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Morir no será un descanso

Morir no será un descanso

Autor: : Natán El Zhediak
Género: Ciencia Ficción
Cuando la humanidad deje atrás sus egoísmos podrá construir un mundo edénico. La muerte será burlada, por cuanto cambiaremos de cuerpo cuando el que tengamos se vuelva inservible. Las leyes del matrimonio no serán necesarias. El crecimiento poblacional no será un problema. El trabajo NO será una obligación y nuestras necesidades básicas serán cubiertas por un sistema tecnológico que lo dominará todo, llamado INGEVERSO. Sin embargo esta sociedad super-civilizada del futuro se siente frustrada por cuanto el ser humano ha descubierto que no puede alejarse del Planeta madre, pues nuestra psiquis está atada al campo magnético terrestre, como por un invisible cordón umbilical y alejarse demasiado hace caer a los astronautas en un estado cataléptico. También otros peligros inéditos pondrán a este mundo del futuro al borde del colapso.

Capítulo 1 Capitulo uno

Basailk Gormu hace descender gradualmente su nave, hasta posarse justo al borde de los acantilados, cerca de donde rompen y espuman sus rizos las olas de un océano color rojo granate. No muy lejos de allí, una pandilla de chicos requemados por el sol alborota la mañana, entretenidos en sus juegos.

La pequeña Isthar, con su forma de octaedro, atrae la atención de los pequeños, que en un instante llegan y le rodean plenos de curiosidad. Gormu salta fuera de la escotilla y les hace un gesto cómplice, con el índice sobre los labios y estos, por suerte, establecen silencio y solo se limitan a observar.

Chasquea los dedos y la arena en torno a él se levanta, se arremolina y enseguida cae progresivamente, formando un montículo bajo el cual queda oculta la nave . Luego se sacude las manos, arregla su túnica y comienza a escalar el muro rocoso del acantilado. Un minuto después, se asoma al paisaje de un extenso y caliginoso desierto, que parece ondular sus alcores hasta el infinito.

Las tiendas del campamento beduino retrotraen gratos recuerdos, que giran como torbellinos en la mente de Gormu.

– Hay felicidad aquí–masculla para su coleto. .

Sacude sus manos, satisfecho y avanza por la arena, que, gratamente cálida, le cosquillea entre los dedos de los pies.

«Hay felicidad aquí», vuelve a murmurar para sus adentros. Se esfuerza en creer que ya cesaron los peligros; intenta tozudamente ignorar la sombra de duda que le persigue.

La majestuosa tienda de Samul y Nohemí aparece resguardada entre palmeras atiborradas de dátiles. Gormu va tirar de la campanilla de la entrada, pero detiene el gesto y voltea a ver de nuevo las distancias. La desolada extensión que se encrespa hacia el horizonte infinito y aquel mar como sangre le dan la ilusión de un paraje recóndito y desconocido de otra Galaxia. Como regresar a la profundidad de un tiempo, que solo existe tras los velos de su mente.

– ¡Almirante Basailk Gormu!

Inconfundible es la voz atronadora a sus espaldas. Al voltear, ve a un sujeto de luengas vestiduras y turbante blanco entre las cortinillas de la entrada. El hombre le sonríe con ojos entrecerrados y avanza hacia él.

– ¡Sin dudas querías sorprenderme! –rezonga– Es un milagro. Demasiados años...no habías vuelto a salvar estas distancias...

El abrazo impetuoso da la impresión que llevan largo tiempo sin verse. Pero se ha encontrado hace apenas dos días con Samul en casa de Xena, en el habitual banquete de amigos de cada semana. Donde, por cierto, y por desdicha, la propia anfitriona Xena ha estado ausente.

Lo real es que, por diversas causales, Gormu lleva veinte años sin poner los pies en la tienda de Samul, quien compone una parte insustituible de su historia personal. Porque se ha hecho costumbre que siempre sea Samul quien los visite.

– ¿Tan fácil te ha sido reconocerme? –se lamenta Gormu–Entonces todo mi es esfuerzo por cambiar fue en vano.

–Te sorprendí mirando las lejanías amigo. ¿Quién sino tú podría extasiarse con este aburrido paisaje? Pero tu apariencia es avasalladora, lo digo con franqueza, sin dudas ella no se te resistirá...–Samul se detiene, se le acerca para hablarle al oído y baja la voz hasta el susurro.

–Te cuento que Nohemí ya no está por acá–advierte y le guiña un ojo pícaramente–Nueva inquilina en la casa.

–Me gusta estar de regreso–proclama en voz alta el Almirante, disimulando lo que acaba de oír.

Samul suelta una sonora carcajada, mientras lo acompaña adentro.

Las cortinas dan paso a una amplia estancia pavimentada de alfombras y saturada con aromas orientales. Se escucha música de laúdes y tamboriles. En los regios tapices fluyen panoramas en movimiento. En ese minuto muestra un curo de muchachas bailando raks sharki. Sus vientres sudorosos convulsionan al ritmo de los tamboriles.

–Bienvenido a mi humilde choza–tercia Samul– Vaya que te ves radiante. Juro que la próxima vez que renueve, voy a copiar ese estilo en todos los detalles.

El Almirante sonríe de la ocurrencia. Samul nada tiene que envidiarle, de cierto. Es un vigoroso mozalbete de unos cien kilos de peso y estatura superior al promedio. Exhibe un fenotipo midráxtico, de incisivas líneas en el rostro, ojos redondos y cabello castaño entorchado como nidos de gorrión. Lo remata una barba mediana, entre platinada y castaño oscuro. Sus ojos, de pupilas rojizas y párpados siempre entrecerrados por el exceso de luz del país, suelen expandirse como platos al estar a la sombra.

Gormu no puede esperar para comentarle a Samul sus temores respecto a cierto personaje, el cual ni siquiera se atreve a nombrar.

–Es un genio del mal–comenta– ¿Qué se puede esperar de él? Podría haberle hecho daño a Xena, mantenerla retenida.

–Bien sabes que eso es imposible...–le calma Samul– además, no lo creo capaz, el hombre se ha reformado.

– Ya no digas nada. El malo sigue siendo malo, son cosas del égom.

–Eso es muy prejuicioso... ¿De qué siglo vienes amigo? ¿Qué si ella se enamoró de él? Es perfectamente posible. Deja que se amen en libertad.

–Nada de amores– refuta Gormu– La conozco hace tanto como el tiempo que he estado sin volver aquí. Él la hipnotizó. Tiene ese don. Ha vuelto a sus andadas. Pudiéramos estar en peligro, te advierto...–Gormu hace una pausa– Me ha parecido verlo.

– ¿Lo has visto? No bromees, ahora está fuera de la vista del mundo. Tiene cláusula de privacidad.

–Es hábil. Creo que rondaba por mi casa, ayer.

– ¿La casa a la que te que acabas de mudar? ¡No! Son imaginaciones tuyas – le previene Samul– No creas los comentarios de los ignorantes. El hombre no es mago ni brujo. No puede pasar desapercibido.

–Es hábil. –repite Gormu, como una letanía.

Samul se encoge de hombros, luego sonríe.

–Mira, la gente ya lo aclamó como un héroe, lo subieron al pedestal de la gloria y el hombre no se va a querer bajar de allí, a no ser que sea un verdadero imbécil.

Samul voltea el rostro y silba por lo bajo; en respuesta llegan hasta ellos unos divanes levitantes, que se inclinan invitándolos a subir. Ya acomodados en ellos, se trasladan en suave vuelo por los recovecos y anexos interiores de la tienda. Llega también al vuelo una bandeja con frutas y burbujas llenas de néctar de dátiles para agasajar al recién llegado.

