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NAHIBARU -Dios o mítologia

NAHIBARU -Dios o mítologia

Autor: : Leon M. Duncan
Género: Suspense
La siguiente obra aborda el tema de la fantasía oscura y tiene lugar en la indómita jungla amazónica. La misma transcurre a principios del siglo XX, en el que los trabajadores de una poderosa compañía, que se dedica a talar arboledas enteras, de repente se topan con una terrorífica criatura de la que se habla desde el comienzo de los tiempos. Tal hecho desencadena una serie de eventos en los que se ven involucrados otros personajes y finalmente se conoce la verdad detrás de aquel ser tan legendario como escalofriante.

Capítulo 1 capt 1 Un avistamiento inesperado

Fue una criatura tan extraordinaria que a pesar del poco uso de la comunicación verbal, se le atribuyó un nombre en aquellos tiempos inmemoriales que antecedieron al arte de construir elevados templos para tributar a sus dioses, como esos imperios mayas e incas que permanecen desafiando a la imaginación de los que han podido apreciarlas siglos después de que fueran erigidas.

Se le temió u adoró desde que los primeros pobladores ya se forjaban a sus propios ídolos y les llamaban seres supremos, y aunque les eran desconocidos y no les encontraban una lógica explicación de su existencia, buscaban su protección, en sus primeras faenas sobre las vastas tierras y desconocidos océanos.

Cuando la minoría aún se negaba a abandonar las protectoras cavernas, formando clanes familiares u otros más audaces que se aventuraban en parajes desconocidos o viviendo como nómadas, solo asentándose por corto tiempo, donde la caza, la pesca y la recolección fuesen abundantes. Épocas en que las tribus eran tan raras de ver que apenas existían unas cuantas en los inconmensurables territorios de Sudamérica. Períodos en que ya dominaban un rústico dialecto para comunicarse, separándose un paso más de las primitivas bestias y se cuenta que en aquellos albores de la humanidad, fue avistado por primera vez.

En aquellos perdidos y ancestrales días, los moradores de las profundas selvas, ya murmuraban con temor el nombre "Nahibarú" atribuido a ese ser mítico que vagaba por los bosques mucho antes que ellos, e imponiéndose a todas las fieras conocidas. Se dice que tenía forma humana, ojos enrojecidos y piel grisácea. Que en las noches oscuras irrumpía entre los aborígenes para llevarse a una joven desprevenida a la que nunca volvían a ver. Las historias contadas en cada territorio eran diferentes, en unos aseguraban que lo de las jóvenes solo era invención, pues el temido ser se llevaba recién nacidos que devoraba mientras se alejaba, aunque no faltaba quien narrase otras tan atroces como esas... Aunque la mayoría de los abundantes habitantes de las tupidas florestas desmentían estas leyendas, aseverando que nunca causó daño alguno a sus miembros y que rara vez lo avistaban en encuentros furtivos, y que tales patrañas eran producto del miedo a que sus territorios fueran invadidos por otros congéneres y con tales narraciones buscaban evitar las invasiones.

Sin embargo, en otras tierras se afirmaba que era un dios perverso que expulsado del cielo y cayó en la tierra mientras se desataba una poderosa tormenta de agua y rayos, no obstante, de aquellas tradiciones la mayoría coincidía en que nunca, cazador alguno logró acercársele y salir con vida, pues atestiguaban que era el engendro nacido de un dios bestia y un ser marino, por lo que era amo y señor de la tierra y las aguas oscuras, cuenta una leyenda que creció sumergido en los inexorables causes plagados de depredadores y con la pubertad abandonó las riberas y se adentró en tierra firme buscando al dios quien le había dado la vida y que muchas veces regresaba al río donde desaparecía por incontable tiempo.

Con los siglos y nuevas doctrinas, se le inculpó de estar emparentado con otra criatura a la que llamaban" El tunche maligno" o lo confundían con "El Yacuruna", pero mucho tiempo después decidieron que nada tenían que ver. Todos y sin excepción de los que se lo toparon, quedaron atemorizados y describían que su cuerpo ocultaba el poder del relámpago y al solo contacto con sus manos mataba a cualquier ser vivo...

