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Nacen flores en la Antártida

Nacen flores en la Antártida

Autor: : Isavela-Robles
Género: Romance
Oliver y Lía posan ante las cámaras como la pareja ideal: bellos, millonarios, adorados por el público. La imagen viva del amor perfecto. Pero cuando se apagan las luces y los flashes dejan de parpadear, un pasado silenciado comienza a abrirse paso... y no viene solo. La vida de Lía dio un vuelco inesperado el día que conoció a Oliver Foster, sin saber que aquel joven en apuros, al que ofreció ayuda desinteresada, era nada menos que el heredero del imperio Foster: magnate e hijo de un poderoso senador. Lo que comenzó como un acto de compasión, pronto se transformó en una historia de amor tan apasionada como improbable. Ella, una chica común de clase media. Él, un hombre marcado por el poder y los escándalos. Eran polos opuestos, dos realidades que jamás debieron cruzarse... y sin embargo, lo hicieron. Ahora, en la cúspide de su carrera y con la boda más esperada del año en puertas, Oliver es el centro de todas las miradas. Y Lía, obligada a convertirse en la prometida perfecta, empieza a notar fisuras en su mundo dorado. Una de ellas tiene nombre: Erika, la exnovia de Oliver, ha regresado. Y no lo ha hecho con las manos vacías. Erika viene dispuesta a recuperar lo que cree que le pertenece y trae consigo secretos que podrían hacerlo todo estallar. Lía siente que el suelo tiembla bajo sus pies. El pasado, que tanto le costó enterrar, amenaza con mancharlo todo: su presente, su futuro, su historia de amor. Pero esta vez no está dispuesta a rendirse. Hará lo que sea para defender su lugar al lado de Oliver... aun si eso significa enfrentarse a verdades que podrían destruirlos a ambos.

Capítulo 1 Un vagabundo en el parque

La maleta cayó en el agua sucia, desparramando toda la ropa, ensuciándose de lodo.

Lía soltó un respingo al escuchar un fuerte grito sacado desde el diafragma. Dio un paso hacia atrás, golpeando su espalda con una anciana que se quejó y le dio un pequeño empujón. Rápidamente miró hacia atrás y se disculpó, acomodando su paraguas rojo y volviendo la mirada al frente.

El joven se abalanzó a la maleta e intentó recoger la ropa, pero en cuestión de segundos se dio cuenta que estaba echada a perder. Volvió la mirada fulminante al hombre que estaba subido en los escalones de la entrada del edificio escoltado por dos guardias de seguridad y le gritó maldiciones.

La lluvia apretó más y se escuchó un trueno.

No era una pelea de enamorados como Lía creyó cuando se detuvo a chismosear. Al parecer el chico que intentaba recoger la que evidentemente era su ropa, discutía con su compañero de cuarto que lo estaba corriendo del apartamento.

Se gritaban cosas como: "Yo soy el que se mudó primero, lárgate de aquí", "¡págame el dinero que me robaste!", "¡no te pagaré nada, lárgate de aquí, desgraciado!" y "maldito, por tu culpa lo perdí todo". El de la maleta agregaba a sus reclamos fuertes declaraciones y amenazas como: "¡Te haré llorar lágrimas de sangre por todo lo que me has hecho!", "¡te voy a enviar al infierno!" y "¡jamás debí confiar en un maldito ladrón como tú, idiota, te voy a matar!"

De pronto, el joven de la maleta se abalanzó hacia el otro, tacleándolo y enviándolo al suelo. Las personas que veían el que ya era un espectáculo, comenzaron a gritar y los dos guardias de seguridad tuvieron que interceder.

Lía no supo cómo pasó, pero se acercó más, bajando del andén y mojando sus zapatos con los charcos. Pudo notar mejor al dueño de la maleta: hombre alto, atlético, de al menos un metro con noventa centímetros; cabello castaño oscuro y una piel blanca. Era guapo, lo que hacía más interesante la situación. Y por el edificio donde pasaba todo, debía ser de los ricos que vivían ahí. Bueno, antes él debía vivir ahí, lo que lo hacía un chico rico... o antes era rico.

Estaba presenciando el proceso de cómo una persona pasaba de ser millonaria a pobre. Era sorprendente.

El otro hombre era de piel bronceada, considerablemente más bajo de estatura, pero más robusto. Y al parecer no sabía pelear, porque acababa de terminar con el rostro magullado y lleno de la sangre que le chorreaba de la nariz.

Una patrulla se acercó a toda velocidad por la avenida, las sirenas ahogaron el sonido de la lluvia. Se acababa el espectáculo.

Los dos guardias tenían que sujetar al chico guapo de la maleta que pataleaba y le gritaba todo tipo de groserías al otro hombre. Por un momento logró zafarse e intentó ir a por otra ronda de golpes, pero su contrincante retrocedió con rapidez, lleno de miedo y de sangre. Pero los guardias lograron apresar a su agresor una vez más.

Entonces llegó la policía y empezó a dispersar al grupo de personas que observaban la trifulca.

Y antes de que un policía le pidiera a Lía que se marchara, pudo cruzar mirada con el chico de la maleta. Su mirada estaba rebosada en una inmensa tristeza.

