El día que conocí al hombre de mi vida, su hijo había estado en peligro. El pequeño era mi alumno, y esa mañana, alguien había prendido fuego el área de ciencias. Mi aula estaba en esa zona, y vi cómo las llamas consumían las paredes, el aire era tan negro que a la luz le costaba traspasar aquella densa nube de humo.
Cientos de papeles, colores, mesas y sillas ardían. Los niños empezaron a toser y la desesperación se acumulaba en mi cuerpo. Jamás había vivido una situación así, me hacía sentir como si alguien me empujara hacia abajo, intentando sumergirme.
Como pude, tomé una última bocanada de aire limpio. Miré a los diez niños que estaban en mi clase y los obligué a tomarse de las manos, formando una cadena donde yo estaba al final. Los conduje lo mejor que pude por en medio del pasillo principal.
En todo el rato no había escuchado la alarma para incendios, pero al poner un pie fuera del colegio, escuché demasiadas cosas al mismo tiempo. Los gritos de mis niños, la preocupación de muchos adultos, los llamados de los bomberos, la alarma...
Todo pasó muy rápido.
Después de que lograron sacar a los que quedaban dentro, apagaron el fuego y trasladaron a cualquiera que necesitara atención médica directamente a un hospital.
Aún quedaba una nube marrón sobre nosotros, esa que se cerraba sobre mí. Parpadee cuando el penúltimo padre venía a por su hija. La pobre no podía pronunciar palabra, y cuando consiguió decir algo, le dijo a su padre que no estudiaría más, que era muy peligroso.
Me limité a reírme mientras me despedía. Cada niño tenía su forma de expresarse, de aprender, de hacerte reír con solo abrir la boca. Ese era uno de los motivos que me llevaron ser maestra. Sencillamente lo amaba.
-Maestra -sentí que tocaron mi espalda-, mi papá no puede venir a buscarme.
Esa voz me era muy familiar. Me giré y vi a Ian, el pequeño más listo de la clase. Él me miró con esos grandes ojos verdes, siempre brillaban, pero estaban un poco opacos.
-¿Por qué, cariño? -Le tomé la mano. Sentí cómo temblaba-. No te desesperes, alguien debe venir a buscarte.
Con su mano sobre lamía, me encaminé hacia donde estaba la directora. Sin embargo, él no se movió.
-Papá nunca puede traerme -lo escuché decir, mientras yo me limité a oírlo-. Una persona se encarga de llevarme a lugares en los que haya muchas personas.
»Papá me dijo que nadie debe saber que soy hijo suyo.
Me fue inevitable fruncir el ceño. Recordé que nunca había hablado con su padre o madre. Ian siempre llegaba al aula solo, tranquilo y dispuesto a trabajar. Además, él nunca había mencionado a sus padres.
-¿Y la persona que viene por ti? -Le pregunté con un mal presagio oprimiéndome el pecho.
Contestó que ese día su padre le aseguró que él mismo iría a buscarle, por tanto, canceló el servicio por lo que restaba de día.
Tragué saliva. Me costó hacerlo, porque el pequeño sabía tan bien que nadie lo iria a buscar, que cuando le pedí ayuda a la directora, ambos pusieron mala cara.
Ella se esforzó, y solo consiguió fotos en su archivo. Aparentemente nunca habían suministrado algún número telefónico. Era increíble, pero el rostro decaído de Ian, me decía que era muy cierto.
Entonces solo se me ocurrió una cosa.
-Puedo llevármelo. Buscaré su casa y lo dejaré ahí -aseguré más para mí que para ella.
La directora sugirió que era mejor dejarlo en la comisaría. Tenía sentido. Lo que no tenía sentido era la expresión de espanto de Ian, que se acercó a nosotras y pidió que no lo hiciéramos, nos lo imploró. En la tensión de su cuerpo vi que de solo pensarlo, se aterraba. Así que tuve que aventurarme.
Durante ese año me había pasado horas recorriendo la ciudad, oyendo el característico bullicio de la misma. Entre ese montón de voces, había un nombre que estaba en boga.
Tredway Langdon. Dueño de industrias Langdon. El apellido de Ian siempre se había mantenido en secreto. Una simple ´«L´» era lo que se veía en su archivo.Y el innegable parecido que existía entre ambos, los delataba. Esa sensación similitud me embargó.
Mis pies se movieron solos junto a los de Ian. Nos paseamos por la ciudad, visitamos muchos sitios, preguntamos por las famosas Industrias. Tardamos en hallar una pequeña cede que bordeaba el centro de la ciudad.
Entramos a un vestíbulo, el color gris se veía en cada pared. Ian tocaban esas paredes lúgubres con delicadeza. Sus ojos se perdían en cada objeto del lugar. Para evitar que se confundiera, le di un apretón en el hombro y nos dirigimos a la recepción.
Un muchacho nos dio los buenos días, se alejó de su puesto, y me arrancó delicadamente a Ian de las manos. Me echó una mirada muy oscura.
-Váyase -me exigió, apartando a Ian de mí.
