Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Mira más allá
Mira más allá

Mira más allá

Autor: : Andy Díaz
Género: Romance
La vida de Miranda Vander no podría ser mejor: vive en una agradable residencia que dirige su abuelo junto con otras personas que considera su familia, tiene amigos grandiosos, está rodeada de naturaleza y es feliz con lo que tiene. Su cotidianidad se revuelve cuando una nueva familia se muda con ellos y conoce a Ian Lukasiac, un chico amargado, cerrado y muy gris. Ella querrá ser su amiga, a él no podría importarle menos, mas lo que acabará por unirlos es la forma en la que el pasado de ambos comienza a volver para atormentarlos; mientras que Miranda tendrá que desenterrar situaciones familiares complicadas, Ian luchará con el profundo dolor que arrastra desde hace años. Al final, y contra todo pronóstico, serán de vital importancia para que el otro logre superar sus problemas, con un extraño e inesperado romance en el proceso.

Capítulo 1 1

Veo por la ventana del auto como la niebla cubre a lo lejos la cima de la montaña. A esta hora de la mañana, a pesar de que ya casi acaba la primavera, el frio es innegable, haciéndome salir con una chaqueta sobre mi blazer escolar rojo. Seguro a la tarde ya no lo necesitaré, y solo será una carga el resto del día.

Debemos bajar unos veinte minutos para llegar al pueblo, donde se encuentra mi escuela. El trayecto siempre es rápido porque, mezclando la carretera vacía y las conversaciones chistosas con mi mejor amigo, Jake, es imposible que me fije en el tiempo.

-Al fin sales de clases, es un fastidio llevarte y buscarte -comenta él, con una sonrisa en la cara.

-Como si no tuvieras que hacer la misma ruta de todos modos, dramático -bufo.

-Si no estuvieras sería silencioso al menos.

-¿Me estás diciendo que hablo mucho?

-Básicamente.

Miro al frente para notar que ya estamos llegando al pueblo, puesto que ya pasamos las parcelas y entramos a un mundo más junto, con vecindarios y apartamentos. El pueblo no es ni grande ni pequeño, es normal encontrarse conocidos a cada rato a donde sea que vayas. En esto punto, faltan pocas calles para llegar a la escuela, donde por suerte Jake debe pasar para ir a su trabajo.

-Mi abuelo te contó lo de los nuevos inquilinos, ¿cierto? -le pregunto, tocando un tema por el que estoy bastante emocionada.

Desde hace años vivo en una residencia, de la cual es dueño mi abuelo. Con la mayoría de los que viven allí me llevo justo como si de familia se tratara, mas hay otros a los que jamás les he dicho nada que no sea "buen día". Hoy llegan nuevos huéspedes, así que dar una buena primera impresión es mi prioridad. Me gusta llevarme bien con mis vecinos, sobre todo si se trata de unos a los que probablemente veré varias veces al día.

-Sí, apenas me lo comentó ayer en la noche -asiente, sin quitar la vista del camino.

Por supuesto, Jake también vive allí, y gracias a eso somos amigos hoy en día.

-Igual a mí, tampoco me dio muchos detalles -digo mientras reviso las notificaciones de mi teléfono-. Espero que sean agradables.

-Tampoco te ilusiones, no todo el mundo que entra por esa puerta puede ser tan genial como nuestra familia -se encoje de hombros.

-Todos pueden serlo, no todos quieren serlo -le corrijo.

Familia. Como amo esa palabra. El único con quien comparto sangre es con mi abuelo, el resto son solo persona que se volvieron parte de mi vida en el camino. A pesar de que no tenemos razones para ser cercanos, lo somos porque nos queremos, porque, con lo bueno y lo malo de cada uno, logramos encajar. Esa es la esencia de una verdadera familia.

Es irónico, porque vivo desde los doce con mi abuelo, y no porque no tenga madre, o padre, o hermanos, sino por algo mucho más complicado que eso. Soy un extraño caso, una huérfana de mentira, parte de un exilio voluntario por mi propia libertad. Suena muy dramático, ¿eh? Pues eso es solo la punta de un iceberg muy profundo.

-Además, mientras más seamos, mejor -agrego.

-No si se trata de chicos -me mira burlón-. Mientras más chicos, menos Miranda para mí, no puedo soportar eso -sus ojos cafés miran los míos con esa ternura inconfundible.

Cualquiera podría pensar que hay un tipo de romance, pero no lo hay. Nuestra relación es intima, tan fuerte que conocemos los secretos mejor guardados del otro, tan fiel que nos defendemos como un dúo de acción contra los malos. Eso, por supuesto, ha traído a través del tiempo muchas bromas por parte de los demás, y no se les puede culpar, ya que les damos tela para que sigan molestando.

Aun así, mi amigo no duda en tomar esas bromas para hacerlas realidad de vez en cuando, lo que produce risas entre todos con sus intentos de coqueteo, que serían bastante efectivos en cualquier chica que no sea yo. No tengo idea de qué hace que no caiga ante su atractivo indudable y su sonrisa perfecta. Puede que sea el hecho de que, con todo y su físico de modelo, no puedo verlo como algo más que un amigo, uno asombroso.

-Yo nunca te cambiaría por otro chico, a menos que tenga un auto más bonito -respondo a su juego justo cuando llegamos a la escuela.

-¿Qué puede ser más bonito que este bebé? -soba su volante con cariño.

Sí, una camioneta de cabina simple blanca -y sucia- es insuperable.

Me despido de Jake y bajo del vehículo para entrar en la escuela. Este, ni lento ni perezoso, sigue su camino hacia su trabajo de mesero en el restaurante que queda a dos kilómetros.

Los pasillos de la escuela están llenos de un ruido agradable. Gente hablando, pasos, casilleros abriéndose y cerrándose; la verdad el ambiente siempre es algo apagado, menos hoy, al ser el último día. Todos usamos el mismo uniforme: camisa blanca de manga corta, corbata y blazer rojo, y pantalón o falda a cuadros. Nada glamuroso, debo decir.

Me encuentro con Britt y Emily, mis amigas más cercanas y queridas en todo el mundo. Soy el tipo de chica sociable, pero solo ellas dos lograron obtener un lugar dentro de mi corazón. Britt, con sus ocurrencias, siempre dice lo que piensa sin importarle si suela loco. Emily es más como la madre del grupo, ese lado racional y, de alguna manera, la contraparte de Britt, pues su actitud tranquila es casi inquebrantable. Es de las tres la única que se maquilla, y desearía poder delinearme el parpado como ella.

-Vamos al salón, el profesor Mikels dijo que le ayudáramos antes de que el timbre tocara -nos hala Britt hacia la sala de nuestro profesor jefe.

Hoy, como el típico último día del año escolar, en realidad no vemos asignaturas, sino que pasamos el rato en actividades entretenidas como una despedida a la escuela y bienvenida a las vacaciones. La primera hora se ocupa con un pequeño compartir entre compañeros del mismo curso y su profesor en jefe, en la sala del mismo, justo donde nos dirigimos.

-Chicas, ayuden a Niall a poner los bocadillos en la mesa, ese chico se distrae demasiado fácil -menciona el profesor cuando llegamos a su sala.

Nosotras le hacemos caso, al igual que el resto de sus estudiantes, quienes ayudan decorando o sirviendo bebidas.

La hora pasa volando, pues solo es reír y comer juntos. Britt, como es de esperarse, no duda en ponerse a cantar a todo pulmón cuando a alguien se le ocurre la genial idea de poner su canción del momento en las bocinas. Es gracioso que al final todos acabemos bailando o cantando como ella. Típico, mi amiga animando hasta lo ya animado.

El resto del día son cosas como un postre especial en la cafetería -tarta de limón con algunas trufas de chocolate al lado-, la tradicional entrega del anuario, un mini evento de talentos en el gimnasio y, por último, una charla en el auditorio donde los profesores cuentan las mejores anécdotas de todo el lapso escolar. Nunca me canso de esto, de sentir que, como estudiantes, le importamos de verdad a quienes toman cargo de nosotros. Los profesores demostraron en cada momento su interés en ayudarnos, y puede que por eso es muy raro que un estudiante no pase al año siguiente. Esta escuela es grandiosa.

-A los que pasarán al nuevo reto que es la universidad, les deseamos la mayor de las suertes -dice con un cariño notable la directora de la escuela-. Por otro lado, a quienes en unos meses volverán, esperamos que tengan unas grandiosas vacaciones, y que el siguiente año supere con creces a este -concluye.

Aplausos, timbre, abrazos, salida. Así concluye mi último día de clases como estudiante del cuarto año.

¿Qué aventuras me esperarán en el último año?

Supongo que no es momento de pensar en eso.

-Chicas, Jake ya debe estar por llegar, ¿me acompañan afuera? -les pregunto mientras vacío mi casillero, que convenientemente está al lado del de Emily.

-Uh, Jake, divino-babea Britt-. Ya quisiera yo que alguien como él me buscara.

-Eso no responde mi pregunta.

-Eso es un sí.

Ya en la salida, nos apoyamos de la pared y charlamos sobre el ultimo evento del día y el que, de hecho, es más importante: la fiesta de despedida.

-Miranda Vander, te lo advierto, tú llegas a faltar a esta fiesta y te quedarás sin cejas -me amenaza Emily.

No me gustan las fiestas, ni siquiera las tranquilas y semi sanas que hacen mis compañeros por cualquier idiotez que pasa. En esta ocasión, para complacerlas, y para dejarme disfrutar un poco de la cotidianidad juvenil, aseguré que iría. Dudo que vaya a pasarla mal, pero me iré temprano, de eso no hay duda.

