Los últimos sonidos nocturnos silbaron a través de la ventana entornada. El reloj marcó las doce de la noche y, a pesar de la confusión, Ana sabía con total claridad la fecha en la que estaba viviendo. Era tres de junio de 1963 y acababa de finalizar su quinto aniversario de matrimonio. No hubo una cena romántica en algún restaurante de categoría, tampoco regalos costosos como prueba de que su romance estaba más vivo que nunca. Carlos y ella poseían lo justo para sobrevivir a diario; sin embargo, en su humilde hogar, se respiraba el aroma de la felicidad.
Se casó a los dieciocho años y, en cada día vivido junto él, jamás se arrepintió de elegirlo. No podría haber sido más feliz en una casa más lujosa, ni con ropas más ostentosas ni caprichos. Su padre siempre le dijo que se arrepentiría, que no le daría la bendición a ese matrimonio y que ella debía aspirar a algo más. No, su padre se equivocaba. Nunca cambiaría la decisión de escapar de su boda con Jorge y entregarse a los brazos de los que en ese instante era su esposo.
Esa noche en su dormitorio, Ana paseó las manos por el contorno de la espalda de Carlos, gimió en protesta al sentirlo separarse de sus piernas entreabiertas y negarle el placer de tenerlo enterrado en ella. Lo escuchó reír ante su reacción y gruñir junto a su oído a la vez que volvía a embestir en su interior. Encerró la cadera de su esposo entre las piernas, a la vez que se alzó para otorgarle más profundidad.
El calor comenzó a emerger a través de su cuerpo provocando que se arqueara y se moviera debajo de él, mientras buscaba un segundo más de la deliciosa fricción. Ana rogó por llegar a la cúspide del éxtasis y, a la vez, pedía unos momentos más, una vida para retenerlo así, sobre ella.
Como si Carlos lograra leerle el pensamiento, ralentizó sus acometidas en largos movimientos que le hicieron gritar su nombre como una letanía. Entre tanto enlazaba los brazos alrededor de su cuello, y lo atraía hacía ella en un intento por evitar cualquier distancia entre sus cuerpos, aplastando los inhiestos pechos sobre la fina mata de vello que decoraba el torso de su marido. Él le murmuró palabras de amor que consiguieron aplacarla y derretirla en sus brazos, para después arremeter con fuerzas y llevarla al límite de la locura.
Un grito resonó en la estancia, y se sorprendió al percatarse de que era su garganta la que vibraba; clavó las uñas sobre sus hombros y sintió el cuerpo laxo tras sentirme bien amada. No pasó mucho tiempo hasta que él la siguió, y la llenó hasta hacerle creer que no existía nada en el mundo comparable a ese momento.
Por unos instantes permanecieron quietos, unidos y respirando con dificultad. Estaban sudorosos, saciados, pero era como si ambos pudieran leer en la mirada las necesidades del otro. Podía quedarse en esa postura hasta que las piernas lucharan por querer acomodarse en otra posición, aunque el peso de su cuerpo la aplastara y respirara con dificultad. No había nada comparable a acariciar el cabello humedecido del hombre que amaba, e intentar acomodarle el flequillo que se empeñaba en caer sobre la frente. Tampoco existía nada comparable a sentir sus poderosos brazos rodeándola, y sus grandes manos ásperas tocándola como si ella fuera su posesión más preciada.
Ana podría perderse en el contraste de su cabello oscuro, y en aquellos ojos ambarinos que le daban a su mirada un aire depredador. «Los ojos de un lobo». No se avergonzaba al pensar, que el ansia que sentía hacía él, le provocaba desear ser devorada como una oveja dispuesta.
Todo en su matrimonio era perfecto, hasta que comenzó a sentirse cada vez más agotada, más débil y enfermiza. Un simple resfriado la dejaba en cama dos semanas. Él era su contrario, poseía una fuerza vital tan extrema que la hacía sobreponerse e intentar alcanzar su nivel. Sabía que Carlos temía dejarla embarazada y, por más que le decía que todo estaría bien, él siempre se encontraba reticente. Parecía alegrarse cuando cada mes su periodo le indicaba que seguiría sin ser madre.
Carlos se removió sobre la aspereza de las sábanas, y cayó de espaldas sobre el colchón arrastrándola consigo hasta dejarla sobre su pecho. Ella levantó el rostro y se deleitó con su imagen, necesitaba guardar en la memoria cada rasgo, cada pequeña arruga que se le formaba en la comisura de los labios al entornar su bella sonrisa. Debía ser pecado ser tan perfecto. Se sentía la mujer más afortunada por tenerlo, por pertenecerle en cuerpo y alma. Sin embargo, a veces, cuando comenzaba a sentirse indispuesta y lo veía dejar todo por postrarse a los pies de la cama junto a ella, pensaba en que había sido egoísta al aceptarlo. Carlos merecía una mujer que pudiera darle hijos, que no se sintiese agotada después de hacer el amor, que no hubiese perdido toda la vitalidad siendo apenas una jovencita.
