Elena:
-¡Salud! -vocifero con una multitud desconocida que me sigue tras la barra. Levanto mi Gintonic y seguidamente lo llevo a mis encendidos labios color carmín.
El sudor mezclado con gotas de alcohol ruedan por mi cuello hasta manchar el escote de mi vestido. El dije de mi colgante se ha pegado a la piel que me recubre los pechos y sonrío como la estúpida borracha que soy ahora.
Un fuerte olor a piña colada inunda mis pulmones junto con la frescura de un aroma que no distingo. Cierro los ojos, sin la mínima certeza de qué hago o cómo me muevo. Solo escucho a Britt cantar de forma horrible mientras Abril grita a los cuatro vientos que ama a su ex. Elevo los brazos y la mirada al techo reluciente de la disco mientras mi cintura se contonea, haciéndome impactar contra pantalones irrespetuosos y portañuelas abultadas. Ahora nada de eso me importa.
«Voy a casarme». Me repito varias veces, muerdo mis labios en frustración y dejo que mis caderas sean poseídas por manos extrañas. Me dejo llevar.
«Me ha vendido a un viejo que no conozco...». Vuelvo a torturarme sin poder evitarlo. Lo aborrezco, odio a quien alguna vez tuvo el privilegio de llamarse padre.
-¡Voy al baño! -le grito a Britt al oído. Ella asiente sin dejar de saltar al ritmo de la música estruendosa que ha logrado debilitar mis oídos.
Con un fuerte dolor de cabeza y el corazón cada vez más destrozado, camino intentando mantener la postura con la que he llegado, lo cual me resulta prácticamente imposible. El ardor en los dedos de mis pies me obligan a apoyarme de una pared. Recorro mis alrededores con la vista y entre tantas personas bebiendo y teniendo sexo con ropa, dudo que alguien se detenga a ver a una ebria quitarse los zapatos. Me despojo de mis peligrosos tacones y con la espalda arqueada esquivo a quienes se tropiezan en mi camino.
Las lágrimas se asoman, pensé que bebiendo superaría un poco la desgracia que se avecina y lo único que he conseguido es multiplicar mi dolor.
La fila para entrar al baño es corta, me posiciono tras una morena que me supera dos veces en altura y no puedo evitar echarme a llorar, porque eso solo me recuerda lo pequeña e insignificante que soy ante las órdenes de mi padre.
Me llevo las manos a la cabeza. Mis sentidos quieren explotar y tomo una bocanada de aire cargada de ira e impotencia.
-¡¿Estás bien?! -me pregunta la morena y alzo la vista a su rostro. Lleva un maquillaje extremadamente exagerado pero su semblante preocupado me hace ignorar el largo exótico de sus pestañas y los razgos varoniles de su mentón.
-Eh... ¡Ebria estoy, como nueva! -le contesto y vuelvo a estallar en un llanto más que dramático. Me siento como la mierda.
Cubro mi rostro con mis manos y me ahogo sola. Una mano se posa en mi brazo y al dejar de cubrir mi cara me encuentro con la compasión de la joven -o el joven-, que me brinda apoyo emocional. No hago más que mentir con que el alcohol me pone sensible. Espero a que haga sus necesidades y una vez sola entre las enmarañadas paredes de los baños femeninos suelto un grito que me desgarra la garganta.
"Eres la solución a nuestros problemas, Ele..."
No puedo cargar con sus errores... No otra vez.
Dejo los tacones sobre el lavabo y abro el grifo para lavarme la cara. Levanto la vista y hago una mueca horrorizada al ver mi aspecto. Tengo todo el rimel regado alrededor de mis ojos, el delineado por suerte está intacto, al igual que el labial. Agarro un pedazo de papel sanitario y limpio el desastre negro que me hace parecer ridícula y fea. Sin embargo, de poco sirve, porque no puedo estar dos minutos sin llorar.
«¡Basta Elena, fuerza!». Me exijo a mí misma, con la confianza que han depositado mis hermanas en mi espíritu.
En estos momentos me siento destruida, vendida... Sin gota de dignidad ante la idea de doblegarme ante mi padre y un anciano que no tengo las mínimas ganas de conocer. Un escalofrío me recorre completa al imaginarme en la cama de un señor que bien podría ser mi abuelo. Siento asco, terror.
