"¡Auxilio!"
El grito de una mujer atrajo a los miembros de la manada que rodeaban la zona.
Se asustaron al ver a dos figuras que caían desde lo alto del acantilado. Identificaron a ambas personas: una de ellas era Maia, la pareja del antiguo alfa, y la otra era Amelia, la compañera del actual alfa.
Las dos cayeron por el acantilado. Amelia sintió el frío del mar envolviéndole el cuerpo y estuvo a punto de ahogarse tras tragar agua. Por suerte, los miembros de la manada empezaron a rescatarlas.
Ernesto, que se encontraba en los alrededores, también oyó los gritos. Se dirigió con rapidez al lugar y vio que Maia sangraba mucho.
"Sé que estás celosa de mi relación con Ernesto, pero lo cierto es que no hay nada entre nosotros. ¿Por qué me empujaste por el acantilado?", se oyó la débil voz de Maia antes de que se desmayara.
Al oír sus palabras, Ernesto se enfadó y miró con rabia a Amelia.
Amelia había resultado herida en la caída; las rocas del mar le habían arañado los brazos, causándole un largo corte, y también se había golpeado la frente con una pequeña roca, pero él no le dio importancia.
'¡Esa z*rra pedante! Cuéntales la verdad', gruñó Alexa, la loba de Amelia.
"Ernesto, te lo puedo explicar...", dijo Amelia con esfuerzo, ya que estaba adolorida por las heridas que tenía en el cuerpo.
Pero él le contentó sarcástico: "¿Explicar? Todos vieron lo que ha ocurrido y oyeron lo que dijo Maia".
"Pero ella me em...", intentó explicarle con desesperación lo que en realidad había sucedido.
"¡Basta ya! Si le pasa algo malo a ella y a su bebé, yo mismo te castigaré", la interrumpió y le habló con dureza mientras levantaba a Maia en brazos y corría hacia la enfermería de la manada.
Entonces, Amelia comprendió que decir la verdad era inútil. Nadie la iba a creer, ni siquiera su propio compañero.
Le dolía el corazón como si se lo clavaran con varios cuchillos, pero no podía hacer nada.
No era la primera vez que Maia y Celia, la hermana menor de Ernesto, le tendían una trampa. Y al igual que hoy, no le preguntó qué había pasado; siempre escuchó la falsa versión de los hechos y la culpó de todo.
Llevaba tres años casada con él, y siempre se esforzaba por hacerlas felices, pues sabía lo mucho que significaban para su pareja, pero ellas seguían tratándola como a una omega.
Otras veces incluso peor. Tenía que atenderlas todo el tiempo.
Amelia sabía por qué. Creían que era una loba huérfana y que no estaba a la altura de Ernesto, el implacable alfa de la tercera manada más grande, la Manada Garra Roja. Consideraban que no merecía ser luna debido a su procedencia.
Para ser su compañera, ella cortó los vínculos con su familia a propósito para asegurarse de que él no supiera su verdadera identidad. Lo único que quería era ser su pareja y servirle como una buena luna.
A veces pensaba, ¿cambiaría algo si supieran su verdadera procedencia? Pero ella no quería que se enteraran. Quería que él la amara por lo que era, no por ser la poderosa alfa de linaje.
Por eso, había soportado todos los insultos, humillaciones y abusos de Maia y Celia, y aun así les servía como una buena cuñada.
No le contó nada a su pareja, ya que eran su familia y siempre se mostraba humilde ante ellos.
Sin embargo, él se convirtió en el alfa de la Manada Garra Roja cuando su hermano murió, dejando a Maia viuda y embarazada.
Cuando lo conoció, Amelia se sintió fascinada y supo que era el amor de su vida. Pero, ¿quién iba a imaginar que Maia, la viuda del difunto hermano de Ernesto, sería más importante que ella?
Cuando Ernesto se casó con Amelia, casi nunca se preocupó por ella. En cambio, pasaba más tiempo con su cuñada. Incluso era más protector con ella.
Todo el mundo se daba cuenta de cómo la trataba a Maia, y se rumoreaba que él estaba enamorado de ella.