Ana luchó contra el deseo de acurrucarse entre sus brazos y rendirse al agotamiento que sentía, parpadeó varias veces para intentar disipar el sueño, pero solo logró que las lágrimas comenzaran a resbalar por las mejillas. Apretó los labios e intentó evitar que los sollozos escaparan. No quería verse como una niña incapaz de hacerle frente a la vida. Era tan egoísta por retenerlo, moría de celos con la sola idea de pensarlo junto a otra que no fuese ella. No obstante, él no parecía compartir sus pensamientos. La conocía más de lo que se conocía a sí misma.
En el mismo instante en el que su marido notó los cambios en ella, le sostuvo el rostro con ambas manos y la observó. Le ardían los ojos, sabía que los tenía enrojecidos de sueño y de intentar contener las lágrimas sin éxito. Con los pulgares él recorrió sus mejillas llevándose la humedad a su paso. Lo llevaba a cabo sin dejar de mirarla, con una expresión tan cándida y amorosa que le hacía romperse en mil pedazos. No lo merecía. Aquel gesto se había convertido en un ritual. Cada noche sin importar la hora, el cansancio o si habían tenido alguna trifurca; al traspasar el umbral de la puerta que daba a la austera habitación, cualquier disputa desaparecía entre las cuatro paredes. Se miraban a los ojos y la ropa comenzaba a desaparecer de sus cuerpos ansiosos por sentirse. Al finalizar, él la miraba y le acariciaba en silencio hasta que ella lo rompía con su inseguridad.
-¿Me a-amas? -pronunciaba a la vez que intentaba ahogar un hipido.
Su pregunta siempre era recibida con una sonrisa burlona, que la hacía olvidar cualquier pesar que la afligiera.
-Más de lo que puedo expresar con palabras, mi Ana, ¿acaso no te hice sentir así? -El sonido de su voz era varonil, ronco y, a pesar de saber que su amor era correspondido, no podía evitar necesitar escucharlo.
-¿Para siempre? -ronroneaba, mientras le sujetaba las manos contra su rostro y ladeaba la cabeza para besarle la yema de los dedos.
-Te amaré cada minuto del resto de mi vida, porque solo necesito mirarte a los ojos para saber que moriría sin ti.
Ana se alzaba dejándose caer sobre un codo para poder mirarlo. Sabía que su esposo esperaría que continuara con el interrogatorio y nunca lo defraudaba.
-¿Y si un día ya no puedes verme? -La cama solía temblar con el movimiento de Carlos cuando comenzaba a reír.
-Mientras te recuerde, mi amor, no podré dejar de amarte. Incluso si un día mi memoria falla, mi corazón me gritará la verdad. -Enredaba el dedo índice en uno de sus mechones, y tiraba de él con delicadeza para obligarla a acercarse y darle un beso en los labios.
-¿Y si el corazón te falla? -murmuraba casi sin despegar su boca de la de él.
-Entonces tendremos un grave problema. Duerme, es tarde.
Casi podía recordar cómo si ocurriera en ese momento, la tibia caricia en su mejilla y el último beso sobre la punta de la nariz.
Ana obedecía y se recostaba sobre el torso desnudo que, como cada noche, le servía de almohada. Se quedaba callada durante varios minutos y relajaba su respiración hasta sentir el suave vibrar de los latidos del corazón junto a su oído. Traviesa, cesaba cualquier movimiento de su cuerpo y fingía quedarse dormida.
-Cada recuerdo junto a ti está grabado en mi alma, mi dulce Ana. Te amaré en cada una de mis vidas y, si la reencarnación no existe, mi espíritu vagará por el aire hasta encontrarte. Así, cuando sientas la brisa rozar tu cuerpo, sabrás que soy yo abrazándote.
Escucharlo le provocaba morderse el labio inferior y sofocar un suspiro. Le había hecho las mismas preguntas desde la primera noche de su matrimonio y, en cada una de ellas, él le respondía lo mismo.
-Yo también te amo. -Levantaba el rostro y lo miraba con gesto somnoliento-. Lo sabes, ¿verdad?
-Lo sé, cariño, lo sé. Duérmete, pequeña tramposa, deja que este hombre mantenga un poco de dignidad cuando se declara pensando que no lo escuchas.
