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Mi dulce bestia

Mi dulce bestia

Autor: : Joana Guzman
Género: Romance
"Y así la bella se enamoró de su dulce Bestia." Mia Sorrentino se metió en la boca del lobo cuando se infiltró en el departamento de su vecino. No se suponía que alguien viviera allí. Escapar no parece tan difícil, el verdadero problema surge cuando se encuentra deseosa de ver al sexy, pero gruñón, hombre otra vez. Giovanni Vitale no había tenido tiempo para notar la existencia de su nueva vecina hasta que ella decidió meterse en su espacio. Ahora no sabe que hacer con la intrusa, la opción más fácil es sacarla cuanto antes y asegurarse de que no se vuelva a cruzar en su camino, pero por alguna extraña razón ella sigue apareciendo en su vida.

Capítulo 1 Prólogo

Mia era de esas personas a las que les encantaba dejarse llevar por sus impulsos. Había terminado en más de un problema a causa de eso, pero la mayoría de veces las consecuencias fueron inofensivas: Un corte de cabello nada favorecedor, un brazo fracturado o un ridículo video en las redes que casi la lleva a la fama. Nada fuera de lo común.

Sus padres siempre le decían que tuviera más cuidado o un día de esos acabaría en un problema realmente grave. Mia soltó un suspiro, al parecer ese día había llegado. ¿Por qué tenían que tener razón en todo?

Se suponía que la misión de rescate debía ser más que simple. Solo tenía que seguir tres simples pasos: Entrar, encontrar y escapar. Llamó a su plan "La triple E", por razones obvias; no es que fuera muy dada a los planes.

Su plan había estado marchando a la perfección. Si, entró; sí, encontró y... no, no escapó. En su favor debía decir que había estado a punto de hacerlo cuando aquel hombre, que ahora la aniquilaba con la mirada, entró. Nadie vivía en ese departamento, estaba segura de eso; no es que alguien se lo hubiera dicho, pero a esa era la conclusión a la que había llegado después de una ardua investigación.

Miró al hombre, evaluando sus opciones de escape. Podía intentar derribarlo y salir corriendo, pero dudaba mucho que pudiera moverlo tan si quiera un centímetro; él era una masa sólida de músculo. Saltar por la ventana, por otro lado, no era una opción; no, si quería sobrevivir y no lo haría estando en el tercer piso. Era buena en muchas cosas, pero caer de pie desde esa altura, no estaba incluida en ellas.

Se distrajo admirando al hombre y se detuvo más de lo debido en algunas partes de su cuerpo. Sus ojos, más oscuros que la noche, captaron toda su atención. Eran tan escalofriantes que la temperatura del ambiente bajo un par de grados solo al verlos. Si las miradas mataran, en ese momento sus padres estarían llorando su pérdida mientras sepultaban su cadáver.

Sacudió la cabeza tratando de enfocarse en el presente, no era un buen momento para divagar en sus pensamientos.

La única solución posible para salir de allí, parecía ser hablar con el gruñón y explicarle el motivo de porque estaba allí, lo cual le llevaría a explicarle como entró y que, en algún momento, sin querer, había roto una de sus posesiones. Quizás podía omitir esa última parte, después de todo los pedazos estaban ocultos en una de las repisas de la cocina, que esperaba él no abriera hasta que ella estuviera en fuera de su alcance. Debería haber buscado un lugar mejor para ocultar aquel frágil jarrón.

-¿Quién eres tú? -preguntó el hombre irritado. No entendía a que se debía su mal humor. Sí, la había atrapado en su departamento, pero tenía una buena explicación.

-Hola. -Sonrió esperando que eso le ayudara en su causa. No lo hizo. El extraño frunció el ceño y la miró como si fuera una completa tonta.

Capítulo 2 Atrapada

Mia llegó a su departamento después de un agotador día de trabajo. Arrojó su bolso al sofá y casi se abalanzó ella misma sobre él. Tan solo ver las cajas aun embaladas y apiladas en un rincón estuvo a punto de eliminar la energía que le restaba.

Se había mudado apenas cerca de una semana atrás y no había tenido tiempo para encargarse de desempacar todo lo que había traído con ella. Solo a ella se le ocurría mudarse cuando había tantas cosas que hacer en el trabajo.

