Decidir si amar a alguien puede ser extremadamente difícil cuando te encuentras en situaciones nuevas y no estás seguro de si debes tomar las cosas con calma o actuar impulsivamente.
En esta travesía, que se ha vuelto cada vez más complicada, las dificultades surgen gradualmente y te lastiman mientras sigues adelante.
Soy una de las personas más comprometidas en lo que hago, para no vivir bajo la influencia de nadie; sin embargo, a veces parece que eso no es suficiente. Siempre he sentido que estoy atrapada en un entorno que no fue diseñado para mí.
Desde siempre he anhelado encontrar a alguien a quien amar y que me ame tal y como soy.
A medida que intensificaba mi búsqueda, esa persona tan deseada no aparecía, y eso me causaba daño emocional.
Un día, como cualquier otro, me encontraba en el patio de la escuela observando a mi primer amor, un chico que se movía incansablemente persiguiendo un balón. A mis ojos, él era la persona más atractiva que había conocido, o al menos eso creía en ese momento. Sin embargo, yo era simplemente una chica más, tratando de encontrar mi lugar en un mundo que no me pertenecía.
Resulté ser la chica con menor concentración, pero demostré ser una de las más habilidosas del salón. Mi inteligencia era admirada por todos; algunos incluso pretendían ser mis amigos para que les diera las respuestas en los exámenes. Sin embargo, en el momento más crucial, cuando más necesitaba de esos amigos, me abandonaron, dejándome completamente sola.
Ya no contaba con nadie, no sabía qué dirección tomar y me sentía perdida y desesperanzada. Era deseo de desaparecer y sentirme completamente sumida en un abismo, sin nadie que pudiera ayudarme a salir de esa situación, me destrozaba.
Tal vez no me exprese claramente, pero mi pesadilla comenzó en el momento en que decidí confesarle mis sentimientos a Gabriel Mayer. Sin lugar a dudas, fue el día más desastroso que he vivido.
-¡Alondra, anímate! Si no lo intentas, nunca lo sabrás. Él es muy talentoso y siempre te sorprende con un chocolate -decía mi amiga Mónica, quien confiaba plenamente en mí y solía animarme cuando todos los demás me daban la espalda.
Ella era la única que me hacía sentir valiosa, y siempre nos apoyábamos mutuamente. Incluso le daba mis exámenes para que pudiera estudiar, ya que estábamos en salones diferentes, lo que le permitía más tiempo para repasar y no reprobar, dado que yo me sabía todas las respuestas y se las proporcionaba.
-Está bien, pero si lo intento... ¿Y si él no tiene ningún tipo de sentimientos hacia mí? Sería arriesgado y no tendría resultados positivos.
-No tienes que tener miedo. Sabes que siempre contarás con mi apoyo. Para eso están las amigas. No tienes de qué preocuparte. Escribe la carta y yo me encargaré de entregársela. Conozco a una persona muy cercana a él, así que puedes estar tranquila de que aceptará tus sentimientos.
Empecé a moverme de un lugar a otro, sin tener una decisión clara. No estaba segura de qué hacer. No sabía si debía escribir esa carta o no. No tenía una idea clara de qué expresar en ella. Si escribía mis sentimientos más profundos hacia Gabriel y él no los valoraba, eso me rompería el corazón.
-Apresúrate, no podemos demorarnos. Comprendo que estás temerosa, pero seguramente Gabriel siente algo por ti -dijo Mónica.
Agarré el bolígrafo con firmeza, aún indecisa sobre si debía escribir o no, pero finalmente opté por plasmar mis pensamientos desde lo más profundo de mi ser. ¿Cuáles podrían ser las consecuencias?
Mi declaración de amor inicial tuvo algunas correcciones y enmiendas meticulosas, pues buscaba las palabras precisas que expresaran con exactitud lo que sentía. Sin embargo, solo se trataba de un primer borrador, una versión preliminar de mis sentimientos.
