-¡Vamos, Peque; eres muy lenta! -le gritaba Mateo corriendo a unos pasos delante de ella.
-¡¡Hiciste trampa!! -se quejó Ayelen.
Cumplían un año de estar juntos y Mateo tenía una sorpresa preparada para Aye. Estaban corriendo alrededor de la escuela para llegar al patio trasero de esta, donde esperaba la sorpresa para su novia. Ella corría más fuerte ajustando sus pasos a los de Mateo. Ya no era una niña y ya no era de baja estatura. A los trece años, ella pegó un estirón y sus piernas se hicieron muy largas. Ya no le molestaba que Mateo la llamara Peque, hasta le agradaba ese apodo, lo sentía cariñoso y le recordaba cómo eran ellos de niños. Ahora tenía dieciséis años y era la más alta de su curso y de sus amigas.
Mateo seguía siendo guapo y sosteniendo su altura, su sonrisa traviesa de costado y sus ojos avellanas brillantes cada vez que la miraba y le decía cuanto la quería.
-Aquí es -avisó Mateo dejando de correr. La mira de reojo y sonríe al ver la cara de asombro de ella-. ¿Te gusta?
Ante ellos, había un enorme escenario decorado con flores. Sus flores favoritas. Orquídeas esparcidas por todo el diámetro. Sobre este había un cartel que decía "Por muchos años más, Peque", luego estaban los amigos del joven, todos con sus propios instrumentos en las manos. Marcelo (su amigo de Italia que había llegado hace más de dos años a vivir con Mateo y terminar los estudios en Buenos Aires), frente a la batería.
Jonas (amigo y compañero de escuela de Mateo), sosteniendo el bajo.
Adam (también amigo, compañero del orfanato en el cual una vez Mateo fue parte), en el teclado.
Era la banda de Mateo.
The Residents.
Bajo el escenario solo había una silla, vestida con un tul de color azul, el color favorito de Aye y también de Mateo.
Él le aprieta la mano y la insta a moverse por un camino hecho de pétalos de rosas rojas bordeado por velas violetas que llenaban el aire con un aroma a canela que se mezclaba con el exquisito aroma a vainilla que destilaba la piel de Aye. La lleva junto a la silla y la obliga a sentarse, ella lo mira extrañada.
-Quédate aquí -indica con dulzura y le besa los labios para que ella no pueda acotar nada.
Mateo la conoce y sabe bien que siempre tiene algo para decir, pero esta vez no quería escucharla, solo quería que ella lo escuchara a él.
El joven le guiña un ojo y se apresura a subir al escenario. Toma su guitarra de un banco que había detrás de Marcelo y luego de chocar palmas con él, camina al centro del lugar, a su posición. Con el conteo de Marcelo, el baterista, comienza a sonar las primeras notas en el teclado, producido por Adam, para que, de a poco se unan los demás en plena sincronía. La boca de Aye se abre por instinto, al descubrir la canción que ellos habían comenzado a entonar. Una de las canciones favoritas de ella, de uno de sus cantantes españoles preferidos. Melendi. "Un amor tan grande" con una sonrisa radiante, Mateo comienza a cantar.
Ella es así
No tiene miedo de aceptar la verdad
No piensa en cómo fue ni en cómo será
Porque llama la vida
Es tan real
No existe sombra que oscurezca su ser
Ella ve cosas que yo no puedo ver
Ella es la luz que me guía
Ella sabe como quererme
No tiene miedo de perderme
Ella me dice que el amor es algo que nunca perderé
Y que si intento verlo jamás lo encontraré.
Nos quedaron tantas cosas por hacer
Que planeamos, el viaje a Nueva York
O llegar a ser ancianos juntos
Aún recuerdo los paseos por la calle 33
Tus miradas de deseo atravesándome la piel.
No hubo nunca en este mundo
Ni jamás podrá existir
Un amor tan grande.
Con lágrimas en los ojos y aferrándose al dije, el cual consistía en una clave de sol negra donde en su parte interior decía "El único, Splinter", ese dije que era el sello de la unión de ambos, ese dije que le había regalado Mateo en su cumpleaños número quince, hace justo un año, Mateo tenía el dije que cerraba el de ella mostrando el símbolo de la nota musical y detrás estaba grabado "La única, Peque".
Observaba como el joven se desplaza por el escenario sin dejar de mirarla y con cada palabra que entonaba, le decía cuanto la amaba.
Ella es así
Me dice, calla no estropees el silencio
Cuando me enfado y grito porque no entiendo
Como ella entiende la vida
Ella sabe como quererme
No tiene miedo de perderme
Ella me dice que el amor es algo que nunca perderé
Y que si intento verlo jamás lo encontraré
Nos quedaron tantas cosas por hacer
Que planeamos, el viaje a Nueva York
O llegar a ser ancianos juntos
Aún recuerdo los paseos por la calle 33
Tus miradas de deseo atravesándome la piel
No hubo nunca en este mundo
Ni jamás podrá existir
Un amor tan grande
Una vez que terminó la canción, sus amigos aplaudieron y él de un salto bajó del escenario y se posicionó frente a ella, observándola con admiración y amor.
Los ojos de Aye brillaban por las lágrimas y la felicidad que le hacía sentir Mateo en ese momento y en cada momento que ellos estaban juntos. Él era con ella; fiel, leal, honorable. Le daba todo lo que necesitaba y anhelaba. Pero todo lo que ella necesitaba y anhelaba, solo era él.
-¿Por qué lloras? -le pregunta preocupado acuclillándose para quedar a su altura y con delicados movimientos, limpia sus lágrimas con los pulgares-. No llores, no era mi intención hacerte sentir mal, no me gusta cuando lloras.
Besa una nueva lágrima salada que caía por su mejilla.
-¿Ni cuando éramos niños y me hacían llorar a propósito? -curiosea sonriendo.
-Ni cuando éramos niños -suspira y besa la comisura de los labios-. Era un tonto.
Aye le sonríe.
-Me gustó mucho la canción -acaricia su rostro con manos temblorosas-. ¿No existe un amor tan grande como el nuestro? -le cuestiona buscando sus ojos.
-El único y verdadero -susurra perdiendo su mirada avellana en el océano verde de ella-. No hay otro amor tan grande como el nuestro -repite cerca de su boca y mordiéndose el labio inferior, acorta el espacio entre ellos para besarla, saboreando lo dulce de su boca y lo salado de sus lágrimas.
Luego de los besos lleno de amor, del vitoreo y las exclamaciones de sus amigos, todos juntos salen con destino a la casa de Aye. A demás de cumplir un año de novios con Mateo, también era su cumpleaños número dieciséis. Por lo que todos estaban esperándolos a ellos para festejarlo.
-¿Cómo te fue? -le susurra Lina a Mateo.
Ella desde que se dio cuenta de lo que le pasaba a él con su hija, estuvo de su lado y a escondidas de Aye, le dio una mano en todo al joven. Lina es su compinche, su cómplice para todo lo que Mateo quiere hacer de buena intención para Aye y para la relación.
-Muy bien. Gracias por la ayuda -le contesta, sabiendo bien que la dejó escaparse a pesar que todos estaban esperándola allí para su fiesta de cumpleaños.
-No hay problema.
Lina le guiña un ojo y observa a su marido al otro lado de la sala llevando a Aye a "cococho" como cuando era una niña, hasta el jardín.
-Llegas tarde -le acusa Gaby a Mateo y se gana un codazo de Noe y una mirada fulminadora de Lina.
-Camina -le obliga Noe a moverse-. Necesito que me ayudes en la cocina.
-Solo quieres que deje a este chico en paz -brama-... y no lo voy a hacer -Se gira hacia Mateo-. Te voy a estar vigilando, niñito.
Se vuelve girar dejando la amenaza en el aire.
-Nunca me va a aceptar para Aye, ¿verdad? -le pregunta a Lina una vez que Noe se llevó a Gaby.