Así se sucedían nuevas eras de entendimiento y los nativos fortalecieron sus lazos y avanzaron a pasos agigantados, así consiguieron levantar impresionantes ciudades y tanto tiempo después, aún se escuchaba de la errante criatura, pero ahora le atribuían el respeto y el temor con que se venera a un Dios que solo trae la muerte y el terror...

Se describe en viejas rocas labradas-descubiertas hace pocos años en unas excavaciones- que los amos y chamanes de los imperios, por temor a su existencia, enviaban en su búsqueda a sus más bravíos guerreros para exterminarlo, los que lograban regresar de la prolongada cacería, aseguraban no haber dado con él... Tras la llegada de los conquistadores, no faltó quien evocara su nombre para que los protegiera de aquella desconocida, superior e invasora raza, no obstante, poco a poco fue olvidado y nunca más volvió a mencionarse, pues creían que había regresado a la ancha serpiente de agua, sumergiéndose en ella para siempre...

Nuevos dioses surgieron de esa necesidad de adorar y creer en seres superiores, atribuyéndoles poderes que sus creadores siempre añoraron poseer, o proclamaban la supuesta voz de aquellas deidades para dominar a las masas... Épocas tras épocas, sus nombres serían reemplazados y con ellos sus fabulosas potestades, pero el del temido dios ancestral que tanto tiempo estuvo dormido en la memoria de los mortales... Se volvería a escuchar nuevamente...

Selvas amazónicas a comienzos del siglo XX

Un hombre; sudoroso, desaliñado, con preocupación y apuro, se abre camino por el sendero abierto debido a la indiscriminada tala de árboles en la exuberante selva y sin detenerse ante las entreabiertas puertas de una de las rústicas cabañas, ingresa en ella, pero sí se detiene jadeante frente los dos ocupantes que apenas le prestan atención. Sobre una hamaca que se mese suavemente -el que parece ser el jefe- con un abanico confeccionado de fibras vegetales aún reverdecidas, intenta alejar el calor y los molestos insectos que no pretenden darle tregua ni abandonar el abrigo del maloliente y sucio recinto. El otro, de pie, mira los planos diseminados sobre la mesa que ocupa el centro de la estancia, tiene en su mano un jarro con bebida alcohólica que bebe por pequeños sorbos.

A su vez, el recién llegado se seca el sudor del rostro con un sucio trapo y después de contemplarlos brevemente a ambos y percatarse de que su presencia es insignificante para ellos, se dirige al que yace parado de espaldas a él y le rebela:

- Capataz, los leñadores se niegan a seguir trabajando. Anoche creen haber visto a una criatura desconocida y espantosa merodeando dentro del campamento y la divisaron por allá, por la caseta del generador.

El mencionado levanta la vista de los papeles, se da un trago en silencio y se voltea, pero quien contesta deteniendo el movimiento de su mano es el que yace descansando.

- ¡Patrañas! Esos cobardes deben haber escuchado o visto la sombra de un tapir o jaguar atraído por el olor del campamento. Nada inusual en estos sitios.

El portador de la noticia carraspea la garganta, vuelva a pasarse por la cara el trozo de tela y le argumenta:

- No, Sr. Caetano, el trabajador João, pudo verlo gracias a la luz de un farol y asegura que caminaba erguido como nosotros y que no era una onca de esas que solo se ven por allá por el pantanal. Jura que es una criatura desconocida y espeluznante y no es alguna que se viese antes en la selva.

Tras unos segundos el capataz rezonga malhumorado y le da su opinión:

- Tal vez haya sido alguno de esos indígenas de los poblados cercanos, y lo hizo buscando que robar... Son como desagradables moscas sobre el potaje.

El otro sujeto se levanta, he indignado tira el abanico sobre la hamaca y dando un golpe sobre el mueble le ordena al subalterno:

- ¡Capataz Cabral, salga y háblele a los trabajadores, si no comienzan a ganarse la vida ahora mismo, sus pagas serán tan ridículas que ni cerveza podrán comprar!... ¡O los despediré a todos y buscaré nuevos obreros, siempre habrá mano de obra barata dispuesta a aceptar mis ofertas!

Algo más tarde, inmutables órdenes fueron transmitidas al pie de la letra y en el caluroso atardecer el agobiante trabajo continúa enviando ruidos que recorren la selva donde colosales camiones van y vienen con una carga que despide ese agradable, pero triste aroma a resina, savia y vegetal acabado de separar de su madre tierra.

