ANTONELA
El silencio en el despacho de mi padre, Fabrizio, es siempre más aterrador que cualquier grito. Me siento en el sofá de cuero, mirando fijamente el mármol pulido. Fabrizio está detrás de su escritorio y su rostro es una máscara de seriedad inmutable.
-Te he llamado, Antonela, para anunciarte algo importante que concierne a la familia y a nuestros negocios -dice él, y siento un escalofrío en la espalda. Sé que cuando habla de "negocios", mi vida personal está a punto de ser sacrificada.
-Te vas a casar -suelta sin rodeos.
Parpadeo varias veces.
-¿Casarme? Padre, no hay nadie en mi vida. ¿Con quién?
Fabrizio se inclina ligeramente hacia adelante, y la luz de la lámpara refleja el brillo frío de sus ojos.
-Con Antuan Morosov. La boda será muy pronto, asi que preparate.
El aire se me escapa de los pulmones. Siento que me he golpeado contra una pared invisible. Antuan Morosov. El nombre me evoca una imagen instantánea: piel arrugada, cabello blanco, y fama de ser uno de los hombres más crueles y viejos del ambiente.
-¡Antuan Morosov! -exclamo, levantándome del sofá, incapaz de contener la protesta-. ¡Es un anciano! Tiene la edad de mi abuelo si viviera. No voy a casarme con un... con un hombre que podría ser mi bisabuelo. ¡No puedes pedirme eso!
Fabrizio golpea la mesa con la palma de la mano. No es un golpe fuerte, pero es suficiente para recordarme quién tiene el poder.
-¡Siéntate! -me ordena, y la furia en su voz me obliga a obedecer.
Vuelve a mirarme con esa frialdad que me atraviesa.
-Antuan es la conexión que necesitamos entiendolo de una vez, Es nuestro puente hacia la Corona. Es un acuerdo. Un negocio, Antonela. Tu matrimonio sella nuestra alianza más importante en diez años. No te pido que lo ames. Te pido que cumplas con tu deber. Estás aquí para servir a la familia.
-¿Servir a la familia acostándome con ese viejo? -pregunto, sintiendo las lágrimas de rabia quemarme los ojos-. ¡Soy tu hija!
-Y por ser mi hija, tienes que hacer el sacrificio más grande -concluye Fabrizio, dando por terminada la discusión-. Prepara tu ajuar. La decisión está tomada.
Me giro hacia mi madre. La miro con desesperación, esperando que, por una vez, rompa su silencio y me defienda.
Ania parpadea una vez, luego otra. Veo un destello de dolor en su mirada, como si intentara alejar las lágrimas que nunca se permite derramar. Gira el rostro ligeramente hacia el suelo, baja la cabeza y se queda inmóvil. La decepción es un puñal helado en mi pecho.
-¡Mamá! -la imploro con la mirada.
-¡No involucres a tu madre, Antonela! -truena Fabrizio-. Ella es leal a la familia. ¡Y tú también lo serás!
-¡No! ¡No me casaré! ¡Prefiero morir! -grito, olvidando cualquier precaución, mi rabia me consume.
Fabrizio se levanta de golpe de su silla. Su mano impacta contra mi mejilla con una fuerza brutal. El sonido resueña en el despacho. Caigo hacia un lado, tropezando con la alfombra gruesa, y siento el sabor metálico de la sangre en mi boca.
Me quedo en el suelo, aturdida. Levanto la mirada hacia mi madre, Ania, buscando aún una reacción, una señal de protesta. Ella sigue sentada en el sillón, su rostro es pálido, pero sus manos están apretadas sobre sus rodillas. No se mueve. No me mira. Ella me ha abandonado.
Fabrizio está de pie, jadeando.
-Harás lo que te digo. Estás castigada en tu habitación hasta la boda. No hay más discusión.
Me levanto del suelo del despacho, tambaleándome. Siento un ardor punzante en la mejilla, pero el dolor más grande es el de la decepción que me causó mi madre, Ania, que siguió inmóvil. Salgo del despacho con la dignidad que me queda y corro a mi habitación.
Una vez dentro, me derrumbo en la alfombra, dejo que las lágrimas y la rabia fluyan sin control. Mi mejilla está hinchada y el sabor de la traición es más fuerte que el de la sangre.
Me pregunto con amargura: ¿Qué esperaba?
