Mundo Paralelo 1: Destello y la tierra es el primer libro de la saga Mundos. Es una historia de romance, acción y ciencia ficción, donde se desarrollan dos tramas que se conectan entre sí. Una mujer atrapada en dos vidas y mundos diferentes, donde no se sabe cuál es la real y tendrá que ir atando cabos para encontrar su verdadera identidad.
Entre enemigos desconocidos, la atracción por su nuevo jefe, con quien soñaba antes de conocerlo; la perdida de sus recuerdos y los eventos extraños en los que se verá envuelta, ella deberá descubrir la verdad oculta, en un escenario donde nada es lo que parece.
Epígrafe
En el conglomerado de árboles; ayudado por la oscuridad de la noche, con sigilo y expectativa, un guerrero se ocultaba y esperaba su señal. Se esmeraba cada vez que se le solicitaba, pues aún no estaba oficializado y todas sus batallas eran pruebas para obtener su cargo.
Sus enemigos estaban tomando ventaja, pues de la nada, una multitud de guerreros rudos y poderosos los rodearon. Esa fue su señal.
Como ave nocturna con su vestuario negro de pies a cabeza se mantuvo por los aires; su espada afilada cegando las vidas de sus enemigos. Los demás guerreros de su equipo suspiraron con alivio, entonces el ánimo regresó a ellos y pudieron avanzar en aquella tosca batalla.
***
-Príncipe, ¿dónde está la fuente de energía y cómo la protegemos? -La chica de cabello ondulado preguntó con curiosidad; dado que siempre se había mencionado aquella fuente, pero ella a veces creía que solo era un mito, una leyenda utilizada para mantener el poder por sobre todos los demás reinos.
-No lo sabemos. No obstante, con el simple hecho de proteger Zafiro, estamos protegiendo la fuente de energía y, haciendo esto, cuidamos que el orden de los mundos no sea alterado.
Aquel gran palacio se erguía majestuoso en la parte rural de Zafiro. Rodeado de un gran bosque y el campamento de guerreros no reales; estos eran los guerreros que no pertenecían a la realeza y, por lo tanto, estaban en un rango menor.
Ella estaba oculta detrás de un gran árbol, entre la entrada del campamento y el gran jardín que rodeaba la entrada al palacio. Desde allí podía admirarlo, él estaba recostado en uno de los tantos balcones del palacio; junto a él, tres guerreros conversaban entre risas.
El príncipe siempre llamó su atención, pese a que él le era inalcanzable. Le gustaba como su cabello lacio y negro caía sobre su espalda, ciertamente, era una herencia de su madre. Sin embargo, los ojos miel, los sacó de su padre: el Rey Mikel Patrick.
La reina era oriunda de la región Jeng, donde la mayoría de sus habitantes tenían los mismos rasgos físicos: ojos pequeños, cabello lacio y oscuros, y estatura media. Sin embargo, el rey había nacido en Zafiro, heredando el reinado por ser el único hijo que tuvo el Rey Daniel Patrick. El rey Mikel era considerado el más alto de Zafiro, lleno de músculos y una cabellera castaña desordenada.
-¿Espiando al príncipe otra vez? -Saltó del susto al verse descubierta.
-¡Ulises, me asustaste! -se quejó. Ulises era todo lo contrario a los guerreros. Su cuerpo estaba definido pero un poco delgado; era esbelto y de estatura media. Su cabello hermoso tenía un tono rojizo y sus hebras rizadas y abundantes cubrían su cuello. Sus ojos verdes claros le daban una apariencia tierna y angelical. Se la pasaba entre las plantas recogiendo su brebaje para preparar medicina. Su tío era un farmacéutico y reconocido doctor, y él su aprendiz.
-Deberías dejar de hacer eso -advirtió-. Podrían acusarte de espía.
-¡Pero si soy una espía! -Rio. Ulises rodó los ojos.
-Eso no es oficial. Además, debes ser espía para los enemigos, no para tu príncipe -ella se estremeció con la última frase.
-¡Qué bien sonó! ¡Mi príncipe! -espetó dando vueltas como si estuviera bailando. Él bufó.