Aquel recuerdo se quedó grabado en lo más profundo de su mente y le creó un nudo de fuego en la garganta.

Sus ojos eran color miel intensos y rebosaban en lágrimas. Eran unos ojos que conocían lo que era perderlo todo. Le manifestaron que ya no tenía nada más en el mundo.

El chico de la maleta fue esposado y le gritó a un policía que podía caminar solo a la patrulla.

Y Lía se marchó por la larga calle, bajo su paraguas rojo mientras la lluvia se convertía en tormenta.

❦❦❦

El chico de la maleta estaba en el parque. Lía podía reconocerlo, aquellos ojos rebosantes de tristeza bajo la lluvia eran imposibles de olvidar, había soñado con ellos dos noches seguidas.

Y ahí estaba, sentado en una banca, con un bulto de cosas a un lado.

Parecía estar mirando a la nada. Como si debatiera que hacer con su vida. Y por momentos a Lía le daba la impresión de que quería llorar.

Desde su balcón tenía toda la vista perfecta para apreciarlo. Tragó saliva y se alejó, intentando que aquel joven no le removiera todos sus adentros.

Entró al cuarto que usaba para trabajar y se sentó frente a su escritorio, tomando el lápiz digital para comenzar a dibujar.

Con el paso de las horas, terminó dibujando aquella mirada rebosante en tristeza: necesitaba sacársela de la cabeza.

Y cuando llegó la noche, volvió a asomarse, esta vez por la ventana. Se cubrió la boca cuando lo vio hablar por teléfono. Estaba ahogado en lágrimas.

Y Lía lloró con él. Era un desconocido, lo entendía, pero por alguna razón que no lograba comprender, empatizaba con su desgracia. Ella lo pudo ver cuando lo perdió todo. Cuando lo apresaron. Cuando la vida le había dado la espalda.

Lo vio llevarse las manos a la cabeza, cerrando los ojos.

Le esperaba una noche larga, una muy fría noche en una incómoda banca. Y la gran pregunta retumbaba en la cabeza de Lía: ¿por qué nadie lo ayudaba?

❦❦❦

Había pasado la noche en el parque, de eso estaba segura. Seguía usando la misma ropa que llevaba hace tres días, cuando lo vio pelearse en frente del edificio.

Estaba con los brazos apoyados en sus muslos y la cabeza gacha.

-¿Cuántos días lleva ahí? -preguntó su hermana mientras se asomaba en el balcón.

-Dos días, creo -contestó Lía desde la cocina.

-Es un vagabundo -declaró Amanda.

-No lo es.

-Dijiste que lo corrieron de su departamento. Ahora vive en la calle.

-Pasa por un mal momento, seguro y se repondrá -replicó Lía. Quería creérselo.

¿Por qué hablaban del chico de la maleta? No tenía sentido, porque... ante todo, ¿qué podía hacer ella por aquel hombre?

Lía no quería acercarse al balcón, pero necesitaba entregarle a su hermana el pocillo de café. Ver a aquel joven que quedó en la calle le partía el alma.

-¿Qué le habrá pasado para terminar así? -se preguntó Amanda en voz alta.

Lía le entregó el pocillo de café, también llevaba uno para ella y las dos observaron al joven que ahora se acomodaba en la banca, recostando su espalda al espaldar de cemento, alzando la cabeza, apreciando el cielo gris, como quien intenta descifrar si lloverá.

-Parece que su compañero le robó dinero -informó Lía-. O eso me pareció escucharle en la pelea.

-¿No habrá sido al contrario? -cuestionó Diana.

-Pues se veía demasiado enojado, me pareció que lloraba.

-Es por eso por lo que no debemos confiar en nadie, y mucho menos si hay de por medio dinero -sentenció Diana y le dio un sorbo a su café. Volteó a ver a su hermana-. ¿Irás a la cena el sábado?

A Lía le pareció brusco el cambio repentino de conversación. Volvió a mirar al joven de la banca y mordió su labio, intentando que su corazón no se estrujara al verlo en aquel estado.

-Lía -insistió su hermana-. Contesta.

-Sí, sí.

Cuando su hermana se marchó del departamento, Lía caminó en círculos, desesperada. ¿Y si le llevaba algo de comida?

Fue hasta la cocina y notó que no había prácticamente nada.

¿Y si le decía que se quedara con ella? No... eso era una locura, no se conocían.

Se asomó por el balcón.

Ay, la estaba mirando. Qué incómodo.

Volvió al interior del apartamento.

A ese punto sus miradas ya se habían encontrado un par de veces, ya sabía de su existencia. Si movía esa ficha, podría acercarse a él como quien no quiere la cosa y ofrecerle un poco de comida. O podía sentarse a su lado a platicar y ofrecerle su ayuda.

Se sentía inútil.

Fue a su cuarto por las llaves y su bolso de mano.

Salió del apartamento dispuesta a ir a hablar con él, ofrecerle su ayuda. Porque... ¿qué tan raro sería hablar con un desconocido que está sentado en una banca?

Cuando salió del edificio, logró saborear la humedad del ambiente cuando golpeó sus labios. Iba a llover pronto.

Lía lo vio fijamente. Él también la observaba acercarse, estaba cruzado de brazos. Se veía como un hombre común, un joven sentado en una banca, como si esperase algo. Y su mirada intimidaba.