-Lo sé, lo sé, esta vez no voy a faltar -levanto las manos-. Si llego tarde, es por la bienvenida a los nuevos inquilinos. Saben que estoy obligada a participar en eso.

-Es a las ocho, y si no estás en mi casa después de las nueve yo misma iré a buscarte -me señala con su dedo, aún más intimidante.

El sonido de la bocina de la camioneta de Jake me salva de que Emily me arranque los ojos. Me despido de ambas con la promesa de verlas más tarde, por lo que espero que a mi abuelo no se le ocurra ponerme obstáculos, cosa que nunca hace a propósito ya que me deja hacer lo que yo quiera. Podría drogarme en frente de él y no le importaría demasiado, le vendría bien preocuparse un poco más y no ser tan confiado.

Ya en el camino de vuelta a casa, Jake me cuenta lo horrible que es el turno de la mañana, y que gracias al cielo los viernes no tiene trabajo en la tarde. A esta hora, a diferencia de cuando me trajo, el clima es tan fresco y agradable que mantengo la ventanilla abierta para dejar entrar la brisa. Cuando Jake abre el portón que nos lleva a la residencia, ya tengo el cabello con un montón de nudos que, seguramente, tardare bastante en desenredar.

Vale la pena.

-Por cierto, ¿estoy invitado a la fiesta? -pregunta este al estacionar la camioneta al lado del auto de Marieta.

-No querrás tener a mis amigas mirándote como si fueras una tarta de chocolate -le respondo.

-La verdad no me quejaría. ¿Puedo?

-Sí, sí puedes -accedo. Se lleva bastante bien con mis compañeros.

El estacionamiento solo tiene unos seis autos, la mayoría de los inquilinos va y viene en moto o bicicleta. Si yo pudiera elegir entre esos tres, preferiría tomar a uno de los caballos que tenemos en el establo y andar así por el pueblo, como los hombres que venden frutas con una carreta.

Desde niña he sido alguien muy simple, no me atrae tanto lo costoso, brillante o de marca, tampoco me gustan los lujos. Cuando tenía siete años soñaba con vivir en una casa del árbol en medio de un bosque -uno mágico, para variar-, donde yo misma cuidaría y jugaría con los animales, cosecharía y viviría grandes aventuras combatiendo a los magos oscuros que intentaran atacarnos. Mi imaginación enloquecía a veces, pero cuando la realidad me golpeaba en forma de palabras por parte de mi madre, diciéndome que dejara de fantasear tanto, me hacía despertar de algo que creía posible.

Ahora vivo en un edificio de varios pisos que, si bien no está en medio del bosque, está al lado de este. No tengo muchos animales, pero sí dos caballos a los que cuido con Jake. Tampoco hay magia, o sí la hay, solo no de la que yo pensaba.

En resumen, no me arrepiento de haber sido apartada por mi "familia". Llegué a un lugar mucho mejor, donde puedo ser yo misma, y puedo ser feliz.

La estructura de la residencia es simple pero muy cálida, con paredes de piedra y madera de cedro, muchas ventanas grandes, algunos balcones pequeños en cada piso y, por supuesto, rodeado de flores que, junto con el vivero, es cuidado por Jullie, una anciana muy amiga de mi abuelo que vive aquí desde mucho antes que yo.

La puerta es abierta por Jake en un gesto caballeroso, ambos entramos a la sala principal donde de inmediato vemos a Erick y a Chris viendo un partido de futbol. Esos dos son como tíos para mí, y en ocasiones a veces también como hermanos mayores... o menores, depende del día y de cómo actúen. Su hobby favorito es ver deportes, cualquiera, les entretienen todos.

-Hola, hola -les saludo desde detrás del sillón. Jake sube a su habitación.

-Eh, niña ¿Qué tal te fue en tu ultimo día? -pregunta Erick.

Él es profesor, y más de una vez tuvo que ayudarme a estudiar. Eso formó un lazo bastante cercano entre ambos.

-Genial, ¿hoy no diste clases? -Chris está demasiado concentrado en el partido como para notar mi existencia.

-Hoy volví temprano, para mi suerte -trabaja con niños de primaria. Sería divertido que fuese profesor en mi escuela.

No me sorprendería que sea acosado por madres solteras de los niños a los que enseña, pues tiene un gran físico y mucho carisma. Chris, por otro lado, es un fortachón barbudo rubio que con la ropa correcta parecería un vikingo.

-¿Y el abuelo?

-Creo que está revisando una de las lavadoras, parece que se averió. Espéralo arriba, con los nuevos inquilinos en camino dudo que tarde mucho en irse a arreglar.

Cierto, yo también debería arreglarme y vigilar que todo esté en orden. Para no perder tiempo, subo las escaleras que me llevan a los distintos pisos. La segunda planta tiene otra sala, aunque esta es más sencilla, con libreros y una computadora que todos son libres de utilizar. Las habitaciones están hacia la derecha, sobre el comedor, la cocina y la lavandería, esas son las habitaciones más pequeñas, una de ellas está libre, y las otras tres son ocupadas por unas chicas universitarias, Jake y Jullie.

En el tercer piso hay habitaciones un poco más grandes, y viven Marieta, Erick, un matrimonio poco social pero amigable, y Chris. Este tiene un almacén sobre las habitaciones de abajo, donde guardamos todo tipo de cosas de mantenimiento, limpieza y hasta pertenencias de algún inquilino que no tenga suficiente espacio.

Al llegar al cuarto piso, que es donde está mi departamento, voy automáticamente a la puerta que está al fondo y a la izquierda. En este piso están los espacios más grandes, y uno de ellos posee una habitación en la terraza, lugar al que solo voy yo de vez en cuando para pensar o contemplar la vista.

Los nuevos inquilinos vivirán en esa habitación, así que supongo que son una familia con unos dos o tres hijos que necesitan más espacio. En este piso solo hay tres espacios, uno de esos lo ocupamos mi abuelo y yo.

El apartamento donde hemos vivido desde hace mucho no es la gran cosa: tiene una cocina eléctrica que usamos pocas veces, un refrigerador mediano, una sala de estar acogedora, dos habitaciones y un baño. Las ventanas tienen algunas macetas con flores coloridas y el balcón está decorado con nada más que un par de sillones de exterior individuales.

Con el silencio, que es lo único que me acompaña en este momento, solo puedo pensar en lo diferente que era cuando mi abuela estaba aquí. La radio siempre tenía una canción alegre y vieja puesta como relleno, solía oler a manzana y canela por ese típico aromatizante que rociaba de forma religiosa cada día, y cómo olvidar su voz cantando o tarareando cualquier cosa... Hace ya dos años que murió por un paro cardíaco, y la única razón por la que ya no estoy triste es por la última vez que hablé con ella.

Llevaba tiempo teniendo problemas con el corazón. La internaron por un primer infarto hacía una semana.

-Mi princesa -me sonrió en esa visita al hospital que no fue procedida por ninguna otra-, me alegra que me vengas a ver. ¿Y tu abuelo?

-Tuvo una baja de tensión, lo están atendiendo, seguro entrará en unos minutos -le respondí, usando todas mis fuerzas para no llorar. Lucía muy despierta y colorida, aún en la debilidad que padecía.

-Ese viejo terco, le dije que se tranquilizara un poco -bromeó, aunque sin las ganas con la que lo hacía usualmente-. Eres tan hermosa, Miranda, como una estrellita en la noche -dijo risueña-. Estos han sido los años más felices contigo a mi lado -me acerqué y no dudo en levantar su brazo para acariciarme la mejilla.

-Los míos igual, y haremos muchas cosas divertidas cuando te recuperes -mi comentario, aunque quería ser sincero, no era creíble. Su corazón estaba demasiado débil, era solo cuestión de tiempo, ya nos lo había advertido el doctor.

-Sí, pero no seas una luz para mí sola, alúmbrales los días a todos. Una sonrisa tuya basta para poner a alguien feliz -evadió lo que le dije-. El mundo necesita más chicas fuertes y sinceras como tú.

Seco las lágrimas que están a punto de salir de mis ojos. No, Miranda, no llores, ella no querría que lloraras.

Me acerco hacia la maceta con rosas silvestres que ella misma cuidaba, y que en su memoria yo también lo he hecho. Me recuerdan a ella, las mire por donde las mire. Tienen su alegría, su olor, su belleza.

Sacudo la cabeza y alejo cualquier pensamiento triste. Me doy la vuelta y sigo a lo que venía.

En mi cuarto tengo decoraciones que yo misma hice viendo videos en internet y muchas fotos pegadas en la pared, de resto no hay nada muy destacable. Me quito el uniforme y lo guardo en mi closet. Busco qué ropa ponerme y opto por un short volante blanco con una blusa de encaje de mangas largas color azul. Solo cuando recibimos invitados me esfuerzo en verme bien.

Tomo una ducha larga, para lavar mi cabello y relajarme. Durante esta solo puedo pensar en cómo serán, qué tipo de actitud tendrán, y en si se relacionarán con nosotros o solo estarán por su cuenta. La verdad me gustaría que fuese la primera opción, pues compartir con gente nueva es algo que de verdad me encanta. Si fuera así, nos acompañarían en nuestras horas de comida donde todos juntos ayudamos, hablamos y reímos. Algunos tienen cocina en sus habitaciones, otros no, por eso hay un comedor compartido en el primer piso.

Salgo de la ducha como un perro recién bañado, con mi antes esponjoso cabello pegado a la piel. Cuando vivía con mis padres, solían alisármelo cada vez que lo lavaba para que se viera '"más bonito", cosa que se acabó al llegar aquí.