-Despierta, chica salvaje -se burló tronando los dedos-. Pareciera que tienes doble personalidad. Si alguien descubriera que te derrites por el príncipe, serías la burla de todos.
-Nadie tiene que enterarse a menos que un niño lindo abra su bocota. -Le desarregló el cabello y él quitó su mano bufando.
-Por cierto, necesito que me hagas un favor, chica ruda. -Se rascó la nariz-. ¿Podrías llevarle estás hojas a mi tío al palacio? Se me presentó una oportunidad que no puedo dejar pasar -pidió llevando su mirada al gran jardín.
-Ya veo, picarón. -Sonrió levantando una ceja-. ¿Vas a acosar a la mulatona?
-Yo no soy tú. Solo voy a decirle algo.
-Ummm... Me imagino. -Leela ironizó con una risita pícara.
-Me debes el favor -le reclamó-. Yo siempre te cubro.
-Está bien... -Rodó los ojos-. Pero ten cuidado, angelito pícaro; ella es un mujerón, ¿podrás con el reto?
-¡Vete ya! -ordenó entregándole la canasta de mal gusto.
-Adiós, picarón. -Guiñó un ojo-. Espero y no te atragantes. -Salió corriendo entre risas para evitar que su amigo la matase.
Dejó su escondite y atravesó el jardín hasta quedar frente a unas largas escaleras que la conducirían a la puerta del palacio. Respiró profundo, aunque era improbable que se encontrara con él -como guerrera 'no real' no se le permitía adentrarse más allá de la sala de reunión-, aun así, moría de los nervios. Iba a entrar después del permiso de los guardias, cuando alguien la detuvo por el brazo.
-Hola, preciosa. -Su voz era ronca y el agarre fuerte. Miró de reojo y era uno de los guerreros reales que siempre estaba en el círculo del príncipe, pero que no se llevaba muy bien con él. Su cabello era rubio intenso, su cuerpo musculoso y rígido. Su voz y su apariencia hacían temblar a cualquiera y su mirada era prepotente y descarada. Si no fuera por su descabellada personalidad, se podría decir que sería el suspiro de muchas chicas, ya que poseía un atractivo singular.
-¿Qué quiere? -preguntó frunciendo el ceño.
-¡Qué insolente eres! -reclamó en tono de burla-. ¿No sabes cómo dirigirte a tus superiores?
-¿Y usted no sabe cómo tratar a los que están por debajo de su cargo? -contraatacó desafiante.
-Vaya, vaya. Te estás portando mal, muñeca. Tendré que castigarte... -Acercó su rostro de forma seductora-. Y créeme que te encantará mi castigo.
-Pero ¡quién te crees que eres, idiota! -gritó sin importarle las consecuencias. No soportaba ese tipo de comentarios. Después de todo, ella era una guerrera con muchas habilidades que servía al Reino de Zafiro, al igual que cualquier hombre, merecía respeto.
-¡Cómo te atreves a hablarme así! -reprochó enojado-. ¿Qué no sabes quién soy?
-¡Claro que lo sé! -respondió desafiante, como si su voz temerosa no la inmutara-. Eres un guerrerito de pacotilla que se cree la gran cosa, pero que no eres más que un niño berrinchudo que desquitas tus frustraciones con personas más débiles -soltó sin reparos y sin medir consecuencias.
-¡Basura insolente! -gritó mientras le tiraba un golpe. Ella saltó evadiendo aquel puñetazo y liberándose de su agarre-. ¿Quieres jugar, muñeca? ¡Juguemos entonces! -dicho esto, arremetió contra ella, fallando todos sus ataques. Secó el sudor de su frente y mordió su labio inferior de la frustración. Volvió a atacar, pero ella era muy ágil y se movía con facilidad; era imposible atraparla. Leela se movilizaba con gran destreza y sin soltar la canasta, daba varios saltos por las paredes y las escaleras, esquivando todos sus intentos.
-¡Ya basta! -Una voz masculina los interrumpió. El Príncipe Jing se acercó con los tres guerreros-. ¿Qué sucede aquí, Lars? -El grandulón se paró frente al Príncipe.