Estaba a punto de hervirme la sangre, cuando Ian le susurró al hombre algo que no entendí y se aferró a mi brazo. El tono que usó el recepcionista para hablarme fue extraño:
-Piérdete y olvídalo -gruñó, extendiéndome un trozo de papel.
El papel rezaba una dirección que no quedaba lejos. Ian me prometió que no tenía problema con caminar un poco más, y eso hicimos. Nos adentramos a una zona silenciosa, llena de grama verde y aceras perfectamente pintadas.
Ian miraba hacia su alrededor, se fijaba en sus manos enroscadas en mi brazo. Su mirada cambió en ese momento, el brillo le regresó a los ojos. Y justo cuando abrí la boca para preguntar, él me soltó y salió corriendo.
La ventisca que nos golpeó cuando lo seguí, irónicamente, me calentó los músculos. Me sentí en la obligación de ver que estaba bien y, por un segundo, me asusté. Lo vi entre los brazos de un hombre que hizo girar a Ian. Detuve el paso abruptamente, admirando la conmovedora escena. El pequeño se enganchó al cuello del aquel hombre que no lograba identificar. La dulce voz de Ian pronunció:
-¡Volví, papá! -El regocijo se le notaba en la voz-. Ella me trajo -dijo Ian, poniéndome en el ojo del huracán.
Sentí la mirada del hombre hasta en los huesos. El vistazo que me dio hubiese hecho tartamudear a la yo de antes, pero, esta vez, un escalofrío que me crispó todos los pelos, me recorrió el cuerpo.
Fue como si algo se hubiese activado en mí, lo que me instó a avanzar y presentarme.
-Soy Diandra, la profesora de su hijo -extendí la mano. Él tardó en estrecharla.
El calor que desprendió su suave piel, envió una señal confusa a mi estómago. Nuestros ojos se conectaron, y distinguí la cautela en ellos. Entonces, dejó mi mano al aire.
-Gracias por traerme a la bola de pelos -su boca se curvó en una sonrisa. Una radiante-. Qué pase un buen día -asintió con la cabeza.
Me giré para irme, pero la vocecilla de Ian me detuvo.
-No creo regresar al colegio, maestra -utilizó un tono que me pinchó el corazón-. Por favor, no olvide donde vivo-La urgencia en su rostro me asombró.
Mantenerme al tanto de mis estudiantes era mi vocación, aunque visitarlos nunca había estado entre mis opciones. Lo sopesé, realmente lo hice, y evité responderle cuando me fijé en la dureza con que me miraba su padre.
Le devolví la mirada, desafiándolo.
-Señor... -No supe cómo llamarlo-. Mi intención no es incomodar. Hasta luego.
Él carraspeó.
-Tredway Langdon -sentí su nombre grabarse en mi memoria-. Ian no tiene mucha compañía. Venga si así lo desea.
La manera en que las palabras salieron de su boca, me hicieron saber que no debía tomármelas en serio. La cuestión era que Ian sí lo tomaba con seriedad, y yo también lo haría.
Siempre he querido lo mejor para él, a pesar de que él ahora prefiera quejarse.
-Mamá, estoy hablando contigo. -Mi hijo ya no tiene la misma ternura de antes.
A veces extraño a ese niño que vivía en él.
-Nunca me escuchas -sus cejas oscuras y pobladas se fruncen.
Ian y yo estamos comiendo en la sala. El televisor está encendido, y él se distrae con la pantalla. Entrecierro los ojos, examinándolo. Sus hombros están tensos, una vena le pulsa en el cuello, y mantiene los labios en una fina línea.
Algo le está pasando.
-¿Qué ocurre? -Él me mira, y gruñe.
-Ahora sí te interesa -su rostro se contrae en amargura.
Le pregunto de nuevo qué es lo que le pasa. Solo consigo que le suba volumen al aparato, y que se vaya, dejándome su plato a medio comer. Inhalo profundamente. Después lo suelto todo, desesperada. No creí vivir para ver este momento, pero Ian ya no puede más, y menos ahora que vuelve a sentarse junto a más.
-¿Sabes por qué no ha llamado? -Abro mucho los ojos. Esa pregunta me toma siempre de sorpresa.
Y aún no tengo idea de cómo responderla. Sé que merece saber de su padre, pero el silencio de ese hombre está marcándolo. Tal vez ya lo ha marcado.
-Es mejor que duermas temprano -esquivo sus palabras frotándole la espalda-. Mañana hay que despertar temprano.
Mañana no hay nada que hacer, y eso él lo sabe. La forma en que me mira me oprime el pecho, y tengo que reprimir el ardor que empiezo a sentir en los ojos.
-Pensé que me lo dirías.
Decepción. Detesto tanto que se vaya a su habitación en ese estado, pero ya no es niño al que pueda distraer con un caramelo. Las cosas no son muy sencillas, y se vuelve cada vez más introvertido.
El sonido de la puerta siendo azotada me alerta. Por lo que me pongo de pie, cruzo el pasillo y asomo la cabeza que da al pasillo de las habitaciones. Veo a Killmer, mi actual novio, intentando hablar con Ian.
Ian pone una mueca de asco puro y lo manda a freír perdices. Literalmente. Suspiro enjugándome las lágrimas con los dedos.
Ya no puedo más.