No era tan tarde, tal vez podía avanzar algo ese día mientras preparaba la comida. Fue hasta su habitación y se cambió de ropa. Con su estado de ánimo mejorando a cada instante se dirigió a la cocina y se alistó para empezar a cocinar. Se detuvo, extrañada, al momento de sacar una olla. El familiar maullido de su pequeña gata no se escuchaba por ningún lado. Lulú solía desparecer durante el día en algún rincón de la casa para tomar alguna de sus prolongadas siestas, pero venía a saludarla cuando llegaba a casa o a más tardar cuando la escuchaba en la cocina.

-Lulú -llamó dejando la olla a un lado-. Pst, pst, pst -intentó otra vez.

Se llenó de preocupación. Lulú era una reina del drama y ya debía de haber respondido. Recorrió su departamento abriendo y cerrando puertas llamando una y otra vez a su gata, pero el silencio fue su única respuesta. Muchas posibilidades pasaron por su cabeza, ninguna era grata.

Guardó sus llaves y su celular en el bolsillo, luego se aventuró al pasillo con la esperanza de encontrar allí a Lulú. Quizás ella se había salido sin que se diera cuenta cuando abrió la puerta al salir esa mañana. Con suerte estaba oculta en algún lado.

Buscó detrás de los maceteros sin ningún resultado. La llamó un par de veces y después de un tiempo, por fin escuchó un maullido apenas audible. No pudo detectar de donde venía el ruido. La llamó una vez más y guardó silencio. Afinó el oído y oyó el maullido otra vez. El ruido venía del departamento frente al suyo. ¿Cómo había entrado Lulú allí?

Tendría que buscar al conserje para que le facilitara las llaves porque nadie vivía en ese departamento. En todo el tiempo que llevaba allí, nunca había visto a nadie entrar o salir de ese lugar. Había llamado un par de veces para presentarse, pero nadie la había recibido.

-Volveré en un rato, pequeña.

Bajó al primer piso en busca del conserje. Él no estaba en su lugar habitual y no se le ocurría a donde podía haber ido. Esperó por un par de minutos antes de comenzar a impacientarse. Pronto se cansó y regresó a su piso. Se encargaría por su cuenta.

Entró a su departamento y rebuscó en un par de cajas antes de dar con su kit especial, tenía muchas cosas útiles e interesantes dentro. Mia era alguien demasiado curiosa, nunca estaba tranquila y siempre estaba aprendiendo cosas innecesarias, abrir cerrojos era una esas habilidades y ahora no parecía tan inútil.

Esperaba funcionara tan bien como las últimas cuatro veces que lo hizo. El edificio en el que vivía estaba en una zona segura y todo estaba en orden y limpio. Pero como la mayoría de edificios que tenía una historia, conservaba muchas cosas de su estilo original; es decir que las puertas aún tenían de esos seguros pasados de moda y no sistemas electrónicos, como otros edificios.

De vuelta en el pasillo, regresó al primer piso solo para ver si podía encontrar al conserje, pero él todavía estaba desaparecido. Resignada y, por que no admitirlo, un poco emocionada también, volvió hasta su piso. Solo había dos departamentos allí, uno el suyo y el otro, el vacío, eso quería decir que nadie aparecería y la atraparía mientras cometía un crimen.

-No es un crimen, nadie vive nadie allí. Solo entraré y saldré -se dijo. Su gatita maulló al escuchar su voz-. Shhh, Lulú.

Cogió el pequeño estuche y sacó sus cosas. Tomó un profundo respiro y se puso manos a la obra. Le tomó un tiempo abrir la cerradura, era más difícil que abrir las puertas de las habitaciones de su casa, pero el esfuerzo valió la pena cuando un "click" sonó. Se puso a dar saltitos celebrando su pequeño triunfo. Se detuvo tan pronto recordó que debía ser silenciosa.

Buscó su celular en el bolsillo de su sudadera. Lo sacó y prendió la linterna para no tropezarse con nada. Estaba dentro. Solo tenía que encontrar a Lulú y sacarla de allí para considerarlo un completo éxito. Cerró la puerta, pero sin asegurarla y continuó caminando al interior.

