El golpe de la puerta de madera al cerrarse le retumbó en los oídos. Renata se quedó parada en la acera mojada, mirando la casa donde había vivido toda su vida. Sus dos maletas estaban tiradas sobre el suelo.
-¡Te me vas de aquí, Renata! -le gritó su padre desde la ventana-. ¡No voy a dejar que los matones de ese infeliz vengan a quemarme la casa! ¡Arréglatelas como puedas!
La luz del portal se apagó.
Renata apretó los puños dentro del abrigo, tragándose las ganas de llorar. Un año entero. Doce meses al lado de Julián creyendo que era un buen hombre. Y en solo unas horas todo se había ido al demonio: a Julián se lo había llevado la policía por estafa, y los agentes le dejaron claro a ella que figuraba como aval en los pagarés de Don Héctor, el capo del barrio.
Julián la había usado para salvarse. Y sus padres, por puro miedo a la mafia, la acababan de tirar a la calle.
Sin un centavo en el bolsillo y con el teléfono lleno de mensajes de cobradores, caminó sin rumbo hasta que la música pesada y el olor a cigarrillo la hicieron detenerse en un callejón. Era la entrada a un club de peleas clandestinas.
Bajó los escalones de concreto para ocultarse de la noche. Adentro, el lugar estaba lleno de borrachos gritando alrededor de una jaula donde dos hombres se daban golpes a mano limpia. Renata ni los miró; caminó directo a la barra.
-Dame algo fuerte -dijo, lanzando sobre la madera sus últimos diez dólares.
El barman le sirvió un trago peleón que le quemó la garganta. Se lo tomó de un golpe. Necesitaba apagar la rabia, la humillación y el pánico que le carcomían el pecho.
A pocos metros, parado cerca del cuadrilátero con una toalla en el cuello, Gael la vio desde que cruzó la puerta.
Tenía los nudillos ensangrentados y el torso sudado tras ganar su pelea. Gael no solía fijarse en la gente del club, pero esa mujer no encajaba ahí. No venía a apostar ni a buscar fiesta. Tenía la mirada de alguien a quien le acababan de reventar la vida.
Gael caminó hacia la barra y pidió un agua. Se apoyó al lado de ella, observando cómo le temblaban las manos sobre el vaso vacío.
-Ese brebaje te va a tumbar antes de medianoche si sigues así -dijo él con voz baja y rasposa.
Renata lo miró de lado. El tipo era alto, de mandíbula dura, con un corte sangrando en la ceja y una presencia que imponía respeto. Nada que ver con la falsa elegancia de Julián.
-Esa es la idea -respondió ella seco-. Borrar todo por un rato.
-El alcohol no borra los problemas, solo los guarda para mañana.
-Tú no sabes cuáles son mis problemas -Renata soltó una risa amarga-. Mi vida se arruinó hoy. No tengo casa, no tengo dinero y no le debo explicaciones a nadie.
Gael la estudió en silencio. Notó la palidez de su cara y la rabia contenida que llevaba encima. En un antro como ese, una mujer desprotegida era presa fácil.
-Tengo un cuarto al fondo del pasillo -dijo Gael, acercándose lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo-. Sin preguntas. Sin promesas.
Renata lo miró a los ojos. Sabía que era una locura irse con un desconocido en un lugar así. Pero el despecho contra Julián y el odio por el rechazo de su familia eran más fuertes que la prudencia. Solo quería sentirse viva y olvidar.
-Vamos -dijo ella.
Gael le tomó la mano con la suya, áspera y caliente por la pelea, y la guió por el pasillo oscuro hacia la habitación del fondo.
La puerta del pequeño privado se cerró a sus espaldas, amortiguando de golpe el estruendo de la música y los gritos de las apuestas del club. La habitación era austera: apenas una cama estrecha pegada a la pared de ladrillos, una mesa pequeña con una lámpara de luz cálida y el olor a cuero, humedad y sudor reciente que emanaba de la piel de Gael.
Renata se quedó de pie en el centro del cuarto, abrazándose los brazos mientras el alcohol comenzaba a entorpecerle los sentidos. La realidad intentaba abrirse paso en su mente: estaba encerrada con un desconocido, un peleador de la calle, a miles de metros de la vida tranquila que creía tener esa misma mañana. Pero justo detrás de esa realidad, la imagen de la cara de su padre echándola a la calle y la traición de Julián la golpeaban como un mazo.
