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Mi exmarido se arrepiente

Mi exmarido se arrepiente

Autor: : Alfons Breen
Género: Moderno
Dos años después de su boda, Ximena perdió el conocimiento en un charco de sangre durante un parto difícil, olvidando que su exmarido se iba a casar con otra persona ese día. "Nos vamos a divorciar, pero el bebé se queda conmigo". Estas palabras resonaron en su mente. Sabía que él no estaba allí para ayudarla, sino para quitarle a su hijo. Ximena preferiría morir antes que ver a su hijo llamar madre a otra mujer. Posteriormente perdió la vida en la mesa de operaciones con dos bebés en su vientre. Pero ese no fue el final para ella... Años más tarde volvió a encontrarse con Ramon, que ha cambiado mucho. Quería quedársela para él a pesar de que ya era madre de dos hijos. Y cuando supo que ella se iba a casar de nuevo, irrumpió como un loco. "Ramon, ya morí una vez antes, así que no me importa volver a morir. Pero esta vez, quiero que muramos juntos", gritó ella, mirándolo con angustia en sus ojos. Ximena pensó que él no la amaba y estaba feliz de estar fuera de su vida. Pero lo que ella no sabía era que la noticia de su inesperada muerte le había roto el corazón. Durante mucho tiempo lloró de dolor y agonía. Siempre deseó poder retroceder en el tiempo o ver su hermoso rostro una vez más. Todo esto fue demasiado para Ximena, cuya vida estuvo llena de idas y venidas. No sabía si debía volver al lado de su exmarido o seguir adelante con su vida. ¿Cuál elegiría ella?

Capítulo 1 Abandonada y desamparada

Ximena Griffin había perdido la cuenta del número de veces que marcó el número de Ramon Mitchell en la última hora. En cada intento se encontraba con el mismo silencio decepcionante. Acababa de dar a luz a su hijo y él no aparecía por ninguna parte. ¿Cómo podía ser tan insensible?

Aferrada a la manta esterilizada del hospital, su visión se nubló por las lágrimas no derramadas. En su frustración, se mordió el labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor de la sangre. En el exterior, distinguió débilmente a alguien que suplicaba al médico que salvara la vida del bebé. Fue entonces cuando recordó que era el día de la boda de Ramon, con otra mujer.

Ella sabía que él solo quería al bebé, no a ella.

Ya había elegido un nombre para su hijo y una nueva madre para sustituirla.

¡Qué audacia!

Luchando contra las lágrimas y soportando el dolor agonizante que sacudía su cuerpo, Ximena se aferró con fuerza a su recién nacido.

De repente, la puerta de la sala de partos se abrió de golpe. Entró un grupo de personas, entre ellas Melanie Griffin. Ximena perdió el color de su rostro. Sujetó a su bebé con más fuerza y su mirada se endureció al ver a los intrusos.

Melanie la contempló con desprecio y exigió: "¡Entrégame al bebé, Ximena! Se lo debes a mi hermana. Si le pasa algo, Ramon te lo hará pagar".

"¡Yo no le hice daño a Lyla!", replicó la joven, desafiante.

Sin inmutarse, Melanie se burló: "Que lo hicieras o no es irrelevante. Si Ramon cree que eres culpable, entonces lo eres. Dame al bebé. Es la clave para que Lyla entre en la familia Mitchell y se case con Ramon. Mi familia lo celebrará. En cuanto a ti, ¡te pudrirás en la cárcel por lo que le hiciste!".

"¡No! ¡No tuve nada que ver con lo que le pasó! ¡No pueden llevarse a mi bebé!", protestó Ximena enérgicamente.

¡Era inocente! ¿Por qué Ramon creería tales mentiras y la castigaría de forma tan injusta? Llevó nueve meses al niño, y lo quería con toda su alma. No permitiría que nadie se lo llevara.

Con manos temblorosas, tomó el celular y marcó repetidamente el número de Ramon, pero fue en vano. Finalmente, su celular se apagó.

