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Nacida para destacar: la misteriosa esposa que me robó el corazón

Nacida para destacar: la misteriosa esposa que me robó el corazón

Autor: : Everett Bastian
Género: Moderno
Dayna había adorado a su esposo, solo para verlo saquear la herencia de su difunta madre y dedicar todo su amor a otra mujer. Después de tres miserables años, él la abandonó, y la chica quedó destrozada, hasta que Kristopher, el hombre que ella había engañado una vez, la sacó de la desesperación. Ahora él estaba sentado en una silla de ruedas. Dayna le ofreció un pacto: ella curaría sus piernas si él la ayudaba a vengarse de su ex. El hombre se burló, pero aceptó. Mientras su alianza los unían, él descubrió sus otras identidades: sanadora, hacker, pianista... Y su corazón adormecido se agitó. Pero su ex arrastrado regresó arrastrándose. "¡Dayna, eras mi esposa! ¿Cómo pudiste casarte con otro hombre? ¡Vuelve!".

Capítulo 1 La mujer que nunca fue elegida

En el puente sobre el océano, dos autos corrían en paralelo por el asfalto resbaladizo, en una persecución de infarto que parecía sacada de una película de acción.

Aferrada al volante con las pocas fuerzas que le quedaban, Dayna Murray soportó el dolor punzante que le abrasaba el abdomen. Volvió a pisar el acelerador a fondo, impulsando el auto con toda su energía.

Pero por el retrovisor, vio cómo el auto de los secuestradores se le echaba encima.

La estaban alcanzando rápidamente. Unos segundos más y la sacarían de la carretera.

Apenas tres horas antes, ella y Madison habían sido secuestradas. Liberarse había llevado a Dayna al límite de sus fuerzas, pero de alguna manera lo había logrado.

Sin embargo, lo que no esperaba era la persistencia de sus perseguidores. Los hombres estaban pegados a su auto, sin intención de dejarlas escapar.

En el asiento del copiloto, Madison temblaba visiblemente, con la tez pálida como el papel. Su voz se quebró de miedo cuando dijo: "¡Dayna, si muero aquí, Declan jamás te perdonará!".

Dayna apretó con más fuerza el volante y le lanzó una mirada helada. "Cállate", le ordenó.

Calculando mentalmente la distancia y la velocidad, tomó una decisión en una fracción de segundo.

"Abre la puerta", ordenó con firmeza. "Vamos a saltar".

Y sin decir más, agarró la manija de su propia puerta.

La voz de Madison se elevó, histérica, y su respiración se volvió superficial y rápida. "¡Tengo miedo! ¡No puedo!".

"Entonces quédate aquí y muere", siseó Dayna, con la mirada fija y sin vacilar.

Más adelante, el puente se curvaba bruscamente justo al acercarse a la salida del túnel.

"¡Salta ahora!", gritó.

Sin esperar, soltó el acelerador y se arrojó del auto en movimiento. Madison, temblando, saltó detrás de ella.

La curva era cerrada y repentina, y su salto había tomado a los secuestradores completamente desprevenidos.

Un estruendo atronador resonó cuando los dos vehículos chocaron, metal contra metal.

El cuerpo de Dayna golpeó con fuerza el asfalto y rodó una y otra vez hasta detenerse, sin aliento.

El dolor era tan intenso que la cegaba, como si todos sus huesos se hubieran roto en mil pedazos bajo un peso enorme.

Y entonces se produjo la explosión. Uno de los autos estalló en llamas detrás de ella, y la onda expansiva la arrojó como a una muñeca de trapo.

Tosió, se agarró el pecho e intentó contener la sangre que le subía por la garganta.

Entonces oyó el rugido de un motor que se acercaba.

Dayna levantó la cabeza, con una débil chispa de esperanza en sus ojos agotados.

Era su marido, Declan Foster.

Vestido elegantemente de negro, corrió hacia ellas, con una expresión tensa y una desesperación febril que nunca antes le había visto.

Apoyándose en sus brazos temblorosos, lo llamó con un hilo de voz: "Declan...", y se tambaleó hacia él.

Sin embargo, él ni siquiera la miró. Sin vacilar, pasó de largo y abrazó a Madison.

