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Mi esposo millonario: Felices para siempre

Mi esposo millonario: Felices para siempre

Autor: : Mud Bug
Género: Moderno
Linsey fue abandonada por su novio, quien huyó con otra mujer el día de su boda. Furiosa, ella agarró a un desconocido al azar y declaró: "¡Casémonos!". Había actuado por impulso, pero luego se dio cuenta de que su nuevo esposo era el famoso inútil Collin. El público se rio de ella, e incluso su fugitivo ex se ofreció a reconciliarse. Pero Linsey se burló de él. "¡Mi esposo y yo estamos muy enamorados!". Aunque todos pensaron que deliraba. Entonces se reveló que Collin era el hombre más rico del mundo. Delante de todos, se arrodilló y levantó un impresionante anillo de diamantes mientras declaraba: "Estoy deseando que sea para siempre, cariño".

Capítulo 1 Seré su novia

"Felix, la boda está a punto de comenzar. ¡No puedes irte así como así!", soltó Linsey Brooks, ataviada en un inmaculado vestido blanco, mientras se aferraba al brazo de Felix Wells; en ese momento su voz estaba llena de pánico y sus dedos temblaban.

Se suponía que ese sería su gran día; sin embargo, justo cuando la boda estaba a punto de comenzar, el hombre leyó un mensaje de texto y, sin dudarlo, se dirigió a la multitud e informó que la boda estaba cancelada.

"Suéltame. Joanna está herida y sola en el hospital. Seguramente está aterrorizada y yo debo estar ahí para ella", respondió Felix, en un tono tenso y urgente, con el ceño fruncido.

Linsey se puso pálida en el acto.

Joanna Saunders era amiga de la infancia de su novio. Ella llevaba cinco años saliendo con Felix y, durante todo ese tiempo, si Joanna necesitaba algo, él dejaba todo atrás y corría a su lado.

El hombre se justificaba diciendo que Joanna era como una hermana para él y le pedía a Linsey que comprendiera. Y ella lo había hecho una y otra vez.

No obstante, ese era el día de su boda.

¿Qué importaba si Joanna lo necesitaba? ¿Eso significaba que tenía que soportar que el hombre que se convertiría en su esposo la abandonara en el altar?

"No, no puedes irte. La boda no puede realizarse sin ti. ¡Sin importar lo que haya pasado, hoy tienes que quedarte! ¡Por favor... te lo ruego!", susurró Linsey, con la voz temblorosa.

"¡Suficiente! ¡Deja de ser egoísta e irracional! Siempre podemos reprogramar la boda. En este momento, Joanna está herida; si algo le pasa y yo no voy, ¿asumirás las consecuencias? ¡Quítate!", escupió Felix, pues su paciencia se había acabado.

Y, antes de que la otra pudiera decir otra palabra, la empujó.

Ella se tambaleó, sus tacones derraparon sobre el piso pulido y, finalmente, terminó en el suelo. Desde allí, aturdida y sin aliento, observó cómo su novio desaparecía por las puertas, sin mirar atrás ni una sola vez.

Instantes después, su celular comenzó a sonar.

Sin pensarlo, contestó, solo para escuchar la engreída y triunfante voz de una mujer del otro lado de la línea.

"Linsey, hoy es tu gran día con Felix, ¿no? ¿Te gustó el regalito que te mandé?".

Todo su cuerpo se puso rígido al reconocer esa voz. "Joanna... lo hiciste a propósito. Solo querías probar que Felix saldría corriendo a tu lado, ¿verdad?", pronunció con los dientes apretados.

"Así es. ¿Y? ¿Qué harás al respecto? ¡Solo quería recordarte que, en el corazón de Felix, yo siempre estaré en primer lugar!", respondió Joanna con arrogancia; cada una de sus palabras estaba cargada de burla. "Apuesto a que te pasaste meses planeando tu boda, ¿eh? Qué pena... Todo ese trabajo, todos tus sueños... destrozados. ¡Honestamente, casi siento pena por ti!".

Linsey miró fijamente la prístina tela blanca de su vestido y, por primera vez, vio los últimos cinco años como lo que realmente eran: una broma.

Como era huérfana, estaba desesperada por formar parte de una familia, por tener un amor que pudiera llamar propio.

