Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Aventura > Mi pequeña traviesa: El castigo de mi hermanastro.
Mi pequeña traviesa: El castigo de mi hermanastro.

Mi pequeña traviesa: El castigo de mi hermanastro.

Autor: Alejandra A
Género: Aventura
Ava Miller creía conocer el significado del dolor hasta que el último suspiro de su madre la dejó a cargo de lo único que le importaba en el mundo: su pequeño hermano, Amado. Sin embargo, el luto se ve interrumpido por la sombra de un pasado que juró olvidar. Su padre, un magnate poderoso y despiadado que los abandonó hace trece años por una amante, reaparece en el funeral con una orden irrevocable: deben mudarse a la Mansión Miller. Ava se niega a volver al lugar que destruyó a su madre, pero su padre juega su última carta: el control total sobre la custodia de Amado. Sin opciones y con el corazón blindado, Ava cruza las puertas de una jaula de oro donde el odio la espera en cada rincón. Allí se encuentra con una madrastra que desea verla hundida y una media hermana que es el recordatorio viviente de la traición. Pero el peligro más grande no son las intrigas de su padre, sino Lucas King. El hijo de su madrastra, un hombre frío, distante y de una belleza letal, que parece disfrutar de cada uno de sus tropiezos. En un mundo de apariencias, mentiras y secretos familiares enterrados, Ava decide que no será una víctima más. Se convertirá en el caos de esa casa, en la pieza que no encaja... en su pequeña traviesa. ¿Podrá Ava proteger a su hermano sin caer en la red de seducción y frialdad de Lucas? En la mansión Miller, el amor no es una opción, es una debilidad que te puede costar la vida.
Leer ahora

Capítulo 1 Capitulo 1

​El cielo sobre el cementerio de la ciudad no era gris, sino de un color plomizo y sucio que parecía asfixiar los pulmones. No llovía a cántaros; era una llovizna persistente, una cortina de agujas frías que se pegaban a la piel y calaban la ropa negra hasta volverla pesada.

​Ava Miller no lloraba. Tenía los ojos fijos en la madera pulida del ataúd que descendía lentamente hacia el fango. Sus nudillos, apretados alrededor de la pequeña mano de Amado, estaban blancos, desprovistos de cualquier rastro de sangre. Podía sentir el temblor rítmico del cuerpo de su hermano de doce años contra su costado, pero ella se mantenía rígida, como una estatua de granito tallada para resistir la erosión.

​El olor era lo que más le dolía. No era el perfume de las flores, sino el aroma metálico de la tierra mojada mezclado con el ozono del aire cargado. Era el olor del final.

​-Ya casi termina, pequeño -susurró Ava. Su voz sonó rasposa, como si hubiera tragado arena.

​Amado sollozó, un sonido pequeño y roto que fue sepultado por el golpe sordo de la primera palada de tierra sobre la madera. Pum. Un eco final. El cierre de una vida de sacrificios, de una madre que se consumió trabajando turnos dobles para que ellos tuvieran un techo, mientras el hombre que debía protegerlos se escondía en su torre de cristal.

​De pronto, el ambiente cambió. No fue un ruido fuerte, sino una alteración en la presión del aire. El sonido del motor de varios vehículos de alta gama cortó el respetuoso silencio del campo santo. Tres camionetas negras, blindadas y brillantes, se detuvieron en el sendero de grava, levantando salpicaduras de lodo que mancharon las lápidas cercanas.

​Ava no giró la cabeza, pero sus hombros se tensaron tanto que dolían.

​Se escuchó el portazo seco de una de las camionetas. Luego, el crujir de zapatos de cuero costoso caminando sobre la gravilla con una confianza insultante. Antes de verlo, Ava lo supo por el olfato: un rastro de colonia cítrica de diseñador y el olor a cuero nuevo. Un aroma que no pertenecía a ese cementerio humilde.

​Una sombra alargada se proyectó sobre el lodo, justo al borde de la fosa.

​-Te ves exactamente como ella, Ava.