Dayna abrió los ojos de par en par. Por supuesto, siempre era ella. Siempre Madison...

Su corazón se retorció y de repente sintió un frío que le recorrió todo el cuerpo, como si la hubieran dejado sin aliento de un solo golpe.

Declan era su marido, pero una y otra vez, pasara lo que pasara, Madison siempre era lo primero.

Incluso ahora, después de que apenas saliera con vida, no se preocupó por ver cómo estaba, sino que corrió directamente hacia Madison.

Una ola de alivio cruzó el rostro de Declan mientras abrazaba a la otra mujer, examinándola con ansiedad.

"Maddie, ¿estás herida?", preguntó con voz angustiada.

La otra se apoyó en su hombro, sollozando suavemente. "Llegaste justo a tiempo. Si no hubieras llegado, ¡Dayna habría dejado que me mataran!".

La expresión de Declan se ensombreció mientras se volvía hacia su esposa. "Tú planeaste todo esto, ¿verdad?". Su voz sonaba cortante por la furia.

Dayna lo miró atónita. "¡Nos secuestraron a las dos! ¡Casi me mato intentando salvarla!".

En realidad, Madison solo la había retrasado. Si no hubiera tenido que ayudarla, no estaría tan herida.

¿Y ahora, en lugar de estar agradecida, la culpaba?

Con lágrimas de cocodrilo en los ojos, la otra siseó: "Este fue tu plan desde el principio. ¡Colaboraste con los secuestradores! ¡Uno de ellos me lo contó todo!".

Dayna apretó la mandíbula con fuerza mientras la miraba, estupefacta. Siempre había sabido que Madison era una descarada, ¿pero esto? Esto iba más allá de todo lo que había imaginado.

Sinceramente, a estas alturas no le sorprendería que la propia Madison hubiera planeado todo el secuestro.

Después de todo, fue a ella a quien los secuestradores habían golpeado, no a la otra.

Conteniendo su furia, Dayna se encontró con la mirada de su enemiga, con una frialdad de acero en los ojos. "Pagarás por cada asquerosa mentira que acabas de soltar".

"¡Dayna!". Declan se interpuso frente a Madison como un perro guardián, su voz cargada de desprecio. "¿Cómo puedes ser tan cruel? ¡No puedo creer que me haya casado con alguien como tú! ¡Ya ajustaremos cuentas cuando vuelva!".

Sin más, le dio la espalda y se marchó con Madison.

Dayna no se movió. Los moretones de su cuerpo no eran nada en comparación con la agonía que sentía en el pecho.

Era como si algo dentro de ella se hubiera roto en mil pedazos.

¿Qué sentido tenía defenderse si, al fin y al cabo, Declan nunca le creía?

Bastaba un gemido o una mirada llorosa de Madison, y Declan se ponía de su lado, sin dudarlo, siempre.

Dayna dejó caer los brazos a los costados mientras lo veía levantar a la otra mujer sin esfuerzo y correr hacia el auto.

La otra se apoyó en él con delicadeza, con movimientos suaves y gráciles, pero incluso entonces se las arregló para lanzarle una mirada arrogante y burlona.

Era mediados de junio, pero Dayna nunca había sentido un frío tan intenso recorrerle el cuerpo.

Su mente viajó a aquella noche de hacía años, cuando Declan sufrió un accidente de auto y ella arriesgó su propia vida para sacarlo de entre los hierros con sus propias manos.

Después de eso, se desmayó por el esfuerzo.

Cuando recuperó la conciencia, la historia ya había sido tergiversada: Madison había afirmado que ella era la heroína. Y por mucho que Dayna intentó decir la verdad, Declan nunca la escuchó. A sus ojos, Madison lo había salvado, y Dayna solo era una mentirosa amargada y desesperada por llamar la atención.

Desde el primer día, Dayna había entendido que este matrimonio no se trataba de amor. Era una fría transacción entre dos familias poderosas. ¿Y el afecto de Declan? Siempre estuvo reservado para Madison.

En los tres largos años de su matrimonio, Declan no le había dado a Dayna ni una pizca de calidez. Incluso la cortesía básica que se le debe a un cónyuge era pedir demasiado.