Agarro lo que me hace lucir cinco centímetros más alta de lo que soy y un poco más tranquila abro la puerta dispuesta a beber todo lo necesario hasta perder incluso la noción de quién soy. Descalza y mareada me encamino hacia el pasillo aglomerado que conduce la pista de baile, juro que el primero que me toque tendrá la suerte de irse conmigo a mi departamento.
-¡Mierda! -exclamo. Mis manos han amortiguado mi caída, pero nada disimula la posición extraña en la que he quedado, con mis cuatro extremidades apoyadas en el piso. Sin gota de control y equilibrio espero a que quien sea que me haya lanzado al suelo tenga la amabilidad de ayudarme.
Pero para mi mala suerte, esa ayuda no llega.
Me dejo caer a un lado y maldigo mil veces porque nadie es capaz de socorrerme. Recargo mi cabeza contra la pared tras mi espalda y junto mis piernas para impedir que se me suba el vestido. Me siento como el demonio y el puchero se forma solo en mis labios, no soy lo suficientemente fuerte como para ignorar la carga que llevo en mis hombros.
-Hija de puta -pronuncia una voz masculina a mi lado y vagamente giro el rostro. Un hombre se encuentra a mi lado, tumbado en la misma posición que yo y prácticamente igual de destruido.
Lleva una camisa blanca remangada hasta sus codos y unos pantalones negros empolvados a la altura de sus tobillos. Luce bien, aunque demacrado. Una barba incipiente viaja desde su mentón hasta su barbilla, otorgándole un aspecto maduro. Su cabello está revuelto, es oscuro y brillante, lastima que no pueda ver más, desde mi posición solo alcanzo presenciar el lateral de su rostro.
-Esa niña no es mía -musita apretando los dientes y por la cercanía de nuestros cuerpos logro decifrar un par de frases más.
-¡Estás tirado en el medio de un pasillo, obstruyes el paso! -le alzo la voz para que pueda escucharme y sigue mis réplicas hasta hacer contacto conmigo. Sorbo por la nariz ante la consecuencia de mis lágrimas y observo un par de ojos encendidos de llanto escanearme completa.
-¡No es qué tú estés en una buena posición como para hacer la diferencia! -me contesta ensimismado, casi débil.
Alzo mis cejas en acuerdo a sus palabras y le enseño mi pulgar. Desvío la mirada a mis manos y las noto temblorosas.
«Otra crisis de ansiedad, perfecto Ele». Me digo y presiono mis uñas contra la carne de la palma de mis manos en un intento por calmar mi inquietud.
No consigo frenar los mareos que me descontrolan la mente y opto por presionar mis ojos en espera de que se me pase por arte de magia.
-¡Levántate! -Nuevamente la voz del hombre triste me sorprende y levanto la mirada para encontrarlo parado frente a mí con sus manos estiradas.
Desde mi posición lo veo demasiado alto y corpulento como para no babear. No me niego a su invitación, de inmediato le extiendo una de mis manos y sin eficacia pretendo pararme como una mujer normal. Lo cual es absurdo, porque estoy tan mareada que a penas puedo levantarme sola.
Agarro mis tacones y permito que el extraño me levante como pluma, la facilidad con la que lo hace y la torpeza con la que impacto contra su pecho debido a mi no tan alta estatura, son el detonante perfecto para una crisis de nerviosismo que no ví venir.
Sus manos han viajado a mi cintura y mi rostro está pegado a su pecho. El aroma exquisito que desprende su camisa me embriaga de divinidad y cierro los ojos para disfrutar de un pequeño viaje a las alturas. Toda la tristeza de hace un momento ha sido sustituida por cosquillas entre mis piernas y culpo al alcohol por ser el mejor amigo de mis hormonas.
Levanto la vista y hago contacto con una mirada curiosa, calculadora y hermosa que me hace delirar. El color que no pude apreciar antes se hace presente y recorro con delirio los matices azulados que resaltan tras unas pobladas pestañas negras. Recorro las facciones de su fisonomía y me detengo en unos labios rojizos agrietados de un modo demasiado carnosos para ser real. Lamo mis labios involuntariamente y regreso la mirada al poseedor de tanta belleza concentrada.