Después de sus palabras siempre obedecía, y se fundía en un sueño que la transportaba como si se desplazara en un tornado que la abrazara a sus garras, llevándose con él todo, incluido su único amor.
Cuando abría los ojos en la mañana la cálida habitación que la envolvía en sueños no era más que un recuerdo, uno que pertenecía a otra época y a un pasado que no era el suyo. Estaba rodeada de otros muebles, de otras sábanas y de un ambiente muy distinto. La Ana de sus sueños, la mujer débil y enfermiza había desaparecido. Por más que la sintiera parte de ella, su nombre era Leire y lo único que tenían en común era que estaban enamoradas del mismo hombre. Uno que no existía, el mismo que la visitaba cuando perdía la consciencia y se dejaba amar siendo otra.
«Carlos». Su nombre era lo primero que aparecía en su pensamiento al despertar, justo antes de palpar las sábanas, la almohada y descubrir que todo fue un sueño. Que ya no se encontraba entre sus brazos, a pesar de que cada fibra de su ser le gritaba que era real. Que todavía sentía el calor de sus besos sobre los labios, el tacto de sus manos cuando recorría la piel desnuda y el sonido de su voz junto al oído. Amaba aquel arrullo nocturno más de lo que podía explicar con palabras. No existía vocabulario, ni idioma, para expresar el dolor que la apresaba cada mañana.
El vacío en el que caía al encontrarse sola y saber que, por más que lo intentara, él era producto de su imaginación. Ella vivía en el año 2018.
Se arrastró por el colchón hasta dejar los pies reposar en el suelo. Se restregó los ojos y maldijo encontrarse en aquella habitación. Era muy complicado amar dos vidas, amarlo a él y saber que se estaba volviendo loca. O tal vez lo estaba desde hacía mucho tiempo.
La puerta de la habitación comenzó a vibrar con los fuertes golpes que Elena le propinaba. Antes de que le diese paso, su mejor amiga se aventuró al interior, la miró desde la puerta y colocó los brazos en jarra.
-Floja -siseó entre dientes-. Son las doce de la mañana y tienes la marca de la almohada en la cara. Ya deja la depresión, ¿no?
Elena tenía el cabello castaño claro, mojado y recogido en una coleta alta. Llevaba una camiseta negra de tirantes ajustada, unas mallas del mismo color y unas deportivas. La tela se le adhería al cuerpo humedecida por el sudor. Lo más probable es que acabara de regresar de su carrera por el parque.
Leire se levantó de la cama refunfuñando y caminó hacia ella, la apartó y salió del cuarto directa a la cocina.
-¡Hola, hola, hola! ¿Acaso soy invisible? -Su amiga la alcanzó y se sentó en el taburete junto a la barra americana-. Corro cada mañana para estar en forma, pero este cuerpo serrano no fue esculpido para ser ignorado.
Leire podía contestarle y continuar la misma discusión de cada día, pero no estaba preparada para hacerlo sin su dosis de cafeína diaria. Elena y ella eran amigas desde el instituto. Desde entonces fueron inseparables. Llevaban diez años compartiendo un apartamento de alquiler, y después de ese tiempo parecía que su compinche seguía sin percatarse de que, sin su café, no era un ser humano.
Dejó caer el agua en la cafetera y la encendió. A los pocos minutos el delicioso aroma a nuevo día impregnó sus sentidos.
-Ya hablamos de esto -murmuró sin dejar de mover las manos. Agarró la taza, agregó azúcar y leche-. Necesito mi droga antes de entrar en debates sobre mi forma de vida.
-Leire..., no puedes seguir así.
-¿Lo dices de verdad? -preguntó sarcástica-. Si no me lo dices no me habría dado cuenta, ¡mira qué eres lista! -Sujetó la jarra con cuidado, aspiró el aroma y sirvió el contenido en la taza.
Movió con tanta lentitud la cuchara, que parecía haberse adentrado en una película en cámara lenta. No deseaba que se derramara una sola gota. Con la misma meticulosidad, sostuvo un paño y lo paseó por la parte baja para asegurarse de que no estuviese manchada. En el momento que fue a dejarla sobre la barra, arrugó el entrecejo y lo pensó mejor. Con el mismo paño comenzó a limpiar el mueble, equilibrando la taza en la mano como el mejor malabarista.
-¡Está limpio, doña mugre! ¡Qué asquerosa eres!, tú y tu obsesión con que se pueda pasar la lengua por encima. -Elena elevó los brazos y estiró las palmas junto a la cabeza.
