Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Mi otro yo
Mi otro yo

Mi otro yo

Autor: : Jeda Clavo
Género: Romance
Una abogada un poco descuidada, muy conformista y sin grandes aspiraciones en su trabajo, se ve sorprendida cuando le asignan un caso cuyo juicio se celebraría en menos de cuarenta y ocho horas, y el cual todos dan por perdido. Un reto de su jefe, sus ganas de demostrar que es una competente profesional, complicará su tranquila existencia. Un trágico suceso que desencadena una serie de situaciones que pondrán más cuesta arriba su éxito y la vida de ella patas arriba. Un hombre exitoso, poderoso el mejor abogado de todos apodado "El tiburón de California", siempre se sale con la suya, nunca ha perdido un caso, con su sola presencia intimida a sus contrincantes. Las mujeres acuden ante él sin ningún esfuerzo por su parte y dispuesto a complacerlo sin ninguna objeción. Su existencia encierra un gran misterio que incluso para él es desconocido. Su vida es un remanso de paz y diversión, hasta que aparece esa loca acusándolo de cosas que no hizo o tal vez no recuerda y amenaza con poner su mundo de cabeza, pero él está dispuesto a todo para hacerla callar pues no permitirá que dañe su reputación, incluso hasta encerrarla si fuese necesario ¿Quieres descubrir el misterio de Mi otro yo? Acompáñame en esta nueva aventura.

Capítulo 1 PRÓLOGO

Estaba terminando las últimas cláusulas de un contrato, cuando el teléfono de mi pequeña oficina comenzó a sonar incesantemente, me chocaba cuando estaba concentrada en algo y me interrumpían, no había para mi peor ofensa.

Cuando atendí se trataba de una llamada de la oficina del gran jefe... y saber que estuve a punto de no levantarme a responder. La llamada era de su secretaria, quien me dio instrucciones claras de presentarme en diez minutos en su despacho, ni un minuto más.

Guardé el archivo con el cual estaba trabajando, para luego tomar un espejo de mi bolso y retocar la pintura de labios y el polvo compacto en mis mejillas, quería dar buena impresión sobre todo porque Adams Brooke era un papacito de primera. Era el hombre por quienes todas las abogadas del bufete y los hombres que se sentían atraído por su mismo género babeábamos y rogábamos por su atención, pero él ni siquiera se inmutaba ante las muestras de interés de los otros.

Un hombre apuesto, piel dorada, ojos grises, cabello castaño oscuro, de un metro ochenta de estatura, con una incipiente barba que le confería un aire de mayor masculinidad, con un fuerte carácter, no le gustaba que le llevaran la contraria y ante cuya presencia, yo Kadece Keshia Keen, perdía mis facultades mentales, alcanzando a susurrar apenas monosílabas.

Subí en el ascensor con un atisbo de nerviosismo, me miré en el espejo para observar una vez más mi aspecto, no estaba mal, pero había visto mejores. En mi rostro resaltaban mis hermosos ojos castaños entre mi piel dorada producto de un día de playa, pero del resto era una chica común y corriente, de estatura media con unas amplias caderas producto de la gracita que se acumulaba en mis revolveras por la falta de ejercicio, porque ese no era precisamente mi fuerte.

Debo confesar que soy una sedentaria, solo camino para subir hasta mi oficina o para ir de compras a los centros comerciales, pero odio cualquier actividad que exija mucho rendimiento físico de mi parte. Y mi cabello mi otro defecto, era mi maldición así me lo peinara, fuese a la peluquería, me realizara todos los tratamientos de hidratación habidos y por haber en el mercado, siempre terminaba luciendo como le daba la gana.

Me di cuenta de que había llegado a mi destino y me bajé con inmediatez, me recibió la secretaria, una mujer tan hermosa que daba la impresión de trabajar de modelo en vez de un bufete de abogados.