La mente de Amelia era un caos y tenía el cuerpo empapado; el brazo y la frente le sangraban.
Le costó un gran esfuerzo ponerse en pie.
Por suerte, Hugo, la beta de la manada, tuvo la gentileza de ayudar a Amelia. La llevó a la enfermería para que le curaran las heridas.
"Gracias, Hugo", dijo Amelia agradecida mientras caminaban lentamente hacia la enfermería.
Aunque Amelia no dejaba de pensar que si le hubiera contado a Ernesto su verdadera identidad, ¿le creería a ella en lugar de a su cuñada? ¿Debería decirle la verdad?
'Tienes que contarle la verdad', gruñó Alexa como recordatorio. Hasta su loba odiaba a Maia y Ernesto.
¿Pero le creería? Como dijo su pareja, había muchos testigos.
Cuando Maia saltó desde el acantilado, la agarró de la mano para arrastrarla. Sin embargo, para los espectadores, sucedió tal y como ella le dijo que sería.
La mano de Amelia estaba en el pecho de Maia, y sin duda daba la impresión de que estaba empujándola, y lo que hizo Maia después fue intentar no caerse cuando agarró la mano de Amelia, pero, por desgracia, fue arrastrada y las dos cayeron al mar.
Tuvo que admitir que Maia era una buena conspiradora.
Al recordar la sangre que brotaba de la parte inferior de su cuerpo, Amelia se dio cuenta de que había muchas posibilidades de que sufriera un aborto, y eso no sería bueno para ella.
«Yo mismo te castigaré», las duras palabras de Ernesto volvieron a resonar en la mente de Amelia.
'Aun así, tienes que explicar lo que pasó', gruñó Alexa.
'Quise explicárselo, pero no me escuchó', le dije.
'Inténtalo otra vez', gruñó.
Ella sabía que su loba estaba molesta por lo que había hecho Maia.
Con la esperanza de que su compañero le creyera, estaba algo indecisa.
Luego de caminar lentamente, con la ayuda de Hugo, al fin llegaron a la enfermería.
Antes de poder ser atendida por un médico para tratar sus heridas, su pareja la llamó a través de un enlace mental: "Ven enseguida a la sala de Maia".
Su fría voz le produjo escalofríos, pero no se atrevió a desobedecerlo.
Se dirigió lentamente al pabellón donde fue citada y, conforme se acercaba a su destino, tuvo una sensación inquietante.
Si todo este tiempo estuvo de parte de su cuñada, ¿en esta ocasión le creería? Le rezó a la Diosa Luna para que así fuera, al menos por esta vez.
Frente a la sala de Maia, Amelia respiró hondo antes de empujar la puerta y encontrarse con la fría mirada de Ernesto.
El punto de vista de Amelia.
Me quedé paralizada ante la fría mirada de Ernesto.
No ayudó que siguiera empapada y que el frío que sentía no disminuyera.
Su mirada me hizo sentir aún más frío, como si volviera a sumergirme en agua helada.
"¡Quédate ahí!", ordenó con dureza.
Le daba igual que siguiera sangrando en los brazos y la frente, que manchara el suelo blanco de la sala con manchas rojas.
Maia se encontraba echada en la cama, pálida y débil, y el doctor la estaba examinando.
Había enfermeras, parejas gamma y algunos miembros de la manada agrupados fuera de la sala.
Pude escuchar los murmullos de los miembros de la manada.
"No puedo creer que la Luna se atreviera a empujar a Maia por el acantilado".
"¿Quién iba a pensar que era tan despiadada?"
"¿No te parece lógico que estuviera celosa? El Alfa prefiere a Maia más que a nuestra Luna. Debió pensar que era una amenaza y quiso matarla".
Cuando escuché sus comentarios hirientes y contemplé las miradas acusadoras de todos los presentes, palidecí. Apreté con fuerza mi camiseta y me mordí los labios. Eso dolía...
"Lo lamento, pero no pudimos salvar al bebé", dijo el doctor después de revisar y ponerle el goteo a Maia.
Las palabras del doctor fueron como una sentencia de muerte para mí.
