Desde que James Coleman cruzaba las puertas de C&M Ingeniería y Construcción, la empresa entera parecía contener el aliento.
-Buenos días, señor Coleman.
-Buenos días, ingeniero.
-Buen día, señor James...
Los saludos se sucedían uno tras otro mientras él avanzaba por el vestíbulo con una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un elegante maletín de cuero. Alto, impecablemente vestido y con esa expresión fría que parecía esculpida en piedra, caminaba como si el edificio le perteneciera... y, en cierto modo, así era.
No respondía a nadie. Sin embargo, todos lo saludaban. No por educación, sino por supervivencia. James tenía una memoria envidiable. Recordaba rostros, voces y pequeños detalles con una facilidad aterradora. Sabía quién había llegado tarde, quién había olvidado saludarlo, quién murmuraba a sus espaldas e incluso quién fingía trabajar cuando él no estaba cerca.
-Soy su superior -solía decir con absoluta calma-. Lo único que exijo de ustedes es respeto.
Y nadie quería comprobar qué ocurría cuando alguien olvidaba aquella sencilla regla.
Porque James no levantaba la voz, ni discutía, ni daba segundas oportunidades, simplemente chasqueaba los dedos y, antes de que el desafortunado pudiera reaccionar, dos guardias de seguridad aparecían para acompañarlo hasta la salida.
Así de sencillo. Por eso, entre los pasillos, muchos lo llamaban en voz baja el diablo vestido de Armani.
Lo curioso era que ese mismo hombre capaz de hacer temblar a toda una empresa provocaba suspiros en casi todas las mujeres del edificio.
Alto, elegante, mandíbula perfectamente marcada, cabello oscuro siempre impecable y un perfume exclusivo que dejaba un rastro imposible de ignorar.
James Coleman era el tipo de hombre que parecía haber nacido convencido de que el mundo giraba a su alrededor y él jamás había encontrado motivos para pensar lo contrario.
Como cada mañana, el ascensor ejecutivo se abrió antes de que llegara. Los empleados que esperaban retrocedieron inmediatamente. Era otra regla no escrita, James odiaba compartir espacios.
Las puertas comenzaron a cerrarse. Entonces...
-¡Espere!
Un pie se atravesó justo a tiempo, las puertas volvieron a abrirse, Emma apareció, llevaba el cabello suelto, una mochila colgada del hombro, un sándwich entre los dientes y trataba desesperadamente de sujetarse una coleta mientras murmuraba entre dientes:
-¡No, no, no! Hoy sí me despiden...
Entró sin mirar quién estaba dentro. Las puertas volvieron a cerrarse. Solo entonces levantó la vista, su sonrisa desapareció.
-...Tenía que ser usted.
James la observó lentamente de arriba abajo.
Zapatos de abuela, camisa ligeramente arrugada, un mechón de cabello sobre la frente y un enorme sándwich que seguía masticando con absoluta tranquilidad.
Frunció el ceño.
-Hay personas que hacen ver barata esta empresa.
Emma levantó una ceja.
-¿Disculpe?
-Tu aspecto es lamentable.
Ella dio otra mordida al sándwich.
-Gracias. El suyo también... aunque en otro sentido.
James respiró hondo.
-Ni siquiera sabes que es de mala educación hablar con la boca llena.
-Ni usted que también es de mala educación andar juzgando a la gente antes de las ocho de la mañana.
Él giró lentamente la cabeza hacia ella.
-¿Siempre eres tan insolente?
-Solo cuando alguien se gana el privilegio.
James soltó una risa seca.
-Personas como tú deberían subir por las escaleras.
Emma lo miró con fingida preocupación.
-¿Y privar a los empleados del espectáculo de verlo entrar con esa cara de funeral? Sería egoísta de mi parte.
Él apretó la mandíbula.
-No entiendo cómo mi abuelo sigue permitiendo que trabajes aquí.
-Porque él sí sabe reconocer a una buena empleada.
-Lo que reconoce es tu habilidad para sacarlo de quicio... igual que haces conmigo.
Emma sonrió divertida.
-Entonces hago muy bien mi trabajo.