Samul, a intervalos, lamenta que su amigo no pueda desterrar la tristeza de su semblante. La languidez en su mirada y la desazón de sus movimientos le resultan preocupantes.

–Serán los años de esta larga vida–se justifica Gormu– que ya pesan.

–No amigo, son tus temores. Te han enfermado.

Sentados frente a frente en medio del salón, prestan atención a Síbil, la asistente cibernética, que reproduce en vívidos hologramas los momentos de la última visita de Gormu. Después de esos instantes de remembranza se impone el silencio, mientras el Almirante sonríe y mueve un poco la cabeza, en muestra de beneplácito.

Periódicamente las paredes de la tienda se transparentan. Entonces se hace visible el jardín y un cerco de arbustos de naranjo, igualmente rebosados de frutas. Por el lado del fondo sale un senderillo forma en tortuosa hendidura que se prolonga hasta la costa, a unos cien pasos de distancia.

–Hay felicidad en este lugar. –repite Gormu, ahora en tono vibrante– Ellos al menos, –apunta a los muchachos que juegan en la cercana playa –no tienen un pasado tortuoso atenazándoles el recuerdo.

La pared se hace opaca de nuevo y vuelve la música de laúdes y tamboriles. Las muchachas continúan danzando por los tapices en derredor cual si pretendieran sumar gente a su coro. Los olores del salitre marino y del humo proveniente de las carnes asadas a la parrilla saturan gratamente el ambiente.

–Nada ha cambiado en estos años– reconoce Gormu, pero enseguida se palmea en la frente ¿No vas a llamar a la nueva anfitriona y decirle que he venido? ¿Acaso se esconde de mí? –luego añade con suspicacia –Seguro que descansa de una intensa noche. Déjala.Tenemos, mi camarada, una larga conversación pendiente, necesito de ti, me urgen tus consejos.

–No, no, no–le refuta Samul– Nada de conversaciones. No hasta que yo regrese. Sabes que hoy es martes y tengo negocios que hacer.

–Pero ¿entonces...?

Gormu deja caer los hombros, resignado, pero de pronto se acuerda de algo y ahora es él quien susurra:

–Me cuesta creer lo de Nohemí. Sabes cuánto la quería yo. Vaya, qué lástima. Espero que la linda historia de amor de ustedes tenga una segunda parte. Pero no voy a entrometerme...

Mientras dice esto, Samul le hace una rápida indicación de callar y Gormu, obediente, detiene sus palabras. Una esbelta joven acaba de aparecer montada en un pedalillo. Desciende con gracia pizpireta frente a ellos y extiende la mano para saludar. Su rostro es una rara fusión de sensualidad y candidez, mientras luce unos ojos enormes y negros. Estos lo miran con azoramiento y a Gormu se le antojan soles que luchan por dispersar las nubes que les rodean. La muchacha, de pies menudos y descalzos, viste una túnica que le cae ajustada a las sinuosidades del cuerpo,

–Buen día, príncipe Almirante –así le saluda, con una pompa que a Gormu le parece graciosa, acompañándose de una leve reverencia– supe que usted llegaba y vine a conocerle... y a felicitarle por el cambio...tan acertado.

Atónito, el Almirante hace señas a Samul para que se explique.

–No te preocupes. Ya sabe de ti casi tanto como yo. –Samul se la presenta–Su nombre es Dwila.

Entretanto Gormu alarga también su diestra para tomar la mano que la muchacha le tiende. Se la retiene en la suya y le devuelve una torpe reverencia.

–Literalmente acaba de llegar al mundo–se regocija Samul–. Solo veintiuna primaveras ¿Puedes creerlo, camarada?

Ante la extraña efusión, Gormu se pone en alerta. El vanidoso cacareo de Samul le resulta incongruente, por lo que conoce de su carácter.

– ¿Comprendes lo que digo? –insiste éste en preguntar.

Gormu mueve la cabeza, sin poder deducir si hay alguna broma en el aire o solo es una inusual presentación de cortesía.

La joven toma sitio en el diván semicircular, que luego de acomodarla prosigue su lento vuelo. Sonríe para Gormu, sin emitir palabra alguna que confirme o niegue lo dicho por Samul.

–...Y está ávida, verdaderamente ávida de saber cosas de ti, hermanito – sigue diciendo Samul, en tono que a Gormu le parece abiertamente guasón– Traté de ilustrarla sobre tus aventuras, pero ya sabes, –suspira, dejando caer las manos–soy pésimo contando historias. «Está por todas las frecuencias», le he dicho, «detente a visualizar y te hartarás con todo lo que se cuenta del príncipe Almirante». Pero no quiere. Desde que supo que éramos amigos no deja de importunarme para que te traiga aquí. Es como un gatito curioso. ¿Entiendes? –y Samul hace una ridícula imitación de las garras de un felino.

Gormu no entiende nada, pero Samul insiste, haciendo grandes aspavientos.

– ¡La curiosidad carcome su alma! – exclama, volviendo a imitar del peor modo la voz de la muchacha–: « ¡Oh, Samul querido, eres muy malo contando historias, tráeme aquí a tu amigo, quiero oír sus aventuras de su propia boca!» ¿Ves? Ahí está, toda ansiosa. Ciertamente amigo...tú has caído del cielo, literalmente.

Y entretanto que habla, Samul desciende del diván, que se disipa como humo tras él. Se inclina ante ellos en reverencia de despedida.

–Siento dejarlos solos, pero tengo negocios que atender. No estoy de vacaciones, como algunos. –dice mientras pone su pie en un pedalillo y de nuevo se voltea a ver a su amigo – Hablando de caer del cielo, ¿Me prestas tu nave Isthar, compañero? Solo un par de horas. Ya la he visto escondida en la arena. – guiña un ojo – Mi Atrahasis está estropeada. O quizá lo estoy yo, de volar tanto en ella –suplica Samul.

–No faltaba más–accede Gormu, encogiéndose de hombros con descuido–Llévatela.

Antes de irse, Samul se dirige a la muchacha:

–Dulzura, te ruego que trates con fineza a este caballero. El mundo en que vives, en el que vivimos todos, tiene mucho que agradecerle. Yo mismo le debo mi felicidad, por no decir la vida.

Samul da nuevas disculpas y el pedalillo se va alejando de la tienda con él a bordo. Cuando por fin desaparece entre las dunas, el Almirante Gormu y la joven quedan uno frente al otro en medio del salón, bajo un ruedo de guirnaldas que les revolotea por encima. Gormu avanza un paso hacia ella y vuelve a tomar su mano, mientras contempla de cerca sus encantos. Quiere percibir su vitalidad. Cerciorarse que no es un engaño. Podría serlo. Un holograma sustancial o un náper simulando una persona de carne y hueso. Pero después de tocarla y olfatear disimuladamente, no le quedan dudas. Dwila es auténticamente humana.

–Es lo que digo. –apunta entonces, sin dirigirse a nadie en específico, sosteniendo las manos de la joven y mirando en sus pupilas con fascinación – ¡De esto hablo cuando digo felicidad! – Gormu se dirige a Samul, que ya no está presente, pero los vigila en intervisión. – Es increíble la suerte que tienes, camarada.

Gormu se le acerca más.

– ¿Puedo besarla, querida mía?

La joven se turba de repente y se vuelve al Samul virtual para interrogarlo con la mirada. Pero éste solo se encoge un poco de hombros, en tácito consentimiento, mientras vuela en el pedalillo hacia la Isthar. De modo que Gormu estampa un beso húmedo–demasiado húmedo tal vez– en los labios de la muchacha y retiene su boca dentro de la suya durante un largo momento. Al terminar, ella toca con un dedo la comisura de sus labios.

– ¿Complacido? –le pregunta.

