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Negocios Placenteros

Negocios Placenteros

Autor: : Paty Castaldi
Género: Romance
Alice Warner sueña con reencontrarse con el chico que conoció hace diez años y del cual cayó perdidamente enamorada. Todo ese tiempo no bastó para olvidarlo, pero ahora tiene que abandonar toda esperanza al tener que casarse con un completo desconocido solo por cumplir un contrato que firmó. ¿Qué tanto podría afectarle aplazar todos los planes que tenía hechos para su vida?, tan solo tiene que dar el sí y juntos procrear un hijo. Tan solo eso... ¿Tan solo eso?, como si fuera poco, pero bueno, era para un buen fin y Alice estaba dispuesta a cumplir con esos negocios.

Capítulo 1 Pan Comido

Alice.

«Y recuerda, Alice, siempre que estés en problemas ahí estaré yo para ayudarte y salvarte».

Me contuve las lágrimas al recordar las palabras que mi padre siempre me decía cuando me llevaba al colegio y yo lloraba en la puerta inventando que tenía miedo. No lo tenía, era solo un pretexto para no separarme de mis padres, como si algo me estuviera diciendo que los perdería demasiado pronto y tenía que aprovecharlos todo el tiempo posible.

-No quiero que te vayas, papito -le decía y él me limpiaba las lágrimas-. Quiero que estés siempre conmigo.

-Siempre estaré contigo, princesa mía -me decía con una amplia sonrisa.

«Pero no lo estás ahora», pensé y miré a mi alrededor. Si mis padres siguieran con vida, yo no estaría ahí en este momento; estaría en otro lugar, quizás en Hawai. Cerré mis ojos con fuerza y me imaginé a mí misma en las paradisíacas playas de Hawai tomando una piña colada y abrazada del amor de toda mi vida. Se me vino a la mente un hombre sin rostro -después de diez años de no verlo era difícil ponerle uno, pero seguía pensando en él creyendo que sería mi príncipe azul y que me salvaría de mi cruel destino-, y sonreí.

Las personas que tenía a mi alrededor me miraron con emotividad en sus rostros, pensando seguramente que la novia estaba emocionada por su boda, pero yo no estaba nada emocionada. Estaba enojada, muy enojada. ¡Diablos!, estaba enfurecida. Había aceptado el trato que me había hecho mi abuelo de casarme por puro interés con un contrato firmado, solo porque sabía que él realmente necesitaba de mi ayuda, y porque yo siempre le ayudaría en todo lo que él me pidiera, aunque él no se hubiera portado bien conmigo siempre. Solo tenía que casarme con ese multimillonario y procrear un hijo; después de eso era libre. No era tanto problema, en verdad, sabía que podía aplazar lo segundo o buscar otra opción para cumplirla; pero estando ahí, con mi carísimo vestido y toda la elegantísima gente, había comenzado a sudar en exceso y a sentir muy caliente mi cara.

Cuando era niña, mi madre y yo solíamos jugar a que yo me casaba, tal como lo hacen muchas otras niñas. Me ponía un vestido blanco y me colocaba unos zapatos altos de mi madre. Ella era la sacerdote y siempre ponía un muñeco como novio. Soñaba con mi boda perfecta, realmente como cualquier otra niña lo hace. Tampoco esa era mi meta en la vida, aspiraba a más, claro: terminar mi carrera, ser una profesional, costearme mis propios bienes. Pero la idea de tener la boda perfecta con el novio perfecto persistía y ahora, estando ahí sin siquiera haber visto una vez en mi vida al que sería mi esposo, quería llorar de la frustración.

¡Maldito contrato!, lo odiaba en ese momento, aunque antes se me había hecho algo muy fácil de llevar a cabo.

De pronto los murmullos pararon y la tenebrosa música del órgano de la iglesia comenzó a sonar. Tragué saliva una y otra vez hasta sentir que me iba a atragantar. Era la hora de mi muerte. Bueno, no literal, pero en ese momento así lo sentía.

