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Mi hermana me robó a mi compañero y se lo permití

Mi hermana me robó a mi compañero y se lo permití

Autor: : PageProfit Studio
Género: Hombre Lobo
"Mi hermana amenaza con quitarme a mi compañero. Y yo dejo que se lo quede." Nacida sin lobo, Seraphina es la vergüenza de su manada, hasta que una noche de borrachera la deja embarazada y casada con Kieran, el despiadado Alfa que nunca la quiso. Pero su matrimonio de una década no fue un cuento de hadas. Durante diez años, soportó la humillación: Sin título de Luna. Sin marca de apareamiento. Solo sábanas frías y miradas más frías aún. Cuando su perfecta hermana regresó, Kieran pidió el divorcio la misma noche. Y su familia estaba feliz de ver su matrimonio roto. Seraphina no luchó, sino que se fue en silencio. Sin embargo, cuando el peligro acechó, verdades asombrosas salieron a la luz: ☽ Esa noche no fue un accidente ☽ Su "defecto" es en realidad un don raro ☽ Y ahora todos los Alfas -incluido su exmarido- pelearán por reclamarla Lástima que ya está cansada de ser poseída. *** El gruñido de Kieran vibró en mis huesos mientras me sujetaba contra la pared. El calor de su cuerpo atravesaba capas de tela. "¿Crees que irte es tan fácil, Seraphina?" Sus dientes rozaron la piel inmaculada de mi garganta. "Tú. Eres. Mía." Una mano ardiente subió por mi muslo. "Nadie más te tocará jamás." "Tuviste diez años para reclamarme, Alfa." Mostré los dientes en una sonrisa. "Es curioso cómo solo recuerdas que soy tuya... cuando me estoy yendo."

Capítulo 1 Capítulo 1 El error

Punto de vista de Seraphina

-¡Seraphina!

Me desperté de golpe en la cama al escuchar a mi madre llamar mi nombre con urgencia a través del teléfono. Su tono, a través de la línea, sonaba tembloroso, cortante y frágil.

-¿Mamá? -Mi voz sonaba áspera. No me había contactado en diez años, y solo lo hacía para darme las peores noticias posibles.

-Tu padre. -Su respiración se entrecortó hasta quebrarse-. Lo atacaron.

El estómago se me hizo un nudo y un miedo helado me invadió.

-¡¿Cómo?!

-¡Ay, Sera! Apenas se aferra a la vida -sollozó mi madre con la voz rota.

De inmediato, tiré las sábanas hacia un lado y bajé de la cama de un salto.

-Mándame la dirección del hospital -pedí con voz temblorosa-. Llegaré en cuanto pueda.

Intenté no hacer mucho ruido mientras bajaba corriendo las escaleras para no despertar a mi hijo, Daniel. La luz bajo la puerta de la oficina de mi esposo, Kieran, me dio a entender que seguía despierto. Como Alfa de la manada, siempre tenía demasiadas cosas de las que ocuparse.

Y no podía mentirme a mí misma, él me tenía demasiado rencor.

Hace diez años, nuestras vidas se habían unido por un error, uno que él jamás me había perdonado.

Entonces, preferí no molestarlo.

Cuando me acomodé a toda prisa en el asiento del conductor, tenía lágrimas surcando mi rostro.

Mi padre siempre había sido invencible, inquebrantable. Era el gigante de mi corazón, incluso si nunca me había querido como hija.

Incluso si me había odiado, nunca imaginé que podrían arrebatármelo así...

Pisé el acelerador a fondo.

Cuando llegué al hospital, vi a mi madre y a mi hermano sentados fuera del quirófano, como sombras. Mi corazón dio un vuelco. ¿De verdad caería el gigante?

Dudé en acercarme. No podía obligarme a mí misma a hacerlo, no cuando su descontento había hecho que me exiliaran hace mucho tiempo. Después de aquella noche de hace diez años, me habían borrado de sus vidas. Para el mundo entero, solo tenían una hija: Celeste.

¿Siquiera debería estar aquí?

No habíamos hablado en diez años. Incluso después de que nació Daniel, toda comunicación con mi familia era a través de Kieran. Mi padre había dejado muy en claro que no quería volver a verme nunca jamás.

¿De verdad querría verme ahora?

¿Y si no? ¿Y si su resentimiento seguía vivo?

Seguí dudando a medida que mi pulso resonaba en mis oídos, hasta que el brusco crujido de las puertas del quirófano cortó mis pensamientos. El doctor salió, quitándose los guantes de las manos.

-¡Doctor! -Me precipité hacia él sin pensar en lo que estaba haciendo, con la voz temblorosa-. ¿Cómo está mi padre?