Se sentía como un espía en una misión secreta. En su mente empezó a tararear la canción de "Misión imposible" mientras empezaba con su búsqueda.

-¿Lulú? ¿Gatita? -llamó antes de hacer el sonido que siempre captaba la atención de su adorable mascota. Escuchó su maullido, pero siguió sin verla. Era como jugar a las escondidas y le habría parecido divertido si el tiempo no estuviera contra ella. Si el conserje se enteraba que estaba allí quién sabe cómo reaccionaría.

Recorrió con la mirada el interior del departamento buscando a la pequeña peluda. Unos sillones estaban en la sala y una mesa de café de madera en medio de ellos. Una televisión plasma estaba colocada en una de las paredes y algunos otros muebles estaban ocupaban espacios. No había ni una sola cosa fuera de su lugar. Era como esos departamentos que aparecían en las revistas.

-No me habría importado que me alquilaran este lugar, aunque no estoy segura que mi sueldo hubiera alcanzado si quiera para el deposito -murmuró.

Caminó hasta la mesa de café y se inclinó para ver debajo de ella. Lulú no estaba allí. Otro maullido le llegó desde el lado opuesto al que se encontraba y caminó hacia allí. Una mesa alta, con un jarrón de horrible diseño encima, estaba ubicado pegado a la pared a un lado del pasadizo que llevaba a los dormitorios. Se inclinó, por segunda vez, y sonrió al ver a su gata allí. La tomó con un brazo y se incorporó. No calculó su posición y se golpeó contra la esquina de la mesa. Soltó a Lulú de inmediato.

-¡Auch! -dijo llevándose la mano a la cabeza al mismo tiempo que otro sonido resonaba en la habitación.

El jarrón, que antes había estado sobre la mesa, ahora yacía en el suelo... en varios pedazos. Hubo un silencio en la habitación y su corazón comenzó a latir acelerado. Ya no estaba tan emocionada. Sin perder el tiempo, se puso sobre sus rodillas, colocó el celular a un lado y recogió los pedazos dentro del pedazo más grande del jarrón.

Lulú se paseó por su costado acariciándola con su cola.

-Asegurémonos de que nadie encuentre esto -musitó tratando de conservar la calma-. Además, le hicimos un gran favor al futuro dueño de este lugar al destruir ese intento de pieza de arte.

Su gata maulló y lo tomó como un asentimiento. Terminó de recoger todos los trozos y levantó su celular. Paseó por la habitación sin saber dónde dejar los restos; el tacho de basura, si es que había uno, no parecía la mejor opción. Llegó hasta la cocina y siguió dando vueltas. Abrió las gavetas de abajo, pero estaban llenas. Para un lugar sin dueño la cocina estaba muy bien equipada. Se puso de puntillas y alcanzo a abrir uno de los estantes.

-Perfecto -dijo al verlo vacío a excepción de un frasco. Metió los restos detrás de él, la luz no era suficiente para leer de que era y tampoco habría sido una idea inteligente.

>>Una idea inteligente habría sido esperar a que el conserje volviera -dijo imitando la voz de su mamá. Seguro eso habría sido lo que ella hubiera dicho.

Bueno, ya era muy tarde para eso. Además, a excepción del jarrón roto, todo estaba bien. Nadie nunca se enteraría de su presencia allí.

Levantó a su gata, para su suerte ella no se había alejado otra vez, y la acomodó en uno de sus brazos. Ella se acomodó contra su pecho sin ninguna preocupación. Se dispuso a salir de allí cuanto antes y se encaminó fuera de la cocina.

Estaba llegando a la puerta cuando la luz de la habitación se encendió y un hombre apareció frente a ella. Su primer pensamiento fue que se trataba de un ladrón, pero luego vio algo en una de sus manos: unas llaves. Un ladrón no usaría una llave para entrar.

Tal vez su deducción sobre que el departamento estaba vacío, había sido un error. Era una decepción como espía.

Capítulo 3 Una curiosa intrusa

-¿Quién eres tú? -volvió a preguntar Giovanni irritado cuando no recibió la respuesta que esperaba. Aún estaba considerando si la mujer representaba una amenaza, no es que lo pareciera, pero si algo había aprendido por experiencia es que las apariencias engañaban.

