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Mi novio falso es un CEO millonario. La venganza de la Curvy

Mi novio falso es un CEO millonario. La venganza de la Curvy

Autor: R.J ROMA
Género: Romance
Me rechazaron por mi cuerpo. Me humillaron frente a todos. Pero nadie sabía que mi cita falsa resultaría ser un CEO millonario... y el hombre más peligroso al que podía enamorar. Isabella juró que nunca volvería a ser la chica insegura que todos pisotearon. Por eso acepta fingir una relación con Damian Villalobos, un empresario frío, arrogante y con un pasado que lo convirtió en un hombre incapaz de amar. El trato era simple: fingir, sonreír y terminar. Pero los besos dejaron de ser actuación. Los celos dejaron de ser estrategia. Y la venganza dejó de ser un juego. Ahora él quiere hacerla suya. Y ella quiere demostrarle al mundo que una mujer curvy no pide amor... lo exige.
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Capítulo 1 TRAICIÓN

Estaba en el ascensor tratando de sostenerme mientras mi mundo se desmoronaba, la imagen de Alessandro entre las piernas de aquella chica no salía de mi cabeza y la rabia me quemaba por dentro. Había aguantado las lágrimas durante lo que me pareció una eternidad, pero ya no era necesario; ya estaba sola, yo y mi sufrimiento, yo y mi cara de estúpida.

No quería ser la mujer en el espejo: demasiadas curvas, demasiada grasa acumulada en las caderas, muslos enormes que podrían sostener lo que fuese, menos a mí misma en ese momento; pechos generosos pero no de la forma en que le gustaba a los hombres o a las mujeres, a las mujeres o a la sociedad... al mundo. Un rostro bonito, PARA SER GORDA, era lo que siempre había escuchado, y en ese momento todos los comentarios, las miradas, los insultos se me acumularon en la cabeza porque el motivo de la traición era yo, mi apariencia, mi cuerpo.

Las puertas se abrieron con aquel sonido metálico. Me giré de forma impulsiva hacia la entrada, pensé en salir, pero me quedé paralizada; traté de cubrirme, de disimular, pero fue imposible. Mis mejillas estaban todas manchadas de rímel, aunque se suponía que era a prueba de agua. Solo me moví hacia una esquina, recosté la espalda contra la pared lateral y clavé la mirada en mis zapatos de diseñador.

Al principio solo oí susurros y carcajadas. Me llevó unos segundos comprender que hablaban en francés. Levanté la mirada apenas un poco y mis ojos hicieron contacto con los de él: un par de gemas esmeralda que no parecían de ese rostro, pero aun así combinaban perfectamente; la piel tostada, el pelo negro desordenado de forma intencional. Mandíbula marcada. Boca firme. Hombros amplios bajo un traje oscuro perfectamente cortado, pero sin corbata. La camisa abierta en el primer botón, como si las normas fueran sugerencias para otros hombres, no para él. Tardé un poco en percibir que me había quedado mirando demasiado tiempo; él tampoco había apartado la mirada, me había visto llorando y no había desviado los ojos. Me sostuvo la mirada y sentí que me leía, como si tomara nota mental de cada grieta. Se acercó un poco; sentí que invadía mi espacio personal, pero no dije nada.

-Mírala, debe estar llorando porque es gorda -dijo una de las chicas en un francés perfecto. La miré; había acercado la boca al oído de la otra, aunque no susurraba, hablaba a voces.

-Yo también lloraría si luciera así -respondió la otra, aún más alto que la primera. No sé, que eran idénticas; gemelas. Rieron a carcajadas, seguramente convencidas de que yo no las entendía.

No moví un músculo, pero el hombre sí. Sus ojos se desviaron un instante hacia las chicas. Luego volvieron a mí. Carraspeó, las agarró por la cintura y las atrajo hacia él al mismo tiempo.

-Concentrense en mí -dijo en un francés deprimente-. Hoy somos solo nosotros tres en un cuarto de hotel y nadie más. Tenemos que celebrar.

Una de las chicas lo besó en el cuello, la otra le acarició el pecho; la primera pasó del cuello a los labios, la otra le giró el rostro hacia ella, quitándoselo a la primera, y besándolo con frenesí. Yo aparté la mirada. Solo escuché los gemidos, el sonido de las lenguas masajeándose.

Cuando el ascensor llegó al subsuelo, salí casi corriendo. Quería subir a mi auto y llorar, gritar, maldecir a Alessandro y a su maldita secretaria. Empujé a una de las chicas, sin querer... o queriendo.

-Qué mujer tan maleducada -espetó el hombre con ese francés vergonzoso.

Quelle femme impolie

La palabra salió torcida.