Su expresión sombría lo dijo todo-. Lo siento, hicimos todo lo que pudimos. pero sus heridas eran demasiado graves.

Me llevé una mano a la boca, ahogando el sollozo que me arañaba la garganta.

-¿Está. muerto? -Ethan, mi hermano, apenas me miró de reojo antes de dirigirse al doctor, con la voz ronca.

-Aún no -El hombre negó despacio con la cabeza-. Pero no pasará de esta noche. Estuvo preguntando por su hija.

Di un paso adelante por instinto, pero luego me detuve en seco.

Su hija.

No podía estar hablando de mí. Después de diez años de indiferencia y resentimiento, yo no podía ser la hija que mi padre moribundo quería ver.

Ethan soltó una risa gélida. -¡Han pasado diez años y nuestra familia sigue pagando por tus errores!

Me giré hacia él con lágrimas rodando por mis mejillas. Había pasado una década desde la última vez que estuve tan cerca de él, desde que me había dirigido la mirada. El tiempo lo había pulido hasta convertirlo en un verdadero Alfa: hombros más anchos, mandíbula más definida, y un aura dominante que emanaba de él en oleadas.

Pero, ¿el odio en su mirada?

Eso no había cambiado para nada.

Mi corazón se contrajo en agonía, como garras desgarrando mi carne.

-Por tu culpa -me gruñó-, Celeste se fue. Por tu culpa, no puede estar aquí. Por tu culpa, papá morirá sin que se cumpla su último deseo.

-Claro, todo es culpa mía -Mi risa era amarga, cargada con décadas de dolor-. Después de todos estos años, me siguen culpando a mí. ¡A nadie le importa la verdad, ni cómo me siento!

Más lágrimas brotaron. Mi arrebato dejó atónito a Ethan por un instante, pero igual de rápido, su voz se tornó afilada como una cuchilla:

-¿Cómo te sientes? Te robaste al prometido de tu hermana y ahora ¿te atreves a hablar de sentimientos?

Clavé mis uñas en mis palmas, recordando ese amargo momento del pasado.

Diez años atrás, me encontraba en la Cacería de Luna de Sangre. Acababa de cumplir veinte, la edad en la que cada hombre lobo encuentra a su compañero. Después de una vida entera siendo ignorada, estaba desesperada por ese vínculo.

De niña, soñaba de manera inocente que mi compañero podría ser Kieran. Sin embargo, él se enamoró de Celeste, la perfecta y radiante Celeste, la consentida de toda la Manada Frostbane. Entonces, comprendí cuál era mi lugar.

¿Qué era yo? La hija defectuosa del Alfa, la que ni siquiera podía transformarse. No era nada.

Si ni siquiera mi propia familia y manada se tomaban la molestía de mirarme a la cara, ¿cómo podría Kieran quererme? Nunca había esperado que nada cambiara, pero esa noche, cuando me enteré de su inminente compromiso con Celeste, el dolor me hirió más profundo que cualquier garra. Por primera vez, me dejé sumergir en la bebida.

Esperaba despertar olvidada en algún rincón oscuro. Nunca en mi vida habría imaginado que despertaría desnuda en la cama de Kieran.

El licor había adormecido mis sentidos. La noche anterior fue como una neblina de recuerdos fragmentados. Antes de que pudiera recordar lo que había sucedido, Celeste irrumpió y, al ver la escena, su grito cortó el aire.

Después, llegó el caos: los sollozos histéricos de Celeste, las disculpas llenas de culpa de Kieran, los susurros maliciosos de la manada, mis explicaciones entre balbuceos. No obstante, todo se silenció por el eco de la bofetada de mi padre en mi cara.

-¡Me arrepiento de haberte traído a este mundo!

Lo que vino después sucedió en medio de un silencio terrorífico: Kieran llevó el cuerpo inconsciente de Celeste a la enfermería, Ethan gruñó a los miembros de la manada que se quedaban mirando boquiabiertos, el llanto ahogado de mi madre, y la mirada de mi padre. ¡Dios! Era una mirada de pura repulsión. Siempre supe que me despreciaba, pero nunca con tanta intensidad que me quitara el aliento.

-Yo no. -Mi susurro se perdió. Nadie me escuchó, nadie.

De la noche a la mañana, me convertí en el juguete favorito de la manada para castigar. Mientras que antes se burlaban de mi defecto de no poder transformarme, ahora me decían "zorra" a todo momento. Incluso los Omegas de bajo rango me acorralaban en los pasillos sombríos, sus manos e insultos igual de atrevidos. Las mujeres incluso se persignaban al pasar a mi lado, susurrándome "quita maridos" como una maldición.

