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Mi objeto más deseado

Mi objeto más deseado

Autor: : Marchu14
Género: Romance
Amatista y Enzo han estado unidos desde la infancia, enredados en un destino que los marcó desde el primer momento en que cruzaron miradas. Pero su historia no es la de un amor puro y sencillo, sino la de una obsesión profunda, una pasión indomable y una lucha constante entre el poder y la entrega. Él, un hombre criado para dominar el mundo de los negocios y las sombras, cuya presencia es sinónimo de control y peligro. Ella, una mujer que aprendió a moverse entre la élite con astucia, pero sin perder su esencia, dispuesta a desafiar las reglas que él mismo impone. Durante años, fueron todo el uno para el otro, hasta que una traición los rompió en mil pedazos. Amatista huyó, llevándose consigo un secreto que podría cambiarlo todo. Enzo, consumido por el deseo de recuperarla, la persiguió incansablemente, incapaz de aceptar su ausencia. Pero el reencuentro fue explosivo. Entre verdades a medias, celos insaciables y una guerra de voluntades, Enzo la arrastró de nuevo a su lado, dispuesto a hacerla suya, sin importar las consecuencias. En un mundo donde el poder lo es todo y la lealtad se compra con sangre, Amatista y Enzo deberán enfrentarse no solo a sus propios demonios, sino a las amenazas que acechan desde las sombras. Con aliados que pueden convertirse en traidores y enemigos que podrían ser la clave de su supervivencia, tendrán que decidir si su amor es lo suficientemente fuerte para resistir el peso de sus propias decisiones. Porque en esta historia, el amor no es suave ni gentil. Es salvaje, peligroso... y absolutamente irrenunciable.

Capítulo 1 Mi objeto más deseado

Amatista miraba el reloj por quinta vez en menos de un minuto. Las manecillas marcaban las nueve, pero ella sabía que Enzo no llegaría sino hasta pasadas las diez, como solía hacer cada vez que volvía al lugar donde la mantenía. Le llamaba su refugio, su pequeño santuario, pero ella sabía que detrás de esas palabras había una única intención: Enzo la ocultaba del mundo, y aunque Amatista estaba resignada a eso, también había noches como esta en las que deseaba ser algo más que su objeto más deseado.

Con un suspiro, recorrió con la mirada la mesa que había dispuesto con esmero. El mantel de encaje blanco caía en cascada sobre los bordes, y sobre él descansaban los platos, cubiertos y copas de cristal. Había puesto flores en el centro, velas que esparcían una luz tenue y suave, y al lado de su plato estaba la botella de vino tinto que Enzo prefería. Había cuidado cada detalle para que todo fuera perfecto, tal como sabía que él lo esperaba.

Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando recordó su sorpresa al mirarse en el espejo. Había elegido un vestido negro de seda, con un escote sutil y detalles elegantes en encaje. El largo de la falda era perfecto, lo suficiente para insinuar sin mostrar demasiado. Se maquilló con cuidado, resaltando sus ojos marrones y aplicando un tono suave en los labios. Sabía bien cómo quería que él la viera, y cada toque en su apariencia estaba pensado en él.

Era su amor, sí, pero también era una obsesión que lo consumía y que ella aceptaba, aunque no siempre entendiera del todo la profundidad de ese sentimiento. Él la llamaba "gatita" con un tono que combinaba afecto y posesión, un apodo que ella aceptaba con una mezcla de sumisión y orgullo. Ella, por su parte, lo llamaba "amor", no solo porque lo sentía, sino porque sabía que era lo único que Enzo realmente quería escuchar de sus labios.

La primera vez que la llamó así, había sido un murmullo durante una aventura de niños, y esa palabra se quedó grabada en ella. Enzo Bourth la había hecho suya en más de un sentido, y esa noche estaba decidida a que él sintiera que cada segundo de su esfuerzo valía la pena.