-Sucede que esta chica me faltó el respeto. No sabe cómo dirigirse a sus superiores ni mide su vocabulario. Solo le daba una lección -se excusó.
-¿Tú le dabas una lección o ella te daba una a ti? -se burló uno de los guerreros.
-¡Qué dices imbécil! -La ira le salía por las venas. Jamás se había sentido tan humillado-. Ella es nada. Yo la aplastaría con mis propias manos si quisiera.
-Sí, eso es muy obvio -contestó el chico con sarcasmo provocando que éste arremetiera contra él, claro que fue detenido por el príncipe.
-Contrólate -dijo con calma mientras sostenía su enorme brazo-. Ya has provocado demasiados problemas, no te convendría armar un escándalo hoy. Mi padre está de mal humor, y no quieres ser su desquite -advirtió con una sonrisa maliciosa. Él se soltó de su agarre con violencia y se marchó maldiciendo.
-A ver chica ruda, explícame qué sucedió -se dirigió a Leela.
-Solo vine a traer esto al señor Harrison -respondió mostrando la canasta, evitando que sus nervios tomen el control-. Él me tomó del brazo y empezó a acosarme. -El príncipe rio.
-Creo que Lars se metió con la chica incorrecta. -Sus amigos se unieron a las carcajadas, pues Lars era un chico poderoso y temible. El ser derrotado por una jovencita que no se veía muy fuerte, era todo un espectáculo y un golpe bajo a su ego.
-Quien diría que una mujer tan tierna podría derrotar al gran Lars -comentó otro de los guerreros con una sonrisa coqueta sin quitarle los ojos de encima.
-¿Derrotar dices? -El príncipe arqueó una ceja-. Ella solo lo esquivó, para su suerte. Ni te imaginas lo que esa chica tierna puede hacer en la batalla. -Todos lo miraron sorprendidos-. Ustedes no se enteran de nada porque se la pasan entre los reales, si miraran más allá de su círculo, se encontrarían con cosas maravillosas. -Posó la mirada sobre ella, acción que provocó que ésta se sonrojase.
-¿A qué te refieres? -preguntó uno de ellos-. ¿Dices que ella es más fuerte que Lars? ¡El gran Lars!
-Bruno -se dirigió al moreno que estaba asombrado de lo que escuchaba-. Ella es más fuerte que todos ustedes juntos. -Sus amigos bufaron-. ¿No han escuchado o visto a Búho en la batalla? -todos asintieron.
-¿Qué tiene que ver Búho con esta chica? -preguntó Nico el rubio del grupo.
-Vamos a mi estudio y les explico. -El Príncipe respondió sin quitar la mirada de Leela.
-Príncipe, guerreros; me retiro. -Ella hizo reverencia y se marchó. Todos la siguieron con la mirada. Leela era buena fachada, ya que su apariencia era de una chica tierna y soñadora. No era muy alta ni con muchas curvas, pero tenía un encanto especial que llamaba la atención. Era una feromona andante, pues había algo en ella que despertaba ciertos deseos en el sexo masculino. A pesar de su apariencia dulce, su personalidad era todo lo contrario. Una chica valiente, fuerte y desafiante; la mayoría de veces, impulsiva y contestona.
-Hermosa mujer -comentó Nico-. Ahora soy yo quien la quiere entrenar, pero en otro tipo de peleas. -Ellos rieron ganándose la cara molesta del príncipe.
-No te enojes, príncipe -se le dirigió Esteban-. No nos niegues que tú también te la encuentras atractiva.
-Dejen de decir tonterías -reprendió el príncipe-. He visto mejores -dijo creyendo que ella no había escuchado, sin embargo, sus palabras atravesaron su corazón como daga.
***
El Príncipe tomó asiento en la silla detrás del escritorio de su estudio y observó a sus tres fieles compañeros, quienes esperaban expectantes lo que tenía que decirles, referente a la chica.
-Nico, Bruno y Esteban; la mujer con quien Lars acaba de enfrentarse es Búho -dijo con tono despreocupado y todos estallaron de la risa.
-¡Esa sí que te ha quedado buena, Jing! -Esteban, el chico mestizo de cabello marrón oscuro, dio palmadas sobre su hombro.