Al final, redactaría la verdadera carta que le entregaría a mi querido Gabriel, impregnada con mi ansiedad y esperanza.
«Estimado Gabriel», comencé a escribir, pero luego eliminé y corregí esas palabras para referirme a él como «Querido Gabriel». Nunca había usado esa expresión; generalmente lo llamo Gabi o Gabrich. Lo tengo, he decidido cómo lo voy a nombrar.
«Hola, Gabriel». Eso suena mucho más adecuado.
Empecé a escribir la auténtica carta mientras luchaba con los errores y las correcciones en el papel.
«Querido Gabriel:
Soy Alondra, una buena amiga tuya. Quería agradecerte por los chocolates que siempre me regalas.
Quiero decirte que disfruto mucho verte jugar; tienes habilidades impresionantes, aunque pocos lo reconocen como yo. Cuando te veo correr, mi corazón comienza a latir más rápido.
También me encanta cómo la luz se refleja en tus mejillas. Eres realmente guapo, aunque creo que todas las chicas de la escuela lo saben. Quiero que sepas que me gustas mucho y me encantaría saber si tú también sientes lo mismo por mí.
Tal vez podríamos encontrarnos en el patio trasero, pero si no quieres, lo entenderé. Lamento mucho si esta carta no está a la altura; definitivamente no es mi mejor trabajo.
Un saludo... Alondra.»
Todavía puedo recordar la ansiedad y el extraño cosquilleo en mi estómago al finalizarla. Tenía una sensación negativa; sabía que tal vez había cometido un error, pero ya estaba hecho y no había vuelta atrás.
Después de que Mónica se llevó la carta, estuve inquieta, paseando de un lugar a otro. Estaba bastante ansiosa. ¿Y si no le agrado? ¿Y si piensa que soy igual a las demás chicas que lo persiguen? No quería ni siquiera imaginarlo, no quería darle cabida a esas ideas. Solo deseaba que él sintiera lo mismo que yo sentía por él... Qué ingenua solía ser en mi juventud.
Nunca fui consciente de ello, pero la situación hubiera sido ideal si él nunca hubiera tenido acceso a esa carta, si nunca hubiera descubierto mis emociones hacia él y si en ningún momento me hubiera causado tanto dolor como lo hizo.
Empecé a llorar; hace más de una década de aquel incidente, pero cada vez que lo recuerdo, experimento un dolor intenso. Me duele saber que mi amor por él fue mi ruina.
Cuando abrí los ojos, me encontré con el doctor Suárez, un psicólogo incompetente al que he estado consultando durante tres años. Aunque nunca antes le había revelado mi historia personal, ahora siento la necesidad de hacerlo, ya que es fundamental que él comprenda mis motivos para llevar a cabo lo que tengo planeado con él.
Creo que, a pesar de haber presenciado repetidamente los sueños y las pesadillas, todavía no puedo borrar de mi mente todo lo que ese despreciable Gabriel y sus compinches me hicieron. Incluso al intentarlo, siento un dolor inmenso en mi corazón.
Las deslealtades dejaron huellas indelebles en mi vida y ahora, mientras intento sobrevivir diariamente, cargo con el peso de todo el sufrimiento que experimenté durante mi adolescencia, incluyendo las acciones imprudentes que cometí en nombre del amor.
-Al parecer, todavía sientes mucho rencor hacia ese hombre, según mi percepción -dijo el psicólogo al guardar su pluma.
-Considero que venir a verlo no está siendo beneficioso para mí; aún no puedo borrar ningún recuerdo -respondí.
-Tal vez sería conveniente no dejar atrás, sino más bien aprender a superar y llevar una vida con lo que te sucedió.
-Doctor Suárez, ¿cómo se puede aprender a continuar con la vida después de que te hayan destrozado el alma?
-¿Por qué no lo intentas? Puede que te lleves una agradable sorpresa -dijo con una sonrisa enigmática.