Vuelvo a mi habitación y me visto. Ya con la ropa encima, desenredo mi cabello, que no está tan rebelde gracias al acondicionador. Escucho la puerta cerrarse, cosa que me avisa que mi abuelo ha entrado a la sala.

-Hola, abuelo -le saludo cuando salgo de mi cuarto.

-Hola, linda -sonríe con su típica ternura. Es un hombre absolutamente adorable, no mataría ni a una mosca-. Qué bien que ya estés lista, justo venía a bañarme -comenta tomando agua-. Se dañó una lavadora y tuve que ir a repararla, por suerte no era nada grave.

-¿A qué hora llegarán los nuevos inquilinos? -le pregunto, cambiando de tema.

-En una hora, más o menos -responde dejando el vaso en su lugar-. Marieta y Jullie están preparando bocadillos, puedes ir a ayudarlas si quieres.

-Iré -asiento, y hago lo que me ha sugerido.

Marieta es como esa típica mujer soltera que te hace preguntarte por qué está soltera. Tiene un físico envidiable a sus 36 años, unos ojos azules preciosos y un cabello anaranjado largo y bien cuidado. Además, es abogada, cargo que le podría tener viviendo la buena vida en la ciudad, mas eligió un lugar como este, ¿quién lo pensaría?

-Miranda, hazlo bien, sino mejor lava los platos -me regaña ella, con su típico carácter fuerte-. Yo acabo de llegar del trabajo y tengo más energía que tú, chica.

Bueno, batir mezcla de galletas no es lo mío.

-Déjala, Mari -dice despreocupadamente Jullie-. Lo importante es hacerlo con amor.

-Frase cliché -niega con la cabeza-. Cierta, pero cliché. Si no lo hace con fuerza no quedarán buenas.

-Gruñona -se mofa la abuela.

Jullie es lo contrario a Marieta: relajada, consentidora, sin preocupaciones... Ah, y alguna vez fue bailarina de ballet, así que tiene bastante destreza y resistencia. Puede hacer aún un Split perfecto.

-No importa, lo haré con más ganas -complazco a Marieta, que nunca se deja doblegar.

-Así me gusta -sonríe, como si nunca me hubiera regañado.

Marieta trabaja ciertos días a la semana como guía de un hotel bastante visitado por los turistas, que se encuentra a una hora de aquí, yendo mucho más arriba de lo que estamos. Allí va la gente para hacer esquí. Ya que todavía no comienza la temporada alta, no trabaja hasta muy tarde, pero la próxima semana seguro volverá a la llegada de la noche si tiene suerte.

La razón de que no tenga un trabajo como abogada sigue siendo un misterio.

Es típico aquí hacer bienvenidas a los nuevos inquilinos con mucho esmero: preparamos dulces y bocadillos, ordenamos todo, les explicamos las cosas básicas para empezar de forma tranquila y hablamos para conocernos mejor. Claro, en esta ocasión yo solo me quedaré un rato. He prometido asistir a la fiesta de fin de curso.

Pasado un buen rato, en el que acabamos con la preparación y solo ponemos cada tazón en la mesa de vidrio que hay en la sala, escuchamos cómo un par de vehículos se estacionan en frente del edificio, quienes son, por supuesto, la nueva familia. A pesar de que invitamos a todos en el edificio a recibirlos, solo estamos los de siempre: Marieta, Jullie, Jake, Chris, Erick, mi abuelo y yo. El resto, o no están en la residencia, o ignoraron la invitación.

Mi abuelo es el primero en salir a recibirlos. Nosotros desde adentro esperamos para darles la bienvenida. En ese par de minutos pienso de nuevo en cómo serán, o cuántos serán. A juzgar por el apartamento que eligieron, tal vez tengan dos hijos. Sería genial tener una amiga aquí, sin importar su edad. ¡Dios, por favor, que sea una chica que pueda volverse mi amiga! Yo estaría encantada de jugar con Anny, la niña que vive en nuestro piso, mas su madre nunca la deja salir si no es con ella.

La puerta se abre de nuevo, y todos gritamos un muy animado "Bienvenidos". La mujer se sorprende mucho, haciendo una expresión de felicidad tan dulce que solo con verla ya me agrada. El hombre, por otro lado, sonríe modestamente ante el detalle. ¡Qué bien! A primera vista lucen amistosos.

Ahora, no veo niños pequeños, así que mis esperanzas de tener una amiga nueva se intensifican. Mientras dejo que mis compañeros sean los primeros en saludarlos con cariñosos abrazos y presentaciones, me quedo un poco atrás, a la espera de que entre quien o quienes falten, cosa que pasa pocos segundos después.

Mi cara, dada la situación, permanece igual de sonriente, aunque mis pensamientos trabajan a parte. No es para nada lo que esperaba. Es un chico. Es alto, bastante alto, por lo menos si me le pongo a un lado, tiene el cabello castaño oscuro, la sombra de un bigote y barba no muy abundantes ni bien distribuidos, y unos lentes de sol que le tapan los ojos. Viste todo de negro, y unos auriculares blancos de marca le rodean la cabeza.

-¡Bienvenidos! -llega mi turno de abrazar al matrimonio. Ellos reciben mi saludo con afecto-. Me llamo Miranda Vander, y estoy realmente feliz de que hayan escogido mudarse aquí.

-Oh, que adorable chica -dice la mujer, mirándome con una sonrisa de oreja a oreja.

-Un gusto, linda -su marido, al igual que ella, luce agradecido-. Gracias por esta bienvenida tan cariñosa, no nos la esperábamos -habla en general, viendo al grupo que los rodea-. Me alegra ver que nuestros nuevos vecinos son tan atentos. Mi nombre es Roy Lukasiac, ella es mi esposa, Ashley, y nuestro hijo...

Roy mira hacia los lados para buscar al susodicho, que se encuentra, de hecho, a sus espaldas, callado y sin ver a nadie. Al notar que lo tiene detrás, niega con la cabeza sutilmente y le baja los audífonos de la cabeza.

-Este -continúa-, es nuestro hijo, Ian.

La habitación queda en silencio. El chico mira a su padre, y entiende que debe decir algo. Yo, entre esos segundos, pienso en que él es muy distinto a sus progenitores.

-Hola -fuerza una sonrisa, que se cae como si tuviera yunques colgando de las comisuras de los labios.

-Les preparamos algunos bocadillos -interviene mi abuelo-. Vengan, siéntense para hablar un rato -los guía hasta los largos sillones color negro.

-Deberíamos desempacar algunas cosas antes, no queremos que se haga tarde y los molestemos con el ruido -sugiere Roy.

-Descuiden, nosotros mismos los ayudaremos con todo eso. Descansen del viaje -insiste el siempre colorido Emil Vander.

Los Lukasiac aceptan con gusto, y se sientan los tres juntos en el sillón más pequeño. Yo les ofrezco té o café, y los esposos optan por la segunda opción. El chico, de nuevo, se limita a solo negar con la cabeza y mirar su teléfono.

Me dirijo hacia la puerta doble que divide la sala y el comedor, que está conectado a la cocina. Allí hiervo agua y preparo café instantáneo. Las dos tazas, sus platos, el azúcar y la miel los pongo sobre una bandeja y con cuidado de no tropezar me regreso a donde está el resto.

Hay un ambiente lleno de alegría y risas, solo han transcurrido unos diez minutos de su llegada, y ya hablan con total comodidad, como si se conocieran de toda la vida. Sí, definitivamente será divertido vivir con ellos de ahora en adelante. Son tan brillantes, tan felices y tan amistosos... Casi todos.

Ese chico... ¿en serio solo ha dicho una palabra y nada más?

-La ciudad era demasiado estresante para nosotros -cuenta Ashley, tomando su taza de café entre las manos y dándole soplidos-. Trabajo, ruido, transito, sofocación. Dios, necesitábamos alejarnos de eso, por eso vinimos hasta acá.

Llevamos media hora hablando, conociéndonos poco a poco. Cada quien cuenta brevemente sobre su vida, o pregunta algo a los recién llegados.

Ian sigue al lado de ellos, callado y sin pescar una sola cosa de las que decimos. Tal vez es tímido...

Oh, claro, eso debe ser. Seguro se siente incómodo en este nuevo hogar, rodeado de gente que nunca ha visto. Acaba de dejar su vida anterior atrás: escuela, amigos, casa... Debe ser muy duro atravesar por eso.

-Papá, me duele la cabeza, iré a dormir ¿cuál es nuestro apartamento? -escuchar su voz entre el resto de los que conversan me llama la atención.

-Déjame llevarte hasta allá -asiente el hombre castaño.

-Señor Lukasiac, deje que mi nieta lo lleve, no se moleste -dice mi abuelo.

Yo no me quejo al respecto, no me molesta guiarlo. Quitando el hecho de que esa es una buena oportunidad para hablarle un poco, también debo subir para cambiarme de ropa e ir a la fiesta.

-Si no es una molestia para ti... -Roy debe haber olvidado mi nombre, cosa que no me sorprende, ya que tuvo que aprenderse varios.

-Miranda -completo-. Y no, justo iba a subir de todas maneras.

Me levanto de mi lugar y salgo del tumulto de piernas que están extendidas con relajo a mi alrededor. Miro al chico, y le doy una seña para que me siga. Él duda un momento, y luego de que su padre le entrega un llavero en sus manos, se levanta y me acompaña. Dejamos atrás la sala y comenzamos a subir las escaleras. Cuando estamos ya en el segundo piso, decido sacarle algo de conversación.