-Buen día, abogada Keen, ya la anuncio con el señor Brooke, aunque la está esperando -manifestó la mujer esbozando una sonrisa.

-Buen día, señorita Mariah. No se preocupe, espero -respondí, mientras me sentaba en uno de los sofás disponibles frente a ella, porque no tenía confianza de que mis piernas me sostuvieran por más tiempo, pues, me comenzaron a temblar imperceptiblemente. "Contrólate Kadece" me llamo la atención, pero es que el impacto de ser invitado a la oficina del gran jefe y de verlo a solas, me tenía los nervios de punta.

-Pase señorita -me indica la secretaria, pero yo me quedé allí sentada, sin reaccionar, estaba como boba, como si no fuese conmigo. Esas eran las cosas que odiaba de mí, que cuando estaba muy nerviosa rayaba en el extremo de la estupidez. Fue necesario que ella me repitiera un par de veces la orden, para que mi puto cerebro le diera por funcionar.

-¡Ah, sí, disculpe! Fue que me distraje un poco -le respondí mientras me levantaba de donde hasta hacía unos minutos estaba arrellanada. Caminé al despacho y toqué la puerta de la oficina que estaba entreabierta.

-¡Adelante! -escuché la voz que me respondió del otro lado.

Abrí la puerta y entré, pero me quedé parada frente a él, tomándome una mano con la otra de manera nerviosa, como si de una infanta a quien van a regañar por su última travesura se tratara.

Adams, había comenzado a hablar, pero yo estaba tan sumergida en mis pensamientos que no entendí ni un ápice lo que me decía y para no pasar por tonta, moví afirmativamente la cabeza en señal de conformidad, lo que resultó ser peor, pues él frunció el ceño sorprendido mientras indagaba.

-¿Está segura? No se sienta presionada, aunque debo decirle que fue una decisión en consenso de los abogados que somos accionistas principales de la firma. Pero nos complace que nuestra decisión coincida con sus intereses y que le sea grato llevar el caso.

Con toda la vergüenza cubriendo mi rostro, debí pedir que me repitiera a que había accedido.

-Disculpe señor Adams -comencé a hablar aclarando mi garganta- ¿Me puede explicar mejor en qué consiste lo que voy a hacer? -ante mis palabras él sonrió burlonamente.

-Sabía que este caso sería perfecto para usted, dada su conveniente capacidad -habló en un tono que no me quedó duda que era de burla hacia mi persona y de repente mis nervios fueron sustituidos por rabia, respiré profundo para no decir nada que trajera como consecuencia mi despido, sin embargo, respondí.

-Señor Adams. Le aseguro que puedo sorprenderlo con mi capacidad, solo yo pongo mis límites y cuando me propongo algo no hay nadie que pueda detenerme. Envíeme el caso a mi despacho. Con permiso -me di la vuelta, pero su voz me detuvo.

-Entonces demuestre con el caso de la señora Michelle Jones, que su capacidad es sorprendente. Hagamos un trato usted y yo, si gana la hago accionista del bufete, si pierde al día siguiente quiero su renuncia en mi escritorio -expresó en un tono de condescendencia, que a mí me pareció lo más hipócrita del mundo.

-Vaya preparando los documentos donde transferirá las acciones a mi nombre señor Brooke -pronuncié con tono seguro saliendo de su oficina sin despedirme de nadie, solo pensando en el gran problema que nos habíamos metido, mi bocaza, mi orgullo y yo.

"Las palabras que no van seguidas de los hechos no valen para nada."

Demóstenes

Capítulo 2 EL PELIGRO

Masajeé suavemente mi sien, tratando de apaciguar el fuerte dolor de cabeza que sentía en ese momento, había llegado a la oficina temprano, antes de las siete de la mañana para estudiar el caso del cliente que me había dado mi jefe a última hora de la tarde anterior; porque el abogado que tenía el caso se había reportado enfermo y como yo soy la abogada con menos casos en el bufete, consensualmente, pero entre los ac-cionistas de la firma, decidieron que soy la indicada para llevarlo, aun cuando esa no es mi especialidad, puesto que hasta ahora nada más había trabajado en materia de inquilinat

o, pero debido a mi autoestima herida, terminé pactando con mi jefe mi puesto.