-Estimado doctor Suárez, parece evidente que ha tenido admiradoras debido a la belleza de sus ojos. ¿Sus encantos físicos eran notables en su juventud? ¿Ha tenido muchas parejas amorosas? -pregunté, dejando que una mirada traviesa iluminara mi rostro.
El doctor, visiblemente incómodo, respondió con diplomacia:
-Señorita, no sería apropiado que me tratara de esa manera, ya que soy su médico.
Percibí cierta vergüenza en su interior, aunque de manera irónica, sabiendo que nunca reconocerá mi rostro en el futuro.
Cerré los ojos y dejé que el aire fresco llenara mis pulmones, como si quisiera purificar mis pensamientos antes de continuar.
-¿Podemos continuar con la historia? -pregunté.
-Tenemos tiempo de sobra, señorita Vergara -mencionó el doctor Suárez con una voz calmada que contrastaba con mi ansiedad.
Miré nuevamente mi reloj, observando cómo las agujas marcaban el tiempo que aún nos quedaba. La luz del ambiente se filtraba a través de la ventana, dibujando patrones suaves sobre la mesa entre nosotros. Decidí aprovechar esos minutos restantes.
-Mi amiga se apresuró con gran entusiasmo hasta llegar a su compañero más cercano, al confidente más íntimo de mi querido Gabriel -narré, recordando la urgencia en sus pasos y la determinación en su mirada.
El doctor Suárez arqueó una ceja con curiosidad mientras escuchaba mi relato.
-¿Por qué, a pesar de afirmar que te ha causado dolor, sigues llamándolo amado? -preguntó con delicadeza, como si estuviera explorando las profundidades de mi corazón.
-Doctor, no estoy segura. Tal vez me acostumbré a llamarlo así -respondí, sintiendo la incertidumbre bailar en el fondo de mis palabras.
-Adelante, por favor, continúa -alentó el doctor, sacando una tableta para tomar notas mientras su lápiz digital se deslizaba sobre la pantalla con fluidez.
Mientras continuaba hablando, mis ojos vagaban por la habitación, captando detalles que antes había pasado por alto. La decoración cálida y acogedora, los libros ordenados en estantes de madera oscura, la luz tenue que creaba un ambiente íntimo y tranquilo. Me pregunté qué pensamientos estarían pasando por la mente del doctor mientras registraba mis palabras.
-Desde la distancia, observaba cómo mi carta de amor llegaba a las manos de él, quien resultaba ser el íntimo amigo de Gabriel, mi amado -relaté, reviviendo la intensidad de ese momento en mi memoria.
-¿Seguía en curso la situación con la carta? -preguntó el psicólogo, inclinando ligeramente la cabeza.
-Mónica mostró una sonrisa cálida junto a él. A ella le agradaba, y yo siempre pensé que formaban una pareja encantadora. Siempre creí que mi amiga merecía lo mejor, al igual que yo. Cuando ella le entregó la carta, los dos rostros se iluminaron con sonrisas. Debí haberlo notado en ese momento, pero mis propias emociones nublaban mi percepción. Estaba nerviosa, casi temblando de emoción, ansiosa por conocer la respuesta.
-Supongo que experimentaste mucha alegría en ese instante.
-Sí, fue el día de mayor felicidad de mi vida. No podía contener mi emoción; mi corazón latía tan rápido que parecía a punto de escapar de mi pecho. Observé cómo él se acercaba a mi amado Gabriel, le entregó la carta y me indicó con un gesto que era mía. Mis mejillas ardían de vergüenza y emoción cuando él tomó la carta entre sus manos y, con una sonrisa tímida, levantó una de ellas para saludarme. Correspondí alzando mi mano y sonriendo con una expresión radiante. Estaba entregando todo a ese chico que siempre me gustó.
-¿Hubo algún problema?