-Entonces no me creen... -expresó con mirada intrigante-. Solo les pido que no mencionen a nadie lo que acaban de escuchar. Se los digo porque comoquiera lo iban a saber, ya que son los guerreros principales del palacio. Por eso no hemos querido que Búho revele su identidad, porque es una espía. Si ustedes no lo creen, quiere decir que ella es una buena fachada, por su apariencia, digo. -Todos hicieron silencio al percatarse que hablaba en serio.
-Entonces, esa chica es una espía -Bruno reflexionó con un brillo especial en los ojos. Desde que Búho empezó a pelear con ellos meses atrás, él lo había admirado.
-¡Quién diría que Búho sería una mujer tan atractiva! -Esteban sonrió.
-Aún no es una espía oficial. Está en proceso de prueba, yo mismo la estoy entrenando -aclaró con orgullo-. Como les dije antes, su identidad no puede ser descubierta, es por eso que ella se cubre por completo para la batalla y tiene pocas misiones.
El silencio llenó el lugar, pues ellos aún no salían de su asombro.
Él la entrenaba una vez a la semana en un dojo oculto a las alturas de una montaña. Para ella ese entrenamiento era todo un reto, ya que, pasaría dos horas a solas con su amor platónico sin mencionar todos los roces que por obligación debían tener. Leela vestía un pantalón lycra negro con una blusa blanca, holgada y larga hasta la cadera; su cabello estaba recogido en un moño que dejaba salir algunos flecos que caían sobre su rostro y llevaba unos zapatos negros de tela cómodos.
Entró con recelo al lugar y encontró al príncipe sentado sobre sus rodillas en medio del dojo, tuvo que respirar al ver su pecho descubierto mostrando sus magníficos pectorales. Como guerrera, estaba acostumbrada a ver el torso descubierto de los hombres, pero ver al príncipe así removía todo su interior.
Prefirió enfocar su atención en la acogedora cabaña para evitar ser descubierta mientras se lo comía con los ojos. El dojo era de madera fina y fuerte, ubicado en la cima de una montaña, donde se podían apreciar las nubes gracias a la altura; la paz y hermosura describían aquel lugar, pese a su rara decoración y carencia de muebles, pues allí solo se apreciaban unas cortinas blancas en las amplias y abiertas ventanas que danzaban con la brisa. Él abrió los ojos y en un rápido movimiento le lanzó una daga saltando de su lugar, giró en el aire hasta caer de pies con serenidad. Ella atrapó el arma con una mano sin mover un músculo extra. Él sonrió, pues, le encantaba apreciar su habilidad.
-Hoy aprenderemos a coquetear -informó con una naturalidad que la descontrolaba. ¿Cómo podía soltar esas palabras con tanta serenidad cuando a ella le alteraba todo su ser?
-¿A ... coquetear ...? -tartamudeó.
-Claro. ¿Por qué me miras así? Serás espía, ¿recuerdas? Para algo ha de servir tu hermoso rostro. -Se acercó y tocó su mentón-. Porque, chica ruda, eres la guerrera más hermosa que tenemos. -Su mirada penetrante la estremeció.
-Bueno, exagera. -Sus ojos grises brillaron-. Ha visto mejores -escupió con malicia. Él soltó su mentón avergonzado, pues era obvio que ella lo había escuchado.
-Leela, tú...
-Príncipe, no distraiga su coqueteo, al final seré yo quien lo enseñe -lo interrumpió. No quería hablar de lo humillante que fue escuchar aquello.
-Tienes razón. -Sonrió-. Anulaste mi jugada. Creo que sabes muy bien del tema.
-Príncipe, toda mujer es una experta en el área, podemos dejar esa parte y concentrarnos en la pelea.
-¡Te gusta pelear!
-No, me gusta aprender. -Ella corrigió y se acercó sutilmente, pasó la yema de su dedo sobre su mejilla. Pudo admirar ese rostro varonil de cerca y guardar una imagen intacta para sus fantasías. De repente sacó la daga que él le había dado y lo atacó; Jing detuvo el ataque doblando su muñeca, ella giró y liberó su mano dejando patadas en el aire que él esquivó con facilidad. Ambos giraron por encima del suelo como si estuvieran danzando una baile sensual y peligroso a la vez.