A mi alrededor se oyen los sonidos de las ranas y grillos. Me he acostumbrado a eso. En cambio, algo no me permite dormir. Algo que se remueve bajo mi piel, manteniéndome despierta.
Me giro hacia la mesita, y veo que son las doce y treinta de la noche. Es tarde. Había pasado el día trabajando, igual que Killmer, pero de su boca salían ronquidos casi audibles.
El pequeño concierto de mi novio es opacado por el ruido de un motor. Me incorporo cuidadosamente para no despertarlo. Entonces, me asomo por la ventana y descubro a Ian subiéndose a un auto.
No. No lo está haciendo. ¡No!
Furiosa, deslizo la ventana y llamo su atención. Le digo cosas que ni me atrevo a repetir, apretando fuertemente los puños y la mandíbula.
-¡Te veo en la ciudad! -El grito que sale de su garganta entrecorta mi respiración.
Lo está haciendo. Maldición. Está yendo a la ciudad solo para ver a su padre. Un padre con el que no ha hablado en años.
¿Qué has hecho, mi pequeño?
Estaba de pie, mirando mi reflejo en la puerta de entrada de la casa de Tredway Langdon. Pasé toda la noche pensando en qué hacer, y en ningún momento quise dejar esto atrás. Tal vez parecía algo sencillo, pero necesitaba continuar con algo; estabilidad más allá de mi vida laboral.
Cerré el puño, golpee la puerta con los nudillos y esperé. Unas pisadas veloces se aproximaron y, de sorpresa, el pequeño saltó sobre mí. No pude contener el grito de emoción que escapó de mi garganta. Lo hice girar en el aire durante unos segundos, luego lo dejé en el suelo.
Él me miró con una enorme sonrisa en sus labios. Entonces, algo dentro de mí, se encogió por la ternura.
-¡Hola! -me saludó, aferrándose a mi cadera.
Avancé al interior del hogar, y lo primero que mis ojos enfocaron a un hombre con una camiseta blanca, cuyos brazos estaban al descubierto. Unos brazos torneados envueltos en piel morena. Me aclaré la garganta intentando ignorar la resequedad repentina en mi boca.
Por fortuna, Ian le dijo a su padre lo que íbamos a hacer, y me arrastré hasta un fabuloso salón lleno de juguetes. La mayoría estaban colgados en las paredes, aún en sus cajas.
-Me gustaría usarlos con alguien -susurró mientras me sentaba en un enorme cojín-. Jugar con alguien es genial. Creo.
¿Era solitario? Bueno, era evidente, pero eso no me abstuvo de preguntar.
-Pues, papá no me permite visitas. -.Me costó creerlo-. A veces vamos a un parque cercano y veo a los hijos de sus amigos.
El tono de su voz se había oscurecido, igual que sus ánimos. Me arrepentí al instante. Hacerle ese tipo de preguntas no era positivo, así que me levanté de mi cómodo asiento. Caminé hacia mi objetivo, y agarré el primer empaque que vi en la pared. Lo descolgué cuidadosamente y volví a mi lugar.
-Ian -él levantó la mirada-. Soy tu maestra, y tal vez no entienda cómo te sientes -le ofrecí el juguete. Lo tomó sin pensarlo-. Pero sí puedo acompañarte mientras vuelves al colegio.
El colegio... Ian jugó con un botón de su camisa al escucharlo. No me dijo nada, se centró en abrir el juguete a toda velocidad e inspeccionarlo.
-Es un dron. -¿Un qué?-. Papá me lo compró cuando cumplí cinco.
Sus hombros se tensaron un momento. Sin embargo, recobró la compostura y corrió hacia la puerta por donde entramos.
-¡Vamos al patio trasero! -canturreó, entusiasmado.
Y, de ese modo, pasamos unas cuantas horas rodeados de árboles frondosos, flores fragantes, y las carcajadas de Ian. En el aula nunca lo escuché reír así, parecía un resorte lleno de energía.
-¡Esto es increíble! -grité por sobre el zumbido del dron- ¡Corra hacia él!
Obedecí, sonriendo. El patio trasero tenía medidas exageradas. Podría decirse que casi todo lo que rodeaba la casa conformaba el patio. Ahí se respiraba un aire extraño, como si faltara algo.
Seguí el dron hasta que mi cuerpo se quedó sin oxígeno. Apoyé las manos sobre las rodillas y miré al pequeño. Tenía la vista clavada en el cielo, intentando no desviar mucho el aparato. Movía los pies tranquilamente, dejándose llevar por el momento.
El dron seguía en el aire; yo aún me esforzaba por recuperar el aliento. Un rato más tarde, el cielo nos cubrió con las estrellas, y antes de entrar a la casa, Ian las miró. Les prestó suma atención, y antes de notarlo, una esquiva lágrima le surcó el rostro.
-La extraño -musitó con los ojos vidriosos-. Ella era muy buena. No le gustaba la noche, pero estaba junto a mí cuando veía las estrellas.
Suspiró. Creí que iba a añadir otra cosa; Tredway apareció, mirándolo con ojos punzantes, como si quisiera decirle algo.