-Disculpa por hacerte caer -pronuncia y su aliento amentolado con rastros de vodka se funde con mi respiración.
Niego hipnotizada y carraspeo para contestar.
-Debiste disculparte cuando me tuviste en cuatro ante tus narices -suelto sin pensar y trago en seco, pero no tengo ni gota de arrepentimiento por lo que el alcohol me hace decir.
Sus ojos se encienden y muerde su labio inferior haciéndome divagar en pensamientos sucios que deseo ejecutar.
-Eres una atrevida, pequeña -susurra inclinándose para acercarse a mis labios. No contesto, porque de hacerlo puede que le cuente todo lo inapropiado que tengo en mente-, ahora mismo te odio, así como la odio a ella -farfulla y suelta aire por su nariz con brusquedad. Sus manos bajan a mi trasero y lo aprieta de un modo que me hace soltar un quejido.
«Demonios no sé quién rayos es "ella", pero sí joder, necesito que me siga odiando».
-Estás preciosa -balbucea y deliza su lengua por mi labio inferior. Mis bellos se ponen de punta y me voy humedeciendo como una jodida adolescente-, incluso más que esa maldita... -interrumpe sus palabras y tira de mi labio con una mordida dolorosa.
He perdido la pizca de dignidad que me quedaba, así que sin más, estampo una de mis manos contra la portañuela de sus pantalones y agarro con poco éxito su miembro erecto y grueso. Necesitaría ambas para acunarlo perfectamente y eso me hace enmudecer.
-Vente conmigo y probemos si te queda -susurra con picardía en mi oído y no tengo que darle muchas vueltas para acceder.
«Si en un mes me casaré con un anciano, más me vale aprovechar con cuánto galanazo se plante en mi camino». Y sin pensar en mis principios, salgo del club a escondidas de mis amigas y subo al auto de un desconocido.
Hero:
Abro los ojos con lentitud. Emito gruñidos mientras me estiro y luego de bostezar, un preocupante bulto sobre mi pecho me hace pegar un respingo. «¡Mierda».
Me llevo las manos al rostro, maldigo en mi interior y con cuidado, alzo su brazo y me deshago de su toque, sintiéndome aún más imbécil de lo que normalmente soy. Expulso una cantidad exagerada de aire por mi nariz, me siento en el borde de la cama y miro hacia atrás, donde el cuerpo voluptuoso de una mujer reposa entre las sábanas.
Su cintura desnuda y amoldada es lo único que sobresale a la vista, y un poco más abajo, un empinado trasero forma un bulto exótico y redondo. Una melena de extraño color naranja natural se expande por su espalda y parte de la almohada que se halla bajo su rostro. Se ve tranquila, inocente, sumida en sueños que no quisiera interrumpir por respeto y amabilidad...
Estrujo mi rostro con mis manos, fugaces recuerdos de lo que ocurrió hace unas horas pasan como flechas por mi mente y me detengo solo en los que al parecer disfruté... Disfrutamos. Jadeos, quejidos, palabras sucias y gemidos mezclados es lo que más recuerdo. Me levanto de la cama y camino de un lado a otro en la habitación, de vez en cuando desvío la mirada a la desconocida que duerme ajena a mi caos mental y diversos sentimientos negativos me confunden.
Ella no debe estar aquí, y yo no debo pensar tanto...
-Arrodíllate -le exijo y me sonríe. Unos dientes perfectos relucen y me fijo en sus labios carnosos color carmín.
Se deja caer con delicadeza de rodillas sobre la alfombra, acomoda su cabello sobre uno de sus hombros y levanta la mirada para encontrarse con mi desesperada inquietud. Lame sus labios, desde mi posición puedo ver el deseo que recorre sus ojos y los provocativos gestos que hace con su boca. Echo mi cabeza hacia atrás y cierro los ojos para recibirla, pero ante la ausencia de su acto, llevo una mano a su cabeza incitándola a que inicie.
-No, mírame mientras te pruebo...
«Dios». Mi mente evoca los flashbacks a medida que el silencio me obliga a recordarlos.
Me prometí que no volvería a dormir con una mujer, juré no volver a hacerlo, y estoy a punto de defraudarme a mí mismo por cerrar los ojos junto a una mujer que ni siquiera conozco.
«¡Ella debe irse, demonios!».