Melanie se burló: "¿De verdad crees que Ramon contestará? No eres más que una herramienta para él. Ahora que has dado a luz, no sirves para nada. Ramon se divorció de ti por asco y prefiere casarse con Lyla, incluso en estado vegetativo, antes que estar contigo. ¡Despierta, Ximena! ¡Ramon nunca te quiso!".

Las palabras de Melanie fueron como una daga en el corazón de Ximena. No podía creer que Ramon fuera tan cruel. Sus dos años de matrimonio no significaban nada para él, y ella no era más que un peldaño para que Lyla pudiera unirse en matrimonio a la familia Mitchell.

De repente, un dolor agudo brotó de su bajo vientre. Ximena jadeó horrorizada. Sentía como si le estuvieran desgarrando el cuerpo. Notó el goteo caliente de la sangre que le bajaba por las piernas y se acumulaba en el blanco piso. Su respiración era entrecortada y sintió que perdía el conocimiento.

"¡Tiene una hemorragia!", gritó asustada una enfermera.

Melanie observó con indiferencia cómo Ximena se desplomaba en el piso y luego gritó: "¿Qué están esperando? ¡Traigan al bebé! ¡Rápido, o lo lamentarán!".

El bebé fue rápidamente arrebatado de los brazos de Ximena.

Aunque su cuerpo cayó sin conocimiento, el grupo que había irrumpido parecía indiferente a su situación.

Inmediatamente después, el equipo quirúrgico del hospital se apresuró a obtener el consentimiento para una operación de urgencia, pero nadie estaba dispuesto a firmarlo.

Todos sabían que Ramon no amaba a Ximena. Ella y su bebé no eran más que peones para facilitar que Lyla Griffin se uniera a la familia Mitchell. A nadie le importaba el bienestar de la joven; para ellos, su muerte sería un resultado más favorable.

Poco después de que Ximena fuera llevada a urgencias, el médico salió con expresión sombría, anunciando que había sufrido un paro cardíaco. Melanie no mostró sorpresa y se marchó con el bebé.

Las duras luces del hospital proyectaban un brillo espeluznante sobre el piso empapado de sangre, y el formulario de consentimiento sin firmar yacía olvidado, manchado con la sangre de Ximena.

Sin embargo, en cuanto Melanie y los demás se hubieron marchado, un asistente médico salió corriendo de la sala de urgencias e informó al médico: "¡Tenemos un problema, doctor! La paciente... ¡Tiene otros dos bebés en el vientre...!".

Cuatro años después de aquel fatídico día, un niño estaba sentado tranquilamente en su habitación de la propiedad de la familia Griffin.

El pequeño, Neil Mitchell, tenía unos ojos profundos y expresión madura que contradecían su edad. Su rostro era perfecto, salvo por la leve marca de una bofetada en la mejilla.

La puerta se abrió de repente, dejando ver a Melanie con su vestido rojo de alta costura y tacones altos. Su irritación fue evidente al ver que el niño seguía sin vestirse para el evento.

"Los invitados están aquí, Neil. ¡Cámbiate de ropa ahora y sal conmigo!".

"No voy a salir", respondió con frialdad.

El rostro de Melanie se contorsionó de ira mientras se abalanzaba sobre él.

"¡Dije que te pusieras tu ropa formal ya mismo!".

"¡No quiero hacerlo!", replicó Neil, mostrando su mejilla hinchada.

Los ojos de Melanie se posaron en el castillo de Lego que él había construido con tanto esfuerzo, y lo tiró al piso en un arrebato de furia.

El pequeño observó incrédulo cómo su pieza se hacía añicos, con los ojos llenos de lágrimas. Se las secó y gritó: "¡Tía Melanie! Pasé toda la noche construyéndolo. ¿Por qué lo rompiste?".

Oír la palabra "tía" no hizo más que avivar la indignación de la mujer. Era un recordatorio constante de que todo lo que tenía era gracias a Neil. Sus ojos eran fríos cuando dijo: "Eso te pasa por testarudo. ¡Ahora baja!".

"¡Te odio!", siseó Neil, recogiendo la ropa de etiqueta del piso y arrojándosela a Melanie.