-Vas a resfriarte -espetó su padre-. Entra, tu cena está caliente -explicó, dirigiéndome una mirada arisca.
Me costaba entender su actitud ante mí. Sí, era una maestra que de la nada se interesaba por el bienestar de su hijo. Estaba clara de cómo se veía. Y las vistas no eran buenas. Pero eso no explicaba por qué me quería fuera. Había algo más allá, y no lograba descifrarlo.
Ian dejó caer sus brazos, el semblante de derrota se instaló en él. Los tres entramos a la casa. Fuimos hasta el comedor en completo silencio. Las sillas resonaron contra el suelo al descolocarlas para sentarnos.
Para mi sorpresa, ahogué un grito al ver la meticulosidad de aquellos platillos. Eran lo más sencillo del mundo. Consomé, pan de ajo, arroz acompañado de una jugosa carne. En toda la tarde no había sentido hambre, y después de respirar aquel exquisito aroma, mi estómago rugió.
-El colegió advirtió que las clases se suspenden durante dos semanas -empecé. Mis ojos fueron de Ian a su padre-. ¿Qué harán con ese tiempo libre?
Tredway apretó la mandíbula. Una mandíbula perfecta, fuerte y bien definida. El hombre se llevó un bocado de carne a la boca. Masticó por corto rato, sin despegar los ojos de mí.
-Ian usará esos días para descansar -una diminuta sonrisa se asomó en sus labios-. ¿Verdad, hijo?
El pequeño se encogió en su asiento, se escuchó un tímido «mjum» y continuó comiendo.
-¿Qué hará usted? -enarcó ambas cejas, mientras le daba un sorbo a su jugo.
En su boca quedó un rastro de jugo y, como si hubiese notado mi mirada, relamió sus labios. Mi pulso se aceleró un poco, y no supe a dónde mirar. Era un hombre atractivo, y eso no debería confundirme.
¿O sí?
-Tengo pensado mejorar mi planificación -dije, después de tragar-. He notado esta brecha en mis estudiantes.
-Explíquese, por favor -su expresión era ilegible.
Lo pensé. Sí era cierto que mejoraría mi forma de educar, pero el único en quien veía esa brecha era, precisamente, en su hijo.
-Su hijo no comparte mucho con niños de su edad. -El hombre dejó los cubiertos sobre su plato, y apoyó los codos en la mesa-. A esa edad ellos nece...
No pude terminar la frase, pues, fui interrumpida por el padre de Ian, cuyos ojos se incendiaron repentinamente.
-Verá, maestra -pronunció, incorporándose de su asiento-. Le doy las gracias por la visita, ya es muy tarde y le desaconsejo andar por las calles después del atardecer.
»Ojalá nos veamos pronto.
Cuando me puse de pie, él ya estaba junto a la puerta, esperándome. Ian también se levantó y tomó. Su tacto era frío, y la mirada que me dio rogaba que lo disculpara. Un niño no debería sentirse así.
-¿Volverás? -inquirió Ian. Me agaché unos segundos-. No importa lo que él le diga, puedo llorar un poco y la dejaré entrar de nuevo -me susurró al oído, mientras se frotaba las manos.
-Hasta pronto, maestra. -Me levanté rápidamente-. Tenga cuidado durante el trayecto -lo miré a los ojos, y entreví algo de honestidad.
Esbocé una pequeña sonrisa, despidiéndome con la mano. Caminé hasta mi auto lentamente, apreciando la dulce imagen de Ian y su padre entrando a casa. Cuando la puerta hubo estado cerrada, entré a mi auto, y suspiré.
Los suspiros han sido habituales desde que conocí a Ian. Pero ahora que me encuentro a medianoche, esperando a que el último bus con destino a la ciudad se disponga a salir; me ha dado por pensar en su padre. No puedo saber con exactitud lo que mi hijo siente, y eso aleja mi tranquilidad. Él ha pasado años preguntándome por él; que si mandaba mensajes. Buscando una mínima respuesta que lo hiciera sentirse menos abandonado.
Porque sí, muchas veces lo escuché llorar, lo escuché decir que no lo quería, que se había olvidado de él. Eso me partió el corazón. Me destrozaba verlo sufrir por un hombre que solo se concentró en mantenerlo económicamente. A pesar de que Tredway ha sido muy discreto, sé por su propia boca que lo que más le interesa es su hijo.
-No mires atrás -me pidió Tredway mientras me enganchaba un bolso en el hombro-. Pondrá un pie en la ciudad el día que todo encaje en su debido sitio.
»Ese día llegara. Confía, Diandra.
Su voz me hace estremecerme, devolviéndome a la realidad. Una realidad en la que el terminal está sumido en el sonido de la naturaleza; una en que Ian se frota las manos compulsivamente.
Creo que ese día ha llegado, o Ian lo obliga a llegar.
-Todo está listo. Suban -avisa el conductor desde su vehículo.
Le doy una palmada en la espalda a Ian. Él recoge nuestras cosas, dirigiéndose hacia el bus. Nuestros pasos retumban en la superficie metálica, ya que somos los únicos aquí, a excepción de una mujer mayor que duerme en los puestos traseros.