Todo eso me superó. Cuando los admiradores de Celeste dejaron amenazas de muerte grabadas en mi puerta, reuní lo poco que tenía y huí bajo la luna nueva. Tenía la intención de desaparecer para siempre. Hasta que comenzaron las náuseas matutinas... Hasta que el doctor anunció mi embarazo a todo el Consejo de Sangre.

Esa fue la única razón por la que Kieran se casó conmigo. Él era un hombre honorable, un Alfa que nunca abandonaría a su heredero.

Sin embargo, eso destrozó a mi familia.

Mis padres y mi hermano me odiaban por haberle roto el corazón de Celeste. Mientras que la manada de Kieran, NightFang, me detestaba porque yo no era la Luna que ellos querían. Luego, Celeste estaba tan enojada que se mudó al extranjero.

-¡Lo echaste todo a perder! -La voz acusadora de Ethan interrumpió mis pensamientos. El odio en su mirada me hirió hasta el corazón, no había disminuido nada después de todos estos años.

Aunque la sangre nos unía como hermanos, él nunca me había tratado como tal. Celeste era la única hermana que adoraba y me detestaba por haber hecho que se fuera.

Pero, ¿de verdad todo era culpa mía? Yo podía ser débil y común, pero nunca tan maliciosa como para seducir al novio de mi hermana. No obstante, a ellos nunca les importó eso, solo necesitaban a alguien a quien culpar.

-¿Ves lo que pasa? -Me temblaban las manos, pero mi voz era fría como la escarcha invernal-. Nunca nadie me escuchó, a nadie le importaba mi existencia. Así que dime, mamá -Me giré para verla, con un nudo en la garganta-. Si nunca me quisiste, ¿por qué no me asfixiaste en mi cuna? ¿Por qué fingiste que te importaba lo suficiente como para pedir que viniera?

-¡¿Cómo te atreves a hablarle así a mamá?! -rugió Ethan a medida que sus colmillos crecían-. Que te casaras con Kieran no quiere decir que ahora seas apta para ser Luna. ¡Ese título siempre estuvo destinado a Celeste!

-¡Yo nunca pedí nada de esto! -le respondí con un gruñido y mi voz llena de resentimiento-. Yo estaba a punto de irme. ¡Pudieron haber dejado que Celeste y Kieran tuvieran su ceremonia de marcado perfecta y haber fingido que nunca existí!

Ethan curvó sus labios en una sonrisa burlona. -No te hagas la mártir -se burló-. Sabías muy bien que Kieran nunca abandonaría a su cachorro.

-¡Ethan! -La orden de mi madre cargaba un tenue eco de su antigua autoridad como Luna, aunque su voz ahora solo contenía agotamiento y dolor-. Ya basta. No vamos a desperdiciar los últimos momentos de tu padre en esta vieja disputa de sangre.

Ni siquiera pudo mirarme a los ojos mientras me decía: -Ve a ver a tu padre. Desvió la mirada como si verme le causara dolor. Ethan me lanzó una última mirada venenosa antes de desplomarse en una silla.

Me armé de valor y abrí la puerta.

El miedo casi me asfixiaba. Temía ver esa decepción familiar en sus ojos por última vez. Sin embargo, cuando lo vi en su cama, al hombre que había pasado mi vida entera temiendo y anhelando complacer.

Aquella figura imponente de mis pesadillas había quedado atrás. El padre que una vez me pareció invencible ahora yacía inmóvil con el pecho envuelto en vendas y el rostro ceniciento. Los ojos que siempre ardieron con desprecio al mirarme. ahora no reflejaban nada.

Unas lágrimas rodaron por mi rostro. ¿Por qué me dolía tanto?

Este hombre, este gigante que me había odiado desde el momento en que supo que no tenía una loba, había mirado a Celeste con orgullo y a mí, con vergüenza.

El recuerdo de nuestro último encuentro todavía me desgarraba el corazón.

Kieran y yo no habíamos tenido una boda, ni una celebración. Solo recordaba el puño imponente de mi padre forzando mi mano a garabatear mi firma en el acta de matrimonio.

-Ya tienes lo que querías -me gruñó mientras su poder de Alfa tensaba el aire entre nosotros-. A partir de hoy, ya no eres mi hija.

Nunca había llorado con tanta violencia, ni había suplicado con tanta desesperación. Sin embargo, todo lo que obtuve fue la visión de su espalda gélida acompañada de su maldición final y maliciosa:

-Tenerte fue un error, Seraphina. Si te atreves a mostrar tu cara de nuevo, te juro que nunca más volverás a sentir un momento de felicidad.

Cumplió su promesa.

Su maldición había envenenado cada momento de mi vida. Mientras mi "honorable" esposo había convertido nuestro matrimonio en una jaula de oro con su silencio eterno y su desprecio.