La misma noche antes de que se casaran, Madison le tendió una trampa a Dayna para que pareciera que había engañado a Declan. En realidad no había pasado nada, pero desde entonces Declan la había visto como una mujer sucia.

Y desde ese momento, el mundo de Dayna se convirtió en una pesadilla.

Su padre fue acusado repentinamente de abuso de drogas y encerrado en rehabilitación. Sin nadie que dirigiera el Grupo Murray, Declan intervino, tomando el control sin dudarlo.

La madre de Dayna había fallecido años atrás, con el corazón roto por la traición de su propio marido. Dayna creció resentida con su padre, creyendo que se había ganado su caída en desgracia.

Así que en ese momento, cuando Declan se ofreció a intervenir y salvar la empresa, ella, ciegamente, se lo agradeció.

Pero no fue hasta mucho más tarde que se dio cuenta de la verdad: nada de eso era una coincidencia. Todo había sido una trampa.

La caída de su padre había sido cuidadosamente orquestada por Declan. La empresa no había sido rescatada, sino engullida por completo. Todo formaba parte del plan de Declan.

Y una vez que obtuvo todo lo que quería, lo único que él le reservó fue su odio. Dejó de volver a casa. Y en las raras ocasiones en que se cruzaban, él siempre le destrozaba la dignidad.

Los recuerdos volvieron a inundarla, estrellándose contra ella como una tormenta de la que no podía escapar.

Dayna se tambaleó hacia adelante antes de que sus fuerzas se agotaran por completo. La sangre brotó de sus labios y luego todo se volvió negro.

Capítulo 2 Señor Hudson, ¿por qué no hacemos un trato

Dentro de una habitación privada de un hospital, Dayna permanecía inconsciente, atrapada en un sueño profundo mientras los monitores vigilaban en silencio su estado.

Sentado en silencio a su lado estaba un hombre en silla de ruedas, vestido con un traje negro de corte impecable que denotaba riqueza y precisión.

Tenía veintisiete años, con un rostro tan perfectamente tallado que casi parecía irreal, como una estatua tocada por las manos de los dioses. Todo en él irradiaba un poder que, sin buscar atención, la imponía sin esfuerzo.

"Señor Hudson... su salud", comenzó el anciano médico, haciendo una pausa antes de que su voz se tornara sombría. "La parálisis avanza y, si no logramos detenerla, la inmovilidad permanente será inevitable. En esta etapa, su única oportunidad puede estar en... la Doctora Fantasma".

Ese hombre era Kristopher Hudson, director ejecutivo del Grupo Hudson y la figura dominante de la poderosa Familia Hudson.

El linaje de los Hudson era antiguo y muy influyente, envuelto tanto en prestigio como en misterio.

En cuanto a Kristopher, a los ojos de la élite de la ciudad, no solo era poderoso, sino inalcanzable.

A la temprana edad de seis años, rompió las defensas cibernéticas de una red mundial de delincuencia, recuperando miles de millones en fondos robados en menos de diez minutos y poniendo de rodillas a todo el sindicato.

A los diez, obtuvo múltiples patentes nacionales en tecnología energética de vanguardia, lo que le dio al Grupo Hudson un control dominante sobre el sector.

Y a los quince, ya trabajaba junto a su padre para llevar el imperio familiar a nivel mundial, reviviendo un legado en decadencia y convirtiéndolo en una fuerza que exigía la atención del mundo.

Pero ahora, el mismo hombre que una vez parecía imparable estaba confinado a una silla de ruedas, paralizado de la cintura para abajo tras un devastador accidente tres años atrás.

Sin embargo, la movilidad ya no era su única preocupación.

Kristopher levantó la vista, con voz tranquila y ojos fríos como el hielo. "Con mi estado actual... ¿sigue siendo una opción tener un hijo?".

No había orgullo ni ego detrás de la pregunta. Su abuela, frágil y cercana a su fin, solo tenía un deseo: ver a un bisnieto antes de dejar este mundo.

El médico se quedó estupefacto. "¿Perdón?".

...

Dayna no recordaba cuánto tiempo había estado tumbada en aquel puente. No tenía ni idea de quién la había encontrado ni de cuándo había llegado la ayuda.