Maia empezó a llorar desconsoladamente. "¿Por qué? ¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? Perdí a mi compañero, y ahora he perdido el único regalo que me dejó, nuestro bebé!"
Su lamento fue muy desgarrador. Si no supiera la verdad, incluso podría conmoverme y hacerme llorar con su interpretación de viuda desconsolada que había perdido a su hijo.
"¡Amelia!", la hermana de Ernesto, Celia, se acercó a mí, alzó la mano y me dio una bofetada en la mejilla.
Como no me lo esperaba, no pude detenerla ni esquivarla. Mi compañero solo nos miraba con frialdad y sin intención de parar a su hermana.
"¿Ahora estás contenta?", me miró con rabia. "¡Has matado a su bebé! ¡Te has ensañado con ella empujándola por el acantilado! ¡Arrodíllate y pídele perdón!"
Miré a mi compañero e intenté explicarle: "Ernesto, puedo explicarte..."
Él me contestó con sorna: "¿Qué es lo que quieres explicar? ¿Que la empujaste vilmente por el acantilado y saltaste con ella para que todos piensen que tú también fuiste una víctima?"
"¡Pero ella se lanzó por el acantilado y me llevó consigo!", intenté explicar lo que había pasado con nerviosismo.
"¿Crees que todos son tontos y ciegos? ¿Por qué Maia se tiraría por el acantilado si eso es peligroso por su condición?", gruñó mi compañero.
"¡Pero yo no la empujé!", seguí defendiéndome con la verdad.
"¡Basta!", gritó Ernesto, y su aura de alfa brotó de su cuerpo, haciendo que todo el mundo, incluida yo, se acobardara. "Deja de mentir y de intentar calumniar a mi cuñada".
"Has matado al bebé de mi hermano. Arrodíllate y pídele perdón como te ha dicho mi hermana", dijo con seriedad.
Me quedé paralizada por sus palabras. ¿Por qué no me creyó? ¿Por qué creyó en las palabras de otra persona y no en las de su pareja? ¿Era cierto que estaba enamorado de Maia?
No quería disculparme con ella, y mucho menos arrodillarme. ¡Lo que mi compañero me pidiera que hiciera era humillante! Me sentí furiosa...
"No pienso arrodillarme ni disculparme. No hice nada malo", gruñí.
"Si no lo haces, anularé nuestro vínculo de pareja", dijo con indiferencia.
Me volví a quedar paralizada. ¿Pondría fin a nuestro matrimonio por culpa de Maia?
'¡D*sgraciado!', gruñó Alexa.
"¡Ernesto, te estás pasando!", le grité. "¡Soy la Luna de la manada, y nunca me arrodillaré delante de nadie! ¡Ni tampoco me puedes obligar a hacerlo! ¡Está en las reglas de la manada!"
"¿Las reglas de la manada?", mi compañero soltó un bufido.
Enderecé la espalda y levanté la barbilla. "¡Está estipulado que nadie puede obligar a una Luna a arrodillarse o a disculparse por algo que no ha hecho!"
Me sorprendió que Ernesto se riera.
"Amelia, ¿crees que, como la Luna de la manada, puedes hacer cualquier cosa con total libertad y no pedir perdón por tus maldades?", me reprochó.
"Creo que has estado abusando de tu poder como la Luna de la manada".
Se puso de pie y se colocó frente a mí. Extendió la mano y me pellizcó la barbilla con fuerza.
"Y para que lo sepas, fui yo quien hizo esas reglas, y como el creador, ahora te digo que te arrodilles y te disculpes con Maia", bramó.
De reojo, vi que Celia tenía una expresión de alegría y Maia, una sonrisa de victoria.
"¿Crees en lo que te dice otra persona en vez de confiar en tu pareja?", yo, tontamente, seguía pensando que podía hacer que me creyera a mí en lugar de a esa z*rra de Maia.
"¡Ya es suficiente, Amelia! Así sigas negándolo, la evidencia es clara. ¡Todo el mundo vio lo que hiciste!", me soltó la barbilla de un tirón, y yo retrocedí unos pasos por la fuerza.
"Tú... ¿En serio no me crees?", me sentí triste. Era inútil defenderme ahora.