Y Lía pasó de largo. Maldiciendo a sus adentros. Qué cobarde era.

Cruzó el parque y entró al supermercado. A fin de cuentas, debía fingir que iba a alguna parte, ¿no?

❦❦❦

Compró algunas sopas instantáneas, panes y otras cosas que podría comer esos días. Pensó en qué podría comprarle para al menos regalarle, cosas que pudiera comer con facilidad, que no necesitaran prepararse.

¿Comería salchichas? Bueno, con hambre uno come lo que sea...

Cuando Lía salió del supermercado con la bolsa pesada en sus brazos, lo primero en lo que pensó fue en que pronto volvería a caer una tormenta. Estaban en invierno, era inevitable que casi todos los días lloviera.

Mientras cruzaba el parque, trataba de idear una forma en la que pudiera ofrecerle la bolsa. "Mira, te he visto desde que te corrieron de tu departamento, sé que la estás pasando mal, bueno, al menos tienes esto para comer. Busca un refugio, va a llover pronto, no puedes quedarte ahí". Algo así podría funcionar.

Fijó su mirada en él. Y otra vez se la quedó mirando, pero ponía cara como de "¿qué tanto me miras?" Qué incómodo. Seguro y ya lo tenía fastidiado.

Pero era inevitable no verlo. Se sentía incómoda sabiendo que él estaba sufriendo. Era humana, quería ayudarlo de alguna forma.

Con tanta tensión dentro de su cuerpo, fue inevitable que ella no notara el bordillo por no darse cuenta dónde pisaba por andar mirándolo a él y se tropezó, cayendo de bruces contra el pavimento y toda la compra se desparramó en el suelo.

-¡¿Estás bien?!

Lía, completamente aturdida, con un fuerte dolor en la barbilla y con medio labio inferior palpitándole del dolor, intentó levantarse como pudo. Unas manos la tomaron de la cintura y le ayudaron a reincorporarse. Fue ahí cuando notó un fuerte dolor en la rodilla derecha.

Se había pegado durísimo. Fue una caída demasiado dramática para un tropiezo con un bordillo. Y era una presentación increíblemente absurda la que estaba dando.

-Dios mío, ¿te encuentras bien? -Era el joven de la banca, la miraba fijamente con aquellos ojos intensos-. Te sangra la boca...

Lía llevó una mano a sus labios, pero rápidamente la apartó al sentir el maltrato con un simple roce.

Qué vergüenza. Ella intentando ayudarlo y era él quien la estaba ayudando.

¿Qué podía decirle? Ay, me caí, pero mira, te traje esto, está todo tirado en el suelo, pero recógelo, es tuyo.

Intentó agacharse para recoger la comida del suelo, sin embargo, su cadera le dijo que era mal invento.

El muchacho se agachó rápidamente y recogió toda la comida, metiéndola en la bolsa. Lía se limitó a intentar estar de pie, apoyando su peso en la pierna izquierda, así que parecía coja, con el torso torcido.

Dios mío, qué dolor. Necesitaba sentarse. Empezaba a dolerle la cabeza y el cuello. Se había pegado demasiado fuerte y era imposible fingir que no era grave.

Él se la quedó viendo, frunciendo el entrecejo. Qué vergüenza, por su rostro, debía verse terrible.

Y se ofreció a llevarle las cosas a su apartamento. Lía intentó replicar, pero le dolía tanto el cuerpo que supo que era lo más sensato. Necesitaba recostarse.

Cuando caminaron al interior del edificio, el joven se la quedaba viendo por momentos, preguntándole si estaba bien, ella le contestaba que sí, pero no le creía, pues la veía cojear, con el torso inclinado hacia la izquierda.

Lía vivía en un quinto piso. Era un departamento pequeño de dos habitaciones, sala, cocina y un espacioso balcón por el cual podía apreciar al chico del parque.

Al entrar al apartamento, se sintió derrotada. La que iba a ayudar terminó siendo ayudada.

El joven puso la bolsa sobre el mesón de mármol. Era extraño verlo ahí, en su territorio, con todo ese silencio que generaba la intimidad de su zona de confort.

Se veía sumamente alto ahora que lo podía ver mejor. Tenía un perfil de alguien que no se ve como un vagabundo (se dijo internamente que no lo era), aunque usara una camisa de mangas largas que en algún momento fue blanca y un pantalón negro sucio de barro en las botas.

Lía se sentó como pudo en un mueble azul en la sala e inmediatamente se retorció del dolor. No entendía por qué le dolía tanto la cadera si se había lastimado era la rodilla derecha.

El muchacho la quedó viendo, como preguntándose si dejarla así y marcharse.

-¿Segura que te sientes bien? Porque no parece. Es que te golpeaste fuerte.

Lía soltó un chillido de dolor y como pudo, se acomodó a medio lado, así ya no le dolía la espalda.

Lo vio observar el balcón, más preciso, el tiempo. Iba a llover. La humedad se podía sentir en el ambiente.

-Disculpa... ¿puedo pedirte un favor?

Lía se lo quedó observando con curiosidad. Por favor, que se lo preguntara él, que le pidiera ayuda. Ella le extendería la mano sin dudarlo. Que tomara la oportunidad que tenía en frente.

