualquier indicio de miedo en su rostro.
Sin embargo, Valerie no se sintió intimidada ante su mirada.
"Es culpa de él que yo esté aquí, ¿no cree?".
Después de un breve momento de silencio, el hombre se rio a carcajadas y aplaudió:
"¡Trato hecho! Te dejaré ir, pero te lo advierto, no tendrás otra oportunidad".
Valerie dejó escapar el aliento que había estado conteniendo.
De repente, Brent la agarró de nuevo y la atrajo hacia sus brazos, enviando otra oleada de miedo que se esparció por toda la sangre de la mujer. Con una voz que solo inspiraba peligro, susurró:
"Si estás mintiendo, te prometo que haré que te arrepientas".
Fuera del hotel, en un vehículo comercial de color negro, el chófer miró a través del espejo retrovisor a Edwin, quien parecía haber bebido demasiado; cuando él abordó, el ambiente en el auto se volvió deprimente.
"Señor, ¿y la señorita Reese...?".
"¡Ella no saldrá!", espetó Edwin mientras le dedicaba al chófer una mirada fría.
"Oh, entonces... ¿Deberíamos...?".
"¡Solo arranca el auto!", Edwin casi no alzaba la voz de esa manera, pero en ese momento lo hizo.
Sobresaltado, el chófer obedeció y se preparó para arrancar, pero por el rabillo del ojo, vio una figura esbelta salir del hotel.
"Señor, ahí está la señorita Reese".
Cuando Edwin miró por la ventana, se sorprendió al descubrir que, efectivamente, era Valerie.