Después de tres años en la cárcel por un asesinato que no cometí, mi esposo, Alejandro, me esperaba en las puertas del penal. Él era el cónyuge perfecto y devoto que me apoyó en todo, prometiéndome un nuevo comienzo.
Pero cuando abrió la puerta de nuestra casa, mi nuevo comienzo se acabó. De pie en el vestíbulo estaba Katerina, la amante por cuyo asesinato me condenaron.
-Ahora vive aquí, Alondra -dijo, sin siquiera mirarme.
Me lo confesó todo. Los tres años que pasé en el infierno no fueron un error; fueron una "lección" para enseñarme a no cuestionarlo. Me había dejado pudrirme en una jaula mientras él construía una vida con la mujer que me puso allí.
Luego, me echó de la casa que yo misma ayudé a diseñar.
El hombre que amaba no solo me había engañado. Había sacrificado mi libertad, mi cordura y mi vida solo para ponerme en mi lugar. La traición fue tan absoluta que rompió algo profundo dentro de mí. La mujer que salió de la cárcel esa mañana ya estaba muerta.
En la habitación de un motel de mala muerte, le susurré a la otra persona que mi mente había creado para sobrevivir al trauma: "Ya no puedo más. Te puedes quedar con esta vida. Solo... haz que paguen".
Cuando volví a mirarme en el espejo, el reflejo que me devolvía la mirada no era yo.
-No te preocupes -dijo una nueva voz-. Mi nombre es Aja.
Capítulo 1
El mundo los llamaba la pareja perfecta. Alejandro Cárdenas, el genio de la tecnología, y su devota esposa, Alondra Garza. Decían que el amor de ella era la base de su imperio. Decían que la lealtad de él era la mayor recompensa para ella.
Estaban equivocados.
Durante tres años, el mundo de Alondra fue una caja de concreto. Mil noventa y cinco días en un lugar donde la brutalidad era el único idioma que se hablaba.
Él la visitaba cada semana.
Alejandro se sentaba frente a ella, su traje caro en marcado contraste con el deslucido uniforme de la prisión. Le tomaba la mano sobre la mesa fría, sus ojos llenos de una tristeza cuidadosamente ensayada.
-Lo siento tanto, mi amor -susurraba-. Estoy haciendo todo lo que puedo. Los abogados están trabajando en ello.
Le llevaba libros y noticias del mundo exterior, pintando un cuadro de una vida que la esperaba, una vida que él estaba preservando fielmente. Él era el esposo afligido, apoyando a su esposa injustamente condenada.
Y Alondra le creía. Se aferraba a sus palabras como una náufraga a un trozo de madera.
La condena fue por asesinato. O, oficialmente, homicidio imprudencial. La víctima era Katerina Montes, la amante de Alejandro. La historia que la policía creyó fue que Alondra, en un ataque de celos, se había enfrentado a Katerina al borde de un acantilado en La Huasteca. Hubo un forcejeo. Katerina cayó.
Su cuerpo nunca fue encontrado, arrastrado por el furioso río Santa Catarina.
El recuerdo de Alondra de ese día era una neblina de pánico y la risa burlona de Katerina. Recordaba haber intentado jalar a Katerina hacia atrás, no empujarla. Pero la evidencia, un mensaje de WhatsApp de Katerina a una amiga diciendo que temía por su vida, fue suficiente.
"Voy a ver a Alondra", decía el mensaje. "Descubrió lo nuestro. Tengo miedo".
Alejandro se había enfurecido con ella. No por el presunto asesinato, sino por haber descubierto su aventura en primer lugar.
-Deberías haberte mantenido al margen -le había siseado en la sala de interrogatorios, su máscara de esposo amoroso resbalando por un instante-. Esto es tu culpa.