Diez y cuarto. El sonido del motor del auto la hizo enderezarse y mirar hacia la puerta. Enzo estaba aquí, y su corazón comenzó a latir con fuerza, una mezcla de emoción y un nerviosismo familiar que siempre surgía cuando él llegaba después de una ausencia prolongada. No quería que él notara esa ansiedad, así que respiró hondo y mantuvo su postura perfecta, tranquila, aunque cada fibra de su ser anhelaba verlo y sentir su mirada en ella.

La puerta se abrió y él entró, llenando el ambiente con su presencia. Enzo Bourth, el hombre alto y corpulento de piel blanca y ojos oscuros, de mirada seria y voz ronca, que aún en su cansancio y expresión severa no dejaba de ser encantador y seductor. Su mirada la recorrió desde los pies hasta la cabeza, deteniéndose en cada detalle, y en sus ojos apareció una chispa de satisfacción, un reconocimiento de que ella había cumplido su rol a la perfección.

Amatista mantuvo su sonrisa, un gesto suave y calculado, sabiendo que a él le gustaba verla siempre serena, siempre encantadora. -Gatita -murmuró él, acercándose y tomando asiento a la mesa con la misma confianza de siempre.

-Amor -respondió ella en un susurro, usando el apodo que sabía que a él le gustaba escuchar, y se acercó para servirle vino.

El silencio reinó mientras ambos comenzaban la cena, un silencio que ella sabía que él valoraba. Enzo nunca había sido hombre de muchas palabras; prefería observar, escuchar, dejar que el momento hablara por sí solo. La comida, que había preparado con tanto cuidado, parecía gustarle, y eso la hizo sentir satisfecha. Mientras él comía, Amatista lo miraba de reojo, disfrutando de cada gesto, cada movimiento, cada expresión de aprobación que cruzaba por su rostro.

-La cena está deliciosa, gatita -comentó él al fin, con ese tono bajo y profundo que parecía resonar en el aire.

Ella sonrió, sintiendo una calidez recorrer su pecho. Sabía que para él la perfección no era solo un deseo, sino una exigencia. Desde que Enzo la había reclamado como suya, ella había entendido que cualquier defecto o fallo en ella no era aceptable, y aunque eso a veces la hacía sentir como si fuera solo un reflejo de lo que él deseaba, había noches como esta en las que estaba dispuesta a ser exactamente lo que él quería.

Mientras servía el postre, se atrevió a preguntarle algo, manteniendo la voz suave y cuidadosa. -¿Cómo fue tu día, amor?

La expresión de Enzo cambió ligeramente. No estaba acostumbrado a compartir detalles, y ella lo sabía. Su mundo era uno que la mayoría del tiempo estaba vedado para ella. -Complicado, gatita -respondió él, desviando la mirada.

Amatista, ansiosa por comprender un poco más de él, insistió suavemente: -¿Algún problema con tus negocios?

De inmediato, vio la sombra de enojo cruzar el rostro de Enzo. La línea de su mandíbula se tensó, y ella supo que había cruzado un límite. Antes de que él pudiera decir algo, Amatista adoptó una expresión juguetona, inclinándose un poco y rozando su mano contra la de él de manera coqueta.

-Perdón si soy muy curiosa... Solo quería asegurarme de que todo esté bien. -Su voz se tornó un susurro seductor, y en sus ojos había una chispa que lo desarmó por completo.

Enzo la observó en silencio, y después de un instante de tensión, su expresión se suavizó. Con una leve sonrisa, tomó su mano, apretándola con suavidad. La fascinación que sentía por ella era evidente, un deseo que lo dominaba y que a veces lo hacía vulnerable.

-Todo está bien ahora que estoy aquí contigo, gatita -le aseguró él.

Amatista sintió que sus mejillas se calentaban ante la intensidad de sus palabras. Sabía que él la amaba, pero también que ese amor estaba impregnado de una obsesión que era tanto dulce como peligrosa. Era suya, y él la veía como la pieza prometida que siempre había deseado, la recompensa que su padre le había augurado antes de morir. Amatista era el premio por el cual Enzo había aceptado el mundo oscuro en el que ahora vivía, y eso le daba a su amor una intensidad única.

