Llegamos a la casa antigua y destartalada, y a pesar del mar de tristeza que me había ahogado últimamente, sentí un destello de emoción. El lugar no era nuevo ni lujoso, pero sí más de lo que esperaba.
Nos habíamos mudado de California, donde vivíamos en un apartamento de dos habitaciones en la peor parte de la ciudad, por lo que caminar al trabajo cada día se había convertido en una pesadilla constante. Aunque estaba agradecida por el cambio, no podía evitar esperar lo peor.
Llevaba tres años viviendo con mi madre y su esposo, y odiaba cada segundo. Mi maravillosa abuela me crio durante la mayor parte de mi vida, hasta que falleció hace unos años. Mi madre, quien insistía en que la llamara Lauren, como si yo fuera una extraña que se había encontrado en la calle, fue la única familiar que quedaba para acogerme.
Ella y yo no teníamos ningún tipo de relación: fingía que yo no existía y yo me mantenía fuera de su camino. El verdadero problema era su esposo, Darren, quien bebía demasiado y se convertía en un completo imbécil cuando lo hacía. Por eso mantenía mi distancia con él cuando se pasaba con el trago.
Nos mudamos a Georgia porque Lauren recibió una oferta de trabajo. Su esposo apenas podía mantener un empleo, así que ella pagaba la mayoría de los recibos. Normalmente, yo trabajaba medio tiempo y usaba mis ganancias para comprar las cosas básicas que mi madre se negaba a darme.
La nueva casa era mucho más grande de lo que esperaba, con la pintura blanca descascarada y un porche torcido que sobresalía al frente. Lo único que me emocionaba de esa mudanza era tener por fin mi propia habitación. En California, mi "habitación" era el comedor que no usábamos bloqueado por una cortina, ya que Darren insistía en que necesitaba el segundo dormitorio como oficina.
Salí del auto, me estiré y me colgué la mochila al hombro mientras caminaba hacia el porche. Ya escuchaba a mi madre y a su esposo discutiendo, pero había aprendido a ignorarlos. El porche de madera crujió bajo mis pies, pero no me importó. Darren solo salía de la casa para ir a la licorería, así que tendría mucho tiempo para mí en esa entrada.
Lauren abrió la puerta principal y la seguí al interior, con Darren adelante. Sin perder tiempo, subí a mi habitación.
"El cuarto más pequeño, Sophia. No lo olvides", me recordó mi madre, como si pudiera hacerlo.
Al instante me sentí agradecida de encontrar un baño cerca de mi habitación. Sonreí cuando vi la habitación de ellos y noté que tenían su propio baño conectado, lo que significaba que Darren me dejaría en paz por una vez. Tenía la costumbre de manosearme cuando estaba borracho, pero era fácil escapar de él cuando estaba en ese estado.
Entré a mi cuarto y observé la pintura descascarada de las paredes. En cuanto encontrara trabajo, podría hacer que ese lugar fuera más habitable. De hecho, había ahorrado un pequeño fondo desde que tuve edad para trabajar. Aunque era una estudiante con excelentes calificaciones, necesitaba un plan de respaldo por si no conseguía una beca. La idea de escapar de ese lugar en cuanto cumpliera dieciocho años siempre estaba presente en mi mente.
Entonces dejé caer la mochila al suelo y miré a mi alrededor. La habitación era pequeña, pero tenía una puerta que funcionaba y cuatro paredes. Una destartalada cama matrimonial se alzaba contra la pared del fondo, junto con una polvorienta cómoda de roble. Después bajé corriendo y saqué mi maleta grande del maletero del auto de Lauren, la cual me costaba cargar. Ellos seguían discutiendo, lo que me dio tiempo de sobra para subir la maleta por las escaleras.
Todo lo que necesitaba cabía cómodamente en mi maleta. No tenía mucha ropa, pero me había acostumbrado a ese triste hecho.
Metí las prendas en la polvorienta cómoda y saqué un atuendo para ir a la escuela al día siguiente. Lauren no perdió tiempo en inscribirme en la escuela pública local. Haría cualquier cosa con tal de sacarme de la casa y mantenerme alejada de su esposo. Después me metí mi tarjeta de débito en el bolsillo trasero y bajé corriendo. Mi madre estaba de espaldas, discutiendo con Darren mientras él instalaba el pequeño televisor en la sala.