-Lo hace, solo que él tiene que hacer su papel. Pero no te preocupes, él fue uno de los primeros en aceptarte -le hace saber con honestidad.
-No lo parece -refuta el joven.
-Él hace el papel de tío celoso y padre protector, ya que a Alex le caes demasiado bien, como para que te vigile. Hazme caso, él te aprecia y sabe que eres el mejor para mi hija.
-Gracias -musita.
-De nada. Vamos que deben estar todos comiendo ya.
Caminan fuera de la casa, donde llegan junto a los demás que ya estaban sentados en unas mesas largas y tal cual dijo Lina, ya estaban comiendo. Aye al verlo le sonríe y le señala un lugar vacío a su lado. Él le devuelve la sonrisa y camina hacia ella, con un beso en la mejilla se sienta, la toma de la mano y así pasan la noche, tomados de las manos, sonriendo y festejando el primer año de su noviazgo y el cumpleaños número dieciséis de ella.
~~~
-¿Todavía sigues escuchando esa porquería de música? -ironiza Mateo entrando en la habitación de Aye.
Ella se encuentra acostada en la cama, con el estómago sobre el colchón y muchos papeles a su alrededor. Como era de esperar, ella está dibujando.
-Hey, que Pablo Alboran no es ninguna porquería -defienda provocando que el joven sonría, mientras se acerca a ella.
-¿Puedo? -pregunta señalando a un lado de donde ella esta recostada.
-Puedes -asiente Aye.
Él se tira como un niño, rebotando en el colchón al lado de la joven y Aye se ríe por hacerla rebotar a ella también.
-¿Qué haces? -curiosea, besándole una mejilla para después fisgonear en sus dibujos.
-Tengo que entregar un trabajo en el instituto sobre "naturaleza" -Hace énfasis en la última palabra.
-¿Por eso el tigre de bengala? -cuestiona al ver un dibujo de un tigre de bengala sobre una gran roca ocultando a sus cachorros, como si corrieran algún peligro.
-Algo así. Todavía no lo he decido -contesta levantando otro dibujo donde hay un águila levantando vuelo.
Mateo clava sus pupilas avellanas en las pupilas verdes de ella como si lo hubiera hipnotizado. Luego baja la vista a sus labios, justo para ver como tuerce la boca, Aye hacía eso cada vez que estaba pensando en algo o se ponía nerviosa. Y, en definitiva, en ese momento estaba nerviosa. Aye notó como los ojos de él la miraban con hambre y eso era lo que la ponía nerviosa, cuando ese joven la miraba de esa forma.
Mateo, con mucha suavidad hace a un lado un mechón de su pelo rubio oscuro, de su rostro. Le acaricia la mejilla y poniéndole un dedo bajo la barbilla, la mantiene, al tiempo que se acerca para hacerse de su boca. Primero le da un suave toque, luego deja un poco más sus labios pegados a los de ella. Observa como la joven tiene los ojos cerrados y sonríe apoyando de nuevo su boca en la de ella, no obstante, esta vez hace partícipe a su lengua de su osadía.
Con un movimiento rápido, él queda sobre ella y los dos sobre los papeles de dibujos. Mateo no deja la boca femenina. Él sigue perdido en esa boca, no quiere alejarse de ella, ni por el aire que está reclamando sus pulmones. Sin más remedio se aleja de su boca, pero solo para seguir besando su cuello. Aye suelta un suspiro y la piel se le eriza al sentir la calidez de la boca de Mateo en la piel de su cuello. Él sigue regando besos por su cuello, detrás de su oreja, su mandíbula, vuelve a bajar por su cuello, su clavícula. La respiración de Aye se hace más trabajosa, más inestable y el joven está perdido en el cuerpo de ella. Él baja su mano hasta el dobladillo de la camiseta de la joven y la posa sobre el costado de piel desnuda de Aye. Con suavidad sube la mano hasta llegar al omóplato y vuelve a bajarla en una suave caricia. Con la ayuda de la otra mano le levanta la camiseta sacándosela por la cabeza y sonríe de costado al verla solo con un sostén de color azul. Baja a su boca y la devora en un beso devastador para ambos. Cuando sus pulmones gritan por respirar, él se separa de ella, pero solo para quitarse su camiseta, luego apoya su torso desnudo sobre la suave piel desnuda de la joven. Ambos gimen y sus pieles se erizan al sentir el contacto de sus cuerpos al descubierto.
-Eres tan hermosa -susurra Mateo sobre su boca.
Muerde el labio inferior femenino, llevándolo hacia él. Se posiciona entre las piernas de Aye y ella puede sentir la necesidad que siente él para con ella. Mateo toma su boca, haciendo un beso tremendamente profundo, provocando que Aye pierda el hilo de sus pensamientos. Mateo aprieta más su cuerpo al de ella, como si quisiera volverse uno con Aye. La joven comienza a titubear y un ligero temblor recorre su cuerpo. La excitación de Mateo la está poniendo cada vez más nerviosa y no sabe cómo seguir, a pesar que quiere eso más que nada, sin embargo, le cuesta entregarse a él. Tiene mucho miedo, no de Mateo, sino de hacerlo mal, de que le duela; de lo que pueda llegar a pasar después de eso.
Mateo nota el temblor y el miedo en ella, por lo que se detiene poniendo todo de sí, para no dejarse llevar por el animal salvaje que ruge en su interior queriendo escapar cada vez que está demasiado cerca de Aye.
-¿Qué sucede? -le pregunta con voz ronca, acariciando su rostro.
-Tengo miedo -admite.
-No debes temerme -Besa su boca-. Jamás te haría daño -le promete.
-No temo de ti -Ella le sonríe-. Solo de la situación. Ya sabes, es mi primera vez y... Tengo miedo de hacerlo mal -musita las últimas palabras.
Mateo sonríe mirándola con adoración.
-Nunca podrías hacerlo mal -le contesta besándole el hombro y Aye se pone tensa de nuevo. Sabe que no es el momento, ella todavía no está preparada y él no va a forzarla a hacer nada que no quiera-. No te preocupes, podemos dejarlo para otro momento -entona con suavidad.
-¿Seguro? Yo... Yo no quiero que pienses que no quiero estar contigo, que no te quiero. Yo de verdad quiero... Pero...
-Shuu -la hace callar dándole un beso en la boca-. Yo no pienso nada de eso. Sé que me quieres y sé que te quiero, por eso puedo esperar...
-No quiero que pienses que soy una niña tonta que... -le interrumpe Aye y ella es interrumpida por Mateo que la vuelve a callar besándole la boca con fuerza.
-Yo no pienso eso de ti. No puedo pensar nada malo de ti. Jamás -le hace saber luego de dejar su boca-. Voy a esperarte el tiempo que sea necesario. Cuando estés segura, voy a estar dispuesto -le sonríe-. Siempre dispuesto.
-Gracias -murmura.
-Cuando quieras.
Le besa la frente para luego buscar la sábana debajo de ellos, la cubre y la envuelve en sus brazos acunándola contra su cuerpo y sintiendo el calor de la respiración de ella en su cuello. Así, aferrados uno del otro, como si temieran caerse si no se sostienen tan fuerte, se quedaron dormidos. Dejando que la pasión también se durmiera con ellos, pero dejando al amor más vivo y despierto que nunca.
Dos meses después...
Mateo llega a su casa y como es costumbre en él, camina hasta la cocina para prepararse un té con miel. Se descalza, dejando los zapatos a un lado de la puerta de la cocina, el andar descalzo por la casa, es una costumbre que le instaló Aye. Ella siempre le decía que quería sentir lo que había debajo de ella, le gustaba salir al patio y sentir el césped entre sus dedos. Aye en su casa siempre andaba descalza y después que él se burlara de ella por hacerlo, hasta que un día lo instó a hacerlo también y una vez que sus pies sintieron el contraste del suelo, de los diferentes pisos; el contraste de temperaturas, ya no pudo volver a andar con zapatos en su propia casa o cuando iba a la casa de ella. Por lo que, como siempre hacia cuándo llegaba a su casa antes de prepararse un té con miel, se descalzaba dejando las zapatillas a un costado de la puerta.