Después que el último transporte del día se alejó por la carretera, las hachas y sierras en manos musculosas, siguieron cercenando árboles y ramas que fueron acopiados para nuevas cargas, para el anochecer el cansancio se había apoderado de los laboriosos del campamento, pero como hombres rudos al fin, lejos de descansar en las barracas, tras refrescar sus cuerpos y comer vorazmente, cantaban y bebían... Y pasada la medianoche, más de la mitad ya dormía plácidamente embriagada.

Ahora un par de centinelas deambulaban por el perímetro del campamento, y lo vigilan para evitar que con la mañana siguiente los trabajadores vuelvan a contar alguna absurda historia como la de la anterior y lo hacen bajo las órdenes de Caetano quien representa en la zona los intereses de una poderosa compañía.

La madrugada llegó fría y húmeda, vaticinando que pronto llegarían las torrenciales lluvias. Casi al amanecer sucede lo inesperado... El capataz, en uno de esos sobresaltos que acostumbra a tener mientras duerme y se despierta por intervalos, ve una sombra moverse dentro de la cabaña a la que suelen dejarle los postigos abiertos, al principio piensa que es el jefe caminando y no se asusta, pero al ladear la cabeza la luz del farol le permite verlo durmiendo a pierna suelta. Lentamente, desliza su brazo bajo la manta, pensando ahora que es un simple obrero con intenciones de robar bebida, busca el largo machete y que acostumbra a dejar muy pegado a su hamaca... De pronto la silueta se detiene y voltea la cabeza mirándolo...

Dos ojos color de fuego se clavan en su fisonomía, las tenues luces dentro del lugar le dejan ver un cuerpo oscuro, desnudo y aparentemente humedecido... Evitando aquella siniestra mirada entrecierra los suyos... Difusamente, ve a la criatura dar pasos cortos y agacharse, después percibe como se inclina sobre Caetano olfateándolo y de repente abrir una boca cuajada de afilados colmillos, tras otro exasperante, pero corto tiempo, el intruso da unos pasos en dirección a la salida... La mano aferra la empuña del arma enfundada, pero no decide si levantarse o quedarse quieto, porque está aterrado y tras unos segundos la espeluznante silueta salta ágilmente por una ventana, pero minutos después, se escuchan dos disparos y estridentes gritos...

- ¡Caetano!... Caetano despierte -le zarandea con fuerzas, hasta lograr su objetivo.

- ¡Demonios! ¿Qué sucede Cabral? -le interroga medio aturdido.

- ¡Señor! Lo vi... Lo vi, estaba aquí es el mismísimo demonio... Esa criatura me miró con pupilas color de la sangre...

- ¿Qué algarabía y estupidez es esa? ¿Qué viste?- vuelve a preguntarle viendo el pánico reflejado en su mirada.

- Eso que andaba merodeando junto a nuestros lechos... No es ni humano, ni bestia alguna conocida. Es un ser como nosotros, pero su piel parecía la de un lagarto y se veía resbaladiza y mojada, sus ojos me helaron la sangre... Esa criatura no es de este mundo... Y por los disparos, o la abatieron... U otros también se toparon con ella.

Capítulo 2 capt 2 Sobresalto en el campamento

Don Caetano, aún soñoliento, entreabre los ojos de mal humor y observando a su alrededor y no ver nada fuera de lo normal, no sabe qué responderle y si creerle o no y suelta un improperio que se desvanece producto de que en ese preciso momento se escuchan afuera los alaridos de los centinelas seguidos por una decena de leñadores que cargan faroles, linternas, antorchas y armas blancas y de fuego y en tropel entran sin autorización... Uno de ellos, jadeante, se abre paso a empujones entre los demás, entonces toma una bocanada de aliento y alarmado les comunica:

- ¡Capataz! ¡Sr. Caetano!... los trabajadores no mentían. La hemos visto, le disparamos, pero esa condenada bestia es astuta, escurridiza y es tan veloz como un jaguar, la vimos alejarse por los senderos que llevan al lejano afluente, y temimos aventurarnos en esos lodazales.

Caetano, ya en pie, coge y se vierte en el rostro agua de un porrón y tras sacudir la cabeza y pasarse la mano por la cara, les pregunta:

- ¿Están seguros de que no era alguna especie de tapir o capibara?