Decidimos sentarnos en la zona del medio. Dejamos los bolsos en otro asiento, y nos sentamos en los nuestros. El conductor nos permitió acomodar el equipaje en el interior del bus por la falta de pasajeros. Su condición fue que, como el terminal le exige ese viaje nocturno, y luego de ese no tiene mˆ¡s trabajo, le concediéramos ir a menor velocidad. No dudé en aceptar, mis ansias de llegar a la ciudad eran pocas.
Me restriego la cara. Las horas nocturnas no son mi fuerte, pero...
-¿Vas a regañarme? -el tono desesperado de Ian me interrumpe-. Estoy esperando que lo hagas -él baja la cabeza, y descansa las manos en su regazo.
Debería reprenderlo. Sus impulsos -que se asemejan bastante a la premeditación, este caso- merecen una reprimenda. De esas que están atiborradas de miradas duras y frases contundentes. Sin embargo, me inclino por un camino distinto.
-¿Aún recuerdas el rostro de tu padre? -Ian se apresura a responder, pero continúo-. Me refiero a su rostro, el verdadero, el de la última vez.
La tensión que aparece en sus manos es muy obvia. Hablar del tema jamás le ha gustado.
-Sí -susurra después de suspirar.
El cuerpo de Ian reacciona ante la respuesta, y sale de su letargo para mirarme directamente a los ojos.
-Su voz, ¿la recuerdas? -.Lo cojo del mentón-. ¿Recuerdas cómo te hablaba?
Mis ojos se cubren con una fina capa. Trago saliva esperando retener las lˆ¡grimas.
-Es diferente cuando habla en televisión -murmura apretando los puños-. Papá me hablaba... con boberías. En ocasiones sonaba meloso -Ian ríe, su rostro se aleja de mis manos, terminando mi tacto sobre su piel.
Aprovecho su despiste para apartar las lágrimas acumuladas con el dorso de mi mano. Vuelvo a tragar saliva, generando un sonido dramático.
-¿Amas a tu padre?
Lo ama, lo quiere, y también le guarda muchísimo rencor. El rencor eclipsa el cariño de cualquiera. Entonces, lo observo. Ian me mira de nuevo, no hay ninguna duda en su mirada.
-He querido odiarlo -el rastro de vergüenza en su expresión no pasa desapercibido-, pero sé que lo amaré aunque no lo desee.
Mi pecho se llena de alivio absoluto. Por un segundo creí... Mejor ni lo pienso. Él sigue amando a su padre, y se está metiendo en este lío. Tomo una bocanada de aire y veo por la ventanilla. Todavía se alcanzan a vislumbrar las vallas en donde vive el ganado. El característico olor al que no sabía que estaba acostumbrada, empieza a alejarse.
Está decidido.
-Pues solo eso necesito.
***
Soy un manojo de nervios.
Detesto la forma en que la idea de ver de nuevo al padre de Ian me afecta. Me es imposible tener las manos quietas, las cosquillas en la boca del estómago me están matando, y lo que más me molesta es que me emociona verlo.
Mejor concentrarme en el viaje.
El viaje fue muy lento, y nos pasamos la mayor parte del trayecto dormitando, hablando, viendo el campo perderse por la ventanilla. La ciudad aparece y el bullicio que llega a mis oídos es lo primero que dejó de extrañar.
La fuerza con que el sol se alza en el cielo es intensa, y nos saluda, instándonos a bajar del bus.
-Estamos cerca -susurro para que Ian logre escucharme-. Arriba -le pellizco la nariz.
Él hace un mohín. Esa carita tierna recién despertada me hincha el corazón.
-Un rato más. -Lo dejo ser hasta que...
Hasta que de un brinco recoge nuestras cosas y se encamina a las puertas, que se abren para nosotros.
-¡Llegamos! -canturrea, sus pies inquietos me marean.
Pongo una sonrisa en mis labios antes de girarme hacia el conductor.
-Gracias por el viaje -le agradezco sinceramente-. Tenga buen día.
Apoyo mi mano en las puertas, respiro el aire acaramelado y bajo detrás de Ian.
Estás cerca.
-Por segunda vez, estamos cerca de su casa -comento empezando a caminar.
El camino que transitamos hace unos años era solo asfalto. Ahora piezas de adoquín te guían hasta la entrada. Los árboles están secándose, y el aroma que se respiraba en el aire, simplemente ya no existe.
Los alrededores se ven opacos. E Ian se percata de ello haciéndome un ademán. Tuerzo los labios y me encojo de hombros, confundida. Las preciosas aceras que había visto hace algún tiempo, ya no están. Fueron remplazadas por un material amarillento como un periódico antiguo.
Todo luce... sombrío. Ya no posee aquel aspecto hogareño y lujoso que tenía.
Y el tiempo se detiene cuando vemos un auto azul. Específicamente un descapotable de color vibrante. Alguien esta bajándose del vehículo. Estiro el brazo hacia Ian, atrayéndolo hacia mí.
¿Es posible?
No. Mis pensamientos se enredan al ver a una mujer bajarse del auto con un bebé en brazos. Ella ni repara en nosotros. La mujer sostiene un caminar altivo y arisco hasta la puerta de casa.