Debería odiarlos a todos: a esta familia, a este destino.

Sin embargo, cuando mi padre movió sus manos sobre las sábanas con un movimiento débil, mi corazón traidor se estremeció. Antes de poder pensar con claridad, ya me encontraba a su lado, sosteniendo su mano helada.

-¿Papá? -Mi voz tembló con un tono cercano a la esperanza, lo que sabía que era peligroso.

Separó apenas sus pálidos labios, como si luchara por decir algo.

No obstante, antes de que pudiera hablar.

-¡Bip...!

El monitor cardíaco soltó un sonido agudo y la línea en la pantalla se volvió plana.

-¡NO! -Un grito desgarrador salió de mi garganta. No podía irse, no así. No antes de que viera el perdón en sus ojos. No antes de que pudiéramos desatar los nudos que apretaban nuestros corazones.

De repente, la puerta se abrió de golpe. Ethan y mamá me apartaron, haciéndome caer al suelo.

-Murió. -Mamá se derrumbó contra Ethan, con su cuerpo convulsionado por sus sollozos violentos-. ¡Mi compañero. mi Alfa.!

El dolor de Ethan lo ahogó en silencio, hasta que su mirada se posó en mí. Su lobo había salido a la superficie, con los colmillos al descubierto. No dudé ni por un segundo que me arrancaría la garganta, hasta que mamá lo tomó del brazo.

-Eres una serpiente venenosa -siseó-. Te quitaré cualquier pizca de felicidad a la que te hayas aferrado.

Una risa vacía resonó en mi mente. ¿Por qué todos estaban tan obsesionados con quitarme la felicidad? Algo que nunca había tenido.

El médico entró y le murmuró a mi madre: -Luna, debemos preparar los restos del Alfa Edward.

Caminé aturdida hacia el pasillo, con el alma desgarrada y lágrimas cayendo de mis ojos sin control. La élite de la manada llegó, pero me ignoraron, como siempre habían hecho.

Aunque su indiferencia apenas me afectaba ahora. Me quedé aturdida frente a la sala donde yacía el cuerpo de mi padre, todavía incapaz de asimilar la verdad de que nunca volvería a abrir los ojos.

De pronto, la voz de Kieran rompió el silencio.

-Mi más sentido pésame, Margaret. -Tomó las manos de mi madre, mostrándose como un yerno devoto-. No te preocupes, ayudaré a Ethan con todos los arreglos.

La luz de la luna que se colaba por las ventanas iluminaba sus hombros anchos. Las líneas plateadas en sus sienes solo acentuaban el aura de un Alfa en el mejor momento de su vida. No tenía ni un solo cabello fuera de lugar a pesar de haber sido llamado en la medianoche.

Era el Alfa más letal de la Manada NightFang. Su sola presencia era suficiente para controlar el ambiente a su alrededor.

-Tu presencia me consuela, Kieran -sollozó mi madre, aferrándose a su brazo.

Cuando la abrazó, sus ojos oscuros y penetrantes se cruzaron con los míos por encima de su hombro. Luego apartó la mirada como si hubiera visto una mancha en la pared.

-¿Qué fue lo que pasó con exactitud? -le preguntó a Ethan-. ¿Cómo pudieron atacar a Edward?

Mi hermano apretó la mandíbula. -Fue en una ronda de rutina en la frontera. Pero esos renegados hijos de perra llegaron en una cantidad que nunca antes habíamos visto. Estaban armados con armas de plata. -Su garganta se contrajo mientras luchaba por controlarse-. Fue una emboscada. Mi padre nunca tuvo una oportunidad.

Mi madre volvió a sollozar, resonando en todo el pasillo. Kieran sostuvo a Ethan del hombro.

-Esos renegados pagarán por lo que hicieron- juró.

Me quedé a un lado, era como una extraña en la tragedia de mi propia familia.

Los tres, mi madre, Ethan y Kieran, estaban unidos en su dolor. Era un círculo inquebrantable en el que yo no podía entrar.

-Pedí que llamaran a Celeste -añadió Ethan de repente-. Debe llegar pronto.

-¡Ay, mi pobre niña! -sollozó mi madre entre sus propias manos-. Se perdió los últimos momentos de vida de su padre.

Miré el rostro de Kieran por instinto.

Cruzamos miradas de nuevo.

Seguía con una expresión difícil de leer: gélida, analítica, desprovista de calidez.

Había pasado diez años compartiendo una misma cama y aun así se sentía a galaxias de distancia. Nunca había podido tocar su corazón.

Ahora, con la noticia del regreso de Celeste, una terrible verdad me aplastó el pecho como unas pesas de hierro: estaba a punto de perder a mi segunda familia.