"¿A dónde crees que vas?", espetó Lauren, volviéndose hacia mí cuando abrí la puerta principal. Resistí la tentación de poner los ojos en blanco. Antes nunca le importaba a dónde iba. ¿Por qué ahora sí?
"Voy a buscar algo para cenar", le respondí, encogiéndome de hombros. Hacía mucho tiempo que dejé de cenar con ellos. Desde que el tribunal la nombró mi tutora legal hasta que cumpliera dieciocho años, me negué a darle ni un centavo del dinero que ganaba con mi trabajo, y me mantenía como podía.
"Tráeme un six-pack", soltó Darren, entrecerrando sus ojos pequeños y brillantes hacia el televisor. Apreté los dientes.
"Tengo diecisiete años", repliqué, dando media vuelta y saliendo por la puerta principal, ignorando los murmullos de ese hombre.
Salí a la calle principal y suspiré. No tenía ni idea de a dónde iba. Al cabo de un momento, decidí ir a la derecha, con la esperanza de encontrar una gasolinera para comprar una bolsa de papas fritas y una botella de agua.
Después de caminar unos quince minutos, suspiré aliviada cuando vi aparecer una pequeña tienda. Esa era una de las cosas que extrañaría de California. Ahí podías caminar en cualquier dirección y encontrar una gasolinera o un supermercado.
Dentro de la tienda mal iluminada, saludé a la cajera, una chica no mucho mayor que yo. Tomé una bolsa de papas fritas, un par de botellas de agua y una barrita de granola, y me dirigí a la caja.
"Hola, ¿sabes dónde está la Escuela Secundaria Waltzlake?", le pregunté mientras pasaba mi tarjeta. La chica, con el pelo negro azabache veteado de verde, asintió.
"Solo tienes que seguir esta calle hasta llegar al semáforo y girar a la izquierda. No tiene pierde".
"Gracias", sonreí, tomando mi recibo.
"¿Eres nueva por aquí?", me preguntó con una sonrisita.
"¿Se me nota tanto?", inquirí, soltando una risa.
Ella asintió. "El pueblo es bastante pequeño. La mayoría de la gente vive más lejos, en el bosque".
"¿Por qué no vivir en el pueblo?", le pregunté, frunciendo el ceño.
"A la gente de aquí le gusta su privacidad". Se encogió de hombros.
Salí de la tienda, confundida y recelosa. Sus palabras no me daban muchas esperanzas para mi primer día de clases al día siguiente. Si ese pueblo era tan pequeño como ella insinuaba, yo no pasaría desapercibida. Pero como solo me quedaba un año más de escuela, mi plan era aguantarme y escapar de Lauren y Darren en cuanto cumpliera dieciocho.
El sonido de mi viejo despertador me levantó. Eran las seis de la mañana, lo que me dejaba tiempo de sobra para prepararme y caminar hasta la escuela. Mi madre ya estaría en el trabajo y su esposo solía dormir hasta las once de la mañana o más tarde. Salí a hurtadillas de mi habitación y entré al baño, haciendo el menor ruido posible. Darren era una auténtica pesadilla si lo despertabas.
Me peiné mi largo pelo café chocolate, notando lo diferente que era del cabello rubio claro de la familia de Lauren. Mi heterocromía me hacía destacar aún más, con un ojo de un azul increíblemente claro y el otro de un intenso café chocolate. Mi abuela rara vez hablaba de mi padre, pero cuando lo hacía mencionaba que él tenía la misma condición. Tenía la sospecha de que por eso Lauren, mi propia madre, no me quería. Algo malo había ocurrido entre ella y mi padre, lo que provocó que él nos abandonara.
Cada mes, la abuela recibía un misterioso cheque a mi nombre, pero desde que me mudé con Lauren, ella los usaba para sí misma y para su esposo. Me miré al espejo y fruncí el ceño, sintiéndome como un bicho raro. En mi antigua escuela tenía amigos, pero siempre había acosadores que se burlaban de mi condición. Me llevó mucho tiempo aceptar y encontrar la belleza en mi singularidad.
