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Mujer De Los Martileni

Mujer De Los Martileni

Autor: : Hanne Yein
Género: Romance
Sofia Curuso llega a Italia para hacer una nueva vida en aquel hermoso pais. Lo que no se esperará es conocer a un grupo de hermanos, siendo estos los mas populares de la universidad y también los más adinerados del pais. Con esos hermanos ella conoce a los mayores, los siete hermanos le robaran el corazón a Sofia pero ella les robara el corazón a cada uno de ellos.

Capítulo 1 Prólogo

La Universidad de Roma. Un bastión de la élite, donde el mármol y el oro palidecen ante el brillo de sus estudiantes: herederos consentidos, jóvenes minados por la fortuna y tan caprichosos que su único idioma común es la ostentación de lujos y el poder del dinero.

En este ambiente de cuna de oro, llega Sofía Caruso, una joven latina cuya presencia es una anomalía. Su pase a esta prestigiosa institución no fue comprado; fue conquistado. Detrás de su beca hay años de lucha incansable y un sacrificio silencioso: la firme determinación de forjar un destino radicalmente distinto, lejos de aquellos que nunca supieron valorarla como hija.

Sofía aspira a un futuro mejor, pero lo que encuentra es una complejidad que jamás imaginó.

Todo comienza con el encuentro casual con los primeros de los hermanos Martileni. Ellos, herederos de una de las familias más poderosas y enigmáticas de Italia, ejercen una influencia tan vasta como su fortuna. Al conocerlos, Sofía se ve envuelta en una vorágine de emociones desconocidas: la calidez de la amistad, la firmeza de la confianza y, sin esperarlo, los primeros y confusos atisbos de un afecto más profundo.

Pero es la llegada de los tres hermanos restantes lo que la arroja a un abismo emocional. La joven se encuentra irrefutablemente atraída por los siete hermanos atando en ella una tormenta de sentimientos y sensaciones que jamás creyó posible experimentar, y que la desafían a cuestionar todo lo que sabía sobre sí misma.

Los Martileni son la definición de la perfección social: influyentes, admirados, intocables. Sin embargo, la fachada de su apellido oculta una verdad mucho más oscura y peligrosa. Un secreto que reside en las sombras de su impecable existencia y que, de ser revelado, podría destruir no solo su legado, sino también a cualquiera lo suficientemente cerca como para apreciarlo.

Para los Martileni, y para aquellos a quienes deciden acercar, la única regla es simple: la oscuridad debe permanecer oculta a los ojos de la sociedad.

Capítulo 2 1: Un Encuentro Inesperado

.Sofía.

Un nuevo comienzo, un lienzo en blanco pintado sobre un país distinto. Italia se alzaba ante mí, hermosa, vibrante, una tierra de arte, historia y sabores que prometía una vida distinta. Roma, con sus calles y su aroma a historia, sería mi nuevo hogar, el punto de partida para un futuro que había luchado a pulso por conseguir. El pasado quedaba atrás; hoy solo importaba la posibilidad que se abría.

-Aquí estoy -susurré, contemplando la imponente fachada de la universidad. Conseguir esta beca había sido mi billete dorado. ¿Y qué mejor lugar que Italia para sumergirme en el estudio del Arte?

Sí, soy latina, venezolana para ser precisa. El esfuerzo invertido para cumplir mi sueño de estudiar en el extranjero fue descomunal, pero ahora, mirando este templo del saber, sentía que cada sacrificio había valido la pena.

Caminé a través de la multitud en la entrada. Las miradas eran inmediatas, llenas de una curiosidad franca. No era difícil de entender: era la chica nueva, y mi apariencia, mi piel canela y mis facciones, claramente no eran las de las típicas estudiantes romanas. Me sentí desorientada; el campus era un laberinto de pasillos y estructuras tan inmensas que temí perderme antes de encontrar mi primer salón.

Concentrada en buscar la zona de Bellas Artes, no vi el obstáculo. Tropecé con alguien, la colisión fue suficiente para enviar mis apuntes y mi libreta de bocetos al suelo.

-¡Oh, lo siento muchísimo! -me disculpé de inmediato, sin siquiera alzar la vista, y me agaché a recoger el desastre.