Pero Felix... nunca le iba a dar eso.

Se dio cuenta de que había llegado la hora de dejar de rogar por algo que no sería suyo.

"¡No te adelantes! ¡Mi boda seguirá como está programada!", declaró, tras soltar una risa dura y fría.

"¿Estás loca? Felix es el novio, pero ni siquiera está allí. Dime algo, ¿cómo planeas celebrar la boda sin él?", la cuestionó Joanna, en un tono agrio.

En el rostro de Linsey apareció una sonrisa burlona: ¿quién dijo que su novio tenía que ser Felix?

Si él podía abandonarla tan fácilmente, entonces buscaría a alguien más, ¡y esta vez sería un hombre digno de estar a su lado!

"Hazme un favor: pásale un mensaje a Felix. ¡Dile que ya no lo quiero; no merece ni un segundo más de mi tiempo! Y ya que estás tan desesperada por tenerlo, te lo regalo. A fin de cuentas, ¡no hay mejor pareja que un hombre sin carácter y una mujer sin vergüenza! ¡Les deseo toda la suerte del mundo!", dijo Linsey, en un tono duro e inquebrantable.

"Te lo advierto. No tientes a la suerte, que...", replicó Joanna, en un tono más duro, por la ira.

Sin embargo, no terminó su amenaza, pues su interlocutora cortó la llamada.

Linsey sabía que su boda comenzaría en media hora, ¡así que tenía que encontrar rápidamente un novio sustituto!

Con eso en mente, se levantó el dobladillo del vestido y salió corriendo al exterior.

Para su sorpresa, la entrada estaba repleta de guardaespaldas con trajes negros, cuyas imponentes presencias enviaban un mensaje claro mientras recorrían cada rincón del lugar: estaban buscando algo... o a alguien.

Entre ellos había un hombre con traje de novio en una silla de ruedas; su postura era rígida y autoritaria. De hecho, aunque inmóvil, irradiaba un aire gélido.

"La ceremonia está a punto de comenzar. ¿Ya encontraron a Haven?", le preguntó en un tono autoritario al subordinado que estaba frente a él.

"Señor Riley, hemos recorrido todo el perímetro, pero no hay rastro de la señorita Walton. Parece que huyó...", respondió con vacilación el empleado, con expresión tensa.

"¿Huyó?", repitió el jefe, con voz profunda y uniforme, pero su mirada se volvió dura, fría e implacable, como la de un depredador evaluando a su presa. "¡Si esta boda no se celebra a tiempo, ya sabes lo que pasará!".

Linsey captó cada palabra y en un instante comprendió lo que pasaba: a ese hombre lo habían abandonado en el altar, igual que a ella.

Sin dudarlo, alzando el dobladillo del vestido, caminó hacia él.

Los guardaespaldas reaccionaron al instante, colocándose frente a ella con expresiones rígidas y cautelosas.

"Señorita, ¿qué cree que está haciendo?", la cuestionaron.

El hombre en silla de ruedas se concentró en ella; su sola presencia era como una tormenta en el horizonte.

A pesar de ello, Linsey no se inmutó. Mirándolo fijamente a la cara, le dijo con firmeza: "Señor, tengo entendido que su novia se escapó. Si ese es el caso, déjeme tomar su lugar. Yo seré su novia".

Capítulo 2 No me arrepentiré

Las palabras de Linsey hicieron que el hombre entrecerrara ligeramente los ojos. Luego habló con un tono teñido de sorpresa, ligeramente cortante: "Señorita, ¿está segura de esto? Soy discapacitado. Si se casa conmigo, tarde o temprano se arrepentirá".

Ella no respondió directamente esa pregunta. En cambio, sin quitarle los ojos de encima, sondeó: "¿Alguna vez abandonaría a su esposa por otra mujer?".

"Por supuesto que no", expresó él inmediatamente y con tono firme.

"Entonces no me arrepentiré", afirmó Linsey, con una determinación inquebrantable. "¡Si está de acuerdo, me casaré con usted!".

Al ver la sinceridad en sus ojos, el hombre no encontró motivos para negarse. "Muy bien, casémonos", declaró con un lento y deliberado asentimiento.

