Kiara observaba con una mueca de desagrado, el horario en su muñeca. Llegaría tarde a su primera clase, y para rematarla: mientras salía de su casa, su colectivo pasó a una gran velocidad. Ella frustrada, decidió tomar su vieja bicicleta. Comenzó a pedalear intentando no llegar tan tarde a su segundo año de universidad.
-No voy a llegar –lloriqueó mientras su corazón bombardeaba con fuerza hacia su cerebro, buscando ideas para acelerar. -¡Ya sé! –exclamó y dio un chasquido con sus dedos, recordando un atajo en la cuadra contigua. Frenó en seco, y al girar, transitó a través del césped cortado. Pero cuando vio la siguiente calle con una gran sonrisa, algo la derribó hacia un costado. No pudo hacer nada, para evitar la fuerte caída. Solamente escuchó el sonido de su bicicleta golpeando contra el suelo, y todo comenzó a nublarse, antes de ver unos zapatos color negro frente a ella.
-¡Auxilio...!
Kiara, al abrir los ojos se encontró en el suelo y sus ojos enfocaron poco a poco, unas rejas. Confundida, frunció las cejas y su boca se formó en una línea fina. Se incorporó dudosa, y sus manos sintieron un suelo frío y húmedo. Habían unas diez chicas junto a ella, todas guapas.
-Hola –comentó una voz suave, a su lado. Al prestar atención se encontró con una chica de cabello dorado y bucles. Sus ojos, de un color azul muy intenso, estaban levemente hinchados. Uno de ellos, tenía un moretón.
-Hola... ¿d-dónde estamos? –preguntó dudosa, sintiendo su cuerpo tembloroso. La chica hizo una mueca, antes de suspirar y decir:
-No lo sé... -murmuró y sin decir nada, se sentó a su lado. De reojo pudo ver, llevaba un vestido pegado al cuerpo de color rosa, junto a una chaqueta de jeans. Sus zapatillas que una vez fueron blancas, tenían unas enormes manchas negras.
-¿Hace cuánto estas aquí? –preguntó y ella abrió la boca para responder, pero no pudo, cuando la puerta se abrió de manera abrupta. Apareció un hombre gigantesco, llevaba una capucha de color negro y solamente se veía su boca y ojos.
-Tú... vamos –comentó señalando a Kiara, quien se aferró a su nueva "amiga", la misma la sujetó con fuerza antes de pronunciar:
-Ella acaba de llegar, llévame a mí –comentó con valentía y con la barbilla en lo alto. El hombre emitió una carcajada, antes de empujarla y sujetar con fuerza a Kiara del brazo.
-Con cuidado, no dañes la mercancía –ordenó una voz detrás suyo. El hombre asintió y aunque no aflojó el agarre en su cuerpo, no la dañó. Kiara avanzó con pasos temblorosos e inestables. No veía nada, el pasillo estaba tan oscuro que no veía sus propias manos. Sintió los latidos de su corazón acelerarse, cuando se detuvieron.
-N-no me maten... -pidió con un hilo de voz. El hombre que la sujetaba, le dio un empujón hacia una habitación desconocida. Se giró rápidamente, pero la puerta se cerró frente a ella. Jadeó con lágrimas en los ojos, y comenzó a golpear el frío metal.
-¡Déjenme salir! –exclamó y empezó a llorar, deslizándose hasta tocar el suelo con sus rodillas desnudas. Sintió un escalofrío, cuando una voz empezó a sonar a través de un parlante.
Se giró confundida, muy despacio –Hola señorita ¡Felicidades! Ha sido seleccionada para ser la compañía de uno de nuestros importantes clientes.
-No me felicite, ¡me están obligando! –exclamó con la voz temblorosa pero continuó hablando: -quiero volver a mi casa...
-Muy bien, a unos metros tiene un tocador para poder peinarse y acomodar su rostro. ¡Le deseo mucha suerte! Si se ve hermosa, podrá tener el privilegio de estar con uno de nuestros mejores clientes.
