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Niña Mala y Billonaria

Niña Mala y Billonaria

Autor: : Svania Blass
Género: Romance
Valentina debe empezar a portarse bien si quiere reunir la fortuna que le ha dejado su madre: mejorar sus notas, hacer caso, no tatuarse y sonreír todo el tiempo, pero lo más difícil será no enamorarse de su padrastro.

Capítulo 1 El peor de los tiranos

Desde la ventana del cuarto común, vi llegar el carro de mi padrastro. Acababa de encender ese cigarrillo y no iba a tirarlo así no más, aunque supiera que la Superiora debía estar por llegar para asegurarse de que ya tuviera mis maletas hechas, la camisa del uniforme estuviera bien planchada y no me hubiera subido la falda hasta los muslos; se llevaría una gran decepción.

-¡Valentina, por dios! -La escuché gritar desde la puerta, al otro lado del cuarto- ¡Hasta acá llega el olor a cigarrillo!

Vino corriendo, con los pliegues de su sotana dando brincos como si fuera una gallina que se estuviera bamboleando. Soplé el humo de la última calada por la ventana y la miré a los ojos.

-Madre. -Le dije sin esperar su cantaleta-. Son mis últimos minutos en el internado, ya no tendrá que soportarme más. Solo déjeme terminar este cigarrillo y me pongo a planchar la camisa.

Se escandalizó más cuando vio que todavía estaba en brasier y que, como temía, me había puesto la falda con la que nunca me dejó entrar a sus clases.

-Valentina -Me dijo con un tono que no era de enfado, lo que me sorprendió-. No me importa si son tus últimos minutos, lo único que me preocupa es tu actitud, siempre rebelde, desdeñosa, una que, si no fuera por la fortuna de tu familia, estoy segura que no te atreverías a tener, así que cámbiala porque nunca sabes de los giros que puede dar la vida y un día, quizá, debas agachar la cabeza o hincar las rodillas sobre el barro o algo peor. Que ese día, Valentina, no te encuentre todavía respirando por encima de tu nariz, porque el dolor y la humillación serán peores.

Sus ojos grises se colaron por mi cuerpo hasta casi estremecerme, era como si sus palabras fueran más que una advertencia y hasta me dieron la impresión de ser una especie de maldición o profecía que algún día se cumpliría, sin importar lo que hiciera para evitarla.

Aplasté el cigarrillo, todavía a la mitad, contra el alféizar de la ventana y solo le dije un "Sí, Madre" antes de ponerme a planchar la camisa. Mientras lo hacía, usando mi catre como mesa de planchado, la vi agacharse y ayudarme con las maletas. No era mucho lo que me llevaba: los uniformes los dejaba, para alguna otra chica que pudiera necesitarlos, por lo que solo debía empacar mi ropa interior, unas novelas románticas que saqué de debajo de la tabla suelta en la que se apoyaba una de las patas de mi cama y el retrato de mi mamá, la persona que me había dejado en este internado hacía casi cinco años y a la que no se le ocurrió una mejor fecha para morirse que el día en que cumplí 16, hace una semana.

Tomé mi pequeña maleta y bajé al recibidor. Allí estaban algunas de las otras chicas del curso para despedirme. Eran buenas muchachas, amables, la mayoría con historias compartidas de padres que preferían hacer dinero a soportar los altibajos emocionales de sus vástagos adolescentes, y otras que ni siquiera tenían padres. Entre estas últimas estaba Ivania, mi mejor amiga y a la única que creo, sí le dolía mi despedida. Vi las lágrimas en sus ojos, pese a que se notaba que había intentado secarlas. La odié por eso, porque me hizo llorar a mi también.

-Son solo dos años, Ivi. Prométeme que, cuando salgas, me buscarás. -Le dije al oído mientras la abrazaba. Creo que mis lágrimas le dejaron todo el cuello de la camisa mojado.

-Claro que sí, Tina -contestó Ivania con su aliento, que siempre olía a chicle, contra mi cuello-. Espérame tú también a mí.

Hubiera podido quedarme abrazada a ella por lo menos una hora más, pero ya era el momento y estaban sacrificando los cuarenta minutos de su almuerzo para despedirme. El chófer recogió la maleta, la guardó en el carro para darme unos segundos más y luego me abrió la puerta del asiento trasero. Me despedí con la mano antes de subirme y dediqué mi última mirada a la Superiora que, por primera vez desde que había llegado, me sonrió. Supongo que lo hizo porque al fin se iba la diablesa que tantos saltos al corazón le había dado.