-No, no hubo ningún contratiempo en ese momento. Él recibió la carta con delicadeza y dirigió su mirada hacia mí con ternura. Luego, salí apresuradamente hacia el patio trasero, esperando su llegada. Pasaron algunos minutos que se sintieron como horas, y cuando estaba a punto de perder la paciencia y marcharme, él finalmente llegó.
Gabriel, el amor de mi vida, estaba frente a mí. No pude evitar sonreír; mi corazón latía con fuerza y una oleada de felicidad me inundó. Sus ojos brillaban con ternura, y su sonrisa era hermosa.
-¿Respondió él a tus sentimientos? -preguntó el doctor con interés.
-Sí, parece que sí lo hizo. Su rostro se iluminó y dijo: «Tu carta ha tocado mi alma». Sentí cómo mi alegría se multiplicaba y mi emoción se reflejaba en sus palabras. Gabriel mencionó que compartía los mismos sentimientos que yo, lo cual me llenó de inmensa alegría. No pude contenerme y me lancé a sus brazos, buscando el refugio de su amor. Intentó besarme, pero mis nervios estaban a flor de piel; era la primera vez que experimentaba un contacto tan íntimo. Mis manos temblaban ligeramente mientras él se acercaba suavemente, con una mirada llena de ternura. Después de un breve momento de reflexión, él me preguntó: «Pensé que eras receptiva a mis sentimientos. ¿Hay algo malo en que comparta un beso contigo si también te gusto?» Sus palabras resonaron en mi mente, mezclándose con mis propios pensamientos y emociones.
-Wow, supongo que eso fue muy agradable para ti -comentó el doctor, observándome con atención.
-No, después permití que me besara en los labios, pero algo no estaba bien. Tenían un sabor peculiar, desconocido para mí. Tal vez no supe cómo hacerlo; mis ojos estaban cerrados, inundados de innumerables pensamientos -respondí, tratando de encontrar las palabras adecuadas para describir mis sensaciones.
-¿Tal vez te diste cuenta de que no experimentabas ninguna emoción hacia él? -sugirió el doctor, buscando comprender mi experiencia.
-Doctor, creo que eso fue lo que pasó. Sin embargo, me aferraba a sus labios intentando experimentar algo. Después de unos segundos de besarnos, escuché la voz de una mujer detrás de nosotros. Estaba furiosa y gritaba por qué demonios estaba besando a su novio. Decía que yo era la ingenua y tonta niña nerd de la que todos se aprovechaban. Miré a Gabriel, esperando que dijera que ella no era su novia, pero en cambio, me soltó y caminó hasta quedarse al lado de esa mujer -conté, reviviendo aquel momento lleno de confusión.
-Fue manipulador contigo, sin duda te causó mucho dolor -analizó el psicólogo, con una mirada comprensiva mientras tomaba notas.
-No creo que estuviera preparada para ser objeto de manipulación o burla. Así que decidí distanciarme y dejar las cosas como estaban. Si el beso que compartimos no me gustó, quizás eso significaba que él no era la persona adecuada para mí. Así que no me importó, me di la vuelta y me alejé, sintiendo el peso del rechazo en mis hombros.
-Su decisión fue acertada, señorita Vergara -respondió el psicólogo, asintiendo con empatía.
-Sí, aunque ellos no lo vieron así, lo tomaron como una broma -susurré, recordando el desdén en las risas burlonas de aquellos que presenciaron el incidente.
-La novia de Gabriel se enfadó y me increpó con furia descontrolada: «¿Te crees tan valiente como para besar a mi novio y salir corriendo?» Sus palabras resonaron en el aire, cargadas de agresión, mientras su mano se enredaba en mi cabello y me arrojaba al suelo con violencia. Sentía el ardor en mi mejilla y el dolor punzante en mi cuero cabelludo mientras yacía en el suelo, preguntándome por qué me castigaban de esa manera. Mis lágrimas caían silenciosamente mientras rogaba internamente que todo se detuviera, que la violencia cesara. El mejor amigo de Gabriel grababa todo con su teléfono mientras se reía y gritaba: «¡Dale más fuerte, hazla sufrir!»