Esas palabras resonaban en los oscuros rincones de su celda, más fuertes que los gritos de las otras reclusas. Sus tres años fueron una pesadilla viviente. Los guardias se hacían de la vista gorda. Las otras mujeres la veían como un blanco frágil y fácil. Aprendió a hacerse pequeña, a volverse invisible, pero las cicatrices físicas y mentales se acumulaban, una sobre otra.
Entonces, en una mañana gris de martes, sucedió lo inimaginable. Una nueva reclusa, trasladada desde otro estado, vio la foto de Alondra en un recorte de periódico descolorido clavado en un tablón de anuncios.
-Oye, yo la conozco -dijo la reclusa, señalando la foto de Katerina-. No está muerta. La vi hace unos meses en un casino en Cancún. Ahora se hace llamar Carmen.
Las autoridades penitenciarias investigaron. Fue un proceso lento y agotador, pero la verdad era innegable. Katerina Montes estaba viva.
El día que el director del penal le dijo a Alondra que era libre, el mundo se tambaleó. Salió por las puertas de la prisión, parpadeando bajo la luz del sol desconocida. El aire, fresco y limpio, se sentía extraño en sus pulmones.
Respiró hondo, una primera probada simbólica de libertad.
Alejandro la esperaba, apoyado en su elegante camioneta negra. Se veía exactamente igual, guapo e imponente. Abrió los brazos y ella cayó en ellos, su cuerpo temblando con una mezcla de alivio y agotamiento.
-Se acabó, nena -murmuró en su cabello-. Estás en casa.
El viaje de regreso a su casa fue silencioso. La ciudad había cambiado. Nuevos edificios arañaban el cielo de Monterrey. Los autos eran diferentes. Se sentía como un fantasma, una reliquia de otro tiempo.
Todo lo que quería era ir a casa. A su cama. Empezar a olvidar.
-Solo quiero cerrar los ojos y fingir que los últimos tres años nunca sucedieron -susurró, con la voz ronca.
-Lo haremos -prometió él, apretando su mano-. Un nuevo comienzo.
Entró en el largo y sinuoso camino de entrada de su moderna mansión en San Pedro, una casa que ella había ayudado a diseñar. Apagó el motor y se volvió hacia ella, con una extraña expresión en el rostro.
-Hay algo que necesitas saber, Alondra.
Su estómago se contrajo.
La condujo a la puerta principal, con la mano en la parte baja de su espalda. En el momento en que la abrió, su nuevo comienzo terminó.
De pie en medio de su vestíbulo con piso de mármol, como si fuera la dueña del lugar, estaba Katerina Montes.
Estaba viva. Estaba aquí.
Una ola de náuseas invadió a Alondra. Sus rodillas se debilitaron. El suelo pulido pareció precipitarse hacia ella. El aire era espeso, imposible de respirar.
Era el acantilado otra vez. La sonrisa burlona. El brillo triunfante en los ojos de Katerina.
-¿Qué... -logró decir Alondra, ahogándose, retrocediendo-. ¿Qué está haciendo ella aquí?
Katerina solo sonrió, una curva lenta y cruel en sus labios.
Alondra se giró para enfrentar a su esposo, su mente gritando. -¿Alejandro, qué es esto?
Él no la miró. Miró a Katerina.
-Ahora vive aquí, Alondra.
El recuerdo la golpeó como un golpe físico. El acantilado. El viento azotando su cabello. Las burlas de Katerina.
-Él nunca me va a dejar, ¿sabes? -había espetado Katerina-. Me ama a mí. Tú solo eres... la costumbre.
-Aléjate de él -había suplicado Alondra, con la voz quebrada.
-Oblígame -la había desafiado Katerina, acercándose al borde, con una mirada salvaje en los ojos-. Él creerá cualquier cosa que yo diga.
Alondra la había alcanzado, para jalarla, para detener la locura. Pero Katerina simplemente se había dejado caer hacia atrás, con una última sonrisa victoriosa en su rostro mientras desaparecía de la vista.
