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Mi Único Propósito: Venganzar

Mi Único Propósito: Venganzar

Autor: : Lazy Sunday
Género: Moderno
Conocí a Luciana en la feria de San Telmo, buscando un escape del destino que mi familia había trazado para mí. Me enamoré de ella, en su puesto de artesana, tanto que renuncié a mi apellido, a mi herencia, a todo, creyendo que ella era mi libertad. Pero esa libertad se desmoronó cuando descubrí que "Lina" era Luciana Salazar, una magnate minera, que me había usado en una apuesta cruel con mi propio primo. Fui humillado públicamente, despojado de mi riqueza, viendo cómo mi amor sincero se convertía en el chiste de la alta sociedad. ¿Cómo pude ser tan ciego, tan estúpido, para caer en su trampa y perderlo todo por un juego despiadado? Cuando Luciana, la mujer que me destrozó, me ofreció ser su amante secreto tras mi ruina, el dolor se transformó en un odio gélido y la llama de la venganza se encendió. Así que fingí mi propia muerte, desaparecí durante cinco años y regresé, un hombre nuevo, con un único propósito: destruirla. La engañé para que lo perdiera todo, tal como yo lo hice por ella, revelando que su sufrimiento era mi venganza. El juego había terminado, pero esta vez, yo era el ganador.

Introducción

Conocí a Luciana en la feria de San Telmo, buscando un escape del destino que mi familia había trazado para mí.

Me enamoré de ella, en su puesto de artesana, tanto que renuncié a mi apellido, a mi herencia, a todo, creyendo que ella era mi libertad.

Pero esa libertad se desmoronó cuando descubrí que "Lina" era Luciana Salazar, una magnate minera, que me había usado en una apuesta cruel con mi propio primo.

Fui humillado públicamente, despojado de mi riqueza, viendo cómo mi amor sincero se convertía en el chiste de la alta sociedad.

¿Cómo pude ser tan ciego, tan estúpido, para caer en su trampa y perderlo todo por un juego despiadado?

Cuando Luciana, la mujer que me destrozó, me ofreció ser su amante secreto tras mi ruina, el dolor se transformó en un odio gélido y la llama de la venganza se encendió.

Así que fingí mi propia muerte, desaparecí durante cinco años y regresé, un hombre nuevo, con un único propósito: destruirla.

La engañé para que lo perdiera todo, tal como yo lo hice por ella, revelando que su sufrimiento era mi venganza.

El juego había terminado, pero esta vez, yo era el ganador.

Capítulo 1

Conocí a Luciana en la feria de San Telmo, un domingo caluroso que olía a cuero viejo y a choripán.

Yo estaba allí para escapar, para respirar un aire que no estuviera viciado por el olor a vino caro y a negocios cerrados de mi familia.

Mi padre acababa de darme un ultimátum: o me casaba con Rachel Hewitt, la hija de un socio inglés, para fusionar nuestros imperios vitivinícolas, o me olvidaba de mi apellido, de mi herencia, de todo.

Y entonces la vi.

Estaba sentada en un pequeño puesto, con el pelo negro enredado y una mancha de pintura azul en la mejilla. Vendía pequeñas tablas de madera decoradas con fileteado porteño. Eran piezas simples, casi toscas, pero tenían algo, una energía que me atrapó.

Llevaba una remera gastada y unos jeans rotos. Parecía que no tenía nada, y al mismo tiempo, que lo tenía todo.

Me acerqué, fingiendo interés en su arte.

"¿Cuánto por esta?", pregunté, señalando una tabla con un pájaro de colores vibrantes.

Ella levantó la vista, sus ojos oscuros me analizaron sin prisa. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

"Para vos, que tenés cara de niño rico aburrido, es más caro", dijo, con un acento porteño marcado.

Me reí. Nadie me hablaba así. Nunca.

"Me llamo Lina", se presentó, extendiendo una mano manchada de pintura.