Cuando finalmente logré abrir los ojos, me encontré con la mirada ansiosa del médico. Sus palabras titubeantes revelaban su preocupación por la situación.
-Disculpe, señorita Vergara, lamento mucho, pero olvidé que tenía una cita programada para esta hora. Creo que tendremos que cancelar -balbuceó, con gestos de nerviosismo evidentes en su rostro.
-¿Usted lo cree, doctor? No puedo irme hasta cumplir con mi propósito -respondí con calma, aunque mis manos temblaban ligeramente por la tensión acumulada.
Me acomodé en el sofá, sintiendo la incomodidad de la situación mientras el médico intentaba acercarse a la puerta, con una expresión de frustración evidente al descubrir que estaba cerrada desde afuera.
-¿Qué estás haciendo? ¡Déjame salir! -exclamó, con su voz cargada de ira y desesperación.
-¿Es así como trata a sus pacientes? No me sorprende que su consultorio esté vacío -respondí, tratando de mantener la compostura mientras observaba su desesperada lucha por salir.
Mantuve una sonrisa forzada mientras lo observaba, sintiendo el peso de la tensión en el aire.
-Voy a pedir seguridad para que te saquen y abran esta puerta -amenazó, tembloroso por la impotencia de su situación.
No hice nada, simplemente lo miré con calma mientras intentaba llamar a su secretaria sin éxito, con su expresión de confusión y desesperación evidente en cada intento fallido.
-Parece que no están disponibles. Si no quieres caer, es mejor que te sientes -dije con calma, señalando una silla cercana mientras observaba su palidez creciente y su evidente falta de estabilidad.
-¿Qué has hecho...? -preguntó, con apenas un susurro mientras luchaba por mantenerse erguido, agarrándose a cualquier objeto cercano en busca de apoyo.
-Solo te di una sustancia para dormir. ¿Recuerdas? Durante una o dos horas, mientras disfrutabas de tu café -respondí, con una calma perturbadora mientras observaba su reacción.
-Tu secretaria no está aquí y la clínica está cerrada, así que podemos continuar con mi relato si estás de acuerdo.
-No tengo otra opción, parece -murmuró.
-Después de los brutales golpes, luché por incorporarme del suelo, sintiendo cada músculo adolorido y cada respiración entrecortada. Con pasos tambaleantes, me dirigí a casa, donde el aire solía estar cargado con las exigencias constantes de mis padres. ¿Puedes imaginar el torbellino que se desató cuando llegué con la ropa desgarrada y el cuerpo magullado?
Él guardó silencio; sus ojos inquietos buscaban una salida en medio de la angustia que lo envolvía.
-Fui brutalmente golpeada y me vi obligada a faltar a la escuela durante toda una semana. Para mi sorpresa, nadie mostró preocupación por mi bienestar, ni siquiera mi mejor amiga Mónica. Las lágrimas inundaron mis mejillas mientras buscaba refugio en mi habitación. Siempre había anhelado tener amigos, por eso me esforzaba por ser amable con todos, intentando encajar y mostrando lo mejor de mí misma. A pesar de mis esfuerzos incansables, nunca parecía ser suficiente. Y así los días transcurrieron lentamente hasta el tan esperado momento para todos: la grandiosa ceremonia de graduación de tercer año. Finalmente tendríamos la libertad para tomar las riendas de nuestro propio destino, acceder a la universidad de nuestros sueños y perseguir nuestras aspiraciones más profundas. Para mí, sin embargo, ese día marcaría el fin de todas mis esperanzas y sueños, transformando la alegría de la graduación en la más profunda desolación de mi vida. Gabriel se acercó cauteloso, disculpándose con una mezcla de pesar y sinceridad en sus palabras y gestos.
Explicó con detalle que la chica no era su pareja, sino simplemente una conocida, buscando evitar malentendidos. La vergüenza marcaba cada gesto de su rostro, compartiendo mi incomodidad por la situación.