La ignoró, ¿qué otra cosa podía hacer? Limpiar la ayudaba a controlar la ansiedad, y en esos días estaba desbordada. Buscó un posavasos y dejó la taza sobre él. Se sentó en el taburete junto a Elena y suspiró al llevarse el primer sorbo de bebida a los labios.
-Ahora sí, ya puedes hablar. -Su amiga la miró y arqueó una ceja.
-Pues ahora no quiero. -La vio llevarse los brazos al pecho y darle la espalda mientras tamborileaba el pie en el suelo.
-Mejor -fue la escueta respuesta.
Si bien el café comenzaba a hacer efecto en su organismo, el sueño de la noche anterior la seguía torturando.
-Te levantas a las doce de la tarde con los ojos tan rojos que pareces Drácula, en las noches te escucho gritar como la llorona, Carlos por aquí, Carlos por allá, Carlos dame más duro. -Con la taza asegurada en la barra, se volvió hacia la espalda de Elena y le propinó un tortazo en la nuca.
Su amiga que no esperaba la reacción, no le dio tiempo a sujetarse y cayó como un costal de patatas al suelo, con las piernas enredadas entre la madera del taburete y los brazos cubriéndole el rostro para protegerse.
-Pero ¡¿qué te pasa, tía?! -aulló con la boca pegada al suelo.
Como un gusano se liberó del amarre del mueble, y fue dándose la vuelta hasta que quedó mirándola con los labios fruncidos y la nariz arrugada.
Leire ahogó una carcajada y simuló estar bebiendo. De pronto el cielo ya no le parecía tan gris, ni la mañana tan detestable. Ver a Elena como una rana en el suelo debatiéndose entre gritar o hacerse la digna, hacía que mereciese la pena haberse despertado.
-Lo único que pasa es que no me tomé el café, y, mientras no tenga en el cuerpo hasta la última gota, estás jugando con fuego. -Su amiga apoyó las palmas en la loseta y se mantuvo sentada.
-No puedes seguir así, ya me canso a mí misma de repetirme, ¿cuánto llevas con las pesadillas? Las tienes desde que te conozco. Tal vez la psiquiatra... -Apuró el café de un sorbo y la enfrentó con el dedo índice como si fuese una espada.
-¡Todas las mañanas lo mismo! Estoy bien y no hay más que hablar. -Se levantó, molesta.
Sentía el estómago gruñir por el hambre, pero no estaba dispuesta a seguir un minuto más en la cocina. Tras proferir unas cuantas maldiciones se dirigió a la habitación, a la vez que sintió en su espalda la presencia de su amiga que había recuperado la posición vertical, y la seguía sin estar dispuesta a dejarla decir la última palabra.
-No estás bien, lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe hasta el portero. Tienes la misma vida sexual de una ameba, incluso Jason me preguntó si somos lesbianas. Y no es que me desagrade la idea, pero ¡estás destrozando mi poca reputación!
Leire se apoyó en el marco de la puerta, sostuvo el pomo entre las manos y lo apretó hasta hacerse daño con las uñas. ¿Qué le importaba a ella lo que pensara el portero?
-Se llama Rodolfo, cerebro de nuez, ¡Rodolfo! Ya deja de ir cambiando el nombre a cada bicho viviente porque no sea de tu agrado, o porque te parezca feo. -Una vez que desfogó los nervios, mostró una pícara sonrisa y se acercó a su amiga con un contoneo de caderas seductor. La agarró de las muñecas y recorrió los brazos con una caricia hasta llegar a los hombros y detenerse allí-. Tú, yo, mi cama y unas tijeras; no sé, piénsalo. Podría haserte muy felis.
-Échate pa' llaaaa, pervertida. -Elena se soltó del agarre con un par de manotazos y bufó como un toro-. Lo llamo Jason porque tiene toda la cara del loco de Viernes trece , cada vez que lo encuentro en el pasillo le miro el pantalón no vaya a ser que guarde una sierra eléctrica.
Leire se escuchó a sí misma reír, y se sorprendió al percatarse de lo mucho que hacía que no se carcajeaba con tantas ganas.
-Eso que guarda no es una sierra, es una erección de caballo. Hace tres días bajé a tirar la basura y me lo encontré en el ascensor, respiraba como asmático y tenía la porra como el asta de una bandera. Rodi es un peligro público, él sí que tiene poca vida sexual.
Elena se revolvió, fingió un escalofrío y acercó dos dedos a los labios para fingir provocarse una arcada.
-Ahora sí me acabas de estropear la mañana. -Su amiga le dio la espalda y se alejó hacia la sala; antes de desaparecer, la miró y dio el último grito-. ¡Te traje un periódico! ¡Tiene ofertas de empleo!