​La voz era profunda, aterciopelada y carente de cualquier rastro de remordimiento. Ava giró el rostro lentamente. Sus ojos verdes, encendidos como dos brasas bajo su cabello rojo fuego empapado, chocaron con la figura de su padre. Richard Miller lucía un abrigo de lana italiana impecable; ni una sola gota de lluvia parecía atreverse a manchar su solapa. A su lado, dos hombres corpulentos con auriculares y gafas oscuras vigilaban el perímetro como si estuvieran en una zona de guerra y no en un funeral.

​-Vete de aquí, Richard -escupió Ava. No hubo gritos, solo una orden cargada de un odio añejado durante trece años.

​-No es forma de saludar a tu padre después de tanto tiempo, y mucho menos frente a tu hermano -dijo el hombre, bajando la vista hacia Amado con una curiosidad clínica, como si estuviera observando un espécimen bajo un microscopio-. Está enorme. Tenía solo un mes cuando... bueno, las cosas se complicaron.

​-Se complicaron porque nos abandonaste por una mujer que ya tenía una hija de tu misma sangre -respondió ella, dando un paso al frente para tapar la visión de su hermano. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, dejando marcas en forma de media luna-. No tienes nada que hacer aquí. Mi madre está muerta. Ya ganaste. Déjanos en paz.

​Richard Miller soltó una risa seca, un sonido metálico que no llegó a sus ojos fríos. Sacó un sobre de seda del bolsillo interior de su abrigo y jugueteó con él.

​-Vine a buscar lo que es mío, Ava. No voy a permitir que mis herederos vivan en este suburbio infecto de pobreza. Prepárate. En una hora vendrán por ustedes.

​-Prefiero pudrirme en esta fosa antes que poner un pie en tu casa -desafió ella, levantando la barbilla. Su cabello ondulado, ahora oscuro por el agua, se pegaba a sus mejillas con pecas, dándole un aspecto de guerrera herida pero no vencida.

​-Oh, irás -Richard se acercó un paso, invadiendo su espacio personal hasta que Ava pudo oler el tabaco caro en su aliento-. Porque si no lo haces por las buenas, mañana mismo presentaré la demanda de custodia. Tengo el dinero, los jueces y el poder. ¿Crees que el estado le dejará un niño a una chica de veinte años sin empleo fijo y con una casa hipotecada? En una semana, Amado estará en un internado en Suiza y tú no volverás a ver su rostro.

​Ava sintió como si el suelo bajo sus pies se abriera de nuevo, pero esta vez no era para enterrar a su madre, sino para tragarla a ella. Miró a Amado, quien la miraba con ojos aterrorizados, aferrándose a su chaqueta gastada. El niño era su vida entera. Su última promesa.

​-Eres un monstruo -susurró ella, su voz temblando por primera vez.

​-Soy un Miller, Ava. Y tú también lo eres -Richard dio media vuelta, haciendo una señal a sus guardaespaldas-. Tienen sesenta minutos para empacar. Solo lo esencial. No quiero nada de esa casa vieja contaminando mi mansión.

​Ava se quedó allí, de pie frente a la tumba de su madre, viendo cómo las camionetas se alejaban dejando una nube de humo gris. El silencio regresó, pero ya no era de luto. Era el silencio antes de la tormenta.

​-¿Tenemos que irnos con él, Ava? -preguntó Amado con un hilo de voz.

​Ava se arrodilló en el fango, sin importarle manchar su único vestido negro decente. Tomó el rostro de su hermano entre sus manos frías y lo miró a los ojos.

​-Solo será por un tiempo, pequeño. Te lo prometo. Ese hombre cree que nos tiene atrapados... -Ava miró hacia la dirección por donde se fue su padre, y un brillo peligroso apareció en sus pupilas-. Pero no sabe que acaba de meter al diablo en su casa

Capítulo 2 cap 2

El hierro forjado de los portones de la Mansión Miller se abrió con un gemido eléctrico que a Ava le sonó como el cierre de una celda de máxima seguridad. Mientras la camioneta avanzaba por el camino flanqueado por robles centenarios, ella mantenía la vista fija en sus propias manos, que descansaban sobre el regazo de su vestido negro todavía húmedo.

Amado, a su lado, pegaba la nariz al cristal blindado.

-Es enorme, Ava -susurró el niño, su aliento empañando el vidrio-. Parece un castillo.