Su memoria era una bruma de fragmentos dispersos, imágenes fugaces que se le escapaban como humo entre los dedos.

Un recuerdo destacaba: un par de ojos.

Eran fríos, indescifrables... desconocidos pero inquietantemente reconocibles.

Y de repente, se transformaron en el rostro de Declan, ardiendo de odio.

La voz de Declan resonó en su cabeza:" ¿Por qué no te mueres de una vez, Dayna?". "Una vez que estés fuera del camino, Maddie y yo podremos ser felices. ¡No vales nada! ¡Muérete de una vez!".

¡No!

Si se rendía ahora, sería la victoria que ellos esperaban.

Todo el trabajo de su madre, años de sacrificio, se lo entregarían a Declan en bandeja de plata.

No lo permitiría.

No en esta vida.

Dayna se despertó de golpe con una fuerte inhalación. Lo primero que vio fue un techo brillante y estéril, uno que conocía demasiado bien.

El fuerte olor a antiséptico la golpeó como un puñetazo. Se le retorció el estómago y se encorvó hacia delante, con arcadas y sin fuerzas para luchar contra ello.

Pero esta vez se sintió diferente.

Por una vez, estaba agradecida, agradecida de seguir respirando.

"¿Estás despierta?".

Una voz tranquila y profunda llegó hasta ella, lenta y sin prisas.

Se quedó paralizada al instante, con el cuerpo rígido y un sudor frío recorriéndole la espalda.

Sus rasgos eran llamativos, tan definidos que rozaban lo cruelmente atractivo. Pero no era su rostro lo que realmente la inquietaba. Eran sus ojos. Fríos e inmóviles, como la superficie de un lago profundo y sin movimiento. No había calidez en ellos, solo una amenaza silenciosa y tácita que le oprimía el pecho.

"¿Kristopher Hudson?", soltó sorprendida.

¿Por qué demonios estaba aquí? ¿Había...

vuelto? ¿De verdad?

"¿Ahora tienes miedo?".

La mirada de Kristopher era intensa, atravesándola como una cuchilla. Sin embargo, cuando habló, su voz era tranquila y deliberada. "No tuviste miedo cuando conspiraste en mi contra a favor del Grupo Foster. Es curioso cómo esa valentía parece haberse desvanecido ahora".

El aire a su alrededor era sofocante. Dayna se sintió como si se hubiera sumergido en aguas heladas, paralizada, sin aliento, congelada.

Tres años atrás, el Grupo Hudson y el Grupo Foster se enfrentaron en una despiadada batalla corporativa.

En aquel entonces, Dayna ya había cerrado un trato con Kristopher, prometiéndole un proyecto de patente crítico.

Él invirtió millones, incontables horas y una campaña de marketing completa en previsión.

Pero a última hora, ella se lo dio todo a Declan.

Porque se dejó llevar por el corazón. Porque Declan se lo suplicó y ella no pudo negarse.

En un solo movimiento, todo lo que Kristopher había invertido se hizo humo.

Ella se disculpó una y otra vez, preparándose para las inevitables consecuencias. Pero la represalia nunca llegó. Kristopher simplemente desapareció. Se había convencido a sí misma de que debía de estar demasiado ocupado, atrapado en otras prioridades.

Pero ahora, tres años después... al verlo de nuevo frente a ella... ¿Era esto lo que había estado esperando todo este tiempo? ¿Venganza?

No, no podía ser eso.

Si ese fuera su objetivo, ella no estaría viva para preguntárselo.

Respirando hondo, Dayna se tranquilizó. "Tú fuiste quien me salvó".

Kristopher soltó una risa fría, tocándose la sien. "Al menos no eres completamente inútil. Si no hubiera pasado e intervenido, ya estarías muerta".

En efecto.

Estuvo a punto de morir.

Dayna se mordió el labio, con la rabia brillando en sus ojos.

En aquel entonces, se convenció a sí misma de que entregar el legado de su madre a Declan era un gesto de amor, una señal de confianza inquebrantable. Pero ahora, esa misma confianza le parecía veneno en las entrañas. Se le revolvía el estómago al pensar en lo fácil que había entregado todo tontamente.