Una mano se extendió hacia mí, sosteniendo mi libreta. Al levantar la mirada para aceptar la ayuda, mis palabras se detuvieron. Fui recibida por unos hermosos y penetrantes ojos grises.

Dios mío.

El chico frente a mí no era simplemente atractivo; era un auténtico galán. Ojos de tormenta, una mandíbula definida y sin sombra de vello, piel pálida, cabello castaño oscuro, nariz perfilada y labios finos. El traje de su cuerpo atlético no hacía más que aumentar la sensación de perfección.

-Deberías poner más atención por dónde caminas -dijo, ofreciéndome una sonrisa que me desarmó por completo.

Control, Sofía Caruso. Concéntrate.

-Lo lamento, soy nueva y estoy completamente perdida en estos pasillos -le expliqué, poniéndome de pie. Justo detrás de él, noté a otros tres chicos observándonos con una intensidad calculada.

-Quizá podamos ser de ayuda. Soy Marko Martileni -extendió su mano con una seguridad implacable.

-Sofía Caruso, un gusto -respondí, estrechando la suya. El tacto fue inesperado. Su mano se sentía perfectamente firme y encajaba con la mía con una familiaridad inquietante.

-Ven, te presentaré a mis hermanos -me tomó de la mano para guiarme hacia los tres jóvenes. -Ellos son Marius, Oscar y Samuel.

Saludé a cada uno, estrechando sus manos, y noté que la misma sensación electrizante que experimenté con Marko se repetía con cada uno de ellos.

Aproveché el momento para observarlos rápidamente.

Marius destacaba por su cabello rubio oscuro y sus ojos, también grises, aunque su piel era algo más bronceada. Tenía la misma estructura de facciones definidas y, como rasgo distintivo, un lunar cautivador bajo su ojo izquierdo.

Oscar era el más alto, con un cabello castaño ligeramente más claro y rizado. Sus ojos grises estaban enmarcados por una barba atractiva que le daba un aire de madurez.

Samuel era rubio, con rizos en las puntas, la misma mirada gris, y su piel blanca estaba salpicada de pecas que le daban un aspecto encantador y juvenil.

Eran, sin duda, una visión impactante de belleza masculina.

-Entonces, dinos, ¿qué área buscas? -Marko me sacó de mi admiración.

-El área de Arte -dije, sintiendo que apretaba mi libreta con demasiada fuerza. -Si no es mucha molestia, ¿podrían guiarme?

-No es ninguna molestia, linda. Podemos llevarte -intervino Samuel con una sonrisa franca.

Mientras me guiaban, me mostraron atajos, la biblioteca, y la bulliciosa cafetería. Me salvaron de una jornada deambulando sin rumbo.

-De verdad me salvaron -les dije al llegar al salón de mi primera clase. -Se lo agradezco con el alma.

Ellos rieron, la tensión sutil que los rodeaba se aligeró por un instante. -Nos alegra haberte ayudado y haberte dado un pequeño recorrido -dijo Oscar, regalándome una sonrisa tan radiante que sentí cómo me derretía por dentro.

-Bueno, debo entrar ya. No quiero quitarles más tiempo -me despedí con un gesto y me escabullí en el aula.

Todos me observaron, pero yo los ignoré, tomando asiento junto a la ventana. Estaba ordenando mis cosas cuando una voz me saludó.

-Ciao -dijo una chica a mi lado. -Soy Amelia y ella es Gia -señaló a su acompañante.

-Un gusto, soy Sofía -les sonreí.

-¿Eres extranjera? -preguntó Amelia con genuina curiosidad. -Las clases empezaron hace dos días, no te habíamos visto.

-Mi vuelo se retrasó, así que recién pude llegar.

-Ya veo. Bueno, ¡bienvenida a Roma! -respondió, y luego, su atención se centró en el profesor que acababa de iniciar la clase.

El resto de la mañana transcurrió sin problemas. Amelia resultó ser muy habladora, mientras que Gia me observaba con una expresión curiosa pero neutra. A la hora del almuerzo, nos dirigimos a la cafetería, un hervidero de estudiantes.

Fui a pedir mi comida: patatas fritas con un sobre de kétchup y una Coca-Cola. Mis nuevas compañeras me miraron con una extrañeza sutil; al parecer, la dieta típica aquí era ensalada y bebidas saludables.