– ¿De verdad tienes veintiuno? ¿No estas regenerada? –pregunta Gorma a su vez, aunque enseguida se arrepiente.

–Uf, qué delicadeza. –rezonga la joven– ¿Acabas de conocerme y ya desconfías de mí? ¿Te parezco mayor? ¿O tal vez piensas que la mujer que buscas se esconde tras mi apariencia?

–No lo maltrates, cariño–interviene la imagen de Samul, a quien se le ve ya entrando por la escotilla de la Isthar–El Almirante solo quiere conocerte.

–Vaya manera –bufa Dwila y se aparta– Pues que le pregunte a Síbil, si tiene dudas.

Gormu junta las manos sobre el pecho y se disculpa en tono suave.

–Fui torpe. Y tienes razón, pensé que podías ser ella, pero que no te incomode mi sospecha. Tampoco cometeré el desaguisado de preguntarle a Síbil por ti. Sería injurioso de mi parte y, además, ya me aseguré de que no eres...quien busco.

–Oh, comenzamos con mal pie –se entromete de nuevo Samul– Ahora desayunen por favor.

Sobre la losa del jardín, el carbón de la parrilla despide un humo grasiento y aromático. Paralelamente, un náper les ofrece burbujas con jugo de naranja frío, que sorben por un pitillo.

– ¿No es muy temprano para esta fiesta? Asados, jugos...

Gormu toma la apetitosa loncha de cordero que llega por el aire y da un mordisco en la carne humeante.

–No hay modo de resistirse –comenta finalmente.

–Yo querría estar en ese convite– Samul levanta su mano en gesto de adiós, ya instalado tras la escotilla de Isthar – Pero Venecia me espera con su dinero. Ya les contaré al regreso. ¡Choveian!

– ¡Choveian! –responden ellos a coro.

Samul apaga la trasmisión. Gormu y Dwila chocan las burbujas, a manera de brindis.

–Por fin solos–declaran casi al unísono.

...

–Casi no puedo creerlo...el príncipe Almirante Basailk, héroe de todas las naciones y países, el campeón que metió en cintura a los infames selenitas, el que apresó al malvado Zezán...

–Basta, querida – le interrumpe Gormu, completamente avergonzado–aquí me tienes, no como en esas aburridas sagas de los domingos. Solo guárdate las lisonjas y los títulos, que no son para siempre.

– Sí que va a ser larga nuestra conversación –declara entonces la joven, haciendo un mohín de sorna.

– ¿A qué te refieres? –se intriga Gormu.

Dwila ríe con tal brusquedad cual si se tratara de un ataque de nervios.

–Amigo, hoy es martes. Tú no tienes cuidado de eso, eres un hombre rico, pero tu amigo Samul debe raspar todavía algunos créditos y no volverá hasta el domingo. Vas a extrañar a tu Isthar...

Gormu mueve su cabeza, contrariado.

– Claro, toda esa rara conversación...para al final engatusarme – hace un gesto de conformidad y concluye– pero ya estoy habituado.

Gormu retorna la imagen de Samul a su retina, aprovechando que Dwila se ha ido a la bañera.

–Allí estás–musita este desde la cabina de la nave–espero que todo vaya bien.

–Todo va bien. Pero ya que pretendes dejarme a cargo, al menos trata de enterarte dónde está ella. Encuéntrala para mí. No creo que se niegue a verte...En fin no vuelvas con las manos vacías...

– El amor, el amor– profiere Samul.

Pero de inmediato, al ver el semblante decaído de su amigo adopta una expresión adusta.

–Cosa muy seria es el amor y no creas que juego con tu paciencia. Pero tengo asuntos que resolver ahora mismo... Sin embargo, te doy un adelanto: sé exactamente dónde está Xena. Se ha comunicado conmigo. Contigo no quiere hablar, a no ser personalmente. Y ha puesto sus condiciones para ello ¿me entiendes? Ella también tiene miedo amigo, mucho miedo...–concluye Samul, enigmáticamente.

Gormu percibe que Samul está tratando de evadir el tormentoso asunto. Sabe que Xena le ha lacerado el corazón yéndose sin siquiera decir adiós, como corresponde a personas civilizadas. Y Samul también sabe que él no se resigna, chapado a la antigua como es, a la idea de que se pueda romper un pacto de convivencia con semejante ligereza.

Ahora bien, cuando Samul le dice que ella lo ha contactado para que medie en una reconciliación, Gormu, de repente, no tiene idea sobre el próximo paso por dar, ni de las palabras que debe decir si tal encuentro finalmente se concretara.

Sin embargo, revolviéndose dentro de sí mismo con determinación, decide no poner reparos a un arreglo, pues simplemente la ama y la idea de quedarse solo en la nueva casa, a esperar que la suerte le traiga un afecto semejante para con alguien más, es horrible. La perspectiva de dejar atrás la felicidad vivida a su lado, de dejarla en brazos de otro sin luchar, le resulta desoladora.

Capítulo 2 Capitulo dos

Lo demás que conoce por boca de Samul es que Xena también ha estado en la pirámide y ha cambiado de cuerpo. Así que no podría reconocerla, a no ser que ella misma se descubra ante él.

– ¿Miedo de mí? –pregunta Gormu a la imagen de Samul.

–Vaya, –responde este castañeando los dientes opalinos– no entiendes nada de mujeres, aun con tus años. Pero te lo explicaré todo al regreso. Hagamos un trato: tú encárgate de complacer a Dwila. Cuéntale lo que quiera saber de ti, hasta que sacies esa bendita curiosidad que le corroe. Yo a cambio te traeré a Xena y la meteré directamente en tus brazos.

Algo dentro del estómago de Gormu baja demasiado y luego vuelve a subir.

–Oh vamos, no hagas promesas vanas, amigo. No es un trato justo.

Samul se revuelve insultado.

– ¿Qué cosas dices, querido, no te simpatiza mi compañera? ¿No te alegra estar en mi humilde tienda? –subraya la frase, guiñando los ojos aviesamente.

–Te aseguro que estarás complacido. Pero ten cuidado. Te advierto que Dwila puede hacer que te olvides de Xena. Pero no me la robes por favor, me hace mucha falta.

–Blasfemas–reniega Gormu, fingiéndose igual de ofendido. – Yo sería incapaz...

– ¡Choveian! – Samul se despide definitivamente.

Notando que Dwila lo mira intrigada desde la puerta de la cámara de regeneración, Gormu se justifica y le comenta:

–Mi amigo sencillamente me tortura.

–Estoy lista para ti...–responde ella. Y al acercarse, ya no tiene los ojazos negros de antes, ni su cabello es el mismo. Ahora su cabello luce un corte rebelde con destellos verdosos. También sus pupilas están en verde, como el verde de la floresta y lo observan acuciosamente, buscando una evaluación. Gormu la toma suavemente por el codo y la conduce afuera. Caminan un rato por el senderillo hacia el mar, sin decirse nada. Finalmente es Gormu quien rompe a hablar.

– ¿Porque te has venido al país de Arena, jovencita? Samul es mi amigo, es cierto, pero ¿Acaso te ha obligado a venir aquí, te obliga él...? – tantea con sincera preocupación.

– ¿Obligarme? – se asombran los ojos verdes de Dwila– Hablas un lenguaje extraño. Tengo veintiún años.

–Bueno–balbucea confuso–, quise decir...que eres demasiada niña para estas soledades. ¿No te aburres en este condenado desierto?

–Desciendo de las tribus del desierto, si es lo que quiere saber. – le aclara Dwila levantando la naricilla como para acuñar cada palabra. Estas soledades fueron siempre nuestra vida, nuestra poesía.

Pero Gormu todavía insiste.

–Tal vez cambies de opinión si un día sales y recorres el conglomerado. Creo que no has tenido tiempo de hacerlo. Es tan vasto el mundo, tan diverso.