Estaba harta de ser la tonta.

Ya lo había decidido. Si quería recuperar su vida, también tenía que recuperar todo lo que le habían robado.

Una suave tos la sacó de sus pensamientos.

Era Kristopher.

Se volvió hacia el sonido y solo entonces se dio cuenta. No estaba de pie. Estaba sentado en una silla de ruedas.

Lo miró, sorprendida. "Tus piernas...".

Y entonces todo encajó. "Por eso desapareciste... hace tres años...".

Su mirada se estrechó. "¿Y qué? ¿Ahora te vas a reír de mí?".

Ella negó rápidamente con la cabeza. "No. No lo haría".

Pero su voz se desvaneció al mirarlo: seguía siendo imponente, indescifrable, una fuerza incluso en silla de ruedas.

En todo Arkmery, solo quedaba un hombre que pudiera rivalizar con el Grupo Foster, y estaba sentado justo aquí.

Sus pensamientos se aceleraron, analizando todos los ángulos posibles.

Luego, apretó lentamente los puños, alzó la barbilla y dijo con serenidad: "Señor Hudson, ¿por qué no hacemos un trato?".

Capítulo 3 Casémonos y ya

La habitación del hospital se sumió en un silencio extraño, como si incluso el aire aguantara la respiración.

Dayna se quedó quieta, casi sin respirar, esperando la respuesta de Kristopher.

Pero en lugar de un asentimiento o un rechazo, recibió una risa burlona.

La voz de Kristopher sonó baja y cargada de hielo. Alzó la vista, y su mirada pareció hacer descender la temperatura de la habitación varios grados. "Dayna, ¿qué te da el derecho de regatear con alguien como yo?".

Sin embargo, Dayna no se inmutó. Ladeó la cabeza ligeramente, con una expresión serena e inquebrantable.

Sus rasgos, naturalmente llamativos, se veían ahora realzados por una delicada vulnerabilidad, haciéndola lucir inquietantemente hermosa.

"¿Y si te dijera... que puedo ayudarte a volver a caminar?".

Eso lo tomó por sorpresa.

Su expresión cambió, aunque solo fuera por un instante. Su mano se aferró con más fuerza al reposabrazos.

¿Estaba loca esa mujer? ¿O peor aún, era una broma cruel destinada a darle esperanzas solo para arrebatárselas después?

¿A qué clase de juego estaba jugando ahora?

La furia hervía bajo la piel de Kristopher, martillando en sus sienes.

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Dayna se levantó de la cama y se arrodilló con calma frente a él.

"Empecemos ahora y te prometo que verás resultados en tres meses", dijo con delicadeza, mientras su mano se movía hacia su pierna.

Pero justo cuando sus dedos estaban a punto de tocarlo, él reaccionó por instinto.

Con una velocidad fulminante, la agarró por la muñeca, apretándola con tanta fuerza que le arrancó una mueca de dolor.

Ella lo miró, con los ojos muy abiertos, pero sin miedo.

Él estaba furioso y su agarre era brutal. "¿Qué demonios crees que haces?". Siseó entre dientes, apenas conteniendo la tormenta que se agitaba en su interior.

¿Piedad? ¿Trucos? ¿Más mentiras? No iba a tolerar nada de eso.

Su agarre se intensificó, lo suficiente como para dejar marcas.

Su presencia era tan sofocante que a Dayna le faltaba el aire.

Sus pestañas temblaron. Su rostro, ya pálido, parecía aún más delicado, y sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, como si estuviera al borde del llanto, pero conteniéndose.

Algo en su interior se tensó y, con un gruñido, le apartó la mano de un manotazo.

Ella se tambaleó, pero se estabilizó rápidamente y, esta vez, volvió a acercarse sin dudar.

Sus dedos eran elegantes y firmes. Se movía con confianza, presionando con maestría los puntos nerviosos clave de su pantorrilla como alguien profundamente familiarizado con el cuerpo humano.

Entonces, algo increíble sucedió.

Una oleada de sensación recorrió su pierna: aguda, eléctrica y viva.

Kristopher alzó las cejas con incredulidad.