-¿Tiene hambre, señorita? -Me preguntó el chófer cuando ya habíamos salido del internado-. ¿Quiere que haga una parada para almorzar?

La verdad era que, pese a que no había comido nada desde el desayuno, servido a las seis de la mañana, no tenía hambre. Aunque me hacía muy feliz librarme del internado, también me estrujaba el corazón saber que no vería a Ivania sino hasta dentro de dos años; quizá, si algo extraordinario sucedía, en unas vacaciones, si la Superiora le daba permiso, una concesión que nunca se le otorgaba a las huérfanas a las que, por el contrario, se les obligaba a pasar su tiempo vacacional haciendo limpieza en el internado.

-No, gracias -contesté después de unos segundos-. Solo quiero llegar a casa.

-Muy bien, señorita.

-¿Y puedes dejar de decirme "señorita"? -Me molestaba ese apelativo. Me hacía sentir reducida-. Mi nombre es Valentina.

-Por supuesto, señorita Valentina -contestó el chófer.

-No, sin el "señorita". Solo Valentina, gracias -Le dije, encontrándome con su mirada en el espejo retrovisor. Noté que le incomodaba lo que le pedía.

-Bueno, como guste.

Estábamos por entrar a la ciudad, en donde el tráfico se ponía pesado. Por suerte, era solo un tramo y luego saldríamos a los suburbios. Estuve en casa una semana antes, durante el velorio de mamá. Allí vi, creo que por segunda vez en mi vida, a mi padrastro. No era viejo, tampoco un jovencito.

Estaría entre los 35 y 40, unos diez años más joven que mamá y, aunque debo reconocer que tiene el rostro más perfecto que he visto en un hombre, también es un pedante, un gallito nuevo rico que obtuvo su dinero luego de conquistar a mamá y con quien no he compartido otras palabras que un saludo frío. Ahora supongo que tendré que verlo más seguido, aunque espero que no sea así y que si, como escuché que decían cuando el cuerpo de mamá todavía no se había enfriado, ha sido nombrado CEO del grupo empresarial, será uno de esos a los que solo les falta instalar un dormitorio en su oficina. Pensaba en eso cuando entró una llamada al celular del chófer y pude oír la conversación por el bluetooth.

-García, ¿cómo está? ¿Ya recogió a la nena?

Si hay algo que me molesta más que me llamen "señorita", es "nena".

-Sí señor. La señorita está conmigo. Vamos camino a la mansión. Estaremos en unos quince minutos, más o menos.

-¿No se detuvieron a almorzar?

-No señor. La señorita no quiso.

-Bueno, no importa. Los espero entonces.

-Sí señor. Hasta luego.

-¿Ese era mi padrastro? -pregunté cuando escuché que el celular se colgaba.

-Sí señorita. El señor Camilo. La espera en la mansión.

Al chófer se le pasó lo que le dije sobre decirme "señorita", pero ya no iba a seguir peleándole por eso. Me acababan de llamar "nena" y eso era mucho más molesto.

Llegamos en quince minutos, como predijo el chófer. Yo me moría por un cigarrillo y cuando bajé del carro me dirigí al jardín de la glorieta.

-El señor Camilo la espera dentro de la casa, señorita -Me dijo el chófer luego de sacar mi maleta del baúl del carro. Antes de contestarle vi que el mayordomo y dos mucamas estaban formados, frente a la puerta de la casa, esperándome.

-Voy a fumar. Ahora entro.

Saqué el cigarrillo del bolsillo de la falda y lo encendí mientras caminaba hasta el jardín. Mientras fumaba, miré hacia los cipreses que decoraban la entrada a la mansión y a los jardineros que, bajo el sol del mediodía, podaban los arbustos que los atravesaban. Cuando estaba por terminar, escuché los pasos, sobre el césped, de alguien se aproximaba. Me giré para ver quién era.

-Será mejor que dejes esta mala costumbre. -Era Camilo, mi padrastro. Acercó su mano a mis labios hasta tomar el cigarrillo, lo sacó de mi boca y lo arrojó al piso. Luego lo aplastó con su zapato Louis Vuitton.

Estaba impávida. Estaba frente a un hombre de casi dos metros, con la espalda del grueso de una de las columnas que bordeaban la entrada de la mansión y el rostro de un héroe de la mitología nórdica. Me sentí tan frágil, que me tomó unos segundos reaccionar.