Ella lo agarró de la muñeca y lo miró fijamente. "Escucha, Neil. De no ser por mí, te habrían abandonado en el orfanato. Así que no me importa que me odies, pero tienes que aguantarte hasta que acabe la fiesta y se hayan ido todos los invitados. ¡Si no, te enviaré al orfanato!".

Era la primera vez en cuatro años que Ramon organizaba una gran fiesta de cumpleaños para Neil. Y para Melanie se trataba de una preciosa oportunidad de acercarse al hombre después de tantos años. Nunca dejaría que este niño obstinado arruinara su futuro.

"¡Si no quieres bajar, quédate aquí para siempre y no salgas nunca!".

Melanie salió furiosa del dormitorio y cerró la puerta por fuera.

El miedo inundó inmediatamente el rostro de Neil. La última vez que estuvo encerrado, se asustó mucho porque todo estaba oscuro y espeluznante, y solo tenía ratones como compañía. Aquello lo traumatizó tanto que desarrolló una fobia a estar solo y en la oscuridad.

El pobre niño corrió hacia la puerta cerrada y la golpeó con sus pequeñas manos, llorando y suplicando: "¡Tía Melanie, lo siento! ¡Por favor, abre la puerta! ¡No quiero estar solo! ¡Tengo miedo! ¡Prometo portarme bien! ¡Tía, por favor!".

Capítulo 2 Odio

El fuerte y lamentoso llanto de Neil se escuchó en toda la villa. Los Griffin se mostraron extremadamente molestos por ello.

"¿Cuándo dejará de llorar ese mocoso?", se quejó Tracy Griffin, volteando los ojos con impaciencia. "Es tan inútil, igual que su difunta madre. Molesta un montón", agregó con desdén.

Melanie solo frunció el ceño. "Mamá, ¿acaso no recuerdas? Él es el hijo de Lyla. ¿Qué tiene que ver con esa mujer tan despreciable?".

Los ojos de Tracy se abrieron por completo al darse cuenta de su error. Deprisa se tapó la boca y miró a su alrededor. Por fortuna, no había nadie más allí. "¿Cuándo vendrá Ramon a recogerte a ti y a ese pequeño mocoso?".

"Ya está en camino. Sin embargo, Neil no quiere ir con nosotros", contestó.

Tracy dijo entre dientes: "Bueno, no para de llorar. Pienso que deberías sacarlo a la fuerza y darle una paliza para que sepa cuál es su lugar".

"Ni hablar. Si alguien me ve golpeando a un niño, quién sabe qué dirán de nosotros. Aunque a Ramon no le guste Ximena, Neil sigue siendo su hijo", respondió la otra.

Pese a la antipatía de Melanie hacia Neil, entendía que era el único hijo de Ramon y que su familia dependía de él para ganarse el favor de la familia Mitchell. Si deseaba estar con Ramon, todavía necesitaba usar a Neil como palanca.

Podía perdonarlo por ahora. Si no se comportaba en el banquete de cumpleaños, no sería demasiado tarde para lidiar con él.

Mientras Melanie y Tracy hablaban, Neil logró trepar por la ventana del dormitorio del piso de arriba...

De pronto, todos en la villa escucharon un fuerte ruido y se sobresaltaron al instante.

"¿Qué fue eso?", preguntó Melanie con ansiedad.

Para responder a su pregunta, los guardias afuera comenzaron a gritar: "¡Neil se cayó del edificio!".

El rostro de Melanie se puso pálido de inmediato. "¿Qué? ¡¿Se cayó del edificio?!".

En cuanto salió corriendo, lo primero que llamó su atención fue un niño tendido en un charco de su propia sangre. Se trataba de Neil.

"¡Ramon va a venir a recogerlo! ¿Qué se supone que haga?", gritó Melanie, presa del pánico.

En ese instante, dos brillantes faros brillaban a lo lejos mientras el convoy de la familia Mitchell se dirigía hacia la villa de los Griffin.

Mirando a Neil, que yacía en un charco de sangre, los presentes se encontraban asustados y ninguno sabía qué hacer.

Melanie, por su parte, sentía el sudor frío gotear de su frente mientras le temblaban las manos. Aunque se sentía así, reunió el valor para correr y detener el convoy poniéndose en su camino.