Al terminar la cena, Amatista se acercó un poco más, y, tomando aire, le hizo una propuesta. -¿Te gustaría un baño, amor? Puedo prepararte algo relajante, creo que lo necesitas.

Enzo la miró, una ceja ligeramente arqueada, como si la oferta lo sorprendiera. Pero después de un momento, asintió. -Está bien, gatita. Será agradable.

La sonrisa de Amatista se amplió mientras lo llevaba al baño, donde ya había preparado el ambiente. Las velas, el aroma suave en el aire, y el agua caliente esperándolo. Enzo comenzó a quitarse la camisa, y ella, tomando un poco de valor, se acercó para ayudarlo, deslizando el tejido de sus hombros con suavidad. Sentía cómo su corazón latía rápido, pero mantenía la compostura, recordando siempre ser perfecta.

Cuando él se sumergió en el agua, Amatista se sentó al borde de la bañera, y mientras él cerraba los ojos, ella comenzó a acariciar sus hombros y su pecho bajo el agua. Sentía el calor de su piel, la dureza de sus músculos bajo sus dedos, y su respiración comenzó a acelerarse, consciente de la cercanía.

Sin abrir los ojos, él murmuró: -Gatita...

Amatista sonrió, inclinándose y dejando que sus labios rozaran su mejilla en un beso suave. -Estoy en mi periodo, amor... pero eso no significa que no pueda cuidarte.

Él abrió los ojos, y en su mirada había una mezcla de deseo y aprobación. La tomó del rostro, acercándola aún más, y la besó, un beso profundo, intenso, que la hizo perderse por completo en él. Sentía cómo su respiración se aceleraba, cómo su corazón latía desbocado mientras él la besaba con esa pasión que solo él podía darle.

Los besos se hicieron más profundos, más intensos, y Amatista sintió que el mundo se desvanecía alrededor de ellos. El agua, las velas, el silencio de la noche... todo parecía desaparecer en la calidez de ese momento, en la fuerza de su conexión. Enzo era su amor, su dueño, su todo.

Cuando los besos comenzaron a perder intensidad, Amatista se separó suavemente, dejando que su frente descansara contra la de Enzo mientras ambos recobraban la respiración. Sus manos aún acariciaban su pecho bajo el agua, trazando pequeños círculos con las yemas de sus dedos, sin dejar de mirarlo con esa devoción que era solo para él. Enzo suspiró y le dedicó una sonrisa que parecía relajar incluso sus facciones más endurecidas. Con un último roce en su mejilla, él salió del agua, y Amatista, con ternura, le ofreció una toalla, ayudándolo a secarse.

Ambos se cambiaron para descansar: Enzo se puso ropa cómoda, mientras que Amatista dejó el elegante vestido que había usado para la cena y se deslizó en su pijama suave, de tonos claros. La intimidad que compartían en cada pequeño gesto le hacía sentir que todo en ella existía solo para él.

Finalmente, se dirigieron a la cama, en esa comunión silenciosa que a ambos les era tan familiar. La luna derramaba su luz plateada por las ventanas, bañando la habitación de tonos suaves y relajantes. Amatista se acomodó bajo las sábanas, y Enzo, después de apagar las luces, se acostó junto a ella. Sin dudarlo, la rodeó con sus brazos fuertes, atrayéndola hacia él. Con la calidez de su respiración rozándole el cabello, se inclinó hacia ella y susurró:

-Eres mía, gatita... Solo mía.

Amatista sintió cómo su corazón se aceleraba con aquellas palabras, y al cerrar los ojos, una sonrisa serena iluminó su rostro. Se acomodó más cerca, dejando que sus cuerpos se entrelazaran, rodeada por sus brazos y su posesión absoluta. La noche avanzó, y juntos, enredados en la calidez de la otra persona, se dejaron llevar al descanso, seguros de que en ese rincón del mundo, al menos en ese momento, estaban en paz.