Ahora, en el vestíbulo, esa misma locura estaba sucediendo de nuevo. Alondra se abalanzó sobre Katerina, un grito primario brotando de su garganta.
-¡Zorra! ¡Arruinaste mi vida!
Antes de que pudiera alcanzarla, el brazo de Alejandro se disparó, agarrándola, haciéndola girar. La estampó contra la pared, su agarre era de acero.
-¡Basta! -rugió, su rostro a centímetros del de ella. El hombre que le había tomado la mano y le había prometido un futuro se había ido. Este era un monstruo.
-¡Está viva! -gritó Alondra, luchando contra él-. ¡Estuvo viva todo este tiempo! ¿Lo sabías? ¿Lo sabías?
Él no respondió. Solo apretó más fuerte, sus nudillos blancos. Miró por encima del hombro de Alondra a Katerina, su expresión suavizándose.
-¿Estás bien, Kat?
Katerina se llevó una mano al pecho, fingiendo sorpresa. -Estoy bien, Alex. Solo me asustó.
Alondra lo miró fijamente, la lucha se desvaneció de ella. La fría y dura verdad se instaló en sus huesos, un escalofrío que la prisión nunca podría replicar.
Él lo había sabido.
Todas esas visitas. Todas esas promesas. Todas esas mentiras.
Comenzó a reír, un sonido roto y hueco. -Lo sabías. Me dejaste pudrirme ahí dentro. Durante tres años.
-Necesitabas aprender una lección, Alondra -dijo él, su voz bajando a un susurro bajo y escalofriante-. No me desafías. No cuestionas lo que hago.
Finalmente la soltó, y ella se deslizó por la pared, sus piernas cediendo.
-No se suponía que fueran tres años -continuó, arreglándose los puños como si estuviera discutiendo un negocio que salió mal-. Se suponía que Katerina... Carmen... se mantendría oculta. Pero se descuidó.
-¿Carmen? -susurró Alondra, el nombre del rumor de la prisión golpeándola.
-Su nueva identidad -dijo Alejandro con desdén-. Todo estaba arreglado. Se suponía que cumplirías un año, tal vez menos. Un pequeño susto para que apreciaras más lo que tienes.
Señaló el opulento vestíbulo. -A mí.
Katerina dio un paso adelante, sus tacones resonando en el mármol. -Lo hizo por nosotros, Alondra. Me ama. Pero sentía una responsabilidad hacia ti. Quería conservarte, pero tenías que ser puesta en tu lugar.
El mundo se arremolinaba. La traición era tan profunda, tan absoluta, que era como un ácido físico que la devoraba por dentro. Su esposo no solo la había engañado. Había sacrificado voluntariamente su libertad, su cordura, su vida, solo para enseñarle una lección.
La había dejado sufrir en el infierno mientras él construía una nueva vida con la mujer que la puso allí.
-Lárgate -dijo Alejandro, su voz desprovista de toda emoción. La miraba, arrugada en el suelo, como si fuera un pedazo de basura para desechar.
-Esta es mi casa -susurró ella, las palabras atascándose en su garganta.
Él se arrodilló, acercando su rostro al de ella de nuevo. Sus ojos eran fríos, muertos. -No, Alondra. Esta es mi casa. Y Katerina vive aquí ahora. Tú no.
Se levantó y le ofreció la mano a Katerina. Se pararon juntos, mirándola desde arriba. La pareja perfecta.
-No tienes idea de lo que me hicieron ahí dentro -dijo Alondra, su voz un monótono sin vida. El dolor era demasiado grande. La estaba tragando entera.
Alejandro solo se encogió de hombros. -Estarás bien. Eres una sobreviviente.
Se dio la vuelta y se fue con Katerina, con los brazos entrelazados. No miraron hacia atrás.
Alondra yacía en el frío mármol, el eco de sus pasos desvaneciéndose. La casa que había amado, la vida que había atesorado, el hombre que había adorado... todo era una mentira. Una jaula cruel y elaborada.