No quería pensar. Necesitaba que el dolor desapareciera.
Gael se quitó la toalla sucia del cuello y la tiró sobre la mesa. Se giró despacio, observándola en la penumbra. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro pálido de Renata, deteniéndose en el temblor sutil de sus labios y la postura rígida de su cuerpo.
-Si quieres arrepentirte, este es el momento -dijo él con la voz rasposa, dando un paso lento hacia ella-. La puerta no tiene seguro por dentro. Te puedes ir cuando quieras.
Renata alzó la mirada. Frente a ella no estaba la sonrisa falsa ni los modales calculados a los que Julián la tenía acostumbrada. Gael era un hombre crudo, directo, marcado por las cicatrices y la violencia de la calle, pero en su mirada no había engaño.
-No me voy a ir -respondió ella en un murmullo firme.
Dando un paso al frente, recortó la distancia que los separaba y le puso las manos en el pecho desnudo. La piel de Gael estaba ardiente por la pelea, firme y tensa bajo sus dedos. La firmeza de ese contacto actuó como un detonante; la rabia, la humillación y el despecho que Renata llevaba atorados en la garganta estallaron en una necesidad salvaje de sentirse viva.
Gael soltó un respiro hondo y le tomó el rostro con ambas manos. Sus nudillos, ásperos y lastimados por los golpes del ring, contornearon sus mejillas con una brusquedad contenida. No hubo discursos ni rodeos. La besó con una intensidad hambrienta que le hizo perder el aliento a Renata.
El beso olía a peligro y adrenalina. Renata se prendió de sus hombros con desesperación, enredando los dedos en su cabello corto mientras Gael la empujaba contra la pared de ladrillos con la fuerza de su cuerpo. El contacto físico era directo, urgente, como si ambos estuvieran buscando en el otro un refugio contra sus propios demonios.
Gael la levantó por los muslos sin romper el beso y la llevó a la cama. El colchón crujió bajo el peso de ambos. La ropa cayó al suelo en movimientos rápidos, torpes por la prisa, guiados solo por la atracción brutal que los consumía. En la penumbra de la habitación, las manos de Gael recorrieron la piel fría de Renata, encendiendo cada rincón de su cuerpo con una posesividad que la dejaba sin aliento.
Para Renata, no había espacio para el recuerdo de Julián ni para la humillación de la traición. El dolor del rechazo familiar se disipaba a medida que las manos de Gael la sujetaban contra la sábana gastada. En cada caricia, en la presión de su cuerpo sobre el suyo y en la respiración pesada de él sobre su cuello, solo existía el presente. Un fuego impulsivo y ciego que le anestesiaba el alma.
Gael la tomó con una pasión contenida que pronto se volvió desbordante. No era una noche de ternura ni de promesas falsas; era un pacto implícito entre dos extraños que se usaban mutuamente para escapar del mundo exterior. Gael, acostumbrado a la frialdad y al aislamiento de su vida entre peleas y deudas, se entregaba a la tibieza del cuerpo de Renata con un hambre reprimida durante años.
Los gemidos de ella se ahogaban contra su hombro, mientras los dedos de Renata se clavaban en la espalda marcada de Gael. La intensidad del encuentro escaló hasta un punto de no retorno donde los dos se dejaron llevar por el ritmo frenético de la entrega. La fatiga del cuerpo de él y la borrachera emocional de ella se fusionaron en una sola marea que terminó por arrastrarlos al límite.
Cuando la tormenta se apagó, el silencio regresó a la habitación, interrumpido solo por el sonido de sus respiraciones agitadas.
Gael permaneció acostado a su lado, con un brazo pesado rodeando la cintura de Renata mientras la pegaba a su pecho. El calor de su cuerpo la envolvió por completo. Renata apoyó la cabeza en su hombro desnudo, mirando al techo a través de la sombra. Por primera vez en horas, la cabeza le había dejado de dar vueltas y la rabia que le oprimía el pecho había dado paso a un cansancio profundo y sedante.