"Máximo", respondí, estrechando su mano.

Ese fue el principio del fin. No lo sabía entonces, pero esa mujer, "Lina", era en realidad Luciana Salazar, la única hija de un magnate minero, más rica que toda mi familia junta. Y yo no era más que el objetivo de una apuesta.

Una apuesta que ella hizo con su círculo de amigos, incluido mi propio primo, Iván Brooks.

La apuesta era simple y cruel: ¿podría la falsa artesana pobre hacer que el intocable heredero de los Castillo, yo, renunciara a todo por amor?

El premio era un caballo de polo de pura sangre. Una fortuna sobre cuatro patas.

Y yo, ciego, enamorado como un idiota, caí directo en su trampa.

Capítulo 2

Mi padre me citó en la bodega principal. El aire era frío y olía a roble y a uva fermentada.

"He oído que te estás viendo con una artesana de San Telmo", dijo, sin mirarme, mientras hacía girar el vino en su copa.

"Se llama Lina y la amo", respondí, con más convicción de la que había sentido en mi vida.

"El amor no paga las cuentas, Máximo. Rachel Hewitt sí. La boda es en tres meses. Es mi última palabra".

Lo miré. A mi padre, al imperio que había construido, a la vida que me habían diseñado. Y por primera vez, no sentí nada. Solo el deseo de volver al pequeño taller de Lina, con su olor a aguarrás y a mate cocido.

"Entonces quédate con todo", le dije. "Renuncio. A la herencia, al apellido, a todo".

Su cara se puso roja. La copa de cristal se estrelló contra el suelo de piedra.

"¡Largo de aquí! ¡No vuelvas a poner un pie en esta propiedad! ¡Ya no eres un Castillo!".

Su grito resonó en la bodega. Salí de allí sin mirar atrás. La mejilla me ardía por la cachetada que me había dado, pero no me importaba. Era libre.

Conduje como un loco hasta Buenos Aires, hasta el taller de Lina en un viejo conventillo de La Boca. Necesitaba verla, decirle que lo había dejado todo por ella, que ahora solo la tenía a ella.

Pero cuando llegué, la puerta estaba abierta y el lugar estaba lleno de gente.

Jóvenes vestidos con ropa de marca, bebiendo champán directamente de la botella. La música electrónica retumbaba en las paredes desconchadas.

Y en el centro de todo, estaba ella. "Lina".

Pero no era mi Lina.

Llevaba un vestido de seda negro que valía más que mi auto. Su pelo estaba perfectamente peinado y su maquillaje era impecable. Estaba apoyada con elegancia en el capó de un Ferrari rojo brillante, estacionado justo donde antes había caballetes y lienzos.

Me vio entrar. Una sonrisa burlona, helada, se extendió por su cara.

"¡Máximo, querido! Justo a tiempo para la celebración", dijo, levantando su copa.

La multitud se giró para mirarme. Las risas empezaron, primero bajas, luego abiertas y crueles.

"¿Celebración?", pregunté, con la voz rota.

"Claro", dijo ella, acercándose a mí. Su perfume caro me golpeó, borrando el recuerdo del olor a pintura. "Gané la apuesta. Gracias a ti".

Mi primo, Iván, apareció a su lado, sonriendo.

"Te lo dije, Luciana. Es un idiota sentimental. Caería rendido".

Luciana se encogió de hombros, sin apartar sus ojos de los míos.

"Y vaya si cayó. Renunció a todo. ¿Pueden creerlo? Todo por mí".

La risa se hizo más fuerte, un muro de sonido que me aplastaba.

"El caballo es mío", continuó Luciana, su voz un susurro venenoso solo para mí. "Un pura sangre increíble. Valió la pena el esfuerzo de fingir ser pobre, ¿no crees?".

Me quedé paralizado, el corazón hecho pedazos. El mundo se desmoronó a mis pies. No era amor. Era un juego. Y yo había sido el peón más estúpido de todos.

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