-Ey -emito, mientras palmeo uno de sus hombros repetidas veces.
Su cuerpo se retuerce levemente y un rostro ajeno se asoma tras innumerables mechones rojizos. Con una de sus manos aparta su melena y una mirada perdida contacta conmigo. Llevo mis manos a mis caderas y con actitud demandante denoto las facciones de mi mentón en una mueca despectiva.
-Es hora de que te vayas -inquiero.
Se estruja el rostro y, sin emitir sonido alguno, comienza a recomponerse entre las sábanas.
Supongo que desee vestirse, por lo que me doy la vuelta en dirección al closet en busca de cualquier escusa que le permita privacidad. Pensé que, al igual que las demás que han pasado por aquí, me agredería físicamente con cachetadas y empujones, mínimo que usaría la defensa verbal. Pero no, la ausencia de cualquiera de los mencionados actos me desconcierta. Aún así, no me detengo a indagar en ello, y de espaldas espero a que se aliste y si es posible, que se marche seguidamente.
-Oye -su suave voz hace presencia-, no encuentro mi sujetador.
-Eh, no tengo idea de don... -empiezo a decir volteándome pero freno mis palabras al encontrarla completamente desnuda frente a mí.
Le recorro el cuerpo con descaro, mis ojos se deleitan de principio a fin, sin excluir curva alguna de su anatomía perfecta.
-Da igual -reitera y entorna los ojos para darse la vuelta en busca de su vestido y sus bragas. Aprovecho la ocasión para admirar su figura trasera, tan exquisita como la delantera. Cada jodida parte de su cuerpo es divinidad pura.
Me rasco la nuca y desvío la mirada al techo, presiono mis ojos y me castigo mentalmente porque no puedo doblegarme ahora, y por mucho que desee recordar con detalles lo ocurrido con semejante mujer, no será hasta dentro de unas horas que recordaré todo. Y debo tener claro que, si lo que a mí conciencia llega fue demasiado bueno, eso no sería escusa para una segunda vez. Los tiempos de repetir noches de sexo hay terminado definitivamente y no será un cuerpo majestuoso quien hará la diferencia...
Me recuesto a la puerta luego de cerrarla tras la retirada de mi... Dios, no sé ni cómo llamarle a eso. Descalzo y únicamente en boxer me dirijo a la cocina en busca de algo para beber, saco una jarra de jugo y la sirvo en un vaso. Por suerte he dejado mi celular sobre la mesa, lo agarro y al encenderlo trago una porción de jugo con dificultad. Es las tres de la mañana.
«Joder la dejé irse sola a estas horas». Me recrimino y seguidamente le resto importancia. No la conozco, y si no objetó ante mi comportamiento, posiblemente esté acostumbrada a ello. No la volveré a ver, así que no tengo porqué sentir absolutamente nada al haberla despachado en plena madrugada.
* * *
-¿Púrpura, marfil, cardenal...?
-Cardenal, y nada de brillos -preciso y Boris asiente para luego retirarse contoneándose entre los refractores y las cámaras.
-El coordinador dice que necesita su aprobación para iniciar con el proyecto, que conste que aún no llega Derek, y usted sabe que es nuestro mejor camarógrafo -recalca Darci, mi asistente personal.
-Debió haber iniciado hace... -Miro mi reloj de pulsera-, quince minutos, un minuto más y las consecuencias caerán sobre tí, a Derek lo veo luego.
-Pero...
-Darci -pronuncio y asiente retirándose de prisa.
Darci es una señora que bien podría ser mi madre. Su edad oscila entre los cincuenta y sesenta años, rubia y delgada. De personalidad desconfiada y meticulosidad casi extrema, justo lo que necesito a mi lado mientras estoy en la Compañía de comerciales "Clark", un negocio familiar dentro de la industria televisiva y el comercio mediante marketing y canales de propaganda.
-Señor lo busca su abogado, Darci lo mandó a pasar a su despacho -me comunica uno de los camarógrafos y tras precisar pequeños detalles con el coordinador me dirijo a su encuentro.
Abro la puerta y encuentro a David sentado frente a mi escritorio, al notar mi llegada se levanta y ya frente a él estrechamos nuestras manos. Tomo asiento y David me imita para luego depositar unos papeles encima de la mesa.