Todo termina de complicarse cuando él aparece. Veo a Tredway con unos lentes de sol resbalándose por su tabique, mientras sostiene un bolso en una mano y, en la otra, una pañalera celeste.
En primera instancia, veo a Ian. Sus ojos están abiertos de par en par, tiene los labios entreabiertos, y su mandíbula amenaza con terminar en el piso.
No entiendo nada de lo que sucede. ´¿Estˆ¡ con otra? Y lo que menos me espero, sale de la boca mi hijo, cuyo corazón escucho convertirse en trizas.
-Ha remplazado a mamá.
Pero el padre de Ian nos enfoca, su mirada es casi tan confusa como la nuestra. Nada sale de su boca, por el contrario, multitud de chispas escapan de sus ojos.
¿Está enojado?
Entonces lo peor que puede hacer, lo hace. La mujer a su lado le dice algo, y lo besa. Lo besa en los malditos labios. Una de sus manos se engancha en el brazo de Tredway, y nos mira. Logro leer desdén en ellos, lo confirmo cuando, a regañadientes, arrastra a su novio al interior de la casa; dejándonos solos.
Ignorándonos por completo.
Nos están echando.
Dos hombres de seguridad nos tienen a mi hijo y a mí agarrados de los brazos. Ian patalea, vocifera y se retuerce tanto como es posible. ¿Y yo? Pues, intento salir del estupor. Pestañeo hacia todas partes. Cada cosa que enfoco está bajo las suaves manos del viento. Mientras yo lucho inconscientemente para que el hombre me libere.
Luego de caminar hasta la entrada, nos empujan a ambos al suelo, ellos se alisan sus trajes, y regresan a sus puestos en la caseta. Uno de ellos detiene el paso con unas vallas, y suspiro.
Esos detalles de seguridad nunca los había visto. Las veces que vine me dirigía a la propiedad, y absolutamente nadie me impedía el paso. Estoy casi segura que es nuevo, o lo instalaron después de irnos de la ciudad. Cual sea la razón, lo que interesa es que nos acaban de echar, y -con pocas ganas de tentar al destino- solo faltó que lo hicieran a patadas.
-¡Acaba de echarnos de casa, Diandra! -Mis cejas se disparan hacia arriba ante la mención de mi nombre-. Esa era mi casa.
Ian ni se percata de que usó mi nombre, así que hablo.
-Ahí está tu padre junto con otra mujer -ubico las manos en mis bolsillos-. No es precisamente la mejor bienvenida.
-Diandra, me miró como si fuera cualquiera, como si estuviese interrumpiendo -asevera, agitando las manos en el aire.
»Lo imaginé de una forma diferente.
Ian aprieta los dientes y gruñe. La unión de sus cejas es tan clara, que amenazan con tocarse. Él camina de un lado a otro, enterrando los dedos en su cabello oscuro.
-¡¿Por qué...?! -toma aire forzosamente, tirando de los mechones de pelo que atrapa entre sus dedos-. ¡¿Qué hace con ella?!
Escucho cómo su respiración se acelera. Encorva la espalda, apoyando las palmas de sus rodillas. Estira un brazo hacia mí mientras cierra el puño.
-Ian -digo, acunando su cara entre mis manos-. Lento... -inhalo esperando que me imite-. Sin afán -exhalo al mismo tiempo que él-. Continúa...
Permanecemos así algunos minutos. Mantenemos el contacto visual hasta que una lágrima se resbala por su mejilla. La aparto con mi pulgar y soplo con poca fuerza sobre su entrecejo. Él cierra los ojos, y el resto de las lágrimas descienden.
-¿Mejor? -inquiero viéndolo separar los párpados.
El rastro de tristeza en sus ojos negros me oprime el pecho. Sabía que esto no le haría bien, no sabe manejarse cuando habla de Langdon. Y muchos menos ahora que lo ha visto sosteniendo un bebé. Junto a una mujer...
-Perdóname, mamá. -Mi hijo se aferra a mí en un fuerte abrazo que me hace perder el equilibrio.
Me estabilizo y correspondo el abrazo con el mismo fervor. Lo estrecho tanto contra mí que siento su corazón latir.
-Tú discúlpame por no prevenir esto, cariño -deposito un beso en su cabello y nos separamos.
»Ninguno esperaba esto.
Él sonríe. Es una sonrisa un poco opaca, pero genuina. La extrañaba.
Y la burbuja se rompe cuando ˆ'l hace la pregunta:
-¿Qué hacemos ahora? -Dice recordando que dejamos las cosas en la propiedad-. Nuestro equipaje quedó allá.
Me encojo de hombros. No podrían estar en un lugar más seguro que esos.
-Todavía traigo mi bolso -elevo el brazo del que cuelga-. Daremos un paseo.
***
El sol que se asomaba por entre las nubes, encendía nuestras mejillas. Al parecer pasearse por el centro a inicios de verano no nos hacía bien a ninguno. Ian, el recepcionista -que descubrí que se llama Russell- y yo, salimos al centro.
Hacía algunos días le había sugerido al señor Langdon que saliéramos con el pequeño, pero se negó a acompañarnos. Aseguró que era poco conveniente para él aparecer con Ian en público. Así que después de un par de lágrimas de cocodrilo, su hijo consiguió convencer a su padre de dejarlo salir. La condición era que alguien de su personal nos supervisara.