La batalla empezó, ambos lanzaban golpes estando aún en el aire, esquivando los ataques del otro. Él la tomó por la muñeca y la giró por encima de su cabeza, ella dio vueltas quedando sus pies arriba y la cabeza abajo, aún en la inexistente gravedad. Posó sus manos sobre los hombros de él como soporte mientras sus piernas estaban erguidas hacia arriba, las bajó enredando la cintura del príncipe con ellas. Entonces sus brazos estaban rodeando el cuello de él, dejando sus rostros tan cerca que sus respiraciones se hicieron una y sus ojos no dejaban de conectarse. Ella acercó su cara, pues al parecer, se estaba dejando llevar por el éxtasis del momento.
-Príncipe, ¿alguna vez ha besado? -preguntó con una sonrisa coqueta.
-¿Qué hombre a mi edad no ha besado, preciosa? -respondió con picardía.
-¿Cómo sabrán sus labios? -Ella musitó acariciándolos con su dedo.
-¿Por qué no lo averiguas por ti misma? -Dejó salir una sonrisita.
-Lo siento, prefiero unos labios que no corten los míos -negó girando hacia abajo. Sus piernas seguían entrelazadas a su cintura, pero llevó su torso por debajo del príncipe, ubicándose en su espalda, ahora sus piernas lo abrazaban desde atrás y su cuello estaba atrapado con el brazo de ella, con el que le quedó libre posó la punta de la daga en el lado derecho del cuello de él.
-¿Me tienes en tus manos? -El príncipe preguntó con ironía y sonriendo a medias. Sus brazos se deshicieron de su agarre con una rapidez increíble, ella nunca había visto a alguien reaccionar tan rápido. Le propinó un golpe en el estómago que la dejó sin aliento por unos segundos, su puño fuerte iba dirigido hacia su rostro, pero ella lo atrapó con sus dos brazos. De una pirueta subió sus dos piernas al aire para golpearle el rostro, mientras sostenía el brazo de él, Jing se echó cayendo de espalda y ella quedó encima de su torso. Él agarró ambas muñecas una con cada mano y la acercó más a él-. ¿No deseas probarlos aún? -volvió ofrecer. Ella sonrió maliciosa.
-Quiero mantener mis bellos labios intactos, así que paso.
Jing escupió una diminuta navaja de la boca que se clavó en la pared de madera.
-¿Su oferta sigue en pie? -Ella sonrió con picardía. Él negó.
-Perdiste tu oportunidad, preciosa. -Sonrió. La agarró por la cintura y la tiró contra la pared, dio un salto y cayó de pies-. Aún tienes mucho que practicar antes de que seas una espía oficial -comentó con seriedad.
Era increíble lo rápido que cambiaba de personalidad. Ahora se mostraba frío e indiferente, como si la conexión anterior no hubiera existido, como si de verdad fuera un simple entrenamiento. Bueno... era un simple entrenamiento. ¿Por qué tenía que crearse cosas en la cabeza para terminar tan vacía? Así eran sus prácticas con él, llenas de tensión, sensualismo y flirteo, para que después, todo terminara como siempre; distante, frío e indiferente.
***
-Leela... Leela... ¡Leeelaaaa!
-¡¿Qué?! -gruñó cuando Ulises la sacó de su ensoñación.
-Oye, estás en otro lugar. -Su amigo tronó los dedos-. Despierta, chica ruda.
-Ulises... -Hizo una pausa-. ¿Cómo haces para desenamorarte? -Suspiró.
-¿Hablas de tu obsesión con el príncipe?
-No es obsesión. -Lo miró mal-. Realmente me gusta. -Ulises suspiró.
- Debes olvidarte de eso -advirtió-. Él es un príncipe.
-¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué tenemos que estar divididos entre reales y no reales? Todos somos personas que sentimos y sufrimos, vamos al baño y depositamos lo mismo; tenemos las mismas partes del cuerpo, ¿por qué tiene que ser imposible? -su amigo bufó ante su lógica.