Si tuviera una loba, de seguro gimotearía en voz baja desde mi garganta. No sabía si podría sobrevivir a la tormenta que se avecinaba, pero un pensamiento ardía más brillante que el miedo:

Pasara lo que pasara, nadie me quitaría a mi hijo.

Nadie.

Capítulo 2 Capítulo 2 Frío y vacío

Punto de vista de Seraphina

El frágil silencio se vio interrumpido por completo con un grito desgarrador que resonó por el pasillo estéril.

-¡Papá! ¿Dónde estás?

Todas las cabezas voltearon al mismo tiempo. Mi estómago se hundió cuando Celeste apareció. Su cabello dorado ondeaba detrás de ella y sus mejillas estaban rojas por haber corrido. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas, pero su belleza seguía siendo impresionante.

Después de diez años, la repentina aparición de mi hermana me impactó con un golpe de verdad.

Casi por instinto, me giré hacia Kieran, quien estaba mirando a Celeste boquiabierto, como si fuera un sueño del que temía despertar. El anhelo puro en sus ojos era más que suficiente para responder la pregunta que me había atormentado durante todos estos años: su corazón nunca había sido mío.

-Díganme que no llegué tarde -rogó Celeste, con la voz rota. Al no responder nadie, sus rodillas cedieron.

Kieran se movió a una velocidad de la que ningún licántropo era capaz. La atrapó justo antes de que tocara el suelo, acunándola contra su pecho mientras mi madre y mi hermano se unían a ellos en un abrazo colectivo. Sus cuerpos entrelazados y sus sollozos compartidos pintaban un retrato familiar perfecto, uno del que yo jamás había sido parte.

Este pensamiento me desgarró la garganta. Después de todo, yo también había perdido a mi padre. ¿No merecía yo llorar su pérdida?

No obstante, este era el mundo de Celeste y siempre lo había sido. Desde que dio sus primeros pasos, todos los ojos habían estado sobre ella, admirándola y amándola. Mientras ella brillaba, yo me convertí en solo una sombra.

Ahora, mientras sus gemidos de dolor resonaban en toda la sala, yo bien podía haber sido invisible.

La puerta de salida me tentaba. Era mejor irme con la poca dignidad que me quedaba a esperar su inevitable rechazo.

Ni una sola cabeza volteó cuando me escabullí.

Para cuando llegué a casa, mis lágrimas ya se habían secado, dejando unos rastros salados en mis mejillas. Sin embargo, ¿qué pasaría con el dolor vacío en mi pecho? Sentía que se quedaría conmigo para siempre.

Lo primero que hice fue ir al cuarto de Daniel para ver cómo estaba.

Me sorprendió ver la luz encendida bajo su puerta. Cuando la abrí, encontré a mi hijo de nueve años acurrucado con las rodillas contra su pecho, haciendo como una pequeña fortaleza contra el mundo exterior.

-¿Mami? -Su voz sonaba demasiado infantil, pero como si supiera lo que pasaba.

Me senté al borde de su cama en forma de auto de carreras. -Mi amor, ¿qué haces despierto?

Se mordió el labio inferior. -Algo le pasó al abuelo Edward, ¿verdad?

Me quedé sin aire en los pulmones. ¿Cómo podría decirle a este niño de ojos brillantes que el hombre que le había enseñado a rastrear venados el verano pasado se había ido para siempre? Acaricié su rodilla sobre su pijama. -Cariño, pasó... Pasó algo en la noche y el abuelo se lastimó...

-Se murió. -El susurro de Daniel tenía una certeza que daba miedo-. Nuestro vínculo... se rompió.

Mi mano se detuvo en seco. A los nueve, no debería haber sido capaz de sentir cómo se cortaban los vínculos de la manada. No obstante, aquí estaba él, demostrando la misma sensibilidad de lobo que yo había pasado su vida entera rezando que heredara.

Mi alivio luchó contra mi asombro. De esta manera, él no sería como yo. No tendría que cargar con la vergüenza de ser el hijo defectuoso del Alfa, un licántropo cuyo lobo nunca se manifestó.

-Ven aquí, mi pequeño niño valiente- Lo abracé fuerte, inhalando su olor a jarabe de arce y sudor infantil. A pesar de que lamentaba esa desastrosa Cacería de Luna de Sangre, nunca me arrepentiría del milagro que me dio esa noche.

Daniel era la única cosa pura en mi vida, el único corazón que me amaba de manera incondicional.

Mientras arropaba sus hombros con su manta con dibujos de naves espaciales, él me miró con sus ojos llenos de alma, los mismos ojos de Kieran pero en miniatura.

-Tú y papi siempre estarán conmigo, ¿verdad?