Soy Antonela, la hija de Fabrizio, el jefe de la mafia Roja en Rusia. Es la regla no escrita, la ley fundamental de nuestra existencia: los padres venden a sus hijas por la mejor transacción. Es la forma más antigua de conseguir estatus, de fortalecer el apellido sin disparar una sola bala.
El problema es que Antuan Morosov no es solo un hombre rico. Es viejo, sí, pero tiene lo que mi padre desea desesperadamente: conexiones políticas. El hombre se mueve en las grandes esferas del gobierno y la política, algo que a la mafia Roja de Fabrizio se le ha negado históricamente.
Ese círculo es el que controla la otra gran facción de poder: la Mafia Negra. Ellos son nuestros enemigos mortales, los más peligrosos, y nos disputamos el control total de los territorios de droga, armas y prostitución en toda Rusia. Si mi padre entra en la política a través de Antuan, tendremos la ventaja.
Entiendo la jugada. Mi matrimonio es la llave para darle a mi padre el control total, el poder de aplastar finalmente a la Mafia Negra con una influencia decisiva. Soy solo un peón de seda en su guerra por el dominio. Lo entiendo, pero eso no hace que duela menos.
Me seco las lágrimas con brusquedad. La sumisión no está en mi sangre, por mucho que mi madre la haya abrazado. Haré este sacrificio, pero no será fácil. Lo juro.
Cierro la puerta con pestillo y me apoyo contra ella, resbalando lentamente hasta sentarme en el suelo de mármol frío. Siento náuseas. La idea de casarme con Antuan Morosov me asfixia. Él tiene más de sesenta años, me triplica la edad, y me mira con ojos lascivos desde que era una adolescente.
-Morir -susurro, sintiendo un escalofrío helado, pero bienvenido-. Prefiero morir antes de ser la esposa de ese viejo asqueroso. Prefiero la nada antes de ser tocada por él.
Apenas he cumplido la mayoría de edad. Tengo veinte años. Veinte. Y mi padre ya quiere venderme al postor más influyente. No me importa la política, ni la Mafia Negra, ni el estatus. Mi principal negación es que no lo quiero. No hay amor, ni respeto, ni deseo. Solo hay repulsión. Es su victoria personal, ha conseguido a la chica que siempre deseó sin mover un dedo.
Me levanto del suelo con la intención de buscar algo, cualquier cosa que pueda darme la paz eterna, la única forma real de escapar a esta prisión de seda.
Justo en ese momento, la perilla de la puerta se gira. Ania, mi madre, entra en la habitación. Su rostro es una máscara de preocupación, pero su voz es baja y controlada, como si temiera ser escuchada por los muros.
-Antonela -dice ella, acercándose despacio-. Por favor, tienes que tranquilizarte.
La miro. Siento que mi rostro se deforma por la rabia y el llanto.
-¿Tranquilizarme? -mi voz es aguda y llena de furia contenida-. ¿Cómo, mamá? ¿Cómo fuiste capaz de quedarte ahí y ver cómo me golpeaba? ¡Cómo no fuiste capaz de decir una sola palabra para defenderme?
Ania se detiene, sus ojos azules me miran con una tristeza vieja, pero su postura es rígida.
-No hay nada que decir, Antonela. Es la voluntad de tu padre.
-¡Pero si a ti te hicieron lo mismo! -grito, señalándola-. ¡A ti te entregaron a él como una posesión, como un trato! ¿Y ahora permitiste que me condene con ese anciano asqueroso que me triplica la edad?
Ania cierra los ojos por un instante y suspira.
-Eso es lo que somos. Lo que hemos nacido para ser. Monedas de cambio -su voz es dura, sin afecto, como si recitara un mantra-. Es nuestro deber, Antonela. Debes aceptarlo.
-¡Jamás! -Me levanto del suelo, enfrentándola. La diferencia de alturas no importa; la furia me hace más grande que ella-. ¡Yo no voy a aceptar la vida que tienes tú! ¡Si tú te conformaste, si nunca luchaste por escapar de esta jaula de oro y peligro, yo no voy a hacer lo mismo!
-¡Cuidado con lo que dices! -replica Ania, elevando un poco la voz por primera vez. Hay advertencia en su tono-. Yo te di una vida segura. ¡Estamos protegidas!
-¡Te anulaste! ¡No eres nadie más que la sombra de Fabrizio! Y yo no voy a ser tú. ¡No me voy a convertir en la esposa obediente que deja que la vendan al mejor postor solo por estatus político.
Ania me mira con una mezcla de lástima y desaprobación.