Pero la situación no era tan simple, una de las abogadas de mayor renombre dentro de la firma y con quien había hecho una relación no tanto de amistad sino más bien de cordialidad y de apoyo mutuo, me comentó luego de mi sorpresiva designación, desconociendo que soy la nueva abogada designada al caso, que el abogado que anteriormente estaba llevando el expediente había alegado enfermedad, porque luego de analizarlo había llegado a la conclusión que esa demanda estaba perdida, por cuanto la señora Michelle Jones así se llamaba la cliente, antes de celebrar nupcias, firmó las capitulaciones matrimoniales o acuerdo prematrimonial llenando los extremos legales que exigía la legislación del estado de California.

Y ante esa situación ese abogado, uno de los mejores que casi nunca había perdido sus procesos, no se quería embarcar en un asunto que no tenía forma de ganarse y menos cuando el "Tiburón de California" acudía como contraparte. "Muy interesante, seguro que el maldito de Adams lo sabía y quiso sacarme del medio", pensé en ese momento con un atisbo de molestia.

Mi compañera Hailey, cuando le comenté que ese expediente lo habían pasado a mis manos, se sintió apenada y aun-que luego trató de remediar la situación y ofrecerme su ayuda, me negué. Pero en ese mismo instante, nació la fuerte determinación en mí, de que ganaría esa demanda, así fuese lo último que hiciera, porque estaba dispuesta a demostrarle a todos que yo era una excelente profesional, así mis compañeros y jefes pensaran lo contrario, porque si algo me había quedado claro, que esa fue una de las razones por las cuales me dieron el caso, me consideraban una profesional mediocre, a quien la suma de una causa perdida que no es su fuerte no le afectaría y para sacarme de la firma, eso había herido en lo más profun-do mi amor propio y mi orgullo.

-Pero como me llamo Kadece Keshia Keen, ¡Qué este maldito caso lo gano! Para hacerles tragar sus palabras a esos hijos de puta -exclamé muy enojada.

Me sentía humillada, desvalorizada y si no renunciaba en esos momentos era por dos razones muy importantes, una, porque ese proceso se había convertido en un punto de honor para mí y segundo por la hipoteca que pesaba sobre mi apartamento, aparte de las obligaciones que tenía con mis padres.

Por otra parte, estaba clara de que Brooke & Millers Associates, era uno de los mejores bufetes jurídicos de Los Ángeles, solo superado por el bufete del que apodaban "El tiburón de California" y los honorarios de los abogados eran bastante aceptables, sobre todo cuando resultaban vencedores en alguno de los juicios, en esas oportunidades los ingresos de los abogados aumentaban considerablemente y cada dólar que percibía en mi caso, lo destinaba no solo a cubrir mis gastos de alimentos, ropa, vivienda, sino también los de mis padres y hermanos que vivían en la ciudad de Denver, Colorado.

Me levanté de mi escritorio dando un suspiro, tomé una pastilla del estuche que siempre cargaba en mi cartera, me dirigí a la pequeña nevera y me serví un vaso de agua para pasarla. Esperaba con todas las ansias que funcionara y me calmara ese intenso dolor, pues sentía que en cualquier momento mi cabeza explotaría. Estoy poniendo de todo mi empeño y mi dedicación para evaluar cada uno de los documentos que con-formaban el expediente, revisando la fecha en que se firmó, el lapso que se le había dado a la clienta para chequearlo, si fue firmado bajo coacción, lo cual no fue así, porque incluso hay un video de grabación de la firma, donde queda demostrado que la señora Michelle Jones no fue forzada a firmar.