Capítulo 2 La Soledad de la Ausencia

El sol de la mañana apenas se filtraba a través de las cortinas, proyectando un resplandor tenue sobre la habitación donde Amatista despertaba lentamente. Como siempre, disfrutaba de la quietud, pero hoy había algo diferente. El aire, pesado con una sensación inexplicable, la hizo girarse hacia el lado vacío de la cama. No había rastro de Enzo. La ausencia se sentía más profunda que nunca, como una sombra que se instalaba en cada rincón del cuarto. Por un momento, cerró los ojos, tratando de apaciguar la ansiedad que comenzaba a crecer en su pecho.

No era solo que Enzo no estuviera, sino que algo dentro de ella le decía que no era solo una ausencia física. Algo mucho más oscuro se cernía sobre ellos.

Se levantó, la sensación de vacío la empujaba a moverse. Recorrió la mansión con pasos lentos, sin rumbo fijo, hasta que llegó al vestíbulo. Rose, la joven que la acompañaba durante las ausencias de Enzo, estaba sentada en la mesa, con una taza de café en las manos, mirando pensativa el espacio vacío a su alrededor. La sonrisa de Rose era siempre cálida, pero hoy parecía que la falta de Enzo había dejado su huella también en ella.

-Buenos días, Amatista. ¿Te gustaría desayunar? -preguntó Rose con esa suavidad habitual, tratando de romper el silencio incómodo.

Amatista sonrió levemente, pero la preocupación seguía fresca en su mente. No podía negar que sentía un vacío abrumador. El lugar estaba demasiado callado, incluso para el estándar de la mansión. Era como si el mismo espacio hubiera dejado de respirar.

-Sí, gracias. -Amatista se sentó, pero su mente seguía lejos, atrapada entre los recuerdos de los momentos que había compartido con Enzo. Algo no estaba bien.

Mientras tanto, Enzo se encontraba en su club de golf, apartado de la mansión, aunque su mente seguía atrapada en las imágenes de Amatista. La brisa fresca rozaba su rostro mientras caminaba por el campo, rodeado de socios que discutían sobre negocios. Sus palabras entraban en sus oídos, pero nada realmente le interesaba. Algo en su interior lo inquietaba. A pesar de que estaba rodeado de poder y prestigio, el vacío de la ausencia de Amatista se hacía cada vez más difícil de ignorar.

-Enzo, ¿te parece bien la idea de abrir un casino en el centro? -preguntó Massimo, rompiendo el flujo de pensamientos de Enzo. Estaba claramente interesado en la propuesta, pero Enzo, aunque asintió con la cabeza, parecía distante, como si estuviera absorto en algo mucho más profundo que simples inversiones.

-Depende de la ubicación -respondió Enzo, su tono bajo y calculador, como siempre. Sin embargo, en sus ojos había algo más que no podía disimular. La mirada fija, distante. El lugar que ocupaba su mente no era este campo de golf, sino otro más cercano a su vida: la mansión, Amatista.

A lo lejos, se acercaban Emma y Elizabeth, esas mujeres cuya presencia en la vida de Enzo nunca había sido más que un simple entretenimiento. Emma, con su cabello rubio y su actitud descarada, caminaba con una sonrisa juguetona. Elizabeth, por su parte, con su figura elegante y su mirada calculadora, observaba el terreno de juego con aire de superioridad.

Enzo las miró de soslayo, pero no les prestó mucha atención. No eran más que piezas en el juego, pero nada que pudiera reemplazar lo que sentía por Amatista. Sin embargo, algo en su pecho comenzó a tensarse aún más, como si necesitara algo más, algo que ni los negocios ni las mujeres a su alrededor podían ofrecerle.

La tarde avanzaba, y la conversación entre los socios continuaba, pero Enzo no podía dejar de pensar en lo distante que estaba todo, lo distante que se había vuelto él mismo. Algo lo arrastró a moverse, y antes de que pudiera pensarlo, sus pasos lo guiaron fuera del club y hacia el bar cercano donde frecuentaba algunas veces.