James cerró los ojos durante un segundo.
"Respira, solo respira."
No podía perder el control por culpa de una secretaria, no otra vez.
Cuando volvió a abrirlos, ella seguía masticando con una tranquilidad que le resultaba insoportable.
-¿Nunca llegas temprano?
Emma consultó su reloj.
-Llegué treinta segundos antes de las ocho.
-Corriendo.
-Pero llegué.
-Despeinada.
-Eso tiene solución.
-Con comida en la boca.
Ella levantó el sándwich.
-¿Quiere?
James la miró como si acabara de ofrecerle veneno.
-Preferiría comer cartón.
-No sabía que ya desayunaba en la oficina.
Él sintió un leve tic en el párpado.
-¿Disfrutas irritándome?
-Muchísimo.
-Se nota.
-Y lo mejor es que es completamente gratis.
El ascensor seguía subiendo.
James comenzaba a preguntarse si alguien había detenido el mecanismo solo para castigarlo.
-Escúchame bien -dijo con voz firme-. Si no fueras la protegida de mi abuelo...
Emma dio el último mordisco al sándwich.
-¿Qué haría?
-Ya no trabajarías aquí.
Ella se limpió las manos con una servilleta y dio un paso hacia él.
James, casi por instinto, retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared del ascensor.
Emma levantó un dedo frente a su rostro.
-Y usted escúcheme bien. Primero: no es mi jefe. Segundo: no le tengo miedo. Y tercero...
Sonrió con toda la calma del mundo.
-Lo que piense de mí... me importa exactamente lo mismo que un manual de modales escrito por usted.
James respiró profundamente.
Una.
Dos.
Tres veces.
-Algún día vas a sobrepasar todos los límites.
-¿Hoy no?
-No me provoques.
-¿Eso fue una amenaza?
-Fue una advertencia.
Emma soltó una pequeña carcajada.
-Qué miedo...
Las puertas del ascensor finalmente se abrieron.
James salió primero, decidido a alejarse de aquella mujer antes de cometer una locura.
Emma caminó detrás de él.
-¡Qué tenga un excelente día, señor perfección! -canturreó.
Él siguió caminando sin girarse.
Emma acomodó la mochila sobre su hombro y, al echar el cabello hacia atrás para terminar de hacerse la coleta, este salió disparado como un látigo.
¡Plaf!
La larga coleta golpeó de lleno el rostro de James.
El hombre se quedó inmóvil.
Muy despacio levantó una mano hasta su mejilla.
Emma abrió mucho los ojos.
-Ups...
Por un instante pareció realmente arrepentida.
Solo por un instante.
-Lo siento... fue un accidente.
James la fulminó con la mirada.
Ella sonrió con inocencia.
-Aunque debo admitir que mi cabello tiene mejores modales que usted.
Y siguió caminando como si nada hubiera ocurrido.
James permaneció inmóvil unos segundos.
Apretó los puños.
Respiró profundo.
Volvió a respirar.
«Cálmate, James...»
Otra respiración.
«No puedes ir a prisión por estrangular a una secretaria.»
Con esa idea martillándole la cabeza, echó a andar rumbo al despacho de su abuelo.
Esta vez no iba a pedir un favor.
Iba a exigir un despido.
James abrió la puerta del despacho de su abuelo sin molestarse en tocar.
-¿Qué tengo que hacer para que despidas a esa mujer?
Elliot Coleman levantó la vista de unos documentos y dejó los lentes sobre el escritorio con absoluta tranquilidad.
-Buenos días para ti también.
-No cambies de tema, abuelo. Esa secretaria ya sobrepasó todos los límites.
-¿Emma?
-¿Conoces otra capaz de arruinarme la mañana antes de las ocho?
El anciano sonrió divertido.
-La verdad... no.
James comenzó a caminar de un lado a otro.
-Es desordenada, llega corriendo todos los días, desayuna en el ascensor, responde de la peor manera posible y hace cinco minutos me golpeó en la cara.
Elliot arqueó una ceja.
-¿Te golpeó?
-Con el cabello.