Y así, la boda de Linsey, que estuvo a punto de ser cancelada, siguió como estaba planeada.

Con el sacerdote como testigo, ambos intercambiaron votos con voz firme.

Al salir de la iglesia, ella sintió que estaba soñando. ¡Acababa de casarse con un hombre que, solo unas horas antes, había sido un completo desconocido!

Mientras empujaba la silla de ruedas de su esposo por las escaleras, se dio repentinamente cuenta de algo. "Oye, ni siquiera sé tu nombre", comentó.

"Collin Riley", respondió él con tranquilidad.

"Espera, ¿eres Collin Riley? ¿El primogénito de la familia Riley?", soltó Linsey, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Al ver el asombro en el rostro de su esposa, él sonrió. Con una expresión burlona, preguntó: "¿Qué pasa? Ahora que sabes que te casaste con un hombre al que todos consideran un perdedor, ¿te arrepientes de tu decisión?".

La historia de Collin, el hijo mayor de la poderosa familia Riley, era bien conocida en toda la ciudad.

Su madre había muerto al dar a luz y su padre se había vuelto a casar.

Más tarde, Collin sufrió un accidente automovilístico que lo dejó paralizado, lo que lo convirtió para los demás en un perdedor.

Luego, cuando su madrastra dio a luz a otro hijo, pasó a ser un lastre más grande para la familia Riley.

De hecho, si no fuera por su abuela, Ivy Riley, quien siempre lo había defendido y protegido, él habría sido expulsado de la familia hace mucho tiempo y habría tenido que enfrentar dificultades peores que las de los indigentes.

Por eso, Collin pensaba que ninguna mujer en su sano juicio se casaría voluntariamente con un hombre como él, a menos que buscara dinero.

Pero no solo era un discapacitado, sino también el hijo abandonado de los Riley.

Por ende, esperaba que Linsey se sintiera decepcionada al enterarse de su identidad y se preparó para ver cómo el arrepentimiento y la amargura ensombrecían su rostro.

Sin embargo, para su sorpresa, ella no lo miró con lástima ni desdén, sino con una comprensión profunda y tácita, como si lo viera como lo que realmente era: otra alma abandonada por quienes deberían amarlo.

"Ya te lo dije. Una vez que tomo una decisión, no me arrepiento. Y ahora que estamos casados, me aseguraré de que tengas un verdadero hogar: uno cálido y en el que te sientas cuidado", pronunció con seriedad, mientras se ofrecía a tomar su mano entre las suyas.

"¿En serio?", replicó él con duda, visiblemente escéptico. "¡Ya lo veremos!".

Estaba claro que no lo había creído.

De hecho, sentía curiosidad por saber cuánto tiempo ella podría mantener esa fachada, una vez que se diera cuenta de que no ganaría nada estando a su lado.

Instantes después, un auto se estacionó frente a ellos, sacándolo de sus pensamientos.

"Vámonos", le dijo Collin, en un tono autoritario.

"¿A dónde me llevas?", inquirió la mujer, tras una pausa, con los ojos llenos de incertidumbre.

"A nuestro hogar, por supuesto", respondió su esposo, con tranquila seguridad. "Como estamos casados, viviremos juntos".

'¿Hogar?', repitió Linsey mentalmente, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.

Eso le recordó la casa en la que había vivido con Felix, en la que había trabajado tan duro para construir para su futuro juntos.

Sin embargo, ahora estaba casada con Collin y sabía que tenía que cortar lazos con su pasado.

Con eso en mente, inhaló profundamente y volteó a verlo. "Primero tengo que atender unos asuntos. ¿Podrías pasarme tu número y tu dirección? Me mudaré contigo apenas termine".

"¿No quieres que te lleve?", preguntó Collin, clavando su penetrante mirada en ella y levantando una ceja.

"No, está bien", expresó su esposa, con voz firme, pero amable. "Puedo arreglármelas sola. No quiero molestarte".

Él no insistió. Después de que intercambiaron sus números, se subió al auto y se fue.

Media hora después, Linsey estaba frente al departamento que alguna vez había compartido con Felix. Giró la llave en la cerradura y la puerta se abrió con un crujido, revelando un espacio lleno de recuerdos.