"¡Ramon, ha pasado algo! Se trata de Neil. ¡Se cayó de la ventana!".

Ante eso, el convoy se detuvo y todos lucían aterrados.

Las lágrimas brotaron de inmediato en los ojos de Melanie en cuanto miró a Ramon.

"No sé cómo sucedió. Él insistió en encerrarse en su habitación; no esperaba que fuera tan descuidado y se cayera de la ventana. Lo lamento tanto, Ramon. Es mi culpa. No cuidé bien de él y...".

"¿Dónde está ahora?", interrumpió Ramon, sin darle a la mujer otra oportunidad de hablar. El tono de su voz estaba impregnado de una gran ira.

Con las manos temblorosas, Melanie señaló a Neil, que estaba bañado en sangre e inmóvil.

Los ojos del hombre se pusieron rojos de ira, mientras agarraba a Melanie por el cuello y gritaba: "¡Si le pasa algo, tú pagarás por ello!".

Los ojos de esta se abrieron por completo debido a la sorpresa. Estaba tan asustada que las lágrimas fluían incesantemente de sus ojos.

Ignorando todo lo demás, él llevó a Neil al hospital apresuradamente.

El director del hospital los recibió personalmente. Sin perder tiempo, afirmó que el niño resultó gravemente herido y necesitaba una cirugía de emergencia. Por fortuna, esa noche había muchos médicos de guardia. No obstante, en vista de la influencia de la familia Mitchell, el director optó por permitir que un médico recién contratado en el extranjero, por el cual había invertido considerablemente en la contratación, llevara a cabo personalmente la cirugía en Neil.

"Doctora Griffin, tu paciente es un niño de tres años. Es el hijo único del señor Mitchell, por lo que debes tener mucho cuidado durante la cirugía. Debe tener éxito sea como sea", exigió el director. "De no ser así, su muerte traerá grandes problemas a este hospital".

Ximena recogió su cabello con indiferencia antes de examinar los resultados de la radiografía. "Claro, haré todo lo posible por salvar a cada paciente, sin importar quiénes sean. Espera un momento... ¿El señor Mitchell? ¿Cuál?".

"Ramon Mitchell, se trata del hombre más poderoso de Fairedge. Seguramente has oído hablar de la familia Mitchell, ¿cierto?".

Instintivamente, apretó los puños. A pesar de que llevaba mascarilla, se notaba en su rostro un gesto de asombro. No esperaba encontrarse con Ramon poco después de comenzar a trabajar en ese hospital. Sin embargo, lo más importante... ¿cómo fue posible que él tuviera un hijo?

"¿Él tiene un hijo?", preguntó Ximena atónita.

"Sí, un niño pequeño. Ahora tiene tres años", asintió el director. "¿No te dije la situación del niño hace un momento?".

"La exesposa de Ramon ya falleció. ¿De dónde salió este niño?". La joven alzó una ceja. "Si el niño fuera de su exesposa, debería tener cuatro años".

"Es hijo de Lyla Griffin. Al poco tiempo de fallecer la exesposa de Ramon hace cuatro años, Lyla recuperó la conciencia. Tras un año, dio a luz a un hijo, Neil Mitchell. El pequeño acaba de cumplir tres años".

Al escuchar eso, Ximena sintió un agudo dolor en el pecho. El brillo en sus ojos desapareció en el instante en que se dio cuenta de que el niño era hijo de Lyla.

Dejó la bata quirúrgica que sostenía y miró al director. "Señor, lo siento, no puedo realizar esta operación".

Los ojos del director se abrieron por completo. "¿Por qué no puedes? ¡Acabas de prometer! ¿Por qué ahora no puedes?".

"Acabo de regresar del extranjero y no me siento bien en este momento. Puedes pedirle al doctor Young que realice esta cirugía", respondió, tratando de tranquilizarse.

No era una persona indulgente. Podía operar a cualquier otra persona, pero no al hijo de Lyla.

Luego de eso, Ximena se dio la vuelta y se marchó. El director la siguió de inmediato.