En el bar, el ambiente era mucho más relajado. La música suave de fondo y el murmullo de las conversaciones creaban una atmósfera más íntima. Enzo se sentó en la barra, pidiendo un trago, pero cuando la copa llegó a sus manos, una mirada intensa lo hizo volver a levantar la cabeza.

Era ella. La mujer que lo había observado en el club de golf. Alta, de cabello castaño que caía en ondas suaves sobre su rostro. Sus ojos, claros como el cristal, lo miraban con una mezcla de desafío y curiosidad. No era una mujer común, no se ajustaba a los estereotipos de las que acostumbraba encontrar. Ella no necesitaba lucir perfecta para llamar la atención. Había algo en su porte, en su manera de moverse, que emanaba una confianza desafiante.

-¿Te molesta si me siento? -preguntó con una sonrisa coqueta mientras se acercaba.

Enzo la miró de arriba abajo, sin inmutarse. No se sentía intimidado, pero había algo en ella que lo inquietaba. Por un momento, no respondió, solo la observó fijamente. Había algo en esa mujer que lo hacía sentirse... reticente. Como si su actitud desafiara su control.

-Tómate la libertad -respondió Enzo finalmente, alzando la copa con indiferencia.

La mujer se sentó a su lado, un pequeño gesto, pero lo suficientemente cercano como para hacerle sentir su presencia. No era solo su cuerpo lo que le atraía, sino algo más. Algo que lo desconcertaba.

-Sabes, no muchos hombres se atreven a ser tan... serios. No sé si es fascinante o aterrador -dijo ella con una sonrisa enigmática. Su voz tenía un toque de dulzura que parecía envolverlo.

Enzo la miró, pero no dijo nada. Sus palabras eran provocativas, pero no lo intimidaban. La mujer, leyendo su silencio, se acercó un poco más, dejando que su perfume se mezclara con la cercanía.

-¿Por qué no te quedas un poco más? -sugirió ella, su voz ahora más suave, casi susurrante. No lo miraba con desesperación, sino con una calma que solo los que realmente entendían el juego podían mostrar. -Creo que podría hacer que valiera la pena.

Enzo la observó, su mirada dura y fría. No era la primera vez que una mujer intentaba seducirlo, pero había algo en su actitud que lo hacía pensar que no era simplemente otra víctima del deseo. En su mente, había una pequeña voz que lo advertía de no caer en su juego, pero a su vez, algo dentro de él se sentía atrapado por su magnetismo.

Sin embargo, en su interior, una chispa de resistencia se encendió. No buscaba ese tipo de encuentro. No ahora. No con ella.

-No me interesa -respondió Enzo, su tono tan cortante como siempre, pero esta vez, algo más firme. -No estoy aquí para juegos.

La mujer pareció desconcertada por un momento, pero rápidamente recuperó su compostura. Se inclinó un poco hacia él, sus labios rozando su oído mientras susurraba:

-¿Seguro no quieres? Puede que te guste más de lo que crees.

Enzo no respondió. Simplemente, cuando la mujer intentó acercarse más, él la detuvo con una mano firme sobre su brazo, impidiendo que sus labios se encontraran. La miró fijamente, sin una pizca de duda en su rostro.

-No. -La palabra salió de sus labios con una contundencia que no dejaba espacio a la negociación.

La mujer, aunque claramente sorprendida por la negativa, se recompuso rápidamente, levantándose con una sonrisa algo desafiante.

-Bueno, quizás otro día -dijo, mientras tomaba unos billetes de su bolso y los dejaba sobre la mesa. -Pero no olvides, Enzo... Lo que deseas no siempre está tan lejos. Solo tienes que atreverte a pedirlo.

Enzo la observó alejarse, pero antes de que pudiera reaccionar, la mujer se detuvo en la puerta y gritó, su voz cargada de veneno y desafío:

-Nunca olvides que los hombres como tú también tienen miedo de lo que no pueden controlar.