Las opciones se achicaban y mi frustración crecía al no encontrar un maldito argumento válido para darle en la puta madre a todos los involucrados, porque incluso me habían informado que el abogado de la otra parte, en todos los procesos de derecho de familia y en materia empresarial, demandas, jamás había perdido un juicio, lo maldije en mi interior, sin conocerlo, pero lo más probable es que fuese una mierda como todos los abogados de éxito del país, que se creían lo máximo y la eminencia en el mundo del derecho, unos seres pa-gados de sí mismos con un ego mayor que su sentido común, pensé con molestia.

Tomé el expediente y todos los documentos relacionados con el caso y los metí en mi portafolios, miré el reloj de pared cuyos segundos no se detenían, abrí los ojos sorprendida, no me había dado cuenta de lo tarde que se me había hecho, eran casi las diez de la noche y aún permanecía allí y sin posibilidades de descansar al llegar a mi casa, porque tenía que seguir revisando, para ver si encontraba algo que me ayudara a obte-ner el éxito que tanto aspiraba.

Hice una mueca de fastidio por tener que decirle adiós a mi hermosa y confortable camita, pero ya valdría la pena el sacrificio. Salí de la oficina, subí al ascensor y marqué el nivel del estacionamiento, donde había dejado aparcado mi carro, un chevrolet Sonic. Rogando para que esta vez prendiera sin ningún contratiempo, porque los últimos días presentaba una fuerte falla, pero no había tenido oportunidad de llamar a mi mecánico para que lo revisara.

Encendí el motor y para mi buena suerte respondió al primer toque, lo que me produjo un grito eufórico de la emoción que sentí. Salí del estacionamiento por la avenida camino a mi apartamento, sin embargo, apenas llevaba unos pocos kilómetros de recorrido el auto comenzó a fallar y debí estacionarme a un lado en la calzada.

Abrí el capó del vehículo, lo sostuve con la varita y comencé a mirar el motor con extrañeza, sin tener la puta idea de que hacer, no sabía diferenciar ninguna de sus partes y eso a pesar de que mi padre había sido mecánico hasta hacía unos meses atrás y me crié entre repuestos y piezas de coche, pero siempre me negué a aprender y allí estaba en plena noche, en una avenida accidentada y sin poder hacer nada a menos que llamara a una grúa.

En ese instante me arrepentí de no haber prestado atención cuando mi padre reparaba un auto, di un resoplido y seguí mirando. Si seré idiota, acaso pienso que con solo mirar el auto se reparará como por arte de magia, me dije sonriendo. Estaba en esas cavilaciones cuando se estacionó detrás de mi auto una camioneta de donde descendió un hombre alto como de aproximadamente un metro ochenta y cinco, con una barba poblada, con un cuerpo bien torneado pero con un aspecto desaliñado.

Cuando vi al hombre me puse nerviosa, mis manos comenzaron a sudar copiosamente, a tal punto que debí limpiármelas en la falda. Sentí en mi espalda una corriente fría y mi estómago dio un vuelco que me produjo náuseas. Mi terror aumentó cuando el hombre se me acercó con su rostro intimidante. En vez de observar el auto se me quedó mirando de manera lascivia, desnudándome con la mirada y esbozando en su rostro una maléfica sonrisa, que dejaban ver unos perfectos dientes. Y a pesar de que su aspecto físico no era desagradable, su actitud era maquiavélica, por un momento quise correr, esconderme y huir de ese hombre, pero al parecer mis pies estaban como soldados al piso, mi mente me instaba a correr "Corre, Corre, Kadace", me decía, pero yo estaba completamente paralizada.

-¡Hola, lindura! ¡Qué buena suerte la mía! No todos los días se consigue a una mujer tan apetecible como tú en la calle. Creo que papá Noel, adelantó mi regalo de navidad -me dijo con burla.