-Con el príncipe es diferente -contestó-. No basta ser de sangre real.
-¿Ah no?
-¡¿Que no lees?!
-Deja de regañarme, Angelito.
-Y Tú deja de llamarme así.
-Tú me dices chica ruda.
-Todos te llaman así y te gusta. Soy un hombre, no me gusta ese nombre -ella rio.
-Lo siento, Angelito -El rizado se cruzó de brazos.
-Volviendo al tema -prosiguió rendido-. ¿Recuerdas la boda del príncipe coronado? -Ella asintió-. Pues fue con una chica de otro reino porque ella era su esposa elegida, su complemento. -Leela agrandó los ojos.
-¿Por qué nunca me enteré de eso?
-Porque siempre estás en tu mundo suspira príncipe.
-¿Entonces, dices que los príncipes no se casan sino con esa persona elegida? -Él asintió-. Y, ¿cómo lo saben?
-El príncipe tiene dos gargantillas en una. Cuando esa persona se convierte en su complemento y amor genuino, la gargantilla se divide. El príncipe la pone sobre el cuello de ella y si ambas brillan, ella es la elegida. Siempre que estén cerca el uno del otro, las gargantillas emanarán un brillo sutil que casi no se nota; pero, si duran mucho tiempo sin verse o sucede una separación y se juntan de nuevo, las gargantillas dejarán salir un brillo intenso para recordarles su relación.
-Me gustaría ponerme esa gargantilla. -Suspiró.
-No eres sangre real -refutó-. Solo alguien con sangre real puede ser complemento del príncipe.
Ella bajó la mirada.
-¡Y vuelven las separaciones de clases sociales!
-Es mejor que te olvides del príncipe. Además, eres una guerrera, no serías una esposa ideal.
Leela asintió con tristeza en sus ojos. Hubiese deseado nacer bajo otras circunstancias o que el mundo fuese diferente.
***
La alarma la despertó como todos los días. Se incorporó sobre la cama exaltada y emanando sudor frío, su corazón dolía con un vacío intenso y dos lágrimas recorrieron su rostro. Ese dolor otra vez al despertar, como si algo o alguien le faltara.
Se levantó lentamente de la cama para prepararse para el trabajo. Como editora de periodismo, tenía que llegar a tiempo para lidiar con todas las tareas que se le acumulaba, cosa que últimamente no estaba haciendo. Apenas desayunó, le dio de comer al gato que encontró hambriento en la calle y que aún no le había encontrado dueño.
-¡Adiós, Angelito! -No supo por qué lo llamó así, pero se sentía bien el nombre. Tomó sus llaves y emprendió la marcha a su labor.
Al mediodía decidió dejar su trabajo para almorzar fuera de la oficina.
-¡Hasta que por fin saliste de tu encierro! -Su amiga bromeó -. He tenido que almorzar sola todos estos días.
-Es que tenía demasiado trabajo acumulado y me he sentido fuera de lugar, ¿será el estrés? -Nora comentó ida y su amiga la miró suspicaz mientras degustaban su comida. Estaban en un restaurante que les quedaba cerca de la compañía.
-¿Otra vez soñando con el nunca jamás? -se burló.
-Es un sueño tan real que cuando despierto lloro. ¿Crees que debo ir a un psicólogo?
-Lo que necesitas es un hombre que te quite todo el estrés acumulado por falta de sexo. -Nora se sonrojó.
-Tú y tus cosas. -Meneó la cabeza con una sonrisa.
-Piénsalo; sueñas con un príncipe que está buenísimo y con batallas -soltó una sonrisa maliciosa-. Necesitas un hombre para dar la batalla más placentera que hayas peleado. -Ambas rieron.
-Mi mente no está puesta en un hombre ahora. Yo... necesito algunas respuestas, no sabría explicarlo -titubeó al dejar salir sus palabras, pues sabía que no tendrían sentido-. ¿Alguna vez has sentido como si pertenecieras a otro lugar y tuvieras otra vida?
-¡Claro que sí! -La rubia asintió-. Debería ser millonaria, vivir en Hollywood y estar casada con Brad Pitt. -Ambas estallaron en carcajadas.