-Ya debiste haberlo oído -comienzo-, pero soy Miranda, es un gusto -digo sonriente.

Ian, a modo de respuesta, asiente.

Vaya, incomodo.

Ahora estamos en el último piso, y no he logrado que hable ni un poco. Me dirijo con él hacia la puerta del medio al final, donde vivirá de ahora en adelante.

-Debe ser difícil, ¿eh? Mudarse y todo eso -sigo, con la intención de romper sus muros de timidez-. Cuando yo me mudé no fue demasiado duro, aunque tal vez para ti sí lo sea -todavía nada de su parte, está probando llaves para abrir la puerta-. Pero seguro que te sentirás bien aquí, puedes pasear a caballo, ir al rio, o al pueblo, también hacer esquí, ¿te gusta el esquí? Oh, tengo unas pastillas para el dolor de cabeza, por si te sigue doliendo en un rato, solo tienes que tocar mi puerta y...

El chico, para mí asombro, abre la boca con intención de decir algo.

"Gracias por traerme", "No me encanta el esquí", "Descuida, no me duele demasiado" o un simple "Hasta luego", cualquiera de esas opciones está bien para mí.

-¿Podrías dejarme en paz? -su voz suena bastante fría, ni siquiera me mira mientras trata con otras llaves-. No me interesa hablar contigo. Ya estoy en mi departamento, así que si te vas de una vez te lo agradecería -me quedo abismada ante su actitud-. No me duele la cabeza, solo era una excusa para poder irme de allí, porque conocerlos a ellos no es algo que me llame la atención, eso te incluye -por fin voltea a verme-. Déjame solo, ¿quieres?

Lo miro a los ojos -o, en este caso, lentes-, esperando a que sea una broma, que se ría y diga "Nah, solo era un chiste", pero no sucede. Él mantiene su sequedad y expresión de fastidio. El enojo y la vergüenza crecen en mi estómago, y si no fuera porque está hablando conmigo, recibiría un par de insultos como respuesta.

Pero está hablando conmigo.

-Ese es mi departamento, por si necesitas algo -señalo a mi puerta, con un tono de voz desanimado-. Adiós, buenas noches.

Dicho esto, me doy la vuelta hacia mi puerta, que se abre y cierra sin la menor fuerza. Solo yo sé lo terrible que me hicieron sentir sus palabras, no le daré el gusto de que vea que me afectaron.

Capítulo 2 2

La fiesta, más allá de ser una fiesta, es una divertida reunión de compañeros. Nuestras juntas constan de muchos aperitivos, gaseosas -o algo de alcohol, nunca demasiado-, música bailable, juegos de video, películas, karaoke... Son agradables, pues por un lado ves un grupo que juega ese popular juego de baile, y por el otro solo chicos conversando.

-¡Vamos, Alec! -porrea Britt a su mejor amigo, que está haciendo barras en el marco de la puerta de la cocina. Ya lleva veintidós, y si logra alcanzar las treinta todos los que apostamos en su contra tendremos que grabarnos diciendo lo mucho que admiramos al chico, y subirlo nuestras redes sociales.

Por supuesto, yo aposté en contra, y con mucha seguridad.

El chico cae de espaldas al suelo a solo cuatro números de alcanzar su meta, y entre risas disfrutamos de su cara echa un tomate por el esfuerzo dado.

Divertirme con mis compañeros de clases logró hacerme sentir bien luego de la vergonzosa charla con Ian Lukasiac, cuyas palabras me desanimaron más de lo que creí. En el camino a la fiesta, Jake me preguntó reiteradas veces qué me pasaba, y yo solo le dije que no sucedía nada.

Nunca nadie me había tratado así. Siempre he estado acostumbrada a caerle bien a la gente, pues hago lo posible para ser cordial y amigable. Sé bien que es imposible agradar a todo mundo, pero el que te digan en la cara que eres molesta es bastante desagradable.

Dejo la negatividad de lado, y busco con la mirada a mi amigo, que está destruyendo a los demás en el juego de baile.

-¿Ves de lo que te pierdes siempre? -me recuerda Emily-. Piénsalo dos veces la próxima vez que vayas a rechazar nuestra invitación a una fiesta.

-Lo admito, es divertido -asiento a la pelinegra.

Las tres nos separamos del resto un rato para charlar en el patio, viendo las estrellas. Me alegra haber venido hoy. Es muy probable que Emily se vaya a la ciudad por las vacaciones, así que las veces que vea a Britt serán las únicas donde disfrutaré con amigas. Tristemente, mi deseo de una chica de mi edad en el edificio fue frustrado, y en cambio recibí a un gruñón odioso.

-¿En serio te dijo todo eso? -pregunta Britt sorprendida, luego de que les he contado todo lo que pasó-. Yo lo hubiera golpeado, qué asco de tipo.

-Tú resuelves todo con golpes -Emily pone sus ojos en blanco-. No sabes que hay dentro de su cabeza, tal vez está triste por mudarse, o simplemente no era su día. Hay veces en que soy tan odiosa como él.

-¿Qué? No puedo creer que defiendas a un chico tan antipático -dice ofendida Britt.

-No lo defiendo, solo digo que Miranda no debe molestarse o tomarlo personal, no sabe que pasa en realidad.

-En realidad no estoy molesta con él ya -les interrumpo-. O sea, si fue feo que me hablara así, y me dio mucha vergüenza, pero no puedo hacer nada. Sólo lo dejaré en paz como quiere, supongo que también hablé mucho -me encojo de hombros.

-¿Ves? Ya le pegaste lo boba -me señala Britt.

Las tres reímos y no damos más cabida al tema. Aunque miento si digo que no me deja pensando un largo rato.

-Quién diría que alguien tan guapo como Jake tendría la afición de bailar en una consola -comenta la rubia, que desde siempre ha estado platónicamente enamorada de él.

-Y no es lo menos acorde a su apariencia -suelto una risita.

-¿En serio no tiene novia? -pregunta Emily curiosa.

-No, no tiene, lleva bastantes años soltero -respondo. Eso es algo que hasta a mí me sorprende.

-Me pregunto qué suertuda criatura se ganará su corazón -dramatiza Britt.

-Puedes intentarlo, si tanto te gusta. Solo digo -sugiero.

-Alto ahí, loca. Mi amor es meramente platónico -aclara-. No me imagino en una relación con él, ya es mucho que a veces me hable cuando estoy contigo.

Luego de esa muy femenina charla, volvemos adentro para ver quién ganará el torneo de baile de una vez por todas. Jake, contra todo pronóstico, es derrotado de forma salvaje por Abey, del grupo de porristas de la escuela.

La "fiesta" se vuelve más movida cuando ponen música en las bocinas a un volumen bastante alto, y como si el ritmo moviera a todos, nos volvemos un revoltijo de gente bailando. Algunos lo hacen muy bien, otros simplemente gozan de agitarse como gusanos con sal.

De un momento a otro tengo a Jake frente a mí, desparramando movimientos seguramente sacados del juego de baile. En comparación, yo solo doy pasos torpes mientras que él es un profesional. Es guapo, modelo, trabajador, divertido y además bailarín. Qué virtuoso es mi mejor amigo.

-No te vendrían mal unas clases de baile, ¿eh? -insinúa, acercándose a mí para que lo escuche por encima de la música.

-¿O sea que bailo mal? -pongo mi mano en mi pecho.

-No tanto, solo das un poquito de lastima nada más -me guiña el ojo.

Le golpeo el hombro entre risas, y así disfrutamos otro rato hasta que se hacen la una de la mañana y es hora de que nos devolvamos a la residencia.

-Adiós, chicos -me despido de mis compañeros, al menos de los que notan que me estoy yendo. Ellos responden agitando sus manos en el aire.

Emily y Britt me acompañan hasta el auto.

-Cuídate, linda -me dice la rubia-. Hablemos para salir luego.

-Te diría lo mismo, pero seguro no piso el pueblo hasta que acaben las vacaciones, así que... -Emily si encoje de hombros.

Chao, chao. Abrazos. Camino de vuelta.

Tengo bastante sueño, pues no acostumbro a dormir tan tarde. Al llegar, me voy directo a mi piso, casi sin despedirme de Jake, que decide comer algo antes. Entro con mucho silencio para no despertar a mi abuelo, cosa que es difícil a menos que haga ruidos justo en su habitación. Ese hombre es un tronco cuando duerme.

Apenas tengo energía para ponerme el pijama. Cuando lo hago, me tiro a la cama y no me doy cuenta en qué momento caigo dormida.

Se siente como un parpadeo, más han pasado horas hasta que me despierto. Lo raro es que no me levanta mi alarma, puesta a las siete de la mañana. Miro mi ventana, la cual me hace notar que aún no amanece, aunque debe estar a punto de hacerlo. Hace mucho frio, y mientras me abrazo a mí misma noto que dejé semi abierta la susodicha y aun no entramos en una época más cálida. Es un frio soportable, aunque no soy alguien que goce mucho de congelarse, por lo que me pongo un suéter.

Superando el hecho de que, conociéndome, no volveré a dormir, busco algo productivo que hacer a las seis de la mañana. Enciendo la luz y me dirijo a la ventana para cerrarla bien, pero algo llama mi atención.

Un sonido muy dulce viene de algún lado. Parece una guitarra, suena como una. Es casi imperceptible. Suena como un susurro en la distancia, ¿alguien estará escuchando música a estas horas? ¿Alguien estará tocando a estas horas? Me resigno a que quedaré con la duda de dónde provendrá tal melodía y cierro la ventana, matando mi curiosidad sin pensarlo mucho.