– ¿Es tu recomendación?

Dwila inclina su cabeza y el cabello oscila, tapándole la mitad del rostro.

–Quizá me convenga hacer eso. Si...–se agita, resoluta– está decidido: daré una gira por esos sitios de ¬allá afuera, me entretendré un poco, exploraré y me divertiré. Y de paso comprobaré sí echo de menos a Samul y sí quiero aún volver de nuevo a este «condenado desierto»– concluye y se encoge de hombros, abrumada después de su larga efusión de ironía.

–Otra vez mi mal pie...– se disculpa Gormu, sin saber que más decir.

–Tienes libertad de decirme lo que quieras– le consuela ella enseguida, con el rostro iluminado por una sonrisa– jamás me enojaría con el príncipe Almirante.

Y se le enfrenta briosa.

–Casi se me olvida, – dice– eres mi huésped y te debo atenciones, querido. ¿Qué te apetece? ¿Manjares, jugo de frutas..., sexo? –dicho lo último se levanta levemente la túnica, dejando entrever el magnífico contorno de los muslos.

Gormu declina sus ofrecimientos con delicadeza.

–Estaré bien. Me basta tu afecto jovial, tu grata compañía. – ¿Todavía tienes curiosidad por saber mi vida? –pregunta mientras siguen caminando por el senderillo hacia la costa.

Dwila parece no escucharlo. Prosigue su paso cavilando en silencio, mirando hacia la distancia, cómo las gaviotas hacen sus cabriolas sobre las aguas.

– ¿Eres de los resucitados? –pregunta entonces de súbito. Su tono sensual de un rato antes se ha trocado en una expresión de curiosidad infantil –Todo lo que sé sobre el tema es por las fábulas de Síbil. Ya sabes lo ríspida que se pone a veces.

Gormu deja de caminar y se sienta sobre una roca, con el rojo océano a la vista. Estira los pies descalzos, empujando la arena. Dwila se acomoda a su lado. Él mira en la verdeante profundidad de sus pupilas, se sumerge allí en busca de recuerdos...

–Eres hermosa, como la Sherezada –asevera Gormu y agrega– Yo quisiera ser aquel Sultán que te exija entretenerme toda la noche contándome historias interesantes, para no tener que decapitarte al día siguiente, cuando amanezca. Pero vaya si este mundo está de cabeza. Seré yo quien mate tu aburrimiento con mis relatos...

–...Si no, yo te cortaré la cabeza a ti–Dwila ríe de buena gana, como una adolescente. Los ojos se le ocultan completamente bajo los rizos revueltos–Me gustaría ser tu Sherezada–confiesa y se lamenta–, pero no tengo mucho que contar. No he vivido historias apasionantes, ni tengo aprendizaje suficiente, quizá ni maestros adecuados... en fin, no sé nada de nada.

– ¡Uf! –bufa Gormu y se agarra la cabeza–Como quisiera...

–...Pero seré tu humilde asistente– habla Dwila– Puedo apoyar con algo.

En tanto, la joven chasquea repetidamente sus dedos y murmura entre dientes. Varios remolinos de arena brotan del suelo en torno a ellos y se van acreciendo por toda la extensión arenosa.

– ¿Qué haces? –se preocupa Gormu, tapando sus oídos para apagar el silbido del viento.

Pero antes que pueda tener una respuesta, las pequeñas turbonadas de arena suben hasta derivar en una serie de ruidosos tornados, que se agrupan en una tortuosa danza cuya finalidad Gormu no alcanza a comprender. A un nuevo gesto de la mano de Dwila la multitud de tornados confluye hacia un centro común, juntándose en un grandioso y plomizo torbellino de polvo sobre la tienda de Samul. Gormu solo se resigna a observar, sin sospechar lo que se propone su anfitriona.

Hasta que el polvo se va trocando en enjambres de abejas nap. Millones de ellas destellan en torno a la tienda y de repente caen sobre ella y comienzan a devorarla. Literalmente la disipan, con todo lo que contiene, en el breve tiempo que Gormu demora en rascarse la coronilla. En un momento nada queda en el sitio, ni la tienda, ni las palmeras, ni los naranjos..., sino apenas una planicie desnuda.

Los tornados, empero, continúan girando y en el lugar que estuvo la tienda comienza a crecer una construcción muy diferente. Al poco y para asombro de Gormu va surgiendo un portentoso palacio oriental, al estilo descrito en los libros de Las mil y una noches. En pocos minutos el palacio se yergue imponente en medio del oasis, como una joya de inaudito fulgor, agostando completamente al humilde conjunto de tiendas beduinas de la vecindad. Solo entonces los enjambres se aquietan y desaparecen sin dejar rastro y regresa el silencio.

–Eso fue impresionante. –aplaude Gormu– No tengo palabras... Te has gastado todas tus neuronas...

–Ni te creas–replica Dwila, mientras ambos se encaminan hacia la flamante edificación.

El palacio, construido en forma cuadrada, tiene tal profusión de detalles, que una vez que alcanza sus predios y observa de cerca los diseños, Gormu siente vértigos, enfrentado a una jungla de estilos y decorados. Tras cruzar al interior la vista se abre a un escenario todavía más exquisito. Confluyen por doquier, en aglomeración, arcos y cúpulas adornados con obras artísticas de abrumadora belleza. Caligrafía en arabescos. Azulejos estampados y amplios enchapes de oro. Tras el corredor principal entre columnas se accede a un florido patio interior, donde resplandece un oscuro y extenso estanque de agua de lluvia, al modo persa y en el aire hay olores de perfumes, incienso y flores brotando de cada rincón. También son visibles aquí y allá largas mesas de banquete con vajillas preciosas y milenarias, prodigas de alimentos a tono con aquella lejana época.

Dwila no ha descuidado ningún detalle. Le ha puesto vida y movimiento al palacio. Hay esclavos y esclavas napers, en sus trajes (o sin ellos) paseando por las estancias. Para no quebrantar las reglas del conglomerado, los napers tienen una manilla en el brazo que los identifica como tales.

Excepto esto, su apariencia es muy natural.

Continúan su paseo yendo por las alcobas. Gormu vuelve a maravillarse. Descubre hermosas odaliscas echadas sobre ostentosos lechos imperiales, dormitando solas o en tríos, o reprochadas juguetonamente entre las sábanas. Algunas le miran con avidez o le llaman con gestos insinuantes. Igual son napers, que imitan a aquellas bellas mujeres, las esclavas del sultán, destinadas para deleitarlo con música, danzas y sexo.

Una de las odaliscas, de desnudos y promisorios pechos, toca el laúd con tal maestría, recostada entre altos almohadones de seda púrpura, que Gormu se detiene a escucharla, boquiabierto. No entiende como Dwila puede concebir y construir con tanto detalle estos escenarios prehistóricos, dado que por su corta edad, no puede haber tenido tiempo de estudiarlos.

–Es prodigioso. No me refiero solo al aspecto del palacio. También lo es tu talento para reproducir las costumbres de los antiguos.

Dwila se encoge de hombros.

–Todo es mérito de Síbil. Ella me dio los diseños.

–Pero tú los ensamblaste. Tengo la impresión de que dominas la magia del ingeverso, como si la hubieras practicado por siglos. Y solo tienes veintiuno...

–Basta de halagos. Disfruta. Pasea. Respira. De cualquier modo, el mundo antiguo era muy simple. ¿Te imaginas si ellos pudieran asomarse al mundo nuestro? ¿Acaso lo comprenderían?

–De ningún modo. Les sería como asomarse al Olimpo, a la morada de los dioses.

–Ajá...también he sabido por Síbil sobre los griegos.