Al escucharlo, mi cuerpo reaccionó presintiendo el peligro, comencé a retroceder lentamente, pero al darse cuenta de lo que pretendía me tomó del brazo fuertemente y haló mi cuerpo hacia el suyo, golpeándome con su pecho en el proceso.

Intenté zafarme, sin embargo, la fuerza que ejercía sobre mí, era tan grande que sentí que rompería mi brazo, por eso dejé de luchar, pero no pude evitar que mis lágrimas comenzaran a derramarse por mi rostro, mientras trataba de conservar la calma y poder pensar en frío, mientras veía esos intensos ojos entre azules y verdes que emanaban maldad.

El muy imbécil acercó su boca a mi rostro, pude percibir su aliento a licor, intenté alejar mi cabeza, pero él me sostuvo por la nuca y empezó a lamer mis lágrimas, un gemido de angustia mezclado con asco salió de mis labios, pero al parecer el hombre lo interpretó como de deseo, me levantó y estrujó su miembro en mi cuerpo, pudiendo sentir lo duro que lo tenía, entretanto en mi humanidad mi repulsión hacia él crecía.

No podía creer la actitud de ese hombre, pero lo que tenía claro es que debía escapar de él, volví a intentar soltarme, pero no pude contra su fuerza. Él me sostuvo, bajó de un solo golpe el capó del auto y me tiró encima, empezó a masajear con lujuria mis senos por encima de la ropa, mientras la angustia iba creciendo en mí, me sacudía para evitar que tuviera contacto con mi cuerpo, pero todo lo que intentaba era en vano.

A él no le pareció suficiente tocarme de esa manera, sino que fue más allá, rompió mi blusa dejándome solo con el brasier, después bajó sus manos y las metió dentro de mi falda y comenzó a recorrer mis muslos, buscando abrirse paso en mi vagina;

Al principio, en mi ingenuidad pensaba que en cualquier momento me soltaría y se iría. Pero al darme cuenta de que intentaba tocarme con más intensidad, lo comprendí y entendí que si no hacía algo el maldito desgraciado me violaría.

Por eso, sin pensarlo un minuto más posicioné mi rodilla y se la metí por los genitales, lo que lo dejó por un instante desorientado, momento que aproveché para huir de su lado, sacudí los tacones de mi pie y salí corriendo, me subí al auto, cerrando los vidrios y rogando al cielo que encendiera.

"Ante el inminente peligro, la fortaleza es lo que cuenta."

Lucano

Capítulo 3 MORTIFICANTE DESASTRE

Mientras busco la manera de encender el auto, el hombre se levanta, se para al frente del auto y comienza a caminar hacia mi ventanilla, pero para mi alivio, el auto encendió, pisé a fondo el acelerador y él salió volando hacia un lado para evitar ser atropellado, en ese instante la verdad llegó a mi mente y comencé a llorar mientras manejaba hasta mi casa, "¡Oh por Dios! Estuve a punto de ser violada".

Cuando llegué al aparcamiento de mi edificio, tomé mi portafolio y mi cartera, cerré el auto con fuerza y ni siquiera me atreví a esperar el ascensor, si no que subí corriendo por las escaleras descalza, como si mil demonios me persiguieran mientras no dejaba de llorar, me pasaba la mano por el rostro limpiando mis lágrimas y tratando de quitar el rastro de la saliva que ese hombre había dejado en mí, me dieron arcadas y traté de contenerlas hasta llegar a la tranquilidad de mi hogar.

Llegué a mi departamento que se ubicaba en el quinto pi-so, abrí con premura, cerrando inmediatamente la puerta y poniéndole el pasador. Tiré todo al suelo, me deslicé por la puerta y caí al piso, mientras mis lágrimas bajaban incesantemente, sentía mi corazón encogido, tenía el tacto desagradable de ese hombre en mi piel, su aliento a alcohol producía un profundo asco en mí, me sentía sucia, asustada, los sollozos iban en aumento llenando el silencio del lugar, mi acogedor apartamento me producía miedo y angustia, me levanté del piso temblando, mis piernas se movían como flan, tenía la sensación de que en cualquier momento me desplomaría, tanto así que me debí sostener de la pared.