Cuando el té estuvo hecho, se lo llevó hasta la encimera y se acomodó allí, reviviendo el último momento de pasión con Aye, no habían hecho el amor, pero poco le importaba, él quería mucho más de ella como para que el sexo fuera algo que lo irrite.
Una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro al recordar las palabras de Aye, aquella vez cuando estaban en su habitación aplastando todos sus dibujos, al recordar cuando le admitió que tenía miedo y que no quería que él pensara que ella era una niña, cosa que él interpretó como: (una calienta bragueta) Él nunca pensaría así de ella. Eso era algo que le encantaba de ella. No importaba qué, Aye siempre decía lo que pensaba, lo que sentía y muchas veces hablaba sin pensar. Aye no tenía miedo a decir lo que pensaba, aunque muchas veces hablaba sin pensar, decía lo primero que le venía a la mente, eso para él era asombroso y admirable, a ella le importaba poco y nada lo que pudieran decir los demás, solo te decía la verdad fuera cual fuese. Era valiente y era lo que más amaba Mateo de esa joven. A veces era ingenua, siempre tratando de buscar el lado bueno de las personas, aunque tenía un buen ojo para decidir a quién retener a su lado. Aye era pura, era alegre, tenía un velo especial que hacía que todas las personas se acercaran a ella como si tuviera un imán, se hacía querer tan solo siendo ella misma; no había una actuación, era transparente, lo que mostraba, era lo que era, no había más y Mateo siempre estuvo enamorado de esa chica, él también fue una de las personas que se acercó a ella como si fuera un imán y aunque no lo había reconocido al principio, sabía que era imposible alejarse, por lo que dejó de pelear contra sus sentimientos.
-Esa sonrisa tiene nombre de mujer y apellido alemán -Ian entra a la cocina cortando con sus cavilaciones.
-¿Cuándo la conociste a mi mamá, también estabas medio idiota? -le pregunta medio en broma e Ian se carcajea.
-No estaba medio idiota -suelta entre risas-, estaba idiota del todo -admite.
Ahora fue el turno de Mateo en soltar una carcajada.
-¿Pensabas que era la mujer que querías tener siempre a tu lado, que harías todo por ella y que no habría nunca nadie que pudiera reemplazarla? -indaga mirándolo fijo.
-Todavía lo pienso -entona Ian con un suspiro-. Quizás no debería decirte esto, pero eres joven, son jóvenes y van a tener mucho por delante y...
-Es la mujer que quiero junto a mí para siempre. No sé lo que pasará en un par de horas, días, años, pero de lo que sí estoy seguro es que ella es la única mujer que siempre voy a amar -Hace una pausa para que Ian asimile cada palabra que está diciendo-... Aunque ella algún día deje de hacerlo -concluye.
-Vaya -silba el rubio-. ¿Cuándo creciste tanto? -bromea-. Creo en lo que dices y me alegro que puedas sentir un amor así de fuerte tan pronto. Yo tardé un poco más, no me arrepiento, pero me hubiera gustado conocerla mucho antes a tu madre, quizás hubiera cuidado de ella cuando estaba sola -Suspira y sonríe, sabiendo que sí la conoció antes, pero no sabía quién sería ella entonces-. Sin embargo, eso ya no importa, estoy ahora y cuido de ella ahora.
-Sí, lo haces -Sonríe Mateo-. Y es lo mismo que quiero con Aye.
-De seguro lo vas a tener. Se nota que es amor de verdad lo que hay entre ustedes. Sabes que soy medio bruto con eso, pero al pasar tanto tiempo con tu madre y sus amigos me ablandé un poquito -Ambos se ríen, luego Ian se pone serio-. ¿Ustedes dos ya...? -Hace señas con la mano para preguntar algo que no se anima a preguntar con palabras.
Mateo entiende su pregunta y niega con la cabeza mostrando una media sonrisa.
-No -termina diciendo-. No llegamos hasta ahí.
-Oh -exclama el rubio.
Mateo sonríe mostrando los dientes.
-Ella no está lista todavía y no me importa esperarla -le hace saber.
-Eso está bien, no debes presionarla...
-No lo haría. Jamás -sentencia el chico.
-Suena bien. Ya sabes, no quiero que Gaby cometa un homicidio -broma el rubio.
-No hará falta. Recuerda que Aye sabe defenderse muy bien -sigue el juego, sabedor que Gaby es quien le enseña a pelear al igual que Lina y para la satisfacción de todos es muy buena.
Para ser sinceros es muy buena con cualquier cosa que implique destreza física. Es buena peleando, bailando, jugando al vóley. Es muy probable que patearía a cualquiera que se quiera aprovechar de ella.
-Sí, tiene a quien salir -Suspira con exageración-. Recuerdo bien eso. No hay que hacerla enojar.
Ambos ríen al hacer memoria cuando ella entrenaba junto a ellos en el gimnasio y Mateo llegó con sus amigos para verla entrenar y Jonas la desafío a que no podía tocarlo ni una sola vez. Aye al principio no quería hacerlo, sin embargo, Jonas había empezado a tratarla de cobarde e imitaba a una gallina haciendo reír a todos los presentes. Aye se puso roja de la rabia, y eso que siempre fue muy difícil hacerla enojar, solo Mateo tenía ese poder, no obstante, ese día Jonas la hizo perder los estribos. Ambos subieron al cuadrilátero, en menos de cinco segundos, Aye lo había barrido y golpeado tres veces, la primera en el costado, la segunda, en una mano cuando él intento cubrirse y la tercera en sus partes bajas. Desde ese día, el chico nunca más volvió a desafiarla en una pelea. Sí, seguía desafiándola en otras cosas y seguían siendo rivales en muchos juegos y osadías, pero no era tan estúpido como para buscar otra pelea con ella.
Sofi entra apurada a la cocina cortando con las risas de ellos. Estaba pálida, lloraba y temblaba como una hoja. Siendo más veloz que en muchas ocasiones, Ian se levanta y sale corriendo hasta ella, acunándole el rostro con las manos.
-¿Qué pasa, mi amor? -le pregunta mirándola fijo y preocupado. Ella solo solloza y no contesta-. Sofi, por favor habla conmigo. ¿Qué ocurre?
-Mamá, ¿qué está mal? -interviene Mateo al ver así a su madre de corazón.
Hacía mucho tiempo que no la veía llorar, al menos que fuera por alguna película dramática que le gustaba ver.
-Nonna -musita Sofi y vuelve a llorar escondiendo el rostro en el pecho de Ian, este la abraza más fuerte para darle fuerzas y mira a Mateo.
Los dos entendieron bien lo que pasó con la Nonna.
Los siguientes días fueron devastadores para todos ellos y más para Sofi y Mateo cuando pusieron un pie en la casa donde vivía su abuela. Todavía olía como ella, pero también se podía percibir su ausencia. Con la compañía y ayuda de Ian, se instalaron en su casa, arreglaron todo lo del sepelio, papeles y documentos de la empresa. Torrielli se hacía cargo de la empresa, sin embargo, solo era temporal. Regina dejó todo preparado para que la empresa fuera dirigida por Mateo, cuando él tuviera la edad correspondiente, la empresa tendría que manejarla el joven y no había replicas al respecto. Sofi habló muy seria con Mateo, le preguntó sí él quería tomar el mando de la empresa o dejaba que Torrielli se ocupara, ya que era el vicepresidente y mano derecha, primero de su padre y luego de Regina. Sofi le dejó claro que no tenía ninguna responsabilidad con la empresa que, si quería no manejarla, no había ningún problema. Al fin y acabo, ella tampoco quiso nunca hacerse cargo de ese lugar. No obstante, Mateo estaba en una lucha interna, no quería dejar Buenos Aires, ahí estaban sus amigos, su familia. Ahí estaba Aye, la mujer que ama. Pero tampoco quería defraudar a su abuela, sabe que lo más responsable sería tomar el mando de ese imperio. Era lo que su abuela esperaba de él, siempre le había hecho entender que ese lugar un día sería suyo y que ella iba a estar orgullosa de él. Era una decisión de mierda la que debía tomar.