Y ambos, Dwila y Gormu, se sientan después del extenso recorrido, sobre sendos canapés de plumón y entre edredones de hilo dorado, sobremanera cómodos, en medio de una estancia de lujo sobrepujado y asistidos por un par de sirvientes que les refrescan con grandes abanicos de plumas. Es la misma clase de sirvientes que, recreados en todas las variantes de cortesanos que corresponden a la usanza del reino persa, se hallan ahora distribuidos por todas las estancias, completando el cuadro de realidad reconstruida del gran palacio, junto a una fauna de exóticas mascotas: tigres, monos, pavos reales y cacatúas, que encargados por Dwila a través del portal cuántico del traslator, van llegando para potenciar al extremo la vitalidad y autenticidad de los escenarios.

Gormu, ducho catador de realidades, le propone a Síbil que analice la reconstrucción y verifique si puede constituirse en un Legado para Dwila, por su originalidad. Le parece que tanto derroche de ingenio y fantasía bien merece un premio.

Pero después de un largo silencio, Síbil reaparece, materializada en la imagen del gato de Cheshire. Les sonríe con sorna.

–Me entristece informarle que su propuesta fue rechazada...por mí. No cumple los requisitos de exclusividad. No aporta nada nuevo, ni útil, no...

Gormu disipa la imagen del gato con un gesto.

–Me revienta esta Síbil. –rezonga Dwila– Si no fuera un holograma, la imagen de una máquina computadora, te juro que le partiría la cara.

Gormu se ríe del exabrupto. Luego sigue adelante, examina los extensos corredores, las enormes galerías de altas paredes, que parecen pedir a gritos ser revestidas con las obras de algún pintor de renombre. Contemplar obras de la plástica es una especie de píldora imprescindible para Gormu. Y ya que debe permanecer varios días allí, le pide a Dwila que le permita traer, por vía del traslator, parte de su colección personal, el sagrado bagaje que incluye copias y originales de pintores famosos y algunos pinitos de propia mano, para llenar el espacio mural de aquellos salones.

–El palacio lo hice para que lo disfrutes, mi querido príncipe Almirante–sugiere Dwila amablemente –Tráete tus cosas y acomódalas a tu gusto.

Gormu agradece su gesto y le toma la palabra. Se comunica con Pei y le pide que le haga el envío. Pronto comienzan a llegar sus óleos, que los sirvientes napers se afanan en recoger en la habitación del traslator y los distribuyen por los corredores y estancias, según les va indicando.

Entretanto Lion, su mascota puma, también llega para alegrarle con sublimes carantoñas, aunque después de acompañarle un rato en la faena de montar la galería de cuadros, opta por irse a retozar con Dwila, repentina empatía que a Gormu no le pasa por alto: ambos se entienden cual si desde siempre se hubiesen conocido.

El escenario queda listo para que Gormu comience el relato de su vida. Guarda en mente la pregunta que Dwila le ha hecho sobre la resurrección. Sin embargo, ella tiene algo entre pecho y espalda que quiere dilucidar.

–Antes de que me cuentes nada, respóndeme–le refrena– ¿Por qué dice Samul que está endeudado contigo?

–Ajá–Gormu se estira en el diván, con cierta desfachatez–Es una excelente historia para comenzar... Supongo que ya te ha contado Samul mucho de su pasado. Bien, sabrás que, tal como yo, Samul es de los resucitados. En su otra vida habitó una región llamada Arabia. Desde allí también llegaron la mayoría de parientes suyos y se asentaron aquí, en nivel gol. Aquí están replicados sus desiertos, sus ciudades, algo de las costumbres. Samul tuvo un papel clave en el diseño del país, aunque nunca le reconocieron un Legado por ello. Su vida actual es casi una prolongación de la vida anterior. Ama estas tórridas arenas y te aseguro que jamás se mudaría a ninguna otra parte del conglomerado. Tampoco Nohemí...perdona que la mencione. Ellos estuvieron juntos desde siempre. Desde antes de resucitar, incluso. Nohemí era el mundo para Samul. Samul era el mundo para Nohemí. No comprendo...

–Ya conozco esos detalles–le corta Dwila, tosiendo un poco.

–Bien. Entonces voy a lo que me preguntabas.

Fue hace veinte años que sucedió lo que voy a referirte. Cuando quizás tú comenzabas a dar los primeros pasos. Samul había adquirido la Atrahasis y estaba eufórico, con ganas de probar su capacidad de vuelo. Y no se le ocurrió mejor sitio para hacerlo que afuera, en la órbita.

Allí le aplicó toda la potencia, desoyendo las alertas de la vigilancia orbital y de Síbil. Confiado en los datos del panel de instrumentos, que supuestamente le mantendrían fuera de riesgo, traspasó algo que llama la Frontera del Sueño...

–Sé lo que significa, ya aprendí eso. –tercia Dwila– Es como una línea invisible, un límite demarcado en el espacio más allá de la órbita alta. Este límite quebró en pedazos el sueño de los terrícolas de expandirnos por el cosmos. Quien lo traspasa se arriesga a enfermarse con el único mal para el que no se ha hallado cura todavía: El síndrome de Cronos.

–Bien dicho. –continúa el Almirante– Pues, cuando Samul llevó la nave al límite de su potencia, en algún momento cruzó esa barrera invisible.

La Atrahasis fue localizada horas después por la patrulla orbital, viajando a la deriva. Dentro hallaron a Samul en completa parálisis. Sus manos crispadas todavía se aferraban a los mandos, como si hubiese hecho un supremo esfuerzo por reponerse...

Quizás ya lo sabes, pero igual te explico que existe una misteriosa y conexión entre los seres humanos y el planeta que habitamos. Como un cordón umbilical inmanente que sostiene y alimenta nuestra integridad biológica y mental. Dependemos de nuestro mundo y nos hallamos sujetos a él. Y es esta sujeción la que se rompe al alejarnos en el espacio, lo que comienza a suceder aproximadamente a mitad de camino entre la Tierra y Marte.

A partir de allí, quienes continúan caen en un estado intermedio entre el sueño, el desvanecimiento y el coma, sin llegar a perder la conciencia. El afectado sigue percibiendo la realidad, pero su respuesta a los estímulos externos es excesivamente lenta. En tal manera que puede tardar horas en emitir una simple palabra.

Esto se debe a que los ritmos circadianos, otro misterio difícil de explicar, se vuelven asincrónicos y el discurrir del tiempo del égom y del cuerpo comienza a darse de modos diferentes. De allí el nombre de Síndrome de Cronos. Es la única enfermedad que permanece en el mundo. Y es incurable por cuanto no es solo una enfermedad del cuerpo, sino que atañe al égom. Quien padece el Síndrome puede encarnar normalmente en otro cuerpo, pero no por ello podrá librarse del mal.

Samul quedó convaleciente y fue confinado en una cápsula yátrica, diseñada para darle ilusión de movimiento. La llaman Simulador de libertad. Allí, inmerso en un ambiente virtual, al afectado le parece que todo está bien y que vive normalmente en el mundo. Algo útil, eventualmente, para mantener el buen ánimo del égom y activadas las funciones del cuerpo y la mente. Pero ineficaz en sí mismo contra el padecimiento.

En ese entonces había miles de enfermos del Síndrome de Cronos por todo el mundo. La mayoría de ellos eran de los resucitados y al contrario de Samul, casi todos habían enfermado del mal en sus otras vidas. El hecho de resucitar no les resolvió el problema. Llegaron enfermos a la nueva civilización.

Eran la consecuencia de un error de cálculo. En una época lejana, cuando había concluido la terraformación de los planetas Marte y Venus, se decidió por los sabios del momento que aquellos emporios estaban listos para establecer colonias humanas.