-Los castillos también tienen mazmorras, Amado -respondió ella, y su voz cortó el aire acondicionado del vehículo como un bisturí.

Cuando el coche se detuvo frente a la escalinata de mármol blanco, la puerta fue abierta por un hombre de uniforme que ni siquiera la miró a los ojos. Ava bajó, sintiendo el peso de su mochila vieja sobre el hombro, un contraste insultante contra la opulencia de la fachada neoclásica.

El olor del lugar era lo primero que la golpeó al cruzar el umbral: cera para muebles costosos, orquídeas frescas y un perfume floral tan empalagoso que la hizo querer estornudar. No había rastro del olor a hogar, a café recién hecho o a detergente barato que inundaba su antigua casa.

En el centro del gran recibidor, bajo una lámpara de araña que proyectaba miles de fragmentos de luz fría, la esperaba "la nueva familia".

Beatriz Miller, la mujer que había desmantelado el matrimonio de sus padres, vestía un conjunto de seda color crema que gritaba "dinero viejo". A su lado, una chica de unos dieciséis años, con el cabello rubio perfectamente alisado y una expresión de aburrimiento supremo, examinaba sus uñas pintadas de rosa pálido.

-Vaya -la voz de Beatriz era una caricia de terciopelo con veneno oculto-. Richard no mencionó que traerías el barro del cementerio en los zapatos.

Ava se detuvo en seco. No bajó la cabeza. De hecho, enderezó la espalda hasta que cada vértebra crujió, ignorando la mirada de advertencia que su padre, Richard, le lanzaba desde el despacho al fondo del pasillo.

-Es barro de la tumba de mi madre, Beatriz -contestó Ava, con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos verdes-. Supuse que te resultaría familiar, considerando que pasaste años cavándola mientras ella seguía viva.

El color desapareció del rostro de Beatriz por un segundo antes de que sus labios se apretaran en una línea fina.

-Sigues teniendo esa lengua vulgar de los suburbios -intervino la adolescente, dando un paso al frente. Era la media hermana, la prueba viviente de la traición-. Soy Sienna. Y más vale que entiendas que en esta casa hay reglas. No puedes entrar aquí con esa ropa de segunda mano y esperar que te tratemos como a una igual.

Sienna recorrió con la mirada el vestido de Ava, deteniéndose en un pequeño desgarro en la manga. Soltó una risita burlona que hizo que Amado se encogiera detrás de su hermana.

-Tu madre debe estar revolcándose en su tumba de clase baja al ver lo poco que te enseñó sobre clase -añadió Sienna.

Ava sintió un calor volcánico subiendo por su garganta. Dio dos pasos rápidos, invadiendo el espacio personal de Sienna hasta que la chica rubia tuvo que retroceder, chocando contra una mesa de cristal. El sonido de las llaves de Ava al golpear la mesa fue lo único que rompió el silencio tenso.

-Escúchame bien, princesa de plástico -siseó Ava, bajando la voz hasta que solo ellas tres pudieran oírla-. Mi madre me enseñó a trabajar por lo que quiero, no a abrir las piernas para robarle el marido a otra mujer como hizo la tuya.

-¡Cómo te atreves! -chilló Beatriz, dando un paso adelante con la mano levantada.

Ava ni siquiera parpadeó. Agarró la muñeca de la mujer en el aire antes de que pudiera tocarla. La fuerza de Ava, forjada cargando cajas en su trabajo de media jornada y cuidando a un niño pequeño, sorprendió a la madrastra.

-Atrévete a tocarme y te juro que este "barro del cementerio" será lo último de lo que te preocupes -amenazó Ava, soltando la muñeca de Beatriz con un desprecio evidente-. He perdido lo único que amaba hoy. No tengo nada que perder, pero tú... tú tienes muchas alfombras caras que no querrías ver manchadas de sangre.

-¡Richard! -gritó Beatriz, volviéndose hacia el despacho-. ¡Controla a esta salvaje!

Richard Miller salió del despacho, ajustándose los gemelos de oro. Sus ojos recorrieron la escena con una frialdad absoluta. No parecía molesto; parecía entretenido.