Mientras tanto, Ramon esperaba ansiosamente afuera del quirófano a que llegara el doctor. Al ver que se retrasaba, su enojo alcanzó un punto crítico.

Y después, al enterarse de que la cirujana principal quería echarse atrás, no pudo contener más su ira y ordenó a los guardaespaldas que lo siguieran para enfrentarla.

La tensión se palpaba en el aire mientras Ximena permanecía quieta en el silencioso pasillo. Sentía la mirada fría de alguien clavada en su espalda, como una cuchilla afilada. Sospechaba que si se iba, el hombre detrás de ella no dudaría en darle una lección.

Pero, ¿y qué? Hacía cuatro años, había llamado a Ramon tantas veces, pero él se había negado a venir a verla una última vez. Y ahora, a pesar de eso, ¿quería que ella salvara a su hijo?

¡Qué sinsentido!

Llena de rabia, el cuerpo de Ximena tembló ligeramente. En cuanto se giró, sus ojos se encontraron con la feroz mirada de Ramon. Era igual que antes, altivo e insensible. Ya olvidó cuánto lo había amado. En ese instante, todo lo que sentía por él era solo odio.

"Señor Mitchell, hoy no me siento bien, así que no puedo realizar la cirugía en su hijo. No se preocupe; el doctor Young es un cirujano experimentado. Iré a buscarlo ya mismo", declaró con frialdad.

Escuchando su voz, el corazón de Ramon dio un vuelco.

Un poco de sorpresa se reflejó en sus ojos mientras caminaba lentamente hacia la mujer que tenía delante, manteniendo su mirada en ella.

La joven llevaba una mascarilla que casi cubría por completo su rostro. Pese al olor a desinfectante que impregnaba el ambiente, Ramon podía percibir un olor familiar proveniente de ella.

"¿Qué sucedería si insisto en que realices esta cirugía el día de hoy?", preguntó, "¿Qué harías?".

Apenas dijo eso, sus guardaespaldas rodearon a Ximena de inmediato.

Su respiración se aceleró mientras fruncía el ceño, apretando los puños. "No haré esta cirugía sin importar lo que me digas. Si lo deseas, puedes matarme y aun así, eso no hará ninguna diferencia".

Capítulo 3 Él es su hijo

El director estuvo a punto de perder la paciencia. No podía creer que la médica a la que pagaba un salario considerable se atreviera a decir eso.

Por su parte, Melanie jamás había imaginado que conocería a alguien más audaz que la difunta Ximena.

Al observar a la doctora frente a ella, cruzó los brazos sobre el pecho y frunció el ceño. "¿Quién te crees que eres? ¡Realizar una operación en el hijo de Ramon es un privilegio! Baja de tu pedestal. Si te atreves a hacer algo que ponga en peligro su condición, pasarás el resto de tu vida pagándolo".

"Si es un privilegio tan grande, deberías hacerlo tú misma", dijo Ximena sin dudarlo.

Melanie no podía creer lo que acababa de escuchar. Tomando la mano de Ramon, dijo: "¿Escuchaste lo que acaba de decir? Si le pasa algo a Neil, es su culpa".

Ante eso, Ximena estalló en risas. "¡Qué ridículo es eso! ¿Acaso lo empujé desde el edificio? ¿Cómo puede ser culpa mía?".

Aquellas palabras tocaron un punto sensible en Melanie, y su rostro se tornó pálido. Rápidamente dijo: "Deja de decir tonterías. ¡Neil se cayó él solo, nadie lo empujó! ¿Eres médica o no? ¿No juraste el juramento hipocrático? ¿Cómo puedes estar aquí perdiendo el tiempo mientras un paciente se está muriendo en la sala de operaciones? ¿Qué rencor tienes en contra de Neil?".

Después, dirigiéndose al director del hospital, continuó: "¿Acaso no tienen un sistema de selección al contratar médicos? ¿Cómo esta mujer llegó a ser doctora? ¡Si le sucede algo al pequeño, los demandaré!".

Temblando de miedo, el director se disculpó repetidamente con Melanie y Ramon. Deprisa, organizó que el doctor Young realizara la cirugía en su lugar.