Por un lado, seguir con su vida, junto a su familia y a Aye y, por el otro lado, dejar todo lo que conoce para convertirse de una sola estocada en un hombre y hacer lo que es lo más conveniente de hacer, lo más sensato. No podía dejar que la empresa se perdiera, era de los padres de Sofi, era una empresa familiar, el lugar que hacía fuerte el apellido de ella, era lo único que quedaba de la familia Stagnaro. Sin embargo, tampoco quería dejar a Aye, había prometido cuidarla siempre, protegerla de todo. Era la mujer con la cual quería pasar el resto de su vida, tener una casa, hijos, perros; era la mujer con la que quería tener una familia. Era ella "La mujer" no podía dejarla. Tal vez podría pedirle que se viniera con él. Que esté a su lado, mientras él retoma su responsabilidad...
No, no podía hacer eso. Sabe bien cuales son los sueños de Aye, y no son dejar todo para estar a su lado y ser una mujer florero. No. Ella es una artista, quería dibujar, bailar, ella tenía una meta, un sueño que alcanzar y no podía quitarle eso. No podía ser tan egoísta. Él la ama y por eso debía dejarla ir. Hacerse cargo de su responsabilidad y pedirle a Aye que siga su sueño y cuando lo haya alcanzado reencontrarse. Iba a mantener una relación con ella a distancia. Estaban las vacaciones, fiestas y cumpleaños, en los que se podían ver. Mientras tanto podía mantenerse a distancia.
Sí. Lo que pensaba era egoísta también, pero no cuenta con el valor para dejarla ir de manera definitiva, no quiere que se enamore de otro. No quiere perder.
«Soy un egoísta. Lo siento», piensa apretando los puños a sus lados con tanta fuerza que sus nudillos están blancos.
A la semana volvieron a Buenos Aires, Mateo ya tenía una decisión tomada, era lo mejor, ética y moralmente que se le ocurría hacer. Por lo que llamó a Aye para avisarle que había llegado a la ciudad y que se acercara a su casa, que necesitaba hablar con ella.
Cerca de las de las seis de la tarde, Aye llega a la casa de Mateo. Toca el timbre, nerviosa, lo había escuchado mal a Mateo por teléfono, no parecía el chico alegre que ella conocía, el que siempre se reía o hacia bromas, algunas subidas de tono. No parecía a él, para nada. Sonaba serio y angustiado. La puerta se abre dejando ver a un Mateo con el ceño fruncido, afligido y triste. Eso hace que el corazón de Aye se retuerza dentro de ella. Sin decir una palabra, ella se abalanza sobre él y envuelve su cuello con sus brazos. Mateo al reaccionar acepta su abrazo y la aprieta fuerte contra su cuerpo. Luego de unos segundos, se separan y ella le sonríe mostrándole que no todo está perdido y él con esfuerzo le devuelve la sonrisa. La toma de la mano y la obliga a subir las escaleras para llegar a su habitación.
Una vez ahí, aclama su boca sin miramientos, como si no fuesen a verse nunca más... Y tal vez fuera así, ya que no estaba seguro si ella iba a aceptar la propuesta de él, pero mientras la tuviera cerca en ese momento, la iba a besar y abrazar hasta que ella no quisiera hacerlo más. Se niega a dar por terminado ese amor, iba a ser ella quien dijera punto final.
-Te extrañé -susurra Aye cuando Mateo la dejó respirar.
-Te necesité -murmura él con la voz pastosa-. Te necesito.
Pega su frente a la de ella y cierra los ojos inspirando profundo para sentir su aroma a vainilla.
-Ya estoy aquí -musita.
-Ya estamos aquí -secunda Mateo.
La lleva a la cama obligándola a acostarse y él se tiende a su lado abrazándola y acariciándole el brazo quedamente. Se perdieron en el tiempo estando así. Ninguno de los dos hablaba, no decían nada, solo se acariciaban perdidos en el silencio y sus pensamientos. Lo único que se escuchaba era la tranquila respiración de ellos.
-¿Cómo está tu mamá? -se interesa Aye, no iba a preguntarle como estaba él, ya sabía cómo estaba, lo sentía. No era necesario preguntarle.
-Va a estar bien. Tiene a mucha gente a su lado -contesta y luego de un suspiro decide que ya es hora de hablar. Se sienta y se acomoda para estar frente a ella-. Tenemos que hablar -anuncia.
-¿Qué pasa? -indaga Aye sentándose también.
-No sé cómo decir esto. No sé cómo expresarme; por dónde empezar...
-Solo dilo, como salga -expresa Aye y Mateo asiente.
-Mi abuela dejó la empresa en mis manos. En realidad, puedo decir que no, pero no se sentiría bien hacer eso, me sentiría un cobarde y temo no ser un orgullo para ella. Estuve pensando mucho y creo que mi lugar es en frente de esa empresa -Aye no le dice nada, solo lo mira con el ceño fruncido tratando de asimilar todo lo que él le está diciendo-... Es lo único que queda de la familia de mi mamá, es un legado que si lo hago a un lado siento que el apellido de mi mamá se perderá... olvidará y, no quiero eso. Es un trabajo de muchos años y no se siente bien perderlo. Sé que a mi mamá no le importa, pero por alguna razón que no puedo explicar, a mí me importa. Siento que debo hacerlo, debo ir a Italia y hacerme cargo de la empresa, dejar vivo el nombre de mi mamá, de sus padres, de mi abuela -Toma aire y la mira a los ojos-. Por favor, di algo -le pide con la voz ahogada por el miedo de lo que pueda llegar a pasar.
-¿Vas a irte a vivir a Italia? -Mateo asiente-. ¿Vas a tomar tu lugar en la empresa? -Vuelve a asentir-. Vas a dejarme -musita tan bajo que Mateo tuvo que hacer un esfuerzo para escucharla.
-No quiero dejarte -articula él.
-¿Y entonces?
-Tampoco puedo pedirte que dejes todo y vengas conmigo, sin embargo, sí puedo pedirte que mantengamos nuestra relación a distancia; sé que será difícil, pero también sé que podemos hacerlo, lo nuestro es fuerte y puro, puede contra cualquier cosa.
-No va a funcionar -niega Aye.
-Sí que funcionará, somos fuertes, nos pertenecemos, los dos somos uno; siempre fue así y siempre será así -sentencia Mateo.
-No va a funcionar -repite Aye ahogada y deja salir las lágrimas.
De un salto sale de la cama y prácticamente corre hacia la puerta para salir de allí, no obstante, Mateo se le adelanta y la abraza por detrás, pegándola a él.
-Funcionará. Sé que va a ser así -respira en su oreja provocando que una corriente eléctrica recorra su cuerpo-. Por favor, no me dejes -le suplica.
Ella cierra los ojos suspirando profundo, se gira y sus frentes quedan unidas.
-No lo haré -jura para luego cerrar ese juramento con un beso.
Ese beso se hace más profundo, más poderoso, él la tiene agarrada de la cintura y ella del cuello; están agarrados con fuerza, sin temor a romperse. Mateo con cuidado la comienza a llevar de nuevo hasta la cama. Con suavidad la acomoda sobre el colchón, sin dejar de besarla y acariciándole el hombro con intensidad.
-Quiero hacerlo -suelta Aye casi inaudible, pero esta vez Mateo no entendió lo que dijo.
-¿Qué?