Al mirar a Maia, la vi de nuevo débil y afligida, con la cara llena de lágrimas.
«Maia sí que eres una muy buena actriz.»
"No me gusta volver a decir lo mismo, Amelia. Arrodíllate y discúlpate o anularé nuestro vínculo de pareja y me divorciaré de ti", dijo mi compañero con frialdad.
"JAMÁS me arrodillaré ni pediré perdón por algo que no he hecho", respondí con terquedad y salí del hospital sin voltear a nadie.
"¡Amelia!", Ernesto gritó mi nombre, pero lo ignoré y seguí caminando hacia la casa principal de la manada, donde vivía con él como Alfa y Luna de la manada.
Cuando entré a la sala, oí el frenazo de un auto. Me di la vuelta y vi a mi compañero furioso.
"¿Sigues sin querer arrodillarte y disculparte?", preguntó con los ojos entrecerrados.
"Ya te lo dije antes. No pienso arrodillarme ni disculparme por algo que no he hecho", le dije con frialdad.
"¡Guardias!", gritó antes de que pudiera decir otra cosa.
De repente aparecieron dos guardias y me sujetaron de los brazos.
"¡Hagan que se arrodille!", ordenó él.
El punto de vista de Amelia.
Me quedé boquiabierta. Era increíble que Ernesto le hiciera esto a su propia compañera.
Luché contra los guardias que me llevaban hacia la puerta. Una vez fuera, me empujaron por los hombros. Como una futura Alfa, mi fuerza no era ordinaria. Resistí sus empujones y me mantuve en pie.
Sin decir nada, Ernesto me miraba con frialdad. Al ver que los guardias no podían obligarme a arrodillarme, se acercó a nosotros y me dio una patada en la parte posterior de las rodillas.
Quedé sorprendida, ya que no me lo esperaba. Mis rodillas cedieron y caí al suelo, él logró que me arrodillara con su patada.
"Quédate aquí y recapacita sobre lo que has hecho", dijo con severidad antes de ordenarle a los guardias que se aseguraran de que yo siguiera de rodillas. Luego se dio la vuelta y volvió a entrar a la casa, cerrando la puerta tras de sí.
Los guardias siguieron sujetándome por los hombros, presionándome e impidiendo que me levantara.
Era la primera vez en mi vida que me sentía tan humillada, y quien lo hacía era mi propio compañero.
La ira recorrió cada fibra de mi cuerpo. No podía creer que mi pareja fuera tan despiadada.
'M*ldito d*sgraciado', lo insultó Alexa.
Coincidí con ella. Ernesto era un m*ldito d*sgraciado.
El fuerte viento que soplaba a mi alrededor no ayudaba. Sentía tanto frío que mi cuerpo temblaba hasta hacerme rechinar los dientes. Aún no me había cambiado la ropa mojada ni me habían limpiado y vendado las heridas.
Al cabo de no sé cuántas horas de estar arrodillada, mi compañero por fin salió.
"Ernesto, yo...", seguía teniendo esperanzas de que me escuchara, pero lo que dijo a continuación borró todo mi optimismo.
"¿Has reflexionado sobre lo que hiciste? ¿Estás lista para disculparte con Maia?", me interrumpió tajantemente.
"¿Así es como tratas a tu compañera?", pregunté mientras apretaba los dientes.
"¿Compañera?", se echó a reír. "¿Crees que me importa que seas mi pareja? Para mí, una compañera es solo un peldaño para hacerme más fuerte. Un Alfa necesita una Luna para fortalecerse a sí mismo y a su manada", dijo con frialdad.
Jadeé y empecé a sentirme molesta. "Tú... ¿Jamás te preocupaste por mí? ¿Nunca me amaste?"
"¿Amar?", preguntó y me miró de forma burlona. "Te elegí como compañera y me casé contigo fue para que mi manada tuviera una Luna".
Lo miré y sentí que mi corazón se quebraba. Tres años. Fueron tres años de ser su compañera y su Luna. Había intentado con todas mis fuerzas ser una Luna perfecta para él. ¿Y eso era todo lo que significaba para él? ¿Un medio para evitar disgustos y un peldaño para ser más fuerte?