Los droides que ha mucho estaban allí de avanzadilla, habían compuesto una biósfera armónica, parecida a la de la Tierra. Y hasta construyeron poblados campestres, con sus sistemas agrícolas y ganaderos. Entonces, cuando creyeron que todo estaba listo, se decidieron a mandar personas para que poblaran esos emporios.

Ingenuamente, nuestros ancestros tomaron el buen desarrollo de la vida animal y vegetal en Marte y Venus como señal favorable de que la vida humana también se desarrollaría sin problemas. Pero desconocían un detalle: los animales no tienen un égom individual. El Síndrome de Cronos no los puede afectar.

De modo que, simultáneamente, enviaron las naves repletas de emigrantes, hacia los dos destinos. Los nuevos colonos desembarcaron con todo el jolgorio de una gesta histórica. Pero al poco tiempo comenzaron a caer como moscas. Y como las naves que los habían llevado no contaban con suficiente combustible para regresarlos, no hubo modo de sacarlos de vuelta. Todos murieron a consecuencia de la parálisis, que les impedía emprender cualquier acción mínima para salvarse a sí mismos...

Tras saber lo sucedido a Samul nos apuramos a venir aquí para verlo y lo encontramos en condición grave, tendido dentro de su cápsula de vida simulada. Tenía la mirada clavada en el techo y los ojos muy abiertos. No dio señales de notar nuestra presencia. Nohemí, desconsolada por la tragedia, tampoco añadió nada alentador a lo que ya sabíamos. No había cura posible para nuestro entrañable amigo.

Samul, en su triste condición de impotencia, había logrado articular una única palabra dirigida a su compañera: «libérame», le había suplicado. Quería sin dudas que liberaran su égom y lo dejaran vagar en la dimensión etérea hasta el día que se encontrara una cura para su mal. Pero Nohemí se negó rotundamente. Prefería que estuviera en un cuerpo físico, cerca de sus seres queridos y no en la dimensión egómica donde ni siquiera hallaría otro égom para acompañarse.

Yo entendía su posición, conocedor de lo enérgico y determinado que era Samul. Él odiaba profundamente ser una carga para los demás.

Pero jamás desistimos de nuestro afán de salvarlo. Cada domingo nos reuníamos, todos sus amigos, para debatir el tema de su enfermedad y compartir las novedades sobre el tema. Acordamos que siempre que nos reuniéramos cada uno debía traer alguna propuesta de solución. Así lo hicimos por semanas, pero todo lo que se nos ocurría resultaba absurdo e improcedente, a criterio de Síbil. El fin de aquellas jornadas socráticas, donde compartíamos criterios en línea con millones de interesados de cualquier sitio del Orbe, era estimular la estructuración de un Legado, una solución exitosa que significara la cura de Samul y de otros miles de afectados.

Capítulo 3 Capitulo tres

Pasaron meses de búsqueda y cavilaciones interminables, hasta que surgió la conjetura de llevarlo de vuelta a la Frontera del Sueño, para ver si existía la posibilidad de revertir el proceso. La idea era ubicarlo exactamente en el punto opuesto del plano orbital donde se había dado el incidente.

Teniendo como premisa el hecho de que todo en el universo tiene su opuesto: la luz tiene la oscuridad, el abajo tiene el arriba y la enfermedad tiene opuesta la salud...dedujimos que la sincronía entre el égom y el cuerpo, perdida en cualquier punto del campo gravitatorio terrestre, debía restablecerse en el lugar opuesto a donde se había adquirido.

A esa inusitada conclusión llegamos, cuando no surgía ninguna otra propuesta coherente y habíamos decidido que la resignación no era una alternativa. Nohemí aceptó poner en marcha el plan, convencida de que se debía intentar todo y que ya nada peor podía sucederle a Samul. Así, con esos débiles presupuestos, pero con inmensas ganas de ver a Samul restablecido, decidimos concretar el experimento.

No hubo problemas en ubicar el punto opuesto ya mencionado. Síbil hizo los cálculos necesarios y nos dio las coordenadas que necesitábamos. De inmediato nos fuimos a la órbita, cada uno en su nave y la Atrahasis llevando a Samul en modo autónomo, recluido en la cápsula yátrica. Detenidos en el espacio, a una considerable distancia de la zona de peligro, enviamos la nave de Samul adelante, para que se ubicara en el sitio señalado por Síbil.

Entretanto saltaron las alertas de la vigilancia orbital y hubo una avalancha de advertencias, que desoímos a propósito. Por transvisión vimos aproximarse patrullas de vigilancia. Se dirigían la región del espacio donde había entrado la Atrahasis. Por suerte, poco tiempo después, la nave de Samul regresó tranquilamente por donde se había ido y para cuando las patrullas llegaron ya nos habíamos retirado del lugar.

Al regreso sacamos fuera a nuestro amigo, para comprobar con tristeza que continuaba en postración. No movía ni un músculo y sus ojos permanecían como de habitual, fijos en un punto de la nada. Pero echando a un lado el desaliento lo sacamos de la cápsula y nos pusimos a masajear su cuerpo y a percutir sus extremidades. Algo tenía que suceder...

Y justo cuando comenzábamos a lamentar nuestra actitud irreverente para con el cuerpo de nuestro amigo, Samul pegó un grito pavoroso y se irguió dentro de la cápsula, como un cadáver que se levanta de su mortaja.

Hizo una señal de saludo... Y nos dimos a abrazarlo y luego a saltar como dementes por toda la tienda...No es posible describir nuestra alegría, mucho menos la emoción de Nohemí en esa hora.

Al día siguiente aquello era noticia mundial. La ciudadanía le exigió a Síbil que hiciéramos público el contenido del potencial Legado. Gustosos aportamos los detalles de lo hecho, el «método» aplicado y la insulsa teoría que lo respaldaba.

En las semanas subsiguientes muchos se dieron a la repetición del experimento con miles de otros afectados. Pero el intento de sanarlos resultó fallido en la totalidad de los casos. O bien no había datos suficientes para calcular las coordenadas en que debían ubicarse aquellos pobres expedicionarios en desgracia, o bien la curación de Samul había sido un acto de casualidad. El caso es que no pudimos asentar un Legado...

–Tenemos un amigo que todavía preserva las creencias de los antiguos, Percival. – subraya Gormu – Él vertió el concepto de que la curación de Samul fue un acto de fe colectiva. A veces me inclino a pensar lo mismo. El hecho de que no funcionara nuestro método en ninguna otra persona me parece una clara evidencia de algo milagroso... ¿no crees?

–No lo sé. –Dwila se encoge de hombros, con expresión lánguida. – Tampoco los milagros son exclusivos para una sola persona – arguye finalmente.

–Esa es mi historia preferida–apunta Gormu –Pero supongo que primero debo aclarar aspectos de mi vida personal...

–Adelante–le insta Dwila con ávida vehemencia–quiero saber de dónde has venido, cómo fue que llegaste a este mundo...

El sirviente náper, que lleva ya rato parado ante ellos sosteniendo una bandeja dorada en sus manos, le ofrece a Gormu tomar uno de los pastelillos que asegura, son exquisitos. Gormu declina con suavidad el ofrecimiento. Luego resopla largamente y da inicio a la siguiente narración.

–Yo nací al final de la era cristiana, mucho antes del Gran Descubrimiento...

Y a partir de esa frase, Síbil se introduce para apoyar su relato. El asistente cibernético se muestra esta vez como una imagen gemela del propio Gormu.