-Quiero hacerlo -repite-. Quiero entregarme a ti -entona con la voz vibrando.
-No tienes que hacerlo...
-Quiero hacerlo, quiero que seas el primero...
-El primero y el último -interviene él sonriendo.
-El primero y el último -concuerda ella-. Antes de que te vayas quiero darte como regalo y recuerdo esto, es lo mejor que tengo y quiero dártelo a ti.
-No es lo mejor que tienes, tú eres mejor -Le besa los labios despacio-. Pero no quiero que lo hagas porque te sientas obligada. Puedo esperarte hasta que nos volvamos a encontrar.
-Yo no pudo esperar -Suspira y clava sus ojos en los de él-. Solo acéptame -susurra.
-¿Segura?
-Segura.
Con una amplia sonrisa la besa, perdiendo la noción del tiempo dejando en ese beso todos sus sentimientos y sus almas expuestas.
Con sus manos baja al borde de la camiseta de la joven y se la quita por la cabeza, besa cada parte de la piel desnuda, tomándose el tiempo para deleitarse con la nívea y suave piel, perdiendo la conciencia con el aroma a vainilla que emana de su cuerpo. Con sutileza la despoja y se despoja de la ropa. Por primera vez, ambos estaban desnudos y expuestos el uno al otro. A ella le dio vergüenza y giró su cabeza para que no se diera cuenta que se había puesto roja, pero Mateo la conocía y no se podía ocultar de él tan fácilmente.
-No tengas vergüenza, soy solo yo -le susurra con dulzura-. Eres lo más hermoso que jamás he visto.
Ella le sonríe con timidez y él la vuelve a besar.
Su boca ocupa la boca de ella y sus manos ocupan todo lo que podían abarcar del cuerpo de Aye. El calor en la habitación sube con rapidez, sus respiraciones agitadas y sus cuerpos temblorosos marcan la pasión que hay para saciar. Mateo estira una mano hasta la mesita de noche para sacar un preservativo y colocárselo. A pesar que ella no tenía experiencia, él sí la tenía. Un año antes de que ellos comiencen su relación, él había tenido varias oportunidades con chicas que solo se le entregaban porque era el más popular de la escuela y además la banda daba sus frutos. Por lo que sabía muy bien que con Aye tenía que ser muy cuidadoso y lo último que él quería, era hacerle daño. Una vez que se colocó protección se acomoda en medio de ella apoyando la punta del glande sobre el sexo femenino. Aye se tensa y da un respingo.
-¿Quieres que pare? -le pregunta con suavidad. Ella tenía los ojos abiertos, muy amplios, estaba en alerta-. Puedo parar si quieres.
-No. Quiero que sigas. No pares -entona con la voz entrecortada.
Mateo asiente y la besa con dulzura.
-Dime si te hago daño -le pide sobre su boca antes de volver a besarla a medida que se va introduciendo dentro de ella con lentitud para no hacerle daño-. Relájate -le indica al sentirla tensa y demasiado quieta.
Al principio ella jadea por la quemazón que siente, pero después de unos minutos ese dolor se vuelve placer y comienza a gemir. Sus caderas cobran vida moviéndose al ritmo que indica Mateo. Él sonríe al ver que comienza a acoplarse a él.
-Eso es, Peque. Así -jadea el joven.
Ayelen pierde toda razón en los brazos de Mateo y Mateo se deja ir en los brazos de Ayelen. Ambos firmaron su sentencia. Ella quería que su virtud fuera un regalo y recordatorio de cuánto lo amaba. Él quería que para ella fuera especial y que también recordara cuánto la amaba. El tiempo y las circunstancias no estaban a su favor. No obstante, nadie los iba a culpar por intentarlo.
Aye fue la primera en dejarse ir jadeando el nombre del chico. Luego la siguió Mateo gruñendo como si se hubiera perdido la vida en ese lecho. Ambos respiraban de manera entrecortada y sus corazones estaban acelerados. Sus pieles brillaban por el sudor y sus ojos estaban cristalinos por lágrimas encerradas que no iban a dejar salir. Al menos Mateo no lo iba a hacer.
-¿Estás bien? -se interesa Mateo una vez que la acomodó a su lado y la envolvió con sus brazos poniéndose frente a frente.
-Sí -musita ella y una lágrima se escapa dejándola en evidencia.
-¿Qué ocurre? ¿Te hice daño? ¿Te lastimé? -pregunta con preocupación, pero ella se limita a negar con la cabeza-. ¿Entonces por qué lloras? -indaga acariciándole la mejilla.
-No quiero que te vayas -hipa Aye y a Mateo se le estruja el corazón al escuchar el pedido de ella y cierra los ojos respirando hondo-. Sé que no es noble que te lo pida, que soy una egoísta, pero te quiero aquí, conmigo, a mi lado -Esconde la cabeza en el hueco del cuello y el hombro de Mateo sin dejar de llorar.
-Tampoco quiero irme. Quiero quedarme aquí contigo, a tu lado, también voy a extrañarte. Pero es mi deber, tengo que hacerlo -Ella solo llora, quizás ni siquiera está escuchándolo-. Dios, no me lo hagas más difícil. Por favor -suplica.
-Lo siento -murmura ella con la voz ahogada por tener la boca pegada en el cuerpo de él.
-No, yo lo siento -Besa su frente-. Nunca voy a poder olvidar este momento, ¿sabes? Siempre pensé que serías la única mujer, decía estar seguro, pero ahora lo reafirmo. Eres la única mujer para mí. La única -Ella lo mira y le dedica una sonrisa triste-. Te amo -le susurra perdido en los ojos de ella mostrándole su alma y haciéndole saber que es suya.
-Te amo -murmura Aye anclando todo su afán en esas palabras.
Aye llega a su casa, después de unas intensas clases de danza. Su único pensamiento, era llegar y correr a la ducha para quitarse el sudor del cuerpo. Abre la puerta de su casa y dando saltitos se quita las convers dejándolas a un lado de la puerta. Cuando levanta la vista se pega el susto de su vida al encontrarse con su hermano parado mirándola fijo.
-Casi muero del susto -se queja ella con una mano al pecho.
-Mamá está en la oficina -le informa-. Está esperándote.
Aye frunce el ceño.
-¿Pasó algo? -cuestiona la joven.
-No sé -Lucas se eleva de hombros-. Está enfadada -le deja saber.
-¿Conmigo? -se auto-señala ella.
-Conmigo no -se señala el chico.
-No eres de ayuda -se queja antes de rodearlo para ir al encuentro con su madre.
-¡Suerte! -le grita su hermano.
Ella lo ignora y sigue su camino. Cuando llega a la oficina, da un suave golpe en la puerta antes de abrirla y asomar la cabeza dentro del lugar.
-¿Se puede? -pregunta con cuidado. Lina asiente y ella entra-. Me dijo Lucas que estabas esperándome -dice al tiempo que camina observando a su padre parado a un lado mirando por la ventana.
-Sí -Lina saca un sobre bastante gordo del cajón del escritorio y lo posa con brusquedad sobre el mismo-. ¿Qué es esto? -pregunta sin rodeos. Aye mira el sobre, luego a su madre que la miraba con el ceño fruncido y luego a su padre que la miraba sonriendo-. No mires a tu padre -espeta la madre.
-No sé lo que es -confiesa Aye.
-No hay problema -dice Lina con brusquedad-. Yo te digo lo que es.
Abre el sobre tirando lo que hay dentro sobre el escritorio.
-Ángel -advierte Alex para tranquilizarla, pero ella lo ignora.
-Es una aceptación de Juilliard -lanza Lina dejando a Aye sin respiración.
-¿Es qué? -balbucea Aye.
Te aceptaron en Juilliard -le dice Alex con suavidad ampliando su sonrisa.
-Ay, Dios mío -chilla Aye pegando un salto-. No puedo creerlo.
-Yo tampoco -suelta Lina provocando que Aye se quede paralizada en el lugar.