-¿Qué te crees? -Le dije cuando reuní valor para hacerlo-. Era el último en mi cajetilla.

-Mejor así -contestó enterrando su profunda mirada verde y salvaje en mis aterrados ojos-. De esa forma, te será más sencillo resistir la tentación de llevarte otro cigarrillo a la boca.

-No tienes derecho a hablarme de esa manera -dije mientras buscaba la cajetilla en mi bolsillo, segura de que todavía me quedaban uno o dos cigarrillos-. El que mi madre haya muerto no te convierte en mi padre.

Vi que sus ojos se paseaban por la mano que tenía en el bolsillo, observaban que sacaba la cajetilla y un cigarrillo de su interior. Se cruzó de brazos, dos poderosos troncos que debían ser más gruesos que mis muslos, y siguió la ruta que mis dedos trazaron luego de capturar el cigarro, encenderlo y llevarlo a mis labios. No esperó a que aspirara y, aunque estaba atenta a su maniobra, lo hizo demasiado rápido. Mi penúltimo cigarrillo estaba ahora bajo la suela de su zapato de diez mil dólares.

-¡¿Qué te pasa, animal?!

No me contestó, tampoco esperó a que repitiera la misma maniobra y metió su mano en el bolsillo de mi falda. Era tan grande que sentí como si fuera a serle suficiente para rodearme la cadera. La sacó con la misma velocidad con que me había arrebatado el último cigarrillo y antes de que pudiera seguir su movimiento, la cajetilla estaba hecha añicos.

-Tienes razón -dijo mientras los trozos de cigarrillo y cajetilla caían al suelo-. No soy tu padre y, la verdad, no pretendo serlo. No te creas que me vas a ver intentando ganarme tu confianza, tu obediencia o siquiera tu simpatía. -Hizo una pausa para asegurarse de que lo miraba a los ojos-. Soy tu padrastro y, desde la muerte de tu madre, tu tutor legal y único administrador de tu dinero, así que, a partir de este momento, soy como un dios para ti. De mí depende con qué ropa te vistes, qué shampoo utilizas para lavarte el pelo, la marca de las carteras que quieras comprar, cuántas veces comes al día y qué te llevas a la boca, si tienes solo uno o dos pares de zapatos y si te puedes permitir el lujo de ir en un carro, tomar un taxi o irte caminando hasta tu nueva escuela. ¿Entiendes?

Creo que me quedé balbuceando algo sobre mis derechos, igual, no le prestó atención a lo que yo decía.

-Vamos a la casa, niña, tengo algo importante que decirte.

Lo odio, lo odio, lo odio. Es el peor tirano desde los nazis.

Capítulo 2 ¿Todavía eres virgen

Antes de entrar a la casa, me recibieron el mayordomo y las dos mucamas que ya había visto frente a la puerta. También me llamaron señorita y, con un suspiro, me di cuenta que era un caso perdido intentar que me llamaran de otra forma, por lo menos en el corto plazo. Ya me ganaría después su confianza y podría pedirles que me llamaran como yo quería que lo hicieran.

Mi padrastro, Camilo Ponce, se paró en medio del vestíbulo, entre los dos brazos de la escalera. Lo miré de reojo y crucé mis brazos, preparada a que me diera de nuevo un discurso sobre mi buen comportamiento y la obediencia que le debía, so pena de que no me pasara ni un centavo y, aunque en ese momento no sabía qué contestarle, sabía que sería solo cuestión de tiempo para evadirme de sus ínfulas de gran señor y empezar a hacer lo que yo quisiera. No me esperaba lo que me dijo.

-Necesito que esta tarde vayas al ginecólogo y me traigas un certificado de tu virginidad.

-¡¿QUEEÉ?!

Lo había dicho frente a toda la servidumbre. Vi que había otras mucamas en el segundo piso, apoyadas en el barandal de la escalera, igual que otros sirvientes de la cocina, el chef, los jardineros y hasta el chófer que acababa de recogerme y quien, al verme, se puso solo un poquito más rojo de lo que yo estaba.

-¡Estás demente, maldito! -dije con los puños apretados, deseando que solo estuviera unos metros más cerca para darle un puño en su rostro perfecto- Eso es una violación a mi intimidad, no tienes ningún derecho a pedirme algo así, eso es un abuso...