Supo, con una certeza que la aterrorizaba, que la mujer que había salido de la prisión esa mañana ya estaba muerta. Alondra Garza estaba demasiado rota para continuar.
Cerró los ojos.
Necesitaba ayuda. No para recuperar su vida. Esa vida era un fantasma. Necesitaba ayuda para entender la herida abierta que acababa de desgarrarse en su alma.
Logró levantarse, usando la pared como apoyo. Encontró su bolso, sus dedos buscando a tientas su teléfono. Buscó un número que le había dado una consejera de la prisión, una terapeuta especializada en traumas graves.
Dra. Ana Sofía Ramos.
La primera sesión fue un borrón. La segunda fue cuando salió la verdad.
-Se llama Trastorno de Identidad Disociativo -explicó suavemente la Dra. Ramos-. TID. El trauma que sufriste fue tan extremo que tu mente creó a otra persona para manejarlo. Una protectora.
Alondra la miró fijamente. -¿Otra persona?
-Un álter. Un estado de personalidad diferente. ¿Has experimentado pérdida de memoria? ¿Encontrar cosas que no recuerdas haber comprado? ¿Gente que dice que has hecho cosas que no recuerdas?
Alondra pensó en la extraña ropa de color oscuro que había encontrado en sus escasas pertenencias de la prisión. Los susurros de otras reclusas sobre una pelea que supuestamente había ganado, una pelea de la que no tenía memoria.
-¿Quién soy yo, entonces? -preguntó Alondra, con la voz temblorosa.
-Tú eres Alondra -dijo la Dra. Ramos-. Pero también hay alguien más ahí. Alguien nacido de tu dolor.
Alondra regresó al motelucho en el que se alojaba y se miró en el espejo roto. No reconoció los ojos hundidos que la miraban. Era un cascarón. Un fantasma.
No había justicia para ella. Ni un nuevo comienzo. Alejandro y Katerina habían ganado. Se lo habían llevado todo.
¿De qué servía sobrevivir a la prisión si esta era la vida que le esperaba?
Sintió una extraña calma instalarse sobre ella. Una decisión.
Se sentó en el borde de la cama y habló a la habitación vacía, a la otra persona que su mente había creado.
-Ya no puedo más -susurró-. Estoy demasiado cansada. Estoy demasiado rota. Si estás ahí dentro... si eres fuerte... puedes tenerla. Puedes tener esta vida. Solo... haz que paguen.
Un profundo silencio llenó la habitación. Luego, un cambio sutil. La postura derrotada de sus hombros se enderezó. Su barbilla se levantó. La mirada hueca en sus ojos fue reemplazada por un enfoque frío y agudo.
Se levantó y se miró en el espejo de nuevo.
El reflejo que la miraba no era Alondra.
-No te preocupes -dijo una nueva voz, baja y firme. Su voz, pero no su voz-. Yo me encargo desde aquí.
-Mi nombre es Aja.
Aja sintió una sensación de liberación que Alondra nunca había conocido. El peso de la traición, la aplastante culpa... todo se había ido. Reemplazado por un propósito frío y claro. Alondra le había dado las llaves. Ahora, era el momento de conducir.
Volvió a ver a la Dra. Ramos al día siguiente.
-Alondra se ha ido -declaró Aja, con voz plana.
La calma profesional de la Dra. Ramos no vaciló. Solo la observó, con ojos perceptivos. -¿A qué te refieres con "se ha ido"?
-Se rindió. Me pidió que tomara el control. Así que lo hice.
-Esto es algo común en los sistemas con TID -explicó la Dra. Ramos-. Se llama integración, o a veces, un álter se vuelve dominante para manejar el mundo exterior. El anfitrión original puede volverse durmiente. Podemos trabajar para traerla de vuelta, para sanar.