-Sé que no nos conocemos y esto es algo repentino -siguió diciendo el chico-, pero... ¿podrías permitirme guardar mis cosas por unos días en tu departamento?

Un silencio incómodo consumió la estancia. Y él dejó salir un largo suspiro. Era evidente que le costaba hablar.

-No son muchas cosas, se trata de unos computadores -informó-, algunos papeles... Te pagaré, te lo prometo. Es que... va a llover y no tengo dónde guardarlos.

Lía lo observaba fijamente. Tragó saliva. ¿Era más importante sus cosas que su propio bienestar? Ese chico no iba a durar mucho en la calle. No sabía pedir ayuda, le pesaba más su orgullo.

-Quédate -contestó.

-¿Qué?

-Puedes quedarte aquí -respondió Lía-. Quédate el tiempo que necesites, hasta que estés bien. -Miró el sofá-. Puedes dormir aquí. Es sofacama, es cómodo.

Capítulo 2 La chica que mira por el balcón

Oliver podía sentir la mirada. Lo estaban observando desde el quinto piso. Y no sabía cuándo saldría el portero para pedirle que se marchara de la banca. Pero estaba seguro que esa chica no lo quería ahí, porque se le veía incómoda.

La reconocía, era la chica del paraguas rojo bajo la lluvia.

Tenía su recuerdo grabado en contra de su voluntad de esa tarde, cuando lo que una vez fue su vida, tocó fondo.

Ella lo vio ser esposado, se lo quedó mirando muy fijamente, demasiado fijo, como si le debiera algo. Nunca había visto a alguien ver con aquella intensidad.

Era una gran coincidencia el saber dónde vivía. Una coincidencia que no le servía de nada, porque era una desconocida. Aunque, en realidad, no existía nadie en el mundo que pudiese ayudarle en ese momento. Estaba solo.

Le dolía la espalda, la sentía entumecida. Y tenía hambre. Dios mío, sería capaz de comer de la basura en ese momento.

Pero aún le quedaba algo de dignidad dentro de sí como para ir a revisar la basura...

Si tuviera su auto, al menos podría dormir allí y no se le mojarían sus cosas.

Alzó la mirada y observó el cielo. Iba a llover pronto. Debía idear un plan. Otro plan. Uno que sirviera de verdad, que fuera contundente.

Y todos sus pensamientos se inclinaron hacia la casa de sus padres. Pero otra vez, aún le quedaba algo de dignidad. Además, ¿cómo iba a poder caminar con tantas cosas hasta el otro lado de la ciudad? ¡Eran dos horas en carretera!

Iba a llover pronto.

Y tenía demasiada hambre. Y le dolía la espalda.

Si tuviera su auto en ese momento...

La chica del quinto piso salió del edificio. Y lo estaba mirando fijamente.

Se acomodó en la banca, poniendo rígida su espalda, aunque esto le hiciera doler todos los músculos. Se estaba preparando para decirle que no se iba a mover de ahí, que era espacio público, que podía quedarse todo lo que quisiese.

Y cuando estaban a un metro de distancia, con las miradas fijas en el otro... ella pasó de largo.

Volteó a verla cruzar el parque. Entró al supermercado. Qué raro, estaba seguro de que le iba a decir algo.

Era curioso que hubiera un lugar donde podría comprar comida y no tuviera ni una moneda en ese momento en su bolsillo. Literalmente nada más debía cruzar el parque y comprar toda la comida que quisiera. En el pasado jamás se habría detenido a reflexionar qué tan cerca estaba un supermercado y toda la comida que poseía.

Moría por un filete de carne bañada en salsa de ciruelas.

A los minutos, la misma chica volvió a cruzar el parque, cargando una bolsa de compra. Y otra vez se lo quedó viendo fijamente.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué lo veía así?

Y se tropezó. Se cayó haciendo un ruido muy fuerte. Y se quedó tendida en el suelo, como una estrella de mar.

-¡¿Te encuentras bien?

Tuvo que levantarse a ayudarla. Prácticamente le tocó levantarla y por momentos temía que fuese a caerse, pues se ladeaba hacia la izquierda. Y le sangraba la boca.

Vaya, se había golpeado muy duro. Quedó toda magullada.

-Dios mío, ¿te encuentras bien? -Le volvió a reparar la boca y la barbilla-. Te sangra la boca...

No sabía si era tímida o sufría de alguna enfermedad. Pero no hablaba. Intentó agacharse para tomar sus cosas, pero no pudo, el dolor en su cuerpo se lo impedía.

Por alguna razón y en contra de su voluntad, esa chica le estaba generando lástima. Así que decidió ayudarle a recoger su comida.

Era pura comida rápida, procesados, empaquetados. Sopas instantáneas, demasiadas de ellas. Panes. Salchichas. Frijoles enlatados. Qué pésimo comía, por eso estaba tan flaca.

Le iba a tender la bolsa de la compra, pero la vio con su torso torcido y supo que debía terminar lo que había comenzado. Le echó una mirada a sus cosas, pidiéndole a Dios que nadie se las fuese a robar.

-Vives aquí, ¿no? -le preguntó-. Vamos, te ayudo a llevar tus cosas.

-No... No es necesario... -intentó negarse, pero inmediatamente aceptó.