-No tienes opción. Es el camino de la familia. Y si desafías a tu padre, te irá peor. Mírame. Tranquilízate y piensa en lo que significa para el futuro.
-¡No quiero tu futuro! -grito-. ¡Prefiero estar muerta!
La discusión se congela con esa palabra. Ania palidece por completo, entendiendo la gravedad de mi desesperación.
-¡No digas eso! -exclama mi madre, su voz es apenas un susurro de horror. Por fin, veo una emoción cruda, no reprimida, en sus ojos: miedo por mí-. Antonela, por favor, no digas eso. No hagas una locura.
-¿Y qué otra cosa puedo hacer? -le pregunto, con las lágrimas cayendo de nuevo-. ¿Me quedo aquí y espero que ese hombre me use y me consuma hasta convertirme en la próxima Ania? En la esposa trofeo que acepta todo para estar en la jaula más bonita.
Mi madre baja la mirada, sin poder sostener la mía.
-No sabes nada de mi vida -dice ella, su tono es defensivo-. No sabes lo que sacrifiqué para darte un nombre, un apellido, una posición.
-¡No quiero tu posición! ¡Quiero mi libertad! -grito.
El silencio vuelve a caer, pesado y cargado de veinte años de resentimiento familiar. Mi madre parece finalmente darse cuenta de que esta vez no me doblegaré.
-Escúchame bien -dice Ania, dando un paso hacia mí. Su voz es baja y conspirativa, por primera vez parece mi aliada, aunque sea a regañadientes-. No te pido que lo aceptes, pero tienes que sobrevivir a esto. Tienes que casarte si quieres vivir. Si desafías a tu padre una vez más, te encierra en un convento o te destierra al Este, y allí no tendrás ni la mínima protección.
-¿Entonces me resigno a ser de él?
-Resígnate a ser lista. Resígnate a ser paciente -me corrige ella, sus ojos me miran con una intensidad que nunca le había visto-. Sé la esposa que él quiere que seas, pero encuentra tu poder en ese matrimonio. Morosov es viejo. No vivirá para siempre. Y cuando él muera, tú serás la viuda, la que tiene sus conexiones políticas. Tú serás la dueña del puente que tu padre quiere usar.
Me quedo en silencio, analizando sus palabras. Mi madre, la sumisa, me está dando una lección de estrategia y supervivencia.
-Ese es el único camino a la verdadera libertad, Antonela -susurra Ania-. El camino es largo, pero la paciencia te convertirá en una reina. Tienes que ser más lista que tu padre.
Me quedo mirándola, sintiendo cómo la idea germina en mi cabeza: no es una rendición. Es una inversión a largo plazo.
La idea de convertirme en la viuda negra con poder político germina, pero me da un asco indescriptible. Tener que entregarme a ese viejo... me lleva directamente a la náusea. Intento ir al baño, sintiendo la bilis subir por mi garganta.
Justo en ese momento, mi celular suena.
Una sonrisa involuntaria se dibuja en mi rostro, alejando por un momento la rabia y el asco. Su mensaje es siempre un soplo de aire fresco en mi jaula.
«Hola, princesa roja»
DMITRI
El humo denso y aromático de mi puro flota en el aire de mi despacho, iluminado solo por la tenue luz de la lámpara. Sostengo una manzana roja, sintiendo su peso frío en mi mano.
-Demian -llamo, sin apartar la vista de la ventana-, ¿qué información me tienes de Fabrizio?
Demian, mi segundo y jefe de seguridad, se endereza. Lo conozco desde que éramos niños. Confío en él, al igual que confío en mis hermanos.
-Aldemar, el hombre con acceso a los archivos de alto nivel, confirma la noticia, Dmitri. Antuan Koslova, el viejo... planea casarse con Antonella Koslova. La boda es inminente.
Al escuchar ese nombre, "Antonella", mi cuerpo se tensa. La recuerdo perfectamente: el cabello rubio como el sol, los ojos azules que te atravesaban el alma. Una belleza inolvidable que cruzó mi camino hace meses. Siento un tirón de interés físico, una reacción instintiva que me irrita y me intriga a partes iguales.
Acerca la manzana a mis labios, la muerdo con un chasquido seco. Llevo el puro a la boca y doy una calada larga, exhalando lentamente el humo mientras analizo el dato.
-Es decir... -murmuro, mi voz profunda se carga de peligro-, que el maldito de Fabrizio quiere llegar a las altas esferas y usa a su propia hija para eso.