Pero justo cuando estaba a punto de entrar a la sala de operaciones, Ramon lo detuvo.

Después, dirigió su mirada feroz hacia Ximena. "Tienes que hacer esta cirugía", ordenó en voz baja, pero peligrosa.

Burlándose con desdén, la joven se dio la vuelta para alejarse.

Fue esta acción la que llevó a Ramon al límite. Con un rápido movimiento, se colocó frente a Ximena y la agarró del cuello.

"Ramon Mitchell, maldito bastardo, ¡suelta!", maldijo ella, arañando su mano.

Un destello de frialdad cruzó los ojos del hombre. Había pocas personas en el mundo que se atreverían a hablarle así. Una de ellas era su difunta exesposa.

Mientras miraba a la mujer que luchaba frente a él con furia en sus ojos, se detuvo y evocó la imagen de su exesposa en su mente. Muy bien recordaba que Ximena tenía un par de ojos impresionantes y hermosos, igual que la feroz doctora que tenía delante.

Los labios de Ramon se curvaron en una sonrisa neutral. "Si hoy le pasa algo a Neil, tú serás la culpable. ¡Este hospital pagará el precio!".

Con la intención de subrayar su punto, empujó a la doctora al suelo, finalmente soltando su garganta.

Sentada en el piso, Ximena tosió en varias ocasiones. Aún sentía la dolorosa presión en su cuello, como una advertencia persistente. Mientras veía alejarse a Ramon, lágrimas de resentimiento afloraron en sus ojos.

Poniendo su palma en la pared a su lado para apoyarse, se puso de pie con dificultad y dijo con voz ronca: "¡Te arrepentirás de esto!".

En su corazón no había más que puro odio por este hombre, y como resultado, no sentía ningún afecto positivo por el niño en la sala de operaciones.

Pero una vez que entró en el quirófano, su profesionalismo se impuso, obligándola a dejar de lado sus sentimientos personales. No deseaba poner todo su odio en un niño inocente.

Respirando profundo para calmarse, vio al niño que estaba inconsciente en la mesa de operaciones. Su rostro estaba hinchado y lleno de sangre por el impacto. Sin embargo, le parecía extrañamente familiar.

Obviamente, Ximena no tenía tiempo para pensar en ese tipo de cosas. El niño sufrió varias fracturas que tuvieron que ser atendidas deprisa.

Luego de tres largas horas, la operación terminó.

La cirugía fue todo un éxito y el personal médico estaba de muy buen ánimo, todos excepto Ximena.

Dado que el niño era hijo de Ramon, era inapropiado dejarlo cubierto de manchas de sangre sucia. El personal insistió en limpiarlo un poco antes de sacarlo de la sala de operaciones. Ximena fue la encargada de limpiarle la cara.

Levantó a regañadientes una almohadilla de algodón húmeda. Ni siquiera había notado que apretaba los dientes; así de mucho odiaba a Ramon, y por extensión, a Neil. Sin embargo, mientras limpiaba las manchas de sangre, se quedó helada.

Fue con manos temblorosas con las que terminó de limpiar el resto de su pálido rostro. De hecho, estaba llena de incredulidad. ¿Cómo era posible?

"¿Quién es este niño?", preguntó ella sin aliento, agarrando al asistente a su lado.

"Este es Neil Mitchell, el hijo de Ramon Mitchell, el heredero de la familia", dijo el asistente.

"Neil Mitchell. ¡Imposible!". La cara de Ximena se puso pálida.

El niño en la mesa de operaciones se parecía exactamente a su hijo. ¿Cómo era posible que dos niños tuvieran tal parecido?

Su hermano le había dicho claramente que estaba embarazada de gemelos, Shawn Griffin y Alina Griffin, que estaban siendo criados por ella. Entonces, ¿quién era ese niño que tenía delante y que compartía la misma fisonomía que su hijo?

Si no eran gemelos, ¿cómo podían parecerse tanto?

Ella sentía que no podía respirar. Simplemente recordaba que su primer hijo era un niño, que tenía que ser Shawn. ¿Podría haber dado a luz a tres bebés?