Mi abuelo me tomó la mano y me sonrió, agradeciéndome por lo que estaba haciendo, con eso cambió mi semblante un poco. Lo que fuera por mi abuelo, siempre haría lo que fuera. Y si me regalaba una sonrisa, con más ganas; casi no teníamos esa relación que incluyera sonrisas ni nada de cariño.

Lo tomé del brazo y abrieron las enormes puertas para que entráramos hacia ese larguísimo pasillo. Al final estaba mi casi esposo esperándome, mirando su reloj, se le notaba impaciente.

A partir de ese momento todo pasó muy rápido; no le presté atención al sacerdote de lo que decía, ni tampoco me di cuenta de nada a nuestro alrededor, tan solo estaba al tanto de no caerme, desmayarme o gritar; de pronto, sin esperarlo, ya estaba frente a él diciendo:

-Sí, acepto. -Me salió en automático, casi sin pensarlo.

Seguido de la sentencia que lanzó el sacerdote:

-Puede besar a la novia.

Respiré profundamente un par de veces y me recordé a mí misma que tenía que hacerlo, que solo sería poco tiempo y ya después sería libre. Entonces, mi ya esposo levantó el velo que cubría mi rostro y por fin nos pudimos ver a los ojos. Sus ojos azules me miraron mientras sus manos tomaban mi cintura y se acercaba a mí. Una sonrisa demasiada perfecta para ser verdad apareció en sus labios, y de pronto me besó. Fue un beso asombrosamente perfecto. Abrí los ojos un poco y descubrí algo que me hizo estremecer, la verdad me golpeó en la cara: era él, el chico del que me había enamorado perdidamente diez años atrás, con el que había soñado, con el que había querido estar en Hawai unos minutos antes.

¡Dios!, no podía ser. ¿Era acaso mi día de suerte y el destino me había casado con el amor de mi vida?

Harvey

Bastante trabajo tenía en la oficina como para malgastar mi tiempo en esto. Mi boda, ja. ¿Quién iba a pensar que me casaría tan joven? Todo fuera por el bien de la familia y de la empresa, pero, sobre todo, por mi propio bien y de mi futuro.

Tuve que besar a la chica que ahora sería mi esposa ante el sacerdote y todos los invitados; total, un beso a una desconocida no era algo malo, lo había hecho varias veces antes, así que no pasaba nada. Pan comido.

Levanté el ridículo velo que llevaba puesto y que cubría su cara, y me le acerqué para cumplir con mi tarea. Tuve que tomarla de la cintura para que se viera más creíble ante la sociedad. Nadie sabía que todo eso era un teatro, solo mi familia y la de ella.

Al besarla sentí cómo se estremecía ella en mis brazos. ¿Así de bueno era besando? Antes lo suponía, ahora solo lo comprobaba. Traté de darle más, pero enseguida me arrepentí. Maldita, tenía que recordar que la odiaba. No sabía por qué, pero eso debía de hacer, odiarla hasta cansarme.

-¿Lo estás disfrutando? -le pregunté al oído después de besarla.

Ella se quedó muda y no contestó, solo abrió mucho los ojos. La había sorprendido disfrutando de nuestro beso, soñando de seguro con castillos y príncipes, pero enseguida la bajaría de su nube.

-Recuérdalo muy bien, niña, tenemos un contrato y nada más. Tú solo eres la herramienta que necesito para lograr llegar a mi meta. ¿Entendido?

Esperaba que no se pusiera a llorar.

Capítulo 2 ¿Bailas conmigo

Alice.

¿Que era una herramienta? Sí, claro, ¿cómo iba a olvidar eso? Lo tenía bastante presente, pero no podía decirle nada en ese momento, no me podía arriesgar a que alguien me escuchara o me leyera los labios. Así que mejor me quedé callada y seguí con mi actuación: me mostré totalmente enamorada porque así era justo como me sentía en ese momento, además de confundida, sorprendida, enojada, feliz, deprimida... todo eso, sí.

