Morí en la noche de bodas, golpeada brutalmente por El Tuerto, el hombre al que mi propia madre me obligó a desposar.
La sangre, el vino barato y el crujido de mis huesos fueron lo último que sentí.
Pero contra toda lógica, abrí los ojos para encontrarme en mi pequeña habitación de Sevilla, con el sol de la tarde entrando por la ventana, exactamente el mismo día en que mi infierno comenzó.
Escuché los pasos sigilosos de mi hermano Javier, a punto de robar mis zapatos de flamenco, aquellos zapatos que habían sido el detonante de mi desgracia.
En mi vida anterior, mi pasión por el baile y esos tacones duros me costaron todo: el desprecio de mi madre, la envidia retorcida de mi hermano, la humillación pública y, finalmente, mi vida.
Mi familia, que debía protegerme, me arrojó a la boca del lobo, vendiéndome para "salvar" un honor que nunca existió para mí.
¿Por qué fui yo la sacrificada? ¿Qué poder tan maligno tenían unos simples zapatos para destruir mi existencia?
Pero esta vez, no hubo pánico, ni ira, ni miedo. Solo una sonrisa fría y calculadora se dibujó en mis labios.
He vuelto. Y esta vez, la historia y la venganza, las escribiré yo.
Morí en mi noche de bodas.
El Tuerto, el hombre que mi madre me obligó a desposar, me golpeó hasta la muerte con un taburete de la barra de su taberna.
La sangre se mezcló con el vino barato derramado en el suelo de baldosas sucias.
Todo empezó con un par de zapatos de flamenco.
No unos zapatos cualquiera, sino los que gané en el concurso de baile más prestigioso de Sevilla, unos zapatos profesionales, hechos a mano, que costaban más de lo que mi familia ganaba en tres meses.
Mi hermano Javier los quería.
No para bailar, él odiaba el flamenco, lo consideraba algo de mujeres, algo frívolo.
Él soñaba con ser torero, un sueño grandioso que nunca se molestó en perseguir con entrenamiento real, solo con fanfarronadas en el barrio.
Observé cómo los sacaba a escondidas de mi armario, sus ojos brillando con una codicia extraña.
Un día, lo seguí.
Lo que vi en su habitación me revolvió el estómago.
No estaba practicando zapateado, estaba usando mis zapatos de tacón duro de una forma perversa y degradante, dañando el cuero y la estructura profesional.
Le confronté, preocupada por los zapatos, pero también por él.
"Javier, ¿qué haces? Vas a romperlos."
Su rostro se puso rojo de vergüenza y rabia.
En lugar de admitir su extraña fijación, corrió hacia nuestra madre, Carmen, con una mentira podrida en los labios.
"¡Mamá! ¡Sofía me ha deshonrado! ¡La vi con su compañero de baile, haciendo cosas vergonzosas!"
Carmen, que siempre había despreciado mi pasión por el baile y adoraba la idea de tener un hijo torero, no necesitó más.
Su palabra fue ley.
Para "salvar el honor de la familia", me sacó de la academia de baile, me arrastró de vuelta a nuestro pueblo polvoriento y me vendió en matrimonio a El Tuerto.
El recuerdo del golpe final, el crujido de mis huesos, el sabor metálico en mi boca, era lo último que sentía.
Hasta que abrí los ojos.
El sol de la tarde entraba por la ventana de mi pequeña habitación en Sevilla, la misma luz, la misma hora.
Escuché pasos sigilosos fuera de mi puerta.
Era Javier.
Estaba a punto de robar mis zapatos de nuevo.
Esta vez, no hubo pánico, ni ira, ni miedo.
Solo una sonrisa fría y calculadora se dibujó en mis labios.
He vuelto.
Y esta vez, la historia la escribiré yo.
La puerta de mi habitación se abrió con un chirrido.
Javier entró de puntillas, sus ojos fijos en la caja de zapatos que descansaba a los pies de mi cama.
Era la misma mirada codiciosa, la misma tensión en su cuerpo.
Todo era exactamente igual que en mi vida pasada.
Un dolor agudo, un eco del golpe fatal, me atravesó la cabeza.
Miré el calendario colgado en la pared. La fecha era la misma.
Confirmado.
Había regresado al día que lo cambió todo.
Esta vez, no esperé a que los tomara.
Me levanté de la cama, cogí la caja y salí de la habitación, pasando a su lado sin mirarlo.
Javier se quedó helado, sorprendido.
Fui directamente al salón, donde mi madre, Carmen, cosía con el ceño fruncido, quejándose de sus varices.
"Mamá", dije con una voz dulce que no sentía.
Ella levantó la vista, molesta por la interrupción. "¿Qué quieres?"
"Te he traído un regalo."
Le extendí la caja. Ella la miró con desdén. "¿Zapatos de baile? ¿Para qué quiero yo esa basura?"
"No son para bailar", expliqué pacientemente. "Mira, las suelas son duras y tienen una forma especial. Son perfectas para masajear los pies. Ayudan con la circulación, para tus varices."
Me arrodillé y le quité sus viejas zapatillas.
Tomé uno de los zapatos y empecé a presionar suavemente la suela contra la planta de su pie.
"¿Ves? Así."
Carmen soltó un gruñido de sorpresa, luego de placer. "Vaya... no está mal."
"Son para ti, mamá. Para que te cuides."
Dejé los zapatos a su lado y me retiré a la cocina, sabiendo exactamente lo que pasaría a continuación.
No tuve que esperar mucho.
A través de la puerta entreabierta, escuché la voz mimada de Javier.
"Mamá, por favor, déjamelos a mí. Esos zapatos tienen el tacón perfecto para practicar la postura de torero, para fortalecer los tobillos."
Carmen dudó solo un segundo.
"Ay, mi niño, mi futuro matador. Todo para ti. Pero cuídalos, que tu hermana dice que son caros."
"¡Claro, mamá! ¡Gracias!"
Escuché sus pasos apresurados corriendo hacia su habitación y el sonido de la puerta cerrándose con llave.
Una sonrisa helada se instaló en mi rostro.
Perfecto.
Ahora no era yo quien se los había dado. Era ella.
Ella le había entregado el arma de su propia destrucción. Mi plan había comenzado.