Enzo, que había permanecido en silencio durante todo el intercambio, finalmente se levantó de su asiento, con los billetes en su mano. En su pecho, algo hirvió por dentro, pero no se dejó llevar por esa emoción. Caminó hacia la salida sin mirar atrás, su mente ocupada, aunque todavía atormentada por la pregunta que nunca había podido responder: ¿cuánto control estaba dispuesto a ceder para no perder lo que más le importaba?

Volvió al club con paso firme, pero una sensación extraña lo acompañaba. Era como si el desafío de esa mujer lo hubiera despertado de un sueño del que aún no podía escapar.

Capítulo 3 Un Refugio en Medio del Caos

Los días habían sido una vorágine de reuniones y decisiones difíciles. Enzo Bourth, acompañado de su equipo de confianza, había estado inmerso en la planificación de un ambicioso proyecto: la construcción de un casino que ampliaría su poder y su influencia. La mañana era fresca, pero el ambiente cargado de expectativa.

Mateo Toner, el analítico del grupo, llevaba días revisando las cifras y los detalles del posible terreno que habían escogido. Según las proyecciones, parecía perfecto para el negocio. Sin embargo, cuando llegaron al lugar, la decepción fue inmediata.

El terreno era un desastre: el suelo estaba en malas condiciones, la ubicación distaba mucho de lo prometido y, para colmo, algunos sectores estaban contaminados. Enzo caminaba con paso firme, pero su mandíbula apretada y la mirada fulminante evidenciaban su disgusto. Massimo, siempre menos serio, intentó aligerar el ambiente con una broma.

-¿Qué opinas, Enzo? ¿Construimos el casino o un parque de diversiones para ratas?

El comentario provocó una pequeña sonrisa en Paolo De Luca, pero no logró arrancar una reacción de Enzo, quien simplemente ordenó regresar a la camioneta. La tensión entre los hombres era palpable. Una vez dentro del vehículo, Paolo rompió el silencio.

-Necesitamos buscar otra propiedad, pero será complicado sin un contacto sólido en bienes raíces.

Enzo asintió brevemente, sin apartar la mirada del camino. Su mente ya estaba proyectándose hacia el futuro, buscando soluciones mientras el fracaso del terreno quedaba atrás.

Esa misma mañana, Amatista Fernández despertó en la mansión con una mezcla de emociones que oscilaban entre la anticipación y el nerviosismo. Había pasado varios días desde la última visita de Enzo. La rutina de la casa seguía siendo monótona, pero ese día algo era diferente: Rose, la asistente que solía preparar la mansión para las llegadas de Enzo, no había aparecido.

Este pequeño detalle encendió una chispa en el interior de Amatista. Esa ausencia significaba que Enzo llegaría en algún momento del día, y ella no podía evitar recordar su último encuentro: el calor de su mirada, su voz grave pronunciando su apodo, y las sensaciones que él despertaba en su piel.

Se levantó con una determinación renovada. Si ese era el día en que volvería a verlo, quería que todo fuera perfecto. Su primera parada fue el vestidor. Escogió un vestido de tela suave, de un color que sabía que a él le gustaba, y se aseguró de que su cabello cayera con naturalidad sobre sus hombros. Aplicó un toque de perfume en su cuello y muñecas, y, finalmente, revisó cada rincón de la mansión.

Encendió velas aromáticas en el baño, llenó la bañera con agua tibia y añadió sales relajantes, pensando que tal vez Enzo querría relajarse después de su largo día. Luego, preparó la sala para que estuviera impecable. Los nervios se mezclaban con el deseo mientras su mente repetía una y otra vez la misma idea: "Quiero que esta noche sea nuestra".

Pasaron varias horas antes de que Enzo finalmente regresara. La reunión había terminado en la oficina de Paolo, y aunque el fracaso del terreno seguía siendo una espina en su costado, la idea de volver a la mansión lo tranquilizaba. La figura de Amatista esperando por él era un refugio que, aunque jamás admitiría en voz alta, lo hacía sentirse completo.

Cuando la puerta principal se abrió, Amatista estaba allí, justo como él lo había imaginado. Su silueta se recortaba contra la luz tenue de la sala, y su sonrisa, tan seductora como cálida, lo recibió. Enzo sintió que la tensión de los días pesados desaparecía, al menos por un momento.