No podía creer que ahora que había encontrado por fin al amor de mi vida, al que había estado buscando por tantos años, este me hablara tan fríamente como si no tuviera corazón. ¿Acaso no se acordaba de mí? ¿Se había olvidado de todo? ¿Por qué se le había congelado el corazón?, porque antes sí tenía, y era uno bien grandote. No, no estoy hablando en doble sentido, él y yo no tuvimos una relación sexual ni pasional ni de amor siquiera.

Todos esos años soñando con nuestro reencuentro se fueron al caño en un par de segundos. Alguna vez lo había pensado, claro, que yo para él no significara nada, que solo había sido un momento que había olvidado al día siguiente, pero seguía aferrada en que lo más probable era que él también estaba enamorado de mí, así como yo de él.

Tremendo cubetazo de agua fría que me cayó al oírlo hablar.

Nos retiramos a pasos lentos por el pasillo mientras sonreíamos y saludábamos a todos nuestros conocidos. Llevábamos nuestras manos entrelazadas, como debíamos de llevarlas, pero su mano estaba fría, mientras que la mía temblaba un poco y sudaba. No me importaba notarme así frente a él, le diría después que había sido mera actuación.

Al salir una limosina blanca nos esperaba. Entramos y en el momento en que cerramos la puerta y la visión hacia el interior quedó cegada por el gran papel negro que cubría las ventanillas, Harvey se deslizó hacia la otra orilla alejado de mí, y sacó su celular para ya no prestarme más atención. Me sentí pequeña. No me preocupaba, pero su indiferencia dolía.

Llegamos al hotel en donde sería la recepción un poco más tarde y en cuanto entramos, él se desapareció. Oh, vaya, otra decepción más.

-La acompaño, señora. -Una joven bastante simpática y guapa se me acercó y me guio hacia el ascensor-. Tenemos que subir hasta el último piso, al penthouse, señora Harrison.

-Mi esposo llevaba prisa, le dije que se adelantara -dije para excusarme de ir sola recién casada.

-No se preocupe, yo la acompañaré para que no vaya sola. ¿Le ayudo con el vestido?

-Sí, gracias, pesa una tonelada. Mi esposo se enfermó del estómago. -Bien, esa era mi manera de vengarme, y la disfrutaba-. Pobrecillo, espero se le pase pronto para que pueda disfrutar de nuestra fiesta.

-Enseguida pido que le lleven medicamento al señor -dijo la amable y tonta señorita.

-Sí, por favor, y toallas extras por si tiene que bañarse varias veces. Tú sabes cómo es eso de estar con diarrea. Es embarazoso, pero natural -dije y me carcajeé mentalmente. La chica solo ocultó una mueca de asco-. Más si no te controlas con la comida grasosa.

-Nosotros nos encargamos, no se preocupe.

Una vez llegamos al penthouse, la despedí en la puerta y entré. Era una maravilla de habitación. De seguro el costo debía ser elevadísimo solo por el par de horas que estaríamos ahí.

Fui hacia la recámara principal y me acerqué a un espejo de cuerpo completo. Ahí estaba yo, mi reflejo más bien; en un vestido blanco y hermoso, con mi cabello rojo y rizado atado a lo alto y con el velo colgando. Me imaginé a mis padres, ¿estarían felices por mí?, ¿tristes? Suponía que estarían felices porque el acuerdo que hice con mi abuelo era confidencial, y si mis padres hubieran estado vivos, no se hubieran enterado de que todo era mentira.

Escuché una voz en el balcón y me asomé por la persiana. Era Harvey, mi marido. Estaba sentado y sostenía el celular frente a él mientras hablaba con alguien por videollamada.

-No te preocupes más -dijo él-, pronto terminará.

No supe con quién estaba hablando pues enseguida me alejé porque no quería ser descubierta, pero advertí que con quien hablaba era alguien importante para él.

Un par de horas más tarde, al llegar al salón de eventos donde se llevaría a cabo la gran fiesta por nuestro matrimonio, saludamos a todos los conocidos míos y de él, aunque la mayoría iban de su parte. Actuábamos por completo como una feliz pareja de recién casados. Yo de reojo miraba sus hermosos ojos azules y recordaba con cierta tristeza aquella tarde en que lo conocí. Él no me miraba para nada, ni siquiera un gesto, una mirada, nada.