Caminé vacilante hasta el baño, sentí como si todo el peso del mundo hubiese sido puesto en mis hombros, me incliné en el inodoro y comencé a vomitar todo lo que tenía en mi estómago, el asco y la sensación de desagrado permanecían en mi boca dándome un sabor amargo.

Me dirigí a ducharme con todo y ropa, me sentía asquea-da por todo lo que me acababa de suceder, me estrujé el rostro con fuerza, las piernas, los brazos y toda parte de mi cuerpo que tuvo contacto con ese mal nacido, me enjaboné y me aplicaba champú tratando de borrar todas las huellas de sus ma-nos y de su boca en mí, mientras mi llanto se mezclaba con el agua que salía de la ducha.

Temblaba de los nervios pensando en que pudo haberme violado, no había sido hasta ese instante que internalicé todo lo que pudo haberme ocurrido. Tomé mi bata de baño para cubrirme después de haber estado más de una hora bajo la ducha y me coloqué una toalla en el cabello.

Al salir del baño, me preparé un té de manzanilla para tranquilizarme y me senté en uno de los bancos del mesón, cuando había consumido media taza, escuché el timbrado del teléfono fijo y aunque por un momento pensé en no atenderlo, al final decidí hacerlo para evitar caer en la tentación de continuar pensando en lo que acababa de pasarme, me urgía hacer de tripas corazones y serenarme, tenía que seguir estudiando el expediente porque pasado el día de mañana, tendría lugar el juicio y estaba obligada a ganarlo.

-¡Aló! -respondí tratando de tranquilizar mi voz, sin embargo, no pude evitar que me saliera un poco agripada.

-Kadece hija, ¿Estás bien? -me sorprendió escuchar la voz de mi madre.

Esa señora tenía un radal para detectar cuando estaba en peligro, me sentía mal o cuando las cosas no estaban saliendo convenientemente para mí.

-¡Estoy bien mamá! -respondí tratando de simular mi inquietud. Pero en ese momento entendí por qué decían que a una madre nunca puede engañársele.

-Kadece Keshia -pronunció mis dos nombres, con un tono de severidad, que me indicaban de acuerdo a mi experiencia que estaba enojada, porque tal vez se había dado cuenta de que no le estaba diciendo la verdad.

Titubeé por un instante, tratando de encontrar las palabras adecuadas que me permitieran tranquilizarla, pero al parecer otra vez se dio cuenta de mi intención y de inmediato continuó con su arenga.

-¡Ni lo intentes! -exclamó molesta -. Lo único que puede lograr mi tranquilidad, es que me cuentes lo ocurrido.

Medité por un momento y decidí contarle una media ver-dad, para que ella no detectara mi mentira.

-No es nada de qué preocuparse, mamá. Hoy tuve un día duro en el trabajo. Me asignaron un expediente en una materia que no estoy acostumbrada a ejercer y eso me tiene un tanto nerviosa.

-Creo que no tienes por qué estarlo, eres una chica muy inteligente, solo que a veces te subestimas y dudas mucho de tus capacidades, tienes que aprender a confiar en ti misma. Y ahora toma ese caso, analízalo y gánalo, para que así todos sepan que eres la más lista de todos en ese bufete -me animó mi madre en un tono amoroso.

Hablamos por media hora más, me contó de mis herma-nos, de lo bien que les iba en el colegio y sobre las fisioterapias que hacía mi padre, las cuales estaban haciendo que se recuperara satisfactoriamente. Él había tenido un accidente de trabajo hacía seis meses, mientras estaba reparando un vehículo de uno de sus clientes, la cámara se desprendió y le cayó en su pie izquierdo aplastándoselo, pero quedando adherido a su músculo, por ello debieron someterlo a una operación por muchas horas, en la cual volvieron a conectarle las extremidades parcialmente cercenadas. Actualmente, estaba sometido a terapias de reentrenamiento para su rehabilitación, ese era el motivo por el cual ahora soy el sostén de la familia, porque mi padre por los momentos estaba incapacitado para trabajar.