Y la voz dejó de hablar. Temblando, Kiara se acercó a un gran tocador de color blanco. Había un grifo, y todo tipo de maquillaje y peines. Mordió sus labios, nunca había tocado su rostro, y no lo haría en ese instante.
En el espejo, una chica con tez morena y ojos verdes, la observaba aterrada con un gran moretón en su mejilla derecha. Una lágrima se deslizaba sutilmente sobre su mejilla, y sentía que caería al suelo en un desmayo.
De un manotazo, apartó la lágrima y abrió el agua para limpiarse las lágrimas. Su rostro, al menos estaba limpio. Acomodó su cabello, y luego un sonido la sobresaltó. Detrás de su espalda, el parlante comenzaba una canción desconocida.
-Bien participante, nuestras cámaras la están enfocando, de su mejor sonrisa –ordenó la voz y ella levantó la mano para mostrar el dedo del medio –interesante.
La puerta se abrió, y el mismo guardia apareció para tomarla de las muñecas y la arrojó nuevamente hacia la prisión. La chica de bucles, se acercó para abrazarla.
-¿Estas bien? –quiso saber y ella asintió.
-Me... observaron por una cámara –comentó temblorosa y suspiró –tengo miedo...
-Emilia...
-¿Qué? –preguntó confundida.
-Es mi nombre.
-Soy Kiara... muchas gracias –murmuró y ella asintió.
Kiara se quedó abrazada a la chica, sintiendo sus caricias en su cabello hasta que empezó a dormirse –Mí hermano nos sacará...
Pero no pudo responder, porque se quedó dormida. Unos sonidos fuertes, despertaron a Kiara. La misma se incorporó observando confundida, como había una extraña pelea en el pasillo. No solamente había hombres luchando en combate cuerpo a cuerpo, sino que unos lobos también atacaban. Era extraño, como si supieran que hacer. Uno de ellos, la observó unos segundos antes de desaparecer.
La puerta, se abrió y cuando quiso reaccionar, su nueva amiga la tomó de la mano para jalarla hacia afuera. Sin embargo, debido a las demás chicas cayó de bruces al suelo, sin poder incorporarse a tiempo.
Se había quedado sola, pero se levantó con prisa, para acercarse a la salida. La reja, se cerró en forma repentina por la lucha externa entre un lobo y hombre encapuchado. Un grito, se escuchó desde lo profundo de las tres paredes; los dedos de Kiara quedaron prisioneros entre el metal.
-¡Ayuda! –gritó y empezó a sollozar, sintiendo un profundo ardor en su extremidad. No quería mirar, contuvo las lágrimas y siguió insistiendo: -¡A-ayuda! –exclamó nuevamente, y de pronto vio a Emilia, jalando el brazo de un hombre.
-¡Debemos ayudarla! –escuchó de fondo, porque las luces comenzaron a verse borrosas, los sonidos se disipaban como un susurro en el viento. Su cuerpo, comenzó a sentirse pesado para sus delgadas piernas.
De pronto, sintió su cuerpo desplomarse en el suelo, pero su mano, ya no dolía tanto. Al abrir los ojos levemente, vio el rostro más hermoso que jamás había apreciado en toda su existencia. Tenía el cabello blanco, pero parecía que brillaba y sus ojos, eran muchos más claros aunque parecidos a Emilia.
-¿Quién eres? –preguntó su voz gruesa y sensual. Ella, estiró la mano para acariciar su barbilla con una barba recién salida.
-Soy... Kiara... -comentó con voz temblorosa y se desmayó.
Capítulo 2.
Alexander Blackthorn, contemplaba con una mueca que su hermana estaba desaparecida. Para ser sincero, nunca había tenido tanto desapego con ella, desde aquella... ocasión. Ya habían pasado trescientos años, y para ser sincero, aún no se recomponía de aquel... evento.