-Así es -confirma Demian, su rostro impasible-. Al parecer, busca el mismo tipo de poder y alianzas que tú manejas, Dmitri. Quiere su asiento en la mesa.
Una sonrisa gélida y despiadada se dibuja en mi rostro. El Zar no permite competencia.
-No lo voy a permitir -sentencio, dejando caer el puro en el cenicero con un golpe seco que resuena en el silencio-. Además, el tal Antuan es un viejo pedófilo. Nadie con sangre Volkov permite tal aberración.
Mi mirada se clava en Demian. Antonella Koslova. Una joya que ese cerdo de Antuan intenta usar para cimentar su patético ascenso. Siento la indignación arder bajo mi piel. No por moralidad, sino por la afrenta al orden natural del poder. Y porque, maldita sea, una belleza así no puede ser desperdiciada en un viejo.
-El plan es uno y no negociable: la chica es mía -sentencio, dejando la manzana a medio comer en mi escritorio. Mis ojos, tan fríos como el hielo de Moscú, se centran en Demian.
-Dime qué necesitas, Dmitri.
-La boda. Necesito todos los detalles, hasta la marca del champán. Aldemar ya tiene acceso al interior del círculo de Fabrizio. Que intensifique la presión, pero sutilmente. Quiero que crea que la seguridad es hermética. Quiero que esté confiado.
Demian asiente, sacando una tableta.
-La iglesia de San Miguel, hora de la ceremonia... Las rutas de entrada y salida están siendo analizadas. Pero, Dmitri, quiero estar seguro: ¿el objetivo principal es Fabrizio o la chica?
Mi mandíbula se tensa. La pregunta es un puñal a mi lógica, pero la respuesta es brutalmente clara.
-El objetivo es simple: desmantelar el poder de Fabrizio y enviarle un mensaje que lo paralice. Y el mensaje es la completa y total humillación. Robarle lo más preciado. Robarle a Antonella.
Me levanto y camino hacia el enorme mapa de la ciudad iluminado en la pared.
-El complot debe ser pulcro. Un secuestro en pleno día de boda no es audaz; es una declaración. Es arrebatarle el futuro y el símbolo de su alianza en el momento justo en que iba a conseguirlo. Necesito que sientan nuestra sombra sobre ellos.
-¿El factor sorpresa?
Sonrío con la esquina de la boca.
-Fabrizio usará un convoy de vehículos blindados. Sus hombres de seguridad serán tan numerosos como ineptos. Nadie pensará en el cielo. Necesitamos un equipo aéreo. Un helicóptero camuflado con insignias de la policía. Una distracción masiva en tierra para desviar la atención.
-Quiero que la toma parezca una intervención de la ley, pero con brutalidad. Que dos de nuestros mejores hombres, vestidos de forma irreconocible, la tomen justo al salir de la mansión familiar, antes de que llegue a la iglesia. O mejor, la sacamos de la limusina nupcial, en medio del tráfico. Un rápido y quirúrgico golpe en la garganta de Fabrizio.
-¿Y cuando la tengamos?
-Cuando la tenga... -Mi mirada se vuelve oscura, la imagen de Antonella ahora es la de un trofeo personal y codiciado-, la llevo a mi propiedad más segura. Nadie, absolutamente nadie, sabrá dónde está. Ella es el detonante que hará explotar el imperio de Fabrizio. Y yo... yo tendré a mi hermosa rehén. Podré conocer mejor a esa muñeca de porcelana. Es una adquisición. Una muy deseable.
-Entendido, Dmitri. Activando a Aldemar y preparando el equipo aéreo. El Zar tendrá lo que desea.
Asiento, mi plan ya está en movimiento, tejiendo la red que atrapará a Antonella Koslova el día de su propia boda. Será un día de sangre y rosas. Y solo yo sostendré las espinas que la atraparán.
Se da la vuelta y sale del despacho en silencio, dejando la puerta cerrada. El eco del golpe suave confirma que estoy de nuevo a solas, rodeado por la frialdad de mi poder.
Me dejo caer en el sillón de cuero, sintiendo la punzada de irritación. El problema con que Fabrizio tome más poder no es solo la competencia; es la naturaleza de su poder. Fabrizio está tocando los límites que yo establecí para este territorio. Sus negocios han cruzado líneas de moralidad que son intolerables, cosas demasiado turbias que ni siquiera yo, Dmitri Volkov, acepto. Las aberraciones que él normaliza en su bando son un cáncer que pudre mi músculo. Si permito que se fortalezca, su miseria y su desgracia se extenderán a las altas esferas, arruinando el delicado equilibrio. No. No permitiré que esa escoria tenga más influencia. Es una limpieza necesaria.
