Mi esposa, Luciana, me lanzó un fajo de billetes a la cara al pedirme que fuera a comprar preservativos, mientras estaba en nuestra cama con mi mejor amigo de la infancia.
Esta escena se había vuelto una tortura diaria para mí, Roy Castillo, el agente encubierto de la Guardia Civil.
Tuve que fingir ser un mantenido sin alma para protegerla del cartel que había masacrado a mi familia años atrás, un secreto que ella nunca supo.
Recogiendo lentamente los billetes del suelo, oí a Kieran susurrarle que él le había donado el riñón que tanto necesitaba, y no yo. Él se había atribuido el mérito de mi sacrificio.
¿Cómo pudo mi amor convertirse en tanto desprecio? ¿Por qué la mujer que amaba con toda mi alma ahora me humillaba cruelmente, creyendo las mentiras de su traidor?
Mi "muerte" era inminente, la única manera de asegurar su protección.
Roy Castillo se miró en el espejo. El emblema de la Guardia Civil brillaba solemne en la mesa. Hoy reactivaría el código de servicio de su padre. Una misión de infiltración. Su vida anterior debía desaparecer.
Volvió a la mansión. Los gemidos de una mujer llenaban el pasillo. La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta. Era una escena que se repetía cada día.
Luciana Salazar, su esposa, estaba con otro hombre.
"Roy, cariño", lo llamó ella desde la cama, sin una pizca de vergüenza.
Su voz era fría.
"Se nos acabaron los preservativos. Ve a comprar más".
Le lanzó un fajo de billetes a la cara. El dinero le golpeó la mejilla. Ardía.
Él se quedó quieto, recogiendo los billetes del suelo uno por uno.
Cuando levantó la vista, el hombre que estaba con ella se giró. Era Kieran Hewitt. Su mejor amigo de la infancia.
Roy sintió un dolor sordo en el pecho.
"¿Por qué él, Luciana? ¿Por qué Kieran?".
Ella se rio. Una risa sin alegría.
"¿Por qué? Roy, ¿recuerdas cómo me dejaste hace años? ¿Recuerdas cómo me abandonaste por dinero?".
Un recuerdo doloroso llenó la mente de Roy. Su amor juvenil, puro y brillante. La noche en que tuvo que dejarla. La mentira que le contó sobre una heredera en Suiza. Todo para protegerla.
Esa misma noche, ella lo persiguió en su coche. Tuvo un accidente terrible. Casi muere.
Él le donó un riñón en secreto, usando una identidad falsa. Ella nunca lo supo.
La verdad era un veneno que no podía compartir. El cartel "Sol de Medianoche" había masacrado a toda su familia: padre, madre, abuelos, hermana. Si sabían de Luciana, la matarían también.
Su padre era un héroe de la Guardia Civil. Murió por culpa de ese cartel. Ahora, él seguiría sus pasos.
Roy forzó una sonrisa vacía.
"Sí, lo recuerdo. El dinero es lo único que importa".
Aceptó el papel que ella le había asignado. El de un mantenido sin alma. Era el precio de su seguridad. Su "muerte" fingida se acercaba. Pronto, todo acabaría.
Luciana lo miró con desprecio al ver su sonrisa codiciosa.
"Entonces ve. No me hagas esperar".
Roy asintió, se dio la vuelta y salió de la habitación.
Cerró la puerta de su propio cuarto, una pequeña habitación de servicio al fondo de la mansión. Se apoyó en la madera y las lágrimas que había contenido finalmente cayeron.
Esa noche, Kieran no se fue.
Roy escuchó los sonidos desde el pasillo. La risa de Luciana, las palabras de amor que Kieran le susurraba.
"Te amo, Luciana. Siempre te he amado".
Eran las mismas palabras que él le había dicho a ella, en esa misma cama, años atrás.
Recordó sus sueños. Una pequeña casa en La Rioja, rodeados de viñedos. Hijos corriendo por el jardín. Una vida simple, llena de amor.
Todo era un espejismo ahora. Un recuerdo roto.
Se secó las lágrimas con rabia.
"No más", se susurró a sí mismo. "Esta es la última vez que lloro por ella".
Unos días después, Luciana organizó la fiesta de la vendimia en las Bodegas Salazar. Era el evento social del año en La Rioja.
Kieran estaba a su lado, actuando como el anfitrión. Recibía a los invitados, sonreía, era el perfecto compañero de "La Dama de Hierro".
Roy fue relegado a servir copas, un sirviente más. Los invitados lo miraban con una mezcla de lástima y desdén.
Más tarde, en la bodega, Kieran lo acorraló entre las barricas de roble.
"Sé la verdad, Roy", dijo Kieran, su voz era un susurro tenso. "Sé lo de tu familia. Sé por qué la dejaste".
Roy se quedó helado.
"La amo. La he amado desde que éramos niños. Y tú la hiciste sufrir. La abandonaste".
"No entiendes...", empezó Roy.
"¡Claro que entiendo!", lo interrumpió Kieran. "Entiendo que le he dicho que yo fui quien le donó el riñón. Ella me cree. Me ama a mí ahora".
La confesión lo golpeó. La traición de su mejor amigo era total.
"Hoy es mi cumpleaños", continuó Kieran. "Quiero un regalo. Cédemela. Desaparece de su vida para siempre. Déjame tenerla".
Roy lo miró, resignado. Su misión estaba por comenzar. Su "muerte" era inminente. Quizás era lo mejor para ella.
"Bien", dijo Roy con la voz rota.
Los ojos de Kieran se llenaron de lágrimas de triunfo. En ese momento, se giró y se arrojó por las escaleras de la bodega, gritando de dolor.