-Ava, ve a tu habitación. Es la del ala oeste, al final del pasillo. Amado tiene la habitación contigua -ordenó el hombre sin emoción-. Y Beatriz, acostúmbrate. Te dije que ella no es como Sienna.

Ava no esperó a que dijeran más. Tomó la mano de Amado y empezó a subir las escaleras imperiales. Sus botas dejaban huellas húmedas en la alfombra blanca, un rastro de rebelión que no pensaba limpiar.

-Ava... tengo miedo -susurró Amado mientras subían.

-No lo tengas. Mientras yo respire, nadie en esta casa te va a mirar mal, ¿entendido? -le aseguró ella, besando su frente.

Al llegar al rellano del segundo piso, Ava se detuvo. Sintió una mirada quemándole la nuca. No era la mirada histérica de Beatriz ni la envidiosa de Sienna. Era algo diferente. Algo pesado, oscuro y extrañamente familiar.

Lentamente, giró la cabeza hacia la sombra del pasillo superior.

Apoyado contra el marco de una puerta de caoba, con los brazos cruzados sobre un pecho ancho cubierto por un jersey de punto negro, estaba él. Lucas King. Su cabello oscuro estaba revuelto, y sus ojos, grises como el acero antes de una tormenta, la recorrían de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y desdén.

No dijo nada. Solo se despegó de la pared con una elegancia felina y se acercó a ella. El aroma a sándalo y lluvia fresca que desprendía era embriagador, un contraste con el olor artificial de la casa.

Se detuvo a centímetros de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

-Bonito espectáculo, Miller -dijo Lucas. Su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de Ava-. Pero un consejo: en esta casa, los que muerden primero suelen terminar con un bozal.

-Entonces será mejor que compres uno de mi talla, King -respondió Ava, sin retroceder ni un milímetro-, porque no pienso dejar de morder.

Lucas esbozó una sonrisa lenta, casi imperceptible, que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Ava. No era un escalofrío de miedo. Era algo mucho más peligroso.

-Ya veremos cuánto dura esa chispa antes de que esta casa te consuma -susurró él, antes de pasar por su lado sin rozarla, dejándola con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas.

Ava observó cómo se alejaba. La guerra acababa de empezar, y el enemigo era mucho más guapo de lo que esperaba

Capítulo 3 cap 3

La luz de la mañana se filtraba por los ventanales de doble altura del comedor, pero no traía calidez. Era una claridad blanca, clínica, que hacía que la platería sobre el mantel de lino doliera a la vista. Ava bajó las escaleras con el cuerpo entumecido; no había dormido más de tres horas, alerta a cualquier sonido que viniera del pasillo de las fieras.

Al entrar al comedor, el tintineo de las cucharas contra la porcelana se detuvo. Richard presidía la mesa, oculto tras una edición física del Financial Times. Beatriz y Sienna estaban sentadas a su derecha, luciendo atuendos de mañana que costaban más que el alquiler anual de la antigua casa de Ava.

-Siéntate, Ava. La puntualidad es la primera regla de esta casa -dijo Richard sin bajar el periódico.

Ava tomó asiento frente a Beatriz, asegurándose de que Amado se sentara a su lado. El olor a huevos benedictinos y café recién tostado inundó sus sentidos, pero su estómago estaba cerrado por un nudo de hierro.

De pronto, unos pasos pesados y rítmicos anunciaron la llegada del último integrante. Lucas King entró al comedor. Vestía una camisa negra con las mangas remangadas, revelando unos antebrazos fuertes y una actitud de quien es dueño de cada centímetro que pisa. No miró a nadie. Se acercó a la cafetera de plata y se sirvió una taza con movimientos lentos y precisos.

-Buenos días, padre -dijo Lucas con una voz neutra, casi mecánica, mientras tomaba asiento junto a Richard.

El silencio que siguió fue interrumpido por un sonido discordante. Una risa corta, seca y cargada de veneno brotó de la garganta de Ava. No pudo evitarlo. La ironía era tan espesa que casi podía masticarla.

-¿Algo te parece gracioso, Ava? -preguntó Richard, bajando finalmente el periódico. Sus ojos grises la taladraron con una advertencia silenciosa.