Cada palabra suya resonó ingenuamente en mi mente mientras sus expresiones pintaban una imagen convincente ante mis ojos. Tras su disculpa, me invitó a la gran fiesta de esa noche con entusiasmo apenas oculto. Sin embargo, mis padres me habían impuesto un castigo que me impedía asistir, una verdad que compartí con Gabriel. Con confianza, aseguró que vendría a recogerme, apelando a su posición como heredero de los Mayers, con la certeza de que nadie podría negarle nada.
Llegó la noche y, como prometió, Gabriel apareció en mi puerta. Me encontró recostada en la cama, resignada a mi destino. Aunque mi apariencia descuidada reflejaba mi ánimo, pronto llegaría la sorpresa.
Mi madre irrumpió en mi habitación con emoción abundante, anunciando la llegada de Gabriel y la oportunidad de asistir a la fiesta.
Entre risas y prisas, me levanté de la cama y me dispuse a vestirme, mientras mi madre me ayudaba con gestos cariñosos y ágiles.
Con un toque de labial rosa en mis labios, que según mi madre resaltaba mi dulzura, me contemplé en el espejo. El vestido que elegí, con su aire inocente y elegante, me envolvía hasta las rodillas. Mi cabello caía en suaves ondas alrededor de mi rostro, y elegí zapatos sencillos y cómodos, evitando los tacones altos que tantos tropiezos me habían causado en el pasado. Bajando las escaleras, me encontré con una escena que superaba todas mis expectativas. Gabriel esperaba al pie de la escalera, sosteniendo un exquisito ramo de flores cuya fragancia embriagadora llenaba el ambiente.
Me sonrojé ante su gesto tan cuidadosamente preparado, maravillada tanto por la belleza de las flores como por la admiración que despertaban en mí y en el entorno.
Sentí una emoción sin precedentes al recibir flores por primera vez en mi vida. Mis manos temblaban ligeramente al sostener el ramo, mientras cada pétalo parecía irradiar luz propia.
Mi madre solía decir que las flores eran símbolo de luto, esa era su forma de expresar descontento por la falta de gestos románticos por parte de papá. Recordaba sus palabras y la tristeza en su rostro.
Papá no era detallista, pero el rojo intenso de las rosas expresaba un "te amo". Cada pétalo parecía susurrarme un mensaje de amor nunca antes escuchado en palabras. Sentí que Gabriel me declaraba su amor al entregármelas.
Las tomé con ilusión, aspirando su suave fragancia y admirando su belleza efímera. Sin embargo, mi emoción se vio interrumpida cuando mamá arrebató las flores de mis manos con brusquedad, colocándolas en un jarrón como si quisiera borrar cualquier atisbo de romanticismo de aquel gesto.
Con gran entusiasmo, asistí con él a la fiesta de graduación. Mi vestido se mecía graciosamente al ritmo de mis pasos, y la emoción burbujeaba en mi interior, haciendo que mi corazón latiera con fuerza.
La luz tenue de la sala de baile creaba una atmósfera mágica cuando entramos.
Al llegar, la emoción se transformó en tristeza al verlo bailar con otra chica, dejándome sola y excluida de su felicidad.
Sus risas resonaban en mis oídos como un eco lejano, mientras los observaba desde la distancia disfrutando mutuamente. Un nudo se formó en mi garganta, ahogando cualquier intento de alegría.
Su amigo se acercó y me invitó a bailar, a pesar de mi resistencia inicial debido al incidente pasado. Acepté su invitación. La música envolvía nuestros cuerpos, que se entrelazaban en un abrazo intangible mientras nos movíamos al compás. Aunque al principio mis pasos titubeaban, pronto me dejé llevar por el ritmo, permitiendo que la música me transportara a un lugar donde el dolor y la tristeza quedaban suspendidos en el aire.