-Traigo buenas noticias Hero -comunica e intercambiamos miradas, la mía curiosa y la suya destilando misterio.
-Eso esperaba -confiezo, ansioso por sus prontas palabras.
-Ha firmado, ya tenemos las dos firmas -me dice extendiéndome una carpeta con el contrato.
-Excelente -contesto y ojeo las páginas.
Efectivamente, las dos firmas llacen claras en el acápite que lo amerita y justo al final, plasmo la mía como cierre definitivo de la negociación.
-Hero, disculpa que me entrometa, pero... ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
Su inesperada pregunta me hace pensar por un lapso de segundos. Y la verdad, nunca tomo una decisión sin estar lo suficientemente seguro antes.
-Por supuesto, tengo mis motivos -respondo, agarrando el puente de mi nariz con mis índice y pulgar.
-Pues... Espero que sepa lo que hace. Y otra cosa ¿la conoce? -cuestiona y a esta pregunta tengo respuesta evidente.
-No necesito conocerla ahora, lo haré el día de la ceremonia. -Me encojo de hombros y me recuesto del espaldar de la silla.
-Mmm, como usted crea correcto -dice incrédulo y me muestra otros papeles-. Este de aquí es una copia, la guardaré en caso de cualquier malentendido. -Cambia de tema y le sigo el hilo.
-De acuerdo ¿eso era todo? -le cuestiono, tengo asuntos pendientes que pretendo resolver ahora.
-Sí... Luego te llamo para el tema de Valeria.
La solo mención de su nombre me causa escalofríos. Suelto un profundo suspiro y no hago más que asentir. David nota mi estado y se marcha para no incomodarme más, lo cual agradezco. Cierro los ojos e intentando dejar de pensar en lo que esa pequeña me recuerda, vienen a mi otro tipo de pensamientos, unos que llevan varias noches inquietándome...
-No voy a tratarte con ternura, pequeña -le susurro al oído, teniéndola de espaldas, en posición de cuatro puntos sobre la cama.
Así tengo una vista jodidamente emmbragadora de su curvilíneo cuerpo, su cintura se ve más fina y se multiplica el ancho de sus caderas.
-No quiero que lo hagas -contesta y agarro su cabello, haciéndola emitir un intenso quejido que pone mis bellos de punta.
-Perdóname -le suelto al mismo tiempo que entro en ella de una sola estocada.
Mierda se siente tan bien...
-¡Ahhh, Dios! ¿Qué? -chilla y exclama sin entender lo que dije.
-Me dijiste que te pidiera perdón así, inclinada para mí... Vamos pequeña, perdóname.
Mientras hablo juego con su entrada, limitándome a lo que realmente deseo, que no es más que hundirme toda la jodida noche dentro de ella.
-Por favor -suplica, mis provocaciones nos están matando a ambos, pero deseo continuar con este juego que hemos iniciado.
-¿Me perdonas, eh?
-¿Y si no qué? -gimotea, meneándose contra mi erección.
Tiro nuevamente de su cabello y la hago gemir más fuerte. Atrapo uno de sus pechos con mi mano libre y llevo mi boca a su oído.
-O sino voy a entrar de todos modos, y te dejaré retorciéndote, no alcanzarás el placer que has venido a buscar -gruño y dejo una mordida en su cuello.
-Mierda si te perdono, solo fóllame de una vez...
«¿¡Por qué no dejo de pensar en ella?!».
Elena:
Estúpida y sin dominio propio. Así me siento. Como una jodida títere colgando de las manos de mi padre.
Doblo las prendas de vestir restantes y las acomodo una encima de la otra, procurando que todo quepa a la perfección para no dejarme nada. Mientras empaco, mi mente no deja de maquinar todo lo que ha ocurrido estos últimos días, desde la fatídica noticia de que papá estaba en el hospital tras una golpiza, hasta la gloriosa noche que tuve con "no sé quién" en la que ocurrió "cierta cosa", de lo cual no recuerdo mucho, pero de alguna forma, no desaparece la idea de la escapada de mi cabeza.
Me dejo caer sobre el colchón de mi cama y luego de soltar un profundo y melancólico suspiro, me tallo la cara en busca de una paz que bien poco podría durar.