No sabía qué pasaría al amanecer. No sabía cómo saldría de ese sótano ni a dónde iría cuando la luz del día iluminara la ciudad. Pero allí, en la penumbra del privado de un peleador desconocido, acurrucada contra el torso cálido de un hombre que no le pedía nada, Renata encontró la primera tregua de su vida.
La penumbra del privado comenzaba a aclararse con un tono grisáceo cuando el ruido de la puerta de hierro del pasillo al azotarse contra la pared despertó a Gael. Se incorporó de golpe en el colchón, con el instinto alerta de quien ha vivido siempre con un pie en el peligro. A su lado, Renata apenas abrió los ojos, confundida por el cansancio y la resaca que empezaba a martillarle la frente.
Afuera, en el pasillo, los gritos del encargado del club fueron ahogados por el impacto seco de una bofetada y el sonido de pisadas pesadas marchando sobre el concreto.
-¡Busquen en los cuartos del fondo! -retumbó una voz ronca, madura y acostumbrada a mandar sin réplica-. Sé que esa chiquilla se vino a meter a este agujero anoche.
Gael reconoció esa voz al instante. Era Don Héctor.
Se puso los pantalones de un tirón, ajustándose el cinturón mientras Renata se sentaba en la cama a toda prisa, cubriéndose el pecho con la sábana gastada. El pánico le congeló el aliento al ver la rigidez en la espalda de Gael y la forma en que su mano buscaba a tientas la navaja sobre la mesa.
Antes de que Gael pudiera acercarse a la entrada, la puerta del privado fue reventada de una patada violenta. Las bisagras de madera cedieron con un crujido estruendoso y el marco voló hacia el interior del cuarto.
Tres hombres armados con chaquetas de cuero llenaron el umbral. En medio de ellos, apoyado en un bastón con empuñadura de plata y luciendo un abrigo costoso manchado por la llovizna, estaba Don Héctor. A su derecha, Ramírez sostenía una fotografía arrugada en la mano.
-Vaya, vaya... Miren a quién tenemos aquí -raspó Ramírez, dejando ver una sonrisa incompleta llena de dientes amarillos-. El peleador estrella entretenido mientras nosotros pateamos la calle buscándola.
Don Héctor dio un paso al frente, haciendo resonar el bastón contra el piso de cemento. Miró a Gael con una frialdad absoluta antes de desviar los ojos hacia la cama, donde Renata permanecía petrificada contra la pared.
-Apártate, Gael -ordenó Don Héctor con tono pausado, casi aburrido-. Esta no es tu pelea. Venimos por la mujer de Julián. Ese imbécil le robó tres mil dólares a la familia antes de que la policía lo agarrara, y dejó la dirección y el nombre de ella en los pagarés de garantía.
Gael no se movió un solo centavo. Se interpuso entre la cama y la entrada, cubriendo a Renata con la amplitud de sus hombros. Sin embargo, cuando la palabra Julián resonó en el aire, sintió un latigazo en la nuca.
-¿Julián? -murmuró Gael, con la voz volviéndose de piedra-. ¿Dijiste Julián?
-Sí, Julián. Tu dichoso hermano menor -intervino Ramírez con burla, señalando a Renata con la barbilla-. La chica que tienes en tu cama es la noviecita que dejó abandonada en la calle para salvarse el pellejo. Nos la llevamos al taller para apretarlo a él desde la cárcel.
El mundo pareció detenerse para Gael por un segundo interminable. Giró el rostro despacio, clavando los ojos oscuros en Renata.
En la penumbra del cuarto, Renata lo miraba con los ojos abiertos de par en par, temblando bajo la sábana. La mirada de sorpresa y la parálisis en su rostro confirmaban cada palabra. La mujer con la que acababa de compartir la noche, la extraña que había buscado anestesiar su dolor en sus brazos, era la novia que su hermano llevaba doce meses presumiendo. La mujer a la que Julián había arrastrado al infierno para librarse de la mafia.
Un ardor amargo le subió a Gael por la garganta, convertido en una rabia ciega, no contra ella, sino contra la cobardía repugnante de su propia sangre.
-Ella no sabe nada de los negocios de ese infeliz -sentenció Gael con la voz helada, interponiéndose del todo para frenar a los matones-. Julián la usó. La puso de aval sin su permiso y la dejó tirada en la calle. Ella no tiene su dinero.