-¿Qué? -susurra la joven.
-No puedo creer que no nos hayas dicho nada sobre esto, Ayelen -Lina sacude los papeles al aire-. ¿Cómo es que tengo que enterarme de esta forma? O, ¿cuándo pensabas decirnos de esto, cuando ya estés en Estados Unidos?
-Ángel, cálmate -le pide Alex.
-Y una mierda -escupe ella.
-Mamá -musita Aye.
-¿Cómo fue que paso esto? -inquiere Lina tomando una respiración para calmarse.
-Mandé mis datos y calificaciones por e-mail -responde Aye con lágrimas en los ojos.
-Necesitas una recomendación, Aye -interviene Alex hablando con suavidad-. Es muy difícil entrar.
Aye asiente.
-Tuve un poco de ayuda -murmura.
-Déjame adivinar -entona Lina-. Tu abuelo Gerard fue tu ayuda, ¿verdad?
Alex suspira.
-Tu madre está enfadada -suelta como si no fuera algo obvio.
-Por supuesto que estoy enfadada -interrumpe Lina.
-Ángel -le regaña-. Ella está enfadada porque no nos has dicho nada sobre esto, tuvimos que enterarnos así, de casualidad -explica con cautela-. ¿Por qué no nos dijiste nada? -le pregunta mostrando el amor que siente por ella.
-Lo siento -susurra la joven.
-No puedo creer que tu padre se haya metido en esto y nos lo haya ocultado. ¿En qué demonios estaba pensando? -refunfuña Lina-. Tu padre va a escucharme.
-En realidad -Aye se aclara la garganta-. El abuelo Roberto también puso su granito de arena.
-¿Qué? -chilla Lina-. ¿Mi papá también?
Alex suelta una carcajada y ella lo fulmina con la mirada. Él pone una mano en su boca para tapar su sonrisa.
-El abuelo también mandó una recomendación aprovechando que estuvo en la guerra de parte de Estados Unidos y usó sus contactos.
Alex sonreía como un tonto, mientras Lina refunfuñaba. Aye lo mira y él le guiña un ojo haciéndola sonreír.
-¿Acaso están todos en mi contra? -se queja Lina.
-No, mamá. Ellos solo me ayudaron porque yo se los pedí -salta Aye en defensa de sus abuelos.
-Ángel, no seas tan dura -le pide Alex acariciándole el hombro-. Aye, entiende, nos duele que no hayas confiado en nosotros para esto. Es algo grande y nos enteramos por casualidad.
-No es justo -interviene Lina.
-Lo sé, lo siento -se acongoja Aye-. Quería decirles, lo juro -se apresura a decir-. Pero tenía miedo.
Esas palabras hacen que Lina se calmara de un solo golpe.
-¿Miedo? -pregunta ella-. ¿Miedo a qué?
-A que no quisieras que vaya -dice con sinceridad-. Soy consciente que es muy lejos, que estaría sola, sin ustedes. Pero de verdad quiero hacerlo, es mi sueño terminar mis estudios en Juilliard.
-Tienes razón, es muy lejos -expresa Lina provocando que la cara de Aye decaiga-. Sin embargo, sé cuáles son tus sueños y jamás me interpondría en ellos. Deberías haber confiado en mí, duele saber que no lo has hecho.
-Lo sé, lo siento -Aye se levanta y corre hacia su madre y la abraza-. Lo siento, mamá -le repite con el rostro escondido en el cuello de su madre.
-No importa, Aye, está bien -la tranquiliza ella.
-¿Me perdonas? -le ruega la joven.
-No hay nada que perdonar, te entiendo -Lina le acaricia la espalada aguantando su propio llanto-. Sé porque lo hiciste -Aye la mira-. Yo también tuve tu edad -Le sonríe y Aye también lo hace.
-¿Eso quiere decir que puedo ir? -curiosea Aye.
-Puedes ir -asiente Lina y Aye pega un grito y la abraza más fuerte haciendo reír a sus padres-. Pero -ante eso Aye deja de moverse y contiene la respiración-... no debes hacer algo así nunca más. Quiero que confíes en mí, siempre.
-Sí, sí. Confió en ti. Sí, mamá -se apresura a decir abrazándola de nuevo.
-¿Yo no me merezco un abrazo? -interrumpe Alex fingiendo estar afligido.
-Te amo, papá -Aye salta a los brazos de Alex arrancándole una carcajada.
Una vez que se calmó, Lina se aclara la garganta para ocultar el nudo y poder hablar.
-Debes decírselo a Gaby -le sugiere sabiendo como es él con ella.
-Sobre eso...
Aye mira a todos lados menos a su madre.
-No me digas que él también lo sabe -exclama poniéndose furiosa de nuevo.
-No, no -se apresura a aclarar Aye- Él no sabe nada, sin embargo, quería que se lo dijeran ustedes...
-Ah, no, niña, ni lo pienses -niega Lina-. Vas y hablas con él, cuéntale todo y te aguantas todo lo que diga y el pataleo que hará, ponte los pantalones de niña grande y aguanta lo que venga. Yo a ese tren no me subo.
-Está bien -suspira Aye sabiendo que la madre tiene razón.
-Es tu historia para contar -le indica Alex.
-Está bien -repite ella-. Voy a ducharme y luego voy a su casa para contarle.
-Me parece bien -asiente en acuerdo Alex.
Aye besa a cada uno de ellos y se gira para salir.
-Aye -la llama Lina.
-¿Si, mamá?
-¿Estás bien? -quiere saber.
Aye le sonríe y asiente.
-Muy bien, mamá. Gracias.
En realidad, no está muy bien, era uno de esos momentos en que anhelaba que una persona en especial estuviera a su lado apoyándola como había hecho en muchas oportunidades.
Ella abre la puerta para salir de la oficina y un pequeño cuerpo con pelo rubio cae a sus pies. Ella da un paso atrás, asustada y cuando se da cuenta que se trata de su hermano comienza a reír y sus padres la secundan detrás de ella.
-No es chistoso que se rían del más pequeño -se queja el niño levantándose de suelo.
-Lo tienes merecido por chismoso -le reprende Aye.
-Mamá -se queja él.
-Ella tiene razón, Lucas -Sonríe Lina.
-¿Papá?
Busca que al menos su padre lo defienda de las mujeres.
-Esta vez no hay manera de cubrirte -se ríe Alex haciendo que el niño bufe.
-Todos están siempre en mi contra -refunfuña él.
-Esas palabras me suenan -le susurra Alex a Lina sabiendo bien que son palabras de su mujer.
-Voy a ducharme -anuncia Aye y antes de salir le revuelve el pelo su hermano.
-Ve a buscar algunos dulces así vemos una película -le indica Lina a Lucas.
-Está bien.
El niño sale corriendo para llegar rápido a la cocina.
-¿Estás bien? -le pregunta Alex a Lina dándole un suave beso en la mejilla.
-¿Crees que va a estar bien? -indaga mirando hacia la puerta.
-No lo creo. Estoy seguro -le contesta abrazándola desde atrás y apoya su barbilla en la coronilla de ella.
-Desde que Mateo se fue, ella cambió.
-Mateo se fue por que era su deber y lo sabes.
-Lo sé, no lo acuso de nada. Sé muy bien que su decisión no fue fácil y era lo que le correspondía hacer -Ella suspira-. Pero desde él, ella no ha sido la misma.
-¿Estás diciéndome que ellos dos tuvieron sexo? -Alex se ahoga con la última palabra-. Porque si es así voy hasta Italia a cortarle bolas.
Lina se ríe con fuerza y niega con la cabeza.
-No me refería a eso.
Alex suspira de manera audible.
-Gracias a Dios.
-Aunque estoy segura que él fue su primera vez -Ella sonríe.
-Lina -gruñe Alex y ella se carcajea.