Pienso en mí, en cómo será mi vida desde el jodido momento en el que pise mi nueva casa... «¿Qué casa, de cuál maldita casa estoy hablando? Ese nunca sería mi hogar». Medito.
Un nudo se forma en mi garganta, tirando toda mi fortaleza interior a una esquina de mi cuarto. En estas circunstancias, dónde mi opinión no vale absolutamente nada, solo puedo sentirme como mierda.
-¿Ele? -pronuncia Evelina desde la puerta de mi habitación. Levanto la mirada y me encuentro con la suya preocupada-. Aquí estás...
A pasos cortos llega hasta mi posición y se sienta a mi lado. Uno de sus brazos me rodea los hombros y dejo caer mi cabeza contra su cuello, luchando contra las ganas de soltar el llanto.
-Sé que es difícil, yo te entiendo y...
-No Eve, por favor, charlas de motivación es lo menos que necesito ahora, y una mierda, no entiendes nada, no digas que lo haces, no eres tú quien debe casarse con un desconocido y abandonar toda una vida -asevero sin siquiera exaltarme. Cuando la ira me tiene al límite pierdo las fuerzas y las ganas de discutir por cosas que no tienen remedio.
Evelina es nuestra hermana mayor, podría definirla como el orgullo de la familia que Emily -la mediana de las tres-, y yo, nunca podríamos ser. A sus treinta y cuatro años es una mujer realizada, con un maravilloso esposo y dos hermosas hijas gemelas de ocho años. Es la más experimentada y sabia de las tres, a la que recurrimos ante cualquier problema por no tener el apoyo de una madre.
A Evelina le tocó guiarnos, enseñarnos a ser fuertes y a vivir persiguiendo metas; a Emily, con veintiocho años, le ha correspondido estudiar sin límites, no culmina una carrera para iniciar otra, vive al tope de trabajo y los estudios la excluyen de nuestro pequeño círculo afectivo; y a mí, la menor de las tres, con veinticinco años, recién graduada y con más sueños de los que he podido contar, me ha tocado salvar la vida de las únicas tres personas que tengo.
No pedí ser la elegida para la cláusula de un contrato ridículo montado por un millonario, y tampoco puedo hacer nada para impedirlo. El dinero tiene más poder que las malditas leyes de un estado, lo cual me ata a un destino del que se me hará difícil escapar.
Quisiera entenderlo todo, pero las explicaciones son tan pobres que solo me queda acceder, llorar y sentirme desgraciada hasta que un milagro se apiade de mí.
-Yo... Tienes razón, perdóname... Ojalá pudiera remediarlo, de verdad. -Su voz se quiebra y me besa la sien.
-Mi pesadilla a penas comienza, no sé cómo podré con todo esto -mascullo, hundida en mi propio agujero, con la mente perdida en pensamientos que no quiero experimentar-, lo odio tanto Eve...
-No digas eso -me susurra, succiona por la nariz y toma mi rostro entre sus manos. Fija sus ojos en los míos y veo sus mejillas encendidas, su semblante triste.
Recorro sus lindas facciones, esas que heredó de la mujer que nos dió la vida. Es la única de las tres que lleva su mismo color de cabello rubio, con unas ondas casi perfectas. Sus ojos verdosos con matices cafés es lo único que tenemos en común, eso y el contorno de unos labios envidiables. Eve siempre ha sido mi ejemplo a seguir, mi motivo más fuerte, mi madre y mi hermana mayor en una misma persona, y la idea de vivir a kilómetros de ella me desarma.
-Es tu padre, pese a todo es tu papá. -Termina de hablar, rozando mis mejillas con sus pulgares de una forma dulce.
-Desde el momento en que me vendió a un desconocido dejó de serlo -recalco con rabia. Frunzo mis labios y ella baja la mirada, dejando escapar un par de lágrimas más.
No espero a que me responda para ponerme de pie y terminar de acomodar mis cosas. No quiero irme de aquí porque es esta mi vida, es este mi hogar... Pero también es la casa del hombre que arruinó mi futuro por no saber controlar sus vicios, y ese motivo es suficiente para querer esfumarme lo más rápido posible.
-Quiero que sepas que no estoy conforme con todo esto Ele, yo voy a hacer todo lo posible por ayudarte, tiene que haber algo que pueda...