-Gatita... -murmuró él mientras se acercaba y la rodeaba con sus brazos. La besó con una mezcla de dulzura y firmeza, como si quisiera recordarle que, aunque el mundo estuviera en caos, ella seguía siendo su centro.

-Amor, ¿quieres que te prepare algo para comer? -preguntó Amatista con un tono casi tímido, aunque su mirada reflejaba un deseo inconfundible.

-Algo ligero estará bien. -Él acarició su mejilla antes de soltarla, pero no antes de añadir-: Luego, podemos tomar un baño juntos.

Amatista sonrió, pero su corazón latía con fuerza. Había imaginado ese momento todo el día, y ahora que estaba sucediendo, sentía que todo debía ser perfecto. Se dirigió a la cocina y preparó un par de platos sencillos, pero bien presentados. Comieron en silencio, con miradas que hablaban más que las palabras.

Cuando terminaron, Enzo extendió una mano hacia ella.

-Vamos, gatita.

El baño estaba listo, justo como Amatista lo había preparado esa mañana. Las velas aromáticas proyectaban un cálido resplandor sobre las paredes, y el vapor que ascendía del agua perfumada llenaba el ambiente con una atmósfera íntima y relajante.

Enzo entró primero, su mirada explorando el lugar antes de detenerse en Amatista. Ella estaba junto a la puerta, sus manos descansando suavemente a los lados de su cuerpo. Él notó cada detalle: el ligero rubor en sus mejillas, el brillo de sus ojos que parecía reflejar la luz de las velas.

-Te ves hermosa esta noche -dijo Enzo con su voz grave, sus palabras cargadas de sinceridad y deseo.

Amatista sonrió con timidez, pero no apartó la mirada. Dio un paso hacia él, deslizándose con elegancia por el espacio que los separaba, y levantó las manos hacia los botones de su camisa. Los desabrochó uno por uno, con una lentitud deliberada que hizo que el aire entre ellos se volviera más denso.

-¿Tuviste un día difícil? -preguntó ella en un susurro, sin dejar de concentrarse en su tarea.

-Siempre lo es cuando no estoy contigo, gatita -respondió él, dejando que su chaqueta cayera al suelo antes de tomar las manos de Amatista y guiarlas hasta su pecho desnudo.

Ella sintió el calor de su piel bajo sus dedos, y sus labios se curvaron en una sonrisa suave. Enzo bajó la mirada hacia ella y llevó una mano a su rostro, trazando con delicadeza la línea de su mandíbula antes de inclinarse para besarla. Sus labios se encontraron, y el mundo exterior dejó de existir.

Cuando el beso terminó, Enzo deslizó sus manos hacia los hombros de Amatista, acariciándolos antes de tomar el borde de su vestido. Sus ojos no se apartaron de los de ella mientras deslizaba la prenda hacia abajo, dejando al descubierto su piel que brillaba bajo la tenue luz.

-Eres perfecta... -murmuró, su tono cargado de una admiración sincera que hizo que Amatista sintiera un calor especial en el pecho-. No sabes cuánto te extrañé mientras trabajaba. Cada minuto lejos de ti me parece eterno.

Ella no respondió con palabras; en cambio, sus dedos subieron hacia el cuello de Enzo, atrayéndolo hacia otro beso, más profundo y lleno de promesas no dichas.

Enzo fue el primero en entrar al agua, inclinándose para probar la temperatura antes de acomodarse en la bañera. Le tendió la mano a Amatista, que lo siguió con movimientos cuidadosos, dejando que sus piernas se rozaran mientras tomaba asiento frente a él.

Por un momento, ninguno de los dos habló. Sus miradas se encontraron, y todo lo que necesitaban decirse quedó suspendido en el aire, transmitido a través de un lenguaje que no requería palabras.