El viejo hizo un enorme esfuerzo por contener la risa.
-No le encuentro la gracia, abuelo.
-Yo sí.
James se dejó caer en una silla y pasó una mano por su rostro.
-No entiendo qué le ves. No tiene modales, desafía a todo el mundo y parece disfrutar sacándome de quicio.
-Porque contigo funciona.
-¡Ese no es el punto!
-Precisamente ese es el punto- dice Eliot
James resopló con impaciencia.
-Quiero que la despidas.
-No.
-¿No? -se levantó de la silla.
-No.
-¿Ni siquiera lo vas a pensar?
-Ya lo pensé hace cinco años, cuando decidí contratarla.
James apoyó ambas manos sobre el escritorio.
-No entiendo qué hace una mujer como ella en esta empresa.
-Trabajar.
-Sabes perfectamente a qué me refiero.
-Y tú sabes perfectamente la respuesta.
Antes de que James pudiera insistir, llamaron a la puerta.
-Adelante.
La puerta se abrió lentamente.
Emma apareció con una gruesa carpeta entre las manos. Esta vez llevaba el cabello perfectamente recogido.
James la miró con desconfianza.
-Por lo menos esa coleta viene asegurada.
Ella sonrió. Elliot carraspeó para ocultar otra risa.
-Buenos días, señor Coleman -saludó Emma entregándole la carpeta.
-Buenos días, hija. Siéntate.
Ella obedeció.
James, en cambio, permaneció de pie con los brazos cruzados.
-Tú también, James.
-Estoy bien aquí.
-No era una sugerencia. Sientate.
James soltó un largo suspiro y tomó asiento lo más lejos posible de Emma.
Ella no perdió la oportunidad.
-Qué alivio. Pensé que iba a tener que soportar su perfume toda la reunión.
Él giró lentamente la cabeza.
-Mi perfume cuesta más que todo tu guardarropa.
Emma sonrió con absoluta tranquilidad.
-Se nota. Con razón huele tan caro... lástima que no venga con humildad incluida.
Elliot cerró los ojos un segundo. Aquellos dos iban a acabar con su paciencia.
-¿Podemos tener una reunión sin intentar asesinarse?
-Pregúnteselo a ella.
-Pregúnteselo a él.
Respondieron al mismo tiempo.
El anciano negó con la cabeza.
-A veces me pregunto cuál de los dos tiene treinta y cinco años... y cuál cinco.
Emma bajó la vista para ocultar una sonrisa.
James fingió acomodarse el reloj.
-Emma, ¿trajiste los contratos?
-Sí, señor.
Ella deslizó la carpeta sobre el escritorio.
Elliot comenzó a revisar los documentos uno por uno.
-Excelente trabajo, como siempre.
James rodó los ojos.
-Claro... ahora vienen los elogios.
-Y bien merecidos- añade el viejo cerrando la carpeta, mirando fijamente a su nieto.-Emma lleva cinco años trabajando conmigo. Jamás ha llegado un informe tarde, jamás ha perdido un documento y jamás ha cometido un error importante.
James soltó una risa incrédula.
-¿Estamos hablando de la misma mujer que desayuna dentro del ascensor?
Emma levantó la mano.
-Objeción. Hoy terminé de desayunar antes de llegar.
-Gracias por la aclaración.
-De nada.
Elliot volvió a intervenir antes de que empezaran otra discusión.
-Lo cierto es que Emma es una de las mejores empleadas de esta empresa.
-Eso es discutible- dice James.
-No. Es un hecho- lo corrige el viejo.
James guardó silencio. Sabía que discutir con su abuelo era perder el tiempo.
Elliot entrelazó los dedos sobre el escritorio.
-Ahora pasemos al verdadero motivo por el que los llamé.
La expresión de James cambió inmediatamente.
-¿Tiene que ver con Holanda? - preguntó James
-Exactamente- dijo el abuelo.
Los ojos de Emma se abrieron con sorpresa.
-¿Holanda?
-La reunión con Van der Berg Holdings se adelantó. Será dentro de dos días- dijo el viejo.
James sonrió con confianza.