Nos sentamos en una mesa desocupada. Ellas comenzaron una conversación sobre temas que no lograron captar mi interés, así que me concentré en mis patatas, observando el entorno.

A lo lejos, en una mesa justo en el centro del comedor, donde parecían reinar, divisé a los hermanos Martileni. Varias chicas los miraban con sonrisas bobas y mejillas sonrosadas. Eran, evidentemente, los reyes indiscutibles del campus.

Me sobresalté cuando sentí que las cuatro miradas grises se posaban en mí al mismo tiempo. Sentados allí, con su imponente presencia, parecían dioses en su Olimpo.

-Oigan, chicas -les dije, logrando sacarlas de su plática. -¿Quiénes son ellos? Parecen muy populares aquí.

-¿Hablas de los hermanos Martileni? -preguntó Gia. Asentí. -Son inmensamente populares. Vienen de una de las familias más adineradas y poderosas de todo el país.

-Además, son guapísimos y atléticos -añadió Amelia, bebiendo su jugo. -Todas las mujeres suspiran por ellos. Y en realidad son siete hermanos. Los mayores ya trabajan en las empresas familiares, pero estos cuatro aún están en la universidad.

-Vaya, siete hermanos -dije, sintiéndome genuinamente sorprendida. -Pobre de su madre -bromeé.

-De hecho, vienen de padres polígamos. Tienen tres mamás y su padre -la revelación me dejó con los ojos abiertos. -Es una de las cosas por las que son famosos.

Una relación así... era única, diferente. "Qué interesante. Sería genial tener una relación de esa manera, tan diferente a otras", pensé sin darme cuenta de la profunda implicación que esas palabras tendrían más adelante.

-Pues sí que es un concepto muy único -terminé mi Coca-Cola. -Por cierto, ¿conocen algún centro comercial cerca? Necesito comprar algunas cosas.

Me dieron el nombre y la dirección. Más tarde, buscaría la ruta en el GPS.

Al salir, me despedí de las chicas. Prefería ir sola; nunca fui muy hábil para congeniar con otras mujeres. Busqué la dirección del centro comercial: estaba a una distancia caminable. Puse rumbo a mi destino, admirando cada detalle de la ciudad a mi paso.

-¡Qué hambre tengo! -dije al entrar en el patio de comidas. Probar la auténtica pizza italiana en su lugar de origen era obligatorio.

Me acerqué a un puesto de pizzas. -Buenas tardes, me gustaría una pizza pequeña de pepperoni con mucho queso, por favor.

Pagué y esperé mi ticket. Justo entonces, escuché mi nombre.

-¿Sofía? -La voz masculina hizo que me girara para encontrarme con Samuel.

-Oh, Samuel. ¡Qué coincidencia! -le sonreí.

-La verdad que sí, hermosa -se acercó a pedir su orden. -Vine con los demás, están sentados en una mesa. -Cuando nos entregaron los tickets, me miró con súplica. -¿Te gustaría acompañarnos?

-Oh, no, no quiero molestarlos -dije, sintiendo una mezcla de timidez y nerviosismo. Estar bajo la atenta mirada de los cuatro Martileni era abrumador.

-Por favor. Así no comes sola y nos cuentas cómo fue tu primer día -trató de convencerme con una mirada de cachorro.

¿Cómo negarme a eso? No era de piedra.

-Bien, acepto -reí.

Me llevó a su mesa. Los otros tres hermanos me miraron con una intensidad que me hizo tragar saliva.

-H-Hola, chicos. Qué gusto verlos de nuevo -me senté entre Marius y Oscar. -Espero no molestar, Samuel me invitó a comer con ustedes.

-Para nada molestas, preciosa. Es un gusto volverte a ver -Oscar se reclinó en la mesa. -Dinos, ¿Cómo te fue en tu primer día?

-No puedo quejarme. Fue mucho mejor de lo que esperaba -dejé las bolsas de mis compras a un lado. -La universidad es gigante, pero ya me guiaron un poco.

-Y dinos, ¿Qué hacías por aquí? -preguntó Marko.

-Vine a comprar algunas cosas para mi supervivencia -respondí con una sonrisa.

-¿Supervivencia? ¿Vives sola? -volvió a preguntar Marko, sin dejar de mirarme, una costumbre que compartían sus hermanos.