La chica caminaba a unos pasos delante de él, así que podía verle cojear. Sí que se había pegado fuerte por andar mirándolo. Eso le pasaba por chismosa, desde la noche anterior no dejaba de verlo, se asomaba a cada hora por la ventana y se lo quedaba viendo un larguísimo tiempo.

-¿Segura que estás bien? -le preguntó mientras avanzaban al ascensor.

-Sí... solo fue... un golpe.

-Te sigue sangrando el labio.

-Sí, es que...

Dejaba las frases a medias, así que Oliver supuso que el hablar debía dolerle, por lo que decidió aguardar silencio.

Era un apartamento pequeño, pero acogedor, con cuadros llenos de colores vivos colgados en las paredes. Le llamó mucho la atención la sala, donde había una pared pintada de un verde profundo con un gran cuadro lleno de flores amarillas en medio de la nieve. Ella se sentó en un mueble azul que estaba junto a aquella pared.

Debía ser una artista. De ahí su comportamiento raro... Todos los artistas que conocía tenían un comportamiento peculiar, cada uno con sus propias manías y creencias. No se llevaba bien con los artistas. Prefería a los matemáticos, a los racionales, los que preferían usar la lógica.

Iba a llover. Olía a humedad.

Iba a perder lo único que le quedaba.

-Disculpa... ¿puedo pedirte un favor?

Tragó saliva. Iba a usar lo último de dignidad que le quedaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Le temblaban las manos. Y tenía el paladar seco.

La chica se retorcía en el mueble. Él ya había dejado la bolsa de la compra en la cocina, lo mejor era largarse de ahí. Ella era una extraña. Una extraña que le gustaba mirarlo desde su balcón, pensando quién sabe qué.

Pero ahí estaba, hablando.

-Sé que no nos conocemos y esto es algo repentino -siguió hablando, sintiéndose cada vez más mierda-, pero... ¿podrías permitirme guardar mis cosas por unos días en tu departamento?

Ella empezó a verle fijamente, con esa intensa mirada, con aquellos ojos oscuros y flequillo crispado que parecía tener vida propia.

Oliver dejó salir un largo suspiro, intentando mantener la compostura. Bien, ya había usado lo último de su dignidad, no podía rendirse.

-No son muchas cosas, se trata de unos computadores -informó-, algunos papeles... Te pagaré, te lo prometo. Es que... va a llover y no tengo dónde guardarlos.

La jovencita como pudo se sentó en el mueble, aún inclinando su torso a un lado y haciendo mala cara. Tenía sangre seca en el labio inferior.

-Quédate -contestó ella.

Oliver parpadeó dos veces. ¿Qué le había dicho?

-¿Qué? -preguntó. Había escuchado bien, pero necesitaba que se lo repitiera para poder creérselo.

-Puedes quedarte aquí -respondió la joven mientras cerraba un ojo-. Quédate el tiempo que necesites, hasta que estés bien. -Miró el sofá-. Puedes dormir aquí. Es sofacama, es cómodo.

Tenía unas ganas inmensas de desparramarse en agradecimientos y correr a buscar sus cosas. Pero sabía que debía contenerse. De algo tan bueno no podían dar tanto. Ella no lo conocía, ¿cómo podría permitirle quedarse a vivir con él?

-No es necesario, solo necesito un lugar donde guardar mis cosas -explicó-. Pero gracias por tu ofrecimiento.

Ella lo barrió de pies a cabeza, algo que le incomodó de sobremanera. En serio, ¿qué le pasaba? Parecía que era la primera vez que veía a un hombre.

-Mira, sé que te quedaste en la calle -le soltó a bocajarro, como si fuera lo más normal del mundo-. Llevas esa misma ropa como por cuatro días. Y va a llover. Y no creo que esa banca sea tan cómoda. Si tienes tres dedos de cordura, deberías aceptar. -Hizo un silencio muy dramático-. Yo por ti iría a buscar tus cosas antes de que se mojen.

Y así fue como Oliver aceptó con un movimiento de cabeza y salió a buscar sus cosas.

Tuvo que hacer dos viajes para poder traer sus cosas y en la última ya había comenzado a caer unas gordas gotas. Así que al llegar y sentarse en un puff que era casi idéntico al color de la pared, se puso a secar algunos papeles con las manos.

Intentaba no verla, era extraño saber que iba a pasar la noche en su departamento. Aunque le agradaba escuchar la lluvia y saber que no iba a pasar frío, al menos, no por esa noche.

Se dio cuenta que no sabía cómo se llamaba la chica. Y parecía que ella no tenía intención de conversar, estaba tirada en el mueble, con los labios entreabiertos, como si estuviese teniendo una crisis existencial.

Debía de estar pasando el malestar del golpe. Y debía dolerle mucho si no se había dignado a buscar algo para limpiar su rodilla ensangrentada.

Ver a un adulto caerse era algo que impresionaba, los golpes se veían más dramáticos.

La barrió de pies a cabeza. Era sumamente delgada, con una piel pálida, casi anémica, tenía unas enormes ojeras y llevaba el cabello amarrado en una coleta que alguna vez pudo haber estado peinada, pero quién sabía cuándo. Aunque en su defensa, usaba un vestido azul de tiras que era bonito. Al menos tenía buen gusto.