-Perfecto. Tengo todo preparado, abuelo.
-Lo sé.
-Entonces saldré esta misma noche- dijo entusiasmado.
Elliot negó lentamente.
-No.
James frunció el ceño.
-¿No?
-No viajarás solo.
El despacho quedó en silencio. Elliot miró primero a Emma, después a James y finalmente anunció:
-He decidido que Emma viajará contigo como representante de la empresa.
El silencio duró apenas dos segundos.
-¿¡Qué!?
Los dos se pusieron de pie al mismo tiempo.
-¡Ni hablar! -exclamó James.
-¡Eso mismo digo yo! -replicó Emma.
-Abuelo, ese viaje definirá el futuro de la empresa. Necesito a alguien preparado, no a tu secretaria.
Emma cruzó los brazos.
-Qué coincidencia. Yo también necesito un compañero que no crea que nació en la realeza - dijo ella.
-No pienso pasar diez horas de vuelo con ella- dijo James.
-Créame, el sentimiento es completamente mutuo- replico Emma.
-¡Silencio los dos!
La autoridad de Elliot bastó para que el despacho volviera a quedarse en calma.
El anciano los observó durante unos segundos. Después sonrió con esa tranquilidad que tanto desesperaba a su nieto.
-Ya compré los boletos.
James abrió los ojos.
-¿Cómo?
-Salen mañana a las siete de la mañana.
Emma seguía sin reaccionar.
-¿Está hablando en serio señor Coleman?
-Muy en serio- dijo el viejo.
James negó con la cabeza.
-No puedo creer que me hagas esto, abuelo. No puedes obligarme a convivir con esta... señorita.
Elliot sonrió.
-Si no viajas, cancelaré el proceso para nombrarte director ejecutivo.
Aquellas palabras fueron como un balde de agua fría. James se quedó completamente inmóvil. El anciano volvió la mirada hacia Emma.
-¿Y tú?
-Acataré sus órdenes, señor.
Emma suspiró resignada, sabía que Elliot jamás le había pedido algo tan importante y tampoco era capaz de decirle que no.
James se levantó de la silla.
-Esto va a ser un desastre.
Sin decir una palabra más, James salió del despacho como una tormenta. El portazo hizo vibrar los cristales.
Emma observó la puerta unos segundos y luego suspiró.
-Lamento que...
-No te disculpes por los malos modales de mi nieto, querida -la interrumpió Elliot con serenidad-. Mañana estará sentado en ese avión, aunque tenga que subirlo a la fuerza.
Emma esbozó una sonrisa incómoda.
-Ahora tenemos un asunto mucho más importante.
El anciano abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un delgado folder verde. Lo dejó frente a ella con una delicadeza que contrastaba con la seriedad de su expresión.
-¿Qué es esto?
Emma apoyó la mano sobre la carpeta, pero Elliot la detuvo.
-Todavía no. Esperemos al licenciado Henderson.
Aquellas palabras bastaron para borrar la tranquilidad de su rostro.
Henderson. El abogado principal de la familia Coleman, un hombre que solo aparecía cuando había problemas demasiado importantes para dejar rastro.
Emma tragó saliva.
¿Qué podía tener que ver ella con un abogado de ese nivel?
El silencio se prolongó unos segundos.
-¿Cómo siguen tu madre y William? -preguntó Elliot con aparente interés.
-Bien, señor. Mi madre ha mejorado bastante... y mi hermano está estable. Gracias por preguntar.
-Me alegra escuchar eso.
Nada más. Ni una palabra adicional. Sin embargo, Emma sintió un extraño peso en el pecho. Había aprendido a conocer a Elliot durante los últimos cinco años y sabía reconocer aquella calma. Era la misma que precedía las decisiones importantes.
Llamaron a la puerta.
-Pase.
Henderson entró con paso elegante, saludó brevemente a Emma y entregó un sobre color crema.
-La información ya fue verificada, señor - le dijo a Elliot.
-Excelente.
Elliot revisó rápidamente los documentos y asintió.
-Ahora sí.
Empujó el folder verde hacia Emma.
-Ábrelo.