-Gracias, pero seamos realistas, ayer cerré un pacto irreversible, dejemos las esperanzas a un lado, porque ya las he perdido -la interrumpo con una seguridad penetrante y decisiva. Ya no tengo nada más que hacer aquí.
Un nudo se forma en mi garganta cuando culmino de hablar y el sentimiento de impotencia que siento es tan grande que unas ganas de golpear la pared se apoderan de mi cuerpo.
-Eso es lo último que se pierde, puedes rendirte cuando quieras Elena, yo no lo haré -replica aseverando su palabras, imponiendo una promesa que enciende una pequeña mecha de fé en mi interior.
Me sumiso ante su declaración. Bajo la mirada, trago en seco. Eve pasa por mi lado sin decir nada, me regala una mirada triste y una lágrima se desliza por su mejilla. Lleva una de sus manos a mi rostro y me acaricia con una ternura que me hace flaquear, caigo rendida a su toque, confío en lo que sus ojos me transmiten y asiento y suelto un profundo suspiro.
Ella se aleja, cerrando la puerta tras su silenciosa retirada.
Expulso todo el aire acumulado en mis pulmones y agarro mi maleta de mano junto con una mochila. Le doy una última mirada a mi habitación y hago lo mismo con los pasillos que dejo atrás con cada paso que avanzo hacia la puerta.
La tensión aumenta cuando al bajar las escaleras, me encuentro con el detestable causante de mi estado parado junto a Emily. Lo miro unos segundos, en los que le transmito todo el dolor que siento en estos momentos, quiero que se sienta tan culpable al punto de que llore junto conmigo, pero el maldito es tan orgulloso como canalla. Me avergüenzo de él y de cada una de las promesas que nos hizo a mí y a mis hermanas, esas que nunca pudo cumplir.
Desvío la mirada a mi hermana, quien a diferencia de Eve, no se encuentra triste. Su rostro está serio y abre sus brazos para recibirme, o más bien despedirme. Me aproximo a ella y le pido que continúe sus múltiples estudios, y que si es posible, que se marche con su novio Ander a otra ciudad si no quiere pasar por lo mismo que yo.
Confío en que eso no vaya a pasar, pero no descarto la posibilidad, ya de papá lo espero todo.
-Estaré rezando por tí, te amo mucho -musita en mi oído y deja un beso en mi cara.
-También te amo, huye cuando tengas la oportunidad -le digo esto último en voz alta, lo suficiente para que nuestro padre lo escuche. No veo su reacción, pero ojalá sea de culpa.
-Lo haré, no te preocupes por mí, prométeme que vas a cuidarte -me pide y ahora sí veo dejos de tristeza en su semblante.
-Sabes que siempre me cuido, lamento que no pueda oponerme a la cama de un viejo extraño -recalco, alzando nuevamente la voz.
-¡Ya te dije que no es un viejo Elena! ¡Recuerda que lo harás por tu familia, ten un poco de conciencia! -reclama papá, formando un escándalo que no estoy dispuesta a continuar. Mis hermanas observan en silencio, es increíble el respeto que este hombre nos ha hecho mostrar ante él, ahora me arrepiento de cumplir con todas sus estúpidas reglas.
-Por eso mismo he firmado, por ellas -las señalo a ambas y regreso la vista a su figura-, porque por tí creeme que no movería ni un dedo.
Sus labios se abren en reproche, sin embargo, basta la mirada de súplica que le lanza Eve para que no conteste. Bien sabe lo mal que me encuentro como para permitir que mi padre siga palpando en mis heridas.
Me despido de Emily y luego de Eve, a esta última me aferro tanto que duele como el demonio soltarme de su agarre. Juntamos nuestras frentes y tras promesas y palabras de cariño, finalmente nos soltamos.
Atravieso la puerta del que por veinticinco años fue mi hogar y entro a un auto que ha sido enviado para recogerme y llevarme a un apartamento en Chicago. El chofer guarda mis cosas en el maletero y cuando todo está listo enciende el vehículo. Mi cabeza reposa en la ventanilla y a través de esta les doy una última mirada a mis hermanas, acrecentando el punzante dolor que tengo instaurado en mi frágil pecho. Al señor que las acompaña siquiera le presto atención, este ya no la merece...
El auto se pone en marcha y mi pesadilla inicia veinte kilómetros después.