Me puse un atuendo sencillo: jeans ajustados, una camiseta blanca de tirantes y una chaqueta negra, para pasar desapercibida. Tomé una barrita de granola, salí de casa y caminé hasta la escuela, siguiendo las instrucciones de la chica. Cuando llegué, encontré el estacionamiento casi lleno. Los estudiantes bajaban de sus autos y se dirigían a las puertas principales. Las conversaciones llenaban el aire.
Me mezclé con la multitud, tratando de pasar inadvertida. Mi primera parada fue la oficina, fácilmente identificable por un gran cartel que colgaba del techo. Una mujer regordeta con un suéter morado me saludó con una sonrisa. "¿Eres nueva aquí?".
Asentí y le dediqué una pequeña sonrisa. "Sophia Drake".
"Hermoso nombre", me respondió mientras hojeaba unos papeles. "Aquí tienes, señorita Sophia".
"Gracias", le respondí, tomando los papeles y dándome la vuelta para irme.
Mientras miraba mi horario de clases, choqué con alguien. Fue como estrellarme contra una pared de ladrillos, pero el fuerte olor a colonia masculina indicaba lo contrario. Caí al suelo con un ruido sordo y el pasillo se quedó en silencio de repente. Al levantar la vista, vi a dos gemelos muy grandes y furiosos. Parecían sacados de la portada de una revista más que de una escuela.
Los gemelos tenían el pelo negro, mandíbulas marcadas y ojos muy oscuros. Ambos eran musculosos y atléticos. Uno llevaba el cabello rapado a los lados y en la nuca mientras que el otro tenía el pelo despeinado hasta la parte superior de las orejas. Cada uno era increíblemente guapo a su manera. Una rubia alta se aferraba al brazo de uno de ellos mientras me lanzaba una mirada burlona.
"¿Qué putas le pasa en los ojos?", soltó la rubia con desdén, observándome como si fuera un pedazo de basura.
Apenas la determiné. Mi mirada iba de un gemelo a otro. Ellos se miraron. Reprimiendo el impulso de poner los ojos en blanco, respondí de repente: "Es una condición médica".
"¡Maldita fenómeno!", escupió la rubia. "¡Fíjate por dónde vas la próxima vez!".
Acto seguido, se alejaron. Los gemelos no me dijeron ni una palabra, pero no estaba segura de si eso era bueno o malo. Sus fríos ojos me dejaron con la inquietante sensación de que podrían ser mis nuevos acosadores. Estar sola ya estaba resultando una pesadilla.
Me levanté y encontré mi casillero, escudriñando los pasillos en busca de alguna señal de los gemelos. Una parte de mí quería volver a verlos. Después de recordarme con firmeza la importancia de pasar desapercibida, me dirigí a mi primera clase, agradecida de que no estuvieran ni los dos chicos ni la rubia malvada. La profesora me indicó un asiento al fondo, junto a una chica con gafas grandes y pelo rojo rizado, quien me dio una pequeña sonrisa y me dijo: "Soy Kat".
"Sophia", le respondí, devolviéndole la sonrisa.
"Qué nombre tan genial", asintió ella mientras garabateaba algo en un trozo de papel.
"Lo eligió mi padre", le respondí, encogiéndome de hombros.
"Mi padre quería llamarme Brady", me dijo Kat con cara de horror, haciéndome soltar una risita.
"Por cierto, tus ojos son increíbles".
"Gracias", sonreí. Era raro recibir cumplidos por mi condición.
"Mi amiga de la infancia tenía lo mismo, pero solo en un ojo", dijo con una sonrisa.
Pasé la mayor parte de la clase hablando con Kat y aproveché para preguntarle con disimulo por los chicos con los que me había topado. "Ah... Los gemelos", respondió, sonrojándose y mirando su papel con el ceño fruncido. "Kieran y Ethan".
"¿Cuál es cuál?". Sus nombres encajaban a la perfección con sus personalidades de chicos malos.
"Siempre los confundo, pero estoy bastante segura de que el de pelo más largo es Ethan y el otro es Kieran".
"Ah, de acuerdo", asentí. A pesar de mi determinación, no podía sacarme a los gemelos de la cabeza. Sus frías miradas me hacían sentir extraña, pero seguía pensando en ellos.