La mujer se gira y se pega a su marido haciéndolo olvidar lo que acababa de decirle sobre su hija. Lina atraca la boca de él y él se deja ser atracado por ella.
-Vas a tener mucho trabajo haciendo que supere que nuestra hija esté en otro país -le murmura ella en cada beso.
-Vamos a tener mucho trabajo los dos -reconoce Alex.
~~~
Una vez que Aye sale de la ducha, se viste con camiseta blanca, unos jeans pres rasgados y botas militares. Camina hasta el ordenador y revisa sus e-mails, esperando encontrar alguno que sea de esa persona que ella extraña tanto, tal cual hace todos los días, antes de dormir; luego de levantarse y en cualquier momento del día que está cerca de su ordenador, sin embargo, como cada día de ese último e-mail, de esa persona que ella no puede olvidar, no hay ninguna novedad. Resignada, solo por el momento, porque sabe a la perfección que, aunque diga que va a hacer la última vez que espera un correo de él, va a seguir esperando. Se aleja del portátil, busca una chaqueta y sale sin mirar atrás de su habitación. Al llegar abajo se encuentra con su hermano que estaba atorado con bolsas de gomitas y chocolate entre sus brazos.
-¿Qué haces, enano? -curiosea ella sonriendo.
-Con mamá vamos a ver películas -le responde Lucas.
-Toda esa cosa no es saludable -observa ella.
-Soy un niño -Él se eleva de hombros.
-¿Y qué se supone que significa eso? -pregunta la joven.
-Qué no soy saludable -bromea el niño.
-Se te van a caer los dientes con tantos dulces -le molesta Aye.
-Eso no es verdad -se queja el niño.
-Pregúntale a mamá -entona con despreocupación-. Y de paso, dile que voy a ver al tío Gaby -dicho eso se gira y sale por la puerta.
Lucas observa todos los dulces que tiene entre sus brazos y camina hasta la sala de estar para encontrarse con su madre que se dedicaba a buscar alguna película de acción como a ellos les gustaba ver.
-Mamá -comienza el niño.
-¿Sí?
-¿Si como muchos dulces se me van a caer los dientes? -indaga el niño con preocupación.
-¿Quién te dijo eso? -cuestiona Lina y por la mirada del niño descubre quien fue-. Aye -suspira y se dispone a tranquilizar a su hijo-. Eso no va a pasar, bueno siempre y cuando seas moderado.
-¿Qué es moderado? -curiosea el niño.
-Mejor veamos la película y luego hablamos -desvía la conversación la madre.
~~~
Aye, llega a la casa de su tío y es recibida por Noe, la mujer de su tío Gaby. Ella la hace pasar y al notar el nerviosismo de la joven, la conduce hacía la cocina para prepararle un chocolate caliente, tal cual le gusta.
-¿Qué está pasando? -curiosea Noe en cuanto le deja la taza frente a ella.
-Tengo que hablar con mi tío -responde la joven.
-Y eso no parece ser algo muy bueno -comenta Noe entrecerrando los ojos.
-Depende para quien -murmura Aye.
-En unos minutos saldrá de la ducha y creo que podrías hablar con él -entona caminando al refrigerador-... con esto -termina mostrando un tarro de helado de mouse de limón dejando olvidado el chocolate caliente.
-Estás diciendo que lo extorsione -adivina ella.
-Quizás -Sonríe Noe haciendo reír a Aye-. Esto va a ayudar a que hables con él con cuidado... Creo -termina diciendo.
-¿Vas a quedarte conmigo? -le pregunta la joven.
-Vaya, debe ser algo realmente jodido -bromea Noe-. No voy a quedarme, te encargas sola de la bestia que desates.
-Noe -se queja Aye.
-No, niña, todavía recuerdo cuando amenazaste con dejarme pelada si le hacía daño. ¿Adivina qué? No seré yo quien le haga algo -se burla la mujer.
-Eso es muy vengativo -esboza Aye con sarcasmo-. Era una niña, no sabía lo que decía -se excusa.
-Sonabas bastante segura -le hace saber Noe-. Eres una chica ruda.
-No te burles -se queja divertida y ambas se ríen al recordar ese día.
-¿Por qué las risas? -indaga Gaby al llegar junto a ellas todavía con el cabello húmedo por la ducha.
Noe lo observa como hace siempre cuando ve a su marido y Aye gira los ojos al notarlo.
-Solo estábamos recordando cosas -responde Noe sin quitar los ojos de su hombre, mientras él se acerca a su sobrina y le besa la frente.
-Ya, Noe -se queja la joven.
-¿Qué? -pregunta ella con inocencia fingida.
-Deja de mirarlo de esa forma, por Dios -le reprende haciendo reír a Gaby.
-¿Y cómo me mira? -curiosea el morocho.
-Como si fueras su cena -responde Aye.
-Eso no es verdad -se defiende Noe provocando que los otros dos rían y Gaby se acerca a ella.
-Todavía no es hora de la cena -entona tocando su abultado vientre.
-¡Tío! -chilla Aye.
-¡Aye! -imita su voz el morocho.
-Creo que ustedes tienen que hablar -habla Noe-. Voy a recostarme un poco, esto de estar embarazada no es lo mío.
-Está bien -le dice Gaby con suavidad antes de darle un dulce beso en los labios-. Descansa.
Noe asiente y sale de la cocina dejándolos solos.
Aye, para hacer un poco de tiempo y también para tomar coraje, se levanta y busca unas cucharas para el helado que le ofreció Noe.
-¿Helado? -le pregunta la joven a su tío agitando las cucharas.
-Por supuesto -sonríe él para luego tomar asiento al lado de su sobrina-. ¿Qué es lo que pasa, Aye? -cuestiona luego de meter una considerada cucharada en la boca.
-¿Qué te hace pensar que pasa algo? -evade la joven perdiendo toda su dignidad.
-No te burles de mi inteligencia, por favor -le pide él-. Te conozco.
-Bien -asiente ella-. Tengo que contarte algo que para mí es lo mejor que puede pasar en mi vida...
-Después de mí, obvio -interviene él.
-Obvio -asiente sonriendo-. No sé como vayas a tomar lo que voy a decirte, pero ojalá estés feliz por mí, porque va a ser algo muy importante y que va a marcar el resto de mi vida...
-Ya -le corta él-. Dime lo que pasa, ya que seguramente tu historia no va a ser tan sórdida como mi imaginación -exige.
-Me voy a estudiar a Juilliard -suelta sin más.
-Eso es genial -duda él-. ¿Qué carajo es Juilliard?
-Una universidad en Estados Unidos -responde Noe entrando en la cocina.
-¿Qué? -murmura Gaby-. ¿Qué? -repite con un tono de voz elevado y levantándose de un salto de la silla.
-No enloquezcas -le pide Aye.
-Debe ser una broma -refunfuña el morocho-. ¿Qué no enloquezca? ¿Te vas a otro país y no tengo que enloquecer? Eres una niña, no puedes viajar sola, más al otro lado del mundo -suelta con enfado.
-En realidad, no es tan lejos como -se calla abruptamente cuando ve a Noe negar con la cabeza.
-Me imagino que tus padres deben estar echando humo por las narices -Gaby comienza a caminar de un lado a otro sin parar.
-De hecho, ellos -La joven comienza a balbucear-... están felices por mí -habla en voz baja.
-¿Acaso perdieron un tornillo? -se queja el morocho-. Eres una niña, ¿qué mierda les pasa? -masculla pasándose las manos por el pelo.
-No soy una niña, ya tengo 18, soy mayor de edad -se defiende Aye.
-Eres una niña, no puedes viajar sola a otro país.
-No soy una niña, ya tengo 18 -Aye se levanta de su silla y enfrenta a su tío-. Voy a viajar sola -dice enfatizando la última palabra- a otro país y estudiar lo que yo quiero, forjar mi futuro a mi semejanza. Así que supéralo -dicho eso se gira y sale de la casa de tío hecha una furia.