Seguí protestando. Creo que hasta mencioné que lo denunciaría para que se lo llevaran a la cárcel por pedirle algo así a una menor de edad, pero me callé en cuanto vi que su cara era la de alguien que solo escucha el zumbido de un mosco.

-¿Ya terminaste? -preguntó cuando tomé aire. No contesté y asumió que lo había hecho- Tu virginidad es la primera condición de los fideicomisos. -No entendí qué era lo que decía y sacó un papel del bolsillo delantero de su blazer. Lo desdobló y, paseando sus ojos entre el papel y mi cara, me explicó lo que acababa de decir-. Con tu difunta madre, planeamos una serie de condiciones para que puedas no solo tener acceso total a la fortuna que te corresponde, como su única hija, sino para que también te veas motivada a ser una mejor persona.

-¿Cómo así? ¿Condiciones, dices? -Me reí. Por primera vez me sentí segura de lo que estaba por decirle. Sabía que lo que me quería decir era ilegal. Como única heredera de mi madre, tenía derecho a todo mi dinero sin necesidad de cumplir ninguna condición. Tal vez sí era cierto que él, como mi tutor, podía administrar mi fortuna, hasta que yo cumpliera la mayoría de edad, en solo dos años, pero eso no lo facultaba para negarme la herencia de varios miles de millones de dólares-. Sé que no puedes negarme lo que mi mamá me dejó. Siendo su única hija, soy también la única heredera y todo lo que ves a tu alrededor es mío, sin que tú tengas derecho a negármelo.

-¿Cómo es que sabes eso? -preguntó. Aunque parecía una pregunta inocente, vi un atisbo de burla en sus labios, lo que me inquietó- ¿Lo viste en alguna telenovela?

-Yo... -No supe qué contestarle porque no lo había visto en una telenovela, en el internado no había televisores, pero sí lo había leído en una de las novelas que escondía en la tabla suelta del piso, bajo mi cama-. Lo leí en una ley. -Al fin se me ocurrió decirle.

Camilo suspiró y, de nuevo, vi que su cara parecía apenas molesta por el zumbido de una mosca.

-Tienes razón en lo que dices, niña. -Obvió el hecho de que me hubiera llamado "niña", satisfecha porque confirmaba lo que ya sabía-. Sin embargo, ¿qué harías si solo te diera una milésima parte de tu herencia? Digamos, solo lo suficiente para que te pudieras pagar un abogado mediocre, ¿te atreverías, entonces, con tu abogado mediocre, a demandar la totalidad de tu herencia contra el ejército jurídico de los mejores abogados del país con los que cuenta el Grupo Empresarial al que dirijo?

-Pero, yo... -Sentí que la ira subía hasta mis ojos y me faltó muy poco para llorar, pero no iba a darle ese gusto. Apreté mis puños con toda la fuerza de la que fui capaz y quise dar los quince pasos que nos separaban para golpearlo, pero tampoco me iba a ver haciéndolo porque él, mi padrastro, estaba tan sereno y calmo que parecía estar posando para una pintura.

-Bien, niña, veo que eres inteligente -dijo cuando fue evidente que mi ira no pasaría de eso-. Te decía, entonces, que hay una serie de condiciones y cada una de ellas cumple con las exigencias consignadas en los fideicomisos en que se divide tu fortuna. La primera de ellas es que certifiques que todavía eres virgen -Miró al papel que había sacado de su bolsillo-. En caso de que no lo seas o te niegues a certificarlo, habrás perdido los primeros mil millones de dólares de la herencia.

-¡¿QUEEÉ?!

-Veo que eres una joven llena de preguntas -Sonrió y hubiera querido, en ese momento, estrellarle un puño en su sonrisa de perfectos dientes blancos alineados-. Me gusta que los jóvenes sean curiosos, ahora, ¿vas a ir esta tarde a conseguir ese certificado, o debo dar por incumplida la condición del primer fideicomiso?

-¡No tengo por qué rebajarme de esta manera! Por supuesto que no voy a ir a un ginecólogo para que me vea...

-Puede ser una ginecóloga, como prefieras -Me interrumpió, otra vez con su sonrisa de canalla que disfrutaba con mi sufrimiento-. Lo único que importa es que traigas ese certificado, hoy, antes de las doce de la noche.

-Pero... no necesito un certificado. Soy virgen, ¿o es que crees que en un internado de monjas hay muchas oportunidades para estar con un chico?