-Sí, vivo sola en un departamento pequeño, pero cómodo.

Me quité la chaqueta vaquera, revelando mi top negro de tirantes, y la colgué en la silla. Al regresar la mirada hacia ellos, noté que sus ojos no se habían apartado de mí. La intensidad no me incomodaba; al contrario, me hacía sentir como una obra de arte recién admirada.

-No eres europea, ¿Verdad? -Marius ladeó un poco la cabeza.

-No lo soy. Mi abuelo paterno es italiano, de ahí mi apellido, pero soy latina. Nací en Venezuela.

-Ahora entiendo lo que dicen nuestros amigos -continuó Oscar, al ver mi cara de confusión. -Varios han viajado por Latinoamérica y aseguran que las mujeres de tu país son increíblemente hermosas. Ahora lo confirmamos.

Me reí. -Me siento halagada, pero todas las mujeres del mundo son hermosas, sin importar su origen o físico. Yo, como muchas, no soy perfecta. Mi cuerpo es algo "exagerado" para algunos, no soy ni delgada ni gorda, sino que me gusta mantenerme en forma. Mi cabello es liso y largo, mi tono de piel canela es común, y mi nariz es algo gordita -dije, tocándome la nariz con un gesto de autocrítica.

-Pero aun así eres muy hermosa. No es común ver a alguien como tú aquí -replicó Marius, y sus hermanos asintieron con firmeza. -Las mujeres de aquí se preocupan demasiado por ser delgadas.

Comimos. Ellos devoraron tres pizzas familiares en minutos, demostrando un apetito voraz. Yo guardé la mitad de mi pizza para la cena.

Al terminar, se ofrecieron a acompañarme a mi edificio. Fue un viaje divertido; cantamos las canciones de la radio. Me contaron sobre sus hermanos mayores, sobre cómo sus padres aún presidían las empresas y sobre lo unidos que eran.

Disfruté mucho el tiempo con ellos. Son divertidos, y aunque Marius y Oscar son más callados y serios, respondieron a todas mis preguntas. Fue, en resumen, un primer día increíble.

Capítulo 3 2: La Estrategia Martileni

.Samuel.

Conocer a Sofía no fue un evento, fue una revelación. Para mis hermanos y para mí, la verdad fue instantánea, una certeza fría y poderosa: ella era la indicada. Nuestra mujer. Y la tendríamos a toda costa, sin importar el precio.

Tras dejarla en el modesto edificio donde vivía, condujimos en silencio de regreso a la mansión, que se alzaba señorial, oculta de la caótica vida citadina.

-Debemos hablar con los mayores en cuanto regresen -dijo Marko mientras salíamos del BMW. -Tenemos que delinear un plan estratégico para que la conozcan.

Entramos a nuestro hogar. Las empleadas terminaban de pulir el salón y Nana, nuestra dulce niñera de toda la vida, nos recibió con su sonrisa habitual.

-Bienvenidos, mis niños. ¿Quieren algo de comer?

-No, Nana -respondí. -Comimos algo fuera. -Miré a mis hermanos. -Iré a la piscina un rato.

Subí a mi habitación, me puse unos bermudas y bajé. Me lancé al agua helada, pero el frío no conseguía apagar el fuego de mis pensamientos.

La pequeña morena no salía de mi mente. Su cabello chocolate, largo hasta la cadera, sus labios carnosos, sus preciosos ojos color miel, sus curvas peligrosamente definidas... Dios, ese cuerpo era una obra de arte. Su voz y, sobre todo, esa sonrisa radiante. Era perfecta en cada sentido.

-Tierra llamando a Samuel. -Marko estaba en el borde de la piscina, mirándome con una burla amistosa. -Llevo un par de minutos llamándote.

-Estaba pensando -le respondí, mientras él se zambullía.

-Déjame adivinar -nadó más cerca. -¿En Sofía?

-¿Qué adivinas que aciertas? -Sonreí, echando mi cabello mojado hacia atrás. -Sí, en ella. Es exactamente todo lo que siempre hemos deseado.

-Lo sé. Pero debemos informar a los mayores. Recuerda nuestra regla, Samuel: o todos o ninguno. Si a ellos no les gusta, no podemos seguir adelante.

-Lo sé, pero estoy seguro de que les encantará. A Leonardo le fascinará cuando la vea.