De repente, un sonido discreto en el escritorio rompe el silencio. Mi computadora emite una notificación encriptada. Me inclino y deslizo el dedo por el trackpad.
Es ella. Antonella.
Llevamos más de tres meses hablando en secreto. Un canal privado que mantengo oculto incluso de Demian. Para ella, soy "Nikolai". Un contacto anónimo que conocí en un foro encriptado. Había sido un juego, una forma de acercarme a lo más preciado de Fabrizio, un simple plan de contingencia que se convirtió en una obsesión sutil. La curiosidad se transformó en una necesidad de conocer a la mujer detrás del nombre.
Antonella. Hola.
Le contesto. Mi pulso se acelera. Raptarla antes de tiempo. Es lo que tengo que hacer. Quería que esto fuera lento, controlado, que ella se acercara a mí por decisión propia en el momento oportuno. Las circunstancias no me lo permiten. Antuan está acelerando la boda.
Comienzo a escribir, la cautela reemplazada por una urgencia febril.
Nikolai (Dmitri): Aquí estoy, Antonella. ¿Qué pasa? Te noto... triste.
Un silencio de un minuto que se siente eterno.
Antonella: Mi padre... ha cambiado la fecha. Es el próximo fin de semana. No es el mes que dijo. Me tengo que casar en seis días, Nikolai. Estoy atrapada. Estoy aterrada.
Aprieto los puños sobre el escritorio. Seis días. El plan aéreo es arriesgado y exige tiempo, pero no hay alternativa. El tiempo se agotó.
La rabia me aprieta el pecho. Necesito disimular mi conocimiento.
Nikolai (Dmitri): ¿Cómo así? No te entiendo. ¿De qué boda hablas? Nunca me dijiste que fueras a casarte.
Me detengo, esperando su respuesta, mi mano ya tecleando el plan de emergencia.
Antonella: Discúlpame, Nikolai. Quise ocultártelo. No tenía muchas ganas de hablar de eso, pero ahora siento que no tengo escapatoria.
Nikolai (Dmitri): ¿Y qué es lo que vas a hacer? No puedes quedarte ahí.
Antonella: No sé, pero te juro que no me voy a quedar de brazos cruzados. No me voy a casar con ese viejo asqueroso.
Una ceja se levanta por el descaro del alias de mi enemigo. Debo actuar con inocencia.
Nikolai (Dmitri): ¿Con quién te vas a casar?
Antonella: Con Antuan... Antuan Mosorov
Nikolai (Dmitri): ¿Y ese hombre, quién es?
Un emoji de exasperación aparece en mi pantalla, seguido del mensaje.
Antonella: Un maldito al que odio y me ha perseguido desde que era prácticamente una niña.
Leo su confesión y la rabia me inunda. Lo sabía. Sé cuáles son los gustos de ese viejo asqueroso, la forma en que mira a las niñas y a las mujeres jóvenes. Esa es precisamente la razón, el núcleo putrefacto del poder de Fabrizio que quiero erradicar. Esa belleza de cabello rubio es el objetivo de un depredador. La necesidad de actuar es ya una obligación.
Nikolai (Dmitri): Es una pesadilla, moya krasota. Lo entiendo. Pero dime una cosa, ¿qué vas a hacer con la competencia de patinaje? Sé cuánto te importa ese torneo de patinaje artístico.
Escribo, intentando desviar su mente de la desesperación. Es una de sus pasiones, una de las pocas cosas que me ha confesado que la hacen sentir libre.
Antonella: Ese sueño está abandonado, Nikolai. Si me caso, se acabó. Si me escapo, tampoco podré volver a ejercerlo. Perderé todo.
Nikolai (Dmitri): ¿Piensas escaparte?
La pregunta es simple, pero crucial. Necesito oírla decirlo.
Antonella: Es la única idea que tengo. Tengo una semana para lograrlo. O me pudro al lado de ese monstruo.
Una sonrisa oscura y victoriosa se dibuja en mi rostro. Las cosas se me están facilitando de una manera deliciosa. Ella misma está corriendo a mi red.
Nikolai (Dmitri): Cuenta conmigo para lo que necesites, Antonella. Tienes mi palabra.