La mujer era de contextura delgada, o eso parecía detrás de la sudadera y los pantalones holgados que llevaba puesto. Su cabello estaba atado en una cola de caballo de la que algunos mechones escapaban. No llevaba nada de maquillaje sobre el rostro y sus ojos brillaban con culpabilidad.

La evaluó en busca de algún arma. Su mirada se detuvo más tiempo del debido en sus pies. Ella estaba usando unas pantuflas rosas con forma de conejo. Si estaba allí para robarle, había elegido el peor atuendo. Solo por eso no estiró su mano en busca de su arma.

Un maullido interrumpió sus pensamientos. Cierto, ¿cómo se había podido olvidar de la bola de pelusa en sus brazos? Era poco probable que ese animal fuera un arma mortal. Menos por la forma como se acurrucaba contra su dueña mientras parecía indiferente a todo. Giovanni era una persona de perros, al menos ellos podían protegerte ante situaciones de peligro, no como ese insulso animal que parecía más un accesorio.

-Oh, lo siento -habló la mujer por fin-. Soy Mia y esta es Lulú. -Su voz era dulce, muy acorde a su inocente apariencia-. Ella es un poco traviesa y de alguna manera se las arregló para entrar a tu departamento. Cuando la escuché maullar desde aquí, yo...

-¿Cómo entraste? -preguntó cruzándose de brazos y enderezando la espalda aún más.

Se sintió satisfecho cuando Mia tragó de saliva. No le había pasado desapercibido como sus ojos lo habían observado antes; cual fuera la conclusión a la que llegó, un brillo de miedo se había posado por un instante sobre su mirada. Ella hacía muy bien en temer, así se mantendría lejos la próxima vez.

-¿La puerta estaba abierta?

Admiró su capacidad para continuar sonriendo, aun cuando parecía querer salir huyendo. No es que pudiera hacerlo, tendría que derribarlo para llegar a la puerta y esa pequeña mujer tenía muy pocas, casi nulas, probabilidades de hacerlo.

-Llamaré a la policía -amenazó sin inmutarse ante la expresión de pánico de ella.

Ella no sabía que no había manera de que dejara que alguien más metiera sus narices en sus asuntos, menos cuando él podía hacerse cargo.

-Está bien... -Ella dejó el espacio para que le dijera su nombre, pero cuando vio que no iba a hablar continuó-. Yo quizás forcé la cerradura -la miró incrédulo-. Bueno, bueno. Yo la forcé. -Eso fue demasiado fácil, pensó. Muchas personas aguantaban un poco más antes de confesar la verdad. Le sorprendió que ella hubiera logrado entrar a su departamento, no tenía la apariencia de alguien que supiera forzar cerraduras. Debía revisarlo para asegurarse de que estaba funcionando bien-. No sabía que nadie viviera aquí. Me mudé en frente hace poco y nunca vi a nadie entrar en este departamento. Obviamente estaba equivocada y lo siento por eso. -Mía no dejaba de parlotear a una velocidad increíble.

Alzó una mano al aire para silenciarla y ella lo miró extrañada.

>>¿Estás callándome? Porque si es así, déjame decirte que el gesto que acabas de hacer es muy grosero. No te costaba nada pedirlo.

-Para alguien en tu posición, tienes demasiadas agallas -dijo dando un par de pasos hacia adelante. Como esperaba que lo hiciera, Mia retrocedió.

-Lo siento por entrar, no volverá a suceder.

-Por supuesto que no lo hará -dijo con la amenaza implícita en su voz.

-¿Eso quiere decir que me puedo ir o que me vas a matar y tirarme al acantilado más cercano?

Si alguien iba terminar muerto, sería él, gracias al incesante parloteo de Mia. Había tres cosas que apreciaba en esta vida: El silencio, el orden y la tranquilidad. Ella parecía la antítesis de todo eso. La necesitaba fuera de su departamento cuanto antes para volver a su rutina. Por esta vez iba a creer su versión y dejarla ir, no sin antes asegurarse de que entendía que no podía volver.