La vio intentar palparse el labio con la lengua y terminó dando un respingo.

-¿Por qué no te curas las heridas? -le preguntó, le ponía ansioso verla en ese estado, sentía que podía quebrarse en cualquier momento, es que estaba tan delgada.

Volteó a verlo. Y con la luz grisácea que entraba por el balcón le pareció que se veía aún más pálida.

-Ahorita se me pasa -le soltó la chica.

Oliver no pudo evitar el negar con la cabeza, lleno de decepción.

Tenía hambre. Y no le importaría comer una sopa instantánea. Es más, estaba fantaseando con las salchichas que sabía que ella había comprado.

-Creo que me disloqué la rodilla -comentó la joven.

-¿Dónde tienes el botiquín?

-¿Cuál botiquín?

-Donde guardas las gasas y esas cosas -le aclaró, pero notó que lo seguía mirando como si no supiera nada-. ¿Al menos tienes agua oxigenada y algodón?

-No.

❦❦❦

A lo mejor y era una chica confianzuda, de esas que no sabes cómo han sobrevivido al vivir con la mente en otra parte.

Oliver tuvo que ir a la farmacia a comprar medicamentos para curarle las heridas. Cuando le dijo, ella le señaló la cartera que estaba en la mesita de centro. Y no le importó que él la abriera y le sacara dinero.

No sabía cómo se llamaba la chica, pero ya sabía cuánto dinero guardaba en la cartera y también qué tarjetas de crédito manejaba.

Y ahí estaba, curándole las heridas. Ella se quejaba como niña. Y lloraba.

¿Qué edad tenía? No debía superar los veinte, si a lo mucho. Se veía sumamente joven. Y su forma infantil de comportarse no le ayudaba en lo absoluto.

Tuvo que regañarla para que se quedara quieta y le permitiera desinfectarle la rodilla. Ella le hizo un puchero y se aguantó el dolor.

Terminó nuevamente tirada en el mueble, esta vez quejándose del dolor.

Oliver después de dos horas, sintiéndose incómodo sin hacer nada, se dirigió a la cocina y empezó a organizar las cosas que ella había comprado.

Su conversación entonces fue de:

-¿Dónde colocas los panes?

-En la estantería de arriba.

-¿En cuál de todos los cajones?

-En el que sea.

Y cuando revisó la nevera, no le sorprendió el encontrarla vacía, con apenas un yogurt caducado que se tomó el atrevimiento de echarlo a la basura.

Dios mío, ¿esa chica cómo sobrevivía?

Volteó a verla.

¿Y en qué trabajaba para manejar tanto dinero en efectivo?

Le echó una mirada a una habitación que tenía la puerta entreabierta. Parecía ser una oficina.

Había un olor que le estaba fastidiando. Sabía que él no olía bien, le hacía falta un baño. Pero encontraba en el apartamento otro olor, uno que era más de comida podrida.

Cuando se acercó a la sala, la encontró dormida, tal vez la noqueó el analgésico que le dio para que se le calmara el dolor de espalda del que tanto se quejaba.

Y como empezaba a darse cuenta de que su siesta iba para largo, se tomó el atrevimiento de hacer sopa instantánea.

Cuando estuvo la sopa y se sentó en el pequeño comedor que estaba en una esquina de la sala, se sintió incómodo y le sirvió un poco a la chica. Era su apartamento y su comida, a fin de cuentas.

Le sorprendió cuando la vio despertarse con el olor de la comida. Le dio la impresión de que había resucitado gracias al olor.

Se acercó cojeando a la mesa y se sentó frente a la taza que él le había servido.

-Ay, qué rico -soltó ella y empezó no a comer, sino a devorar la sopa. Se quejaba de su labio, de que le dolía, pero ni el dolor le hizo detenerse.

Oliver se preguntaba quién era realmente el vagabundo, ¿él o ella?

-¿Cómo te llamas? -le preguntó, por fin.

-¿No te lo había dicho? -inquirió ella aún con pasta en la boca. Pero no esperó a que le contestara-. Me llamo Lía. ¿Y tú? No puedo llamarte siempre el chico de la maleta.

Su maleta. Su ropa... ¿Dónde habría acabado? Seguro en un contenedor de basura...

-Oliver -contestó sin más.

-Mucho gusto, Oliver Chico de la Maleta -soltó Lía y le mostró una enorme sonrisa.

Respingó con sorpresa las cejas cuando notó que se veía hermosa al sonreír, aunque tuviera esas enormes ojeras y el labio inferior magullado. Lía era hermosa.

Capítulo 3 Mi compañero de cuarto

Oliver tenía un aire de chico sofisticado. Era una extraña mezcla de vagabundo por su ropa, pero chico adinerado por su rostro.

Lía quería ahogarlo a preguntas, pero le dolía todo el cuerpo por aquel dramático golpe.

Quería dejar de mirarlo, sabía que le incomodaba que lo viera tan fijamente, pero se le hacía imposible, tenía un rostro muy perfecto, de esos que le gustaba dibujar en sus historietas.

Y cocinaba rico. Había fritado las salchichas antes de echarlas a la sopa, así que se sentía mucho el sabor. Y limpió el apartamento, podía oler el desinfectante de lavanda. ¿Cómo pudo hacer tantas cosas mientras ella dormía?