Antonella: Necesitaré un refugio, Nikolai. Un lugar donde él no pueda encontrarme.
Nikolai (Dmitri): Lo tienes. No te preocupes por eso. Tendrás un lugar donde nadie podrá tocarte. Y no tendrás que mirar atrás.
Cierro la sesión. No más mensajes. He sembrado la semilla de la confianza, el anzuelo está puesto. Ahora solo tengo que asegurarme de ser el hombre que la "rescate" y la lleve a mi refugio, justo a tiempo.
-Demian -activo el intercomunicador-. Desactiva el plan aéreo complejo. Vamos a ir por ella en su ruta, pero con precisión de reloj. Ella ya está preparada para el "escape". Solo tenemos que guiarla. Es un secuestro con cooperación, por así decirlo. Prepara el equipo. En seis días, **Antonella Koslova será mi rehén... o mi invitada.
ANTONELA
Me acerco al espejo de cuerpo entero y me detengo. Tengo veinte años, no soy ninguna niña ingenua, pero el vestido que llevo puesto es una descarada provocación. El escote se hunde demasiado, la tela abraza mis caderas con una obscenidad que me resulta ajena. Es el uniforme de la prometida de un mafioso. Y me odio por llevarlo.
Esta noche es la cena familiar. La última farsa antes de que me encadenen a Antuan Mosorov. La repulsión que siento me revuelve el estómago.
Mis ojos, llenos de un azul gélido, se desvían de mi reflejo. Camino hacia el armario y abro el compartimento más alto. Allí están. Mis patines de hielo.
Saco uno y lo sostengo, la cuchilla pulida brilla bajo la luz. Acaricio la bota blanca, recordando el frío de la pista y la libertad que sentía al deslizarme sobre el hielo. La competición local para la que he estado ensayando tanto, con la que soñaba escaparme por un instante, es en solo dos meses.
No voy a poder asistir.
El pensamiento me golpea con la fuerza de un puñetazo. Es una pena enorme. Aunque amo patinar, siempre he sabido que no tengo el talento o la ambición para ser profesional. Es un hobby, un escape. Además, como princesa de la mafia, la hija de Fabrizio Koslova, no puedo exponerme de esa manera. Exige demasiada atención. Sin embargo, al ser una competición pequeña y local, pensé que podría colarla.
Justo entonces, la puerta de mi habitación se abre sin un golpe, y el aroma a perfume caro de mi madre inunda el espacio.
-Antonella, ¿ya estás lista? Llevamos prisa.
Dejo el patín con brusquedad en el armario y cierro la puerta con un golpe. Me doy la vuelta, obligándome a mantener la barbilla alta, pero sin ocultar mi desprecio.
-Sí, ya estoy lista -escupo-. Lista para este circo.
Mi madre suspira, con una expresión de tedio que conozco bien.
-Con esa actitud no vas a conseguir nada, Antonella. Intenta al menos parecer complaciente.
-No puedo tener ninguna otra actitud -le digo, la voz cargada de hielo y furia-. Ya sé lo que me dijiste, lo que tienen que hacer por la familia, pero me cuesta. No puedo ser tan calculadora y fría como tú. La repulsión que siento por esta familia, por mi padre y por ti, es demasiada.
Mi madre, Ania, da un paso hacia mí. Su rostro, inmutable y cincelado por años de calcular cada gesto, apenas se arruga. La frialdad de su mirada es un rasgo que, temo, he heredado.
-No se trata de ser fría, Antonella. Se trata de ser inteligente. De entender el juego. Tú no sientes repulsión; sientes miedo a perder tu caprichosa libertad -Su voz es un susurro acerado que me llega hasta los huesos-. ¿Crees que yo no sentí repulsión cuando me casé con tu padre? Lo superé, como lo superarás tú. Nosotras no tenemos el lujo de la emoción.
-No lo superaste. Te apagaste -le rebato, señalando el vestido con un movimiento brusco-. Mira este vestido, mira esta vida. ¡Somos adornos caros! Y me obligas a casarme con un hombre que me da asco.
Ella se acerca más, su mano se posa en mi brazo y la siento como un peso muerto.
-Antuan Mosorov nos dará estabilidad. Poder. Lo que tú haces al hablar con ese... Nikolai... eso sí es peligroso.
Me quedo helada. Mi corazón da un brinco doloroso contra mis costillas.
-¿De qué hablas?