Podía sentirla. Su pierna. Una sensación real.

Y era obra de ella.

Dayna lo miró con una calma segura. "¿Y bien? ¿Cómo se siente eso, señor Hudson?".

Kristopher no respondió de inmediato. La miró como si la estuviera viendo por primera vez, como si no pudiera decidir si era una mentirosa, un milagro o ambas cosas.

Finalmente, su voz sonó, baja y serena. "¿Qué quieres a cambio?".

Los ojos de Dayna se volvieron acerados, y su voz, baja pero cargada de una rabia largamente contenida, dijo: "Ayúdame a aplastar al Grupo Foster y recuperar todo lo que le robaron a mi madre".

¿En serio le estaba pidiendo que desmantelara el Grupo Foster desde cero?

Una risa corta y sin humor escapó de los labios de Kristopher. "¿Quieres que vaya tras el imperio de tu querido esposo? ¿Es este otro de tus juegos retorcidos? No olvides que me traicionaste una vez. Ese proyecto del que te retiraste y le entregaste a Declan... me costó decenas de miles de millones. ¿No fue esa puñalada por la espalda lo suficientemente profunda para ti?".

Dayna bajó la mirada, con las pestañas temblando ligeramente. No discutió, porque no había nada que pudiera decir para deshacer el pasado.

En realidad, esa única pérdida debería haber sido un simple contratiempo en el radar del Grupo Hudson. Pero cuando Kristopher desapareció tras el fracaso del proyecto, la empresa se retiró de todos los acuerdos conjuntos, y las grietas se ensancharon a partir de ahí.

Fue entonces cuando el Grupo Foster se coló, aprovechando el caos como una oportunidad y surgiendo de la noche a la mañana como un gigante corporativo.

No quería remover el pasado. El pasado era veneno. Con tranquila determinación y una mirada clara, dijo: "Dame tres meses. Te haré volver a caminar. Es todo lo que pido".

Kristopher no parpadeó. Su expresión seguía siendo imposible de leer.

Ella se mordió el labio, luchando contra el impulso de retroceder. Tampoco iba a retroceder. "Si no me crees, podemos redactarlo. Firmar un contrato. Si no puedo hacerlo, yo...".

Apenas había empezado a formular la frase cuando la voz de Kristopher la interrumpió bruscamente.

Esta vez, su tono había cambiado: mesurado, calculador, pero aún cargado de frialdad.

"Podemos llegar al acuerdo que quieres, pero lo que necesito de ti ahora es un heredero", dijo sin rodeos.

Las palabras la golpearon como una bofetada. Abrió los ojos de par en par y su cuerpo se tensó, incrédula.

¿Un heredero?

¿Quería decir que tenía que dejar a Declan, casarse con él y tener un hijo de él?

Kristopher captó la vacilación en sus ojos y soltó una risa seca y burlona.

Por supuesto. Seguía encadenada a Declan, emocional y mentalmente. Patético.

"¿Ni siquiera puedes cumplir una condición? Entonces no hay nada más de qué hablar".

Dicho esto, Kristopher giró su silla de ruedas y se dirigió hacia la salida.

"¡Espera!", gritó ella.

El pánico le arañaba la garganta. Se movió para ir tras él, pero las rodillas le flaquearon, aún demasiado frágiles para sostenerla.

La vista se le nubló y sintió que se desplomaba, rápida e inestable, hacia la pared.

Sin embargo, Kristopher se movió por instinto y la agarró por la cintura antes de que cayera al suelo.

En ese momento, la distancia entre ellos desapareció por completo.

Su aroma fresco y amaderado, como el cedro en un invierno nevado, la rodeó, extrañamente reconfortante, casi adictivo.

De alguna manera... le resultaba familiar, aunque no podía recordar dónde lo había olido antes.

Cuando levantó la vista, la fría rabia en los ojos de él le produjo un escalofrío.

"¿Terminaste de hacer teatro?", dijo con brusquedad.

El cuerpo de Dayna tembló un poco. Tras unas respiraciones, recuperó el control, se irguió entre sus brazos y dio un paso atrás. "No, no he terminado. Iba a decir que acepto tu condición. Solo... casémonos".

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