¿Mal educada? ¿Grosera? ¿Yo? El pervertido que casi estaba teniendo sexo en el elevador frente a una desconocida acababa de llamarme grosera. Me detuve en seco y giré lentamente; lo miré de frente por primera vez sin lágrimas nublándome la vista.

-"Impolí", ¡IMBÉCIL! -le grité en francés con toda mi rabia contenida, desbocada hacia él-. Se pronuncia "impoli", no "impolié", idiota de mierda.

Las dos chicas abrieron los ojos de par en par, sorprendidas de que la mujer a la que habían insultado las hubiera entendido perfectamente.

Él sonrió despreocupado, una sonrisa ladeada.

-Touché -murmuró, esta vez con mejor acento mientras las puertas se cerraban.

Yo caminé a zancadas hasta mi coche, subí y me desarmé. Grité como loca, dejé caer mi frente sobre el volante; las imágenes seguían repitiéndose, proyectándose como una maldita película interminable: Alessandro echado en el sofá, encima de él su secretaria, con la falda arremangada en la cintura, una cintura pequeña, sin rollos, sin imperfecciones, contorsionándose como una maldita bestia enjaulada, embistiéndolo una y otra vez con una energía frenética, como si el mundo fuera a terminar en segundos. Él... él gemía de placer como yo nunca lo había escuchado, con el rostro en una expresión de éxtasis.

-¿Se puede saber qué haces aquí? -su voz cortante atravesó la habitación-.

Lo miré a él. Luego a la otra mujer. Y otra vez a él. Sentí algo dentro de mí quebrarse con la precisión cruel de un experimento científico.

-¿Qué hago yo aquí? -mi voz salió más firme de lo que me sentía-. ¿Qué haces tú aquí?

Él rodó los ojos como si mis palabras fueran un fastidio irrelevante.

-Ale... -la garganta se me cerró-. ¿Cómo... cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerme esto antes de nuestra boda?

Rió. Una risa corta, cruel, que me golpeó más fuerte que cualquier bofetada.

-Nuestro matrimonio es un acuerdo, Isabella. Un maldito contrato. ¿De verdad pensaste que era amor?

Cada palabra me atravesó el pecho. Dolía más que un puñal, más que cualquier decepción que hubiera sentido antes.

-Yo creí...

-Claro que creíste -dijo, con desprecio-. Eres ingenua, además de todo lo demás.

La secretaria se vistió a toda prisa y salió, evitando mirarnos, como si temiera ser testigo de mi humillación.

Alessandro se acercó a mí con una expresión que mezclaba fastidio y suficiencia.

-Mírate -dijo-. ¿De verdad pensaste que alguien como yo se sentiría atraído por alguien como tú?

Su mirada recorrió mi cuerpo, sin disimulo, sin respeto.

-Eres conveniente. Tienes un apellido útil. Pero no eres deseable. Y nunca lo serás.

El golpe final llegó sin aviso:

-Una mujer como tú no inspira pasión. Inspira lástima.

En ese instante algo cambió dentro de mí. Estaba casi segura de que era mi corazón rompiéndose, y para ser sincera, no tenía ganas de recoger los pedazos.

-Gracias por tu honestidad -dije, con una calma que ni yo misma entendía.

Giré sobre mis tacones y salí. Las lágrimas... llegaron en el ascensor.

Capítulo 2 EL ACCIDENTE

Encendí el coche y empecé a conducir aunque sabía que no estaba bien para hacerlo. Mi piel todavía ardía, bajé las ventanillas para sentir el aire frío en el rostro, pero no fue suficiente para calmar el calor que me quemaba por dentro. Mi teléfono empezó a sonar, vi la pantalla:

Mamá

Era la última persona con la que quería hablar en ese momento, no podía decirle que Alessandro me había traicionado, no podía decirle que la boda se cancelaba, que lo único que había hecho bien en mi vida se había arruinado por completo. El teléfono seguía sonando.

"Tenemos que volver a ver el vestido, ya hicieron los..." apareció en la pantalla, un adelanto que bastó para que supiera de qué se trataba sin abrir el mensaje completo.

El vestido, otra decepción. El día anterior había ido a hacer la prueba por segunda vez, había prometido que perdería peso, que el cierre subiría, que no sería necesario hacer otro ajuste: tres días de disciplina militar, dieta líquida, agua, café, licuados verdes y una promesa absurda: "Esta vez sí". Pero aquello había terminado como siempre terminaba, conmigo en medio de la noche asaltando la cocina y comiéndome la comida de un mes en un par de horas.

Había llegado a la boutique más temprano de la hora pautada con la esperanza de poder hacer la prueba antes de que mi madre llegara. El lugar era un santuario de cristal y perfume caro. Novias delgadas flotaban entre encajes como si hubieran sido diseñadas por un arquitecto obsesionado con las líneas rectas.