Si su hermana se enteraba que tenía a un chico guapo viviendo en el departamento, la iba a matar. No, sería peor si Amanda se enteraba que el chico que había llamado vagabundo ahora vivía en su departamento.

Pero por alguna razón que no podía explicar, se sentía mejor desde que le permitió a Oliver quedarse en el departamento. Mientras veía el diluvio que caía allá afuera, entendía que le iba a pesar la conciencia si lo dejaba dormir en la calle.

-Tengo una ropa que le pertenece al esposo de mi hermana -le dijo cuando terminaron de cenar-. Creo que puede quedarte. Él no es tan alto como tú, pero creo que te quedará. Puedes ponerte esa ropa y lavar la que tienes puesta.

Oliver aceptó gustoso. Empezaba a conocerlo, parecía que no le gustaba la suciedad, tal vez y era maniático de la limpieza.

Cuando lo vio bañado y vestido con un pantalón de lana gris y camisa negra, le pareció que se vea más decente, aunque el pantalón le quedara zancón. Se veía más... típico chico que tiene casa, o sea, decente.

Oliver no hablaba nada. Había que sacarle las palabras. Pero le parecía sumamente amable; a lo mejor era su forma de agradecerle que le diera un techo.

Lía lo dejó en la sala con una manta y una almohada, le informó que estaría trabajando y se encerró en su cuarto de estudio. Mientras dibujaba, a la mente le llegaban preguntas sobre quién era Oliver: ¿tendría novia?, ¿era huérfano?, ¿quién era ese hombre con el que peleó?, ¿cuánto fue el dinero que perdió?, ¿cómo terminó viviendo en la calle?

Sabía que debía hablar con Oliver, conocerlo un poco más, pero le daría su espacio. Su mirada se lo informaba, estaba cansado de la vida, al borde del precipicio; Oliver necesitaba un descanso de su atormentada vida, y ese era el trabajo que ella tenía en ese momento.

Se despertó al día siguiente, alzando la cabeza de la mesa de escritorio. Olía a huevos revueltos y café. Automáticamente recordó que Oliver había comprado un cartón de huevos la noche anterior. La boca se le hizo agua.

Al levantarse sintió el dolor en la rodilla y la sensibilidad en el labio. Tenía los hombros entumecidos y un cansancio que le informaba que, aunque había dormido, no logró descansar.

Fantaseaba con un masaje. Un masaje por todo su cuerpo. Un masaje hecho por unas manos grandes, como de hombre...

Salió del cuarto de estudio y se acercó a la cocina. Le pareció raro encontrar una silueta varonil ir de un lado a otro, emplatando unos huevos revueltos. Entonces Oliver volteó a verle y la barrió de pies a cabeza.

-Buenos días -la saludó.

¿Qué había sido esa mirada? ¿Tan fea se veía?

Pasó una mano por su cabello, intentando peinarlo hacia atrás y echando una rápida pasaba por su flequillo.

-Buenos días -saludó ella.

Se había ruborizado. Ese era el problema de tener visitas, no podía estar en fachas; pero Oliver no era una visita, ahora se había convertido en su compañero de cuarto. Era extraño ser consciente que pasó de vivir sola y ser una paria social para terminar viviendo con un hombre que encima, era guapísimo.

Mientras se sentaban a desayunar, se preguntó si él tenía la costumbre de cocinar. Y mientras masticaba los huevos, por un momento se sintió perder en el iris gateado de Oliver.

No podía dejar de verle, su mente quería aprenderse todos los pequeños detalles de la cara de aquel guapo hombre. Nariz fileña, labios rosados, pestañas de un castaño oscuro; la raíz de su cabello era castaño oscuro, pero se aclaraba en las puntas; piel perfecta, era de cutis limpio, seguro y en su adolescencia no sufrió de acné.

-¿Te sientes mejor de los golpes? -le preguntó él.

Lía parpadeó dos veces, bajando la mirada a sus huevos y las torrejas de pan. ¿Cuándo había sido la última vez que desayunó decentemente? En la casa de la abuela, el mes pasado.

-Sí, mucho mejor -contestó.

-¿Pasaste la noche trabajando?

-Sí.

-¿En qué trabajas?

-Soy historietista -respondió Lía.

Oliver la quedó observando con curiosidad. A ella le impresionaba lo mucho que podía decir su mirada, era como si pudiese leerle el alma.

-¿Y en qué trabajas ahora? -le preguntó cuando dejó de verla, como si ya hubiese descifrado todo con su mirada y prefiriera guardarse sus conclusiones para él solo.

Lía le contó un poco sobre su trabajo, la editorial con la que publicaba sus historietas y lo que le cansaba que le eliminaran muchas partes importantes. Se quejó de que a su última historia el editor le cambió el título porque le pareció "poco atractivo".

Se desahogó diciendo que tenía poco tiempo para vivir su vida y los muchos bloqueos mentales que estaba teniendo últimamente.

Y le gustó hablar con él. Oliver de verdad la estaba escuchando atentamente, no era como Amanda que movía la cabeza a modo de aprobación para fingir que le prestaba atención, cuando no era así, porque no dejaba de ver su celular. Oliver era diferente, la hacía sentir que todo estaba bien, que la entendía, que no era una loca ansiosa que se quejaba de todo.