-Elizabeth... -susurró entre sus labios. El dolor amargo de su recuerdo, aún seguía latiendo en su pecho, como un fuego ardiente y doloroso. Cerró los ojos, y sus bellos ojos verdes lo persiguieron con una sonrisa cálida, sosteniendo su vientre pequeño entre sus manos. Golpeó la madera del escritorio con furia.
Recordó las antorchas y los gritos de su amada por última vez.
Se levantó de su despacho, y algunas hojas fueron elevadas de su sitio. Pronto, llegó al exterior y guardó las manos en los bolsillos observando el bosque. Emitió un silbido, y no pasaron ni dos minutos cuando a su alrededor unos veinte hombres se acercaron a él.
-Mi hermana ha desaparecido, busquen el rastro y en cuanto la encontremos, la recuperaremos.
-Ella sabe defenderse sola –comentó una voz entre la multitud. El hombre, lo fulminó con la mirada –lo lamento jefe.
-Andando –ordenó ignorando rotundamente al sujeto cuyos ojos, desaparecieron al igual que su persona.
Pocos eran los que enfrentaban al poderoso Alexander Blackthorn. Y muchos quienes intentaban cortejar a Emilia. El rapto no le llamaba la atención, pero ya había transitado un largo tramo desde el ultimo... rapto.
Caminó sin prisa, hasta el último sitio donde la policía la encontró. Fingió pena y preocupación extrema, frente a un oficial, antes de robarle la planilla de pruebas de sus manos. Con una sonrisa, avanzó hacia el bosque y echó un vistazo en cada detalle.
Después de varias horas, intentando localizar el sitio, lo hallaron. Al parecer una camioneta color negra, la había tomado a su hermana. Gruñó furioso, al descubrir aquello.
-Humanos tontos –comentó con desagrado y asco. Alexander, odiaba a los humanos. Les daba asco y repulsión. Había llegado al grado, de odiarles por sobre todas las cosas. En ese caso, debía perder el tiempo ayudando a su hermana.
Hace cincuenta años, que no la veía. Ahora, tendría que reencontrarse con ella. Pasaron algunas horas, se encontraba frente a un edificio abandonado. Las paredes cubiertas de hongo negro, le daba un aspecto tétrico. Pero el hombre, no se inmutó ante el ambiente y aroma fétido que desprendía el lugar.
Sus pasos, se camuflaron con el sonido de los animales nocturnos, hasta llegar a un enorme portón de metal. Estiró su mano, antes de dar un golpeteo con sus blancos nudillos. Acomodó su cabello, detrás de su espalda y sus manos se apoyaron sobre sus caderas.
-¿Qué quieres? ¡Vete! –exclamó un guardia de seguridad, lo apuntó con la linterna y él, sonrió.
-Déjame pasar y no ocurrirá nada aquí –anunció aburrido, mientras estiraba el cuello.
-¡Largo! –exclamó y cuando hizo el amague para cerrar la puerta, no pudo. Alexander, lanzó una fuerte patada. El hombre, cayó de espalda y él junto a sus hombres ingresaron. Algunos se transformaron en lobos y él, continuó en su forma humana.
Se miró al espejo, y se odió a sí mismo. Siguió avanzando, y cuando vio a un sujeto con un arma, se acercó a una velocidad irreal antes de tomarlo del cuello y lanzarlo lejos. Comenzaron a luchar rápidamente con todos los hombres, él caminó tranquilamente hasta encontrar una celda. Su hermana, abrió la puerta con disimulo para salir, y luego regresó.
Aquel gesto, le llamó la atención. Emilia, no se preocupaba por nadie. Tomó de la mano a una asquerosa humana, pero la perdió de vista por las pisadas de algunas mujeres. Le dio igual, en silencio se giró.
Pero algo, lo detuvo. Al girar la mitad de su cuerpo, hizo una mueca. Su hermana lo detenía -¡Debemos ayudarla! –exclamó y el rodó los ojos.
-Vamos, es una humana asquerosa –comentó y ella se negó a detenerse.