Entré sintiendo cada paso, consciente de cada mirada que se alzaba, miradas sutiles, evaluadoras, como si estuvieran midiendo cuánta tela extra requería mi existencia.

Y entonces vi a mi madre. Estaba impecable, como siempre. Cintura perfecta. Postura impecable. Una mujer que había hecho del espejo su religión. A sus cincuenta y tantos, parecía un anuncio de disciplina y agua con limón en ayunas.

Era la última persona que quería ver ese día.

-Isabella -dijo, recorriéndome de arriba abajo sin disimulo-. Pensé que llegarías más... preparada.

Traducido del idioma materno: más arreglada, mejor vestida, maquillada.

Sonreí. Esa sonrisa que se aprende en la infancia, cuando llorar no es opción.

-Buenos días, mamá.

Cuando el sastre me llamó al probador, el corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que el corsé no sería el único que podría estallar.

Me quité la ropa con manos temblorosas.

Respiré.

El vestido cayó sobre mi cuerpo como una sentencia.

Y de nuevo, para sorpresa de nadie, el cierre se negaba a subir, el sastre evitaba mirarme directamente. Mi madre suspiraba como si la gordura fuera una ofensa personal.

El sastre de alta costura, con manos delicadas y mirada clínica, prometió hacer las reformas necesarias.

-Lo dejaremos impecable -había dicho con la voz cargada de incomodidad.

Había salido de la tienda con la dignidad por los suelos. Los comentarios hirientes de mi madre no ayudaron, y justo cuando había pensado que no podría empeorar, llegó el mensaje que terminaría de hundirme:

"Alessandro te engaña" era un número desconocido.

"Hotel Le Jardin Secret. Mañana al mediodía. Habitación 117. Dejaré una llave debajo del tapete."

Aún no sabía si quien había mandado el mensaje era amigo o enemigo, quería que supiera la verdad, que Alessandro me engañaba, pero ¿lo hacía por mi bien o porque de algún modo le convenía?

El teléfono sonó de nuevo, una vez y otra y otra.

-¡Mierda! -grité, llena de frustración-. Cogí el móvil, deslicé el dedo por la pantalla, pero antes de llevarlo a mi oído se me cayó debajo del asiento. Me incliné para recogerlo en un movimiento inconsciente, aparté la vista del camino solo unos segundos, y lo próximo que vi fue el otro coche abalanzándose sobre el mío.

El impacto llegó con una violencia que mi mente no procesó de inmediato; primero fue un sonido metálico que retumbó dentro de mí, vidrio estallando y cayendo como lluvia brillante sobre el tablero y mis piernas. Luego mi cuerpo se lanzó hacia adelante sin pedir permiso, el cinturón se me clavó en el pecho mientras algo golpeaba mi cabeza, y el mundo entero giraba en un torbellino de dolor y confusión hasta que todo se oscureció.

Cuando abrí los ojos, el mundo parecía no tener bordes; todo era blanco: el techo blanco, las paredes blancas, las sábanas blancas. Un pitido constante marcaba un ritmo que no parecía el mío.

Intenté moverme, un dolor agudo me atravesó el costado y me obligó a jadear. Estaba viva y herida. Mis dedos buscaron instintivamente mi vientre, como si necesitara comprobar que seguía siendo yo.

La puerta de la habitación se abrió con suavidad y apareció la única persona que esperaba ver en ese día interminable. No era una enfermera, no era mi madre, no era Alessandro.

Era el hombre del ascensor, de pie junto a la puerta, sin las chicas, sin sonrisa burlona.

Observándome como si aquel accidente también le perteneciera. Un escalofrío recorrió mi espalda. No había ni un ápice de cortesía en su forma de mirarme, ni un gesto que suavizara lo descarado de su mirada.

-¿Qué hace aquí? -pregunté, directa, sin adornos, sin suavidad.

Apoyó un hombro contra la pared como si todo aquello fuera un juego y su ligereza me irritó de inmediato.

-Vengo a pedir clases de francés. Claramente las necesito -dijo.

-¿Me siguió? -logré preguntar, intentando que mi voz sonara controlada-. ¿Era usted el del otro coche?

Levantó la billetera entre sus manos, sin prisa, como si estuviera decidiendo cómo jugar con mi paciencia.

-Solo quería devolverle esto.

Capítulo 3 UNA INVITACIÓN IRRECUSABLE

SEIS MESES DESPUÉS

Después del accidente caí en un espiral de autodestrucción, no salía de casa, dejé mi puesto en la empresa familiar y me dediqué a autocompadecerme. Mi madre me había asegurado que Alessandro volvería rendido a mis pies, que me necesitaba o, mejor dicho, su empresa necesitaba a la empresa de nuestra familia. No sabía si aquello me alegraba o me deprimía aún más, no sabía si quería que Alessandro volviera o si no quería verlo nunca más. Como sea, ninguna de las dos cosas ocurrió, ni él me rogó ni pude evitar verlo.