Aja negó con la cabeza. -No. Sanar no es el objetivo. La justicia lo es. Alondra está descansando. Se merece la paz. Yo me encargaré del resto.
Sintió un extraño reloj de cuenta regresiva en su mente. Alondra no estaba muerta, pero estaba dormida. Aja tenía una ventana de tiempo limitada antes de que el mundo, o quizás Alejandro, intentara forzar a la mujer rota y gentil a salir a la superficie de nuevo. No podía permitir que eso sucediera.
Unos días después, sonó su teléfono. Era Alejandro.
-¿Alondra? ¿Dónde estás? He estado preocupado.
Aja casi se ríe de la falsa preocupación en su voz. Aceptó reunirse con él en un pequeño café, un terreno neutral.
Él ya estaba allí cuando ella llegó, con aspecto agitado. Se levantó e intentó abrazarla, pero ella lo esquivó y se sentó.
Sus brazos cayeron torpemente a sus costados. -Alondra, yo...
La miró a los ojos, y por primera vez, pareció ver que algo era diferente. Un destello de confusión cruzó su rostro.
-Te ves... diferente.
-La cárcel cambia a una persona -dijo Aja, con voz fría.
Se sentó, inclinándose hacia adelante, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Se lanzó a un discurso bien ensayado sobre su historia, su amor, la empresa que construyeron juntos desde su dormitorio. Le recordó cómo ella había renunciado a su propia prometedora carrera académica para apoyar su sueño.
-Nunca olvidé eso, Alondra. Todo lo que hice... lo hice pensando en ti.
Aja escuchó, su expresión ilegible. Recordaba los recuerdos de Alondra de este hombre: la calidez de su mano, su risa fácil. Pero todo lo que Aja sentía era la fría y dura realidad de su traición. El hombre que Alondra amaba era una fantasía. Esta criatura sentada frente a ella era la verdad.
-Tengo una condición -dijo Aja, interrumpiéndolo.
Él parpadeó. -¿Una condición?
-TID. Trastorno de Identidad Disociativo. Los médicos de la prisión lo diagnosticaron. El trauma... me dividió.
Alejandro la miró fijamente. Luego echó la cabeza hacia atrás y se rió. Fue un sonido condescendiente y despectivo.
-Oh, Alondra. ¿Es esta una nueva táctica? ¿Un nuevo juego para hacerme sentir culpable? No estás loca. Solo estás siendo dramática.
-No soy Alondra -dijo Aja en voz baja.
-Te amo -insistió él, ignorándola-. Siempre te he amado. Katerina... fue un error. Un momento de debilidad. No significa nada.
-Me dejaste ir a la cárcel por un año como una 'lección' -le recordó Aja, su voz como el hielo.
-¡Fue un error! -dijo él, su voz elevándose-. Estaba equivocado. Lo admito. Pero podemos superar esto. Tenemos que hacerlo. Te necesito.
Quería que ella cediera. Que aceptara la presencia de Katerina en sus vidas, al menos por ahora. Habló de que Katerina era "vulnerable" y "dependiente" de él. Tejió una historia de obligación y responsabilidad.
-Hicimos un juramento, Alejandro -dijo Aja, citando las palabras por las que Alondra había llorado durante tres años-. En la salud y en la enfermedad. En lo bueno y en lo malo.
Tuvo la audacia de parecer incómodo. -Eso es diferente.
-¿Lo es?
-Katerina se irá pronto -prometió, con los ojos suplicantes-. Solo necesito algo de tiempo para manejarlo, para instalarla en otro lugar. Entonces seremos solo nosotros de nuevo. Te lo juro.
Extendió la mano sobre la mesa, tomando la de ella. Alondra se habría derretido. Aja no sintió nada más que el toque húmedo de un mentiroso.
-Ya verás -dijo él, malinterpretando su silencio como aquiescencia-. Todo volverá a ser como antes.