-No soy estúpida, Antonella. Vi el chat abierto. "Nikolai". Un hombre que te da consejos, que te escucha. ¿Crees que tu padre no tiene monitoreadas todas las líneas de comunicación? No lo ha reportado porque pensó que era un flirteo inocente para aliviar el estrés pre-boda. Pero si tu futuro marido se entera de que hablas con un desconocido...
Me aparto de ella, sintiendo que el aire me falta. Sabe de "Nikolai".
-No es un flirteo, mamá. Es un... un amigo.
-Todos son amigos hasta que se convierten en enemigos -me interrumpe con dureza-. Y un desconocido puede ser un enemigo peor. Por tu vida, Antonella, deja de responderle. Olvídalo. No arruines la última oportunidad de paz para esta familia. O haré que tu padre lo encuentre y...
-¿Y qué? -la desafío. Es demasiado tarde. Ya le he dicho a "Nikolai" todo. Ya está en marcha el plan, aunque yo aún no lo entienda.
-Y lo silenciarán. Y te enviarán a un lugar donde ni el Sol te recuerde. Ahora, sé la hija que debes ser. Baja y sonríe a Antuan Mosorov. La cena espera.
Mi madre sale de la habitación con la misma elegancia silenciosa con la que entró. Me quedo sola, la respiración agitada, la imagen de Dmitri, mi "Nikolai" secreto, en mi mente. La amenaza de mi madre ha hecho que mi miedo se esfume y sea reemplazado por la determinación.
No voy a dejar de hablarle. Y si él es peligroso, entonces soy suya. Es mi única esperanza.
Me miro en el espejo por última vez, ajusto el escote ofensivo y salgo de la habitación, lista para el "circo", sabiendo que en seis días mi vida terminará... o comenzará de la manera más violenta posible.
La mansión de mi padre rezuma un lujo frío y opresivo. Cada pieza de arte, cada mármol, grita poder y falta de alma. Bajo la gran escalera, siento los ojos de todos clavados en mí, sobre todo los de mi padre, Fabrizio, que asiente con una sonrisa de aprobación al ver el vestido revelador.
Al final de la escalera, esperando en el salón principal junto a una mesa preparada para el banquete, está él: Antuan Mosorov.
Es un hombre que huele a dinero viejo y desesperación. Su traje caro no puede disimular la flacidez de su cuello ni la avaricia lasciva de su mirada. Tiene al menos sesenta años.
Me acerco, obligándome a dibujar una sonrisa profesional en mi rostro. Extiende una mano regordeta y me la da.
-Antonella, Te ves... exquisita.
El tono de su voz me da arcadas.
-Gracias, Antuan -respondo, retirando mi mano con prontitud.
Nos sentamos a la mesa. Mi padre y mi madre inician una conversación de negocios, dejando a Mosorov y a mí en un incómodo silencio que él rompe con una sonrisa viscosa.
-Ya estoy deseando que llegue la semana que viene, querida. Para que seas oficialmente mía.
Bebo un sorbo de agua, mis dedos temblando ligeramente. Decido no contenerme. Si voy a explotar, que sea ahora.
-Dígame, Antuan -le inquiero, inclinándome hacia él con una falsa dulzura-. Con toda franqueza. ¿A usted no le da vergüenza casarse con una chica que, por edad, podría ser su nieta?
El rostro de Antuan se contrae. Mi padre interrumpe su conversación, sus ojos, repentinamente peligrosos, se clavan en mí. Pero Antuan sonríe de nuevo, una sonrisa que no llega a sus ojos.
-Mi querida Antonella. Esa altanería que tienes, ese fuego... lo vamos a voltear. Seré tu marido. Y te entregarás a mí. Y todas las noches, Antonella, vas a mantener esas piernas abiertas para que te folle a mi placer.
Mi respiración se corta por la crudeza de la amenaza, pero no bajo la mirada.
-¿Placer? -Me río, un sonido hueco y burlón-. ¡Por favor, Antuan! ¿A quién quiere engañar? Después de que use la pastilla azul para que se le pueda levantar... ¿cuánto tiempo me quedará? ¿Cinco minutos de agonía? ¿O tres? ¿Cuánto dura un viejo como usted para darle placer a una mujer?
Antuan se levanta de golpe. Sus ojos brillan con una furia contenida. Me agarra el antebrazo con una fuerza sorprendente, sus dedos se clavan en mi carne y me saca del comedor. Miro a mi madre, mientras avanzamos y la veo sacudir la cabeza decepcionada.