Seis meses después de todo llegó una invitación, un sobre gris con un sello dorado como un decreto real del medioevo. Mi corazón se aceleró cuando vi el encabezado:

Celebración oficial de la fusión entre Valcán Biotech Company y Villalobos Corporations.

Y en el párrafo final, el nombre que me hizo apretar la hoja hasta arrugarla: Alessandro Valcán, Presidente Ejecutivo.

Valcán Biotech Company y Villalobos Corporations se fusionaban. Por eso no me había rogado, por eso no había pedido perdón, no me necesitaba. Sus palabras volvieron con fuerza, como si estuviera ahí frente a mí pronunciándolas con el mismo desdén de aquel día: "Eres conveniente. Tienes un apellido útil."

Pero claro, aquella fusión le garantizaba lo mismo que mi apellido le hubiera garantizado, pero con la libertad que un matrimonio conmigo le hubiese arrebatado. Aquella fusión los convertiría en el conglomerado tecnológico más fuerte del país y dejarían a Montenegro Quantum Dynamics (la empresa de mi familia) como segunda en el ranking nacional. Pero eso era lo que menos me importaba.

No tenía opción, mi ausencia significaría darle el gusto de saber que me hizo tanto daño que no podía verlo de nuevo y mi presencia le daría el gusto de ver mi reacción ante su éxito, y para colmo el lugar del evento no era cualquier lugar, sería en el mismo hotel en el que lo había encontrado engañándome.

Grité de frustración, si iba a ir lo haría con la cabeza en alto, no iría sola, iría acompañada de un hombre poderoso, más que Alessandro, más guapo también y que desborde amor por mí.

Estúpida, me dije a mí misma, dejándome caer sobre la cama, eres patética. ¿Dónde vas a conseguir eso? Ni pagando conseguirías a un hombre así para el fin de semana.

Pagando... la idea brilló como si una bombilla se hubiese encendido encima de mi cabeza, pagando, lo repetí en voz baja como quien pronuncia un conjuro, me levanté de golpe y corrí a buscar mi laptop.

"Comprar una cita" digité y me sorprendió la cantidad de opciones que aparecieron, elegí la primera: "hombrealinstante.com". Reí por el nombre o tal vez por los nervios, empecé a deslizar perfiles hasta que lo vi, un hombre hermoso, parecía de revista.

Al instante me detuve. Admiré su cuerpo atlético que se insinuaba bajo la camisa abierta en los primeros botones. Su rostro era de esos que uno no olvida: labios llenos, mandíbula marcada, ojos oscuros y profundos que parecían retarte a descubrirlos. Era imposible de ignorar. Le dejé un mensaje explicándole lo que necesitaba, el día y la hora del evento.

La respuesta fue inmediata.

-¿Cuántas horas necesitarás de mis servicios?

-Las que sean necesarias -le respondí, porque no sabía cuánto tiempo tendría que estar en ese maldito evento soportando el triunfo y la vida exitosa de Alessandro.

-Hecho. Estaré ahí a la hora indicada.

Una sensación extraña me recorrió el cuerpo, me sentí eufórica, estaba haciendo una locura, tenía miedo pero también tenía la sensación de que todo saldría bien, aparecería en aquel lugar empoderada, con la barbilla en alto, de la mano de mi novio guapo y millonario que muere de amor por mí y le demostraría a Alessandro que mi vida había continuado después de él.

Llegó el día, había comprado un vestido rojo con un escote pronunciado y una abertura en el ruedo que dejaba ver mi pierna derecha hasta arriba del muslo, los tacones negros me daban una figura estilizada, parecía más alta, más elegante de lo que realmente era, el cabello suelto cayendo en ondas sobre mis hombros hasta llegar a mi espalda, estaba hermosa, empoderada, y aun así estaba asustada, sudaba como un cerdo, estaba en el asiento trasero del auto, mi chofer no había dicho una palabra desde que nos estacionamos.

Miré la pantalla del teléfono, llevaba ahí media hora esperando por mi novio falso y sentía cómo mi mundo se desmoronaba, un pedazo con cada minuto que pasaba y el hombre que había alquilado no aparecía. Le había dado el modelo y placa del coche con la indicación de que subiera para que pareciera que llegábamos juntos, pero él no aparecía.

-Maldición -grité.

El chofer dio un salto sobresaltado, mis mejillas ardieron de la vergüenza. No me quedaba de otra, tendría que aparecer sola.

Me estaba armando de valor para salir cuando la puerta se abrió, un rostro se asomó y luego subió. No era el chico de la foto, era más guapo aún, un rostro perfecto, uno que yo ya conocía

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