Mi padrastro torció los labios e incluso así, con esa mueca de indiferencia, se veía encantador. No podía juzgar a mi madre por escoger pasar sus últimos años de vida con un hombre tan sexi.

-No es algo que me conste y el fideicomiso dice, de manera clara, que tu virginidad debe ser certificada por un ginecólogo, o ginecóloga, no importa. Así que, si estás tan segura de que lo eres, no tendrás problemas para conseguirlo, aunque, después de lo que vi en la rotonda...

-¿Qué? ¿Qué insinúas?

-Bueno, no sé, es que te vi, cómo decirlo, tan experimentada con ese cigarrillo en tu boca, ¿me entiendes?

Se estaba burlando y así me lo hizo ver cuando torció sus labios hacia un costado, lo que abrió un hoyuelo en su cachete que casi me derrite. Me calmé, mi padrastro tenía ese efecto con su sonrisa, después lo comprobaría, aunque en ese momento no supe por qué mi sangre había dejado de hervir. Miré a mi alrededor. La servidumbre de la casa me miraba, sin verme, atenta a lo que estaba por decir.

-Muy bien. Me sacaré ese maldito exámen, pero será lo último que haga, ¿me entendiste? No voy a someterme a tu tiranía.

-Y la de tu mamá, niña -dijo mi padrastro levantando el papel que había sacado de su bolsillo-. Recuerda que esto lo planeamos entre los dos, hace solo unos meses. Ahora yo soy solo su ejecutor.

Lo miré con rabia, aunque, como dije, ya no guardaba ninguna ira.

-Cuando traigas ese certificado, te daré a conocer las demás condiciones. Por ahora, es importante que sepas que hay más y que algunas solo podrás conocerlas cuando hayas cumplido con alguna anterior -Sus ojos verdes volvieron a enterrarse en los míos por un segundo-. Bueno, ya debo irme, pero García queda a tu disposición, siempre que sea para ir al ginecólogo -Miró al chófer, que asintió con la cabeza-. Él tiene la dirección del centro médico más cercano.

Camilo Ponce, mi padrastro, pasó a mi lado y, al girarme, lo vi abordar otro vehículo, un Mercedez más lujoso que el que me había traído.

-Señorita -Me abordó el mayordomo. No era el mismo que había conocido en mi infancia, antes de ir al internado. Mi madre había cambiado a todo el personal de la casa después de su matrimonio con mi padrastro-. ¿Desea ir a su habitación? ¿O comer algo, antes de marcharse?

Suspiré. Por alguna razón, después de la vergüenza a la que acababa de ser sometida, me sentía más cercana a la servidumbre, que había compartido conmigo el bochorno.

-¿Cómo es tu nombre? -Le pregunté al mayordomo que, sorprendido por mi pregunta, sonrió.

-Soy Alfredo, señorita, y estoy a sus órdenes.

Enseguida me presentó a los demás miembros del personal de servicio, incluido García, uno de los tres chóferes de la mansión, que se llamaba Carlos. Todos parecían muy amables y hasta encantados de que yo hubiera llegado.

-Temíamos que esta casa fuera a ser como un mausoleo gigante. -Me dijo la que era Ama de Llaves, Patricia, una mujer de unos cincuenta años-. Nos alegra mucho que la hija de la señora, que en paz descanse, haya venido a vivir aquí y, siendo todavía tan joven, estoy segura de que le va a dar una nueva vida a esta mansión, señorita Valentina.

Sonreí y, antes de ir a mi habitación, pedí un sándwich de pavo. Ahora sí me estaba muriendo de hambre.

Capítulo 3 Tarde de Shopping

No recordaba lo bella que era mi hijastra. Si bien la había visto durante el funeral de mi esposa, hacía apenas una semana, fue en otras circunstancias y creo que solo la saludé, pero cuando la vi fumando en el jardín de la glorieta, con sus largas piernas al sol y su rostro de niña mala, reconozco que me estremecí un poco. Sin embargo, debía empezar a ser duro con ella, se lo había prometido a Gloria, su madre. Fue suya la idea de crear los fideicomisos.

-Mi hija necesita madurar, ser fuerte y consciente del futuro que se le avecina -dijo Gloria en la cama del hospital, un día antes de que me la llevara a casa, seguros ya de que solo le quedaban unos días de vida-. Aunque tú quedes a cargo de ella, como su tutor y administrador de la inmensa fortuna que le dejo, me temo que eso no será suficiente.