-Crucemos los dedos para que así sea. Es nuestro tipo ideal en todos los sentidos, y me encanta su carácter. Es tan distinta a las mujeres que acostumbramos a tener cerca.

Miré a Marko con una punzada de ansiedad. -¿Y si ella no nos acepta? ¿Si piensa que somos unos depravados o unos lunáticos al proponerle esto? -El miedo era inevitable.

Marko me miró con seriedad. -Tampoco seremos unos desesperados. Iremos lento. Primero, debemos establecer confianza, que nos conozca y se sienta segura. Iremos paso a paso hasta que estar con nosotros sea lo más natural para ella.

Asentí. Por mucho que deseáramos tenerla entre nosotros de inmediato, la paciencia era nuestra única arma. No podíamos obligarla. Debíamos seducirla.

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Entré al comedor encontrándome con Marius, Camillo, Oscar y Amos. Aún faltaban Leonardo y Marko.

Saludé a mis hermanos mayores con un choque de puños. -¿Todo bien en el trabajo? -pregunté, sentándome en mi lugar.

-Lo de siempre, los juicios no se detiene -respondió Camillo. -¿Y a ustedes cómo les fue en la universidad?

-Yo diría que excelente -sonreí con una alegría que no pudieron ignorar.

-Hoy conocimos a una chica -soltó Marius, rompiendo el hielo. -Es nueva, y sobre ella necesitamos hablar seriamente después.

Mis hermanos nos miraron con curiosidad, pero asintieron sin presionar. Marko entró, saludó y tomó asiento. Minutos después, apareció Leonardo, el mayor, con su porte inconfundiblemente frío y calculador.

-¿Qué tal sus clases, muchachos? -preguntó Leonardo mientras nos servían la cena.

-Muy bien -Marko se dirigió a nuestro hermano con seriedad. -Conocimos a una chica hermosa hoy. Se llama Sofía Caruso, y creemos que es nueva en la ciudad.

-Y es muy agradable -añadió Oscar. -Conectamos con ella de una manera que no esperábamos.

Leonardo levantó una ceja. -¿Conectar con una chica? ¿Ustedes? -nos miró con incredulidad. -Eso es una novedad. Debo decir que estoy sorprendido.

La cena fue corta y tranquila. Después, nos dirigimos al despacho de Leonardo. El mayor se sentó detrás de su escritorio, Camillo y Amos se apoyaron en él con los brazos cruzados, y nosotros, los cuatro menores, nos acomodamos en los sofás. La atmósfera se tornó oficial.

Marius fue al grano. -Queremos que conozcan a Sofía. Apenas la vimos, supimos que ella podría ser nuestra mujer. Es la ideal para nosotros; nos ha cautivado, y sabemos que hará lo mismo con ustedes.

-Y no es italiana -soltó Oscar, como si fuera un punto clave. -Es latina, de Venezuela.

-¿Y cómo la conocieron? -preguntó Amos, con un interés palpable.

-Se tropezó conmigo en el pasillo -respondió Marko. -Estaba perdida, buscando el área de arte.

-Luego coincidimos en nuestra pizzería favorita y la acompañamos a su edificio -terminó de narrar Marius.

-Bien, tendremos que verla para comprobar si es todo lo que dicen -Camillo tomó la palabra. -Debemos planear algo. Si nos gusta, tendremos que organizar la logística: cómo conocerla, invitarla a salir, determinar sus gustos y, eventualmente, traerla aquí a casa.

-Me parece perfecto -dije. -Nosotros podemos acercarnos a ella en la universidad y ver si acepta reunirse con todos nosotros.

-Pero por el momento, detengan eso -Leonardo nos cortó, su voz firme. -Mañana me voy a Milán. Hay un problema serio en la sucursal de la constructora y tendré que ir a resolverlo.

-¿Regresarás pronto? -pregunté.

-Tal vez me tome varios días. No lo sé con certeza. -Nos miró con una seriedad imponente. -Así que, no quiero que hagan nada en mi ausencia.

-¡Qué aburrido! -Amos rodó los ojos, pero acató la orden. -Ya saben, chicos, traten de afianzar el terreno con ella para cuando llegue nuestro momento de conocerla.