Los empleados se miran entre sí, indecisos y temerosos de ser objetos de burla, el mismo de antes, fuertemente convencido, le responde:

- No, señor, lo que avistamos no es un animal conocido, ni nativo alguno - de repente enmudecen esperando a que su líder digiera bien lo que acaban de decirle.

A pesar del barullo, Caetano se mantiene silencioso, pues denota pánico en el semblante de cada trabajador que tiene delante, y da una rápida ojeada a su capataz, quien con la mirada le afirma no haber estado delirando.

Los trabajadores se aglomeran ante el jefe, como si este pudiese brindarle protección ante lo enigmático, uno de ellos da un paso con el semblante lívido, echa un vistazo a su alrededor y rompe el silencio:

- ¡La muerte ha regresado...! Créanlo o no, ya su mensajero camina otra vez entre nosotros como lo hacía con nuestros antepasados.

Un silencio sepulcral y generalizado los domina y va colmándolos de más pánico e incertidumbre, puesto que muchos tienen conocimiento de las antiguas leyendas y a qué se refiere el compañero y este para rematar lo antes dicho exclama, lo que ninguno se atreve a reconocer:

- ¡El Nahibarú, ha vuelto para apoderarse de las mujeres y devorar a los recién nacidos!

- ¡Me regresaré a mi aldea...! ¡Alguien tiene que cuidar por mi familia! -exclamó otro, seguido de un incontrolable griterío.

- ¡Si la bestia a la que llaman Nahibarú merodea por el campamento, es porque busca nuevas víctimas para llevarlas a su cubil, y devorarlas lentamente! -se escuchó otra voz asustada.

- ¡Los guerreros ancestrales nunca lograron abatirla!... ¡Prefiero verme ante los colmillos de un jaguar o arrastrado al río por un gran caimán! -exclamó Coutinho, extendiendo más el latente horror a su alrededor.

Por su parte, el líder, viendo la indecisión y pavor que se extendía como pólvora entre sus empleados, golpeó fuertemente la mesa con el canto de un machete.

- ¡Hagan silencio, parecen mujeres aterradas y no rudos trabajadores! -brama Caetano enfurecido.

- Porque sabemos de qué hablamos, señor, lo sabemos, ya que apenas minutos atrás lo vimos,

Entonces, levantando los brazos para aplacar aquel desborde de miedo que se ha impregnado en los moradores del campamento, ya más calmados, vuelve a dirigirse a ellos.

- Cuéntenme sobre esa criatura que tanto pavor les causa. Descríbanmela, pero que hable quien verdaderamente la logró ver.

Uno de los más ancianos levanta las manos y el resto enmudece... Dando unos pasos se separa del resto.

- Patrón, sabemos que usted fue criado en Norteamérica y por eso desconoce de su existencia, pero su temible nombre era murmurado por los ancestros. Se dice que es un emisario del dios Yacuruna. Más nunca se supo de donde vino... Los antepasados narraban historias sobre ella... Decían que era una bestia oscura con forma humana.

- ¡Eso fue lo que vimos rondando las tiendas! -gritan desde el grupo.

- ¿Díganme que hombre o bestia logra sobrevivir tantos siglos sin ser atrapada y continuar merodeando? -no fue lo que pedí y no creo en tales patrañas.

- Créalo patrón, es una bestia que de solo tocar tu cuerpo puede ponerte la carne como si hubiese sido alcanzada por un rayo. Una con el poder de los dioses diabólicos -gruñó João mirando a los demás.

- ¿Tú la viste João? -lo interroga con el rostro endurecido - descríbeme exactamente lo que presenciaste.

-Mire, patrón. Ese bicho espantoso pasó muy cerca del pozo de agua y se detuvo junto a él, cómo olfateando su interior, en ese momento yo atraído por los gritos salí de la cabaña con este farol que todavía llevo y pude verlo muy clarito. Esa bestia espantosa al sentirme se volteó me miró por un instante y desapareció en dirección al río. Le juro por mí, madrecita que la sangre se me heló.

