El teléfono sonó, rompiendo la paz de la bodega, y la voz temblorosa de mi padre anunció una tragedia: "Carmen ha muerto en un accidente".
Lloré por ella durante cincuenta años, convencido de que mi gran amor había perecido justo antes de nuestra boda.
Pero en mi lecho de muerte, la verdad me golpeó sin piedad: un investigador privado me entregó fotos de una Carmen anciana, feliz y rodeada de hijos en Argentina, junto a Mateo, el capataz de mis viñedos.
Habían vivido una vida de lujo con el dinero que yo, ciego de dolor, les había enviado tras su "muerte", todo financiando la farsa.
Fui un tonto, un anciano rico que derrochó su vida en luto por una traición monumental, me arrancaron no solo mi fortuna, sino mi felicidad, mi futuro.
Pero entonces, mis ojos se abrieron de nuevo, y me encontré de vuelta en el día exacto de la traición, con la llamada aún resonando en mis oídos.
Esta vez, no habrá lágrimas, solo venganza.
El teléfono sonó, rompiendo el silencio de la bodega. Era mi padre. Su voz, normalmente firme como un roble viejo, temblaba.
«Javier, hijo... Carmen... ha tenido un accidente de coche. No sobrevivió».
Colgué el teléfono.
Miré por la ventana de mi despacho. Los viñedos centenarios se extendían bajo el sol de La Rioja, un mar de hojas verdes y promesas de vino. Todo era exactamente igual que en mi vida anterior.
En esa vida, lloré por Carmen durante cincuenta años. Creí que el amor de mi vida había muerto trágicamente justo antes de nuestra boda.
Solo en mi lecho de muerte descubrí la verdad. Un investigador privado me trajo fotos de una anciana Carmen, feliz y rodeada de hijos y nietos en Mendoza, Argentina. A su lado, un Mateo igualmente viejo, el capataz de nuestros viñedos.
Vivieron una vida de lujo con el dinero que yo, consumido por la pena, transferí a sus "hermanas", Lucía e Isabel, para que "rehicieran sus vidas".
Todo fue una farsa. Una traición que me costó una vida entera de felicidad.
Pero ahora he renacido. He vuelto al día de la traición.
Esta vez, no habrá lágrimas.
Llamé a mi asistente.
«Cancela todas las tarjetas de crédito y cuentas bancarias a nombre de Carmen. Inmediatamente».
«Señor, pero... la señorita Carmen...».
«Hazlo».
Colgué y me puse la chaqueta.
«Prepara el coche. Vamos al registro civil».
«¿Al registro, señor?».
«Sí. Tengo el informe policial falso que ella consiguió. Vamos a declarar oficialmente su defunción y anular su DNI. No quiero que su nombre manche los registros de esta familia ni un segundo más».
Mi asistente me miró, pálido y confundido. No entendía mi frialdad, mi falta de dolor.
No necesitaba que lo entendiera.
Solo necesitaba que obedeciera.
Mientras el coche salía de la finca, mi mente estaba en el aeropuerto de Barajas, en Madrid. Imaginé a Carmen y a Mateo, listos para embarcar hacia su nueva vida en Argentina.
Imaginé el momento exacto en que la tarjeta de embarque de Carmen fuera rechazada. El momento en que descubriera que, para el mundo, estaba muerta. Sin identidad, sin dinero, sin salida.
Una sonrisa fría se dibujó en mi rostro. La venganza no es un plato que se sirve frío.
Se sirve inmediatamente.
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Pasaron dos días. El funeral de Carmen fue un espectáculo de hipocresía. Lucía e Isabel lloraban a lágrima viva, aferrándose a mi brazo, sus cuerpos temblando con sollozos falsos. Mi padre, con el rostro sombrío, aceptaba las condolencias de los socios comerciales y amigos de la familia.
Yo permanecí impasible, un bloque de hielo en medio del duelo fingido.
En mi vida anterior, su actuación me habría roto el corazón. Hoy, solo sentía un profundo desprecio.
Recordaba claramente cómo, en mi vejez, el investigador me mostró las transferencias bancarias. Durante cincuenta años, cada mes, una suma considerable salía de mis cuentas hacia las de Lucía e Isabel. Dinero que yo creía que era para ayudarlas a superar la "pérdida" de su hermana.
En realidad, era el sueldo de su traición. El dinero que financiaba la vida de lujo de Carmen y Mateo en Argentina.
Me habían robado no solo mi dinero, sino mi vida entera. Me convirtieron en un chiste, un viejo tonto y rico que lloraba a una mujer que se reía de él al otro lado del océano.
«Javier, lo siento tanto», susurró Lucía, su voz ahogada por el llanto. «Carmen te quería más que a nada en el mundo».
«Era un ángel», añadió Isabel, secándose una lágrima inexistente.
Las miré directamente a los ojos. Mi mirada era tan fría que ambas se estremecieron y apartaron la vista.
«Lo sé», dije, con una voz desprovista de toda emoción.
Más tarde esa noche, mi asistente entró en mi despacho.
«Señor, como ordenó, hemos estado monitoreando las llamadas. Ha habido varias llamadas desesperadas desde un número desconocido a los móviles de Lucía e Isabel. Y también... una confirmación del aeropuerto de Barajas. Una mujer que intentaba usar un pasaporte a nombre de Carmen Alarcón fue detenida. Al no tener un DNI válido, se le denegó el embarque y quedó varada. No tiene dinero ni identificación».
«Perfecto», respondí, sin levantar la vista de los papeles de la nueva cosecha.
«También... el capataz, Mateo, no se ha presentado a trabajar estos dos últimos días».
«Qué sorpresa», dije con sarcasmo. «Prepara tres habitaciones en el ala de servicio. Las más pequeñas y húmedas que tengamos. Y diles a los guardias de la entrada que si ven a una mujer desaliñada intentando entrar, que la dejen pasar. Pero que me avisen de inmediato».
Mi asistente asintió, aunque la confusión en su rostro era evidente.
«Una cosa más», añadí. «Llama a mi padre. Dile que he decidido seguir adelante. Que voy a buscar una nueva esposa».
La venganza apenas había comenzado. Iba a desmantelar su mundo pieza por pieza, tal como ellos habían hecho con el mío.
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