-Debes escucharme... ella es...
Pero no pudo continuar, al escuchar: ¡Auxilio! Era un grito desesperado de dolor, en cuanto Emilia se giró, cubrió su rostro. La mano de Kiara, estaba atrapada entre el metal, y comenzaba a derramar... un color rojizo.
-Nos vamos –comentó sin una pizca de arrepentimiento o lástima. Mientras avanzaba hacia la salida, y vio a su hermana mirándolo con enojo profundo al ser arrastrada por otros hombres, lo sintió.
Un aroma fuerte a cedrón y laurel. Era un aroma único... solamente, una persona en toda su existencia, medio siglo de ella, había sentido.
-Elizabeth... ¿Elizabeth? –empezó a preguntar sintiendo su corazón congelado por los años, latiendo con mucha aprensión en su pecho. Se giró corriendo, intentando localizarla -¡Elizabeth! –exclamó sintiendo sus ojos llenarse de lágrimas, ¿hace cuánto había llorado? ¿Cien años, doscientos años?
-A-ayuda... -comentó una voz, y algo se aferró a él con una fuerza muy débil, pero lo suficiente para detenerlo. Confundido, observó a aquella mujer convaleciente, casi desmayada por el dolor. El aroma, era de ella.
-No... no puede ser ¡Hueles a ella! –exclamó furioso y la liberó con una fuerza descomunal. La tomó entre sus brazos, y su asquerosa mano humana lo tocó pero se desmayó. -¡Es un insulto que huelas a ella!
Kiara, cuando abrió los ojos su visión se mostró borrosa. Solamente podía apreciar algunos murmullos lejanos, y sintió que su mano le dolía. Cuando se incorporó, apoyó sus manos sobre el acolchado suave.
-Estas despierta, déjame ver tu mano –comentó una voz conocida, al abrir completamente sus ojos verdes, la vio.
-¡Emilia estas bien! –exclamó y la envolvió en un fuerte abrazo.
-Lo estoy –comentó con una tierna sonrisa y ella suspiro de alivio.
-¿D-dónde estoy? –quiso saber y de pronto, se percató que algo sostenía sus muñecas -¿Por qué tengo estas... correas? ¿Emilia? –preguntó con la voz temblorosa y sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Lo lamento... fueron ordenes –comentó con la voz temblorosa y su pecho subía y bajaba.
-¿O-ordenes? –preguntó y dio un respingo, al escuchar unos fuertes pasos aproximándose. A continuación, su tranquilidad se disipó. El miedo, remplazó su respiración calmada y observó sus ojos con sorpresa.
-Dime quién eres –comentó el hombre de cabello blanco, con voz firme. Su agarre sobre sus hombros, era fuerte. A pesar que sentía mucho miedo, extrañamente, se sintió... excitada. Su cercanía produjo estragos en su vagina y aquello la sorprendió.
-Y-yo... soy Kiara –comentó con dificultad, sus labios fueron presionados por sus dientes. Mantuvo la mirada fija en aquel extraño hombre, y sus ojos se fijaron en su boca. Era gruesa y elegante. Su mentón, cuadrado pero parejo le pareció esculpido a mano.
-¿Y? –Preguntó lanzándola hacia atrás, ella se golpeó contra la cabecera de la cama -¡No me interesa humana asquerosa! –exclamó y levantó la mano para golpearla, se detuvo. Kiara empezó a sollozar, de la misma manera que lo hacía Elizabeth: arrugaba la nariz y cerraba los ojos, pero tenía una peculiaridad, apoyaba el dorso de la mano sobre sus labios.
Se apartó, dudoso. Su pecho bajaba y subía sin comprender las similitudes con aquella, criatura.
-¡Responde! –exclamó, luego de intentar concentrarse, moviendo la cabeza de un lado al otro -¿Eres una bruja? –preguntó y ella negó con los ojos cubiertos de lágrimas -¡Responde humana idiota!