A los escandalosos y alterados, se le han sumado otros que continuaban durmiendo bajo los efectos del alcohol, pero despertados por la algarabía decidieron investigar qué pasaba. El jefe y su capataz desalojan la cabaña reuniéndolos en la pequeña explanada. Muchos aún continúan alumbrando con sus teas y faroles a los oscuros límites de la selva, temiendo que la criatura irrumpa nuevamente.

Después de un corto tiempo de debates y reflexiones, ambos líderes en el centro del grupo ya se ponen de acuerdo y Caetano dice la última palabra:

- Enviaré un emisario a las oficinas de la compañía en Manaos, dándole conocimiento de lo sucedido, al amanecer nos dividiremos en partidas para rastrear a la bestia... La cazaremos para que los trabajadores pierdan el miedo y podamos continuar con la faena. El tiempo apremia y debemos cumplir contratos firmados.

- ¡Señor! -le grita uno levantando el brazo- las armas que tenemos son escasas. Esa bestia caminó en el pasado durante siglos por todas las selvas sudamericanas... ¿Cómo la detendremos? Si antiguos guerreros no pudieron hacerlo.

El capataz avanza unos metros y los aplaca:

- Contamos con una decena de rifles, varios revólveres y abundante munición... Cada partida llevará dos y todas las armas blancas con las que contamos. Si al anochecer no hemos dado con ella, volveremos a nuestras labores y por las noches reforzaremos la vigilancia.

- Dispongan de tres voluntarios que vayan a la aldea más cercana y si no los matan y arrojan al río, intenten negociar con su líder para contratar a sus más diestros cazadores, rastreadores y sus perros-exclamó Caetano.

Uno del grupo se adelanta un poco y emite por encima de las demás voces que se atropellan en gargantas asustadas.

- Patrón, el poblado más cercano, es enemigo declarado de lo que hacemos, esos indígenas desprecian a las compañías petroleras y de gas, a los leñadores y mineros que irrumpen en sus ancestrales territorios... Nos llaman los devoradores de sus árboles, animales y recursos que ellos utilizan únicamente para subsistir.

A pesar de lo que escuchan, varios se ofrecen para lo solicitado y el jefe les ordena:

- Tomen un Jeep y partan ahora mismo. Ofrézcanles telas, baratijas a sus mujeres y niños, alimentos y ron a sus líderes, si son rechazados, busquen en otra comunidad hasta convencerlos de su ayuda... Que los aldeanos y sus animales le sigan el rastro a los que saldrán de cacería.

Con las primeras luces del amanecer, cuatro catervas parten del campamento en dirección a los pantanos, dejando atrás, menos de la mitad de los trabajadores que quedaron cuidando el lugar...

La dirigida por Cabral, se interna en los senderos del oeste, un guía abre la marcha escudriñando cada charca, lodo o matorral que pueda revelarle el paso de la criatura por ellos. Al mediodía se detienen extenuados por el calor y se agrupan bajo unos frondosos árboles... Tras beber agua y llevarse exiguos alimentos al estómago, reanudan una búsqueda que se extiende casi hasta el atardecer, cuando arriban a unos lodazales cubiertos de verdes juncos.

El capataz se detiene y con un paño húmedo en la mano, se frota el rostro, con la otra abanica el sombrero de anchas alas, y entrecierra los ojos, intentando divisar más allá de las plantas, cuando escucha un grito:

- ¡Miren a la derecha de los tallos que se mueven!

Las armas de fuego apuntan al lugar, las blancas son empuñadas con temor y sus portadores se mantienen expectantes. En efectivo, las plantas oscilan ligeramente y lo hacen en dirección contraria al escaso viento que llega desde el río negro... Cabral levanta el fusil y apunta al lugar, pero segundos después una familia de pecaríes emerge para alejarse al avistar a los humanos.

El momento de tensión pasa entre respiraciones fuertes y rezos, Cabral miró al empleado Eduardo que a unos pasos de él, baja el otro rifle con que cuenta el grupo.

- La tarde empieza a palidecer, creo que es hora de que regresemos al campamento... Mañana les espera una dura jornada.

- El capataz tiene razón, la bestia ha decidido marcharse a otros territorios -repuso Bardales, uno de los ingenieros forestales contratados por la Compañía.

Pero a unos tres kilómetros de ellos, en dirección a otros pantanos, la partida de Caetano había encontrado huellas frescas de la criatura...