No supe qué alternativas legales teníamos para que, una vez cumplidos sus 18 años, fuera la mujer que Gloria deseaba que ella fuera.

-Yo seré su tutor y soy su padrastro, pero apenas si nos hemos visto unas cuantas veces. No tengo lo necesario para convertirme en el padre que necesita.

-En eso tienes razón, como otras tantas veces, amor. -Me dijo Gloria. Luego tosió con fuerza. Sus pulmones se estaban deshaciendo-. Por eso hablé con el abogado Carrara.

Carrara era el vicepresidente jurídico del Grupo Empresarial Viper, que yo dirijo desde hace cuatro años, cuando Gloria debió renunciar a la presidencia por su enfermedad. Es el mejor abogado del país y también es presidente de su propia firma de juristas, una de las más prestigiosas del continente. Gloria le consultó sobre los fideicomisos y, aunque con algunas reservas, Carrara le ayudó a elaborarlos.

-Tu hija no se someterá tan fácil a ellos -Le dije a Gloria.

-Y no espero menos de ella, por eso tienes que estar ahí y ser persuasivo.

Tuve que hacer un esfuerzo inmenso para no reírme cuando le comuniqué a Valentina el primero, y cómo disfruté lo que siguió.

-Cambié de opinión. -Le dije al chófer cuando estábamos por doblar a la calle que lleva al edificio de la empresa. Miguel, mi secretario, me miró asombrado-. Mejor vamos a un centro comercial.

-Sí señor -contestó el chófer mientras cambiaba el rumbo.

-Señor, ¿está seguro? -Me preguntó Miguel.

-Sí. Reprograma las citas de la tarde. Ahora prefiero ir y comprarle algo a mi hijastra.

Noté que Miguel hizo cara de no estar muy convencido, pero lo vi tomar el teléfono y la agenda de la laptop.

-¿Vulcano está bien, señor? -preguntó el chófer.

-Sí, Vulcano me parece un buen centro comercial -contesté.

El tráfico estaba terrible y aunque estábamos a unas cuadras, tardamos media hora en llegar. Miguel terminó de reprogramar las citas para el momento en que el auto se orillaba para dejarnos.

-Te llamo en dos horas -Le dije al chófer.

-Señor, todas sus citas quedaron reprogramadas entre mañana y el viernes -Me dijo Miguel mientras observábamos el vehículo alejarse.

Asentí con satisfacción y me encaminé a la entrada del centro comercial.

-Señor, ¿ha pensado qué quiere comprarle a su hijastra?

Dije que sí, pero la verdad no tenía ni idea. Quería obsequiarle algo que expresara mi satisfacción por tenerla en casa, pero que no fuera pretencioso o diera a entender que quería ganármela de alguna manera, por lo que debía ser algo sobrio, pero significativo. Desde luego, no se me ocurría qué podía ser, así que esperaba encontrarlo o hacerme una idea mientras recorría las vitrinas.

-Creo que podría ser ropa. -Le dije a Miguel luego de haber recorrido el primer corredor de tiendas.

-¿A una adolescente, señor?

Miré a Miguel, que me observaba como si le hubiera pedido que me explicara la cuadratura del círculo o develado el misterio de la Trinidad.

-¿Cuál es el problema? Es solo ropa.

-¿Sabe qué gusto tiene su hijastra señor? ¿Cómo se viste?

Me detuve a pensarlo. Las pocas veces que la había visto, incluido ese día, llevaba su uniforme escolar y la única vez que la vi con una ropa distinta fue el día del velorio, por lo que llevaba un traje oscuro. No tenía ni idea de qué ropa le podría gustar.

-Vamos a la tienda y le preguntamos a las dependientes.

Miguel me siguió como si me acompañara al patíbulo, con los pies más pesados a cada zancada. Entramos en la primera tienda de ropa que creí, parecía juvenil.

-Buenas tardes, señorita -saludé a la joven que atendía-. Estoy buscando algo para una chica de... -¿Qué edad tenía Valentina? Empecé a hacer cálculos. Fue Miguel quien me salvó-. 16 años.

La joven nos llevó a un mostrador en el que vi unos jeans rotos, unas faldas desteñidas y algunas blusas con cosidos a la vista. Toda era ropa oscura, con algunas líneas moradas y rosas.

-¿Las jóvenes usan eso hoy en día?

-Sí señor -contestó la dependiente-. Está muy a la moda entre las chicas de esa edad.

-¿Tú qué crees, Miguel?