Ella respiró hondo antes de hacerlo.
Las primeras líneas la confundieron.
Las siguientes...
La indignaron.
Cerró la carpeta de golpe.
-Esto es absurdo.
Los dos hombres permanecieron en silencio.
-¿De verdad esperan que firme semejante acuerdo?
-Sí-dijo Eliot, tajante.
-Jamás.
Elliot entrelazó las manos sobre el escritorio.
-Solo quiero asegurarme de que, pase lo que pase durante el viaje, nunca intentes convertirte en parte de mi familia.
Emma sintió que algo se rompía dentro de ella.
Durante años había visto a aquel hombre como un mentor, casi como al padre que perdió.
Jamás imaginó escuchar esas palabras.
-Nunca quise pertenecer a su familia.
Su voz tembló, aunque hizo todo lo posible por ocultarlo.
-Estoy agradecida por todo lo que hizo por mí, pero jamás he tenido otro interés que trabajar.
Elliot asintió lentamente.
-Precisamente por eso te elegí.
Emma frunció el ceño.
-¿Elegirme para qué?
-Porque eres inteligente. Porque sabes guardar silencio. Porque nunca te rindes.
Se puso de pie y caminó hasta la ventana.
-He invertido cinco años preparándote. No para que seas una secretaria... -Hizo una breve pausa.-...sino porque algún día ibas a serme útil.
Emma sintió un escalofrío.
-No entiendo de qué está hablando.
-Lo entenderás muy pronto.
Ella golpeó el escritorio con ambas manos.
-¡Si existe alguna deuda por todo lo que hizo por mí, dígamela! La pagaré trabajando toda mi vida si es necesario.
Elliot giró lentamente. Sus ojos ya no transmitían calidez, solo autoridad.
-No puedes pagar esta deuda con dinero.
Emma sostuvo su mirada.
-Entonces dígame cómo.
El anciano respondió con una serenidad que resultó mucho más aterradora que un grito.
-Con tu vida, Emma.
El despacho quedó en silencio.
Emma sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
-Está loco -Se dio media vuelta. -No pienso seguir escuchando una sola palabra más.
Apenas alcanzó la puerta.
-Si sales de este despacho...
La voz de Elliot sonó tranquila.
-...lo lamentarás el resto de tu vida.
Emma se detuvo. Permaneció unos segundos de espaldas antes de girarse lentamente.
-¿Qué quiere de mí, señor Coleman?
-Que firmes el contrato.
Ella tomó la carpeta y la lanzó sobre el escritorio.
-Ni por todo el dinero del mundo soportaría a James Coleman.
-No esperaba que lo soportaras.
-Entonces búsquese a otra persona.
-No puedo.
-Pues tendrá que hacerlo, porque no pienso ser su niñera de viaje.
Henderson intervino por primera vez.
-Señorita Emma, le recomiendo terminar de leer el acuerdo. Si considera necesario modificar alguna cláusula, podemos negociarla.
Emma negó con firmeza.
-No pienso firmar nada. Este acuerdo es absurdo.
Elliot apoyó ambas manos sobre el escritorio.
-Hasta hoy has hecho cuanto has querido porque yo lo permití, señorita Diaz.
Su voz seguía siendo tranquila.
-Pero a partir de ahora se terminaron los privilegios.
Emma levantó el mentón.
-No me asustan sus amenazas, señor Colman.
-¿Amenazas?
El anciano tomó el sobre color crema y se lo extendió.
-No lo llamaría amenazas. -Esperó a que ella lo recibiera.-Esto es la realidad.
Emma lo abrió con manos temblorosas.
Sacó lentamente los documentos, comenzó a leer y su respiración se cortó.
El color desapareció de su rostro, las hojas resbalaron entre sus dedos.
-No...
Sus labios apenas pudieron pronunciar aquella palabra.
Henderson abrió nuevamente la carpeta verde y dejó un bolígrafo sobre la mesa.
-Ahora comprenderá por qué este contrato no es una sugerencia.
Emma no respondió. Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra mientras seguía aferrada a aquellos documentos.
Su peor pesadilla acababa de hacerse realidad.