Su pregunta me atravesó como una lanza. Acaricié su cabello con mis dedos, justo como hacía cuando era un bebé que no podía dormir. -Ay, mi amor...

¿Cómo podía explicarle que su padre nunca había sido mío? ¿Que la manera en que Kieran había mirado a Celeste hace poco, como si el sol hubiera salido después de una década de oscuridad, era una mirada que nunca me había dado a mí? ¿Que el abrazo de ellos en el pasillo del hospital había sido más íntimo que cualquiera que él y yo hubiéramos compartido en diez años de matrimonio?

-No me iré a ninguna parte -le prometí, dándole un beso en su ceño fruncido-. Tu papi y yo te amamos por encima de todo -susurré-. Nada cambiará eso, nunca.

Su sonrisa dormilona me destrozó el alma. -Buenas noches, mami.

-Dulces sueños, mi vida. -Besé su frente, demorándome más de lo debido antes de salir.

Las luces fluorescentes de la cocina zumbaban mientras revisaba dentro del refrigerador. Las botellas de vidrio tintineaban, pero mi mano se congeló a mitad del camino al escuchar la puerta principal.

Kieran ya había llegado a casa.

Pensé que se quedaría toda la noche en el hospital, consolándola y reconectando.

Se movió a través de la casa oscura como una sombra hasta que sus hombros anchos ocuparon el marco entero de la puerta de la cocina. La luz de la luna resaltó las facciones definidas de su rostro mientras me recorría con su mirada vacía, como siempre.

El refrigerador zumbaba entre nosotros mientras pasaba su mano por encima de mi hombro. Su aroma a cedro y lluvia me envolvió por un traicionero momento antes de que se retirara, abriendo una botella de agua.

-¿Querías... algo de comer? -Mi voz sonó demasiado baja en el silencio-. No pudiste cenar.

No hubo respuesta. Solo podía escuchar su garganta mientras bebía. Sus músculos tensos se flexionaban bajo una barba corta que nunca me había permitido tocar. El sonido del plástico aplastado golpeando el contenedor de reciclaje me hizo temblar.

Se apoyó contra la mesa, con la cabeza inclinada como Atlas soportando el peso del mundo. Yo ya conocía esta rutina de memoria, habían sido diez años hablando con un fantasma.

-Solo voy a... -Me dirigí con lentitud hacia la puerta.

-Seraphina.

Escuchar mi nombre salir de su boca siempre me dejaba atónita, como si me bañaran con agua helada.

Me giré poco a poco. La luz de la luna proyectaba sombras duras debajo de sus pómulos y su expresión era tan difícil de leer como siempre.

-Tenemos que hablar.

Sus palabras tranquilas me generaron escalofríos. El modo en que se sujetaba a la mesa hacía que sus nudillos se pusieran blancos como hueso.

No hubo preámbulos, ni suavizó nada. Solo habló con su eficiencia brutal de siempre.

-Quiero el divorcio.

Diez años. Había esperado diez años para que acertara este golpe.

Aun así, era curioso cómo todavía la sorpresa me dolía.

Capítulo 3 Capítulo 3 Todo lo que quiero

Punto de vista de Seraphina

Esas palabras no deberían haberme dolido, no después de una década esperando este preciso momento. Aun así, me cortaron como cuchillas de plata y el dolor se esparció desde mi corazón destrozado hasta cada terminación nerviosa.

Siempre supe que Kieran me pediría esto en algún momento. Sobre todo ahora que Celeste, su primer amor, su verdadero amor, había regresado.

No importaba que lo hubiera amado desde que éramos niños pequeños, mucho antes de que siquiera Celeste se fijara en él. Ni tampoco que le hubiera dado un hijo. En el instante en que ella regresó, yo me volví invisible, tal como siempre había sido para él.

Celeste era un diamante deslumbrante, cegando a todos ante la piedra simple a sus pies que era yo. Estaba consciente de esto, entonces, ¿por qué aún así sentía que mi alma se partía a la mitad?

-Es por Celeste, ¿verdad? -Mi voz sonó con una calma escalofriante. Yo ya conocía la respuesta, pero una parte masoquista de mí necesitaba oírlo de su boca. Necesitaba que torciera el cuchillo y lo hundiera más profundo.

Un brillo apareció en los ojos de Kieran. Era la primera emoción verdadera que me mostraba en años. -No -espetó con la mandíbula apretada-. Claro que no.

Mentiroso.

Se pasó una mano por su cabello castaño oscuro, exhalando con fuerza. -Es solo que la muerte de Edward... me recordó que la vida es demasiado corta como para malgastarla en un error.

Un error.

Hubiera preferido que me clavara el cuchillo; que gritara el nombre de Celeste antes que reducir nuestro matrimonio, nuestro hijo, a un simple arrepentimiento.