-A Don Héctor le importa un carajo tu drama familiar, Gael -gritó Ramírez, dando dos pasos al frente con la intención de agarrar a Renata del brazo-. Camina por las buenas o te sacamos a rastras, niñita.
-¡A mí ese miserable me engañó un año entero! -estalló Renata desde la cama, con la voz quebrada por la rabia y el sudor frío corriéndole por la espalda-. ¡No tengo nada que ver con sus robos!
-Cierra la boca -le masculló Ramírez, estirando la mano para jalarla.
Pero antes de que los dedos del matón rozaran la piel de Renata, Gael reaccionó con la velocidad salvaje de un animal acorralado.
Le enganchó la muñeca a Ramírez con la mano izquierda, se la torció con un chasquido seco que hizo crujir la articulación y le descargó un zurdazo directo al puente de la nariz. La cara de Ramírez se llenó de sangre al instante y el sujeto cayó de espaldas contra el marco roto de la puerta.
El segundo matón intentó sacar una escuadra del cinturón, pero Gael acortó la distancia en un pestañeo. Le metió un rodillazo brutal en el estómago que le sacó todo el aire de los pulmones y, aprovechando el impulso, le estampó la cabeza contra la pared de ladrillos vistos. El hombre se desplomó inconsciente sobre el suelo del pasillo.
Gael no se detuvo. Se giró hacia el tercer sujeto, que ya apuntaba con su arma, le pateó la muñeca para desviar el disparo -que se impactó contra el techo soltando un chispazo de yeso- y lo tomó del cuello de la chaqueta, estrellándolo de frente contra el borde de la mesa de madera hasta dejarlo tendido.
En menos de diez segundos, la habitación quedó en un silencio sepulcral, interrumpido solo por los jadeos pesados de Gael y los quejidos de dolor de Ramírez en el piso.
Don Héctor no se inmutó. Continuó apoyado en su bastón, observando el desastre con los ojos entrecerrados. La sombra de una amenaza peligrosa cruzó por su rostro.
-Te estás metiendo en un terreno muy oscuro, Gael -dijo Don Héctor en un murmullo helado-. Golpear a mi gente por la mujer del estúpido de tu hermano te va a costar la vida.
Gael dio un paso al frente, pisando el brazo de Ramírez en el suelo sin dejar de mirar al capo a los ojos. La sangre de su ceja volvió a abrirse, goteándole por la mandíbula rígida.
-A esa mujer no la toca nadie, Héctor -sentenció Gael, con una voz rasposa que no admitía réplica-. Julián dejó de ser mi hermano el día que metió a la familia en tus negocios. La deuda de tres mil dólares la asumo yo. A partir de hoy, yo trabajo para ti para pagarla. Pero si uno solo de tus perros vuelve a ponerle una mano encima, no voy a parar hasta limpiar tu taller completo.
Don Héctor sostuvo la mirada de Gael durante varios segundos, midiendo la locura y la firmeza del peleador. Finalmente, soltó un suspiro pesado y bajó la punta del bastón.
-Tienes hasta mañana para presentarte en el taller a firmar el compromiso, Gael -dijo el capo, dándose la vuelta sin mirar a sus hombres caídos-. Si fallas, los cazo a los dos.
Don Héctor caminó por el pasillo. Ramírez se levantó como pudo, limpiándose la cara ensangrentada y lanzando una mirada de puro odio hacia Gael antes de retirarse a toda prisa con su compañero a rastras.
Gael se quedó de pie en medio del estropicio, respirando con dificultad. Despacio, sin emitir un solo sonido, se giró hacia la cama.
Renata continuaba sentada contra la pared, con las manos temblorosas apretando la sábana contra su pecho. Sus ojos desorbitados iban de los nudillos ensangrentados de Gael a su rostro rígido.
-Tú... -logró articular ella con un hilo de voz-. Tú eres el hermano de Julián.
Gael la miró a los ojos con una frialdad aterradora.
-Vístete -dijo él secamente, dándole la espalda para tomar su camiseta del suelo-. Nos vamos a mi departamento antes de que cambie de opinión.