La observó caminar por el pasillo y se adentró a su habitación, cerró la puerta y se recostó contra ella a la vez que emitía un sonoro suspiro. Su amiga tenía razón, no se encontraba bien. Comenzaba a creer que estaba loca, que no era normal. Desde que era una niña visitó un sinfín de terapeutas. Cuando a una temprana edad comenzó a hablarle a su madre de un rostro masculino que veía en sueños, ella la acusó de tener demasiada imaginación. Le dijo que, si rezaba cada noche antes de ir a dormir, no tendría pesadillas. Después de tantos años tenía el recuerdo de su madre sentada a un lado del colchón, sosteniéndole las manos mientras la obligaba a repetir: «Cuatro angelitos tiene mi cama, dos a los pies, dos a la cabecera...». Aquel rezo de su niñez no sirvió, a sus treinta años continuaba sucediendo.
El rostro que se presentaba como una quimera fue acrecentando su presencia conforme maduraba. La adolescencia fue una etapa dura, aquella imagen difuminada en la memoria se hizo cada vez más certera, más real. Ya no era alguien sin nombre. Se llamaba Carlos y cada noche se adentraba en su mente para bombardearla con unos recuerdos que no comprendía. Aquel hombre le resultaba más suyo que su propia familia; era tan fuerte el sentimiento que prefería dormir a estar despierta, estar encerrada en la habitación era mejor que convivir con amigas y disfrutar de una etapa importante como era la adolescencia.
Apenas a los doce años ya podía decir que sabía lo que era sentirse enamorada y sufrir por un amor no correspondido. Porque por más que rozara ese dulce sentimiento en sueños, Carlos no se lo procesaba a ella, ese hombre adoraba a una mujer tan parecida a sí misma que a veces se confundía. Su cabello era más anaranjado que el de Ana, su tez no era cetrina y medio enfermiza, pero el extraño color de ojos sí era idéntico. Sin embargo, por unas horas Leire podía simular y creer que era ella, que esa sonrisa que él esbozaba y las promesas que le dirigía a esa mujer eran propias.
El nombre de Carlos se hizo tan presente en su vida, que sus padres terminaron por llevarla al psiquiatra. No hubo terapia que consiguiera arrebatarlo de su mente. Se convirtió en la rara de la escuela al confiar su mayor secreto a su mejor amiga de aquella época, Laura. A la niña le pareció muy gracioso contar con todo detalle sus fantasías y quedó relegada a ser invisible, eso en los mejores días. En los peores le hacían llegar notas firmadas con una C, le susurraban el nombre de su amor en la nuca conforme andaba por los pasillos, o los escuchaba murmurar y reírse a su espalda.
Cuando faltaba una semana para cumplir los catorce años, Leire tomó una decisión que cambiaría su vida. Los pocos momentos felices trascurrían en sus sueños, y ¿acaso la muerte no era un sueño eterno? La vida, incluso siendo tan joven, se le hacía una pesada carga. Incomprendida por todos, sin amigos, sin el apoyo de su familia, sin nadie a quien contarle sus miedos o anhelos... Era insoportable.
Cansada de existir aprovechó la ausencia de sus padres y buscó los medicamentos para la depresión de su madre. Esa enfermedad también era culpa de ella. Su madre no podía soportar ver a su hija volverse loca, fue demasiada presión y sucumbió a la tristeza. Su último recuerdo de ese día fue sentir su cuerpo recostarse en la cama, mientras una sonrisa cubría su rostro al imaginarse por fin junto a él.
No obstante, despertó en la habitación de un hospital sin conciencia del tiempo transcurrido. Después de una semana en coma descubrió que morir no era la solución. No tenía recuerdos de esa etapa, pero supo con certeza que él no estuvo junto a ella.
Tras el suceso, su familia decidió vender la casa y mudarse de Sevilla a Málaga, con exactitud a Marbella. Los doctores creían que un ambiente costero, con buen clima y nuevas amistades podría ayudarla a recuperarse. En parte tenían razón. Nueva escuela, nuevos amigos y nadie que supiera su secreto excepto ella. Hasta que conoció a Elena, la única persona que nunca la juzgó.
Leire negó con la cabeza y se frotó la frente. ¿Qué sería de ella sin la loca de su mejor amiga? O como le gustaba llamarla, Nena.
Tenía que buscar trabajo y afrontar que por más que quisiera volver a ejercer de enfermera, el hospital hizo recorte de personal y se encontraba en el paro desde hacía dos meses. El estómago no se llenaba de ilusiones y el alquiler tampoco se pagaba con sueños.