Lo siguió mientras él lavaba los platos y limpiaba el mesón de mármol. Después le iba contando su lamentable vida mientras Oliver echaba a lavar la única ropa que tenía de su talla: con la que había llegado al apartamento. Y entonces Lía hizo nota mental mientras hablaba de comprarle alguna ropa cuando pasara por el supermercado.

Pudieron conversar de cosas casuales aquella mañana como, por ejemplo, el mundo de una artista. Oliver le aconsejó que durmiera de verdad, que eso le ayudaría para la imaginación. No le decía nada nuevo, pero al menos la reconfortaba el poder ser escuchada.

Y le gustaba que por momentos Oliver le sonreía, porque sí, esas sonrisas eran para ella. Sonreía con toda la cara, entornando los ojos.

Era demasiado lindo. Pero no lindo físicamente, sino de personalidad. No le parecía tierno, sino amable, como un atardecer; amable como descansar bajo un frondoso árbol en un día soleado.

Y Lía se sintió tan bien a su lado que le pareció que hicieron clic. Le daba la sensación de que era un viejo amigo que llegó a visitarle después de muchos años. Como si lo conociera de alguna vida pasada.

Se dio cuenta que no había tenido una conversación real en mucho tiempo. Aunque seguía siendo consciente de que Oliver no le había contado nada de su vida, como el por qué había estado peleando en frente de aquel edificio, pero supuso que era un tema difícil para él.

Empezó a generar un miedo por hacerle daño a Oliver. Era un hombre que pasaba por mucho en ese momento. Se sentía como si estuviera cargando una caja de copas de vidrio e intentara bajar unas escaleras empinadas. Debía tratarlo con sumo cuidado.

Prefirió hacerle preguntas tipo:

-¿Cuáles son tus apellidos?

-Foster de Laverde -le respondía él.

-¿Foster como el senador Foster? -preguntaba ella.

-Sí, es mi padre.

Y ahí era donde Lía recordaba las copas de vidrio.

¿Por qué no le pides ayuda? Le quiso preguntar, sin embargo, le pareció algo estúpido, pues, por alguna razón Oliver prefería dormir en la calle antes que recurrir a su adinerado padre.

Oliver le ayudó a organizar su cuarto de estudio, le dijo que había un olor en aquel lugar, pero no especificó cuál. Así logró darse cuenta de que era un maniático de la limpieza.

No lo volvió a ver hasta a medio día, cuando le dijo que había preparado el almuerzo. Lía pasó el resto de la mañana trabajando en su cuarto de estudio, curiosamente se sintió colmada de ideas después de hablar con su nuevo compañero.

Olivier había vuelto a preparar sopa instantánea y Lía se preguntó si él se sentía incómodo con la limitada variedad de comida que ella tenía.

-Puedes comprar comida, si quieres -le sugirió-. Tienes la libertad para hacerlo.

Prefería decirle que no cocinara, que no era necesario, pero notaba que Oliver necesitaba sentirse útil. Por alguna razón que no entendía, seguramente porque no conocía su pasado, Oliver era de esos hombres que necesitaban tener todo bajo control. Y si le decía que no hiciera nada en el apartamento, se iba a volver loco.

Oliver aceptó y le preguntó que si quería que trajera algo del supermercado. Ella se limitó a pedir helado.

No le preocupaba que Oliver le robara dinero. Le daba la sensación de que era de esos hombres que tenían ideales. Además, si le robaba, simplemente lo echaba del departamento y ya.

Intercambiaron números. Oliver tenía un celular. Se sintió mal al recordarlo hablando por teléfono, cuando lloraba desconsoladamente.

Le entristecía que Oliver tuviera un celular. No por el hecho de que él tuviera uno, sino porque... ¿qué tan solo debía estar para no llamar a un amigo que pudiese ayudarlo? Y también por el hecho de que, cuando seguramente pidió ayuda, alguien al otro lado de la línea decidió ignorarlo.

Mientras estaba dibujando y Oliver le envió una foto de unos potes de helado, Lía empezó a llorar. Lloró por varios minutos, teniendo que dejar de dibujar para calmar la fuga de emociones.

Tenía fresco el recuerdo de Oliver bajo la lluvia con aquella mirada triste. Y también lo recordaba sentado en la banca, observando el cielo con preocupación.

Lía trataba de limpiarse las lágrimas con las manos, pero volvían a emerger con rapidez. Tomó el celular y le envió un mensaje: "Comamos helado de fresa".

Comamos. No un tráeme o elijo, sino, comamos.

Aquella noche cenaron unos sándwiches con ración extra de queso mientras veían una película en la habitación de Lía y comieron helado, mucho helado.

Notó que Oliver se veía sumamente triste, aunque intentaba disimularlo. Su mirada seguía teniendo aquel semblante de la primera vez que lo vio bajo la lluvia. Deseaba hacer algo por él.

Dios, cómo le afectaba el sentirse impotente por no poder hacer más por Oliver.

Lía decidió dormir en la habitación. A mitad de la noche se despertó para ir al baño y logró escuchar unos sollozos provenientes de la sala.

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