– En esa época se contaban los días y las horas en la tierra como algo angustioso. –relata el doble de Gormu, que en realidad es Síbil –Los humanos de entonces vivían bajo el acicate de la muerte y del tiempo, un gran dúo criminal, destructor de los sueños, implacable e irreversible. Fue una era de turbulencias y pocos adelantos civilizatorios. El caos predominaba en el mundo. Existían países poderosos y prósperos, pero la mayoría de las naciones se hallaban sumidas en la ruina total. Esto incitó a la gente a emigrar de modo masivo. Escapaban de sus países empobrecidos y diezmados por los desastres hacia los emporios ricos. Dejaban atrás sus tierras estériles e incultas para irse a otras tierras fértiles y cultivadas. Algunos escapaban de la opresión de sus brutales gobiernos en busca de un ámbito social más reposado. A tenor de estas migraciones estallaron conflictos fronterizos. Los países ricos, negándose a ser invadidos por estas hordas de necesitados, movilizaron sus ejércitos parar detenerlas.

Pero la intervención de los ejércitos convencionales, harto inefectiva, no resolvió el problema, que se hizo grave. Por tanto, la política estratégica entró en el ruedo. Y las potencias militares simplemente amenazaron con lanzar ataques atómicos preventivos contra las naciones que no lograran mantener a sus ciudadanos dentro de las respectivas fronteras.

Los gobiernos amenazados, sin embargo, estuvieron lejos de ceder. Más bien se alzaron con voz desafiante y tono belicoso, poniendo por delante sus propios arsenales nucleares, desarrollados en estricto secreto. Esto puso al rojo vivo las tensiones. En principio parecía un simple juego de pulsear, sin más consecuencias. Pero, la propia opinión pública exacerbó los ánimos y pronto se dieron ultimátums de guerra. Y cada ejército aprestó sus misiles.

Y la gente supo que la guerra atómica tanto tiempo temida era ya inevitable. Ya nada podría frenar un holocausto. Así que millones de ciudadanos procedieron a habilitar los refugios subterráneos que perduraban de guerras anteriores o construyeron nuevos, en desesperado anhelo por sobrevivir al desastre que se avecinaba y que al fin acaeció: la más grande y destructiva de todas las guerras que haya conocido nuestro mundo. La Última Guerra Mundial. De su terrible aspecto no quedó mucha evidencia. Millones de personas la recibieron resguardados en otros tantos miles de refugios. Y dado que al día siguiente de su comienzo cesaron todas las trasmisiones en la red y las comunicaciones en radiofrecuencia, no había manera de saber qué sucedía en el mundo exterior, ni era prudente aventurarse fuera de los refugios, pues se corría el riesgo de morir a causa de las radiaciones residuales.

–Cuando comenzó aquella guerra–explica Síbil a Gormu, aunque direccionando cada palabra hacia Dwila– tú estabas por cumplir setenta años. Eras un "anciano", el término que se usaba entonces para describir a una persona decrépita y al borde de la muerte. Te sentías realmente cansado y enfermo...

Dwila detiene a Síbil con un gesto. Luce estremecida.

–Dios mío...pero...– pregunta a ambos, angustiada– ¿Dónde estuviste todo ese tiempo? ¿Pudiste salir airoso?

–Tuve un poco de suerte, quizás. –responde Gormu –Según los datos guardados, yo estaba con mi familia y otros varios miles de personas en un refugio bajo las montañas, en el país donde vivíamos. Allí teníamos provisiones para pocos meses. Sin embargo, pasó todo un año y aún no podíamos salir a la superficie, así que los alimentos se agotaron.

Nos vimos pronto en la disyuntiva de salir afuera y morir (me refiero a morir de verdad, no como es usual ahora; entonces no había la posibilidad de conseguir otro cuerpo para meter el égom) bajo los efectos de las nubes y lluvias radiactivas o por inanición dentro del refugio. Entre las dos opciones escogimos la menos cruel: morirnos de hambre.

Sin embargo, gracias a ese orden inusitado que el instinto impone y a la grave marcialidad que el deseo de salvación nos impregnaba, el hambre no pudo vencernos. Por consenso, en asamblea solemne que reunió a todos dentro del búnker, se instituyó un canibalismo racional, bien planificado. Se sometieron a sorteo las personas que debían ser sacrificadas y luego cocinadas como alimento en la olla común...

–Puede que parezca morboso decirlo, –interviene Síbil de nuevo– pero no hay registros de que nadie se quejara por su suerte, si le tocaba servir de alimento a los demás. Todos entendían lo extraordinario del momento y lo que estaba en juego: la perdurabilidad de la especie.

Por eso cuando al cabo de otros dos años pudieron salir fuera de los refugios, aquellos que sobrevivieron–la exigua cuarta parte de los que habían visto el comienzo de la guerra–se sentían orgullosos de sus mártires, aquellos que se habían inmolado por la causa de la Vida.

–De mi familia y amigos cercanos solo quedé yo con vida dentro del refugio. –asevera Gormu – A todos ellos les fue fatal en el sorteo. –concluye con aire sombrío.

–Vaya...– musita Dwila a su lado. Mientras, el dorso de su mano atrapa una gota acuosa que hace malabares en la punta de su nariz.

–Lo cierto es–continúa narrándoles Síbil– que, al amanecer del día primero de un mes cualquiera, había paz en la tierra, aunque seis mil millones de individuos habían dejado de caminar sobre ella y ya no existían más. También quedaban en pie unas pocas ciudades de menor importancia. En estas ciudades y en las pocas regiones que no tuvieron el impacto directo de los misiles ni el influjo nefasto de las radiaciones residuales, se juntó el remanente humano.

Y los supervivientes se entregaron a sepultar los montones de cadáveres y a la restauración de las cosas, en un mundo quebrado en su raíz y en su esencia, pero que, como es obvio, no se acabó en aquel siglo ni después, hasta ahora.

Fue solo el ocaso de una era y el comienzo de otra. La Vida, desde luego, siguió su curso pujante. En una decena de años hubo ciudades y pueblos que funcionaban con normalidad, y hallaron la manera de limpiar la contaminación radioactiva y sepultaron hasta el último cadáver. La prosperidad brotó como loto en medio de las cenizas del holocausto. Pronto hubo alimentos y bienes suficientes para todos los que quedaron.

Dwila solicita al servicio dos burbujas de jugo de naranja y le ofrece una a Gormu en silencio, pretendiendo no interrumpir el relato de Síbil.

–Gracias... –musita Gormu, escanciando largamente.

La joven oyente parece insaciable:

–Pero me has contado que después del fin de esa guerra hubo otras calamidades.

Gormu suspira, echando a un lado la burbuja.

–Así es, desgraciadamente la paz que vino después tuvo un costo en libertades muy alto. Yo, por suerte, dejé el mundo de los vivos mucho antes de ese tiempo.

–En los nueve siglos subsiguientes la Tierra fue regida por un Gobierno Mundial. A ese periodo se le conoce como Edad de las Tinieblas. –sigue contando Síbil–Se le llamó también Cuarto Reich. Este gobierno mundial tenía su sede en una base secreta en la Luna. Desde allí ejercieron su poder omnímodo sobre el mundo durante siglos.

La enseñanza en los colegios de esa época solo consistía en inculcar la obediencia ciega al Poder Mundial. Con mitos añadidos sobre la supuesta relación de dicho Gobierno Mundial con entidades y poderes extraterrestres.

Tales especulaciones llegaron a convertirse en política oficial. Se trasmitían imágenes de supuestos visitantes alienígenos, interesados en ayudar a la humanidad e intervenir en su progreso como benefactores. Se les veía siendo recibidos en la sede lunar, con grandes protocolos diplomáticos...Pero todo era una falsedad, un descarado montaje de los gobernantes.

Sin embargo, la hábil propaganda hizo que la gente quedara convencida y esperanzada acerca de la pronta ayuda en alcanzar la felicidad que aquellos «seres» les prometían. Aún las religiones tradicionales fueron sustituidas por cultos de alabanza a los «pleyadianos» y «andromedanos», proclamados como los mecenas del salto civilizatorio.