Ella entró y observó cada detalle familiar: el mantel, las plantas en macetas; había seleccionado cuidadosamente cada pieza, para que la hiciera sentir como en casa.

Sin embargo, ahora el lugar le parecía una prisión.

Sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia las decoraciones y las arrancó; acto seguido, se deshizo de las plantas y tiró todo a la basura.

¡Había elegido empezar de nuevo, y eso significaba dejar el pasado atrás, sin importar cuánto doliera!

Después de que limpió los restos de su antigua vida, comenzó a empacar sus pertenencias. Como estaba tan perdida en sus pensamientos, no escuchó unos pasos acercándose.

Felix se quedó en la puerta, con una expresión de sorpresa e incredulidad. Después de un rato, no pudo contenerse por más tiempo y la reprendió: "Linsey, ¡¿qué chingados estás haciendo?!".

Capítulo 3 No me toques

El departamento, una vez acogedor y lleno de calidez, ahora estaba desordenado. Su encanto había desaparecido por completo y ahora solo quedaba caos.

Linsey continuó empacando los artículos restantes en su maleta, con movimientos decididos: parecía que estaba dispuesta a borrar todo rastro de lo que había construido ahí.

Felix se quedó congelado por un momento, recorriendo con la mirada los escombros de la casa, con una expresión de incredulidad, antes de abalanzarse sobre ella.

"Linsey, ¿estás loca?", la cuestionó, alzando la voz por la frustración. "Me fui por un ratito, ¿y tú te pones así?".

Acto seguido, inhaló profundamente en un intento por controlar su ira y sentenció: "¡Te doy una hora para que dejes todo como estaba!".

La otra, imperturbable, empacó lo que tenía en las manos y luego se giró lentamente para encararlo. Su expresión era fría y distante; de hecho, daba la impresión de que estaba lidiando con un extraño.

"Felix, ¿no te has dado cuenta? A veces, cuando algo se rompe, es imposible repararlo. Nunca vuelve a ser igual", dijo, con una sonrisa burlona en los labios.

"¿Qué carajo estás tratando de decir?", contestó él, frunciendo aún más el ceño y con la impaciencia grabada en su rostro.

Linsey se percató de la audacia en sus palabras y se preguntó si de verdad no la había entendido. Pensó que tal vez los hombres como él creían que nunca se equivocaban.

Sin embargo, rápidamente desestimó la idea, pues era consciente de que su ternura siempre había estado destinada para otra persona: Joanna, la mujer a la que realmente amaba.

"Me abandonaste en el altar el día de nuestra boda, ignorando mi dignidad y mis súplicas. ¿Tienes idea de cómo se siente eso? ¿En algún punto te detuviste a pensar en mí? Me humillaron hasta el cansancio, ¿y aun así crees que solo estoy haciendo un berrinche?", declaró, con voz firme e imprimiéndole a cada palabra el peso de la situación, mientras le sostenía la mirada.

Ella no parpadeó en ningún momento y mantuvo sus ojos clavados en los del hombre. De repente, el dolor que había enterrado profundamente en su interior fluyó a la superficie; se le nubló la vista conforme las lágrimas brotaban. A pesar de ello, en ningún momento rompió con el contacto visual; su resolución era tan firme como el acero.

Al verla así, Felix sintió una punzada de culpa, pero fue fugaz; desapareció tan rápido como llegó. Luego desestimó ese sentimiento, como lo había hecho en incontables ocasiones.

A lo largo de los años, él la había lastimado repetidamente, pero ella siempre lo había perdonado, así que no veía la razón por la que las cosas debieran ser diferentes en esa ocasión.

Estaba seguro de que, con un poco de encanto, la mujer cedería como siempre; a fin de cuentas, esa era la dinámica entre ellos.

Con ese pensamiento, su ira se disipó y la remplazó con una sonrisa serena, que rayaba en la satisfacción.

"Linsey, está bien, lo entiendo. Estás enojada", comenzó en un tono suave y condescendiente. "Pero no por eso tienes que actuar así. Mira lo que le hiciste a nuestro hogar".