Suelto un suspiro y me acuesto en mi cama. Reviso mi celular, que dejé cargando anoche en la mesita a un lado. Tengo algunos mensajes, uno de Britt, preguntándome si llegué bien, y otro de un compañero solo para iniciar conversación. A ambos les contesto, solo porque abrí el mensaje y estoy segura de que no recordaré contestar después.

Ya de mañana, con todo el mundo levantado, me voy al comedor para ayudar a Jullie a hacer el desayuno.

-¿Qué tal te fue en la fiesta? -me pregunta ella sonriente.

-Genial, la pasamos muy bien -le respondo-. Tuviste que ver como bailó Jake, es todo un profesional.

De forma eventual va llegando más gente. Erick tiene una cara de muerto viviente -uno muy guapo, a decir verdad- y Chris ya se está preparando para su jornada en el hospital de la ciudad. Es enfermero, y aunque no trabaja todos los días sí que tiene horas duras y largas cuando le toca ir, tres veces por semana. Marieta se nos une, también preparándose para su trabajo en el hotel.

-Uh, panqueques, delicioso -celebra mi abuelo al entrar a la cocina.

Entre todos hablamos sobre cualquier tema que sale a flote, reímos y nos molestamos entre nosotros, justo como una familia.

-¡Buenos días! -exclama Jullie al ver al matrimonio Lukasiac entrar con cierta timidez-. No tengan vergüenza, adelante, les haremos a ustedes también.

-Buenos días -dice Ashley algo somnolienta-. ¿Podemos?

-Claro -asiente mi abuelo-. Mientras colaboren semanalmente con dinero para las compras y ayuden a cocinar o limpiar, son más que bienvenidos -les explica.

-Y sale más barato que cocinar en su piso, así que es ganancia por donde lo vean -anima Chris.

-Me agrada mucho este lugar -menciona Roy sonriente.

Ambos se unen a nosotros y ayudan a poner la mesa, aunque les insistimos que por acabar de llegar solo se sienten y dejen que les sirvamos. Ellos, en su lugar, no permiten que hagamos todo. Son absolutamente adorables, no sé cómo pueden tener un hijo tan gris y apagado como Ian.

Recordar al chico me trae un mal sabor de boca. No sé cómo soportaré cruzármelo, si es que llega a salir de su habitación seguido.

-Dudo que podamos ayudar en la limpieza por los próximos días, estaremos bastante ocupados buscando trabajo -menciona Roy mientras todos comemos-. Ashley tiene algunas

oportunidades en ambulatorios del pueblo. Yo soy electricista, así que si no consigo un puesto en algún negocio simplemente hare servicios a pedido.

-No se preocupen, entendemos que mudarse es algo difícil -comprende mi abuelo-. Mientras puedan aportar un poco estará bien.

-Aun así -prosigue Ashley-, nuestro hijo, Ian, pasa demasiado tiempo encerrado en su habitación. Él podría lavar los platos a lo menos, o cocinar. De todas formas, no hace nada muy productivo que se diga.

Tengo sentimientos encontrados hacia una charla en torno a Ian. Me gustaría conocer más de él, pero a la vez mi orgullo me hace no querer ni verlo.

-Si lo que quieren es que se distraiga fuera de su cuarto, aquí hay de todo -mi abuelo mastica un trozo de pan con café-. Tenemos caballos que cuidar, bosques para recorrer, hasta fuera de los límites de la residencia puede encontrar actividades como deportes, excursiones a la montaña, esquí...

-Creo que les podría ser de ayuda a ustedes en la residencia, tengo entendido que quienes más se encargan de esta son tú y tu nieta -me señala Roy con el tenedor.

Es cierto, y no es porque los demás no quieran ayudar, sino porque la mayoría trabaja y les cedemos el poder de ayudar cuando su tiempo se los permite. Por ello mi abuelo hace la mayor parte del aseo, dado que suele estar aquí todo el día sin hacer mucho. Yo, ahora que salí de vacaciones, tendré más tiempo para encargarme de la residencia.

-Si él quiere ayudarnos yo podría serle de tutor en cuanto al mantenimiento de varias cosas -se ofrece mi abuelo.

-No creo que quiera, pero lo convenceré -guiña el ojo Roy, y la comida sigue por otro rumbo, charlando ahora de las ocupaciones de cada uno de los presentes.

Jake no ha venido a comer, cosa que me parece extraña. Normalmente a esta hora ya está listo para ir a trabajar. Al terminar de comer, y dada mi preocupación hacia la nula señal de vida que emite el rubio, aclaro que yo me encargaré de limpiar todo y que volveré en unos minutos.

Subo a la segunda planta del edificio y toco la puerta de la habitación de Jake un par de veces. No hay respuesta. Vuelvo a tocar y esperar otras dos veces más. A la cuarta vez, el chico abre la puerta y no sé si veo a mi mejor amigo o a un fantasma. Está despeinado, con ojeras y bolsas debajo de los ojos, está algo sudado y hasta tiene su suéter de pijama sucio.

-¿Qué demonios te pasó? -le pregunto cuando entro y cierro la puerta.

Él se sienta en su sillón puff, uno de los dos que posee. No tiene muchos muebles ni decoraciones, pues la mayor parte de sus pertenencias las deja en su cuarto.

Me siento en el mismo puff con él. Tengo la confianza suficiente para acercármele de esta forma.

-Ayer cuando llegué revise un correo que me había llegado -suelta desganado-. Mi jefe me despidió, están haciendo reducción de personal -explica-. La verdad dudo que sea solo eso, nunca le caí bien. Además, creo que antes de la fiesta comencé a resfriarme.

-¿Tan mal te iba?

-Trataba de hacerlo lo mejor que podía, pero a veces hice el pedido incorrecto, o tuve problemas en la caja -se sorbe los mocos.

-¿Estabas llorando?

-Cállate -bufa-. Dije que me resfrié -yo levanto una ceja a modo de incredulidad-. Estaba demasiado mal, me dolía la cabeza, no dormí nada. Solo he pensado en lo que mis padres me dirán si se enteran, y el estrés me hizo llorar un poco -se sorbe los mocos de nuevo-. No quiero volver a vivir con ellos, Miranda, es horrible. Si no tengo trabajo en unas semanas, no tendré opción.

Sí que sabía todo aquello, aunque como mi amigo siempre parecía indiferente al tema de sus padres y su independencia, no creí que le afectara tanto. Se ve derrumbado. Entiendo que no quiera volver con sus padres, son muy estrictos, o eso me ha contado.

De alguna forma, Jake y yo huimos de lo mismo, de distintas maneras.

-Pero ese agente de modelaje te llama a veces, ¿no? -le recuerdo-. Pensé que te pagaban bien, por las horas y por tener que bajar a la ciudad.

-No es algo constante. Son solo trabajos ocasionales que no me funcionan, y no es suficiente para pagar mi habitación aquí.

-¿Y qué piensas hacer?

El silencio me responde.

Me siento mal por él. Se nota que no quiere volver con sus padres, que es su única opción si no encuentra un nuevo trabajo. Jake es dos años mayor que yo, y aunque no ha entrado a la universidad por decisión propia, cosa con la que en realidad no estoy muy de acuerdo, sé que tuvo una vida dura llena de restricciones y control de sus padres, que lo castigaban si no sacaba las mejores notas. Al final fue el mejor de su clase, eso sí, pero genero cierto repudio por los estudios al punto de que decisión darse un descanso temporal de estos. Eso le costó el techo de sus padres, quienes no aceptaron ello y lo pusieron contra la espada y la pared: o se quedaba allí bajo sus reglas o se iba.

-Amo a mis padres, y sé que me aman a mí -confiesa-, pero no quiero volver a un lugar donde me alejan de lo que quiero hacer realmente.

-Entonces habla con ellos como un adulto, no como un chico que a los dieciocho se fue de casa -le aconsejo de forma algo severa.

-Me matarán cuando les diga que quiero estudiar teatro.

Teniendo conocimiento de que sus padres querían que estudiara medicina, sí, sería un golpe duro para ellos.

-Tal vez no, ahora que has crecido -insisto, con mi brazo derecho sobre sus hombros-. Puedes intentarlo.

-Suena fácil, pero no lo es -asegura-. Entiendo que no lo comprendas, tú no pasaste por algo así con tus padres... -comenta con pesar.

-Sí... tienes razón -suelto algo de aire. No por tristeza, sino por culpabilidad.

La versión que cuento a la gente sobre mi razón de estar aquí con mi abuelo es que mis padres murieron cuando yo tenía doce años y que él se hizo cargo de mí desde entonces. Aquello no podría estar más lejos de lo que realmente pasó; sin embargo, tengo mis razones para guardar en secreto la versión original, esa que suena tan fantasiosa que, aunque la contara, no me creerían.

-Deberías descansar -le digo.

-No, me voy a dar una ducha, estoy asqueroso -se rasca la nariz-. Iré a buscar trabajo en el pueblo, si no encuentro, bajaré a la ciudad.

-Estará algo lejos -le recuerdo-. Y en estas condiciones...

-A una hora de ida y otra de venida, o un poco más, no es tanto -se encoje de hombros. Yo me levanto y él igual-. No te preocupes, un resfriado no me matará.

-Bueno, yo debo ir a limpiar -le digo-. La próxima vez que te pase algo así, sería ideal que me llamaras, para algo soy tu mejor amiga, y además vivo arriba -le regaño.