-¡Basta Alexander la lastimas! –gritó Emilia, interponiéndose. Se abrazó a Kiara, la misma comenzó a llorar con más fuerza acurrucada en su amiga.
-Emilia parece que quieres morir –masculló con una voz grave que erizó la piel de Emilia –te recomiendo que te apartes.
-Estaré bien –comentó con voz firme o eso intentó Kiara. Sus ojos verdes encontraron los azules oscuros de la chica, la misma negó –confía en mí...
Aunque aquella pequeña promesa, era una mentira. Emilia, asintió pero amenazó con estar en la puerta escuchando todo. Los dejó solos.
-No sé de qué hablas... tengo mis padres seguramente preocupados y... llegaba tarde a la universidad y...
-¿Acaso te pregunté?
-Yo... no sé qué decir ¿por qué no me matas? –quiso saber sintiendo que su pecho se sentía tembloroso. En cuanto a la pregunta dada, Alexander la observó unos segundos. La humana asquerosa, tenía razón.
"¿Por qué no la asesino?", se preguntó y una sonrisa escalofriante apareció en su rostro. Se sentó sobre la cama, y los ojos de Kiara se ampliaron al observarle.
En pocas palabras, la vida de Kiara pendía de un delgado hilo. Al mismo tiempo, no sabía que hacer o decir. Por consecuencia, era una humana. Él parecía odiar a la humanidad, la observaba como si fuera un insignificante bicho que podía aplastar.
Al mismo tiempo, Emilia, parecía querer protegerla. Habían conectado de una manera extraña, era como si la conociera de antes. Eso era extraño.
-Mátame –demandó y cerró los ojos, sintiendo una lágrima caer por su mejilla.
Él mismo, asintió en silencio. Levantó la mano, junto a una daga. Observó el pecho de la mujer, y el cuello. Decidió hacer un corteo limpio, por respeto a su propia hermana, no le haría sufrir. La daga, fue clavada sobre el cuello delicado. Ella gimió de dolor, pero no abrió los ojos y tampoco pidió misericordia o salvación alguna.
Pudo notar como la vida de aquella criatura asquerosa, se iba perdiendo en sus propias manos. El hombre, sonrió sintiéndose satisfecho de terminar con la vida humana. Odiaba a esos seres. Eran egoístas, cobardes y vendían a cualquier persona con tan solo obtener un beneficio.
Destruían el mundo, con su presencia y contaminaban todo a su paso. Recordó el rostro de dolor de Elizabeth, cuando sin piedad la mataron estando embarazado de siete meses. Había sufrido tres abortos antes de quedar embarazada y toda la manada estaba muy feliz de la llegada del heredero.
Cuando perdió a su familia, dejó que la soledad y el olvido abundaran en su alma y corazón. Por eso haber sentido la voz de su antigua amada, le había llenado de esperanza; una que había perdido hace muchos siglos atrás.
Al ver que se trataba de una simple humana, sintió furia. Su mente, le había jugado una mala pasada. Había sido engañado, por su propio deseo de volver a ser feliz. Pero era un ser inmortal, siempre estaría acompañado de la soledad.
Lo que más añoraba, era la muerte. Por eso, había hecho aquel pacto.
Mientras sentía que el filo de su cuchilla, se teñía de un color rojizo, sonrió. Hasta que tuvo que quitar el cabello, porque no podía seguir cortando. Se detuvo abruptamente.
Debajo de la oreja izquierda, había un lunar en forma de luna.
Igual al de Elizabeth, idéntico.
Kiara, abrió los ojos y se sobresaltó. Un portazo, le produjo un susto. Sin embargo, comenzó a sentirse débil y mareada.
-Dios mío ¿qué te hizo mi hermano? –preguntaba una voz, pero comenzaba a ver borroso. La voz de su amiga se sentía lejana, como si estuvieran en un terreno muy grande. -¡No te duermas!
Pero no pudo escucharla, porque sintió una enorme fuerza que la arrastró y vió todo borroso.