"Yo no me metería con esa gente si fuera tú. Se acuestan con un montón de chicas".
"No pensaba hacerlo". Negué con la cabeza, prometiéndome no involucrarme con ellos.
Parecían interesados en chicas glamurosas, tipo modelo, todo lo contrario a mí, que era solitaria y a menudo torpe.
Kat y yo hicimos planes para el fin de semana mientras charlábamos. Ella trabajaba en un restaurante local e incluso me ofreció ayudarme a conseguir un puesto de mesera.
Me dijo que me llevaría al día siguiente después de clase para una entrevista en el restaurante. "No es nada del otro mundo, pero es lo más elegante que tenemos en este pueblo", dijo, encogiéndose de hombros. "Te puedes ganar buenas propinas si sabes ser coqueta".
Solté una risita nerviosa. "No tengo ni idea de cómo ser eso".
"No te preocupes, aprenderás. Es parte del oficio".
Me preocupaba mucho trabajar como mesera. Mi torpeza parecía aumentar con mi nerviosismo, y nadie querría que una camarera les derramara las bebidas encima. Sentí que mi día empezaba a mejorar cuando entré en mi siguiente clase y vi a Kat sentada al fondo. Continuamos nuestra conversación.
"La gente de aquí no es tan mala", comentó con una sonrisa. "Sobrevivirás mientras evites a Jessy y a sus amigas".
"¿Jessy?", pregunté, frunciendo el ceño.
"La rubia que anda con los gemelos", respondió Tori, ayudándome a identificarla. Jessy era la chica que parecía una supermodelo, la que me llamó bicho raro. '¡Gran comienzo!'.
"Creo que ya metí la pata", comenté, frunciendo el ceño.
"Solo evita por completo a los gemelos a partir de ahora", me advirtió Kat. "Jessy ahora está con Kieran, y es muy posesiva".
Estaba más que contenta de seguir el consejo de Kat, pero mi suerte se acabó en mi siguiente clase, en la que estaban los dos gemelos. Estaban sentados solos en una gran mesa cuadrada, y casi se me salió el corazón cuando la profesora me dijo que me uniera a ellos. Caminando hacia el fondo, tropecé con la pata de una mesa, pero conseguí sostenerme, ignorando las risitas de los demás estudiantes.
Con la cara ardiendo y el estómago revuelto, me senté en la mesa de los gemelos, evitando el contacto visual hasta que pude calmar mi corazón desbocado. Sentí sus ojos clavados en mí. Sentarme tan cerca de ellos era una bendición y una maldición a la vez. Una bendición porque podía verlos mucho mejor: Kieran era un poco más musculoso, pero sus caras eran casi idénticas, con cejas pobladas, pestañas largas y labios carnosos.
"Mira, Kieran", dijo Ethan con un tono burlón. "Es la niña de los ojos extraños".
Al escuchar su voz grave y áspera, se me hizo un nudo en la garganta. Kieran esbozó una sonrisa mientras sus fríos ojos me recorrían. "¿Esta es la chica de la que hablaba Jessy?".
"Es la que no se fijó por dónde iba", le respondió Ethan con una sonrisita.
Hablaban de mí como si no estuviera ahí. Me senté en silencio, tratando de no quedarme embobada mirándolos. No se podía negar que eran guapos, pero su actitud era insoportable. Me arrepentí de mi atracción instantánea por ellos.
"No me había dado cuenta", se burló Kieran, y contuve el impulso de estremecerme. A pesar de las frecuentes reprimendas de Darren cuando estaba borracho, las palabras de esos dos me dolían más.
"Mira, Kieran", volvió a decir Ethan con una sonrisita. "La muñequita intenta ignorarnos".
Mi corazón dio un vuelco ante el apodo, sin saber si era un insulto o un cumplido. La forma en que me miraban me asustaba y me seducía al mismo tiempo.
"Ignorarnos solo empeorará las cosas para ti, cariño", comentó Kieran, clavando sus ojos oscuros en los míos.
Mi corazón seguía acelerado por la manera en que me llamaban. No entendía el juego: era casi acoso, pero al mismo tiempo los apodos sonaban cariñosos. Me regañé mentalmente por siquiera considerar la posibilidad de que les gustara. '¿Por qué dos gemelos divinos se interesarían por alguien como yo?'.