Y ahí estábamos.
-¿Qué podemos hacer? -El tono curioso de Ian captó mi atención
Su pregunta estuvo acompañada por un rugido que lo hizo sonrojarse. Pero qué tierno era ese niño. Le tomé la mano y nos conduje en dirección a un establecimiento que vibraba por sus colores. Había una barra donde lograbas ver cómo preparaban tu comida. Hamburguesas. Mis favoritas.
Ian abrió mucho los ojos, y luego miró a Russell. El muchacho nos echó una mirada reprobatoria, pero antes de cambiar de sitio, el pequeño ya había hecho su pedido.
-Y un licuado de melón -terminó de pedir, mientras aferraba las manos al taburete.
¿Cuándo se había sentado?
-Muchacho, no te comerás esa hamburguesa. -Yo no sería quien se lo negaría a Ian-. ¿Cómo es posible que sirvan hamburguesas a estas horas? -Russell se cruzó de brazos y empezó a golpear el suelo con el zapato.
En eso tenía algo de razón. No estaba bien que su desayuno consistiera en tantas grasas y un licuado. Sin embargo, los ojitos de Ian miraban con anhelo cómo preparaban su hamburguesa. El pan era pequeño, igual que el resto de ingredientes que añadía el hombre. Movía ágilmente la parrilla al sacar la carne.
Solía frecuentar ese puesto, y había vez en que el aroma de la carne no me pusiera a babear. Eran exquisitas. Y luego de esperar unos segundos, el hombre le entregó la hamburguesa a Ian. Entraba en sus manos, y los ingredientes se escapaban por los bordes.
-No te comerás eso -protestó Russell, arrebatándole a Ian su desayuno.
Él se sorprendió, torció la boca y le dijo:
-Russell, no eres mi papá -y acercó las manos a su hamburguesa.
Pensó que se la quitaría, pero la puso justo frente a la boca del recepcionista.
-¡Prueba! -exigió, entusiasmado.
Russell lo miró como si estuviera loco, e Ian se encogió de hombros, volviendo a insistir.
-Quítame eso de la... -no terminó la oración porque Ian metió un pedazo de hamburguesa en la boca del muchacho.
Cuando hubo mordido, Ian recuperó su desayuno y comenzó a engullirlo. Ambos soltaron suspiros de puro deleite.
Permanecí quieta ante la imagen. Ian y Russell entablaron una conversación sobre lo deliciosa que estaba su hamburguesa. Ian casi lo obligó a comprarse una y, al final yo hice lo mismo. Entonces, con mucho gusto, pagué lo que Ian había consumido.
Estuvimos varios minutos comiendo y conversando. El recepcionista un gran sentido del humor; hablaba demasiado.
-Como cuando el jefe desapareció de Dubai y luego de dos horas estaba sentado en su oficina -comentó, limpiándose las comisuras con una servilleta.
-¿Cómo hizo eso?
Ian me observó con una expresión seria dibujándose en su rostro. Vi un leve tirón en su nariz...
-Papá hace eso siempre -dijo Ian.
Él se bajó del taburete, escondió las manos detrás de él y se balanceó hacia de adelante. Sus ojos se fijaron en un auto, lo miró hasta que lo perdió de vista.
-¿Podemos caminar de nuevo?
Russell y yo nos miramos. Esas centellas normales en él se detuvieron de repente. Ninguno entendió, pero hicimos lo que nos pidió.
Caminamos a través de las calles transitadas. Se escuchaban las voces de las personas, muchos sitios se llenaban, y muchos otros terminaban su jornada de trabajo. Mi hogar en un inicio no fue la ciudad. Me parecía que era un lugar en donde todo quedaba a medias.
Y la primera vez que estuve ahí no pensé algo distinto, sino que encontré ese lugar donde te miran, y siguen. Eres un habitante más. Adoraba serlo.
-El calor está matándome -informó Russell, abanicándose.
La temperatura estaba alta. También sentí cómo mi cuerpo se crispó. Ian apretó mi mano y señaló una tienda en donde vendían agua. La cuestión es que ese no era su mayor atractivo, sino que era una heladería. De las mejores.
-Antes de que digas algo -me adelanté cuando vi las intenciones del recepcionista-. El helado será pequeño.
Vi a Ian dar brinquitos y arrastrarme hacia el lugar. La magia que nos rodeó al instante de entrar fue imposible de ignorar. En el ambiente se respiraba una mezcla de los sabores que había en la vitrina. Ian pegó la nariz al cristal, y eligió un helado de limón natural. Russell prefirió beber agua, y yo pedí uno de chocolate.
Russell era poseedor de unos ojos verdes que parecían de película, y su rostro era afable. Inspiraba lo mismo que un oso de felpa. Me dijo que esa era la gracia. En recepción casi todos se veían detenidos por la grandiosidad de sus iris. Casi, porque yo no tuve tiempo de fijarme en ellos.