No pude evitar soltar una risa.

Un sonido desgarrador e histérico salió de mi garganta mientras él me miraba como si me hubiera vuelto loca, quizás era verdad.

Me reía porque la otra opción era gritar.

Recorrí con mi mirada los rasgos de este hombre que conocía, pero que a la vez no. Este hombre extraño que había amado por dieciocho años y que nunca me había visto en realidad.

¿Quién daba más lástima? ¿Él o yo?

Él amaba a Celeste y, aun así, su honor y un solo error lo habían encadenado a un matrimonio que nunca había querido. ¿Qué habíamos obtenido de estos diez años? Si no fuera por esa noche, si no nos hubieran obligado a unirnos sin amor, ¿acaso sus ojos habrían tenido un atisbo de calidez por mí?

Nunca estuvimos destinados a terminar así.

Incluso cuando nunca podría arrepentirme de haber tenido a Daniel, hablaba en serio esa noche: estaba lista para desaparecer. Debí haber huido más lejos. Nunca debí haber entrado en esa clínica ni dejarles saber sobre el embarazo.

Me había convencido a mí misma que quedarme, resistir, era por el bien de Daniel. Sin embargo, ya no podía seguir mintiéndome. ¿Qué clase de vida le había dado con padres cuyos corazones estaban separados por océanos de distancia? En la ausencia de Celeste, Kieran se había comportado como un padre cumplidor. No obstante, ahora ella había regresado y la frágil fachada de nuestro matrimonio se haría añicos.

No permitiría que mi hijo viera a su madre convertirse en un hazmerreír.

-Bien -dije por fin a medida que la risa desaparecía de mis labios.

Kieran alzó las cejas. ¿Había esperado lágrimas? ¿Súplicas? ¿Había querido verme quebrarme?

Qué lástima por él.

Durante toda mi vida, la gente había hecho de todo para ver que me rindiera, pero yo me había negado a darles ni una sola pizca más de mi dolor.

Una vez me librara de este matrimonio, solo me llevaría dos cosas conmigo:

Mi dignidad...

Y mi hijo.

-Quiero la custodia completa de Daniel.

Su sorpresa se transformó en ira. -¡Ni lo sueñes! ¡Es mi hijo!

-¡Y mío también! -respondí con un gruñido.

-¡No puedes arrebatarle el heredero de la manada a su Alfa! -Su voz tembló por la rabia apenas contenida.

-¡Y tú no puedes arrancarle el corazón a una madre! -Mis manos temblaban, pero mi tono no flaqueó-. No quiero tu dinero, ni tus propiedades. Nada. Solo quiero a mi hijo.

Daniel era mi única luz en este mundo tan miserable. Si Kieran me lo quitaba...

No sobreviviría.

-Y más importante... Tú y Celeste tendrán más hijos.

Decir esas palabras me quitó el aliento. De solo imaginarla dándole los cachorros que yo nunca pude hizo que mi pecho ardiera como una herida reciente. Sin embargo, por Daniel, estaba dispuesta a soportar cualquier cosa, incluso este dolor.

Me quedé mirando a Kieran con mucha atención. Tenía una expresión indescifrable bajo la tenue luz de la cocina. Tras un largo rato, solo asintió con un movimiento rígido.

-Bien, puedes tener la custodia completa.

Había dado en el clavo y aceptó con demasiada facilidad.

Ni una sola objeción, ni una palabra para responder a lo que había dicho sobre él y Celeste. Él todavía prefería tener una familia con ella, ¿no era así?

¿Lo más patético de todo esto? En algún rincón tonto y desesperado dentro de mi corazón, todavía guardaba esperanzas de que dijera algo. Lo que fuera para probar que nuestro matrimonio no había sido solo una sentencia de prisión para él.

Llevé mis palmas a mis ojos que ardían. Por Dios, ¿qué me estaba pasando?

No podía darme el lujo de seguir teniendo esperanzas, no esta noche. Si no me iba de este lugar lo antes posible, colapsaría justo aquí, sobre los fríos azulejos...

De pronto, Kieran me agarró de la muñeca.

Aclaró su garganta con incomodidad mientras sentía su agarre cálido contra mi piel. -Podemos esperar hasta después del funeral para encargarnos de eso... Si prefieres.

Por un peligroso instante, casi le creí. Por poco pensé que era una señal de amabilidad.

Si tan solo me hubiera mostrado esta consideración una sola vez en los diez años pasados.

Me zafé de su mano con un movimiento fuerte. -No es necesario aplazarlo. No es como si hubiera mucho que terminar, ni siquiera me diste una marca de apareamiento.