-Te llamé, pero alguien no contestó porque dejó su teléfono en silencio, como todos los días -me lanza una mirada ligeramente molesta.

Oh, creo haber visto unas llamadas perdidas en mi teléfono hace rato...

Lo dejo asearse y me voy de nuevo a la cocina. En el camino me encuentro con las dos amigas universitarias que pasan la mayor parte del tiempo fuera de aquí, quienes me saludan cortésmente y se van. Ya en el primer piso, despido a Chris que está por irse y sin más entro al comedor, donde me espera el desorden que prometí limpiar.

Despejo la mesa de los platos y utensilios que tiene encima, para pasarle un trapo y así limpiarla. Pongo frente a cada silla un mantel y me cercioro de que quede justo como cada día: inmaculada.

Cuando termino con la mesa paso a lavar lo demás. Pongo los platos en orden, al igual que los vasos y cubiertos, para así comenzar a mojarlos y enjabonarlos.

A penas llevo dos platos cuando escucho que alguien entra. Volteo, pensando que es mi abuelo, o tal vez Jullie, mas no es ninguno de ellos.

Es Ian Lukasiac, mi nuevo vecino, con pinta mañanera y una cara seria. Hacemos contacto visual por unos cuantos segundos. Él lo rompe, lanzando un bufido casi inaudible y dirigiéndose al refrigerador. Seguramente sus padres le mandaron aquí a tomar el desayuno, pues dudo que el chico, aun siendo como es, entre así sin preguntar a un lugar nuevo para él. Lo sé por eso y porque hay un plato tapado con servilletas que tiene un papel encima, que muestra el nombre del alto chico que se sirve un vaso de agua justo a mi derecha.

-Tus padres te apartaron el desayuno -suelto con naturalidad-. Está allí -le señalo con la mirada. El plato yace a unos centímetros de la loza que debo lavar.

Ian toma su vaso de agua con toda tranquilidad, como si no me hubiera escuchado. Sus ojos son oscuros, y es la primera vez que los veo porque ayer no se quitó los lentes en ningún momento. También detallo su nariz, algo peculiar por lo delgada que es, y que en cualquier otro rostro luciría rara. Deja el vaso en la barra de mármol beige y se dirige a donde está el plato. Le quita la servilleta de encima, o eso escucho, ya que prefiero no seguir viéndolo. Solo me hace vivir sus duras palabras de nuevo.

Y parece que no ha terminado con su desfile de quejas.

-Qué asco, ellos saben que detesto esto -murmura mirando el plato con panqueques.

-¿No te enseñaron a valorar la comida que te dan? -de alguna manera me hiere su comentario, puesto que junto a Jullie hice esos panqueques.

-Nadie te pidió opinar -dice a la defensiva.

Ya he lavado la mitad de los platos, y quiero terminar rápido para poder largarme y dejar solo a ese odioso chico.

-Deberías ser más agradecido. Me pidieron hacer unos extras para ti.

-Lo pidieron ellos, yo no, así que no es mi problema.

Toma el plato y se dirige a la mesa, o eso pensaba yo, ya que segundos después escucho como algo cae en una bolsa plástica.

Oh, ha tirado los panqueques a la basura.

Cierro la llave, me seco las manos y me volteo, echa un demonio.

-La forma en la que actúas es realmente terrible -niego con la cabeza-. ¿Cómo puedes hacer eso cuando tus padres, aún apurados por salir a buscar empleo, se acordaron de dejarte algo de comer?

-Cállate, ¿quieres? -escupe-. Tengo bastante con estar en este estúpido lugar como para tener que soportar a una desconocida que me reprende como si fuera mi madre -justo ahora seguiría peleando, pero me he quedado callada al mirar detrás de su hombro. A lo lejos, en la puerta al comedor, su madre presencia la escena-. Parece que no te quedo claro ayer, así que te lo diré de nuevo: no me molestes, ni opines sobre cosas que no te incumben, ni me dirijas la palabra. Eres un fastidio.

-¡Ian, basta! -entra Ashley, envuelta en humos de enojo-. ¿Qué te pasa? ¿Por qué le estás hablando así?

El chico no reacciona. No luce asustado por un posible castigo, ni arrepentido por haber dicho de más. Permanece estoico, y mira a su madre justo de la misma manera en la que me miraba a mis instantes atrás.

-Si sigues actuando así hablaré con tu padre y... -continua Ashley.

-No me importa.

Ian se marcha de la cocina así sin más.

Capítulo 3 3

Ashley permanece paralizada, viendo hacia la dirección en la que su hijo se fue sin una pizca de duda. Yo estoy igual. Creo que es la primera vez en mi vida que veo a alguien tratar de esa forma a su propia madre. Eso crea coraje dentro de mí, lo siento crecer en mi estómago.

-Dios, Miranda, no sabes lo avergonzada que me siento -la mujer voltea y me mira, con un rostro decaído-. Te aseguro que no volverá a pasar, voy a encargarme de esto.

-Señora Lukasiac, descuide -niego con la cabeza-. Fue en parte mi culpa, le hablé mal, por eso estaba molesto.

La verdad detesto la actitud del chico, tan acida e hiriente, pero no quiero que me tenga más rabia cuando su madre le regañe.

-Sé que no es así, conozco a mi hijo -se sienta en la mesa.

Tampoco soy muy buena excusando cosas inexcusables. Que se haya molestado conmigo es aceptable, pero que le haya hablado así a ella, que estaba en todo derecho de reprenderle por su actitud... ¿De dónde sacó las agallas?

-Lo que voy a decir puede sonar algo grosero, pero ¿por qué Ian es así?

Ashley me mira y suspira de forma pesada. Llevo preguntándome eso dese el momento en que entró a la residencia, y no pretendo quedarme con la incógnita mucho más.

-La verdad nunca ha sido la persona más adorable del mundo -ella suelta una risa muy por lo bajo-. Ya sabes, no es de los amistosos -busca qué más decir-. Han pasado cosas, y con la mudanza creo que su ánimo empeoró, por eso lo entiendo un poco, aunque sigue en problemas por lo que hizo.

Por su expresión, creo que no debo indagar más en el tema: es algo personal. Como no quiero verme metiche, lo dejó ahí, con unas enormes ganas de saber qué hay detrás de Ian y su personalidad tan particular.

Ashley se despide diciendo que su esposo debe estar desesperado por que salga. Según ella, solo venía a tomar agua, y acabo metida en una discusión con su hijo.

Ahora vuelvo a estar sola en la cocina, lavando los platos pendientes y con demasiados pensamientos revueltos en mi cabeza. Entre ellos, se encuentra una seria comparación entre los padres de Ian y los míos. Los suyos, con los pocos momentos que he presenciado hasta ahora -porque, bueno, llegaron ayer apenas-, muestran mucho afecto hacia él. La forma en la que Roy me pidió que le preparáramos unos panqueques también me pareció adorable, pues el hombre comía rapidísimo para irse a vestir; con todo y eso se preocupó del chico.

De hecho, antes de irme a la fiesta, al pasar frente a ellos junto a Jake, ya que seguían charlando, Roy me preguntó si sabía cómo seguía Ian, a lo que mentí diciendo que el chico me había dicho que dormiría para dejar pasar el malestar. Al ser el hijo único, debe recibir bastante atención, aunque no la quiera.

Los Lukasiac son todo lo que los Vander nunca fueron, al menos no conmigo.

No importa donde vaya, no puedo escapar de ellos, no como quiero. Tampoco es que en la vida exista un botón de borrado, como si las cosas pudieran desvanecerse.

Con los recuerdos se vive a la buena o a la mala.

El apellido Vander es un privilegio que muchos codician. ¿Quién no quisiera todas las riquezas, propiedades e influencias que esa familia posee? Yo era heredera de ellas, y las negué voluntariamente, decisión que todos los días es refrescada en mi cabeza.

Mi padre, un actor y director cinematográfico. Mi madre, diseñadora de ropa y empresaria. Mi hermana, modelo y actriz. Por último, mi hermano, tenista profesional.

Una familia bastante afortunada. Cada quien sabía cuál era el área donde podía arrasar y buscar la fama, alcanzándola en cuestión de nada. Todos, menos la menor de los hermanos. La pequeña Miranda, quien no comprendía la vida siquiera, solo obedecía a su madre. Esta la vestía como muñeca, le alistaba en todo tipo de actividades: canto, ballet y teatro, tratando de despertar su talento, aquel que la llevaría por el mismo camino que el resto de sus parientes.

Cuando quedó bien claro que el canto era lo suyo, comenzó a ver clases en casa y a dedicar mucho más tiempo a este que a nada. La escuela fue reemplazada por una tutora, y apenas veía el mundo de vez en cuando, aunque nunca a la luz de los paparazis. De resto, hacer lo que ellos decían era de lo que trataba su vida.

El día en que la pequeña Miranda, o bueno, el día en que yo abrí los ojos, tenía unos once años. Siempre había estado harta de los lujos, las restricciones y el encierro, pero a esa edad llegué a mi punto límite. No sabía cómo quitarme a mi madre de encima para que dejara de forzarme a ensayar canciones que nunca cantaba a nadie más que a ella.

Mi familia era una cosa frente a los medios, y otra a puertas cerradas. "Los Vander: la familia perfecta". Eso decían, la realidad era otra. Tanto a mi hermano Mike como a mí nos llevaban casi a rastras a nuestras actividades; Madison, la mayor, era diferente, amaba la atención, las cámaras, salió bastante a nuestros padres. Poco a poco Mike se fue ganando fama por su gran habilidad con el tenis a su corta edad, y yo seguía tras bambalinas, sin querer seguir los pasos de ninguno de ellos.