Aja retiró su mano lentamente. ¿Cómo podría algo volver atrás? El hombre que Alondra amaba nunca había existido. Había estado cambiando durante años, su éxito alimentando un narcisismo que consumía todo a su paso. Alondra simplemente se había negado a verlo.
Recordó la primera sospecha de Alondra. Un mensaje de texto a altas horas de la noche. El olor del perfume de otra mujer en su camisa. Cuando lo había confrontado, él la había manipulado, la había llamado paranoica, la había hecho sentir como si ella fuera la del problema.
La había roto mucho antes de que Katerina se lanzara de ese acantilado.
-Quiero el divorcio, Alejandro -dijo Aja.
La máscara de confianza cayó. El pánico brilló en sus ojos. -No. No digas eso. Podemos arreglar esto. Haré cualquier cosa.
Cualquier cosa excepto lo único que importaba. Nunca había tenido la intención de dejar a Katerina. Las quería a ambas. La esposa respetable y solidaria y la amante emocionante e ilícita. Era un rey que creía tener derecho a todo su reino.
-Arreglaré esto -dijo de nuevo, su voz recuperando su tono de mando-. Me desharé de ella. Te lo prometo, Alondra. Solo dame un poco de tiempo.
Aja lo miró, la sinceridad desesperada que intentaba proyectar. Era una actuación magistral. Pero ella no era el público al que estaba acostumbrado.
-¿Lo prometes? -preguntó Aja, su tono ilegible.
-Lo prometo.
Una semana después, Alejandro hizo un espectáculo de cumplir su promesa. Aja observó desde la ventana de arriba cómo cargaba las maletas de diseñador de Katerina en la cajuela de su auto. Katerina lloraba, una exhibición teatral de desamor.
Pero mientras se alejaban, Aja notó una pequeña caja de terciopelo para joyas dejada intencionalmente en la barandilla del porche. Una marca. Una señal de que esto no era un final, sino un intermedio.
Alejandro regresó esa noche, con aspecto cansado pero triunfante.
-Se ha ido -anunció-. Para siempre.
Intentó ocultar la caja de joyas, pero Aja vio el torpe movimiento mientras la deslizaba en su bolsillo. Luego le presentó regalos que supuestamente había estado acumulando durante tres años: un collar de diamantes, un reloj de diseñador, un raro libro de primera edición que ella siempre había querido. Disculpas materiales por un crimen espiritual.
Quería celebrar.
-Mi empresa está lanzando una nueva línea de productos -dijo-. Hay una fiesta esta noche. Te quiero en mi brazo. Mostrarle a todos que hemos vuelto. Más fuertes que nunca.
Aja sintió un nudo frío en el estómago, pero aceptó. Era parte del juego. Dejarle pensar que estaba ganando.
La fiesta fue un evento deslumbrante, lleno de la élite de la ciudad. Por un tiempo, funcionó. Alejandro era encantador, atento, el esposo perfecto haciendo un gran regreso con su esposa agraviada. La gente sonreía, susurraba y le daba la bienvenida de nuevo al redil.
Entonces su teléfono vibró. Miró la pantalla y su rostro se tensó.
-Es una emergencia en el laboratorio -dijo, su voz tensa de molestia-. Tengo que ir. Volveré en una hora, como máximo. No te muevas.
Le besó la mejilla y desapareció entre la multitud.
Aja se quedó sola. En el momento en que la presencia protectora de Alejandro se desvaneció, la atmósfera cambió. Los susurros cambiaron. Las sonrisas se convirtieron en muecas de desprecio.
-Esa es ella -dijo una mujer, sin molestarse en bajar la voz-. La que mató a su amante.
-Escuché que fue absuelta por un tecnicismo -agregó otra-. Pero todos saben que lo hizo.
Aja intentó ignorarlas, dirigiéndose hacia la barra. Pero la siguieron, una manada de hienas que sentían la debilidad.
-Asesina -siseó alguien.