Después, suavizó su sonrisa y colocó sus manos en los hombros de la mujer, con fingida ternura. Intentó calmarla diciendo: "Vamos, pórtate bien. Ya te desahogaste, así que no hagas esto más grande, ¿de acuerdo? Es más, te propongo algo. Elegiremos otro día para nuestra boda, uno mejor, y te prometo que la ceremonia será aún más grandiosa y lujosa. ¿Qué dices?".

Linsey contempló atentamente la sonrisa de Felix. A pesar de que las palabras de este eran dulces, en sus ojos había una indiferencia escalofriante. De hecho, parecía que estaba seguro de que ella caería en su trampa y no podía culparlo, pues así se habían desarrollado las cosas entre ellos.

Soltó una carcajada silenciosa y llena de amargura. Le había dado tantas oportunidades que ahora él creía que no tenía que tratarla con respeto.

Esa constatación hizo que su expresión se volviera fría y distante. Sin decir palabra, se quitó de encima sus manos como si no fueran más que un peso molesto.

"No me toques, que me pones los pelos de punta", dijo ella con indiferencia.

Felix se quedó paralizado y abrió los ojos de par en par por la sorpresa, pues Linsey nunca le había hablado así.

"Felix, no habrá ninguna boda. De hecho, no tengo intención de continuar con nuestra relación. Vine para mudarme", continuó ella, en un tono tan frío como el hielo, cortando la tensión.

"¿Mudarte?", repitió él, todavía aturdido por su rechazo, frunciendo el ceño mientras su mente luchaba por procesar lo sucedido.

"Sí. Me voy ahora", respondió Linsey, con resolución.

Ante eso, Felix dejó escapar una risa hueca, como si acabara de escuchar un chiste absurdo. "¿Y a dónde vas a ir?".

Sabía perfectamente que ella no tenía familia a la que recurrir, ni una red de seguridad en la cual apoyarse. Aparte de ese departamento, ¡no tenía ningún otro lugar a donde ir!

Durante los últimos cinco años, su mundo entero había girado en torno a él, así que estaba seguro de que no podría dejarlo.

De hecho, consideraba todo ese numerito de "mudarse" como una artimaña para que se doblegara a su voluntad.

Sacudió la cabeza con incredulidad y abrió la boca para hablar, pero una voz a sus espaldas lo interrumpió.

Era Joanna.

"Felix, ¿no dijiste que te tomaría un minuto empacar y bajar? ¿Por qué tardas tanto?", resonó en el aire la voz de la recién llegada, que en ese momento entraba en el departamento. Cuando sus ojos se posaron en Linsey, parada frente a Felix, su expresión cambió a una de sorpresa. "¿Qué haces aquí?".

"Este es mi departamento, ¿no? ¿Por qué tendría que explicar qué hago aquí? La verdadera pregunta es qué haces tú aquí", replicó Linsey, con un tono frío y una mirada gélida.

"Me corté accidentalmente con un cuchillo de fruta, y Felix se preocupó tanto que insistió en quedarse conmigo unos días", explicó la otra, bajando la mirada, fingiendo inocencia y vergüenza. Luego, sus ojos se posaron en la maleta que estaba al lado de su interlocutora y jadeó dramáticamente, cubriéndose la boca con la mano.

"Linsey, ¿qué estás haciendo? ¿Estás enojada? Incluso si lo estás, esto no tiene sentido. Si estás molesta, puedes hablar conmigo. Me disculparé si eso te hace sentir mejor, pero no hay necesidad de que hagas todo esto".

"¿De verdad vas a disculparte? ¿Lo dices en serio?", soltó la aludida, con una sonrisa fría, casi cruel, dando un paso hacia ella.

Joanna, consciente de que Felix la observaba, siguió con su actuación. "Por supuesto, si esto te ayuda. De hecho, estoy dispuesta a hacer lo que sea", respondió con falsa sinceridad.

"De acuerdo. ¿Por qué no aprovechar tu oferta?", dijo Linsey, cuya sonrisa se ensanchó, aunque en sus ojos no había calidez, solo un frío calculador. "Ya que realmente quieres disculparte conmigo, no puedo rechazar tu amabilidad".

Acto seguido, y sin previo aviso, levantó una mano. El fuerte sonido de la cachetada rompió la tensión de la habitación, justo cuando la palma de Linsey se impactó contra el rostro de Joanna, dándole un eco de rotundidad a sus palabras.

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