Tenía doce años cuando ocurrió la pelea. Mi padre me dijo que habría un concurso de canto muy popular, versionado para niños, y que con mi voz podía destrozar a todo mundo -con eso y con dinero también, claro-. Lo que reventó el globo fue que, casi como un adulto, me crucé de brazos y dije que no.

Jamás había visto a mi madre tan molesta, y a mi padre tan decepcionado. Mis hermanos actuaron de forma indiferente, cosa que me rompió el corazón. Mientras mi madre me gritaba que era una malagradecida, mi padre observaba, y Madison se llevaba a Mike para escapar de la situación. Esperaba que al menos este ultimo me defendiera, pero no hizo nada.

A fin de cuentas, era solo otro modo para aumentar ingresos, para generar más fama a un apellido.

Lo último que mi madre dijo fue: "Si no vas a obedecer, entonces vete". Por supuesto, no esperaba a que yo, con toda la seguridad del mundo y sabiendo muy bien a donde me iría, respondiera: "Me voy". Su cara fue un cuadro.

-Si te vas, estás muerta para mí -amenazó mi madre, mirándome con sus ojos azules llenos de ira.

-Me voy -repetí, con los ojos aguados.

Pensé que mi mamá iba a llorar, o a arrepentirse, mas solo tomó el teléfono y se lo puso en la oreja.

-Alexis, te quiero en la entrada ya mismo -luego colgó. Alexis era su chofer.

Hubo una discusión entre mi padre y ella, él le cuestionó si era correcto, ella estaba muy segura de su decisión.

Y yo también.

Como si nada, mi madre me escoltó hasta la entrada, donde abrió la puerta y en silencio caminó a mi lado hasta la camioneta de su chofer privado. Este obedeció las ordenes de su jefa pues, por contrato, debía de hacerlo.

Acabe, un par de horas luego, en la residencia de mi abuelo.

Y aquí he estado desde entonces, formando parte de una pequeña farsa que poco se menciona. Para mis conocidos, mis padres murieron en un accidente. Para los medios y el mundo, la hija menor de los Vander fue la que murió por una enfermedad terminal de la que nunca hablaron por lo duro que era. La farándula no me conocía más que por fotos de cuando era una bebé. Nadie me reconocería, nadie me asociaría, así como nadie conectaría al anciano Emil Vander con el famoso Hans Vander, quien juraba ante las cámaras que era huérfano desde hace mucho.

Nadie, además de mi abuelo, sabe la realidad de mi vida, que se convirtió de una vez por todas en lo que yo quería: una vida de verdad.

Nunca tuve padres amorosos, que se preocuparan por mí genuinamente. Nadie me preguntaba qué quería, qué me gustaba, o tan solo cómo me sentía. No exagero al decir que no recuerdo una sola vez que cenáramos juntos como una familia normal, o en la que habláramos de las tonterías más insignificantes.

No extraño nada de esa vida. Aunque añoro a unos padres como los que Ian tiene, puede que por eso me haya enojado tanto con su forma de menospreciar los pequeños detalles que le dan.

-Miranda, llevas un buen rato algo dispersa -me devuelve a la tierra mi abuelo.

Cuando acabé de lavar los platos, él me pidió acompañarlo a darle otra revisada a las lavadoras. No le he comentado nada de lo sucedido con Ian, y tampoco pretendo hacerlo.

-Lo siento, tengo sueño, no dormí bien -no miento, estoy bastante cansada.

-Entonces ve a dormir, haberlo dicho desde un principio, ¿no? -se ríe, y yo fuerzo una sonrisa.

Lo dejo en la lavandería revisando las maquinas, para irme directo a mi cuarto y dormir algunas horas. El clima está fresco. Ya ha pasado más la mañana, por lo que no hace mucho frio, sino una brisa agradable que me lleva a abrir la ventana de mi habitación.

Suelto un largo suspiro y me tiro a la cama. Dios, estoy muy cansada. No dormí lo suficiente por haber llegado tan tarde, así que espero no despertar, a lo menos, hasta después del mediodía.

Parpadeo un par de veces hasta que abro los ojos. Dormí justo lo que quería, son las dos de la tarde. Bostezo y me siento en la cama. Una de las razones por las que no me encanta dormir ya siendo de día es porque cuando me levanto me siento mucho más cansada, cosa que pasa luego de algunos minutos.

Me paro de la cama y camino hasta la ventana para, como hago siempre que salgo de mi cuarto, cerrarla. Me detengo al ver que Ian, con quien sigo teniendo algo de molestia, se está metiendo en el bosque, cruzando la puerta de la cerca con algo grande en su mano. Mi vista es lo suficientemente buena como para detallar que es una guitarra, una de color negro. A mi mente viene el recuerdo de que hoy mismo, cuando aún no salía el sol, escuché el sonido lejano de lo que podía ser una de esas. No se me cruzó por la cabeza que quien produjo esa melodía haya sido Ian, pues algo tan bonito no puede salir de alguien como él, ¿no?

Cómo un rayo, me voy al baño para lavarme la cara y los dientes. También me peino y cambio de ropa por algo más presentable que una simple camiseta y mono de dormir. Me pongo un suéter blanco de lana y unos jeans simples, me dejo las sandalias que uso a diario y corro a la puerta. Bajo las escaleras del edificio mentalizada en seguir a Ian al bosque. La voz de Jullie y un olor delicioso me detienen frente a la puerta de la cocina.

-Linda, ¿vas a salir? La comida casi estará lista -me avisa.

-Volveré en unos minutos, solo... iré a ver a los caballos -miento y continúo mi camino.

Viviendo en la montaña, es normal que el cielo esté nublado siempre, aunque hoy es diferente por estar entrando en el verano, que no cambia demasiado el clima tampoco. Amo los días así, todo se ve más claro y alegre. Llego a la parte de atrás del edificio, lugar en que se encuentra la piscina temperada donde de vez en cuando pasamos el rato Jake y yo. Camino en dirección a la cerca de no más de un metro y algo, hecha de madera. La puerta siempre está abierta, solo hay que mover el seguro para entrar al bosque, y eso hago justo ahora.

El bosque comienza con árboles algo dispersos, pero basta con caminar dos minutos para ver cómo este va creciendo y, de no ser por el sedero que nosotros mismos creamos, sería sencillo perderse. El sendero lleva a una pequeña zona medio despejada, donde con Erick y Marieta pusimos troncos para sentarnos y una mesa de picnic que antes estaba en el terreno de la residencia donde hacemos parrilladas. Cerca de ese lugar hay un lago, uno muy frío como para desear bañarse en él.

Ya Ian debe haber avanzado bastante con todo el tiempo que perdí cambiándome, pero supongo que parará cuando llegue a la zona despejada. Dudo que sea tan tonto como para irse a otro lado. Mi suposición es correcta, porque comienzo a escuchar una guitarra que, si mi sentido auditivo no me falla, viene de más adelante. Comienzo a caminar en silencio para que el chico no me note. Con suerte, podré verlo a escondidas e irme sin que lo note...

Un momento, ¿para qué rayos lo seguí hasta aquí? Hasta este momento no me puse a reflexionar sobre lo que realmente busco haciendo esto. ¿Quiero verlo tocar la guitarra?, ¿Acaso debo ver para creer que en serio es tan bueno como escuché en la mañana? ¿Es la curiosidad que siempre me gana? Apuesto por la ultima. He hecho cosas más locas que esta por curiosidad.

Voy en silencio y con pasos cuidadosos hasta que veo a lo lejos a Ian sentado de espaldas a mí, tocando el instrumento de forma casi profesional. La melodía suena algo triste, pero no deja de ser bien desempeñada. Es sorprendente, y lo más increíble es que no se parece nada al muchacho que la toca.

Me paso de árbol en árbol para acercarme, escondiéndome detrás de sus gruesos troncos. Llego tan cerca que lo que me separa de Ian son solo unos cuatro metros. Este, perdido en su música, ni siquiera nota mi presencia. Tampoco es que haya hecho mucho ruido, soy delicada cuando quiero. Dedico los siguientes minutos a disfrutar de la canción que toca, la cual se me hace conocida, aunque no sé de dónde.

Si ya estaba algo hipnotizada con la gran habilidad que tiene para la guitarra, casi se me para el corazón cuando empieza a cantar. Su voz no es la mejor que he escuchado, pero vaya que suena bien. Es dulce, nada que ver con la manera en que habla.

Según escucho, la canción trata de una pérdida, del dolor de dejar a alguien que amas. Es muy triste, y suena como si realmente la sintiera.

¿Se tratará de eso? ¿Será que dejó a alguien allá en la ciudad? Por más que no estemos tan lejos, las relaciones a distancia a veces no funcionan si ambas personas no se ven seguido. Puede que haya tenido que terminar con una relación al venir hasta aquí, prefiriendo acabar las cosas antes de probables peleas gracias a los kilómetros de diferencia.

Algo se roba mi atención y me saca de mis pensamientos, algo que salta a mi pecho y queda allí pegado con un chicle.

Una rana, verde y babosa, está encima de mí.

Ahogo un grito mientras la miro, comienzo a respirar de forma más agitada. Un aire frio me recorre todo el cuerpo y trato con todo mi ser de no hacer ruido. No sé qué sea peor, si tener a esta criatura encima, o el que Ian se entere de que estoy aquí. Mis piernas tiemblan y la rana ni se mueve. Las odio, las detesto, les tengo un asco enorme. Es tonto, siempre me lo repito, pero se me hace imposible no correr y gritar cuando veo una.