Ignorarlos solo empeoró las cosas. Durante toda la clase, siguieron haciendo comentarios, provocándome. No estaba segura de si querían una respuesta o un arrebato, pero no les di ninguna de las dos cosas. Al final, me obligaron a hacer sola todo el trabajo de un proyecto de una semana.
La siguiente clase no fue mejor. Estaban Ethan, Kat, Jessy y sus amigas. Estar sentada junto a Kat todo el tiempo fue un pequeño consuelo, pero el gemelo siguió sonriendo burlonamente y molestándome. La rubia no disimulaba su odio hacia mí. De hecho, cuanto más atención me prestaba Ethan, más se enfadaba ella.
De alguna manera, logré sobrevivir el resto del día escolar, que consistió en cinco clases extremadamente largas. Por desgracia, tuve a los dos gemelos en dos de ellas. Educación Física, la que menos me gustaba, fue aún peor, ya que las miradas ardientes de los gemelos acentuaban mi torpeza. Por suerte, pude quedarme sentada hasta que me encontraron un uniforme, pero saber que empezaría educación física el lunes me revolvió el estómago.
Una semana pasó en un suspiro. Darren estaba tan mal como siempre, pero evité las confrontaciones y su comportamiento manoseador. Los gemelos seguían atormentándome, molestándome y confundiéndome por igual. Jessy y sus amigas pasaron de las miradas y las risitas a los comentarios maliciosos.
Lo bueno fue que Kat y yo nos hicimos más cercanas gracias a que me contrataron en el mismo restaurante donde ella trabajaba, un pequeño local italiano del pueblo. También hice una nueva amiga, Lilian, una chica atlética con el pelo rubio claro y grandes ojos azules.
Comenzó mi primer fin de semana en Georgia, dedicado casi por completo al trabajo. Tenía que recuperar el dinero que gasté en materiales para la escuela y comida. A pesar de todo, no estaba segura de si las cosas iban a mejor o simplemente se estaban calmando.
"¿Y estás segura de que no te importa?", pregunté con un dejo de vergüenza en la voz mientras miraba a Kat.
Ella se rio y puso los ojos en blanco. "Claro que no. De todos modos, trabajamos en el mismo turno. Solo tendré que venir media hora antes", dijo, encogiéndose de hombros.
Cuando se enteró de que yo pensaba caminar media hora para ir y volver del trabajo, insistió en llevarme todos los días. No estaba acostumbrada a que la gente me ofreciera ayuda, así que su gesto me hizo sentir un poco culpable.
Jugueteando con el ajustado uniforme que teníamos que ponernos, le respondí: "Al menos déjame darte dinero para la gasolina todas las semanas".
Era mi primer día de trabajo, un domingo tranquilo, aunque el sábado lo pasé terminando el proyecto que Ethan y Kieran se negaron a hacer. Afortunadamente, la gente de ese pueblo dejaba buenas propinas, y solo derramé cosas sobre mí misma y no sobre los demás. La ventaja era que nuestro uniforme era una camiseta negra con el logo del restaurante y pantalones negros ceñidos, que ocultaban la mayoría de mis torpezas.
Kat y yo volvimos a entrar al restaurante después de nuestro descanso de treinta minutos. Al asomarme por las puertas de la cocina, me di cuenta de que entraba más gente. Eran alrededor de las cinco de la tarde y mi turno terminaba en dos horas. Contaba los minutos que faltaban para poder echarme en mi cama.
Sin embargo, se me oprimió el corazón cuando Kieran y Ethan entraron con Jessy y otra chica guapa. Sentí una fuerte punzada al verlos con ellas, pero reprimí el dolor, porque no era el momento de dejarme llevar por mis sentimientos. Cuando se sentaron en mi sección, suspiré con fuerza.
Los gemelos se veían aún más atractivos fuera de la escuela. Kieran llevaba un suéter negro arremangado hasta los codos, jeans oscuros y botas negras. Ethan tenía puesto casi lo mismo, pero con una chaqueta de cuero. Me descubrí mirándolos y me detuve enseguida. Lo último que necesitaba era caer en su jueguito.
"¿Qué pasa?", me preguntó Kat, asomándose por la puerta.