- Sr. llevamos horas siguiendo su rastro y cada vez se interna más en las ciénagas, creo que debemos dejar la persecución para otro día y regresar con más hombres, aquí los caimanes y las anacondas acechan en cada charca.

- Américo. Si desistimos ahora, mañana trabajarán con el miedo de ser atacados y tal vez ni duerman pensando en eso... Las lluvias amenazan con caer, de hacerlo perderíamos el rastro -le objeta el jefe decidido a no abandonar la persecución.

- Patrón, los trabajadores están extenuados y desean regresar.

Lo contempla enfurecido y le contesta a gritos, buscando con ello ser escuchado por el resto:

- ¡Ninguno dejará la batida...! Ya hemos perdido un día de trabajo y eso cuesta cientos de miles de dólares... ¡Dólares que ganaremos si logramos capturar a la bestia que llaman Nahibarú! -voltea la cabeza mirando a su alrededor la compostura de los que le rodean y termina ordenando mientras señala a uno de ellos- Bastidas, parte ahora mismo en busca de los rastreadores y sus perros, que el resto de los grupos te sigan hasta aquí, trae suficientes víveres para una extensa cacería porque no desistiré.

Los demás ven al nombrado Bastidas, alejarse a toda prisa por los mismos senderos recorridos anteriormente, mientras cumplen las disposiciones del jefe. Unos se dedican a cortar largas ramas a las que le dejan en un extremo dos ramificaciones cortas en forma de V. Otros levantan el campamento creando un perímetro que será custodiado mientras llegan los refuerzos.

Capítulo 3 capt 3 Una gruta desconocida

Mientras cae la tarde sobre las copas de los árboles y el extenso paraje, el cielo se tiñe de matices ardientes, dando tonalidades increíbles a una hermosa jungla que no necesita más colorido y sí mucho más respeto y admiración, porque es una cuna natural de incontables especies animales y vegetales, que poco a poco son desplazadas y eliminadas por el destructor ser humano.

Aunque durante toda la noche perduró el miedo y la expectativa de ser sorprendidos por algo indeseado, los vigías y en general, casi todos estuvieron alertas. No fue hasta la mañana siguiente cuando ya extinguían las llamas de las fogatas y apagaban los faroles, que comenzaron a llegar las otras partidas y los indígenas, los ladridos de una decena de perros acercándose les llenaba de seguridad; si bien la noche había transcurrido en una calma que únicamente fue quebrantada antes del amanecer por lejanos rugidos de un jaguar atacando a alguna presa y otros contratiempos quedó en ese ligero susto. Tras un par de horas de decisiones y estrategias planeadas, Caetano una vez más dio dotes de líder intransigente y se dirigió a sus subordinados:

-Represento a una corporación que me exige el máximo de ustedes, pero sé que mientras esa criatura camine por estos parajes, no habrá sosiego en el campamento, por ello he decidido cazarla a cualquier precio porque de no ser así ustedes no cumplirán con los contratos de trabajo y no puedo ni pretendo tener hombres bajo mi mando que a cada hora me vengan con una historia diferente, y sé que son buenos trabajadores porque me lo demostraron jornada tras jornada. Aunque nos lleve semanas atraparla, lo haremos. Ustedes aseguran que los grandes guerreros ancestrales no pudieron hacerlo, pero yo les prometo y les demostraré que esas son patrañas para causar caos y desesperación y que pronto caerá abatida... Solo entonces regresaremos a nuestras labores y ustedes se sentirán orgullosos de ser quienes le dieron muerte.

Un murmullo brotó de todas las gargantas, algunos de recelo, otros de dudas, más la mayoría de aliento y sed de alcanzar lo que otros no habían logrado, puesto que tenían ante ellos a un jefe joven apuesto, quien lejos de amedrentarse les enfundaba valor y optimismo y decidieron seguirlo sin raparos. Más dispuestos y envalentonados, media hora después avanzaban peinando cada rincón, matorral o cueva que avistaban, recorrían varias veces los senderos de ida y vuelta buscando el más insignificante detalle que revelara el paso de la criatura por él.