En un principio la gente comenzó a protestar, en vista de que los tales benefactores nunca aceptaban bajar a la Tierra para mostrarse en lugares públicos y dar un discurso frontal, como exigían los más atrevidos. Era común que esas personas, los que exigían ver en vivo a los visitantes siderales, desaparecieran misteriosamente. Se notificaba luego con «pruebas» y declaraciones a la prensa mundial que los «amigos extraterrestres» los habían abducido en un acto de generosidad, para llevarlos a su mundo paradisíaco, como un premio a su ejemplar conducta. Una argucia del poder gubernamental para eliminar a las mentes despiertas del mundo.

Como resultado de ello se impuso el sopor intelectual y la estupidez en las conductas sociales. Los adelantos técnicos se hicieron obsoletos y nada nuevo surgió en muchos siglos. En cuanto a las artes, se limitaron a reflejar los supuestos detalles de una futura unión con los benefactores.

Pero como del aludido pacto con los alienígenas jamás se benefició nadie, excepto aquellos que lo anunciaban a todo trapo desde el gobierno, llegó un día cuando el mundo volvió en sí y los pueblos se alzaron en rebeldía, expulsando al Gobierno Mundial de su Olimpo, en una revolución sin armas. Ese día cada ciudadano hasta el último rincón del mundo se declaró en abulia voluntaria. Inacción absoluta. Fue la más extraña de las revoluciones...

Y los gobernantes del mundo, que parecían inalcanzables en su fortaleza lunar, fueron obligados a abdicar. Luego las naciones recuperaron su independencia y asumieron gobiernos propios. Fue el final del odioso y prolongado Cuarto Reich.

– ¿Te aburre mi plática? –pregunta Síbil a Dwila al verla que bosteza y se despereza arqueando la espalda como un felino.

– Es hora de dormir, mi querida. –se dirige a Síbil– ¡Así que, choveian!

Síbil desaparece.

–Pero ya he perdido el sueño. ¿También tú? –dice Dwila en cuanto Síbil desaparece, guiñándole un ojo a Gormu– Tengo ganas de relajarme un poco.

Dwila se pone en pie y tomándolo por ambas manos lo hala hacia ella. Enseguida sopla contra los divanes, que se alejan de ellos y luego se disipan.

– Me gusta resbalar. ¿Vienes?

Gormu sonríe con sospecha.

– ¿Resbalar en el grav? Me agrada, solía ser mi gimnasia por las mañanas.

Respira aliviado. Por un momento ha esperado otra invitación al sexo, pero la cosa no se concreta. Tiene la intención de mantener a raya a Dwila, aunque igual teme parecer que desprecia su amabilidad. Solo intuye que una caída en su órbita de afectos significaría enamorarse... y olvidar a Xena, lo cual no quiere hacer. Aun cuando en breves lapsos cuestione sus remilgos y se acuse a sí mismo de imbécil, por no arrebatar a la bella damita y darse sin más un banquete de placer. Pero Xena está en su visión, cual centinela que vigila sus pasos.

¿Dónde está ella ahora? No lo sabe. ¿Qué cuerpo y que apariencia ha tomado? Las posibilidades son infinitas. Le pregunta a Síbil, pero esta insiste en recordarle que Xena está bajo cláusula de privacidad.

Conoce, empero, una forma segura de reconocerla, incluso si tuviera el cuerpo de un ogro: su manera de besar. El beso de Xena es inconfundible, como una huella de ADN. Por ello, astutamente y por comprobar, ha besado a Dwila. Bien hubiera podido ser Xena, pero sus besos son diferentes. Definitivamente, Dwila no es Xena.

– ¿Qué decías de resbalar? –le susurra Dwila cuando salen fuera del gran palacio del sultán hacia la noche estrellada.

– Ah, por supuesto, que me despeja mucho... Y la noche es cálida. –accede Gormu.

La fuerza del grav se encuentra activa por todo el valle y sus pies quedan suspendidos del suelo, sin apenas tocarlo. Dwila se adelanta y comienza a surfear entre los montículos de arena con inusitada temeridad. Va en dirección al océano. Gormu contempla como se aleja abriendo los brazos como un ave que planea, mientras la brisa de la noche le avienta el cabello.

Se percata de su intención de impresionarlo con atrevidas piruetas. Resbala él también para alcanzarla. Pero ella se aleja de nuevo y hace como que se apiada de su lentitud y torpeza, da un último giro retador y se le detiene justo delante. Se aferra a su cinturón, pega su rostro al suyo; ambos rozan nariz con nariz. La viva y plateada luz de las estrellas vuelve la imagen de Dwila inusitadamente hermosa y apetecible...

– ¿Necesitas ayuda, vejestorio? – le espeta con deliciosa burla.

Por toda respuesta Gormu toma impulso y sale disparado, da la vuelta y pasa por su lado a toda velocidad, dejándola tambaleante. Dwila se va tras él, pero por mucho que se esfuerza en alcanzarlo, finalmente tiene que desistir y se detiene, desalentada.

Él entretanto surfea sobre las rocas puntiagudas y hace un doble salto mortal, que deja a su oponente con un palmo de narices. Cuando llega hasta ella, la encuentra jadeando como una posesa.

–No seas exagerado querido... – le requiere cuando recupera el resuello. – no quiero competir, solo que vayas a la par mía, contándome... esa letanía de quejas... que es la historia de tu vida. – se adelanta suavemente, halando su brazo– Puedes hablar mientras nos deslizamos ¿Ves?

Gormu no para de mirar sus misteriosos ojos verdes, que tampoco parecen querer desentenderse de los suyos.

–Si me contradices te decapitaré en cuanto amanezca. –concluye Dwila, fingiéndose enojada.

–No lo haré.

Dwila se le acerca y recuesta la cabeza en su hombro en un rapto de ternura.

–No importa. Mañana me contarás otra historia, mi querido Príncipe Almirante... – y enseguida añade con voz muy grave y expresión dictatorial– Te has ha ganado el derecho a vivir un día más...

Son las tres de la madrugada y una brisa sigilosa recorre las arenas en dirección al océano. El cielo, con su Vía Láctea virtual ofrece un poderoso resplandor argentado que configura y delinea las montañas contra el lejano horizonte.

–Tengo frío. –musita la joven dama, constreñida en su abrazo– ¿Quieres...? –Dwila deja la pregunta en suspenso.

"Allá vamos." –Gormu musita para sus adentros. Con todo, la estrecha aún más fuerte entre sus brazos, con un instinto de preservación inevitable.

– ¿Quieres...? –repite ella en un susurro. Sus labios le rozan el pabellón de la oreja.

Gormu estalla irremediablemente.

– ¡Ah, pequeña, no me tientes, que no me podré resistir esta vez! – declara con mortal angustia.

Dwila hace un gesto bellaco, de asombro.

–Solo iba a pedirte que durmiéramos aquí...ya me cansa el palacio.

–Muy bien. Si me garantizas que no hay escorpiones...–acepta.

Dwila responde que no promete nada pero ya verá. Y el enjambre les construye en torno una fina malla contra insectos. Así, tendidos sobre la arena, se entregan a nombrar constelaciones, hasta que el sueño llega. El jugo de frutas, la larga plática y el resbalar hasta la madrugada sobre el grav se juntan en un sopor que los golpea como un mazo. Y liados en un abrazo sucumben bajo el poder de Morfeo.

Gormu despierta muy avanzada la mañana; le indica a los nápers que lleven a Dwila, quien sigue durmiendo profundamente, hasta el dormitorio dentro del palacio. El enjambre la sostiene en vilo, como una nube de algodón y se la lleva en vuelo sigiloso.

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