Aunque la noche parecía tranquila, algo inquietante estaba por suceder. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando su amigo me ofreció una bebida, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
Gabriel aseguró que yo estaba con él y que todo estaría bien, ofreciéndome una bebida ya abierta. Observé con cautela el líquido dorado en el vaso, sintiendo un nudo en el estómago ante la idea de beber algo desconocido. Sin embargo, la presión del momento me llevó a aceptar el vaso con manos temblorosas, llevándolo a mis labios con una mezcla de curiosidad y aprensión.
Nunca antes había probado alcohol. Traté de rechazarlo, pero acabé bebiendo bajo presión. El sabor amargo del licor se extendió por mi boca, dejando un regusto desagradable en mi paladar. Tragué con dificultad, sintiendo cómo el líquido caliente descendía por mi garganta, dejando una sensación de ardor a su paso.
Pronto, mareos y malestares me invadieron, y fui perdiendo el conocimiento brevemente. El mundo a mi alrededor se desdibujaba en una serie de colores difusos, mientras luchaba por mantenerme en pie. Mis piernas parecían de algodón, incapaces de sostener mi peso, mientras mi mente se sumergía en una oscuridad creciente.
Al despertar, me encontré en un lugar desconocido, siendo abusada y grabada sin poder defenderme.
La habitación estaba envuelta en una penumbra opresiva, apenas iluminada por una luz débil filtrada por cortinas entreabiertas.
El peso de un cuerpo desconocido se cernía sobre el mío, aplastándome con una fuerza implacable, mientras el sonido de mi propia voz se ahogaba entre lágrimas y sollozos.
Mis lágrimas fluían mientras rogaba que se detuviera, sintiendo gratitud al perder el conocimiento una vez más.
El dolor se desvanecía en un torbellino de oscuridad, arrastrándome hacia un abismo sin fondo donde el tiempo y el espacio perdían todo significado. Mis gritos se desvanecían en el vacío, ahogados por la desesperación.
Desperté nuevamente, siendo atacada por el amigo de Gabriel. Sentía el dolor y el horror renovados. Su rostro se contorsionaba en una mueca de placer perverso, mientras sus manos ásperas exploraban cada rincón de mi cuerpo con una familiaridad aterradora. El sonido de sus risas resonaba en mis oídos como un eco distante de la realidad que se desvanecía ante mis ojos.
Le supliqué a Gabriel que me dejara ir, pero solo vi su rostro sonriente, sintiendo repulsión y suciedad en mi interior. Sus ojos brillaban con una luz maligna, contemplando mi sufrimiento con indiferencia fría. La sensación de impotencia y desesperación me invadía, ahogándome en un mar de angustia.
Rogué mental y verbalmente que se detuviera, pero no lo hizo. Mi corazón latía con fuerza mientras mis palabras se perdían en el aire enrarecido por el miedo.
Intenté girar la cabeza en todas direcciones, desesperada por escapar... Mis músculos se tensaron, mis ojos buscaban una salida en medio del caos que me envolvía, pero todo parecía una maraña sin solución.
Algún tiempo después vi al amigo más cercano de Gabriel, aquel cuya complicidad solía traer consuelo, con una sonrisa en el rostro mientras sostenía la cámara. Supliqué "por favor", extendiendo mi mano, pero él solo se rió, su risa resonaba como una afrenta adicional en medio de mi angustia.
Tanto Mónica como la otra chica que estaba con Gabriel también se reían, llenas de malicia, mientras me insultaban y llamaban prostituta. Sus palabras eran como cuchillas cortando mi piel ya vulnerada.
No podía emitir ningún sonido; el dolor invadía cada parte de mi ser y pronto caí en un sueño profundo, con lágrimas en mis mejillas y una fuerte sensación de fractura en mi cuerpo.
Desperté en la oscuridad, abandonada a mis tormentos internos y externos.
-¿Conoces al amigo más cercano de Gabriel? -pregunté al psicólogo Suárez.