Se arremangó la chaqueta hasta los codos. Ella miró con atención los tatuajes que adornaban sus brazos, luego su atención se desvió más abajo. Sabía lo que estaba viendo. Sus nudillos estaban algo dañados por su reciente entrenamiento. Jamás sería capaz de pegar a una mujer, había visto bastante de esa basura cuando era niño; pero ella podía pensar lo que se le apeteciera.

-Si vuelves a entrar a mi departamento me inclinaré por la segunda opción -musitó antes de empezar a caminar. Ella se tensó como si esperara que la fuera a atacar. Pasó por su costado, pero se detuvo cerca del pasadizo que daba a las habitaciones-. Cierra la puerta al salir.

Escuchó sus pasos alejarse, demasiados lentos para su gusto. No se movió hasta que el seguro de la puerta sonó. Sacudió la cabeza y una sonrisa se formó en su boca, eso había sido extraño.

Había escuchado que alguien se había mudado, pero no había conocido a su nueva vecina hasta ese momento, no le habría importado no hacerlo por un largo tiempo... o quizás nunca. Ella parecía una mujer demasiado tonta para sentir el peligro y demasiado impulsiva. Nadie en su sano juicio se infiltraba en un departamento que no era el suyo, incluso si estaba vacío. Él lo había hecho, pero solo en las ocasiones que su trabajo lo requería.

Estiró los brazos, sus músculos estaban tensos después de la sesión de entrenamiento intenso al que se había sometido. Había pasados los últimos días bajo mucho estrés y no había encontrado mejor manera para que golpear un saco de box para relajarse. Le había ayudado a despejar la mente, pero su cuerpo estaba pagando las consecuencias.

Entró al baño y encendió la ducha. Se desvistió mientras el agua calentaba y luego se metió debajo del agua. Se sintió como un calmante que alivio un poco su dolor. Pero con demasiado tiempo para pensar recordó lo que lo había llevado a ese estado para comenzar. Su progenitor había muerto días atrás y no había habido nadie más para encargarse de arreglar su entierro y saldar su deuda con el hospital. Podía haberse hecho el desentendido, pero quería creer que era mucho mejor que eso. Los dos nunca habían sido cercanos, pero su muerte había traído viejos recuerdos que estaban atosigándolo.

Apagó la ducha antes de que siguiera por el carril de los recuerdos y sintiera la necesidad de descargarse otra vez. Salió del baño y sacó del armario un pantalón de franela. Después caminó rumbo cocina para preparase algo de comer. Estaba pasando por la sala cuando algo llamó su atención.

Retrocedió un par de pasos hasta quedar a lado de su mesa alta. El jarrón inglés –lo de inglés no tenía que ver con su lugar de procedencia– no estaba allí. Miró hacia la pared que daba al pasillo, como si pudiera ver a través de ella y de la de su vecina. Ella era la única que podía haberla tomado, pero no había manera de que pudiera haberla sacado sin que lo notara, a menos que su ropa hubiera sido más grande de lo que parecía.

Se sintió tentado de ir a recuperarlo, pero no estaba de humor para un enfrentamiento verbal con esa mujer. Una vez había bastado para un periodo muy largo. De todas formas, ese jarrón ni siquiera le gustaba. Solo lo había tenido por muestra de cortesía con la persona que se lo regaló. Mia le había hecho un favor al llevárselo. Podía decir que alguien lo había robado y no estaría mintiendo... aunque que pésimo gusto el de su vecina.

Mientras preparaba su cena, no pudo evitar pensar en Mia y su engañosa sonrisa. Había conocido muchas personas a lo largo de su vida, pero la mujer de en frente era diferente a la mayoría de ellas. Una sola mirada había bastado para identificar que ella vivía en su propio mundo, con sus propias reglas, indiferente a lo peligrosa que era la vida allí afuera. Él, por otro lado, había visto las partes más crueles del ser humano. Había conocido la traición y el dolor.

Sacudió su cabeza y se concentró en lo que estaba haciendo. Cuando terminó fue hasta la sala y encendió la televisión. Escogió un canal al azar, estaba dando un documental sobre leones.

Cogió su plató y cenó en tranquilidad. Dejó el incidente en el olvido y su tranquilidad volvió.

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