Cuando se llegó el momento de que bailáramos nuestra primera canción, no pude encontrar a Harvey por ningún lado. La gente me miraba, pero yo no sabía qué hacer. ¿Qué se suponía que debía de hacer?, ¿sentarme?, ¿bailar sola?, ¿quedarme de pie esperando a que alguna pareja se animara a bailar por mí?

-Puedes sustituir al novio -dijo un hombre realmente atractivo mientras me tendía la mano-. ¿Bailas conmigo? Es broma lo de sustituir al novio, no creo que sea legal -dijo.

Lo tomé como un buen motivo para que dejaran de verme todos con cara de «miren, la novia fue plantada en la pista por el novio» y la cambiaran por «miren, la novia está bailando con otro». Realmente no me importaba lo que dijeran, por lo que acepté y comenzamos a bailar la canción lenta que sonaba.

El chico era alto, bastante alto en realidad, su cabello negro contrastaba con su piel blanca, y sus ojos color miel brillaban. No quise decir nada, solo me dediqué a bailar sonriendo y mirando a mi alrededor. No quería que pensaran que estaba coqueteando con un completo desconocido el día de mi boda.

«Harvey, ¿dónde estarás? ¿Por qué te atreviste a hacerme esto este día?», pensé mientras miraba hacia todos lados.

Capítulo 3 Pechos ¿al aire

Alice

Después de que terminara la recepción me marché despidiéndome de todos y agradeciendo que hubieran asistido. Durante la tarde había tenido que disculpar a mi esposo por su ausencia.

-Oh, perdón, Harvey tuvo que arreglar un asunto de emergencia. Sí, ya saben cómo está entregado a su trabajo.

Maldito Harvey, me hizo pasar una tarde bastante molesta, pero lo recompensó el buen champán, la comida exquisita y la música. Al hombre misterioso que me había invitado a bailar ya no lo había vuelto a ver, pero cuando se alejó después del baile no pude evitar quedármele viendo como una boba y no porque me muriera por él, sino porque había sentido algo extraño cuando me había tomado de la cintura.

En fin. Mi boda fue un asco, aunque los invitados no pudieran decir eso ya que mis ahora suegritos habían tirado la casa por la ventana.

-¡Fue la boda del siglo! -dijo una mujer rechoncha y llena de joyas, y a mí me dieron ganas de vomitar.

«Si supieran la verdad», pensaba mientras me reía.

Al finalizar, entonces, después de agradecer y despedirme, le pedí al chofer que me llevara al que sería mi hogar de ahora en adelante. Aunque esperaba que solo fuera un tiempo mínimo porque no me pensaba quedar ahí mucho tiempo.

Luego de un largo camino en el que aproveché para quitarme el velo, peinado y zapatos, llegamos a la mansión que ahora compartiría con mi amado Harvey. El amor que había tenido por él por diez años se estaba esfumando en tan solo un día.

El mayordomo me dio la bienvenida y me indicó dónde era mi recámara.

-Suba las escaleras del lado derecho, siga el pasillo y al final del lado izquierdo verá su puerta.

Le hice caso y subí. ¿Cómo me vería el pobre hombre desde abajo? ¿Qué no se supone que el novio debía de cargar a la novia hasta la cama? En cambio, ahí iba yo sola, despeinada, descalza, cargando un vestido de no sé cuántos kilos, mientras subía escalón por escalón pensando en cómo iba a ser mi vida de ahora en adelante.

¡Bah!, al diablo con todo esto. Iba a disfrutar de lo que se me diera y listo, así podía aguantar, o eso pensaba.

Llegué a la puerta de mi habitación y entré. No había nadie. ¡Genial! Me puse de espaldas a la enorme cama y me dejé caer, exhausta. Entonces me di cuenta de que aún llevaba el vestido farsante y me desesperé.

Maldito vestido, maldita boda, maldito Harvey.