Ava dejó caer el tenedor sobre el plato con un sonido metálico que hizo que Sienna diera un pequeño brinco.

-"Padre" -repitió Ava, saboreando la palabra como si fuera leche cortada-. Es fascinante. El hijo que no lleva tu sangre te llama así con tanta naturalidad, mientras que los que compartimos tu ADN tuvimos que ver cómo nos borrabas de tu vida como si fuéramos un error de cálculo.

Lucas levantó la vista de su café. Sus ojos de acero se cruzaron con los verdes de Ava. No había ofensa en su mirada, solo una curiosidad gélida, como si estuviera diseccionando un insecto interesante.

-Lucas ha mostrado más respeto y lealtad a esta familia en cinco años de la que tú has mostrado en cinco minutos -intervino Beatriz, acomodándose el collar de perlas con un gesto nervioso-. Deberías aprender de él.

Richard dejó el periódico sobre la mesa con una lentitud deliberada que gritaba peligro. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio de la mesa.

-Ya que lo mencionas, Ava... -Richard hizo una pausa, midiendo sus palabras-. He decidido que, para mantener las apariencias ante la junta directiva y nuestros socios, este hogar debe proyectar unidad. Eso incluye que tú y Amado se dirijan a mí como corresponde.

Ava sintió que el aire se volvía denso. El sonido del reloj de pared en el pasillo parecía latir en sus sienes. Tic, tac.

-¿Cómo corresponde? -preguntó ella, fingiendo confusión.

-Quiero que me llames "padre" -ordenó Richard-. No Richard, no Miller. Padre. Delante de los empleados, de los invitados y en esta mesa.

Ava soltó otra risa, pero esta vez fue más suave, más peligrosa. Se inclinó hacia adelante, imitando la postura de su progenitor. El aroma a sándalo de Lucas, que estaba sentado lo suficientemente cerca, volvió a invadir su espacio, pero ella no se distrajo.

-La palabra "padre" implica un vínculo que se construye, no una etiqueta que se compra con un testamento -dijo Ava, y su voz era tan firme que Amado dejó de temblar para mirarla con orgullo

-. Un padre es el que te enseña a andar en bicicleta, el que consuela tus pesadillas y el que no deja que su esposa muera de agotamiento mientras él vive en una mansión.

-¡Suficiente! -rugió Richard, golpeando la mesa. Una taza de té se volcó, manchando el mantel blanco de un color ámbar sucio.

-Nunca te diré así -continuó Ava, su voz elevándose por encima de la ira de él-. Puedes quitarme mi casa, puedes amenazarme con la custodia de Amado, pero no puedes obligar a mi lengua a pronunciar una mentira tan grande. Para mí, eres Richard Miller: el hombre que financia mi estancia aquí por puro ego. Nada más.

Sienna soltó un bufido de indignación, mientras Beatriz miraba a su marido esperando una explosión que no llegó. Richard se quedó en silencio, con la mandíbula apretada hasta que los músculos de su cuello se marcaron.

-Tarde o temprano, te doblegarás, Ava -susurró Richard-. Todos tienen un precio.

-El mío no está en tu cuenta bancaria -sentenció ella.

Ava se puso de pie, haciendo una seña a Amado para que la siguiera. Antes de salir del comedor, su mirada chocó una vez más con la de Lucas. Él seguía allí, impasible, observando el rastro de té derramado en el mantel. Por un segundo, a Ava le pareció ver un destello de algo parecido al respeto en sus ojos grises, pero desapareció tan rápido como llegó.

-Por cierto, King -dijo Ava, deteniéndose en el umbral sin girarse del todo-, el papel de hijo abnegado te queda pequeño. Se nota que debajo de esa camisa cara, el "padre" que tanto respetas no es más que el hombre que te dio una corona que no te pertenece.

Lucas no respondió de inmediato. Solo dejó la taza sobre el plato y se recostó en la silla, observando cómo la melena roja de Ava desaparecía por el pasillo.

-Interesante -murmuró Lucas para sí mismo, ignorando la mirada furiosa de Beatriz.

La guerra en la mansión Miller ya no era solo de palabras. Ava acababa de quemar el primer puente, y el humo empezaba a asfixiarlos a todos

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022