"Kieran y Ethan", suspiré.
"No sé qué hiciste para llamar su atención, pero te compadezco", respondió ella, negando con la cabeza con una risa triste.
"No hice nada. Me los encontré una vez por error y decidieron hacerme la vida imposible", repliqué con cara de disgusto.
"Te diría que fueras a la oficina del director, pero parece que tienen a todo el mundo comiendo de la palma de su mano", comentó ella, con el ceño fruncido.
Suspiré, decidida a no quejarme más. Ellos querían una reacción, pero yo me negaba a dársela. Lo único que tenía que hacer era aguantar hasta cumplir los dieciocho años el próximo febrero y poder irme de ese pueblo.
"¿Quieres que los atienda?", me preguntó Kat.
Negué con la cabeza. "No, me molestarían por el resto de la vida".
Entonces respiré hondo y me acerqué a su mesa con una sonrisa fingida, centrándome en las chicas. Jessy estaba sentada junto a Kieran mientras que Ethan tenía a su lado a una hermosa chica de pelo negro.
"Hola, soy Sophia y hoy seré su mesera", dije, ignorando la mueca de desprecio de Jessy. "¿Quieren algo de tomar?".
"Sophia. ¿Qué clase de nombre es ese?", soltó la chica de pelo negro con una risita, haciendo que la otra también se riera.
A pesar de eso, mantuve mi sonrisa.
"Yo, agua", suspiró Jessy. "Pero necesitaré algo más fuerte si tengo que mirar tus ojos de loca durante demasiado tiempo".
Tener un ojo café y otro azul dificultaba encontrar un color que me quedara perfecto, pero no entendía qué tenía eso de "raro".
Miré a los gemelos, quienes sonreían con suficiencia. Ellos pidieron refrescos y las chicas agua. Salí corriendo de la mesa a buscar sus bebidas.
En la cocina, Kat y Tyler me detuvieron.
"¿Cómo te va con los gemelos?", me preguntó la primera, frunciendo el ceño.
"Siempre tan agradables", respondí con sarcasmo.
"¿Quién es agradable siempre?", me preguntó Tyler, pasándome un brazo por el hombro. Me puse rígida, incómoda por su falta de espacio personal.
Kat resopló. "¿Por qué tienes que poner tus manos grasientas sobre todo el mundo?".
Él sonrió con suficiencia y apretó más su brazo a mi alrededor. "No seas celosa".
"¡Qué asco!", murmuró mi amiga, negando con la cabeza.
Como Jessy me tenía entre ceja y ceja, agarré las bebidas, tratando de estabilizar mi respiración mientras me acercaba a su mesa. Casi grité de alegría cuando llegué sin derramar nada.
Cuando dejé la bebida de Kieran, movió su mano hacia adelante y la derramó. Su sonrisa burlona hizo que me hirviera la sangre.
"Disculpa. Lo limpiaré enseguida y le traeré otra", dije educadamente mientras limpiaba el refresco.
"No seas tímida, cariño. Tú hiciste el desastre", dijo Kieran, sonriendo con malicia.
Me incliné sobre la mesa, con el corazón acelerado, mientras limpiaba. El aroma de su colonia me envolvió, terroso con un toque dulce.
"¿Por qué hueles a colonia?", preguntó Kieran, mirando a su hermano.
"¿Y eso qué importa?", murmuré, corriendo de vuelta a la cocina para traer otra bebida.
"¿Estás bien, Sophia?", me preguntó Tyler.
"Sí", resoplé, agarrando otro refresco.
Al llegar a la mesa, puse la nueva bebida frente a Kieran y forcé una sonrisa. "¿Están listos para pedir?".
Los gemelos parecían molestos. La risa aguda de Jessy resonó desde el otro lado del comedor. Me dirigieron insultos, pero yo sonreí con más fuerza.
Finalmente, se levantaron para irse, y yo agarré la cuenta. Luego me retiré para fichar mi salida. Mis ojos se abrieron de golpe al mirar la cuenta. Era de casi setenta dólares, y me dejaron sesenta de propina. La nota al pie del recibo me provocó una mezcla de mariposas en el estómago y náuseas: "Hasta pronto, muñeca. E y K".