Con largos arcos preparados y cerbatanas listas, los que abrían la avanzada no eran otros que los cazadores nativos que se les habían unido, puesto que eran más experimentados en el rastreo y se movían sigilosamente, detrás de ellos grupos que ladeaban constantemente sus cuellos atentos al entorno salvaje que les rodeaba y así estuvieron bordeando la cuenca del ancho río por más de tres millas hasta que el calor, el cansancio y el desaliento les hizo detener la búsqueda.

Los pequeños grupos iban llegando desde diferentes puntos y cuando ya la fragmentada caterva estuvo casi completa en ese claro del bosque, el jefe dio órdenes al capataz y este como de costumbre las divulgó:

- Nos detendremos aquí para comer y reponer las fuerzas, preparen un perímetro de defensa y escojan a varios centinelas y justo terminando de dar las órdenes llegaba una partida y de ellos uno de los empleados le comunicó al líder:

- Señor Caetano, los malditos nativos, están nerviosos en aquella dirección, a unos doscientos metros atrás detectaron heces y huellas abundantes de una hembra de jaguar con dos crías y aseguran que estamos en sus dominios de caza y no es aconsejable molestarla porque de percibir que sus hijos están en peligro los defenderá a muerte.

Caetano, contrariado, pero sin demostrar temor, avanzó hacia ellos y se les plantó austero y prepotente para darle su respuesta:

- Si eres tú quien habla su lengua, entonces dile a esos indígenas que no retrocederemos por la cercanía de la fiera, porque estamos aquí buscando a otra más temible que ella, aunque tengamos que pasar por encima de su cubil y pisotear a sus crías... Un jaguar siempre ha evitado nuestra presencia y esta no será la excepción de su especie.

El grupo faltante se acerca desde los herbazales del este y ya junto al resto y uno de sus integrantes también traía noticias y estas eran alentadoras:

- Señor, los rastreadores han encontrado cerca del gran río una cueva, su orificio de entrada es pequeño, no obstante deja espacio para que pase un hombre y está cubierto de lodo y ramas, al principio creyeron que era la madriguera de algún gran caimán, pero percibieron olores diferentes que llegan desde sus profundidades y parecen ser vastas, tal vez sea el escondite del Nahibarú y ahora murmuran evocando a sus dioses, el temor a la criatura es evidente en ellos.

- ¿Pero encontraron rastros de él en la entrada? - intrigado y con esperanzas cuestiona a su subalterno.

- Sí, jefe, parece que la frecuenta, aunque las huellas son viejas.

- Vamos, guíenme al lugar, quiero ver esas pisadas con mis propios ojos y cerciorarme de que no estamos perdiendo el tiempo miserablemente.

Cuando llegan junto a los indígenas estos se mantienen alejados, el mito de la criatura ancestral es bien conocido y temido en sus aldeas. Pero con la llegada de Caetano uno de ellos le muestra las resecas huellas en la entrada. Tras unos instantes de observarlas descubre pisadas que aunque están distorsionadas se asemejan a las humanas y parecen ser de un macho joven.

- ¡Quiero a veinte de los más osados conmigo y que busquen ganar un buen dinero...! ¡Entraremos en los dominios del dios bestia! -vocifera a todo pulmón.

- Señor, es mejor acampar aquí y adentrarnos con los primeros claros del día -propone el capataz, algo temeroso.

Caetano ojea brevemente a Cabral y después al cielo, comprobando por la posición del sol que ya cayó la tarde y pronto oscurecerá y le da la razón a su segundo al mando.

- Capataz, que varios hombres traigan leña y la amontonen frente a la entrada, cuando oscurezca le prenderemos fuego y no habrá criatura que entre o salga de ella... Al amanecer exploraremos este condenado agujero.

Durante la noche los ladridos de los perros se estuvieron escuchando constantemente, ya que presentían la presencia de otros animales, pero ninguno fue avistado, solo al amanecer los ruidos menguaron, cuando ya el sol asomaba, enviando sus primeros resplandores. De los veinte hombres bien armados que comenzaron a penetrar en la gruta, solo un indígena los acompañaba, seguían a Caetano que estaba dispuesto a abatir a la criatura, sabiendo que con ello ganaría una considerable fortuna si lograba venderla a un museo bien dispuesto a pagar por ella.

Por más de veinte metros estuvieron reptando por un estrecho corredor que siempre iba en bajada, desde ahí se volvió más ancho y ya caminaban encorvados, constantemente los que se movían a la avanzada tenían que apartar osamentas blanquecinas de su paso y a unos cuarenta metros más, la gruta se divide en dos túneles ante sus atónitas miradas.