Enzo extendió las manos hacia ella, rodeándola por la cintura para acercarla más. Sus dedos trazaron círculos lentos en su espalda, mientras sus labios buscaban la piel de su cuello y hombros. Los besos eran suaves, pero llenos de intención, como si quisiera explorar cada rincón de su cuerpo.

Amatista cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás y dejándose llevar por las sensaciones. Sus manos encontraron el pecho de Enzo, acariciando con movimientos delicados pero firmes, sintiendo los latidos constantes de su corazón.

-Amor... -susurró ella, su voz apenas audible sobre el murmullo del agua-. Esto es justo lo que necesitaba.

-Y yo te necesitaba a ti -respondió él, su voz ronca y cargada de emoción. Bajó las manos hacia su cintura, trazando el contorno de su figura bajo el agua, mientras sus labios continuaban dejando un rastro de besos que hacía que el tiempo pareciera detenerse.

El baño se convirtió en un refugio, un lugar donde ambos podían olvidarse de todo lo demás. Enzo la sostuvo con firmeza, pero con cuidado, mientras sus caricias se volvían más íntimas, más cercanas. Sus dedos entrelazados, sus respiraciones entrecortadas y los suspiros que escapaban de sus labios llenaron el espacio con una melodía que solo ellos podían comprender.

Cuando finalmente salieron del agua, el ambiente estaba cargado de una energía distinta. Amatista tomó una toalla y comenzó a secar a Enzo con movimientos pausados, deleitándose en cada detalle de su cuerpo, en cada cicatriz que contaba una historia que solo él conocía. Él, en respuesta, tomó otra toalla y repitió el gesto con ella, sus manos cálidas deslizándose por su piel mientras sus ojos no se apartaban de los de ella.

Más tarde, en la cama, buscaron refugio el uno en el otro con una intensidad que iba más allá del deseo físico. Cada caricia, cada beso, cada susurro era una reafirmación de lo que sentían, una manera de reconectar después de días de distancia.

Enzo la miró mientras ella se arqueaba bajo su toque, sus manos explorando cada centímetro de su piel. Sus ojos oscuros estaban llenos de algo más que pasión: había devoción, había posesión, pero también una vulnerabilidad que pocas veces permitía que otros vieran.

Amatista respondió con la misma entrega, sus dedos enredándose en su cabello mientras lo atraía más cerca. Sus nombres escaparon de sus labios en susurros entrecortados, como un eco íntimo que llenaba el espacio entre ellos.

Cuando finalmente se quedaron en silencio, el peso de su conexión se sintió como una fuerza tangible en la habitación. Amatista apoyó su cabeza sobre el pecho de Enzo, escuchando el ritmo constante de su corazón mientras él le acariciaba el cabello con movimientos lentos.

-No quiero que te vayas nunca -murmuró ella, su voz apenas un susurro.

-Nunca me iré, gatita. Siempre estaré contigo.

Y con esas palabras, ambos cerraron los ojos, dejándose envolver por la calidez de su cercanía y la promesa de que, al menos en ese momento, nada podría separarlos.

El amanecer llegó demasiado rápido. Enzo comenzó a moverse con cuidado, intentando no despertarla, pero Amatista lo sintió y lo abrazó por la espalda, su rostro enterrado en su hombro.

-Quédate a desayunar conmigo, amor... -pidió ella con voz suave, apenas un susurro.

Enzo cerró los ojos por un momento, tentado a ceder. Sin embargo, la realidad lo llamaba.

-No puedo, gatita. Tengo una reunión importante.

Amatista asintió, aunque no pudo ocultar la tristeza en su rostro. Enzo, al notar su expresión, la tomó entre sus brazos y la besó en la frente.

-Volveré en unos días, te lo prometo.

Amatista sonrió con esfuerzo, deseando que el tiempo pasara rápido para volver a verlo. Mientras él se preparaba para salir, ella lo siguió con la mirada, grabando cada detalle de su partida en su memoria.

Cuando la puerta finalmente se cerró, Amatista sintió que la mansión volvía a quedarse en silencio, pero ese silencio ya no la intimidaba. Ella sabía que él volvería.

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