"¿Estás preparada para reconocer tu error?", preguntó impaciente.
Alcé el mentón con terquedad. "¡JAMÁS!"
"Entonces arrodíllate hasta que reconozcas tu error", espetó y se dio la vuelta para entrar de nuevo a la casa.
"Alfa", de repente apareció Beta Hugo. "Maia se ha despertado, y no para de llorar".
"¿Qué? ¿Ya la ha examinado el doctor?", preguntó Ernesto con preocupación.
"Está histérica y no ha permitido que nadie se le acercara", informó Beta Hugo.
"De acuerdo, ahora iré al hospital", dijo mi compañero.
Después se dirigió a mí y me dijo: "No causes más problemas o te atendrás a las consecuencias".
Luego de advertirme, se fue a toda prisa con su Beta. Los dos guardias los siguieron ya que eran la escolta personal de mi compañero.
Solté una risa amarga. Qué est*pida fui al pensar que las parejas debían enamorarse la una de la otra.
Tras oír sus palabras, dejé de tener esperanzas en él. Lo único que sentí fue decepción.
Intenté ponerme de pie a pesar de tener las piernas entumecidas por estar arrodillada tanto tiempo. Me apoyé en las paredes y caminé despacio hacia nuestro dormitorio.
'¿Dejarás a ese b*stardo?', me preguntó mi loba mientras me cambiaba de ropa.
'Sí. ¿Te parece bien?', le pregunté. Sabía que romper el vínculo de pareja sería muy doloroso para mí, pero sobre todo para Alexa. No sabía cómo le afectaría.
'Prefiero que lo dejes a que sigas unida a él', gruñó mi loba.
'¿No te afectará?', pregunté.
'Me dolerá. Sufriré por un tiempo, pero lo superaré. Quiero que seas feliz, Amelia', dijo.
Su comentario casi me hace llorar. Alexa fue la única que se preocupó por mí en los tres años que estuve casada con Ernesto.
'Bueno, no llores ahora', intentó consolarme. '¿Qué plan tienes en mente?'
'Irme de aquí y regresar a la Manada Plenilunio', le dije mientras empezaba a empacar mis cosas.
'Muy bien', me dijo, y pude sentir lo orgullosa que estaba de mí por haber tomado esta audaz medida.
Cuando terminé de hacer la maleta, la arrastré y salí sin que nadie se diera cuenta. Todos andaban ocupados haciendo comidas nutritivas para Maia en la cocina o yendo al hospital a cuidarla.
«Qué irónico», pensé. Él permitía que todos cuidaran de alguien que no era su pareja, mientras que nadie atendía a su compañera herida.
Al mirar el cielo de la noche sin estrellas, sentí que las lágrimas volvían a caer. Había intentado ser su pareja perfecta durante tres años, pero todo se fue al traste por culpa de otra mujer.
Comencé a caminar hacia la frontera de la manada mientras jalaba mi maleta.
El viento empezó a soplar y temblé de nuevo a causa del frío.
'Amelia, ¿no quieres que vayamos primero al hospital para que te curen las heridas?', preguntó mi loba con preocupación.
'¿Y ver a esas z*rras? No, gracias', le contesté, y Alexa no dijo nada más.
Mientras más caminaba, más débil me sentía. Mi respiración se hizo más pesada, mis heridas empezaron a palpitar y sentí que mi visión empezaba a nublarse.
'Amelia, vamos primero al hospital', la voz angustiada de Alexa sonó en mi mente.
Mi cuerpo se balanceó y caí al suelo, presintiendo que toda mi energía se había agotado. No podía mover ni un centímetro de mi cuerpo. Noté que la oscuridad se apoderaba de mí.
«¿Qué debería hacer?»
Se me vino una imagen a la mente y tuve que esforzarme mucho para abrir un enlace mental que no había utilizado en los últimos tres años.
'¿Amelia?', preguntó un hombre con desconcierto cuando se abrió nuestro enlace mental.
'Sam... Ayúdame... Recógeme... en... la... frontera... de... la Manada... Garra... Roja', dije con mucha dificultad antes de desmayarme.