- ¿Qué hacemos ahora, jefe? No podemos cubrir los pasajes.

- Bastidas, tú y dos hombres tomarán un fusil y quedarán aquí custodiando esta cámara que acede a las entradas, los demás nos dividiremos en dos grupos y recorreremos esas cavernas.

- Cabral, Eduardo, Américo... Ustedes y el indígena vienen conmigo, escojan a los demás... Cavero, de Souza, Bardales, ustedes dirigirán el otro grupo, vayan dejando marcas en los muros, y no regresen hasta haber dado con algún indicio de la criatura.

Solo pasan escasos segundos para desaparecer por dos de los túneles que tienen a la vista, mientras Bastidas y otra pareja se alejan de las oquedades colocando faroles muy cerca de ellas para tener mejor visión, de lo que pueda surgir...

Los pasadizos y cámaras recorridas por Cavero y los suyos al comienzo no le descubren nada alarmante, pero después de recorrer unos treinta metros comienzan a ver esqueletos humanos y de animales colgados de las paredes y decorados con accesorios de diferentes maderas y conchas pendiendo sobre jeroglíficos dibujados con pigmentos que han vencido a los siglos y así hasta que llegan a un amplio socavón donde quedan perplejos y deslumbrados, pues en él encuentran gran variedad de evidencias de que están en un sagrado y antiguo lugar donde el hechicero de un clan o tribu ancestral llevaba a cabo ceremonias y tributos a sus antiguos dioses.

Todas las paredes muestran grabados, jeroglíficos y escrituras en un dialecto que desapareció tras la llegada y conquista de los españoles. Cerca de las paredes descubren cascos, armaduras y armas de los colonialistas europeos, en el centro del lugar una pequeña roca moldeada a antojo, sirve de pedestal para reliquias que el tiempo ha deteriorado. Otras más pequeñas rodean a una más grande con la imagen del temido "Runapuma", a su alrededor, sobre un suelo fangoso y resbaladizo, observan varios cráneos, osamentas y diferentes objetos bien acomodados y labrados y todavía muestran manchas oscuras y blancas que exponen haber sido ungidos con sangre más algún pigmento mineral por ese chamán que buscaba convertirse en ese dios malévolo hasta el punto de que beber sangre y comer carne humana se volvía una necesidad. Enardecidos unos y aunque asustados los más débiles de espíritu, todos saben que están ante un hallazgo con el que podrían obtener mucho dinero si lograsen sacarlo oculto del país y venderlo en Norteamérica, pues ávidos y poderosos coleccionistas o museos se disputarían su pertenencia.

- ¡Diablos Cavero, esto es un tesoro que pocas veces nos entrega la selva! -exclama uno de los trabajadores.

- de Souza, este lugar es tan antiguo como los mismos Guaraníes, los Ticunas o los Guenoas y debe valer una fortuna cuanto podamos extraer de aquí.

- ¿Qué haríamos con todo esto? Debemos comunicárselo al señor Caetano, ninguno de nosotros tiene contactos en las ciudades para vender esta mercancía.

- ¡Estúpido, Caetano se apropiará de todo y nos dejará fuera de la venta!

- Saben que siempre me hace acompañarlo a la ciudad. Como él también he ido creando lazos para oportunidades como esta. Yo me encargaré de todo. Pero ninguno debe abrir la boca al respecto.

Se voltean al escuchar a Bardales, quien por su parte sonríe maliciosamente y concluye:

- Busquen el modo de crear morrales con sus prendas, nos lleváremos cuanto consigamos cargar-les dice, escuchando la afirmación de los otros que dirigen al grupo.

Y bajo sus órdenes, los integrantes de la partida olvidan que los trajo al lugar y con recelo y cuidado comienzan a amontonar todo lo que creen será de valor. Deshaciendo lentamente y sin piedad una venerable y arqueológica historia que ha estado conservándose por cientos de años. Un buen rato después, amontonados en un rincón, ya tienen todo aquel alijo de enseres, vasijas, ídolos e innumerables conchas labradas, pero no le parece suficiente y ordena bajar la imagen del dios Runapuma.

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