-Bueno, ya sabemos dónde vive -dijo Marko con una sonrisa pícara.

Le di un codazo. -Tonto, no podemos aparecer en su hogar de la nada. Debemos ir despacio, tú mismo lo dijiste.

-Nunca dije ir a su casa. Solo que podemos ofrecernos a llevarla y traerla de la universidad.

-Es una excelente idea -Oscar se levantó y encendió un cigarrillo. -Solo si ella está de acuerdo, por supuesto.

-Hagan lo necesario para el momento -concluyó Camillo, encendiendo también un cigarrillo. -Hablen de nosotros. Hagan que nos conozca a través de sus palabras, incluso antes de que nos vea.

Minutos después, estábamos todos fumando en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Fumar era uno de nuestros pocos vicios compartidos, una forma de liberar la tensión que siempre nos rodeaba.

.Marko.

Tras la reunión, cada uno se dirigió a su habitación. La mía, como siempre, era un caos organizado; una característica que compartíamos Amos, Oscar, Samuel y yo. Camillo, el más pulcro, siempre nos regañaba por ello.

Me acosté, mirando el techo y pensando en Sofía. Sus hermosos ojos miel, su color canela, su cabello larguísimo, su figura escultural, su voz... Todo en ella me llamaba con una urgencia primitiva.

Solté una sonrisa, llevándome la mano a los labios. -Estamos jodidos -murmuré.

Solo imaginarla aquí, en casa, compartiendo nuestra vida, como nuestra princesa y el centro de nuestro universo, era un sueño tan vívido. Al crecer en una familia polígama, la idea de compartir una mujer no era tabú; era una tradición, una elección. Sabíamos que la clave era el control de los celos, la comunicación absoluta y la confianza inquebrantable.

Desde muy jóvenes, juramos tener una mujer para los siete: amarla, adorarla, compartirla y darle todo. Formar una familia. Sofía podía ser esa mujer. La madre de nuestros hijos.

Si era hermosa ahora, no podía imaginarla con la dulce pesadez de un vientre, luciendo adorable y sexy a la vez.

Joder, ya estoy mal.

Me obligué a despejar la mente, no quería tener una erección en medio de mis fantasías. Me acomodé, buscando el sueño y soñando con el futuro que nos esperaba.

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A la mañana siguiente, bajé al comedor. Oscar, Marius y Camillo ya estaban allí. Leonardo estaba en su entrenamiento matutino y Amos, seguramente, estaría tratando de despertar a Samuel, que siempre se acostaba tarde jugando.

-Saben, chicos -dije, captando su atención. -Ayer me imaginé a Sofía embarazada.

Camillo casi se ahoga con el agua. Oscar le dio palmaditas en la espalda.

-¡Joder! Apenas la conocemos y ya andas de fantasioso -exclamó Oscar, cuando Camillo pudo respirar.

-A ver, aún no sabemos cómo terminará esto -Marius intervino, más pragmático. -No sabemos cómo se tomará nuestra propuesta, si aceptará estar con nosotros o si lograremos atraerla a todos.

-Marius tiene razón -dijo Camillo, ya calmado. -Es mejor no apurar las cosas y, sobre todo, no ilusionarse con un futuro que puede no cumplirse.

-No es malo soñar. Yo sé que Sofía será la madre de nuestros hijos -me encogí de hombros con una confianza inusual. -Lo verán, se acordarán de mí cuando la veamos con un hermoso vientre esperando a nuestro hijo.

Oscar rió y negó con la cabeza. -Debo admitir que lo acabo de imaginar y sería maravilloso, en cierta parte.

-¿Cierta parte? -preguntó Marius.

-Los embarazos son complicados, sobre todo por los cambios de humor -continuó Camillo. -Recuerdo cuando nuestra madre Carla esperaba a Samuel: siempre tenía antojos de dulces y se quejaba si no le daban lo que quería.

-Por eso el mocoso es así -bromeó Oscar, y todos asentimos.

-Son complejos, pero creo que es algo que podemos manejar... entre los siete -afirmé.

Me miraron, sonrieron y asintieron, confirmando mis palabras. Tener un bebé, verlo correr, oír sus risas, tener a nuestra mujer a nuestro lado, amándonos a todos por igual...

Y ella amándonos, incluso conociendo y aceptando la oscuridad que nos define.

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