En un intento de que, por arte de magia, se vaya, le soplo en toda la cara.

Mala idea, muy mala idea.

El anfibio salta a un costado de mi cara y siento sus viscosas patas en mi mejilla. No lo soporto más y lanzo un alarido de terror. Del susto, me caigo al piso y me muevo en este, sacudiéndome la cara. Cuando mi mano toca a la rana vuelvo a gritar. Se siente horrible. No dejo de graznar desesperadamente. De forma impulsiva vuelvo a tocar mi cara y ya no está allí, más no paro de agitarme y lanzar quejidos.

No sé a dónde ha ido la rana, y eso me aterra más, podría estar metiéndose en mi ropa, o en mi pierna, o... ¡¿Por qué no puedo salir corriendo de una vez?!

Siento como un brazo, sin ningún tipo de delicadeza, se posa en mi frente y estampa mi cabeza contra el suelo boscoso, mientras que lo que debe ser una pierna hace lo mismo con mis muslos. Ahora trato de moverme con más insistencia, pero Ian o es increíblemente pesado, o me supera en fuerza. Ambas opciones son difíciles de pensar dado su delgado cuerpo. El chico que está sobre mí mete su mano libre entre mi cabello, cerca de mi oreja. Pierdo el control de nuevo cuando siento como algo se mueve y me toca la piel. ¡La asquerosa rana está enredada en mi pelo!

-¡Quédate quieta, maldita sea! -me regaña Ian, a lo que como puedo obedezco, todavía respirando con mucha fuerza.

En cuestión de segundos, el chico me deja libre y se levanta. Me siento con rudeza y me abrazo a mí misma. Observo a Ian con la rana entre las manos, caminando unos metros lejos, posándola en la rama baja de un árbol. La criatura escapa sin pensarlo un segundo.

Él limpia sus manos en sus pantalones y toma la guitarra que había dejado sobre uno de los troncos, para volver a donde estoy yo, con una mirada llena de enojo.

-Graci...

-¿Eres estúpida? -tiene el ceño fruncido, mirándome con todo menos comprensión-. Me tienes harto.

-Yo... -paro de hablar cuando noto mi voz rota. También siento la piel debajo de mis ojos mojarse.

Estoy llorando.

-¿Te vas a poner a llorar por eso en serio? -comenta en tono burlón-. Solo era una rana, no te iba a matar -gruñe fastidiado.

Yo no respondo, solo me quedo mirando la cara del chico, con diversos sentimientos encontrados.

-No entiendo por qué eres tan insistente -se acomoda el cabello-. ¿Quieres que repita lo molesta que eres? Y ahora me espías como una psicópata...

¿Para qué vine en realidad?

Hoy mismo, hace nada, recibí un trato terrible de su parte, al igual que ayer. No sé qué rayos pensaba al seguirlo hasta acá y espiarlo. Él tiene razón, parezco una loca, y una tonta. Solo logré avergonzarme más. No pensé bien las cosas, ¿Qué otra cosa creí que iba a pasar? ¿Qué iba a salir desapercibida? ¿O que, de darse cuenta de que le estaba escuchando, iba a ser amistoso de la nada? Tal vez he visto demasiadas películas. La vida real no es así.

Me seco las lágrimas -de miedo y, ahora, de vergüenza-, me levanto y con la poca dignidad que me queda me sacudo la ropa.

-Lo siento -suelto de forma muy forzada-. No te molestare más, lo prome...

-Deja el drama -me interrumpe, sentándose de nuevo en uno de los troncos, sin dejarme ni acabar de hablar-. Vete y ya.

Ya no me mira, está concentrado en lo suyo.

En serio, ¿por qué creí que sería diferente? Ayer intenté ser buena con él, me trató como basura. Hoy le intenté corregir una forma errada de actuar, me trató como basura. Ahora se repitió lo mismo. Debería solo olvidarme de que Ian Lukasiac es mi vecino y regresar a lo bien que estaba todo antes de su llegada.

Muevo mis pies sin ganas en el camino de vuelta, alejándome lentamente. Cuando hay una distancia prudente, dejo que un par de lágrimas salgan de mis ojos, botando la decepción y la tristeza. El chico de verdad me odia, ¿por qué eso tendría que dolerme? A penas lo conocí ayer, y ni en un solo momento ha sido amigable.

Soy demasiado inocente, demasiado tonta. Pienso que todo el mundo me tratará bien si yo los trato bien, pero no es así. Hay gente que es odiosa, amargada y gris, así de simple.

¡Ian, pedazo de idiota! ¿Qué te costaba al menos fingir una actitud agradable?

¿Pero qué digo?, eso hubiera sido peor. La hipocresía duele más que una actitud venenosa. Tal vez es lo único bueno que se le puede ver a Ian: es un asco de persona, y no trata de ocultarlo.

Al llegar a la cerca de la residencia, me cercioro de que no haya muchas sospechas de lo que pasó. Me limpio el cabello de las ramas y hojas que se pegaron en el suelo, también la cara. Recuerdo cómo toque a ese asqueroso animal, por lo que me voy mentalizada en lavarme las manos y la cara, creo que cuando me duche también volveré a lavar mi cabello.

Entro, esperando que no haya nadie, más mi mala suerte continua y me encuentro a Erick. Al mirarme cambia su expresión a una de confusión.

-¿Estás bien? Tienes los ojos rojos... -me dice preocupado.

-Oh, sí -actúo natural, hasta sonrío-. Tengo alergia, sabes cómo me pongo con eso -miento, aunque no del todo. Sí tengo alergia a veces por el polen.

-Tú tienes alergia hasta del agua -bufa burlón y entra a la cocina. Dada la hora, puede que vaya a almorzar.

Yo tengo hambre, aunque primero iré a lavarme. Debo verme patética y, además, estoy asquerosa.

Todavía siento las patas de la rana encima de mí y me dan escalofríos.

Llego a mi piso y entro a mi apartamento, tratando de olvidar todo lo que pasó antes y solo empezar de nuevo. Me lavo la cara en el baño, con mucho jabón. Me miro al espejo y ya no parece que estuve llorando. Puedo ir a comer tranquilamente.

Suelto un suspiro de fastidio y me seco bien la cara. Casi a punto de salir del baño escucho el teléfono fijo de la sala sonar. No es raro que nos llamen, mi abuelo tiene muchos amigos, puede que hasta sea algún familiar que yo no conozco mucho. Voy hacia el teléfono negro y lo descuelgo, poniéndomelo en la oreja. Es viejo, aunque sirve a la perfección.

-¿Hola?, ¿Quién habla? -pregunto.

-¿Miranda? Soy Ashley, tu vecina. Tu abuelo me dio su teléfono fijo por si necesitábamos algo, espero no molestar.

-Oh, para nada, señora Lukasiac -sonrío, con solo escuchar su tono de voz tan amable y cariñoso me siento mejor-. ¿Qué necesita?

-Dime Ashley, linda -aclara-. Y, cómo no sé bien a qué hora lleguemos, tampoco sé qué comerá Ian. Sabe cocinar, más no nos dio tiempo de comprar nada, así que quisiera pedirte que le guardes algo de comida -demonios, no puedo negarme si me lo pide así-. Sé que él es difícil de tratar, pero puede que poco a poco se sienta bien contigo -qué buen chiste-. Hasta podrían ser amigos, no tiene ninguno, la verdad. Creo que hay que tenerle algo de paciencia.

Lo siento, señora, pero ya su hijo me dejó en claro que me detesta, y ya yo le prometí alejarme. Eso pienso.

-Claro, no se preocupe, me aseguraré de guardarle algo para almorzar -eso digo.

Luego de agradecerme. Cuelga.

Genial, justo cuando menos quiero tener algo que ver con él.

Almuerzo junto a mi abuelo -quien habló sobre contratar a alguien que arregle la lavadora defectuosa, pues la susodicha ya no enciende-, Erick, Jullie y Jake, quien acaba de llegar solo para comer, pues saldrá y seguirá entregando currículos en donde sea.

-En una zapatería necesitan a alguien, y cuando el gerente me vio dijo que hablaría con el jefe y si le parecía bien mi currículo podía entrar a trabajar el lunes -comenta mi amigo-. Me dijeron que llamarían, de todas formas, no me fío de nada.

Estamos comiendo espaguetis, muy buenos, por cierto. Los preparó Erick con Jullie. Cuando todos acaban de comer, vuelvo a ofrecerme para limpiar todo. Nunca me ha molestado limpiar la cocina, por ello suelo ser yo quien es voluntaria para hacerlo. Espero a que todos se vayan para, con un mal sabor de boca, hacerle a Ian sus propios espaguetis. Comimos mucho, así que no quedo nada. No me esmero demasiado, solo sofrío carne molida y le pongo salsa de supermercado. Dejo listos los espaguetis en forma de caracola y me enfoco en acabar rápido la salsa.

Simplemente dejaré la comida en el horno y una nota en su puerta, en algún momento la verá y vendrá a comer. Dudo que se enoje también por guardarle algo de comer. Aunque, viendo lo que pasó en la mañana... bah, que haga lo que quiera. No lo hago por él, sino por su madre.

Limpio la cocina rápido y tomo un papel y bolígrafo -siempre pegados con un imán al refrigerador para dejar notas- y pongo lo siguiente:

Tu comida está en el horno.

Ni más, ni menos. Luego, lo dejo en la puerta de la familia Lukasiac.

Después de todo lo que ha pasado, la verdad es que por mí se puede morir de hambre.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022