Era la única cosa que se había negado a hacer cuando nos casamos. Claro, eso y amarme.

-Tu loba nunca apareció -explicó en nuestra noche de bodas con una voz vacía de emociones. -Una marca de apareamiento solo te terminaría causando dolor cuando...

Cuando suceda lo inevitable y nos divorciemos...

No terminó la oración en ese momento, pero ambos sabíamos lo que quería decir. Así como ambos sabíamos la verdadera razón: en su cabeza, esa marca le había pertenecido a Celeste.

La amarga realidad se asentó en mi pecho: él había planeado este desenlace desde el comienzo.

¿Cuál era la diferencia ahora? Ya fuera lástima o ya fuera algo premeditado, el resultado era el mismo: mi cuello seguía sin una marca, mi corazón permanecía roto, y Kieran sería libre.

Entonces él arrugó el ceño con fuerza.

-Seraphina, no hay necesidad de amargarnos la vida. Nuestro matrimonio fue un error, solo espero que ambos podamos seguir con nuestras vidas. -Su voz se suavizó, pero esta pizca de lástima hizo que mi estómago se revolviera-. Mereces...

-Por favor, ahórrate el discurso. -Me di la vuelta antes de que él pudiera ver cómo su lástima me cortaba más profundo de lo que podría su ira-. No te preocupes, he ahorrado lo suficiente como para mantenerme a mí y a Daniel. A partir de mañana, serás libre.

La expresión de sorpresa en su rostro fue casi cómica. ¿De verdad esperaba que peleara por él? ¿Que le suplicara?

Era verdad que lo amaba y eso no había cambiado.

Sin embargo, diez años intentando entrar en su corazón gélido me habían enseñado algo: ninguna cantidad de calidez podría derretir un glaciar que se negaba a moverse.

Ahora que Celeste estaba de vuelta, ¿pensaba que yo me mentiría a mí misma, creyendo que alguna vez tuve una oportunidad con él?

¿Por qué aplastar lo que me quedaba de orgullo solo para alimentar el ego de un Alfa?

Yo ya había aprendido mi lección. Una década sumergida en este matrimonio sin amor había sido más que suficiente. Me había cansado de luchar por personas que nunca me quisieron.

Subí las escaleras con pasos apagados a medida que los recuerdos de Kieran aparecían como fantasmas en mi mente:

*La sonrisa brillante que me mostró cuando nos conocimos de niños.

*Yo, mirándolo desde las sombras cuando ganó su primera cacería.

*La forma en que mi corazón se destrozó cuando él colocó la guirnalda de la victoria en la cabeza de Celeste y sus labios se juntaron en un dulce beso.

*Las copas de alcohol borrosas cuando anunciaron su compromiso.

*Esa noche catastrófica en la que comenzó todo.

*Luego... el nacimiento de Daniel, sus primeros pasos, cada momento importante desde entonces...

Cuando iba a la mitad de la escalera, la voz dormida de Daniel resonó en mi mente:

«Tú y papi siempre estarán conmigo, ¿verdad?»

Mi corazón se estremeció. Por Dios, ¿cómo le diríamos?

Me giré de golpe y mi seguridad anterior se quebró. -Cómo... ¿Cómo se lo explicaremos a Daniel?

Kieran hizo una pausa a mitad de su sorbo de agua. -Yo me encargo.

Por supuesto, él ya había pensado en eso también. Apreté los puños con fuerza.

-Y no tienes que preocuparte por el dinero- añadió con rigidez-. Daniel sigue siendo mi hijo. Yo cubriré sus gastos y los tuyos.

No podía descifrar su expresión. Después de diez años, la cara que mejor conocía seguía siendo una sin ninguna expresión. No obstante, en esta ocasión, me negué a malgastar mi energía tratando de descifrarlo.

Al día siguiente, una vez que firmáramos los papeles, seríamos un par de extraños. Tal como él quería tanto.

Me di la vuelta sin responder.

Cerré la puerta del dormitorio con seguro detrás de mí y, entonces, la represa se rompió.

Mis sollozos silenciosos sacudieron mi cuerpo entero mientras me deslizaba hacia el suelo. La pena del día por fin me abrumó. En algún lugar en el piso de abajo, escuché las tablas del suelo crujiendo.

Lo más probable era que Kieran ya estaba empacando. Quizás hasta imaginando a Celeste en esta casa, criando a mi hijo.

Llevé mi mano a mi garganta sin marca, donde deberían estar marcados sus dientes, donde un vínculo de apareamiento debía unirnos.

-Todo está bien, Sera -me susurré en la oscuridad hueca con los brazos apretados alrededor de mis temblorosas costillas-. Lo superarás.

Por mi hijo, sobreviviría a cualquier cosa.

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