Cuando corté la conversación con mi madre, los desagradables recuerdos del día que tuve, intentaron nuevamente colarse en mi mente para seguir incordiándome, pero los deseché con inmediatez porque necesitaba de toda mi concentración.

Me senté en mi cama con mis portafolios para revisar el caso nuevamente, porque por primera vez desde que vivía sola me dio temor trabajar en la mesa del comedor, no sin antes cerrar la puerta de la habitación con seguro, rodar la peinadora y colocarla en la entrada.

Continué mi revisión exhaustiva, hasta que hubo algo que captó mi atención, no me cuadraban ciertas fechas de la firma del contrato, los datos en la identificación de mi clienta y del certificado de matrimonio, busqué las actas de nacimiento, pero solo estaba legible la del señor Andrew Jones, mientras en la de mi clienta había ciertos datos que estaban difusos, fruncí el entrecejo, porque eso me pareció bastante curioso. Sin embargo, tomé nota para ubicarla al día siguiente, seguí examinando mi caso hasta quedarme dormida, sin darme cuenta.

En la bruma de mi sueño escuchaba a lo lejos una fuerte campana, me giré tratando de opacar ese insistente sonido que buscaba alterar mi tranquilidad, mientras en los brazos de Morfeo seguía soñando con el guapo y apetecible de mi jefe. Era su cumpleaños y le habían llevado un presente en una caja grande, pero lo curioso de todo es que yo me encontraba dentro de la misma, solo cubierta por mi ropa interior y una gran cinta roja en forma de lazo en mi cabeza, decorada como el más grande regalo de Navidad.

Mi jefe abrió la caja y al mirar que yo estaba dentro con su ceño fruncido me dijo: «Kadece ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás perdiendo tiempo en estas cosas, en vez de estar estudiando el caso que te reté a ganar?», al instante me desperté abriendo los ojos con sorpresa, me giré en la cama y sentí un montón de hojas, allí caí en cuenta que me había quedado dormida leyendo sobre el caso y que todos mis documentos yacían desparramados en mi lecho, arrugados y cubiertos con mi cuerpo.

Me levanté de inmediato y comencé a recoger mi desastre, no podía creer que hubiese sido capaz de quedarme dormida sin importarme deteriorar esos papeles, definitivamente:

-¡Eres una loca de atar Kadece! -me dije e inmediatamente comencé a plancharlos con mis manos y la preocupación se acrecentó en mí al ver que había roto unas cuantas hojas.

-¡Ay Dios! ¿Qué voy a hacer si por cosas de la vida me piden el expediente? -enseguida comencé a aplanar cada hoja arrugada con la plancha, pero en una de esas lo caliente de la misma produjo que el papel se pusiera con una mancha os-cura de lo quemado. ¡Me quería morir! De allí la desconecté y fui planchándolos lentamente y con mucho cuidado para evitar un accidente similar.

Inmediatamente después me puse a buscar una cinta adhesiva plástica para colocarla detrás de las hojas, con la finalidad de simular el rasgado de las mismas. Pero aunque busqué en cada gaveta y cajones que encontré en mi departamento, mis esfuerzos fueron infructuosos, no pude encontrar algo que me sirviera.

-Juro que esto solo le pasa al coyote y a mí -expresé mortificada y en voz alta. Entretanto decidí ducharme con celeridad para llegar temprano a la oficina y tratar de reparar el desastre que había hecho con el expediente y rogar que nadie lo notara, porque yo no tenía intenciones de mencionarlo ¿Eso no era mentir o sí?

"La omisión es el aroma de la mentira." Sande.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022