-Eso fue ilustrador -murmura Noe divertida.
-No digas nada -le advierte él y sale tras Aye-. ¿Supéralo? ¿En serio? -grita llegando a ella-. Qué estúpida palabra -se queja ya estando a su lado-. Si piensas que con esa palabra te libraras de mí, estas muy equivocada, jovencita -Sigue hablando igualando el paso de Aye-. No voy a superarlo, ni de chiste. Eso nunca, jamás. Diablos, en serio odio esa palabra. ¿Por qué las mujeres siempre dicen eso? ¿Acaso es una especie de código entre ustedes? ¿Es una palabra de doble sentido? Porque, la verdad, es una mierda esa palabra, siempre me hacen callar con esa palabra.
-No pareces muy callado -murmura Aye.
-Debe estar perdiendo efecto en mi -masculla el morocho-. Como sea, estoy rodeado de mujeres tercas, necias, obstinadas, mujeres que me vuelven loco. Esto debe ser algo del karma -Eso hace reír a Aye-. ¿Qué es lo gracioso? -interroga con el ceño fruncido.
-Tu diatriba -responde ella sonriendo.
-¿Mi qué? -pregunta confundido, la detiene y luego sacude la cabeza-. No importa. Esto es absurdo, estás haciendo todo esto por el chico "me-voy-a-Italia-a-salvar-el-mundo". Mira, yo he pasado por eso, pero huyendo no te va a ayudar en nada, por más que te vayas a otro país para escapar de las cosas que te recuerdan a él, no vas a poder escapar de los recuerdos y sentimientos, esos te perseguirán siempre. Solo tienes que superarlo -Sonríe con la última palabra.
-¿No que odiabas esa palabra? -se mofa la joven.
-Estoy hablando el idioma de ustedes -se jacta-. A ver si entiendes -dice más bajo.
-Tío, no me voy por ningún chico, me voy porque es mi sueño poder estudiar arte y danza en la universidad más importante del mundo en esas profesiones. Solo tienes que apoyarme, yo sé que puedo hacerlo -esboza la joven con esperanza y Gaby suspira.
-Tienes que hablar en inglés -le hace saber el morocho para buscar escusas para que no viaje.
-Sé inglés, alemán e italiano -expresa levantando la barbilla con soberbia.
-Presumida -masculla el tío y luego apoya su brazo en los hombros de Aye obligándola a caminar de nuevo-. Es un lugar lleno de gente que no conoces.
-Lo sé, pero soy buena haciendo amigos -se jacta ella.
-¿Cuándo te vas? -pregunta finalmente.
-En un par de semanas -le responde.
-Voy a matar a tus padres. No. Voy a torturarlos y luego matarlos y luego revivirlos y luego torturarlos y matarlos de nuevo y así sucesivamente hasta que digiera que ya no estás.
Aye ríe antes eso.
-No harás eso -dice riendo.
-Ah, ¿no? -bromea él-. Ponme a prueba y veras -Ella ríe-. Vas a cuidarte, ¿verdad? -le pide unos segundos después.
-Claro que sí. Se pelear, ¿recuerdas? -comenta elevando de nuevo la barbilla.
-Obvio, yo fui quien te enseñó -entona con orgullo el morocho.
-Y sabes que lo hago bien -canturrea ella.
-¿Y eso qué se supone que significa? -cuestiona el morocho.
-Que te he hecho morder la lona -contesta con superioridad.
-¿Por qué todas las mujeres dicen que me patean el culo? -pregunta quejándose-. Debo de dejar de ser tan condescendiente -se responde así mismo negando con la cabeza.
-Ahora eres condescendiente, si como no -se burla ella.
-Vamos a tomar ese helado que usaste para extorsionarme antes que me arrepienta y te encierre en la torre más alta que encuentre -exclama con un poco de sinceridad.
-Ojalá el bebé que esperan no sea una niña -se compadece ella.
-Ay, no por Dios, ojalá que no. No lo soportaría -Lloriquea el morocho haciendo reír a la joven-. Ya hay suficientes mujeres en mi vida atormentándome, no necesito ni una más.
Ambos se miran y riendo siguen su camino hacia la heladería más cercana.
Luego del helado y de escuchar todas las sugerencias y consejos de su tío, y por supuesto de remarcarle unas mil veces que va a estar bien, Aye regresa a su casa bastante cansada, no es fácil lidiar con su tío, ella lo sabe bien y sinceramente espera que el bebé que está esperando Noe no sea una niña, si es así le espera un lindo dolor de cabeza por el padre que le va a tocar. Ante ese pensamiento ella sonríe, su tío puede ser un obsesivo protector, pero es el mejor hombre «además de su padre», que ha conocido en su vida. El amor que ese hombre puede dar a sus seres queridos es inconfundible. Luego de quitarse el calzado se dirige hasta la cocina buscando a su madre, encontrándola preparando café.
-¿Cómo te fue? -se interesa al verla llegar.
-Difícil -responde la joven-... Al principio, pero luego todo mejoró -reconoce.
-Sí, Gaby es complicado -concuerda Lina-. ¿Y qué te dijo? -curiosea.
-Qué iba a torturarlos hasta matarlos y luego revivirlos y torturarlos hasta matarlos de nuevo y así sucesivamente -le responde con diversión.
-Imagino que esa fue la parte difícil -entona su madre-. ¿Y la parte fácil, cuando llega?
-Tomamos helado y me cansé de escuchar sus consejos y sugerencias -responde Aye sentándose y tomando el café que le tiende su madre.
-Creo que fácil no está en el vocabulario de Gaby -suspira Lina.
-Pensó que me iba por Mateo -confiesa ella.
-¿Y por qué pensó eso? -indaga Lina.
-No lo sé -contesta Aye elevando los hombros.
-Y no te vas por él, ¿cierto? -cuestiona su madre.
-No, no -se apresura a decir-. Me voy porque es un sueño que quiero cumplir, no tiene nada que ver con él.
-¿Segura? -insiste Lina-. No quisiera que te alejes de todos por un chico.
-Segura, mamá, no es por él -responde Aye-. Admito que no lo olvidé, pero esto lo hago por mí, no por él -confiesa con seguridad.
-Está bien -asiente Lina-. Quizás te enamores de alguien más estando allá y te haga olvidar de Mateo -sugiere.
-No voy en busca de enamoramientos, voy a estudiar -expresa la joven.
-Puedes hacer las dos cosas -entona en tono cómplice.
-Ya la escuchaste -se escucha desde la puerta de la cocina y ambas dirigen la vista allí encontrándose con Alex-. Ella va a estudiar, no a encontrar chicos. No le metas cosas en la cabeza -reprende.
-Sí, señor -se burla su mujer.
-Hablo en serio -advierte él-. O va a estudiar o me voy a poner del lado de Gaby. Estoy muy seguro que habrá sugerido encerrarla en algún lugar.
-En la torre más alta que encuentre -habla Aye.
-Ves -le dice Alex a su mujer mostrando una torcida sonrisa y elevando una ceja.
-Bien, bien -se rinde Lina-. Nada de enamoramientos.
-Gracias -entona Alex satisfecho y sale de la cocina.
-Enamórate en silencio -le dice Lina en voz baja haciéndola reír.
Aunque a Aye le causara risa la complicidad de su madre, duda muchísimo que pueda volver a enamorarse, no es que no quiera hacerlo y sacarse de una vez por todas a Mateo de la cabeza, pero justamente ese era el problema, Mateo no solo estaba en su cabeza, sino también en su corazón, en cada poro de su cuerpo. No iba a ser fácil quitarlo u olvidarlo como dicen todos. Pero obviamente iba a tratar y la mejor manera que conocía para alejar a Mateo de su cabeza, era estudiando o teniendo actividades extracurriculares. Por lo tanto, eso era lo que iba a hacer en cuanto pisara el campus de Juilliards.