¿Y el supuesto heredero de la familia Mitchell en realidad era su hijo? ¿Su hermano le había mentido?

Pero, ¿por qué?

Ximena vio al niño en la mesa de operaciones. A pesar de que el personal le estaba limpiando las manchas de sangre del cuerpo, era obvio que estaba gravemente herido. Ella no podía soportar verlo en esa condición.

Ramon la odiaba tanto. Si Neil de verdad era su hijo, ¿cómo podía ser tratado amablemente por este?

Ximena apretó fuertemente el bisturí en su mano, incapaz de contener la ira en su corazón. Salió corriendo de la sala de operaciones con los ojos enrojecidos.

"Doctora, ¿cómo sigue Neil?", lloraba Melanie mientras corría y bloqueaba el paso de Ximena.

"Quítate de mi camino", gruñó esta en voz baja.

Fue entonces cuando Melanie notó el bisturí manchado de sangre. Gritó y retrocedió por miedo.

La mirada de Ximena se posó sobre Ramon. Habían pasado cuatro años desde la última vez que se vieron, pero él no parecía reconocerla en absoluto.

Bueno, no era sorprendente. Dos años de matrimonio no habían podido compararse con una sola palabra de Lyla. Mientras deseaba algo, incluso si era su hijo, Ramon se lo arrebataría sin dudarlo. Y ahora, la estaba tratando a su hijo de esta manera. ¡El hombre era despiadado!

Sin embargo, Ximena era una mujer perspicaz. Mirando a su alrededor, se dio cuenta de que estaban rodeados por los guardaespaldas de Ramon.

Suprimiendo su indignación, dijo: "La cirugía fue exitosa, pero el niño tiene fiebre. Si la fiebre disminuye en veinticuatro horas, estará fuera de peligro; pero hasta el momento, estará en la unidad de cuidados intensivos. No se permiten visitas, ni siquiera de familiares".

Pronto pidió a una enfermera que llevara a Neil a la unidad de cuidados intensivos.

El director asintió aprobatoriamente. "Bien hecho. Contigo aquí, no tengo que preocuparme por nada".

"Soy una doctora. Simplemente estoy haciendo mi trabajo". Con esa respuesta cortante, se dio la vuelta y se marchó.

La oscura mirada de Ramon se fijó en la espalda de Ximena mientras se alejaba. Por algún motivo, la forma en que la bata quirúrgica sobredimensionada caía sobre la figura de la doctora le recordaba a la mujer en su memoria...

Melanie siguió su mirada, frunciendo el ceño. "¿Hay algo malo con esta doctora?".

"¿Quién es?", preguntó Ramon, sin apartar la mirada de la figura que se alejaba cada vez más.

Melanie solo se encogió de hombros. "El director mencionó que la reclutó del extranjero. ¿Por qué la miras de esa manera, Ramon? ¿Tienes algún interés en ella? ¿Has olvidado a mi hermana?".

"Con eso basta". Él desvió la mirada y su rostro se ensombreció.

Melanie se calló, sintiendo como si le hubieran echado un cubo de agua fría.

"Más te vale rezar para que Neil despierte pronto. ¡Ahora lárgate!", dijo Ramon con rabia.

La mujer estalló instantáneamente en lágrimas. "Ramon, no es mi culpa, lo juro. Bien conoces que Neil es un chico travieso. Pero siempre he deseado lo mejor para él. Lo cuido de buena voluntad, tratándolo bien, con la esperanza de que no se aleje de Lyla. Por su bien, le he dado a Neil todo el amor que he podido, tratándolo como a mi propio hijo. Nunca he querido que le pase nada malo".

"Ya puedes irte". Sin siquiera mirarla o reconocer su discurso, Ramon se alejó.

Luego, viendo a una enfermera en el pasillo del hospital, agarró su brazo y preguntó: "¿Dónde está la oficina de la doctora?".

La enfermera sonrió amablemente. "Señor Mitchell, ¿busca a la que operó a su hijo?".

"Así es".

"Siga recto. Su oficina está más adelante".

Ramon la soltó y fue hacia dicho lugar, sin darse cuenta de lo rápido que iba.

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