-No soy una asesina -dijo Aja, su voz firme, pero un temblor del viejo miedo de Alondra la recorrió.
La multitud se envalentonó, presionándola. -Te saliste con la tuya, pero lo sabemos. Eres un monstruo.
Una mano la empujó por detrás. Tropezó, agarrándose a la barra. El recuerdo de una pelea en el patio de la prisión pasó por su mente: el olor a sudor y miedo, el golpe sordo de un puño contra la carne. Instintivamente se agachó, su cuerpo tensándose para un golpe.
-Mírenla -se burló un hombre-. Encogiéndose como el animal que es.
Alguien arrojó una bebida. El líquido frío empapó el frente de su vestido, goteando en el suelo. La humillación fue algo físico, caliente y sofocante.
Justo cuando un hombre se abalanzó sobre ella, Alejandro reapareció.
Se movió a través de la multitud como una fuerza de la naturaleza, su rostro una máscara de furia. -¡Aléjense de mi esposa! -rugió.
Envolvió un brazo protector alrededor de Aja, atrayéndola a su lado. Miró a los atónitos espectadores, su voz goteando amenaza.
-La próxima persona que le diga una palabra tendrá que vérselas conmigo. Y les prometo que no quieren eso.
La multitud se calló, intimidada por su poder y riqueza. Alejandro Cárdenas no era un hombre con el que te metías.
Aja se apoyó en él, un destello de la vieja dependencia de Alondra aflorando. Por un solo, traicionero momento, se sintió segura.
Entonces una nueva voz cortó el silencio.
-Alex, prometiste que volverías enseguida.
Katerina.
Estaba de pie al borde de la multitud, vestida con un impresionante vestido rojo, su mano descansando delicadamente sobre su vientre ligeramente abultado.
-Estaba esperando en el auto -dijo, su voz temblando con un dolor fabricado-. Dijiste que solo ibas a buscar a tu esposa y luego nos iríamos.
Alejandro se congeló. Todo su cuerpo se puso rígido.
Aja miró de su rostro atónito al triunfante de Katerina. La emergencia en el laboratorio. El rápido regreso. Todo era otra mentira. No había enviado a Katerina lejos. Simplemente la había escondido en el auto, planeando dejar a Alondra en casa y volver con su amante.
Katerina caminó hacia ellos, sus ojos fijos en los de Alejandro. -¿Vienes, o te quedas con... ella?
Aja podía sentir la guerra que se libraba dentro de él. El tirón de su deber hacia la mujer en su brazo, y el tirón de su deseo por la mujer de rojo.
Sintió la vieja debilidad de Alondra invadiéndola, el mareo, las náuseas. Se tambaleó.
Katerina vio su oportunidad. Dejó escapar un suave sollozo, se dio la vuelta y huyó.
Sin dudarlo un segundo, Alejandro soltó a Aja y corrió tras ella.
-¡Kat, espera!
Aja se quedó sola de nuevo, de pie en un charco de champán derramado, los ojos de toda la fiesta sobre ella. La lástima. El desprecio. El juicio.
Todo era un juego. Un juego enfermo y retorcido donde ella era el peón. Ese destello de esperanza, de seguridad en sus brazos, era solo otra ilusión.
Salió de la fiesta, con la cabeza en alto, y tomó un taxi de regreso a la casa vacía y silenciosa.
Él no volvió a casa esa noche.
Aja permaneció despierta, mirando el techo, la última esperanza frágil de Alondra convirtiéndose en polvo.
A la mañana siguiente, escuchó abrirse la puerta principal. No era Alejandro.
Era Katerina. Entró pavoneándose, con un bolso de diseñador, y le dedicó a Aja una sonrisa perezosa y triunfante.
-Se sintió mal por dejarte anoche -dijo Katerina, su voz goteando falsa simpatía-. Pero me necesitaba.
Se palmeó el vientre. -El bebé y yo lo necesitábamos.