-Tú no estás aquí para sentir placer, pequeña zorra. Estás para complacerme. Y para traer a este mundo al hijo que mi nombre y mi legado necesitan.
Me suelto de su agarre con un tirón brusco, mis ojos llenos de desafío y asco.
-Señor Mosorov -le digo, mi voz un susurro venenoso que solo él puede escuchar-, prefiero que me arranquen los ojos a dar a luz a un hijo suyo. Y le aseguro algo: antes de ser suya, me voy a escapar.
Antuan me mira, y por un instante, veo una oscuridad abisal en sus ojos, la promesa de una crueldad infinita.
-Tendrás una correa de diamante en tu cuello, Antonella. Y será muy corta. No irás a ninguna parte. Ahora, sonríe y regresaremos a esa mesa. O te juro que la luna de miel comenzará esta noche.
Me siento de nuevo, mi pulso a mil. La amenaza es clara. Me obligo a tomar los cubiertos, saboreando el terror y la rabia.
La conversación de negocios entre mi padre y Antuan se reanuda, pero la atmósfera sigue tensa, cargada con la electricidad de nuestro enfrentamiento. El viejo, sin embargo, parece no tener vergüenza ni pudor. Se vuelve hacia mí, intentando arrastrarme a su mundo.
-Ya que vas a ser mi esposa, Antonella, deberías saber cómo manejo las cosas. Tu padre y yo estamos discutiendo el nuevo problema de logística en la distribución. Fabrizio insiste en que el socio de San Petersburgo es débil, pero yo creo que su estrategia es...
Antuan se extiende en detalles sobre los tejemanejes de su organización, sobre porcentajes de riesgo y nombres de territorios. Yo lo escucho con una cortesía mecánica. A diferencia de lo que mi padre cree, estoy muy bien preparada. Tengo títulos en Administración de Empresas y Contaduría, además de manejar más de cinco idiomas. Comprendo perfectamente el entramado criminal al que se dedican, la estructura de sus negocios. Pero, honestamente, no me interesa. Su mundo de violencia y traición me es profundamente ajeno.
Mientras Antuan divaga sobre la debilidad de un transportista en los Urales, su mano, fría y pesada, se desliza bajo la mesa. Encuentra el corte lateral de mi vestido, justo donde expone mi muslo. Su tacto es un asalto, una invasión territorial que me hace apretar los dientes.
Retiro mi pierna con brusquedad, llevándola ligeramente hacia atrás. El movimiento es sutil, casi imperceptible, pero firme. Antuan me mira con una mezcla de sorpresa y advertencia en sus ojos, pero continúa hablando, como si mi rechazo físico fuera una mosca que debe ignorar.
La cena, finalmente, llega a su fin. Los platos son retirados y mi padre comienza la fase de "planificación" de la boda.
-Ya contratamos a la mejor organizadora, mi cielo. Pero hay detalles. El menú, las flores, la luna de miel. ¿Qué opinas, Antonella?
-Opino que hagan lo que les parezca mejor -respondo, sin cambiar mi expresión. No pienso intervenir, no voy a prestar mi voz a esta farsa-. Ya que esta boda no es mía, no me conciernen los detalles. Encárguense ustedes.
Mi pasividad irrita a mi padre, pero Antuan lo tranquiliza, encantado con la idea de tener el control total.
-Excelente. Más tiempo para disfrutar de ti a solas -dice Antuan.
-Mañana a primera hora irás a la boutique. Tienes que probarte ese maldito vestido que encargamos -ordena mi padre, ignorando mi comentario.
Me levanto de mi asiento, sintiendo el impulso de huir antes de asfixiarme.
-Con permiso. Me retiro.
-¡Espera, Antonella! -Antuan me llama, con un tono posesivo-. ¿No le das un beso a tu futuro marido antes de irte?
Lo miro, mi expresión dura como el diamante.
-Tendrá su oportunidad en el altar, Antuan. Buenas noches.
Doy media vuelta, pero la voz helada de mi padre me detiene.
-Vamos a hablar tú y yo, Antonella.
No me giro. Sigo caminando hacia las escaleras, sin apresurarme, pero sin detenerme.
-Cuando quieras, padre. Ya sabes dónde encontrarme.
Subo los escalones, dejando atrás el silencio de la sala. Ya no hay miedo en mi voz, solo una resignación amarga que se ha convertido en desafío. Mi única esperanza ahora viste de negro y se esconde tras el nombre de "Nikolai".