Mi secretario me miró sin un solo atisbo de convencimiento.

-No creo, señor. Solo he visto a su hijastra en la foto que tiene de ella en la oficina.

-Esa foto es de cuando tenía once años, unos días antes de entrar en el internado -Lo recordaba porque fue por la fecha en que me casé con Gloria.

-Lo sé, señor -dijo Miguel-, pero me parece que, la niña de esa foto, no tiene la personalidad para llevar esa ropa.

Yo no estaba seguro. Después de haber visto a Valentina fumando y lo corta que llevaba la falda, me pareció que sí encajaba con esa ropa oscura, un tanto desaliñada y que expresaba "mala" en cada costura.

-Deme una prenda de cada conjunto. -Le dije a la joven que nos atendía-. Y también me gustaría llevar unos zapatos.

Como no podía ser de otra forma, la dependienta nos mostró los zapatos que iban con la ropa que acababa de comprar. Eran botas bajas, pero con suelas enormes y calaveras negras, rosas y lilas. Pagué la compra y salí con una sonrisa en la cara.

-¿Ves que no ha sido difícil, Miguel?

-Sí señor. Espero que a ella le guste.

Percibí el tono de duda, y hasta de burla, de Miguel.

-No estás seguro de que le vaya a gustar, ¿verdad?

Lo que más me gustaba de Miguel y por eso llevaba siendo mi secretario por cuatro años, era que nunca me mentía y si, consideraba que me equivocaba, me lo decía sin rodeos.

-No creo, señor, pero como le digo, tampoco la conozco. La única referencia que tengo de ella es esa foto en su escritorio.

-Una que tengo que actualizar -dije para cambiar el tema, porque ya Miguel me había hecho dudar. Ahora, la única que en ese momento sabía si la ropa le podía gustar o no era Valentina y, si era en verdad una chica inteligente, en ese momento debía estar en el ginecólogo.

-Tiene razón, señor. ¿Ha pensado en sacarse una foto con ella?

Dejé la pregunta de Miguel en el aire cuando pasamos frente a una tienda de lencería. Se me ocurrió que, ahora que le llevaba unos conjuntos, seguro Valentina también querría estrenarse ropa interior. Noté que Miguel se fijó en lo que veía y vi su rostro de consternación.

-Señor, no...

-Vamos, Miguel, ¿qué puede salir mal? Ya viste lo fácil que fue conseguir ropa para una adoslescente de 16 años. Esto va a ser más sencillo.

Creo que, por su cara, Miguel estaba por lanzarse al piso y suplicarme, de rodillas, que no lo hiciera, que no entrara a esa tienda. Estaba más pálido que si estuviera por firmar una adquisición empresarial de una compañía de alto riesgo por un billón de dólares. Desde luego, entramos y nos atendió una dependiente muy bella a la que, sin que Miguel se diera cuenta, le pasé mi tarjeta (bueno, sí se dio cuenta, es imposible que algo se escape de sus ojos y por eso también es más que mi mano derecha).

-Busco un conjunto interior para una adolescente de 16 años -dije a la bella joven que nos abordó.

-Claro que sí, señor, sígame. -La dependienta nos llevó a una sección de lencería no tan atrevida como la que estaba en la vitrina-. ¿Qué talla de sostén tiene la joven?

Ese fue el primer indicio de que me estaba equivocando, pero estaba dispuesto a no dar marcha atrás y, al otro día, luego de que Valentina me agradeciera, reírme de Miguel por sus reservas.

-Ella, bueno... -Instintivamente, me llevé las manos al pecho como si yo tuviese senos, mientras intentaba recordar el tamaño de los de mi hijastra-. No es muy muy, ni tan tan... -Fue lo único que se me ocurrió decir mientras seguía con mi mímica de senos imaginarios.

La dependiente debía tener experiencia con esposos y padres que han tenido la osadía de ir, solos, a comprar ropa interior para sus esposas o hijas. Nos pasó un conjunto y, sin atreverme apenas a revisarlo, lo compré. Luego le pasé, entre la tarjeta de crédito Black, mi número a la dependienta. Vi su sonrisa y supe que, lo primero que haría al terminar su turno, sería llamarme.

El chófer llegó a la hora acordada y yo estaba contento de poder llevar esos bellos regalos a mi hijastra, que me agradecería luego de mostrarme la prueba del ginecólogo.

No tenía ni idea de cuánto me quedaba por aprender de Valentina.

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