Se nos fueron unos minutos más en trivialidades. Hasta que se me ocurrió preguntarle a Ian si le estaba gustando su helado. Me volví hacia y él y encontré la silla en que se había sentado, vacía. Me incorporé de golpe, haciendo que un poco de helado se cayera.
Mis cuerpo se enfrió, cada uno de los crujidos de mis articulaciones rebotaron en mi cabeza. La voz de Russell también hizo eco, como si estuviese alejándose. Segundos después mis pies respondieron y salí del establecimiento. Recorrí con los ojos el alrededor. Nada me indicaba por dónde se había ido.
Los siguiente que se apoderaron de mi fueron los intentos latidos de mi corazón. Eran más fuertes con cada paso que daba. Entreabrí los labios por más aire, se me estaba acabando.
Corrí en distintas direcciones gritando su nombre. Ian era mi responsabilidad. Él era un blanco fácil. ¿Dónde estaba?
-¡¡¡Ian!!! -gritamos Russell y yo al unísono.
Ante nuestros ruegos, algunas personas se apartaron del camino, abriendo paso a la imagen de Ian. Él estaba de pie frente un cartel. Avancé hacia él y me agaché para igualar su altura.
-¿Qué pensaste al irte así? -indagué, esperando una buena respuesta.
Ian suspiró, dándole un bocado a su helado. La melancolía con que observaba el cartel, me desconcertó. Entrecerré los ojos. Era una mujer bellísima promocionando un perfume. Yo la había visto en un anuncio, y por ella compré ese mismo perfume.
-Vi a mamá cuando veníamos -musitó, acariciando el cartel-. Papá guardó sus fotos. Tampoco habla de ella -su expresión se contrajo como si estuviese a punto de llorar.
»Creo que él también la necesita.
Ian no soporta llorar, y recordar a su madre lo hace soltar lágrimas. Sin embargo, hoy volvió a verla en una imagen, pues su foto está expuesta en una enorme valla en el centro; todos pueden verla.
-Las compras eran algo parecido a la terapia para ella -comenta Ian dejando unas bolsas en el suelo.
Fuimos a recorrer el centro. Vimos más de lo mismo, pero fue relajante olvidarnos un segundo de lo que ocurriendo.
-Nos están mirando -dije señalando la caseta de seguridad-. Quedarnos aquí no es una opción, hijo.
Ian me observa, dubitativo. Ambos nos encaminamos hacia la propiedad y cuando los guardias notan nuestras intenciones, se apresuran para detenernos. Mas para nuestra desgracia -o fortuna-, el descapotable azul reaparece, disponiéndose a entrar.
Suena muy descortés notar esto; la apariencia de la mujer es demasiado... desdeñosa. Sus gafas de sol me miran con ese aire de «nada me importa, querida». Y me hierve la sangre al imaginar que...
-¿Los ayudo? -La mujer apaga el motor al lado de nosotros-. Mi casa muy grande -acota haciendo un innecesario énfasis en «muy».
Una de las puertas del auto se desbloquea, y la mujer hace un ademán. ¿Quiere que entre?
-Ni en mil años -Ian se cruza de brazos.
Abro mucho los ojos, mirándolo finamente.
-Entra, Ian -ordeno recogiendo mis cosas.
Piso el interior del auto, y un exagerado aroma a pino choca con mi nariz. La mujer baja la ventanilla, e Ian resopla más disgustado que nunca.
-Ya dije que no entraré a su auto. -Él camina, y un guardia le pone una mano en el pecho.
La mujer pone en marcha el vehículo y acomoda el espejo en posición. Se acomoda las cejas y regresa la vista al camino.
-Déjenlo, no tardará mucho en llegar -dice ella acelerando.
Sube la ventanilla y pone su atención en mí.
-Por cierto, me llamo Cánada -se presenta sonriéndome-. Tú deber ser Día.
Solo Ian tiene el derecho de llamarle así, Langdon le enseñó.
-Diandra -me acomodo en el asiento-, es un placer conocerte.
Y... se instala un silencio incómodo. Cánada conduce a baja velocidad, alargando el mal momento. No lo permitiré.
-¿El bebé que vimos en la mañana es tu hijo? -indago, inclinándome hacia adelante.
Ella suelta una risita que me resulta gratamente odiosa.
-Ay, mi precioso Eugenio. -No es el mejor nombre-. Tredway y yo lo tuvimos hace un año.
»Es una completa dulzura.
Parpadeo dos veces. Dos personas. Un hombre. Una mujer... ¿El bebé es hijo de Tredway? Imposible.
-Su papá lo adora -alardea bajándose del auto.
Hago lo mismo y veo a Ian. Él está de pie frente a la puerta, su mano abraza el picaporte, mismo que se niega a ceder, pese a la fuerza que aplica. Le tiemblan las manos y, por lo despeinado que está, deduzco que los nervios regresan a él.
No quiero imaginarme cómo tomará lo del bebé.
-Deja el ruido. Lo despertarás -Langdon abre la puerta.
El bebé está entre sus brazos. Ian no sabe en qué fijarse. Él cierra los puños, pero vuelve a abrirlas. Entonces, a palma abierta, empuja a su padre al interior de la casa. Y lo primero que escucho es un largo llanto de bebé.
El momento ha llegado.