Me levanté de un brinco y empecé a quitármelo sin miramientos. Era algo complicado, mas no imposible. Lo jalé, me doblé, estrujé, pero al fin salió. Todavía con la lencería puesta, incluyendo el liguero, caminé hacia una puerta al fondo de la recámara; había dos, una debía de ser el baño. Necesitaba un baño caliente y largo. ¿Podría pedir champán?, bueno, eso podría esperar.

Abrí la puerta y me di cuenta de que ese era el vestidor, entonces me dirigí a la otra. En el camino me quité el sostén y sentí un gran alivio. Entré al baño, pero, al comenzar a quitarme el liguero, algo apareció frente a mí. ¡Era Harvey! Todo el tiempo había estado ahí bañándose.

-Oh, por... -No pude mantener mi equilibro por tener una pierna levantada y me fui de lado con el liguero atrapado en mi pie.

Al caer me sostuve de lo primero que tuve a la mano: o sea la toalla con la que se cubría mi querido esposo, dejándolo desnudo, vulnerable y desequilibrado también.

Caímos a suelo con mis pechos al aire y él encima de mí, con sus manos a los lados de mi cabeza. Bajó su mirada y, como yo no podía cubrirme, me vio toda. Creo que me puse roja, pero no sé si de la vergüenza o de la rabia.

Acercó su rostro perfecto y horrible al mío y, con una sonrisa diabólica, me dijo:

-Mira nada más quién viene a buscarme. ¿Eres de las que les gusta ser maltratadas?, ¿eh? ¿Mientras más te ignore más vas a querer tenerme?

Mi corazón latía salvajemente. Me sentía expuesta, frágil, pero también con muchas ganas de pelearme. ¿Qué le pasaba a ese cretino imbécil?

-A ti ni quién...

-Y, además... ¿quién te crees que eres? -me interrumpió-. ¿Cómo se te ocurre bailar con tu amante en nuestra boda?

-¿Con mi qué?

-¿A dónde fuiste después de bailar con él?, de seguro te fuiste a cog...

-¡Eres un imbécil! Yo a él ni lo conozco, es más...

-No, no, no, gatita, no gastes tus explicaciones.

Se levantó de un salto. No pude evitar mirarlo de pies a cabeza y mi corazón ya no latía salvajemente, sino que casi se salía por la impresión. Vaya, vaya, vaya, quién iba a decir que el estúpido de Harvey estuviera tan bien dotado.

-Recuerda que, aunque estemos casados, nuestro matrimonio es ficticio -dijo haciendo que mis ojos voltearan de nuevo a ver los suyos-, y que si tú incumples con el contrato, aunque sea con una mínima parte de él, así de fácil recupero la enorme cantidad de dinero que se les dio a tu abuelo.

-Yo...

-Calla, no digas nada que no soporto tu voz. Prepárate porque tenemos un banquete al que debemos de asistir. Encontrarás tu ropa en el clóset. En quince minutos te espero abajo.

Me dejó tirada medio desnuda, con un gran signo de interrogación por lo que me había dicho del dizque amante, y con más ganas de golpearlo que antes. ¿Cuántas veces más tendría que maldecirlo? Nunca me iba a cansar de hacerlo. ¡¡¡Maldito Harvey!!!

No me quedó de otra más que tomar una rápida ducha y salir rápido para prepararme.

En el clóset encontré el vestido que debía usar junto con unos zapatos que combinaban con él. Harvey se había tomado el tiempo de hacer eso por mí, ¿por qué?, ¿por qué simplemente no le pidió a alguien más que lo hiciera? ¿Y si por eso se había marchado temprano de nuestra fiesta?

Me vestí en un santiamén y salí a la habitación para maquillarme y peinarme. Había hecho bien en enviar mis pertenencias desde el día anterior. Tenía que terminar pronto, ya no quedaba mucho tiempo, no quería desatar la furia del ogro.

Pero en mi camino al peinador algo llamó la atención, algo que no vi un rato antes al llegar. A un lado de la cama, en el buró había una foto enmarcada. Era Harvey con una bella mujer.

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